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TLH

Summary

SIN KIDS

Genre
Adventure
Author
Vizteck
Status
12d ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1:

Posdata: Este fanfic cuenta con 30 capítulos, esta finalizado y es de mi propiedad. Pero debo corregir errores de ortografía, cuando finalice eso lo estare publicando. Por motivos de salud y asuntos personales complicados, como el echo de que el 14/09 es mi cumpleaños, hablo de cosas algo... sí, complicado abarca todo eso. Me voy a tardar varios días pero lo estare publicando apenas termine de corregir cada capítulo, el lado bueno es que son largos. Espero que les guste, si es así por favor voten y comenten.. A este fanfic no le tengo tanta confianza pero vamos a darle una oportunidad.

Capítulo 1

Un auto avanzaba por las calles con el aire acondicionado agonizando.

Al volante, una muchacha llevaba las manos a las diez y diez, la espalda recta contra el asiento, firme, como si un instructor la estuviera evaluando. Su cabello castaño no se movía ni un centímetro pese a los baches. Junto a ella, una chica se abrazaba las rodillas todo lo que el cinturón le permitía, la melena rubia cayéndole sobre la cara como una cortina que la escondía del mundo entero.

—¿Se pusieron los cinturones? —preguntó, ajustando el espejo retrovisor.

Detrás, en la segunda fila, alguien levantó el pulgar sin despegar los ojos de una hoja llena de tachones. A su lado, en el medio, una joven albina hizo sonar la lengua contra los dientes y se limitó a mostrar el broche del cinturón como prueba, sin más. Junto a la ventana izquierda, otra chica sonrió y alzó la mano para decir algo, pero ella ya había seguido de largo.

—Sí, Liby, ya vi. No estoy para tus chistes ahora.

Liby se quedó con la boca entreabierta, el chiste todavía en sus labios, y optó por anotarlo en la libreta para más tarde. Nunca se desperdicia un buen remate, solo se pospone.

—¿Las de atrás?.

En la última fila, una niña con gorra se encontraba absorta chocando un dinosaurio de plástico contra una iguana de goma, narrando la pelea en voz baja con efectos de sonido incluidos. A su lado, otra niña ni se dignó a levantar la vista del espejo de mano que sostenía.

—Lizy y yo ya estamos —contestó la chica que estaba del otro lado.

—Genial. Oye, Lacy, quítale el espejo a Leia.

—Sí.

Lo que no especificó fue *cómo*, y Lacy, fiel a si misma, tomó el camino más corto, se lo arrebató de un manotazo y lo lanzó por la ventanilla sin pensarlo dos veces.

—¡¿PERO QUÉ RAYOS TE PASA?!.

—Lyra dijo que te lo quite.

—¡LACY! —grito, frenando en seco el vehículo—. Te dije que se lo "quites". No que lo tires por la ventana.

—Ese era mi maldito espejo importado. Costaba más que todos tus trofeos.

—Gremblin, deja de gritar. Es un espejo. Tienes mil de esos —intervino la albina.

—No tengo mil. Ese me lo regaló mi mamá.

—Uy, qué trágico. Seguirás viéndote igual de espantosa sin él.

—Para tu información, a algunas nos interesa vernos bien. Y no parecer un cadáver, como tú.

—¿Qué dijiste, enana?

La que conducia pisó el freno por completo, otra vez, ella ya ha visto esta película demasiadas veces.

—Silencio, ya. Las dos.

Lo siguiente fue el silencio equivocado en el que confiar. Leia, desabrochó su cinturón, trepó el respaldo del asiento del medio y aterrizó de lleno sobre la albina, cuyo pie, en el forcejeo, mandó la libreta de Liby a volar por los aires.

—¡Oye, mi libreta!

—¡QUÍTATE DE ENCIMA!

Leia, sin inmutarse, le sujetó la mejilla entre dos dedos y le dio un par de palmaditas condescendientes.

—De cerca te ves aún peor.

Y con esa sentencia flotando en el aire, siguió su camino: se deslizó entre el asiento del conductor y el del copiloto como una serpiente con moño, y trepó directo al regazo de la rubia.

