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Zazil - El resonar de la eternidad

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Summary

"Sobreviví al colapso de los reyes de Tikal, sobreviví a los hombres con armaduras de hierro, sobrevivi a sus máquinas que escupen humo. La tierra siempre gana." Zazil es un alux que fue creado para defender la tierra, pero ahora vive atrapada en una megaciudad hipertecnológica, trabajando para los mismos humanos que destruyeron su selva, solo para poder conseguir el dinero necesario para sabotearlos desde adentro, pero al ser un espíritu de la tierra, la podredumbre del mundo la está pudriendo a ella también.

Status
21d ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Zazil

Pronto salimos del sueño,

sólo vinimos a soñar,

no es cierto, no es cierto,

que vinimos a vivir sobre la tierra.

- Tochihuitzin Coyolchiuhqui

Zazil asomó el rostro a través de una cortina de hojas de ramón. Sintió unas gotas de brisa posarse sobre sus pómulos, un rocío fresco que aliviaba el calor húmedo de la selva virgen. El olor a tierra mojada lo inundaba todo.

A pocos metros, volvió a observar a aquel hombre alto de piel cobriza, el agricultor de la milpa. Esta vez no estaba sembrando; estaba construyendo algo de piedra y lodo en el centro exacto de sus plantíos. Zazil ladeó la cabeza, picada por la curiosidad. El refugio de techo de palma que el hombre levantaba se veía sólido y confortable, pero era diminuto, apenas lo suficientemente grande para resguardar a un niño pequeño.

Incapaz de contener la impaciencia que caracteriza a los de su especie, Zazil esperó a que terminara. Cuando el hombre alisó el último parche de barro, colocó frente a la pequeña puerta un plato de arcilla humeante rebosante de maíz tierno, acompañado de una jícara tallada llena de miel silvestre. El aroma dulce hizo que a Zazil se le hiciera agua la boca. Sin darse cuenta, ya tenía el cuerpo completamente fuera de la maleza.

El hombre se incorporó y giró el torso hacia la espesura de la selva. En un parpadeo, Zazil se fundió con las sombras, volviéndose invisible.

El hombre alzó los brazos y gritó con voz profunda y agradecida:

-¡Gracias, aluxo'ob, por las bendiciones de este año! Siempre serán bienvenidos en estas tierras.

Zazil dio un paso atrás, con los ojos muy abiertos. Las hojas crujieron bajo sus pies descalzos mientras un susurro incrédulo escapaba de sus labios:

-¿Para mí?

Un pitido agudo y sintético perforó su cráneo.

Zazil abrió los ojos de golpe. Su implante neuronal se estaba iniciando, proyectando el estatus del sistema directamente sobre sus retinas en un tono ámbar fantasmagórico. Atrás quedó el aroma a miel; sus pulmones se llenaron del aire reciclado y con sabor a ozono de su apartamento. Frente a ella, el mismo techo de hormigón descascarado y tuberías expuestas que llevaba viendo todo el último año.

Se quedó inmóvil en la cama. El reloj interno parpadeó: 8:30 a.m. - 20 de marzo del 2093. Un día como cualquier otro en la megalópolis de la Nueva Anáhuac, y a la vez, un recordatorio del tiempo cíclico; un siglo exacto de decadencia desde los tiempos en que el mundo antiguo comenzó a morir irremediablemente.

La rutina matutina inundó su campo visual a través del flujo de datos de la red. Deslizó los ojos leyendo titulares que caían en cascada: otro incendio tóxico en las refinerías del este, un video de vigilancia filtrado donde sicarios del Cártel del Agua, equipados con exoesqueletos de grado militar y camuflaje óptico, acribillaban un convoy en la carretera a Tehuantepec, otra revuelta armada en las ruinas hundidas de la vieja ciudad de México dejo a un teniente de la Alianza Centro Caribeña decapitado, lo que provoco una masacre por parte del ejercito y los Consors -las mega corporaciones que dictaban quién respiraba y quién no- acababan de expropiar por la fuerza la última reserva verde de la zona de los Valles Centrales.

La tragedia fue rápidamente sepultada por la basura comercial: anuncios de geles para aumento de rendimiento físico, pastillas sintéticas bloqueadoras de hambre, ofertas de chatarra cibernética y promociones estridentes de bloques de proteína saborizada bajo el eslogan de una marca que se jactaba de operar desde 2017, una burla a lo que alguna vez fue la comida real.

