La escalera interior
"El secreto de los genes fue revelado repentinamente en 1953, cuando un físico británico, Francis Crick, y su joven colega americano, el biólogo James Watson, determinaron la estructura física del ADN. La estructura se parece a una escalera de cuerda molecular arrollada en espiral: dos tiras de azúcar fosfato unidas a intervalos regulares por peldaños de moléculas simples.*
Yo, por supuesto, ya lo sabía mucho antes, exclamó Qfwfq. Lo que pasa es que en aquellos tiempos resultaba difícil convencer a alguien de que dentro de sus propias células llevaban una escalera enrollada. Siempre que intentaba explicarlo, me respondían que estaba exagerando, que era imposible andar cargando con una escalera en cada esquina del cuerpo.
—¡Si apenas me basta con la de la bodega! —rezongaba el primo Z’zu, que nunca entendió nada de biología.
Y, sin embargo, bastaba aguzar un poco el oído para escuchar, en el silencio de la noche, el crujido tenue de aquellas escalerillas internas estirándose, como cuando la madera se dilata con la humedad. Yo, que siempre he tenido buen oído, pasaba horas tumbado intentando distinguir si mi timina encajaba correctamente con la adenina o si alguna guanina se me había quedado coja de citosina.
La tía Vhd Vhd tenía sus teorías. Ella decía que lo importante de la doble hélice no era su forma, sino lo que estaba escrito en cada peldaño. Según ella, podía leerse allí el porvenir con más claridad que en las cartas del tarot. Una vez me aseguró que en mi hebra número 7.234 estaba anotado que me enamoraría de alguien con tres lunares en la espalda. Desde entonces, no pude mirar un lunar sin ponerme colorado.
El problema era que las escaleras se enredaban. ¡Vaya si se enredaban! Sobre todo en la adolescencia, cuando uno crece más deprisa de lo que las bases nitrogenadas pueden copiarse. Había noches en que mis hélices quedaban tan torcidas que me despertaba con un humor de perros. El primo Z’zu, que no perdía ocasión de burlarse, me gritaba:
—¡Eh, Qfwfq, se te ha hecho un nudo en la guanina!
Y se echaba a reír como si hubiera inventado un chiste genial.
No era raro que organizáramos competencias para ver quién tenía la hélice más firme. El abuelo N’ba N’ga, siempre dispuesto a presumir de antigüedad, alardeaba de que la suya era casi recta, como un simple cordel, porque todavía no se había complicado con tantos genes modernos. “¡Y miren qué bien me conservo!”, proclamaba desde su estanque.
La verdad es que todos le teníamos cierta envidia. Nuestros peldaños, tan recargados de instrucciones, no hacían más que enredarnos la vida. La tía Vhd Vhd se pasaba las tardes intentando corregir sus propias secuencias, convencida de que allí estaba escrito su mal de amores, mientras que Z’zu pretendía añadir letras nuevas para volverse más alto y más guapo. Yo mismo confieso que, durante un tiempo, intenté cambiar una base por otra a escondidas, sólo para ver qué pasaba: terminé con un resfriado que me duró tres inviernos seguidos.
Con los años, uno se acostumbra. Las escaleras siguen ahí, enrolladas, tensándose y aflojándose, recordándome que en cada peldaño hay una historia que se repite desde hace millones de años. Y a veces pienso que lo único verdaderamente mío en todo este asunto es la forma en que me las arreglo para tropezar en ellas sin caerme del todo.
Por eso, cuando escucho que Watson y Crick “descubrieron” el ADN, sonrío para mis adentros. Ellos habrán visto la escalera por primera vez bajo un microscopio. Yo, en cambio, la he sentido toda la vida crujirme en las entrañas.
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