Beeper
El inicio de la primavera en Tokio poseía una melancolía luminosa que se impregnaba en los muros de piedra de la facultad, donde el aire fresco traía consigo el aroma dulce de las flores de cerezo al desprenderse de las ramas para alfombrar el suelo de un tono rosáceo que las ruedas de las bicicletas destrozaban a su paso. Entre ese murmullo sutil de la naturaleza abriéndose paso sobre el asfalto, el trino discontinuo de los gorriones en los aleros se mezclaba con el eco distante de las conversaciones estudiantiles al cruzar los portones principales bajo el cielo pálido de abril.
Byun Baekhyun solía aproximarse al campus a primeras horas de la mañana, cuando los pasillos revestidos en linóleo aún guardaban la penumbra de la noche anterior y el ambiente conservaba cierta humedad limpia. Era un muchacho de tez pálida y constitución frágil, cuyo cabello teñido de un rubio cenizo muy suave caía con delicadeza sobre sus sienes, destacando frente al tono oscuro del uniforme tradicional que solía llevar impoluto. Baekhyun caminaba siempre manteniendo la vista inclinada hacia el suelo, abrazando sus cuadernos contra el pecho como una barrera invisible contra el mundo, poseedor de una timidez silenciosa que lo empujaba a buscar refugio en la monotonía de sus apuntes, las tazas de té templado compradas en las máquinas de latón o el aislamiento reconfortante de la biblioteca municipal.
Sin embargo, detrás de esa compostura reservada se escondía una mente brillante y metódica que destacaba en la facultad de Diseño de Interiores y Arquitectura Paisajística, una disciplina en la que Byun proyectaba sus propios anhelos de armonía.
A pesar de su carácter evasivo en los pasillos, Baekhyun poseía la virtud de transformarse por completo cuando debía asumir la dirección de los proyectos grupales, convirtiéndose en un líder sereno, meticuloso y elocuente que sabía guiar a sus compañeros mediante explicaciones precisas pero sumamente amables. El rubio sacrificaba madrugadas enteras trazando planos a pluma o seleccionando muestras de madera, alimentando en secreto la ilusión candorosa de culminar el año escolar con honores para poder vestir la toga oscura en la ceremonia magna, recibir el diploma de manos del decano frente al auditorio iluminado y compartir ese triunfo con unos padres que, en la intimidad del hogar, ya comenzaban a distanciarse entre silencios tensos.
Aquella aspiración de caminar por el escenario junto a Kyungsoo, Luhan y Jeongmi constituía el motor principal de sus días, la meta que justificaba su cansancio y sus horas de encierro. Durante los descansos, mientras sus amigos discutían los detalles del vestuario formal para la futura graduación, Baekhyun escuchaba con un brillo entusiasta en la mirada, imaginando el momento exacto en que la seda de la toga rasgara el aire estival y sus esfuerzos quedaran inmortalizados en la fotografía oficial del anuario, un sueño que el joven pulía en su cabeza con la misma delicadeza con que dibujaba los jardines que pretendía construir en el futuro.
Fue precisamente a mitad de ese trimestre crucial, cuando la exigencia académica alcanzaba su punto más alto, que la figura de Park Chanyeol irrumpió en su trazado cotidiano. Chanyeol poseía una beldad desgarbada pero magnética, acentuada por una estatura prominente que lo hacía destacar de inmediato entre la multitud y un cabello denso, azabache, que solía llevar despeinado sobre la frente. Sus ojos oscuros, amplios y dotados de una curiosidad vivaz, pertenecían a un estudiante del taller de escultura que solía recorrer las galerías con las manos manchadas de arcilla y rodeado habitualmente por la compañía ruidosa de Sehun, Jongin o Jun durante los recesos.
La primera vez que ambos cruzaron trayectorias en el descansillo de la escalera del edificio central, Byun ascendía lentamente peldaño a peldaño revisando la estructura de una maqueta mientras Chanyeol descendía a toda prisa con la chaqueta del uniforme desabrochada. Al advertir la presencia del rubio, Park frenó el paso bruscamente, esquivándolo por el margen derecho en un movimiento amplio que hizo vibrar el aire entre ambos. Baekhyun, sobresaltado por la irrupción, apartó la mirada al instante mientras se pegaba a la pared de ladrillo con las orejas encendidas por un rubor traicionero, escuchando únicamente una disculpa grave y rasgada articulada por el pelinegro antes de que este continuara su descenso hacia el vestíbulo principal.
A partir de aquella jornada, la rutina del menor adquirió un matiz distinto, pues la disciplina impecable de sus estudios comenzó a coexistir con la presencia casi hipnótica del muchacho de cabello oscuro. Baekhyun descubrió que sus ojos buscaban involuntariamente la silueta de ese muchacho en las áreas de grabado o cerca de los jardines de bambú, fascinado por la destreza y la soltura con la que él esculpía sus piezas. Sin embargo, cada vez que Chanyeol giraba la cabeza insinuando la posibilidad de una mirada compartida, Byun agachaba el rostro con prisa, refugiándose en los bento preparados desde casa o disimulando su torpeza tras el trazo de sus esquemas.
Jeongmi, observadora paciente que compartía con el joven rubio las mesas de trabajo junto al resto de sus amigos, no tardó en percibir la fijación esquiva del estudiante más brillante del aula.
─ Terminarás por desgastar la figura de Chanyeol de tanto mirarlo a la distancia ─ murmuró Jeongmi a mitad de una tarde de taller, apoyando los codos sobre la madera mientras observaba cómo Baekhyun daba un brinco sutil en su asiento al escuchar aquel nombre pronunciado en voz alta.
─ No sé a qué te refieres ─ musitó el rubio, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo casi inaudible mientras acomodaba la regla T para evitar el contacto visual.
─ Sabes perfectamente de que hablo ─ insistió la joven mediante un tono manso, dibujando una sonrisa cómplice ─ Eres impecable dirigiendo las entregas de la facultad, Baekhyun, pero te transformas en un manojo de dudas cada vez que Park cruza el patio central. Deberías vencer esa timidez antes de que termine el curso, o te graduarás sin haber cruzado una sola palabra real con ese chico.
Baekhyun guardó silencio, apretando los labios mientras el viento vespertino mecía las copas de los árboles fuera del ventanal, dejando que las palabras de su amiga flotaran en el aire junto al deseo latente de que aquella graduación soñada no solo trajera el título profesional, sino también la valentía necesaria para acercarse a Chanyeol.
El calor continuó asentándose sobre Tokio a lo largo de las semanas siguientes, transformando el bochorno de las aulas en una rutina pesada que obligaba a los estudiantes a buscar el frescor de la tarde en los patios interiores. A medida que el trimestre avanzaba hacia los exámenes parciales, la carga de trabajo en la facultad de Diseño de Interiores se intensificó notablemente. Las entregas de maquetas y los planos detallados consumían la mayor parte del tiempo de Byun, quien pasaba las tardes junto a Kyungsoo, Luhan y Jeongmi en los talleres de la universidad, rodeados por el olor penetrante a pegamento sintético, virutas de madera y láminas de acrílico amontonadas sobre las mesas de trabajo.
Una tarde de finales de julio, cuando la luz dorada del sol poniente se filtraba en ángulos pronunciados a través de los ventanales altos del edificio de arquitectura, el grupo se encontraba rematando una maqueta colectiva. Baekhyun, concentrado en ensamblar la miniatura de un pabellón de bambú con pinzas de precisión, apenas alzaba la cabeza para descansar la vista.
─ Si no tomamos un descanso ahora, voy a terminar pegándome los dedos al tablero ─ protestó Luhan, soltando el cúter sobre la alfombrilla de corte mientras se desperezaba en la silla ─ Llevar cuatro horas seguidas cortando tiras de madera no puede ser sano para nadie.
─ Faltan solo los remates de la cubierta central ─ comentó Baekhyun con tono apacible, sin desviar la atención de las piezas diminutas que encajaba con sumo cuidado ─ Si mantenemos el ritmo una media hora más, podremos dejar secar la cola durante la noche y mañana solo nos quedará aplicar el barniz translúcido
.
Kyungsoo, que ordenaba los catálogos de materiales al otro lado del restirador, soltó una breve risotada mientras negaba con la cabeza.
─ Nadie duda de tu disciplina, Baek, pero Luhan tiene razón. Tus manos están temblando ligeramente por el cansancio. Ve por algo de beber a la máquina del pasillo antes de que arruines el ensamblaje de la entrada.
Byun examinó sus propios dedos y se dio cuenta de que, efectivamente, la fatiga comenzaba a pasarle factura. Asintió en silencio, dejando las pinzas a un lado para ponerse de pie. Se limpió el polvo de madera del uniforme y abandonó el taller a paso lento, disfrutando del soplo de aire fresco que corría por el corredor desierto.