Zazil suspiró, cerrando los ojos para intentar apagar el HUD visual. Un ser mágico, forjado en barro primigenio, viviendo en el ocaso de la humanidad. Por un momento, un latigazo de nostalgia le hizo desear quedarse dormida para siempre, atrapada en la selva de sus memorias. Pero allí estaba: esclavizada al concreto, al metal y a los cortafuegos de los sistemas corporativos, sobreviviendo a base de créditos en un mundo que había olvidado su nombre.

Una notificación de llamada entrante vibró en su córtex. Era Jony, un contratista tuerto que solía buscarla cuando necesitaba saltarse los controles y la arquitectura de seguridad de los sistemas de los Consors.

-Buenos días a mi pequeña sombra favorita. ¿Amaneciste? -La voz de Jony resonó sarcástica y metálica dentro de su cabeza.

Zazil puso los ojos en blanco, tirando a un lado la manta térmica. Maldijo en silencio; parecía que, después de todo, sí habría un motivo para levantarse de la cama.

-Recuerdas que me debes unos Cardos, ¿verdad? -continuó Jony-. Pues resulta que encontré un trabajito que nos conviene.

-¿Nos conviene, o te conviene, como los últimos tres trabajos? -respondió Zazil en voz alta, arrastrando los pies hacia el minúsculo módulo de baño.

-Tranquila, fiera. Nos conviene. -El tono de Jony intentaba ser apaciguador.

Zazil se miró en el espejo manchado de óxido, observando las cicatrices alrededor del dispositivo metálico en su sien, su puerto de hackeo, no era una pieza pulcra de diseño corporativo. Era un trabajo de carnicero hecho en un tianguis subterráneo: los bordes del metal estaban soldados con estaño barato y los cables expuestos se cubrían con cinta de aislar desgastada.

-A veces pareciera que no recuerdas que la que se la juega, soy yo, Jony. Pero ver para creer. ¿De qué se trata?

-No comas ansias...

Zazil soltó un suspiro pesado.

-Está bien. Necesito juntar la renta del mes y voy corta.

-Excelente, mi pequeña sombra. Te veo donde siempre -respondió Jony, y por primera vez en la mañana, su voz metálica sonó genuinamente emocionada-. Te tengo una sorpresa.

La conexión se cortó. Zazil se separó del espejo manchado de óxido y se desvistió rápidamente para meterse a bañar. Tenía que ser rápido; en este edificio, el recibo del agua corría por mililitro, y aunque era agua tratada de pésima calidad, seguía siendo un lujo carísimo.

Desnuda, entró en el estrecho cubículo de fibra de vidrio y abrió la llave. Un chorro escaso y tibio cayó sobre su cabeza, empapando su largo cabello negro que le llegaba hasta la cintura. Alzó el rostro, cerrando los ojos para dejar que el agua le resbalara por las mejillas. Por un segundo, su mente viajó a los cenotes cristalinos y a las cascadas estruendosas de la selva esmeralda... hasta que un olor nauseabundo a cañería y amoníaco le golpeó la nariz, obligándola a cerrar el grifo de un manotazo.

-Carajo -masculló entre dientes, escupiendo el agua que le había entrado en la boca-. Otra vez están fallando los filtros. Y nadie va a venir a repararlos, como siempre.

Frustrada, tomó una cubeta con agua de reserva un poco más limpia que guardaba en un rincón y se la echó por encima para terminar de lavarse. No era la primera vez que el agua corriente era un asco total.

Salió de la ducha envuelta en una toalla áspera, sintiendo un vacío en el estómago. Se acercó a la máquina expendedora empotrada en la pared, que hacía las veces de cocina en su reducido apartamento. A través de su interfaz neuronal, autorizó el pago de treinta y siete Cardos. La máquina zumbó y escupió un paquete rectangular de plástico brillante con un diseño folclórico hiper-saturado que rezaba: "Las Marías, auténtica comida tradicional".

Zazil rompió el empaque, revelando una barra grisácea con la textura densa de la plastilina. No emitía ningún olor, pero al darle la primera mordida, una ola de saborizantes artificiales le inundó el paladar; un intento sintético de replicar especias, sal y carne que a los ciudadanos de Nueva Anáhuac les fascinaba, pero que Zazil odiaba con todo su ser. Intentando no escupir, tragó la masa gris. Ya no lograba recordar con claridad la textura real de una tortilla recién hecha o el dulzor del maíz tierno. Algo hay que llevarse al estómago, pensó, resignada.

