Chapter 1
El invierno en las altas cordilleras del norte eradespiadado. El viento helado de la montaña azotaba los pinos milenarios con un silbido constante, sepultando los caminos bajo gruesas capas de nieve. En medio de aquella inmensidad blanca y desolada, aislada a leguas de cualquier indiciode civilización, se erigía una tosca cabaña construida con pesados troncos deroble y roca volcánica.
Era el dominio de Max, un alfa lobo de 35 años. Imponente en contextura, de torso ancho, cicatrices marcadas por batallas pasadas y ojos de un azul tan frío como el hielo, Max era el paria definitivo.
Años atrás, los habitantes del pueblo cercano lo habían juzgado como una criatura salvaje e incontrolable, demasiado peligrosa para coexistir en sociedad.
Excluido y expulsado, el lobo había aceptado su destino con una mezcla de amargura y resignación: cazaba su propia comida, cortaba su leña y vivía bajo la premisa de que moriría completamente solo, sin jamás conocer elafecto o el calor de una familia.
Aquella mañana, Max recorría la ladera sur en busca depresas. Cubierto con una gruesa piel de oso sobre sus hombros, avanzaba ensilencio sobre la nieve.
De pronto, sus aguzados sentidos de lobo se activaron. Un olor dulce, tierno y profundamente embriagador rompió la monotonía del airehelado: perfume de manzanilla silvestre, miel y tierra mojada.
Instintivamente, Max siguió el rastro hasta un denso matorral de acebos. Al apartar las ramas cargadas de escarcha, divisó una figura pequeña y acurrucada al pie de un viejo roble.
Era Sergio, a quien todos en la comarca llamaban "Checo".
A sus 21 años, el bonito omega conejo era la adoración delpueblo entero por su carisma, su rostro de rasgos suaves y su naturaleza compasiva.
Pero en ese instante, con sus delicadas orejas caídas y temblando de frío, el joven estaba completamente perdido tras haber errado el camino deregreso.
Al sentir la sombra gigantesca de Max proyectarse sobre él, Checo alzó la mirada y ahogó un chillido de pánico. Ante él estaba el depredador legendario del que todos hablaban con terror.
—P-Por f-favor... n-no m-me c-coma —susurró Checo,encogiéndose sobre sí mismo y cubriéndose la cabeza con sus manos temblorosas.
Max se detuvo a un par de metros. Cruzó los brazossobre su amplio pecho, soltando un largo suspiro de fastidio que se congeló enel aire.
—Deja de chillar, mocoso. No soy un caníbal ni me interesa cazar a algo tan pequeño y ruidoso —dijo el alfa con su voz profunda,grave y raspada por el desuso—. Estás a más de tres leguas del caminoprincipal. Si te quedas ahí tirado, los coyotes te encontrarán antes del atardecer.
Checo bajó desconfiado las manos, descubriendo unosgrandes ojos oscuros brillantes por las lágrimas. Parpadeó, sorprendido por lavoz y la postura del alfa.
—¿N-No... no va a cazarme? —preguntó el omega con unhilo de voz, dejando ver apenas dos pequeños dientes superiores entre suslabios carnosos.
—No me hagas perder el tiempo —repuso Max, dando mediavuelta sin mirarlo—. Camina detrás de mí si quieres salir vivo de este bosque.
Durante casi dos horas, el imponente lobo abrió pasoentre la nieve alta, manteniendo un ritmo constante para que el pequeño conejopudiera seguirlo. Checo no despegaba la vista de la ancha espalda de Max,admirando la solidez de sus pasos, la postura erguida y la implacable sensación de seguridad que irradiaba a su alrededor. Cuando alcanzaron los límites dondeel bosque se abría paso hacia los prados del pueblo, Max se detuvo de golpe.
—El camino a tu aldea está a medio kilómetro rectahacia abajo —dijo el lobo, con tono helado y apático—. No vuelvas a cruzar lalínea de los pinos. La próxima vez no estaré aquí para salvarte.
—G-Gracias... —alcanzó a murmurar Checo, pero cuando alzo la vista, la silueta de Max ya se había eclipsado entre la arboleda.
El corazón de Checo latía desbocado en su pecho, pero no por el susto, sino por una chispa abrasadora que acababa de encenderse en su interior. La rudeza franca, la caballerosidad distante y la fuerza bruta de Max lo dejaron completamente flechado. Mientras bajaba hacia su casa, una resolución inquebrantable se apoderó de su mente: ese lobo solitario sería su esposo y el padre de sus futuros cachorros.
Pasaron apenas veinticuatro horas. Tras investigar viejos mapas de leñadores y seguir con su agudo olfato el rastro a pino yalmizcle, Checo logró ubicar la aislada cabaña de piedra en lo más profundo delbosque. Respiró hondo, se acomodó la ropa y tocó la pesada puerta de maderatres veces con fuerza.
Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió de golpe. Max apareció en el umbral, descalzo, vistiendo solo un pantalón de tela basta ymostrando un torso cubierto de músculos tensos y cicatrices. Al ver al pequeño conejo parado en su porche, el rostro del alfa se desencajó en una mezcla dedesconcierto y molestia.
—¿Tú otra vez? —preguntó Max, frunciendo el ceño—.¿Qué parte de “no vuelvas a este bosque” no entendiste?
Checo enderezó la espalda, sostuvo la mirada azul dellobo sin parpadear y, con una sonrisa radiante, fue directo al grano.
—Hola, Sr. Lobo. Vine porque quiero casarme contigo ytener a tus bebés —soltó sin un solo titubeo.
Max se le quedó viendo en completo silencio durante un largo par de segundos. Luego dejó escapar una risa amarga y despectiva.