La máquina expendedora se ubicaba cerca del descansillo que conectaba con el ala de artes plásticas. Mientras introducía las monedas metálicas para pedir un té de jazmín frío, el rubio escuchó el silbido suave de una melodía que venía desde el interior del aula de escultura. La puerta se encontraba entreabierta, permitiendo que la luz cálida del atardecer dibujara una franja brillante sobre el piso de cemento pulido.
Impulsado por la curiosidad, Baekhyun recogió la lata de metal y se aproximó a la abertura con pasos inaudibles. Al espiar por la rendija, descubrió a Park Chanyeol trabajando completamente solo en el centro del taller.
El pelinegro vestía un delantal de lona gruesa manchado de yeso y arcilla sobre sus ropas oscuras. Con un cincel delgado y un mazo de madera en la mano, golpeaba suavemente la superficie de un bloque de piedra clara, modelando los contornos de lo que parecía ser una figura humana en movimiento. El sudor le teñía la sien y unos cuantos mechones de cabello azabache se pegaban a su frente, pero la expresión de su rostro denotaba una concentración serena, casi devota.
Baekhyun se quedó inmóvil junto al marco de la puerta, maravillado por la destreza y la firmeza con que las manos largas de Chanyeol guiaban la herramienta. El sonido ritmo del cincel resonaba en el espacio amplio, creando una atmósfera íntima que el rubio no se atrevía a interrumpir.
De pronto, el azabache detuvo el mazo en el aire y giró la cabeza hacia la entrada, como si hubiera intuido la presencia de alguien observándolo desde la penumbra del pasillo. Sus ojos oscuros coincidieron nuevamente con la mirada del bajito a través de la rendija.
Preso de un pánico sutil al verse descubierto, Baekhyun dio un paso hacia atrás para huir, pero la lata de té se le resbaló de sus manos torpes, chocando contra el suelo de concreto en un estruendo seco que resonó en todo el corredor.
El sonido metálico retumbó contra las paredes de linóleo, quebrando la quietud del pasillo con una violencia que le hizo dar un brinco en su sitio. El té rodó un par de metros sobre el suelo, deteniéndose justo en el umbral iluminado de la puerta entreabierta, donde la luz dorada del atardecer recortó de inmediato una silueta alta y desgarbada.
Byun permaneció paralizado en la penumbra del corredor, deseando con todas sus fuerzas que la tierra bajo sus pies se abriera para tragarlo. El rubor le quemaba las mejillas y el cuello con tal intensidad que casi sentía el mareo de la vergüenza, apretando los puños a los costados del uniforme mientras escuchaba el sonido metálico del mazo al ser depositado sobre la mesa de trabajo dentro del taller.
Park cruzó el umbral despacio, despojándose del delantal de lona con un movimiento fluido. Al agacharse para recoger la lata del suelo, la luz del sol poniente le acarició el perfil del rostro, haciendo brillar los mechones oscuros que le caían sobre la frente salpicada de polvo de yeso. Se incorporó sin prisa alguna, soplando levemente la superficie del recipiente de aluminio antes de alzar la vista hacia el chico de cabello ceniza.
─ Creo que esto te pertenece ─ dijo el más alto entre ambos, esbozando una sonrisa suave, despejada de cualquier tono de burla o reproche, mientras avanzaba dos pasos hacia él.
─ Lo siento, no era mi intención espiar ni interrumpirte ─ articuló Baekhyun con el aliento entrecortado, dando un paso vacilante hacia adelante para recuperar el té, con la mirada fija en el suelo para no tener que sostener la fijeza de esos ojos grandes y curiosos.
─ No hay nada que disculpar ─ respondió el pelinegro con esa voz profunda que parecía retumbar de manera natural en el espacio quieto del corredor ─ En realidad, el silencio del taller ya me estaba resultando un poco pesado. Es agradable saber que hay alguien más atrapado en la facultad a estas horas.
Al extender la mano para entregarle la lata, los dedos largos de Chanyeol rozaron nuevamente la piel fría de la palma del muchacho, pero esta vez el contacto duró un segundo más que de costumbre. Baekhyun sintió un estremecimiento sutil recorrerle los brazos, un calor repentino que lo impulsó a alzar los ojos por una fracción de instante.
Ahí, a solo unos centímetros de distancia, el esculpido de las facciones de Park se veía aún más definido bajo la luz dorada de finales de julio. Había una amabilidad transparente en su postura, una calma acogedora que contrapresionaba el nerviosismo constante del menor. Chanyeol no presionó el encuentro; simplemente le sostuvo la lata hasta que el rubio la aseguró entre sus dedos y le dedicó una pequeña inclinación de cabeza antes de dar media vuelta con tranquilidad hacia la entrada de su taller.
─ Buen trabajo con lo que sea que estés haciendo al final del pasillo, Byun ─ añadió Park por encima del hombro, pronunciando su apellido con una calidez tan natural que dejó al aludido con el corazón desbocado en el pecho.
Baekhyun volvió al aula de arquitectura caminando como si flotara en un limbo extraño. La lata de té tibio entre sus manos se sentía ahora como un trofeo valioso o una prueba tangible de que todo aquello no había sido una ilusión provocada por el cansancio.
Cuando cruzó la puerta, Kyungsoo alzó la vista del catálogo de vegetación y observó el rostro encendido de su amigo con una ceja sutilmente levantada.
─ Te tomó bastante tiempo conseguir esa bebida ─ comentó el chico de gafas, evaluando la respiración agitada del rubio ─. Y por la cara que traes, da la impresión de que la máquina expendedora te dio un susto de muerte.
─ Solo... se me cayó la lata en el pasillo ─ alcanzó a responder Byun, sentándose de nuevo en el banquillo y tomando las pinzas de precisión con dedos que aún guardaban un leve temblor.
Luhan y Jeongmi intercambiaron una mirada rápida a sus espaldas, adivinando en el acto la causa de la distracción del menor, pero prefirieron guardar un silencio cómplice para no romper el frágil equilibrio de la tarde. Baekhyun volvió a concentrarse en la maqueta, encajando las piezas de bambú con una paciencia renovada, mientras en la lejanía del pasillo el sonido ritmo del mazo contra la piedra volvía a escucharse de forma casi imperceptible, acompañando el avance pausado del verano sobre las calles de la ciudad.
El sonido del raspado final del barniz sobre el pabellón de bambú marcó el cierre de la jornada en el taller de arquitectura. Haciendo que el rubio guardara meticulosamente sus pinzas y el estilógrafo en el estuche, dedicándoles una mirada de satisfacción a sus tres compañeros mientras la luz del atardecer terminaba de extinguirse fuera de los ventanales.
─ Por hoy es suficiente ─ dijo Baekhyun con tono apacible, regalándoles una inclinación de cabeza agradecida ─ Dejemos que la cola seque durante la noche. Mañana continuaremos con la vegetación del plano.
─ Gracias a los cielos ─ suspiró Luhan estirando los brazos, mientras Kyungsoo juntaba sus notas y Jeongmi le sonreía con calidez a Baekhyun antes de tomar sus pertenencias.
Tras despedirse de ellos con un gesto amable en el portón exterior del edificio, Baekhyun ajustó la correa de su mochila y emprendió el camino a casa en solitario, sabiendo que la calma del campus pronto se desvanecería al cruzar el arco familiar.
Esa quietud frágil que Byun lograba construir entre los planos de la universidad terminaba de disiparse apenas sus pasos cruzaban el umbral de su propia casa. El contraste era atroz, mientras en los talleres de la facultad cada madera y cada trazo buscaban la armonía perfecta, tras la puerta de su hogar la atmósfera se volvía densa, cargada de un silencio hostil que presagiaba la tormenta.
Al llegar aquella misma noche de finales de mes, con el recuerdo del roce de Chanyeol aún tibio en la palma de su mano, Baekhyun se topó de frente con la realidad que tanto procuraba esquivar. En el comedor, la luz tenue de la lámpara central iluminaba dos siluetas distantes. No había gritos ni objetos rotos, sino algo mucho peor: una frialdad absoluta, reproches musitados entre dientes y miradas cargadas de un rencor añejo entre sus padres, quienes apenas notaron su entrada.
─ Ya cené en el instituto ─ mintió Baekhyun en un murmullo apacible, regalándoles una inclinación de cabeza ensayada y una sonrisa tenue que buscaba desesperadamente amortiguar la tensión del aire.