—Puaj, Loan, deberías ponerte crema. Tienes el cabello reseco.

—No... no está tan mal. ¿Verdad? —la voz de Loan apenas pudo salir, como si la pregunta fuera en realidad para otra persona, una que no estaba en el auto.

Leia ya no la escuchaba. Se había estirado hacia el espejo retrovisor y empezado a moverlo a su antojo.

—¡Oye! ¿Qué rayos haces? Regresa a tu asiento y deja el espejo en paz.

—No. No pienso ir a una tienda con esta pinta. O me dejas arreglarme, o le cuento a mi mamá lo que pasó hoy.

—Leia, tú también estarás castigada si hablas.

—Pero me veré bien —respondió, ya aplicándose algo en las pestañas.

Suspiró desde algún lugar en lo profundo de su alma.

—Bien. Tú ganas. Arréglate y vuelve a tu asiento.

—Ja. Yo siempre gano.

El auto retomó la marcha mientras se acomodaba las pestañas frente al espejo y disimulaba un par de pecas con un polvo que sacó de quién sabe dónde. Atrás, ajena por completo al conflicto diplomático que acababa de resolverse, Lizy seguía narrando la guerra prehistórica entre sus juguetes.

—¿Quién va ganando? —preguntó Lacy, genuinamente interesada.

—El dinosaurio. Es obvio —contestó alguien desde el asiento delantero de la fila.

Lizy frunció el ceño, indignada por el favoritismo, y dejó caer al dinosaurio como a un soldado deshonrado para alzar a la iguana con ambas manos.

—No. Gana Kiki.

—Lizy, junta tus juguetes.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Estamos en el auto de mi mamá. Si los encuentra aquí, sabrá que lo usamos. Y podría descubrir lo que hicimos.

Aquello fue suficiente. Lizy se desabrochó el cinturón y se sumergió en el suelo del auto e inicio su búsqueda bajo un mar de migas de galletas, chicles fosilizados y una libreta perdida. Todo, menos el dinosaurio. Hasta que, entre la penumbra bajo los asientos, dos círculos brillantes la miraron de vuelta.

—¡AH!

El auto volvió a frenar.

—¿¡QUÉ PASÓ!? —gritó, con la mano en el freno de por puro reflejo.

Lupa bajó la vista a un costado y pateó, a ciegas a lo primero que sintió moverse ahí abajo.

—Auch. Eso dolió.

—Es Liby.

En efecto, Liby también se había agachado a buscar su libreta, y los círculos no eran más que los ojos de ella.

—Hola, Liby —saludó Lizy, ya tranquila.

—Hola. Oye, ¿no viste mi libreta?

—Sí, aquí está —la pequeña se la extendió con una sonrisa.

—Gracias. Y toma, es tu dinosaurio.

—¡Genial! —Lizy volvió a su asiento como si nada hubiera pasado, satisfecha del intercambio.

—Bien —dijo Lyra, con las dos manos ya de vuelta en el volante—. ¿Ya puedo arrancar, o seguirán gritando?

—¡Ah!

—¡LUPA! ¿QUÉ PASÓ AHORA?

—Nada. Ya puedes arrancar.

—Mmm. —entrecerró los ojos, sospechando, y decidió que su cordura valía más que la respuesta. Pisó el acelerador.

Los minutos siguientes transcurrieron casi en paz, si por paz se entendía el silencio tenso de siete personas que sabían perfectamente que estaban haciendo algo que no debían.

Hasta que el tráfico las tragó entera: una fila de autos se extendía calle abajo, inmóvil como un funeral en domingo.

—¿Pero qué rayos? —Lyra giró el rostro y encontró la respuesta en un cartel gigante colgado sobre la avenida:

EL GRAN FESTIVAL DE LAS FLORES.

—Festival de las flores... ¿qué tontería es esa?