Mientras se vestía, embutiéndose en un jumpsuit corto con acentos de neón gastado, sus pesadas botas de trabajo y una chamarra rosa que le quedaba un poco grande, las palabras de Jony volvieron a hacer eco en su cabeza. ¿De verdad tendría una sorpresa interesante, o simplemente era otro de esos eufemismos que implicaban más riesgo por la misma miseria de paga? Zazil trató de no darle tantas vueltas. En el fondo apreciaba a Jony; gracias a él tenía un techo y no estaba durmiendo en los ductos, lo cual ya era decir mucho en este mundo. Pero a veces no podía evitar sentir que el tuerto solo la veía como una herramienta útil.

Salió al corredor del edificio. El pasillo estaba en penumbras, iluminado solo por lámparas parpadeantes. Como en todos los niveles bajos, el lugar estaba atestado de personas que simplemente no podían pagar una renta, pero eran tantos que los algoritmos de desalojo habían colapsado.

Mientras esquivaba a los adictos en el corredor de su edificio, pasó frente a un altar callejero incrustado en la pared de concreto. Ya no había veladoras de cera; en su lugar, el rostro pixelado de la Virgen de Guadalupe parpadeaba en una pantalla rota, iluminando el pasillo con un halo azul cian. A sus pies, los vecinos no dejaban flores, sino ofrendas de supervivencia: chips holográficos con rezos pirateados, placas base quemadas y pequeños frascos de líquido refrigerante para rogar por un día mas. Zazil desvió la mirada; para un ser mágico y antiguo como ella, adorar al silicio y al neón le parecía la peor de las herejías.

Se escabulló ágilmente, esquivando bultos que eran vagabundos durmiendo, adictos conectados a puertos de estimulación barata y ancianos de mirada perdida y finalmente, logró salir a la calle. Afuera, Nueva Anáhuac era un monstruo de mil cabezas devorando el valle. En los niveles inferiores por donde Zazil caminaba, aún se podían ver los cimientos de la antigua arquitectura colonial de Oaxaca, columnas de cantera verde ahora asfixiadas por toneladas de andamios de acero, cables de alta tensión y concreto barato ardian bajo estroboscopicas luces de neon. Era una ciudad construida sobre las ruinas de otra ciudad, donde la luz era bloqueda por la inmensidad de sus rascacielos. En las esquinas, los puestos ambulantes freían quesadillas de chapulines en aceite de motor reciclado, cuyo humo se mezclaba con el hedor de las alcantarillas.

De inmediato, su implante neuronal comenzó a ser bombardeado. Anuncios holográficos y ventanas emergentes invadieron su visión periférica: píldoras estimulantes para soportar jornadas de dieciséis horas, promociones de Implantes cibernéticos de bajo costo en tu OXXO más cercano, y un anuncio premium que tapó casi toda su vista ofreciendo Una hora de experiencia con naturaleza real por un millón de Cardos. Zazil tuvo que parpadear dos veces con fuerza para cerrar las ventanas invasivas de su córtex, maldiciendo a este capitalismo rapaz que exigía consumirlo todo para aparentar un estatus inexistente.

Metió las manos en los bolsillos de su chamarra, encogiendo los hombros mientras caminaba, intentando blindar su mente del ruido visual. Al llegar a la entrada de la estación del metro subterráneo, su visor interno parpadeó en rojo. Su suscripción semanal de transporte había caducado, y la tarifa de renovación había subido de trescientos cincuenta a cuatrocientos Cardos.

-Esto tiene que ser una puta broma -susurró-. ¿Quién demonios puede pagar esto para ir a trabajar?

Dando media vuelta, rodeó la estación hasta encontrar un callejón ciego. Detrás de unos contenedores de basura rebosantes de chatarra, había una rejilla de ventilación industrial. Era tan pequeña que apenas cabría un niño, pero para el 1.40 de estatura de Zazil, era una puerta abierta.

Se deslizó por el ducto con la agilidad de un felino, moviéndose en la oscuridad hasta llegar a la compuerta que daba directo a los andenes. Pateó la rejilla floja y saltó con suavidad al suelo de concreto.

Apenas se había enderezado cuando un zumbido mecánico cortó el aire. Un dron centinela de tránsito clavo su sensor óptico en ella y escaneó su retina en una fracción de segundo.

«ANOMALÍA DETECTADA. EVASIÓN DE TARIFA. CÓDIGO DE ARRESTO INICIADO», dictaminó una voz sintética y carente de emoción, mientras de los costados del dron emergían un par de cañones paralizantes.

El pánico invadió a Zazil. En un acto reflejo, su instinto de alux tomó el control. Su cuerpo pareció absorber la luz a su alrededor, desdibujando sus bordes hasta volverse completamente transparente. Una vez invisible arrancó a correr hacia el andén a toda velocidad. El dron comenzó a girar sobre su eje, emitiendo pitidos agudos y escaneando firmas térmicas con confusión, incapaz de fijar un objetivo.