Intentó actuar como si nada ocurriera, caminando con pisadas invisibles hasta refugiarse en su habitación. Cerró la puerta con suavidad y apoyó la espalda contra la madera, dejando escapar un suspiro largo mientras el pecho le dolía por la presión contenida. Se tragó la amargura, negándose a permitir que la inminente ruptura de su familia empañara el único espacio de paz que le quedaba, su sueño de graduarse con honores e ilustrar un futuro donde las cosas no se desmoronaran. Se despojó de la chaqueta del uniforme y se sentó en su escritorio a trazar planos hasta la madrugada, usando el rasgar del grafito como un escudo para sintonizar el murmullo de las discusiones que se filtraban por las paredes.
Los días continuaron su marcha implacable y el inicio del otoño trajo consigo un cambio drástico en el paisaje urbano. Las copas verdeantes que rodeaban el campus se tiñeron de tonos cobrizos y amarillos, alfombrando la grava de las avenidas principales mientras un viento cada vez más fresco obligaba a los estudiantes a desempolvar las bufandas y los abrigos oscuros.
Para Baekhyun, el aula de arquitectura se convirtió en su verdadero santuario. Sin embargo, la tensión acumulada en casa comenzaba a reflejarse en las sombras oscuras bajo sus ojos, un detalle que no pasó desapercibido para su círculo cercano durante una de las mañanas de octubre.
─ Estás durmiendo menos de cuatro horas otra vez, ¿cierto? ─ preguntó Kyungsoo a mitad del descanso, mientras los cuatro amigos caminaban por el patio interior esquivando los remolinos de hojas secas que levantaba la brisa.
─ El proyecto de paisajismo urbano requiere demasiado detalle en las perspectivas ─ respondió Byun, ajustándose la bufanda clara alrededor del cuello para ocultar el cansancio en su rostro ─. Solo quiero asegurarme de que la entrega previa al invierno sea perfecta.
─ Sabes que no tienes que cargarlo todo tú solo, Baek ─ intervino Luhan, colocando una mano afectuosa sobre su hombro mientras avanzaban hacia la entrada de los talleres ─. Eres el mejor de la clase, pero si te agotas antes de tiempo no vas a disfrutar la ceremonia de graduación que tanto has estado planificando.
Baekhyun les ofreció una sonrisa sincera aunque ligeramente esquiva, agradeciendo en silencio el reparo de sus amigos. Justo cuando cruzaban el portal de madera de la facultad, la figura de Park Chanyeol volvió a cruzarse en su camino, esta vez acompañado por Sehun y Jun, quienes reían mientras transportaban varios lienzos y caballetes hacia la galería exterior. Chanyeol vestía un abrigo largo de lana oscura que resaltaba su prominente estatura. Al percatarse de la presencia del rubio, detuvo por un segundo la conversación con sus compañeros y buscó la mirada de Byun a través de la multitud de alumnos. Sus ojos se encontraron durante un tramo de varios metros; Park le dedicó un leve y cálido asentimiento de cabeza, acompañado de una sonrisa de perfil que parecía destinada únicamente a él.
Baekhyun sintió que el peso de la noche anterior se aligeraba por completo en su pecho. Correspondió al saludo inclinando la cabeza con timidez, sintiendo cómo un ligero rubor le devolvía el calor al rostro, mientras Jeongmi a su lado le daba un disimulado codazo en las costillas para recordarle que aquel hilo invisible entre los dos no hacía más que tensarse con el paso de los días.
Al cruzar la puerta del taller de arquitectura, Byun tomó asiento frente a su restirador habitual, desenganchando con discreción el pequeño beeper de plástico negro fijado a su cinturón para depositarlo en la esquina superior del tablero de madera. Jeongmi, ajustando los ángulos de su escuadra en la mesa contigua, lo contempló con una mueca divertida que el chico de cabello ceniza intentó ignorar concentrándose de inmediato en el afilado del lápiz de grafito.
─ A este paso vas a terminar rompiendo la mina ─ murmuró Jeongmi en voz baja, inclinándose hacia él mientras Kyungsoo y Luhan debatían en el otro extremo del aula sobre las propiedades del yeso ─ ¿Le diste tu número de localizador o esperas que adivine el código por arte de magia?
El muchacho sintió el calor subirle de nuevo hacia las orejas, negando ligeramente con la cabeza mientras pasaba la yema del pulgar por la punta del grafito.
─ Él no tiene por qué escribirme ─ musitó el rubio en un tono reservado ─ Además, casi no nos conocemos, solo hemos coincidido unas cuantas veces en los pasillos.
Sin embargo, a mitad de la sesión teórica, cuando el profesor explicaba la integración de estructuras naturales en entornos urbanos, una sacudida seca hizo vibrar el aparato sobre la superficie de madera. El sonido diminuto del zumbido rompió la concentración de Baekhyun, quien apresuró la mano para cubrir el beeper antes de que el docente notara la distracción. Al alzar la pequeña pantalla de cristal líquido hacia la penumbra del pupitre, sus ojos leyeron una secuencia de dígitos dictada a la telefonista de turno:
0455 - P.
El rubio sostuvo el aliento durante unos segundos. Ese código informal, utilizado entre los estudiantes para coordinar un descanso rápido en las cabinas o frente a las máquinas de café, venía acompañado de la letra inicial que identificaba al escultor. Jeongmi, notando la fijeza con la que su amigo contemplaba los números verdes iluminados, le dedicó un leve guiño de complicidad antes de volver a sus apuntes.
Al finalizar la clase, Baekhyun esperó a que el pasillo quedara despejado para aproximarse a la cabina telefónica del primer piso. Introdujo la moneda metálica en la ranura, marcó el número del servicio de operadores y dictó con voz contenida una respuesta breve para el localizador de Park: "
Biblioteca, en quince minutos".
El espacio de la biblioteca a esa hora mantenía una penumbra apacible, iluminada únicamente por las lámparas de pie alineadas sobre las mesas de roble. Chanyeol ya se encontraba allí, de pie entre los estantes de la sección de historia del arte, hojeaba un volumen pesado con una mano mientras la otra descansaba en el bolsillo de su abrigo de lana. Al escuchar los pasos ligeros de Byun acercándose sobre la alfombra verde, el pelinegro cerró el tomo despacio y le ofreció una mirada tibia, desprovista de cualquier prisa.
─ Pensé que la entrega de maquetas te mantendría atrapado toda la tarde ─ comentó Chanyeol en un murmullo profundo, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a un par de pasos, lo suficiente para que Baekhyun percibiera el aroma a barniz y té negro que solía acompañarle.
─ Pude avanzar lo suficiente por la mañana ─ respondió Byun inclinando levemente la cabeza, jugando con la correa de su carpeta para disimular la timidez que amenazaba con paralizarle la voz ─. Vi tu mensaje en el beeper.
─ Quería saber si estabas bien ─ interrumpió Park con suavidad, examinando los rasgos pálidos del rubio y descubriendo las sombras tenues que el cansancio había dejado bajo sus ojos ─ Pareces un poco agotado últimamente, Byun.
Las palabras de Chanyeol, pronunciadas con una atención tan genuina, desarmaron por completo la coraza que Baekhyun solía mantener frente a los demás. Acostumbrado a disimular el peso del ambiente tenso de su casa tras una sonrisa educada, escuchar esa inquietud en la voz del escultor le trajo un alivio inusitado al centro del pecho.
─ Solo son las entregas previas al cierre de ciclo ─ mintió el menor con voz pausada, aunque sus labios dibujaron una sonrisa sincera al alzar la vista para sostener la mirada del contrario ─ A veces me exijo demasiado con los planos.
─ En ese caso, te aseguro que la graduación valdrá cada hora de esfuerzo ─ aseguró Chanyeol, dando un paso más hacia él y extendiendo la mano para mostrarle un pequeño objeto pulido en madera de nogal que llevaba en la palma ─. Estaba practicando algunos relieves en el taller y pensé que esto le vendría bien al diseño del jardín que estás proyectando.
Baekhyun observó la pieza tallada a mano con minuciosidad y luego rozó los dedos de Chanyeol al tomarla, sintiendo cómo el calor de la piel del pelinegro se transfería de inmediato a la suya, marcando un hito silencioso en la cercanía que comenzaba a florecer entre ambos.
La pequeña figura de nogal, pulida al detalle con bordes suaves que se adaptaban a la forma de su mano, permaneció guardada en el bolsillo del abrigo de Byun durante el resto de la jornada como si de un amuleto se tratase. Aquel regalo diminuto no solo aportaba la pieza exacta para el maqueta del jardín interior, sino que rompía definitivamente la barrera de timidez que durante meses había mantenido sus trayectorias distantes.
