Cap 1- Entrenamiento divino
El aire del Valle Carmesí se estremecía con cada impacto. Las montañas cercanas crujían amenazando con colapsar, y el cielo parecía retumbar al ritmo de los golpes.
En medio del polvo, Trinity se movía como un relámpago. Su cabello blanco con puntas fucsias flameaba con cada giro, y sus ojos —uno gris metálico y el otro de un celeste brillante— seguían con precisión los movimientos de su oponente: una copia exacta de Goku Black hecha puramente de ki.
Trinity esquivó un tajo de energía agachándose rápido, giró sobre un pie y conectó una patada directa al rostro del clon, haciéndolo retroceder. Su ki chispeaba salvaje, mezclando ráfagas transparentes con destellos violetas mucho más densos.
En una formación rocosa cercana, Zamasu la observaba con los brazos cruzados y expresión exigente. A su lado, Goku Black mordía una manzana con tranquilidad
—Le falta potencia en el remate —comentó Black con la boca llena—. Mucha pirueta, pero pocos huesos rotos.
—El objetivo no es que destruya el paisaje, Black —respondió Zamasu sin apartar la vista—. Es que mantenga el centro. Su energía no puede ser un caos descontrolado.
—Control, control... Aburres hasta a las piedras —bufó Black. Lanzas la manzana al aire y, con un ligero chasquido de dedos, la rebanó en cuatro pedazos perfectos antes de atrapar uno al vuelo.
—Esa falta de paciencia explica bastantes cosas sobre ti —replicó Zamasu de forma cortante.
Mientras discutían, el clon de ki aprovechó un pestañeo de Trinity. Con un movimiento veloz, le encajó un golpe en el estómago que la mandó a estrellarse contra una pared de roca. El impacto levantó una densa nube de tierra.
Trinity cayó sobre una rodilla, jadeando. Sus manos temblaban mientras se limpiaba un hilo de sangre de la comisura de la boca. La furia comenzó a subirle por la garganta como un fuego helado. Algo en el fondo de su pecho dio un tirón violento, exigiendo tomar el mando.
Zamasu bajó de la roca de un salto flotado y caminó hacia ella.
—Detente. Regula tu pulso. No dejes que la rabia decida el trayecto de tu ki.
Trinity cerró los ojos, apretando los dientes. Intentó seguir la respiración que le enseñó Zamasu, obligando al aura violeta a replegarse. Por tres segundos pareció funcionar... hasta que un murmullo distante resonó directo en su cabeza:
> «¿Vas a dejar que un clon de papel te humille? Dame el control un segundo...»
>
Un chispazo de dolor le atravesó la frente. Trinity abrió los ojos de golpe y la energía se le escapó de las manos: un anillo de ki negro y violeta se expandió en espiral, agrietando el suelo a su alrededor y haciendo volar varios bloques de piedra.
—¡Eso es! ¡Esa es la fuerza que quiero ver! —exclamó Black, dando un paso al frente con una sonrisa de satisfacción.
Antes de que la onda expansiva destruyera el campamento, Zamasu levantó una sola mano. Un escudo de luz divina absorbió el impacto como si nada, disipando la energía oscura en el aire.
—Suficiente —ordenó Zamasu con voz firme pero calmada.
El aura violenta se apagó de golpe. Trinity cayó de manos y rodillas al suelo, exhausta y sudando frío.
—Lo siento... maestro —alcanzó a decir Trinity, apretando los puños contra la tierra—. Volvió a pasar.
Zamasu se acercó, se agachó a su lado y le puso una mano en la espalda. Una corriente de ki divino, tibia y suave, recorrió el cuerpo de Trinity, cerrando los raspones de sus brazos y devolviéndole el aire a los pulmones.
—No pidas disculpas por perder el equilibrio. Para eso estás entrenando aquí y no vagando por ahí como el resto de los mortales.
Black se acercó caminando despacio y le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.
—Además, si rompes la montaña, a la próxima te toca limpiar a ti —bromeó Black con una sonrisa de lado.
Trinity lo miró de reojo, tomó su mano para impulsarse y soltó un bufido que terminó en una risita baja. Fue un gesto tan corto que Black se le quedó viendo, sorprendido.
—¿Acaso escuché una risa? Mírate, ya te estás pareciendo a nosotros.
—No digas tonterías —respondió ella, acomodándose el cabello—. Solo me pareció un pésimo chiste.
—Tsk, al menos ya no tienes esa cara de estatua de madera de cuando te encontramos —añadió Black, cruzándose de brazos.
El sol comenzó a ocultarse entre las cumbres del valle, tiñendo las nubes de un tono anaranjado y rojizo. Trinity caminó hacia el borde del acantilado y se quedó mirando el horizonte. Un viento fresco le movió la ropa.
Por un instante, esa luz dorada le trajo una sensación extraña... como si ya hubiera estado antes en un lugar alto, viendo el atardecer junto a alguien más. Pero en cuanto intentó hilar la idea, una puntada de migraña le cubrió la memoria con una niebla pesada.
A su espalda, Zamasu y Black cruzaron una mirada rápida y en silencio. Había cosas de su pasado que era mejor mantener bajo llave por su propia seguridad.
En lo profundo de la mente de Trinity, una sombra sonrió para sí misma, paciente:
> «Sigue jugando a la guerrera... tarde o temprano vas a necesitarme.»
>
Trinity sacudió la cabeza para espantar el dolor, dio media vuelta y volvió a tomar distancia en el centro del terreno de entrenamiento.
—De nuevo —dijo, estirando los brazos y adoptando su postura de combate.
Black sonrió con ganas y encendió su aura rosada de un chispazo.
—Esa es la actitud. ¡Trata de no pestañear esta vez!
Zamasu retrocedió unos metros, observando cómo la energía de ambos volvía a en
cender el valle.
—Segunda ronda. Empiecen