Zazil escuchó el chirrido magnético de un tren llegando. Las puertas se abrieron y ella se coló como una ráfaga de viento justo antes de que se cerraran de golpe.

Estaba a salvo. Su pecho subía y bajaba rápidamente mientras el tren aceleraba en el túnel oscuro. Frente a ella en el vagón, un obrero dormitaba con un brazo mecánico cuyas articulaciones chirriaban por falta de mantenimiento; la extremidad tenía grabados los logotipos borrosos de tres dueños anteriores. Aquí, la tecnología no te hacía superior, solo te permitía ser explotado por más horas.

Entonces, ocurrió.

Su implante neuronal detectó el uso masivo de energía. El hardware de seguridad de su cabeza interpretó la magia milenaria como un fallo catastrófico. Un latigazo eléctrico le recorrió la espina dorsal. El silicio y los cables en su sien rechazaron de golpe el barro y la sangre ancestral.

Zazil soltó un grito sordo, volviéndose visible en un parpadeo de estática brillante, y se desplomó pesadamente contra el suelo metálico del vagón.

El zumbido en sus oídos era ensordecedor. Sintió un hilo de sangre espesa, casi negra como el lodo, escurrir de su nariz. A su alrededor, la decena de pasajeros que abarrotaban el vagón -oficinistas exhaustos, obreros con extremidades mecánicas oxidadas y jóvenes enchufados a sus terminales- no hicieron absolutamente nada como si de otra adicta en medio de un ataque se tratara. Un par de ellos simplemente apartaron sus botas para que el cuerpo tembloroso de Zazil no les manchara el calzado, y volvieron a sumergirse en los anuncios de su cortex, indiferentes al dolor de la pequeña guardiana caída.

Zazil se sentó en el frío suelo del vagón, limpiándose con el dorso de la mano la sangre que le brotaba de la nariz. Su interfaz parpadeaba en tonos ámbar, reiniciándose lentamente tras la brutal sobrecarga. Haber tenido que renunciar a la pureza de su magia años atrás, permitiendo que le taladraran el cráneo para instalar un implante de hackeo y así sobrevivir en este nuevo mundo, siempre le dejaba un sabor amargo; pero en momentos como este, se sentía literalmente enjaulada, como un pájaro milenario al que le cortan las alas cada vez que intenta volar.

Como pudo, se puso de pie. A su alrededor, la indiferencia era absoluta; los pasajeros seguían inmersos. Se bajó en la siguiente estación, consciente de que debía moverse rápido. Si otro dron la escaneaba, los algoritmos de la Alianza la marcarían de inmediato. Se escabulló entre la marea de abrigos sintéticos y paraguas de neón, esquivando las cámaras térmicas hasta cruzar los torniquetes de salida.

Una vez fuera, el aire denso y contaminado de la calle terminó por quebrar su resistencia. Con la cabeza dándole vueltas y el estómago revuelto, se apoyó contra un muro de hormigón y lo vació todo en el suelo del callejón: un vómito gris y espumoso, cortesía de la asquerosa barra que había desayunado. Escupió para limpiarse el mal sabor de la boca y continuó su camino a paso pesado.

Llegó frente a un viejo complejo de almacenes que, a pesar de su fachada corroída por la lluvia ácida, aún operaba bajo el nombre de "Grupo Euskera", una supuesta empresa de logística.

Zazil se detuvo frente a la pesada puerta de acero y llamó a través de su córtex.

-Grupo Euskera, ¿en qué podemos ayudarle? -respondió Jony en su cabeza, usando su habitual tono burlón.

-Ábreme, Jony. No vengo nada bien -replicó Zazil, con la voz temblorosa por el esfuerzo.

Al percibir el malestar real en su tono, Jony cortó la broma y ordenó que la dejaran entrar.

La puerta rechinó y se abrió desde adentro. Un guardaespaldas llamado Adolfo la recibió. Era un hombre inmenso, con brazos cibernéticos tan robustos como los de un gorila. Frente al imponente marco de la puerta, la figura de Zazil parecía diminuta; sin embargo, ella enderezó los hombros y ajustó su postura, manteniendo sus proporciones visuales para no dejarse intimidar ni desentonar ante la masiva escala del guardia.

-Adelante -gruñó Adolfo-. El jefe ya te espera.