Bajó la vista al reloj en su muñeca, calculó los minutos que le quedaban de vida antes de que su tia volviera a casa, volvió a levantar la mirada. Fue entonces cuando lo vio, un callejón angosto entre dos edificios, justo a la altura de Loan y Leia, una posible salida de todo eso.

Las dos rubias giraron la cabeza al mismo tiempo.

—No. Ni lo pienses —dijo Leia, que reconocía una mala idea al instante, probablemente porque ella las producía a diario.

—Se está haciendo tarde.

Desde el fondo, Lizy pegó la cara al vidrio, con los ojos abiertos como platos.

—Mira, Liby.

—¿Mmm? —Liby se giró, distraída—. ¡Oh!

—¿Eso es un therian?

—¿De qué hablas? —Lupa se asomó también, arrugando la nariz—. Pero qué mierda.

—Lyra, mira por la ventana —insistió Liby, ya con una sonrisa dibujada, porque fuera lo que fuera, prometía material nuevo para la libreta.

Ella que ya tenía el auto retrocediendo hacia el callejón, apenas desvió los ojos un instante.

—Lyra, tienes que ver esto —agregó Loan, con la voz un poco más firme de lo habitual.

Un perro caminaba erguido en dos patas por la acera, con un sombrero de copa incluido, tenía la lengua colgando fuera del hocico. Frunció el ceño, giró apenas la cabeza para confirmar el fenómeno, y sin darse cuenta, mantuvo el pie sobre el acelerador.

—¡LYRA! —gritaron Loan y Leia.

—Dejen de gritar.

—¡MIRA AL FRENTE!

—¿Qué?

Giró el rostro justo a tiempo para no ver nada. Solo sintió el temblor que subió por el volante hasta sus manos, una sensación corta y definitiva. Pisó el freno con todo el cuerpo. El auto se detuvo de un tirón que las lanzó a todas hacia adelante. En el frente del capó, una abolladura fresca se abría paso junto a una mancha roja oscura que no era del color azul que debería tener el metal.

Se desabrochó el cinturón sin sentir los dedos, salió del auto y caminó hasta el frente. Se llevó ambas manos a la cabeza.

Loan fue la siguiente en bajar. Se paró a su lado y, en cuanto sus ojos alcanzaron a ver lo mismo que Lyra, se abrieron de par en par.

—Mierda. Mi mamá va a matarme.

—No, Loan. Esto fue culpa mía.

—No, no, no. Tú no tienes licencia, yo debía conducir, y... no lo hice. Y ahora esto.

—Yo hablaré con Lori —dijo Lyra, con esa voz que usaba para convencerse a sí misma tanto como a los demás—. Le diré que fue mi culpa.

—Eh, Lyra —llamó alguien desde el otro lado del auto.

—Solo cálmate, Loan. Te prometo que todo va a salir bien.

—¡Lyra!

—¡¿QUÉ QUIEREN?!

—Tienes que ver esto —dijo Liby, de pie detrás de la camioneta, señalando el suelo con un dedo.

Ella caminó hasta donde estaba. Siguió la dirección de su dedo al asfalto, donde un cuerpo yacía inmóvil junto a la rueda trasera.

—Voy a buscar la pala —anunció Lupa, en marcha hacia el maletero.

Era un hombre de cabello blanco, con una barba descuidada, una chaqueta que alguna vez tuvo forma y ahora era apenas un trapo. Las prendas sucias y rotas en varios puntos, se manchaba de un rojo oscuro que iba creciendo con los segundos.

Leia, que ya se había bajado junto a Loan, tomó una rama caída del suelo y con ella le dio un toquecito al hombro, para comprobar si está fresco.

—Sí. Está muerto. Denme treinta dólares y me deshago de él.

Liby se había quedado mirando en silencio, igual que Lyra, ambas atrapadas en ese instante donde el cerebro todavía se niega a procesar lo que sus ojos estaban viendo. El pánico llegó cuando notaron que Lizy se había asomado por la ventanilla del auto, con la barbilla apoyada en el borde, mirando directo al hombre tendido en el suelo.

—Mira, Lupa. Es igual a ti.

