El nacimiento de la magia
2030
Nadie recuerda exactamente cuál fue el primer momento.
Algunos dicen que comenzó en un laboratorio.
Otros aseguran que ocurrió durante una prueba militar.
También existen quienes creen que la magia siempre estuvo dentro de nosotros y que la humanidad simplemente tardó demasiado en darse cuenta.
Pero todos coinciden en una cosa:
el año 2030 cambió la historia para siempre.
Durante años, científicos de distintos países habían buscado explicaciones para fenómenos que no podían comprender. Pequeñas alteraciones en materiales, comportamientos extraños de ciertas partículas y anomalías que aparecían durante experimentos.
Nada parecía tener sentido.
Hasta que un equipo estadounidense encontró algo que cambiaría el mundo.
Una estructura presente en todas las personas.
Una estructura microscópica que podía interactuar con los átomos de una manera que ninguna teoría conocida podía explicar.
La llamaron:
Célula Universal.
Al principio no entendían su función.
Después descubrieron algo mucho más importante.
La célula podía ser activada.
Y cuando lo hicieron, una persona logró manipular un elemento.
No lo creó.
No lo hizo aparecer.
Simplemente lo controló.
La noticia no tardó en llegar a los niveles más altos del gobierno estadounidense.
El mundo todavía no sabía qué había descubierto Estados Unidos.
Pero el gobierno sí.
Y decidió mantenerlo en secreto.
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La primera guerra
La humanidad había descubierto una nueva forma de poder.
Y como había ocurrido tantas veces en la historia, la primera pregunta no fue:
"¿Cómo podemos utilizarlo para mejorar nuestras vidas?"
Fue:
"¿Podemos convertirlo en un arma?"
Los primeros experimentos militares comenzaron poco después.
Los resultados fueron sorprendentes.
Algunos soldados podían manipular agua.
Otros tierra.
Otros fuego.
Pero uno de los elementos llamó especialmente la atención:
la electricidad.
La electricidad podía encontrarse en prácticamente cualquier parte del mundo moderno.
Redes eléctricas.
Generadores.
Centrales.
Tormentas.
Máquinas.
Era abundante.
Y algunos seres humanos podían absorberla y manipularla.
Uno de esos soldados se llamaba Reus Michelle Arman.
Era considerado uno de los mejores usuarios de magia eléctrica conocidos.
Su entrenamiento había durado años.
Aprendió a controlar cantidades de energía que otros Magicians apenas podían soportar.
Hasta que llegó el día en que el gobierno decidió utilizarlo.
Irán se encontraba en plena guerra y almacenaba grandes cantidades de materiales destinados a la fabricación de armamento.
Reus recibió una orden.
Y obedeció.
Lo que ocurrió después sería recordado durante siglos.
Reus absorbió una cantidad de electricidad que ningún usuario había conseguido manejar hasta entonces.
Durante unos segundos, todo a su alrededor quedó en silencio.
Después liberó la energía.
El almacén fue alcanzado.
La explosión se extendió mucho más allá de lo previsto.
La destrucción alcanzó una parte enorme del territorio.
Millones de personas quedaron afectadas.
El mundo entero observó las consecuencias.
Y el gobierno estadounidense hizo algo que años después sería considerado uno de los mayores errores de la historia.
Condecoró a Reus Michelle Arman.
Héroe de guerra.
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Tres años después, los científicos descubrieron la verdad sobre la Célula Universal.
No pertenecía a unos pocos.
No era una mutación.
No era un accidente.
Todos los seres humanos la tenían.
La magia no pertenecía a una especie diferente.
Pertenecía a la humanidad.
Los experimentos comenzaron de nuevo.
Los científicos aprendieron a activar las células mediante procesos que permitían su interacción con diferentes elementos.
Nacieron los primeros Magicians.
Y el mundo cambió nuevamente.
Pero esta vez, la magia ya no pertenecía solamente a los ejércitos.
Pertenecía a todos.
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El mundo después
La guerra continuó.
Y con ella llegaron nuevos experimentos, nuevas armas y nuevas formas de destruir.
El polvo liberado durante el desastre de Irán permaneció en la atmósfera.
Al principio nadie entendió sus consecuencias.
Después comenzaron a fallar los cultivos.
El ganado enfermaba.
Las cosechas disminuían.
Las reservas de alimentos comenzaron a desaparecer.
El hambre cruzó fronteras.
Los gobiernos empezaron a exigir soluciones.
Estados Unidos recibió millones de solicitudes de inmigración.
La respuesta fue negativa.
Las fronteras se cerraron.
Las tensiones aumentaron.
Y finalmente Europa entró en guerra contra Estados Unidos.
La magia, que alguna vez había sido considerada el mayor descubrimiento científico de la humanidad, se convirtió en una de las principales herramientas de destrucción.
Ciudades enteras desaparecieron.
Países perdieron territorios.
La electricidad dejó de ser confiable.
Las comunicaciones comenzaron a caer.
Las grandes infraestructuras que habían sostenido a la civilización empezaron a desaparecer una por una.
Y en el año 2056, el mundo había cambiado para siempre.
Más de la mitad de la humanidad había muerto.
Los supervivientes miraron las ruinas de la civilización que habían conocido.
La era moderna había terminado.
Pero la humanidad continuó.
En algunas regiones, la naturaleza comenzó a recuperarse.
Sudamérica se convirtió en uno de los lugares más estables del planeta.
Argentina, Chile y parte de Brasil lograron mantenerse independientes de las potencias extranjeras.