Los días posteriores a aquel encuentro en la biblioteca transcurrieron con un ritmo más pausado pero inconfundiblemente cercano. Las visitas a las cabinas telefónicas para devolver mensajes de beeper se convirtieron en un hábito cotidiano; ya no eran únicamente códigos de asistencia o sugerencias de descanso, sino pequeños diálogos transcritos por la telefonista donde Chanyeol le preguntaba sobre el avance de sus maquetas o le deseaba un buen viaje de regreso a casa antes de que el sol terminara de ocultarse.
Para cuando finales de noviembre tiñó los atardeceres de un violeta gélido, las coincidencias entre ambos dejaron de ser accidentales. Era habitual ver al pelinegro aguardando junto al gran árbol de ginkgo al terminar la última sesión de taller, sosteniendo dos latas de té caliente mientras conversaba animadamente con Kyungsoo o Luhan, integrándose de forma natural a la rutina del grupo sin forzar jamás la reservada presencia del chico de cabello ceniza.
Una tarde de viernes, con los exámenes de fin de ciclo concluidos y las actas académicas a punto de cerrar, Baekhyun caminaba junto a Park por el corredor exterior que conducía hacia el patio de escultura. El aire libre traía una frescura penetrante que condensaba el aliento de ambos en pequeñas nubes translúcidas a cada palabra.
─ El profesor de taller aprobó el volumen final para la entrega de invierno ─ comentó Chanyeol en un murmullo apacible, ajustándose la bufanda de lana oscura mientras mantenía el paso lento al lado del menor ─ Tu recomendación sobre la estructura de nogal hizo que la composición ganara mucha más fluidez.
─ Sabía que encajaría bien ─ respondió Byun con una timidez cálida, apretando la correa de su carpeta contra el pecho mientras lo miraba de reojo ─ Eres muy talentoso. Las piezas que esculpes transmiten una calma difícil de lograr en la piedra o la madera.
Chanyeol se detuvo a mitad del pasadizo de ladrillo, girándose por completo hacia él con una sonrisa suave que hizo que a Baekhyun se le aceleraran involuntariamente las pulsaciones.
─ Gracias, Byun ─ articuló el pelinegro con voz profunda, buscando sus ojos pálidos con una fijeza serena ─ Aunque para ser sincero, la verdadera inspiración vino de observarte trabajar en esos planos con tanta dedicación todo este tiempo.
El rubor volvió a encender las mejillas del rubio, quien bajó levemente el rostro para ocultar la sonrisa contenida que amenazaba con escapársele. Aquella cercanía recién conquistada, envuelta en el olor a madera barnizada y el frío limpio del otoño que expiraba, le daba la fuerza necesaria para encarar los días oscuros que aún se gestaban en el interior de su casa, alimentando el anhelo de que la temporada invernal trajera consigo no solo la ansiada ceremonia de graduación, sino la oportunidad de dar un paso definitivo junto al chico de cabellera azabache.
Aquella confesión velada suspendida en el aire del pasillo dejó a Baekhyun sumergido en una certeza que ya no podía esquivar ni camuflar tras el cansancio de los planos: estaba enamorado de Park Chanyeol. Era un sentimiento nacido del contraste entre la solidez acogedora del esculpido de Park y su propia timidez, una emoción pura que el rubio prefería atesorar en privado, protegiéndola celosamente de la prisa y cuidando de no alterar el delicado equilibrio que habían alcanzado.
A comienzos de diciembre, la rutina de los talleres comenzó a fusionarse de forma sutil gracias a los descansos compartidos. Fue una tarde nublada cuando Baekhyun, arrastrado suavemente por la insistencia de Jeongmi y la presencia constante de Chanyeol, terminó sentado en la mesa central de la cafetería junto a Sehun, Jongin y Jun.
Al principio, Byun se mantenía en la orilla del banco con la mirada fija en el humo de su té, temeroso de desentonar entre la soltura ruidosa del grupo de escultura. Sin embargo, la amabilidad franca de Sehun al preguntarle sobre las escalas de sus trabajos y las bromas pausadas de Jongin terminaron por disolver su reserva. Jun, con su tranquilidad habitual, no tardó en elogiar la precisión de los trazos que Byun compartía en clase, logrando que el chico de cabello claro se integrara a la conversación con una sonrisa genuina. Chanyeol, sentado justo enfrente, lo observaba en silencio a través del vapor de las bebidas, dedicándole miradas breves y cómplices cada vez que el menor lograba desenvolverse con fluidez entre sus amigos.
Sin embargo, el calor de aquellas tardes contrastaba cruelmente con la helada realidad que aguardaba tras las puertas más íntimas. La distancia entre sus padres había alcanzado un punto de no retorno; las discusiones en el comedor ya no eran susurros apagados, sino reproches fríos sobre documentos de separación legal que reposaban sobre la mesa de centro.
Baekhyun aprendió a habitar su casa como un fantasma, caminando sobre puntillas, cenando a prisa en su cuarto y usando el sonido del localizador en su cinturón como el único ancla que lo mantenía a flote. Cuando el beeper vibraba en la penumbra de su habitación a altas horas de la noche mostrando la clave de Chanyeol deseándole un descanso reparador, Baekhyun apoyaba la frente contra la ventana fría, convencido de que soportar la tormenta familiar valdría la pena con tal de llegar intacto a la graduación y conservar ese espacio íntimo que compartía con el pelinegro.
La frialdad del cristal contra su frente actuaba como un anestésico temporal mientras los dígitos verdes del localizador se apagaban lentamente en la penumbra de su alcoba. Baekhyun apretó el aparato contra su pecho, oyendo cómo al otro lado del pasillo la puerta principal se cerraba con un golpe seco que marcaba otra noche de distanciamiento definitivo entre sus padres. Fue en ese preciso instante cuando una lágrima silenciosa logró zafarse de sus pestañas, resbalando por su mejilla hasta humedecer el cuello de su camisa. No lloraba por el matrimonio deshecho que ya no tenía arreglo, sino por el cansancio acumulado y por el temor inconfesable de que esa grieta familiar terminara por devorar la poca felicidad que había construido junto al chico del taller de escultura.
El sol de la mañana siguiente amaneció filtrándose a través de una neblina densa que cubría las calles de Tokio, trayendo consigo el ambiente propio de aquel mes. Al llegar al campus, Baekhyun se esforzó por borrar cualquier rastro de debilidad en su rostro, refugiándose en el saludo apacible de sus amigos en la entrada de los talleres. La semana transcurrió bajo una normalidad aparente pero sumamente valiosa; las clases teóricas cedieron paso a las revisiones finales de las maquetas, los pasillos se llenaron de estudiantes intercambiando notas y las bromas compartidas en la cafetería junto a Sehun, Jongin y Jun se volvieron el pilar cotidiano que sostenía los días del rubio.
Durante esas tardes de invierno, la complicidad entre Byun y Park alcanzó una intimidad tranquila que ya no requería de palabras exageradas.
Coincidían en las cabinas telefónicas para dictar mensajes breves a la telefonista, se buscaban con la mirada a través de las galerías y compartían caminatas cortas hasta la estación de tren al caer la tarde, con los dedos rozándose discretamente dentro de los bolsillos de sus abrigos para combatir el aire helado. Baekhyun comenzaba a convencerse de que la tormenta familiar quedaría atrás una vez que vistiera la toga en la ceremonia magna.
Las luces de los talleres universitarios permanecían encendidas hasta bien entrada la noche durante la última semana antes de las evaluaciones definitivas. El olor a yeso, barniz translúcido y pegamento de madera impregnaba cada rincón del aula de arquitectura, donde Baekhyun, Kyungsoo, Luhan y Jeongmi daban los retoques finales al proyecto de grado que determinaría su graduación.
Entre el cansancio acumulado y la revisión minuciosa de los planos, los cuatro amigos compartían charlas breves alrededor del restirador para espantar el sueño.
─ No puedo creer que estemos a menos de dos dias de entregar el trabajo de nuestras vidas ─ suspiró Luhan, apoyando la barbilla sobre los puños mientras observaba el brillo del barniz recién aplicado en la maqueta ─ Si sobrevivimos a esto, prometo que en la ceremonia voy a tomarme diez fotografías por cada hora de desvelo.
─ Asegúrate primero de que los empalmes de la cubierta estén secos para mañana ─ comentó Kyungsoo con tono sereno pero risueño, ajustándose las gafas mientras ordenaba los estilógrafos en su estuche ─ Aunque con la supervisión de Baekhyun, dudo mucho que el jurado encuentre un solo fallo estructural.
Jeongmi contempló al chico de cabello ceniza con una mirada cálida, notando la leve sonrisa que se dibujaba en sus labios pálidos.