—¡Lizy, no mires! —grito Liby, que corrió a tapar la ventana con su propio cuerpo, con las manos extendidas.

La castaña dio un paso atrás. Después otro. Y sin que sus piernas le avisaran, terminó sentada en el asfalto, con la mirada fija en la mancha que crecía bajo el hombre, mientras a su alrededor el resto de la tarde seguía, y ellas que tan solo eran siete primas que, hasta hace un minuto, solo se habían escapado a comprar un jarrón.

Royal Woods amanecía con esa luz gris de las mañanas que no prometen nada bueno ni malo, y en la casa Loud un despertador sonó exactamente a las seis, ni un minuto antes ni uno después, porque así lo había programado ella misma, un día cualquiera, para que ningún iniciara más tarde.

Se sentó en la cama con la espalda ya recta, y antes de que sus pies tocaran el suelo ya había repasado mentalmente la lista del día, lagar la ropa, prácticar el violín, revisar que Lupa no faltara otra vez a sus clases particulares, y llamar a su madre al mediodía aunque nunca contestara antes de las tres. Se puso de pie, dobló las sábanas y salió de su cuarto rumbo al baño.

Al otro lado del pasillo, en un cuarto donde las cortinas jamás se abrían, Lupa seguía exactamente en la misma posición en la que se había dormido. Abrió uno de sus ojos amarillos al sonido lejano de la ducha, calculó cuánto podía seguir fingiendo estar muerta antes de que alguien viniera a arrastrarla fuera de la cama, y decidió que la respuesta era simple, todo el tiempo que hiciera falta. Se dio la vuelta y hundió la cara en la almohada, murmurando algo que sonaba sospechosamente a una maldición dirigida al sol.

En el cuarto de al lado, Liena ya llevaba media hora despierta y afuera, arrodillada entre sus tomates, revisando si alguna hoja amanecía enferma. Era el único momento del día que le pertenecía solo a ella, antes de que la casa volviera a necesitarla para todo. Se limpió la tierra de las manos en el delantal y, empezó a pensar qué prepararía para el desayuno para las 6 personas que en menos de una hora bajarían con hambre y sin paciencia.

Liby seguía dormida boca abajo, con un cómic abierto sobre el rostro. El despertador sonó una, dos, y hasta tres veces, a la cuarta finalmente estiró el brazo, lo apagó de un manotazo y murmuró, con los ojos todavía cerrados:

—¿Por qué el despertador y yo nunca coincidimos en el mismo sentido del humor?

Se rio de su propio chiste dormida, se lo anotó mentalmente para usarlo después, y se quedó otros cinco minutos completamente inmóvil, saboreando la victoria.

Un piso más abajo, Lacy ya estaba haciendo lagartijas en el suelo de su cuarto, aunque no lo hubiera planeado, su cuerpo simplemente se despertaba así. Contó hasta veinte, se detuvo a medio camino porque un pájaro se posó en su ventana y decidió que ver al pájaro era más interesante que terminar la serie, y se quedó ahí, sentada en el suelo, observándolo hasta que se le olvidó por completo para qué estaba haciendo las lagartijas.

Leia, en cambio, no tenía despertador. No lo necesitaba. Abría los ojos exactamente a la hora en que decidía que el día podía empezar a servirle, y esa mañana fue a las siete y cuarto, ya con el cabello perfecto sobre la almohada. Se estiró, revisó su teléfono para ver si alguna de sus "inversiones" con las niñas más chicas del vecindario había dado frutos durante la noche, y bajó las escaleras.

En el cuarto más pequeño del pasillo, Lizy ya estaba despierta desde hacía rato, sentada en el suelo con las piernas cruzadas frente a la pantalla, viendo una película en blanco y negro donde un monstruo gigante aplastaba una ciudad entera. Tenía en las manos su iguana de goma y el dinosaurio verde, y les hacía comentar la película.