Con el tiempo, sus territorios se unieron.
Nació un nuevo imperio.
El Imperio Latino.
Los habitantes lo llamarían también:
Las Tres Quijadas.
Tres reyes gobernaban el territorio.
Tres jóvenes que recibirían un título que, con el paso de las generaciones, se convertiría en símbolo de poder:
Arcángeles.
Pero incluso ellos desconocían cuánto había cambiado realmente el mundo.
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Muchos años después
La historia no terminó en 2056.
Pasaron generaciones.
Las ciudades cambiaron.
Las lenguas cambiaron.
Los apellidos cambiaron.
Los conocimientos se perdieron.
La humanidad comenzó a construir una nueva civilización sobre los restos de la anterior.
Y mientras tanto, la tormenta continuaba.
El polvo que había nacido durante la guerra seguía recorriendo el cielo.
Con los años se acumuló, se transformó y comenzó a solidificarse.
Cuando finalmente cayó sobre Asia, el continente sufrió una destrucción que parecía imposible.
Japón también fue alcanzado.
Partes enteras de su territorio quedaron convertidas en enormes extensiones de piedra.
La humanidad había aprendido una lección.
O eso creían.
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El bosque
Muchos años después de aquellos acontecimientos, un niño lloraba en medio de un bosque.
No sabía dónde estaba.
No sabía por qué sus padres lo habían dejado allí.
Solo sabía que tenía frío.
Su madre había intentado mantener la calma durante todo el camino.
Pero ahora ya no podía.
—Tenemos que irnos —susurró su padre.
Ella miró al niño.
—No podemos dejarlo.
—Si seguimos con él, nos encontrarán.
—Entonces encontraremos otra forma.
Su padre negó con la cabeza.
A lo lejos se escucharon voces.
Ambos se quedaron inmóviles.
Magicians.
Los estaban buscando.
—Escuchame —dijo su madre mientras se arrodillaba frente al niño—. Todo va a estar bien.
El niño no entendía.
Solo miraba su rostro.
—¿Mamá?
Ella sonrió, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Sí. Mamá está acá.
Su padre se acercó y colocó una mano sobre el hombro de ella.
—Tenemos que hacerlo ahora.
Ella abrazó al niño.
—Perdoname.
Lo llevó hasta un lugar cubierto por árboles y vegetación.
—No te olvides de nosotros.
El niño comenzó a llorar.
—Mamá...
Ella se levantó.
Durante unos segundos ninguno de los dos pudo moverse.
Después su padre tomó su mano.
—Tenemos que irnos.
La pareja desapareció entre los árboles.
El niño quedó solo.
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Pasó una hora.
Luego otra.
La noche llegó.
El bosque quedó completamente oscuro.
El niño permaneció allí.
Esperando.
Quizá esperando que sus padres regresaran.
Quizá demasiado pequeño para comprender que quizá no lo harían.
Cuando llegó la mañana, una mujer caminaba por el bosque.
Su nombre era Karion Sebalya.
Vivía en un pequeño pueblo situado fuera de las grandes murallas del Imperio Latino.
Al escuchar un ruido entre los árboles, se detuvo.
—¿Qué fue eso?
Se acercó lentamente.
Entonces lo vio.
Un niño.
Solo.
Karion abrió los ojos.
—¿Qué...?
El pequeño levantó la mirada.
No dijo nada.
Karion se acercó y se agachó frente a él.
—Hola.
El niño retrocedió ligeramente.
—Tranquilo.
Karion extendió una mano.
—No voy a hacerte daño.
El niño miró su mano durante unos segundos.
Finalmente la tomó.
Karion sintió que estaba helado.
—¿Dónde están tus padres?
El niño señaló hacia los árboles.
Karion miró en aquella dirección.
No había nadie.
—¿Te dejaron aquí?
El niño no respondió.
Karion suspiró.
—Pobrecito...
Lo levantó con cuidado.
El niño apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Vamos a casa.
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Cuando llegó al pueblo, su esposo la estaba esperando.
Maricio Fernández.
Al verla llegar con el niño, se quedó completamente quieto.
—Karion...
—Lo encontré en el bosque.
Maricio se acercó.
—¿Está solo?
Ella asintió.
—No sé dónde están sus padres.
Maricio observó al niño.
—Tenemos que avisar a alguien.
Karion negó lentamente.
—¿Y si nadie viene?
Maricio guardó silencio.
—Karion...
—Mirálo.
El niño dormía sobre su hombro.
—No podemos dejarlo otra vez.
Maricio suspiró.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después sonrió ligeramente.
—Entonces supongo que tendremos que hacerle un lugar en casa.
Karion sonrió.
—¿Eso significa que estás de acuerdo?
—Creo que ya decidiste por los dos.
—Sí.
—Lo imaginé.
Karion miró al niño.
—¿Cómo se llamará?
Maricio pensó durante unos segundos.
—No lo sé.
Karion bajó la mirada.
El niño abrió lentamente los ojos.
Ella sonrió.
—Elseo.
Maricio la miró.
—¿Elseo?
—Sí.
—Me gusta.
Karion abrazó al niño un poco más fuerte.
—Entonces será Elseo.
Maricio sonrió.
—Bienvenido a casa, Elseo.
El niño volvió a cerrar los ojos.
Y ninguno de los dos sabía que aquel pequeño, encontrado por casualidad en un bosque, algún día descubriría secretos que habían permanecido ocultos desde el nacimiento de la magia.
Su historia acababa de comenzar.