─ Te lo dijimos desde el inicio del trimestre, Baek ─ añadió la joven en un murmullo amable ─ Todo este esfuerzo valdrá la pena cuando escuches tu nombre en el auditorio y camines a recibir el título. Te lo has ganado más que nadie.
─ Todos lo hemos hecho ─ respondió Byun con suavidad, inclinando la cabeza agradecido mientras colocaba la última pieza sobre el plano del jardín.
Faltaba exactamente un día y medio para la gran entrega previa a la ceremonia magna. Con la maqueta prácticamente terminada y el corazón desbordado por una valentía que jamás creyó poseer, Baekhyun aprovechó un breve descanso para abandonar el taller y caminar a paso rápido hacia la cabina telefónica del primer piso.
La penumbra del pasillo se sentía extrañamente pacífica. Byun introdujo la moneda en la ranura, descolgó el auricular de baquelita y esperó a que la operadora atendiera su llamada con el pulso acelerado repercutiéndole en los oídos.
─ Servicio de localizadores, ¿cuál es su mensaje? ─ resonó la voz neutra al otro lado de la línea.
Baekhyun tomó aire despacio, sintiendo cómo el frío del invierno se disipaba por completo de su pecho al articular cada palabra.
─ Por favor, envíe el mensaje al número de Park Chanyeol ─ dictó el rubio en un susurro claro y firme ─ El texto es: "
Mañana a las siete, bajo el muérdago del parque cercano a la facultad. Tengo algo importante que decirte".
Minutos después, refugiado en la penumbra del aula mientras sus amigos recogían los catálogos de vegetación, Baekhyun sintió la sacudida seca del beeper en su cinturón. Al alzar la pantalla de cristal líquido, los dígitos verdes iluminaron la penumbra del pupitre con una respuesta breve:
0455 - Confirmado.
Una calidez desconocida le recorrió la espina dorsal. Por primera vez en meses, Byun sonrió abiertamente para sí mismo, convencido de que pronto no solo entregaría el trabajo perfecto que le abriría las puertas a la graduación soñada, sino que rompería el silencio para confesarse ante el muchacho del taller de escultura bajo el muérdago del parque.
La mañana del domingo se presentó cubierta por una niebla espesa y helada que adormecía las calles de Tokio, aprovechando el carácter festivo de la jornada para mantener el campus universitario en un silencio casi absoluto. El grupo se había citado temprano junto al pabellón de talleres con el único propósito de resguardar el proyecto final antes de la entrega oficial. Kyungsoo, con su pragmatismo habitual y envuelto en una bufanda de lana gruesa, se ofreció a custodiar la maqueta en su residencia por ser el más cercano a la facultad, mientras Luhan y Jeongmi se despedían entre bostezos y promesas de descansar antes de la ceremonia. Baekhyun ajustó la estructura sobre el asiento del taxi de su amigo con un cuidado casi maternal, observando el vehículo alejarse sobre el asfalto mojado mientras sentía que el mayor obstáculo de su carrera académica había quedado finalmente superado.
El resto del día transcurrió para Byun en una agonía lenta y expectante. El aire en su hogar era tan denso por el silencio tenso de sus padres que prefirió salir horas antes de la cita, dejando que el frío invernal le entumeciera las mejillas mientras caminaba sin rumbo fijo por las avenidas desiertas. A medida que el reloj avanzaba y la oscuridad del festivo caía sobre la ciudad, el muchacho de cabello ceniza se encaminó hacia el parque contiguo a la facultad. Los faroles de hierro proyectaban una luz pálida sobre la grava y sobre la glorieta de madera donde, suspendida de una de las vigas principales, descansaba la rama inerte de un muérdago envuelta en la neblina.
A las siete en punto, Baekhyun ocupó la banca de madera situada justo debajo de las hojas oscuras. Ajustó su abrigo largo, fijó la vista en el sendero de entrada y esperó. El viento helado de diciembre soplaba entre los árboles desnudos levantando un murmullo sordo, pero el joven permaneció inmóvil, sosteniendo entre los dedos enguantados el pequeño beeper negro que guardaba la confirmación de la noche anterior. Pasaron quince minutos, luego media hora, y el crujido de la grava nunca anunció los pasos largos y apresurados del escultor.
A las ocho pasadas, la neblina comenzó a transformarse en una llovizna fina y penetrante que caló despacio la tela de su abrigo. Baekhyun se puso de pie con las piernas entumecidas, caminando vacilante hasta la cabina telefónica de la esquina para marcar de nuevo al servicio de operadores. Dictó un mensaje breve con la voz temblorosa por el frío, pidiendo a la telefonista que enviara un código de espera al localizador de Park, pero la pequeña pantalla verde no volvió a iluminarse. De regreso al banco, la lluvia se volvió más constante, empapando su cabello rubio hasta pegarlo a sus sienes mientras el dolor de la traición comenzaba a abrirse paso en su pecho.
La certidumbre del plantón lo golpeó con una crueldad devastadora. Sentado completamente solo bajo la noche helada, sintiendo la lluvia resbalar por su cuello y el frío calarle hasta los huesos, Baekhyun se encogió sobre sí mismo en la banca de madera. El llanto irrumpió en su garganta con la violencia de un dique roto; sollozó en silencio, ahogando los gemidos entre las manos mientras el dolor por el desplante de Chanyeol se mezclaba con el agotamiento de los meses pasados y la ruina de su vida familiar. Lloró con una desesperación pura y lacerante, convencido de que Park simplemente se había arrepentido a último momento, dejándolo tirado bajo el muérdago con un amor inútil entre las manos.
Byun se abrazó las rodillas contra el pecho en aquella banca helada, encogido bajo la sombra inerte de aquel diciembre, tiritando por el frío penetrante que le calaba la ropa y por el vacío abrumador que el plantón le había dejado en las entrañas. Se sintió ridículo, patético por haber creído que la calidez en las miradas de Chanyeol significaba algo real, odiando la ingenuidad que lo llevó a exponer su corazón frente a alguien que ni siquiera se había molestado en enviar un código de cancelación a su localizador.
Con los ojos hinchados y la garganta ardiendo por los sollozos contenidos, Baekhyun logró ponerse de pie con extrema torpeza, sintiendo las piernas adormecidas por la postura y la humedad. Caminó de regreso a casa como un autómata bajo el manto nocturno, esquivando las miradas furtivas de los pocos transeúntes que se cruzaba en el camino y limpiándose el rostro con la manga del abrigo con la vana esperanza de borrar las huellas del llanto antes de cruzar la puerta principal.
Sin embargo, al doblar la esquina de su calle, la imagen que lo aguardaba bajo la luz amarillenta del farol exterior le congeló el aliento. En el porche de la vivienda descansaban tres maletas rígidas y un par de cajas de cartón precintadas con prisa. Su padre permanecía de pie junto a la entrada, envuelto en un abrigo pesado y con la mirada perdida en el suelo mojado, mientras la puerta de la casa permanecía entornada, sumida en una oscuridad absoluta y en un silencio sepulcral que delataba que la separación legal había llegado a su desenlace definitivo esa misma tarde.
─ Recoge tus cosas, Baekhyun ─ articuló su padre con una voz quebrada y seca, entregándole un sobre con dos billetes de tren sin mirarlo siquiera a los ojos ─ Nos vamos a Kyoto en el expreso de medianoche. No hay nada más que hacer aquí.
El chico de cabello ceniza observó los billetes entre sus dedos tiritones, leyendo el destino impreso en tinta negra mientras el mundo que con tanto celo había intentado proteger se terminaba de desmoronar en mil pedazos. No hubo tiempo para protestar, ni para correr a buscar la toga de graduación, ni para pedir explicaciones a su madre en el interior de la casa a oscuras. Sin preguntarle nada, arrastrado por la corriente de una ruina familiar que no le pertenecía, Baekhyun subió los equipajes al vehículo de alquiler, llevando consigo únicamente la ropa que vestía, el beeper inerte en el cinturón y la herida abierta de una traición que creyó haber recibido de la persona que más amaba.
El traqueteo del expreso de medianoche arrastraba su marcha cansina hacia el oeste, perforando la penumbra del vagón con un silbido metálico que resonaba acompasado contra las vías heladas. Baekhyun permaneció encogido contra la ventanilla oscura durante todo el trayecto, hecho una bola sobre el asiento de terciopelo desgastado, apretando las rodillas contra el pecho como si intentara contener los pedazos rotos de su propia existencia. El llanto irrumpió en él con la desolación de un niño pequeño que lo ha perdido todo en cuestión de horas; sollozó en silencio contra la tela del abrigo húmedo, tragándose los gemidos para no despertar al hombre que dormía a su lado con el rostro demacrado por la derrota del divorcio. Se había ido sin un solo equipaje personal de valor, sin su maqueta terminada, sin haber pronunciado una sola palabra de despedida a Kyungsoo, Luhan o Jeongmi, y peor aún, sin haber recibido una sola explicación o respuesta del chico del taller de escultura.
