Prólogo
La Tierra ya no contaba con sus pulmones verdes ni con sus aguas oxigenadas, se había vuelto un lugar seco, humeante y desolado.
Los años posteriores a las guerras atómicas habían convertido el hogar de Jade en un desierto. El cielo que antes era de un hermoso azul resplandeciente ahora se había vuelto de un tono gris y manchado por nubes negras que cubrían las ruinas de las grandes ciudades.
En ese mundo casi extinto, los padres de Jade, ambos biólogos dedicados a preservar lo poco que quedaba, habían muerto intentando salvar los últimos bancos de genes del planeta, dejando a su única hija sola frente al colapso de la civilización.
Pero Jade no era de las que se dejaba vencer tan fácil.
Había heredado de ellos algo más que conocimientos: La fuerza para seguir luchando incluso cuando no existía ni una sola semilla de esperanza.
Cada día era una batalla contra el tiempo y la radiación. Jade se abria paso entre los escombros de los laboratorios abandonados y los bosques calcinados buscando aquello que el fuego no había logrado alcanzar. En su mochila vieja y deshilacha, siempre llevaba tubos de ensayo con muestras de suelo estéril, semillas y pequeños animales desorientados que rescataba de la destrucción.
Una tarde estaba arrodillada junto a la ribera de un arroyo de aguas turbias, Jade depositó con extrema delicadeza un par de brotes de helecho silvestre dentro de uno de sus tubos.
—Ustedes no van a morir aquí...sobrevivirán. Encontrarán un lugar donde la tierra vuelva a nacer.
Se puso de pie, ajustándose la mochila a los hombros y miró hacia el horizonte gris.
No sabía qué le deparaba el mañana, ni si quedaba algún otro ser humano respirando en ese vasto páramo de ruinas. Solo sabía que su misión en ese mundo era cuidar de lo que quedaba, sembrar esperanza donde todo se había convertido en polvo.