Al final del pasillo, en el único cuarto que seguía completamente a oscuras, Loan llevaba ya un buen rato despierta sin haberse movido ni un centímetro. Miraba el techo con la manta hasta la barbilla, escuchando los pasos moverse por la casa, y sintiendo, como cada mañana, ese peso extraño en el pecho que le decía que bajar implicaba, de alguna forma, empezar a fallar otra vez. Al final se levantó, se puso lo primero que encontró, y abrió una rendija de la puerta antes de salir.

Cuando Lyra salió del baño, con el cabello todavía húmedo y el uniforme ya puesto, se encontró con una fila completa esperándola en el pasillo, Liena con la toalla al hombro, Liby bostezando apoyada contra la pared, Lupa arrastrada por Lacy de un brazo porque sola jamás habría llegado, y Leia al final, revisando su reloj.

—Diez minutos cada una —anunció Lyra, señalando el reloj de pared del pasillo—. Nadie se pasa.

—Eso dijiste ayer —le recordó Lupa, con la voz todavía pastosa de sueño—, y te quedaste más de veinte.

—Ayer fue distinto.

—Siempre dices eso, tus reglas no aplican para tí. ¿O que?.

Ninguna de las madres estaba en casa para poner orden. Se habían ido temprano, como cada semana en que a alguna le tocaba turno extra, y la casa entera había quedado, una vez más, bajo la administración autoproclamada de Lyra, que se tomaba con seriedad su rol.

El desayuno inició, cuando por fin las siete lograron reunirse en la cocina, empezó con una calma sospechosa. Liena repartía las tostadas, Lizy narraba en voz baja una pelea imaginaria entre su cereal y su leche, y por un momento pareció que el día iba a estar normal. Hasta que Leia, con el tenedor todavía en la mano, decidió que el asiento junto a la ventana —el único con luz decente para revisar sus mensajes— le pertenecía, y encontró a Lupa ya sentada ahí, con toda la intención de no moverse.

—Ese es mi lugar.

—No tiene tu nombre.

—Por ahora. Así que mueve tu palido y gordo trasero.

—Consíguete otro lugar, niñita de mamá.

Lo que empezó como un forcejeo verbal escaló, como escalaba todo en esa casa, a un forcejeo físico, Leia intentó desalojarla a empujones, Lupa se plantó en la silla, y en algún punto del tira y afloja alguien —después nadie se pondría de acuerdo en quién exactamente, aunque todas señalarían a todas— chocó contra el aparador del comedor. El jarrón que descansaba ahí desde tiempos inmemoriales, uno de porcelana blanca con flores pintadas a mano, se tambaleó, osciló un segundo y cayó al suelo.

El silencio que siguió fue absoluto.

Lyra fue la primera en reaccionar, arrodillándose junto a los restos con una expresión que pasaba del pánico al horror en tiempo récord.

—Dime que no es el que creo que es.

Loan se acercó, y cuando reconoció el patrón de las flores pintadas a mano, sintió que el estómago se le caía al mismo suelo con los fragmentos.

—Es el del abuelo.

—¿Qué?

—Se lo regaló a la abuela. Fue por su aniversario. Antes de... —Loan no terminó la frase, porque no hacía falta.

Todas sabían lo que significaba ese jarrón, no era solo porcelana, era memoria, tenía historia, era una de esas pocas cosas que sobrevivían de una generación a otra como prueba de que alguna vez hubo algo bueno en esa familia antes de que todo se complicara.

—Estamos bien jodidas —dijo Lupa.

Fue Lyra quien, después de un minuto entero mirando los pedazos, se puso de pie y tomó el control de la situació..

—Vamos a comprar uno igual antes de que lleguen. Si nos movemos rápido, nadie se dará cuenta.

—¿Y de dónde sacamos el dinero? —preguntó Liby.

—De donde sea. Alcancías, mesadas, lo que tengan.

En diez minutos, la mesa del comedor se lleno con algunas monedas de todos los tamaños, un par de billetes arrugados que Lacy sacó de un calcetín sin que nadie preguntara por qué guardaba dinero en un calcetín, y las últimas monedas de la alcancía en forma de cerdo de Lizy, que entregó sin dudar un segundo, feliz de contribuir a lo que fuera que estuvieran haciendo.