Entre el caos del abordaje apresurado y el ajetreo de las maletas en la estación de Tokio, el pequeño beeper negro se había desprendido de su cinturón, perdiéndose para siempre en el fango de las aceras mojadas. La pérdida del aparato selló su aislamiento de forma definitiva: en su memoria exhausta no guardaba anotado ningún número telefónico fijo de sus compañeros de aula, siendo la secuencia numérica del localizador de Park el único código grabado a fuego en su mente, un número inútil que ahora solo funcionaba como un recordatorio doloroso de la traición.
Los primeros días en Kyoto transcurrieron bajo una niebla pesada de apatía y silencio dentro del modesto apartamento que su padre había alquilado cerca del distrito histórico. Baekhyun apenas abandonaba el camastro de la habitación, observando la lluvia caer sobre las tejas tradicionales mientras la herida del despecho se infectaba en su memoria. Resultaba insoportable recordar las palabras entusiastas de sus amigos en el taller; recordaba con amargura punzante cómo Kyungsoo, Luhan y Jeongmi le habían asegurado que cada hora de desvelo valdría la pena al escuchar su nombre en el auditorio, y cómo el propio Chanyeol le había afirmado entre sonrisas que la graduación pagaría todo su sacrificio. En la soledad de su encierro, Byun pensaba con rabia y lágrimas amargas en los ojos que todos se habían equivocado cruelmente: no habría fotografía oficial en el anuario, ni aplausos del decano, ni la ansiada toga de seda rasgando el aire estival que tanto había dibujado en sus sueños.
Para no perder por completo los años de esfuerzo académico, Byun tuvo que realizar un trámite burocrático helado e impersonal días después. Gestionó el envío de sus documentos por correspondencia y viajó de regreso a las afueras de Tokio únicamente para presentarse en una ventanilla administrativa del instituto, un mostrador de madera gris atendido por un secretario indiferente que le hizo firmar una hoja de recibido antes de entregarle el título envuelto en un tubo de cartón ordinario. Ni una palabra de felicitación, ni un rostro conocido en los pasillos vacíos.
Con el certificado en la mano, el dolor familiar ardiendo en el pecho y el rencor acumulado hacia un pasado que lo había expulsado sin piedad, Baekhyun tomó la decisión radical de cortar todo lazo con su antigua vida: cambió su número telefónico, borró de sus diarios cualquier dirección de sus excompañeros y se sumergió en una rutina hermética en Kyoto, refugiándose en un empleo a medio tiempo modesto de diseño para enterrar bajo toneladas de olvido la sombra de Park Chanyeol y el recuerdo del muérdago bajo la lluvia.
Los años transcurrieron con el peso sordo de las estaciones repetidas, envolviendo la existencia de Byun en una monotonía gris donde el brillo de sus antiguas aspiraciones académicas terminó por extinguirse por completo. Aquel título obtenido por ventanilla permaneció guardado en el fondo de un cajón junto al tubo de cartón ordinario, convirtiendo la arquitectura en un recuerdo amargo de un futuro brillante que jamás llegó a construirse.
La vida en la antigua capital no fue piadosa con el rubio. Pocos años después del traslado, la salud de su padre comenzó a deteriorarse rápidamente debido a una enfermedad degenerativa que lo mantenía en cama la mayor parte del día, obligando a Baekhyun a asumir por entero la responsabilidad económica y los cuidados del hogar. Sin la posibilidad real de costear una especialización ni el tiempo para insertarse en las firmas de diseño más prestigiosas de la región, el menor tuvo que conformarse con un empleo estable pero sumamente modesto como dibujante de planos técnicos en una imprenta local.
La rutina de Baekhyun se redujo a una geografía estrecha, del pequeño apartamento de madera crujiente al mostrador de la imprenta, y de allí a las farmacias del barrio para adquirir los medicamentos de su padre. Aunque se sentía miserable por dentro, arrastrando una sensación constante de fracaso y la espina sepultada del despecho, Byun continuaba avanzando por inercia, manteniendo la casa limpia, pagando las cuentas a tiempo y cuidando de su progenitor con una devoción abnegada que suplía el vacío de su propio alma.
Con el paso del tiempo, el joven del cabello ceniza aprendió a convivir con la cicratiz sorda de la traición. Había bloqueado y destruido cualquier canal de comunicación con Tokio, negándose a buscar noticias de sus antiguos compañeros o a saber algo del destino de Park Chanyeol. La melancolía se convirtió en su piel secundaria, una armadura que lo mantenía a salvo de los recuerdos mientras el otoño en Kyoto volvía a cubrir las tejas con hojas secas, recordándole cada tarde que algunas heridas simplemente se aprenden a cargar en silencio para poder seguir respirando.
Catorce meses después de haber asumido la rutina de cuidados a tiempo completo en Kyoto, cuando el pequeño apartamento de madera se sentía cargado de una monotonía sofocante, la vida de Byun sufrió una sacudida imprevista. Un sobre de papel de gramaje grueso, marcado con el sello dorado de la facultad de arquitectura de Tokio, aguardaba sobre el mostrador de la imprenta al final de una jornada de trabajo.
A Baekhyun le pareció insólito que aquel documento hubiera llegado directamente a sus manos después de quince años de un aislamiento voluntario en el que se encargó de borrar todo rastro burocrático. Sin embargo, al examinar el reverso de la funda de papel, descubrió una nota diminuta redactada con la caligrafía temblorosa de su madre, acompañada por el matasellos de la casa familiar en la capital. Su madre, quien aún residía en Tokio y con quien apenas mantenía una relación distante a través de cartas esporádicas, había recibido la citación oficial en el viejo domicilio y se la había reexpedido hasta Kyoto, añadiendo en el margen una frase corta que abogaba por el reencuentro con su pasado.
La tarjeta en su interior contenía una invitación formal para la conmemoración especial por los quince años de graduación de su promoción, una cita programada para el segundo fin de semana de diciembre en el gran salón de eventos del campus original. Baekhyun sostuvo la cartulina con dedos helados, sintiendo cómo el estómago se le comprimía al leer la tipografía elegante que evocaba una etapa de su vida que había intentado enterrar bajo toneladas de rutina e indiferencia.
Durante tres semanas consecutivas, el sobre permaneció abierto sobre la mesa de centro de su sala. Byun se debatía entre la aversión visceral a regresar al escenario de sus ruinas pasadas y una nostalgia sofocada que pugnaba por salir a la superficie. Los años habían matizado la tez pálida del muchacho de antaño, y aunque conservaba la finura de sus facciones y el matiz ceniza en su cabello, la mirada tras sus pestañas guardaba una madurez sobria, moldeada por los sacrificios y el aislamiento.
Finalmente, Baekhyun decidió aprovechar las dos semanas de vacaciones acumuladas que le correspondían en la imprenta para realizar el viaje. Para garantizar el bienestar de su padre durante su ausencia, contrató a un enfermero capacitado que se encargaría de cuidarlo y administrarle los medicamentos en la vivienda de Kyoto. Con esa tranquilidad resuelta, Byun encontró la excusa perfecta para justificar la travesía: era el momento propicio para retornar a la capital, visitar a su madre tras tantos años de frialdad y cerrar de forma definitiva las cuentas pendientes con su propio origen, persuadido de que transcurridos tres lustros, la herida causada por el plantón bajo el muérdago habría cicatrizado lo suficiente como para resistir una caminata por los viejos pasillos.
La tarde del evento, la capital lo recibió envuelta en un viento fresco que arrastraba hojas amarillentas de ginkgo sobre el asfalto mojado. Baekhyun vestía un traje oscuro de corte impecable pero sin ostentaciones, manteniendo la vista baja mientras cruzaba los portones de piedra de la universidad con el corazón latiéndole desbocado contra las costillas.
El gran salón se hallaba iluminado por candelabros cálidos y colmado por profesionales maduros que conversaban entre risas y copas de vino. Byun se mantuvo en la periferia de la estancia, observando desde la penumbra a Kyungsoo, Luhan y Jeongmi, quienes compartían una mesa cerca del escenario vistiendo trajes de diseñador y exhibiendo la solvencia de carreras consolidadas. Jeongmi reía al escuchar una anécdota de Luhan, pero en sus gestos persistía esa calidez madura que el rubio recordó al instante.