Zazil asintió y entró tambaleándose por un pasillo flanqueado por oficinas vacías. Al fondo se encontraba el despacho de Jony, un santuario que ostentaba lujos impensables para los niveles bajos: botellas de agua genuinamente purificada y bandejas con fruta que no había salido de una impresora 3D.

Jony medía alrededor de 1.75 m. Llevaba un chaleco de piel sintética que dejaba al descubierto sus propios brazos robóticos de última generación, recubiertos de una dermis artificial casi indetectable. Tenía dañado el ojo izquierdo; un misterio en el bajo mundo, pues con sus recursos podría haber comprado un repuesto de grado militar, pero en su lugar, había preferido actualizar únicamente su ojo sano.

En cuanto la vio, Jony dejó su asiento.

-Santo Dios, vienes pálida.

El rostro de Zazil parecía desprovisto de alma, moviéndose por pura inercia. Se dejó caer pesadamente en el sofá de cuero del despacho.

-Sí -murmuró-. Sobrecargué mi implante. Juro que sentí como si alguien tomara mi cerebro y lo exprimiera con las dos manos hasta hacerlo puré.

-Descuida -respondió Jony, volviendo detrás de su gran escritorio y haciendo una seña hacia una puerta lateral-. Lo tengo cubierto.

Un enfermero de confianza de la red de Jony, un tipo delgado llamado Cris, se acercó a Zazil para evaluarla. Al pasar un escáner, notó la sangre seca en su labio superior: era oscura, casi como lodo.

-Jefe... esta chica no es normal. Su química sanguínea está...

-Reanímala -lo interrumpió Jony en seco-. No me interesa tu opinión clínica si no es para ponerla en circulación de nuevo.

Cris asintió, sacó un inyector neumático de su botiquín con una etiqueta que rezaba Ludorfina, y lo clavó en el cuello de Zazil con un siseo.

El efecto fue inmediato. El moreno cobrizo regresó a su piel y la pesadez de sus ojos se desvaneció en un instante, reemplazada por un pico de adrenalina sintética.

-Es bueno el subidón, ¿eh? -sonrió Jony-. ¿Qué tal se siente?

Zazil se reincorporó, sacudiendo la cabeza. El pitido en sus oídos había desaparecido y su estómago se sentía anestesiado.

-Gracias, Jony. Creo que sí lo necesitaba -dijo, acomodándose la chamarra.

-Lo mejor para mi mejor elemento -respondió él, con ese tono condescendiente que ella tanto conocía.

-Pues ya estoy aquí. ¿De qué se trata esta supuesta sorpresa que decías tenerme? ¿O hablabas de la droga que me acaban de inyectar? -preguntó Zazil, cruzándose de brazos.

Jony tomó un pequeño fragmento de datos de su escritorio y se lo arrojó.

-Descúbrelo por ti misma.

Zazil lo atrapó en el aire y lo insertó en la ranura de su sien. En su pupila comenzó a decodificarse una cascada de información. Analizó los esquemas a detalle: extracciones de cuentas fantasma, diagramas de seguridad y planos arquitectónicos del Consor HydraMex. Había rutas para extraer una cantidad absurda de Cardos burlando sus protocolos de seguridad, pero a primera vista, Zazil no veía nada extraordinario.

-¿Qué se supone que estoy viendo, Jony? Es un robo más -dijo, impaciente.

-Tranquila, mi pequeña sombra. Revisa bien los planos del complejo subterráneo. Las coordenadas de la bóveda principal.

Los ojos de Zazil se abrieron de par en par al procesar la topografía del archivo.

-¿Esto es real?

-Así es -asintió Jony, recargándose en su silla-. HydraMex reportó en secreto el hallazgo de un manto acuífero completamente virgen a las afueras de la ciudad, cerca de Huautla. No está tocado por la radiación ni la lluvia ácida. Los directivos de HydraMex decidieron que lo convertirán en un santuario privado. Un lugar turístico de súper lujo para que los poderosos vayan a gastar sus Cardos y "reconectar con la naturaleza y sus espíritus". Gente ridícula.

-No -exclamó Zazil, sintiendo que el barro antiguo en sus venas se calentaba-. Lo único que harán será arruinarlo, como todo lo que tocan. Esa plaga llamada humanidad... -añadió en un susurro, apretando los puños.

-En horabuena, sabía que la recompensa te gustaría -dijo Jony con una sonrisa afilada-. Después de tantos meses, ya comienzo a conocerte. Tú me ayudas a reventar sus cuentas de Cardos, y yo te ayudo a entrar a ese lugar antes de que lo destruyan. ¿Qué dices?

Chapters
1. Zazil
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