prólogo
"La Luna ilumina el camino, pero nunca da el primer paso por nosotros."
— Extracto de los pasajes sagrados de Noctis.
La Luna Llena se alzaba en el punto más alto del cielo, bañado por una luz plateada y serena que se filtraba a través de las copas de los pinos centenarios. Abajo, el follaje oscuro proyectaba sombras largas sobre los senderos de grava blanca, donde el musgo y los helechos crecían entre las raíces antiguas.
No era una noche cualquiera, era una fecha que quedaría grabada en los pergaminos de la familia Hwang. Los cuernos de caza resonaban a lo largo de las colinas, anunciando el festejo, este se debía a que, tras generaciones de angustia y el constante temor de ver extinguirse a su gente, había nacido el primer omega en generaciones.
Su nombre era Kim Seungmin.
El festejo tenía lugar en el Palacio Lunar, la edificación más antigua que dominaba el centro de Noctis. A diferencia de lo que cualquiera esperaría de la manada más influyente del continente, no era un lugar ostentoso. Sus gruesas vigas de madera oscura, casi negras por el paso de los siglos, conservaban intactas las marcas del tiempo que cada generación de líderes había preferido restaurar antes que reemplazar. Los tejados curvos de tejas de arcilla se extendían sobre los patios de piedra como las alas plegadas de un cuervo, integrando la estructura en la montaña con una elegancia serena. Era una belleza que nunca intentaba llamar la atención, simplemente existía desde hacía siglos.
En el interior del gran salón, el diseño minimalista acentuaba la solemnidad del momento. Los pisos de madera crujían suavemente bajo los pasos de los invitados, y las lámparas de papel proyectaban una luz cálida sobre las puertas corredizas y los biombos pintados a mano. Entre las mesas bajas y las estanterías llenas de pergaminos antiguos, cientos de miembros de la manada celebraban en silencio respetuoso o con suaves murmullos.
La vestimenta de los asistentes reflejaba con precisión las costumbres y el estatus de cada familia. Los soldados custodiaban los accesos vistiendo armaduras de cuero sobrio y metal ennegrecido sobre capas oscuras, alfas de alcurnia lucían trajes de telas gruesas en azul noche, gris piedra y negro, ajustados con cinturones de cuero y botas altas, mientras que los betas vestían tonalidades sobrias de verde pino y marrón oscuro.
En el centro del estrado principal, la familia Kim custodiaba a la criatura. El recién nacido vestía prendas tradicionales de telas ligeras en tono blanco puro, adornadas con finos bordados plateados en los bordes de sus amplias mangas. Kim Wonpil, el médico de la manada, permanecía al lado de su esposa, Aeri, buscando transmitirle consuelo. Ambos sonreían al pueblo, pero en los ojos de Aeri, una beta refugiada que sabía demasiado bien lo que significaba perder la libertad, permanecía una sombra de cautela. Había aprendido que las tradiciones podían presentarse como protección y terminar convirtiéndose en una jaula.
Al fondo del salón, sobre la plataforma superior, los ancianos del Consejo de Noctis observaban la escena con frialdad analítica. Para ellos, el bebé no era solo una vida indefensa, era la salvación de la manada, el equilibrio biológico y la pieza perfecta en el tablero político.
Entre las figuras imponentes del lugar, un niño de apenas cuatro años observaba la multitud sin comprender del todo la agitación. Hwang Hyunjin, el pequeño heredero de Noctis, vestía las ropas oscuras y sobrias de la casa gobernante. Sus ojos oscuros pasaban de los rostros eufóricos de los ancianos al recién nacido que su madre, Hwang Jinyoung, contemplaba con una mezcla de compasión y melancolía.
—Acércate, Hyunjin. -Murmuró su padre, Hwang Jaebum, apoyando una mano firme sobre el hombro del niño.
El pequeño dio unos pasos al frente sobre la madera pulida. Su abuelo, Hwang Inyeop, hizo una leve seña al Consejo. La multitud guardó un silencio absoluto, fuera, solo se escuchaba el murmullo del agua en los estanques de piedra y el viento agitando las agujas de los pinos.
Hyunjin se inclinó levemente hacia la cuna. Dentro, el bebé abría y cerraba sus pequeños puños con parsimonia, ajeno a la mirada de cientos de personas que depositaban sobre sus hombros el peso de toda una cultura. Hyunjin ladeó la cabeza, no entendía por qué todos observaban con tanta emoción a alguien tan pequeño, alguien que no podía hablar, ni correr, ni defenderse.
Su abuelo se colocó a su lado, contemplando la escena con la rigidez de quien firma un tratado inmutable.
Aquel día celebraron el nacimiento del omega que cambiaría el destino de Noctis. Nadie pensó que también acababan de decidir el futuro de dos niños.
Inyeop miró al pequeño Hyunjin, cuya mirada fija permanecía sobre la criatura, y pronunció con voz firme las palabras que sellarían sus vidas antes de que el bebé supiera lo que significaba su propio nombre.
—Él será tu compañero algún día.


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