—Me llamo Max, y lo mejor será que vuelvas a tu casa, mocoso. No sé qué clase de apuesta estúpida o burla organizaron en tu pueblo, pero notengo tiempo para perderlo contigo —dijo el alfa con dureza, agarrando el bordede la puerta.
—¡No es ninguna broma! —exclamó Checo, dando un paso hacia adelante—. Hablo totalmente en serio. Quiero cuidar de usted, hacerle lacomida, limpiar su casa y ser su omega.
—No tengo tiempo ni paciencia para estas estupideces—sentenció Max, azotando la puerta en su cara con una fuerza que hizo temblar laestructura.
Sin embargo, Checo no se dio por vencido. Durante lasdos semanas siguientes, el joven omega apareció todas las tardes sin falta. Llevaba pequeños ramos de flores silvestres, le detallaba sus virtudes en las labores del hogar y le repetía con insistencia su propuesta de matrimonio.
Una tarde particularmente helada, mientras unallovizna densa caía sobre el bosque, Checo volvió a llamar a la puerta. Está vez, Max no tardó en abrir. Su paciencia se había agotado por completo y surostro estaba desencajado por la furia.
—¡Ya basta! ¡Estoy harto de esta puta broma! —gritóMax con un vozarrón atronador—. ¿Es que acaso no tienes ni un mínimo de dignidad o vergüenza, niño? ¡Mírate! ¿Qué carajos crees que estás haciendoviniendo aquí todos los días a ofrecerte como si fueras un premio barato?
Checo dio un paso atrás, asustado por el volumen de lavoz, pero intentó responder: —M-Max, p-por favor, s-solo escuche...
—¡No voy a escuchar una mierda más! —lo interrumpió elalfa, señalándolo con un dedo acusador mientras sus ojos brillaban con un matizsalvaje—. Jamás estaría con un mocoso mimado y caprichoso como tú. Me da absoluto asco lo ofrecido y desesperado que te ves como una puta regalándote de esta manera ante un hombre de 35 años al que ni siquiera conoces. ¡Soy un monstruo para tu gente, soy un peligro! Y tú eres solo una puta molestia. ¡Agarratus cosas, lárgate a tu pueblo y no se te ocurra volver a poner un pie en mi propiedad jamás!
Las palabras cayeron con la violencia de un golpefísico. El rostro de Checo se volvió pálido y sus grandes ojos oscuros se llenaron de lágrimas al instante. El labio inferior le temblaba de formaincontrolable mientras apretaba sus pequeñas hands contra el pecho, sintiendo como se le rompía el corazón.
—No me estoy regalando... —sollozó Checo con la vozcompletamente quebrada y ahogada por el llanto—. Mis sentimientos sí sonreales, M-Max... N-No me importa lo que diga el pueblo ni lo que piense de simismo... Y-Yo... de verdad quería cuidar de usted, acompañarlo... y formar una familia con usted para que ya no estuviera solo...
Checo dio media vuelta y comenzó a bajar los escalones del porche con los hombros caídos y el alma destrozada. Se internó en el caminobajo la lluvia helada, sollozando en silencio y dispuesto a no volver a molestar jamás al hombre que amaba.
Max se quedó de pie en el umbral, viendo cómo lapequeña figura se alejaba bajo la tormenta. Escuchó el leve y doloroso llantodel omega perderse entre el murmullo de las gotas de agua.
Por primera vez en muchos años, una punzada amarga de culpa le atravesó el pecho. Max miró haciala nieve y analizó la escena con claridad: Checo era un omega hermoso, joven,puro y adorado por todos, un ser que de forma completamente genuina le estaba ofreciendo su amor, su cuerpo y su vida a un hombre repudiado por la sociedad. Durante toda su vida, Max se había repetido que moriría solo en aquella montaña, que nadie jamás lo aceptaría. Y ahí estaba ese pequeño conejo,dispuesto a desafiar al mundo entero solo por estar a su lado.
El alfa apretó los puños hasta que sus nudillos setornaron blancos. Dejó escapar un largo suspiro cargado de frustración consigomismo.
—¡Checo…! ¡Espera! —gritó Max, su voz resonando confuerza sobre el estruendo de la lluvia.
Checo se detuvo en seco en medio del barro. Se giródespacio, limpiándose torpemente el rostro húmedo con las mangas de su abrigo.
—¿Q-qué pasa? —preguntó con un hilo de vozintermitente.
Max bajó los escalones despacio y avanzó hasta quedara solo un metro de él. Su expresión había recuperado la severidad habitual,pero sus ojos azules reflejaban un matiz de seriedad absoluta.
—¿De verdad estás seguro de lo que estás pidiendo?—preguntó el alfa, con una voz grave y pausada—. Si aceptas esto, no hay vuelta atrás. No podrás arrepentirte a mitad del camino ni salir a pasear al pueblo cuando te aburras de mi mal carácter. Pasarás el resto de tus días encerrado aquí,en la oscuridad de este bosque, al lado de un alfa al que todos odian. ¿Esa esrealmente esa la vida que quieres?
El rostro de Checo cambió radicalmente en unmilisegundo. Las lágrimas cesaron y sus ojos se iluminaron con una chispa de esperanza pura. Sus orejas se erigieron y asintió efusivamente con la cabeza.
—¡Sí! ¡Estoy completamente seguro, Max! Le lo juro por mi vida, no me voy a arrepentir de nada.
Max entornó los ojos, intentando reprimir el extraño aliento cálido que le recorrió el pecho.
—Bien —sentenció el alfa, dándole la espalda—. Vuelve mañana al amanecer con tus pertenencias. Y asegúrate de que nadie te siga.










