El puente de Cristal
En un mundo donde los ríos cantaban al amanecer y los árboles murmuraban secretos al viento, Leira, una joven cartógrafa, recibió una misión imposible: cruzar el legendario Puente de Cristal. Se decía que nadie lo había visto y que su estructura brillaba solo bajo la luna llena.
Armada con un mapa antiguo y una brújula que nunca apuntaba al norte, Leira caminó durante días hasta que llegó al borde de un abismo cubierto por niebla. La luna llena apareció en el cielo, y, como un susurro, el puente comenzó a materializarse: cristalinas baldosas flotantes se alineaban, iluminadas por un fulgor etéreo.
Cada paso era un desafío. El puente reaccionaba a los pensamientos de quien lo cruzaba. Al recordar sus miedos, partes del cristal desaparecían; cuando se llenaba de valor, el camino se iluminaba más.
Al llegar al otro extremo, Leira descubrió una torre que parecía hecha de estrellas. Dentro, un anciano la esperaba.
—Has cruzado el puente, pero la verdadera prueba comienza ahora. ¿Qué buscas en este mundo?
Leira miró al anciano y luego al horizonte infinito.
—No busco riquezas ni gloria. Solo quiero que el mundo recuerde sus maravillas olvidadas.
El anciano sonrió, y el puente desapareció detrás de ella. Ahora, Leira era la guardiana de ese lugar mágico, encargada de protegerlo y guiar a quienes buscaban respuestas en sus corazones.