—Con esto no compramos ni la mitad de lo que costaba el original —anunció Liby, terminando de contar.

—No importa. Compramos lo que se pueda y rezamos —respondió Lyra, guardando las monedas en una bolsa.

El plan, sin embargo, se topó con su primer obstáculo antes de siquiera cruzar la puerta: alguien tenía que conducir, y la única con licencia legítima en la casa esa mañana era Loan, que en cuanto escuchó la palabra "conducir" dirigida a ella, retrocedió un paso como si le hubieran ofrecido cruzar un puente en llamas.

—Yo no puedo.

—Pero... eres la única con licencia.

—Tengo licencia, pero no puedo, Lyra. Y si choco. Y si algo sale mal. Mi mamá me va a... matar.

—Nadie va a chocar.

—Tu no lo sabes.

—Loan.

—No puedo, ¿sí? No puedo. Yo no.

La negativa de Loan no era terquedad, ni siquiera pereza; era ese miedo que la seguía a todas partes, la certeza silenciosa de que cualquier cosa que hiciera terminaría, de una forma u otra, decepcionando a alguien, en especial a ella, su madre. Y frente a esa certeza, ningún argumento lógico tenía oportunidad.

Mientras tanto, en el otro rincón, se libraba otra negociación menor, pero no por eso menos seria. Liby había arrastrado una silla hasta la puerta y se había sentado en ella con los brazos cruzados, bloqueando el paso.

—Nadie sale de esta casa hasta que resolvamos quién se sienta en la ventana de atrás.

—Liby, este no es el momento.

—Siempre tenemos un momento para esto. La ventana derecha tiene una mejor vista, y baja el vidrio. Es el mejor asiento de todo el vehículo y no pienso cederlo sin negociar algo a cambio.

—Te doy mi postre de hoy—dijo Lacy, sin pensarlo.

—Hecho.

—Yo te ofrezco no delatarte la próxima vez que rompas algo —agregó Lupa, con media sonrisa.

—También acepto ese trato.

Y con las transacciones terminadas. Inicio la operación "prevenir una crisis y que todas sean castigadas". Pero las miradas volvieron a Loan, que seguía con los brazos cruzados sobre el pecho, como si eso pudiera protegerla de lo inevitable.

—Bien —dijo Lyra, tomando las llaves del gancho de la cocina—. Conduzco yo.

—Tú tampoco tienes licencia.

—Nadie tiene, solo Loan, pero no quiere. Así que sí, yo conduzco, y no, no vamos a discutirlo más porque no tenemos tiempo.

Ella ya estaba caminando hacia la puerta con la bolsa de monedas en una mano y las llaves en la otra, en el fondo, todas sabían que tenía razón: entre una opción mala y una peor, había que elegir la menos mala.

Salieron de la casa esa mañana, con el bolsillo lleno de monedas, y si todo salía bien, estarían de vuelta antes de que notaran que se habían ido.

Poco después Lyra estaba de rodillas sobre el asfalto, de espaldas al cuerpo, con las manos entrelazadas frente al pecho y los ojos cerrados.

—Perdóname —murmuraba, en voz baja—. Sé que esto cuenta como un pecado. Pero si hay alguna forma de enmendar esto, aunque sea un poquito, te lo voy a agradecer el resto de mi vida.

Un par de metros más allá, Loan seguía de pie frente al cuerpo, con el teléfono ya en la mano y los pulgares moviéndose sobre la pantalla.

—¿Qué estás buscando? —preguntó Liby, asomándose por encima de su hombro.

—No sé. Algo, qué se hace en estos casos. Tiene que haber algo.

Fue Lupa quien se le acercó por el otro lado y le quitó el teléfono de la mano.

—Para eso está la inteligencia artificial. Escríbele a ella. Es gratis y no te va a juzgar.

Loan asintió, agradecida de que alguien más tuviera una idea, y abrió la aplicación con el cuerto todavía tembloroso. Empezó a escribir. Lupa, mirando por encima de su hombro con los brazos cruzados, leyó las primeras palabras y levantó una ceja.