Justo cuando Baekhyun tomaba aire para dar un paso al frente y revelarse ante sus antiguos compañeros de maquetas, la figura de Sehun emergió entre la multitud del ala de artes plásticas, vistiendo un saco holgado y portando una carpeta rígida bajo el brazo. Detrás de él caminaban Jongin y Jun, manteniendo rostros serenos aunque notoriamente solemnes.
Al cruzarse las miradas en mitad del pasillo lateral, Sehun se detuvo en seco, abriendo los ojos con una mezcla de estupor e incredulidad absoluta al reconocer al dibujante de planos después de quince años de desaparición voluntaria.
─ ¿Baekhyun? ─ articuló Sehun con la voz raspada por la sorpresa, dando dos pasos apresurados hacia él mientras Jongin y Jun frenaban la marcha justo a sus espaldas ─ Por todos los cielos, eres tú. En verdad viniste.
La sorpresa provocada por las palabras de Sehun quebró el murmullo de la mesa central de inmediato. Kyungsoo, Luhan y Jeongmi giraron los rostros en sincronía y al descubrir la silueta del rubio tras quince años de una ausencia implacable, el tiempo pareció congelarse en el salón. Kyungsoo se puso de pie bruscamente, haciendo rodar su copa sobre el mantel antes de que unas cuantas lágrimas de emoción pura se abrieran paso a través de sus gafas. Jeongmi ahogó un grito contenido con las manos sobre la boca, levantándose al instante junto a Luhan para acortar la distancia con el recién llegado.
─ ¡Baekhyun! ─ exclamó Jeongmi con la voz quebrada por el sentimiento, rodeándole el cuello en un abrazo apretado y cálido que desarmó por completo la coraza del dibujante de planos ─ Por todos los cielos, te extrañé tanto amigo. Te buscamos por todas partes, desapareciste sin dejar un solo rastro.
Baekhyun permaneció inmóvil durante una fracción de segundo antes de corresponder al abrazo de la mujer, sintiendo el calor de sus amigos rodearlo mientras Kyungsoo le estrechaba los hombros con dedos temblorosos. Byun luchó con todas sus fuerzas para no romper en sollozos allí mismo, manteniendo la compostura aunque sus ojos pálidos se empañaron de inmediato bajo un velo translúcido de emoción contenido.
─ Perdónenme, tuve que irme ─ alcanzó a articular Baekhyun en un murmullo apacible, inclinando la cabeza con timidez hacia Luhan y Kyungsoo, quienes lo observaban con una mezcla de reproche amoroso y alivio desbordante.
El grupo completo, integrando a Sehun, Jongin y Jun, ocupaba una amplia mesa redonda cerca del escenario. Al tomar asiento entre ellos a instancias de Jeongmi, la mirada observadora del rubio notó de inmediato un detalle inquietante: cada uno de los presentes llevaba prendido en la solapa del saco un pequeño lazo negro de seda. Un escalofrío sutil le recorrió la espalda al sospechar una pérdida compartida en el grupo, pero su propia timidez y el peso de las explicaciones pendientes le impidieron formular pregunta alguna en ese instante, prefiriendo refugiarse en la calidez del reencuentro mientras el ruido de las copas volvía a llenar el ambiente.
A medida que la noche avanzaba entre risas maduras y brindis continuos, Baekhyun no pudo evitar que su mirada se desorganizara furtivamente por el recinto. Con una sutileza casi imperceptible, sus ojos recorrían las mesas contiguas, los pasillos laterales y la barra de bebidas, buscando involuntariamente una silueta de estatura prominente o una cabellera azabache que destacara sobre los demás.
Jeongmi, quien siempre había poseído la facultad de leer cada gesto diminuto de su amigo, notó de inmediato la forma en que el rubio buscaba entre la multitud. Sus ojos se oscurecieron con una pincelada de compasión callada, intercambiando una mirada rápida y cómplice con Kyungsoo, Sehun y el resto de la mesa. Uno a uno, los presentes comprendieron el rastreo silencioso de Byun, pero ninguno se atrevió a romper la fragilidad del momento, optando por guardar un respeto absoluto para no ensombrecer la velada.
La conversación fluyó hacia los logros del presente. Luhan compartía anécdotas sobre los complejos residenciales que diseñaba en el extranjero, Kyungsoo explicaba sus publicaciones en revistas de paisaje urbano y Sehun comentaba las exposiciones colectivas de escultura que realizaba junto a Jongin. Al escucharlos hablar con tanta solvencia de un mundo profesional que a él se le había negado, Baekhyun sintió una opresión sutil en el pecho. Observó sus propias manos curtidas por el trabajo humilde en la imprenta y el cuidado abnegado en Kyoto, y por un segundo se percibió como un intruso, un fantasma del pasado que ya no encajaba en la brillante realidad de sus antiguos compañeros.
Luhan, percatándose del ensimismamiento distante en la postura del menor y de la sombra de inseguridad que cruzaba sus facciones, extendió la mano por encima del mantel de lino. Cubrió con calidez los dedos fríos de Baekhyun, apretándolos con una firmeza reconfortante que disipó cualquier duda en el aire.
─ No importa cuántos años hayan pasado ni los caminos que hayamos tomado, Baek ─ murmuró Luhan con una sonrisa transparente, buscando la mirada del dibujante de planos ─ Tú siempre fuiste, eres y serás parte de todo esto. Esta mesa nunca estuvo completa sin ti; Recuerda que eres el chico más brillante que conocemos.
Baekhyun apretó los labios con fuerza, sintiendo que el calor del afecto sincero de sus amigos le devolvía el aliento, mientras a lo lejos, la música suave de la recepción continuaba llenando el ambiente.
La velada continuó deslizándose entre recuerdos compartidos, risas suaves y anécdotas desempolvadas del pasado que lograron suavizar el peso de los años en el pecho de Baekhyun. Antes de que la recepción llegara a su fin, Kyungsoo sacó una pequeña libreta para anotar con cuidado el nuevo número telefónico de Kyoto, imitado de inmediato por Luhan y Jeongmi, quienes guardaron el contacto con celo. No estaban dispuestos a permitir que su amigo vuelva a esfumarse entre la bruma del tiempo. Incluso Jongin y Jun aseguraron el código antes de despedirse entre abrazos afectuosos que le devolvieron a Byun una calidez que creía extinta.
Con el gran salón vaciándose progresivamente y los candelabros bajando la intensidad de sus luces, el grupo comenzó a dispersarse hacia la salida principal. Baekhyun ajustó la bufanda alrededor de su cuello y se dispuso a encarar la noche fresca de la capital, sintiendo que el viaje finalmente había cumplido su propósito de paz.
Sin embargo, al cruzar el umbral de piedra del pórtico exterior, una silueta alta interrumpió su paso. Sehun aguardaba a un lado de las escaleras principales, sumergido en el penumbra del soportal, vistiendo su abrigo largo y manteniendo ambas manos hundidas en los bolsillos. Su postura no reflejaba la soltura ruidosa de la cafetería, sino una gravedad contenida, casi dolorosa, que hizo que el pulso de Baekhyun vacilara sobre la grava.
─ Baekhyun ─ articuló Sehun con voz baja y rasgada, dando dos pasos pausados hacia él mientras el viento de diciembre levantaba un leve remolino de hojas secas a sus pies ─ ¿Tienes cinco minutos? Necesito hablar contigo antes de que te vayas.
Sehun no dijo nada más en el pasillo. Simplemente hizo un gesto manso con la cabeza, invitándolo a caminar a su lado mientras la llovizna fina comenzaba a empapar las aceras iluminadas por los faroles. Baekhyun avanzó en silencio, ajustándose la solapa del abrigo mientras el estómago se le estrechaba en un nudo ciego al reconocer la ruta que tomaban sus pasos.
Cruzaron la reja de hierro y se adentraron en la penumbra del parque contiguo a la facultad, donde el crujido de la grava húmeda resonaba con la misma cadencia espectral de quince años atrás. Sehun avanzó sin vacilar hasta la glorieta de madera, deteniéndose justo frente a la misma banca donde Baekhyun se había congelado en lágrimas aquella noche de diciembre. En la viga superior, suspendida de un gancho oxidado, aún permanecía la rama de un muérdago completamente seco, de hojas grisáceas y marchitas por el tiempo.
Sehun indicó la madera helada de la banca con la mirada y Baekhyun se tomó un segundo antes de sentarse, tiritando levemente por el frío penetrante que parecía emanar del piso. El chico alto permaneció de pie a su lado, manteniendo las manos hundidas en las profundidades de su gabardina antes de romper la quietud del recinto.
─ Park no te dejó plantado aquel domingo, Baekhyun ─ habló Sehun con una voz grave, pausada, golpeada por la melancolía ─ No hubo arrepentimiento, ni cobardía, ni indiferencia.
