Capítulo 1: "La Calma"
Fernando llevaba más de diez horas frente a los monitores de su trabajo, radares que se actualizaban cada pocos minutos, dibujando manchas verdes, amarillas y rojas sobre el mapa. Afuera, detrás de las ventanas, el murmullo de una protesta se mezclaba con las bocinas, los bombos, los gritos. El paro por los bajos salarios había vaciado parte del edificio, pero él seguía ahí, repasando modelos, corrigiendo datos y comparando imágenes satelitales.
Más de una vez se había preguntado si valía la pena seguir. La crisis económica golpeaba a todos; incluso algunos colegas ya jubilados sobrevivían vendiendo artesanías en ferias y balnearios. Aun así, había algo que lo retenía. Amaba el clima. Amaba entender el cielo. Y, sobre todo, amaba ese instante en que la lluvia comenzaba, tocaba el suelo, y el aire se llenaba del inconfundible olor a petricor.
Al finalizar el turno, pedaleó en su bicicleta hasta su departamento en Palermo. Alimentó a sus dos gatos, encendió el televisor y dejó que las noticias sonaran de fondo mientras preparaba un café. Otra vez hablaban de inflación, de recortes y de conflictos políticos. Él apenas prestó atención. Se acercó al balcón y levantó la vista hacia el cielo, aquel que quiso comprender desde su infancia y que seguía maravillándolo.
A la mañana siguiente salió temprano, como siempre. El rugido de un avión despegando desde el Aeroparque Jorge Newbery lo obligó a detenerse unos segundos. Le gustaba observar cómo desaparecían sobre las nubes del Río de la Plata e imaginar ese mismo paisaje siglos atrás, cuando no existían edificios, autopistas ni motores. Sonrió para sí.
Más de una vez lo habían llamado obsesivo por dedicarle tanto tiempo al clima. Tal vez tenían razón. Pero él prefería pensar que simplemente había elegido lo que lo hacía feliz, sirviendo a su manera. Porque algo que lo hacía ser Fernando, era ser argentino, de esos que se ponen los colores de la bandera y se ponen de pie para cuando se canta el himno nacional, sea donde sea.
Todo parecía normal, él estaba en su trabajo cuando se presentó Juliana.
—Hola, buen día Fer, ¿cómo estás?
—Ey Juliana, ¿cómo estás? Yo todo bien, acá como ves... con trabajo.
Juliana se adentraba en dónde Fernando hacía sus labores, siempre haciéndole un regalo dulce a los de seguridad. Ella era hija de Héctor, vecino en la zona de departamentos, y siempre se hacía un tiempo para visitarlo.
—Veo que con trabajo, no soy ciega. Y vos tampoco lo sos, siempre viendo las nubes.
—No sé cómo te dejan pasar siempre los chicos de la entrada. Pero cuando salgo los veo llenos de migajas, les debés dar algo como lo que me traés (risa).
—Pfs, no! (Risa)
Las risas se apagaron lentamente. Por unos segundos solo quedaron el zumbido de los equipos y el movimiento constante de las pantallas detrás de ellos, casi desvanecidas.
—¿Venís a cenar hoy? Te veo muy tranquilo. Vamos a estar con mi papá y los chicos. Mi mamá se tiene que ir con el autito a buscar a mi abuelo, que viene desde Uruguay con el catamarán. ¿Te acordás que te comenté?
—Como entendés el miedo que le tengo a tu vieja... sí, sí me acuerdo de lo demás.
—Es que ella cree que somos más que amigos (ríe). Bueno dale, me voy a hacer las compras. Vamos hablando! Que no se rompa el cielo.
—Tranqui Ju, si se rompe vas a estar enterada por mí (ríe).
Para esa misma noche, Héctor y los mellizos hermanos de Juliana recibieron a Fernando. Ya en la cocina se sentía ese calor particular de las casas de barrio, con olores que mezclaban cebolla y mantel plástico. Los mellizos discutían por el control remoto mientras Héctor terminaba de acomodar los platos.
—Tomá asiento, Fernandito, no seas ceremonioso —dijo Héctor, señalando la silla que siempre quedaba libre para él—. Juliana ya casi termina con la ensalada.
—Gracias, Héctor. Se siente bien el olor a guiso.
Ramiro, uno de los mellizos, subió el volumen del televisor justo cuando el noticiero cambiaba de placa. Un locutor con cara de no haber dormido leía apurado sobre una alerta meteorológica para la zona del Río de la Plata.
—Mirá vos, tu tema —le dijo Tomás, el otro mellizo, a Fernando, sin levantar mucho la vista del plato.
Fernando sonrió apenas. Iba a responder algo gracioso cuando el celular, apoyado boca abajo sobre la mesa, empezó a vibrar con insistencia. Lo dio vuelta. Era una notificación del sistema interno del Servicio Meteorológico Nacional: reunión en su sede, reunión en su trabajo.
—¿Qué pasa? —preguntó Juliana, que entraba con la fuente de ensalada y observó su cara casi de susto.
—No sé —dijo Fernando, más para sí que para ella—. Hay algo, una anomalía en el río. Dice algo sobre las fluctuaciones pero estos datos son imposibles. El nivel del río se elevó a varios metros por encima de lo que debería estar.
De repente se cortó la electricidad.
—¿Pero qué carajos? —dijo Héctor, más por costumbre que por miedo.
El primer trueno sonó tan cerca que hizo temblar los vasos sobre la mesa. Ramiro se rió nervioso. Tomás, en cambio, se quedó mirando la ventana, quieto, casi alucinando por los destellos que aún no resonaban.
La luz, el televisor, el zumbido de la heladera, todo murió al mismo tiempo, dejando la cocina sumida en una oscuridad completa, cortada solo por los relámpagos que entraban por la ventana como flashes. Alguien soltó un grito corto, más de sorpresa que de miedo. La voz de Héctor, tratando de sonar tranquila, se elevó en medio de la nada.
—Che, quédense todos sentados, no se muevan que seguro vuelve como siempre.
Y en medio de la oscuridad, con el celular de Fernando todavía en la mano, la pantalla siguió brillando sola, testigo mudo, mostrando una y otra vez el mismo dato imposible parpadeando sobre el mapa del río.
—Fijate, Juliana, cómo está tu madre, si ya llegó el catamarán con tu abuelo —consultaba Héctor, mientras ese dichoso celular sonaba y alumbraba sus rostros.