Byun alzó el rostro despacio, sintiendo cómo los latidos de su corazón repercutían con fuerza contra sus oídos.
─ Él hablaba de ti todo el tiempo en el taller ─ continuó el escultor, mirando hacia las copas desnudas de los árboles ─ Jun, Jongin y yo teníamos que escucharlo durante horas hablar sobre la forma en que dibujabas, sobre la precisión de tus maquetas y sobre cómo tus ojos se iluminaban cuando hablabas de arquitectura. Estaba profundamente enamorado de ti, Baek. Nos dijo que jamás había sentido por alguien la devoción y la admiración que sentía al verte trabajar al final del corredor.
Baekhyun apretó las manos enguantadas sobre su regazo, sintiendo cómo las sienes le palpitaban con violencia.
─ Aquella noche de domingo ─ añadió Sehun con un hilo de voz rasgado ─ Chanyeol salió del taller con la figura de nogal barnizada y el beeper en la mano. Iba directo a este parque para verte. Un auto perdió el control sobre el asfalto helado al cruzar la avenida principal antes de las siete, murió antes de que la ambulancia pudiera llegar. Lo encontramos en la morgue esa misma madrugada, en su bolsillo aún guardaba la confirmación de tu cita.
El aire pareció congelarse por entero en los pulmones de Baekhyun. La revelación no trajo un alivio instantáneo, sino una ola de devastación retroactiva que le quebró el pecho por la mitad. Quince años creyendo que había sido desechado, quince años cargando el rencor hacia un muerto que en realidad había expirado intentando llegar a sus brazos. Las lágrimas volvieron a empañarle la mirada, resbalando frías por sus mejillas mientras contemplaba la figura marcha del muérdago sobre sus cabezas.
Sehun lo observó con tristeza, guardando un minuto de respeto ante el dolor desenterrado del dibujante de planos. Sin embargo, Baekhyun se limpió el rostro bruscamente con la manga del traje, alzando la vista hacia Sehun con una expresión rota, teñida por un amargor tardío que no encontraba consuelo en la verdad.
─ ¿Y de qué me sirve saber todo esto ahora, Sehun? ─ articuló Baekhyun en un murmullo quebrado, lleno de impotencia ─ Quince años después, de nada me sirve saber que me amaba si mi vida igual se destruyó esa noche, si me fui creyendo que no valía nada y si él ya no está aquí para decírmelo.
Sehun apretó los labios con pesadumbre, sintiendo cómo el amargor del tiempo perdido caía sobre ambos con el peso de una losa insoportable. Dio un paso hacia la banca de madera, deteniéndose justo frente a Byun mientras la llovizna fina de la noche comenzaba a espesarse, transformándose en gotas pesadas que repicaban contra las vigas de la glorieta y ahogaban el ruido distante de la ciudad.
─ Sirve para que no sigas cargando un rencor injusto, Baekhyun ─ dijo Sehun con una severidad envuelta en mansedumbre, manteniendo la voz firme a pesar de la emoción que le apretaba la garganta ─ Sirve para que sepas que el amor que sentiste fue correspondido con la misma pureza. Chanyeol no te falló. Su último pensamiento en esta vida fue venir a tu encuentro.
Esas palabras actuaron como el golpe definitivo contra la coraza que el dibujante de planos había construido durante tres lustros. Baekhyun se encogió sobre sí mismo, hundiendo el rostro entre sus manos frías mientras un sollozo desgarrador se le escapaba del pecho, quebrándose por completo bajo el muérdago seco. Lloró con una desesperación añeja, desenterrando en ese llanto la ruina de sus años en Kyoto, los sacrificios invisibles, el peso de una graduación que jamás celebró y la tragedia de un sentimiento que la muerte le arrebató sin aviso.
La lluvia se volvió implacable, empapando los hombros del traje oscuro de Baekhyun y pegando los mechones de su cabello ceniza contra la frente. Sehun extendió un brazo, intentando cubrirlo en vano con el borde de su gabardina mientras observaba el temblor incontrolable que sacudía el cuerpo del menor.
─ Estás helado, Baekhyun. No puedes quedarte aquí ─ habló Sehun con tono apremiante, tomándolo suavemente del antebrazo para obligarlo a ponerse de pie ─ Ven, deja que te lleve a casa. Tengo el auto aparcado a pocos metros, te acompañaré hasta el lugar donde te hospedas.
Baekhyun se limpió el rostro bruscamente con el dorso de la mano, negando con la cabeza repetidas veces mientras se zafaba con delicadeza pero firmeza del agarre de su compañero. Sus ojos pálidos, enrojecidos y brillantes por la mezcla de agua y lágrimas, buscaron la mirada de Sehun con una fijeza desoladora.
─ No, déjame solo, por favor ─ articuló Byun con un hilo de voz que la lluvia intentaba sofocar ─ Conozco el camino a casa. He recorrido este camino a oscuras.
Sehun intentó dar un paso más, abriendo la boca para insistir ─ Baekhyun, no es seguro que camines así bajo esta tormenta.
─ Por favor, Sehun ─ interrumpió el rubio en un murmullo suplicante pero inquebrantable, dando dos pasos hacia atrás sobre la grava mojada ─ Necesito estar solo.
El escultor sostuvo la mirada del chico de cabello ceniza durante unos segundos interminables, leyendo en la fijeza dolorosa de sus facciones que cualquier intento por acompañarlo solo profanaría el duelo que Byun finalmente comenzaba a atravesar. Sehun soltó un suspiro largo, dejando caer los brazos a los costados antes de asentir con una lentitud resignada.
─ Está bien ─ accedió Sehun en tono bajo ─ Pero prométeme que nos llamarás. Todos estamos aquí para ti ahora, Baekhyun.
El chico no se movió. Permaneció de pie en mitad del sendero mojado, sumergido en esa noche helada que parecía congelar los segundos con la misma crueldad de quince años atrás. Las gotas pesadas de la tormenta caían con furia sobre los hombros de su traje oscuro y empapaban su cabello ceniza hasta pegarlo a sus sienes, pero el dibujo de las lágrimas corriendo por sus mejillas superaba la fuerza del temporal. En la penumbra de su mente melancólica, Byun pensó con una amargura devastadora que ni siquiera la inmensidad del firmamento derrumbándose en tormenta, ni la cantidad infinita de gotas de lluvia cayendo sobre Tokio, alcanzarían jamás a rebasar la cantidad de lágrimas que su alma estaba derramando sobre aquella tierra.
Con las piernas entumecidas por el frío y el pecho ardiendo por el llanto sofocado, retrocedió a paso lento hasta la glorieta de madera, dejándose caer de nuevo sobre la banca helada, justo debajo del muérdago marchito. Las imágenes del pasado comenzaron a proyectarse tras sus párpados cerrados con la nitidez de un espejo antiguo: el brillo de las maquetas en el taller, el aroma a yeso y té negro, los dedos rozándose timidamente en las cabinas telefónicas y la calidez transparente de una mirada azabache que jamás volvió a encontrar.
Con manos temblorosas y los dedos entumecidos por la helada, Baekhyun se llevó la mano al bolsillo interior del abrigo. Sus yemas buscaron a ciegas hasta tropezar con la textura suave, desgastada por el roce constante de tres lustros, de la pequeña figura tallada en madera de nogal que Chanyeol le había regalado en la biblioteca. A pesar de los años de silencio, a pesar del rencor sordo y la amargura cargada por la supuesta traición, Baekhyun jamás se había desprendido de aquel amuleto; lo había guardado en secreto en cada abrigo, en cada mudanza, como la única prueba tangible de que alguna vez había sido inmensamente feliz.
Extrajo la pieza de madera y la apretó entre sus palmas contra el centro del pecho, sintiendo cómo los bordes pulidos se clavaban en su piel. Lloró un poco más, dejando que el llanto desenterrara por fin el amor puro que había permanecido congelado bajo capas de despecho.
Luego, inclinándose despacio hacia el suelo mojado, Byun usó la punta de sus dedos para escarbar un pequeño hueco en la tierra fangosa, justo en las raíces del arbusto que sostenía la glorieta, debajo de las ramas muertas del muérdago. Depositó la figura de nogal en el fondo, cubriéndola con la grava húmeda y las hojas secas hasta sepultar por completo el amuleto que lo había acompañado en su largo exilio.
Apoyó la mano sobre la tierra recién removida, pegó el rostro al suelo bajo la lluvia implacable y, antes de ponerse de pie para encarar definitivamente su nueva vida, dejó escapar un último susurro que la tormenta se encargó de llevarse en la penumbra.
─ 0455 confirmado, Chanyeol.