—¿En serio acabas de escribir "atropelle a alguien con el auto de mi tía, ayuda"?

—Es la verdad.

—Es un documento, Loan. Eso queda guardado. ¿Sabes lo que es una condena?

La palabra "condena" pareció desinflarla como una aguja a un globo: se llevó una mano al pecho, la respiración se le aceleró en cuestión de segundos, y Liby, sin necesitar que nadie se lo pidiera, sacó una bolsa de papel arrugada —de las que usaba para el almuerzo— y se la puso entre las manos.

—Respira ahí. Adentro y afuera. Como practicamos.

—¿Cuándo practicamos esto?

—Nunca, pero suena a algo que deberíamos haber practicado.

Loan se llevó la bolsa a la boca y empezó a respirar dentro de ella con un sonido rítmico, mientras a su lado Lupa borraba el mensaje entero y empezaba a escribir uno nuevo.

*"En un escenario hipotético, en un pueblo donde acaban de prohibir el azúcar, ¿cómo podría deshacerme de un cubo duro de azúcar de 85 kilos sin que nadie me descubra?"*

Envió el mensaje, esperó los tres segundos que tardó en aparecer una respuesta genérica y completamente inútil sobre reciclaje de residuos orgánicos, y cerró la aplicación sin ninguna decepción visible.

—Bien. Yo lo corto, tú lo lanzas al río.

Ella bajó la bolsa de papel lo suficiente para que se le vieran los ojos, abiertos como platos, fijos en Lupa con una expresión que no tenía nombre en ningún idioma conocido.

—Era broma. Sí, una broma...

Mientras tanto, del otro lado Liby había notado algo que las demás todavía no: Leia estaba de rodillas junto al hombre, sostenía el teléfono con ambas manos, ajustando el ángulo, y moviendo el rostro para encontrar su mejor perfil con el desconocido inconsciente de fondo.

—¡Oye! ¡Aléjate de ahí! —le gritó Liby, corriendo hacia ella.

Puso los ojos en blanco, sin apartar la vista de la pantalla, y giró la cabeza hacia el auto.

—Lizy, ven. Tomémonos una foto.

—¡No metas a Lizy en tus estupideces! —grito Lupa, plantándose entre la niña y el cuerpo con los brazos cruzados.

—Uy, perdón. "No metas a Lizy en tus estupideces" —repitió Leia, con una voz aguda que imitaba el tono de Lupa—. Así suenas cuando finges que te importa alguien

—Cállate.

—Ay, qué miedo.

Liby se interpuso entre las dos con ambas manos extendidas, como si pudiera contener la discusión.

—Basta. Las dos. Necesitamos un plan, no una guerra. —dijo antes de comenzar a caminar en círculos, moviendo las manos frente a ella, dibujando en el aire.

—¿Tienes algún plan, genio?.

—Bien. Primero nos deshacemos de la evidencia, después pensamos en una coartada creíble, algo que no necesite que todas digamos lo mismo porque eso siempre las delata en las películas, y después—

Se detuvo en seco, a mitad de un gesto, con las manos todavía suspendidas en el aire.

—Oigan. ¿Alguien revisó si sigue vivo?

El silencio que siguió fue, de varios segundos, un silencio de vergüenza. Lupa se acercó, sin ninguna prisa particular, y le dio un empujon al cuerpo con la punta del pie.

—Está tieso. Tieso como el hámster de Lacy.

—¿Qué pasa con el señor Bigotes? —preguntó, apareciendo de la nada, genuinamente interesada.

Lupa y Liby se miraron. Ninguna de las dos dijo nada. Fue Leia quien resolvió el silencio incómodo caminando hacia Lacy y respondiéndole con esa misma seguridad con la que negocia cualquier otra cosa.

—Está bien duro.

—Mmm. —murmuró poniéndose un dedo bajo la barbilla—. Pero así es él siempre. Mamá me dijo que está invernando.

—Ohh. —dijo Leia, asintiendo.— Seguro

Loan, todavía con la bolsa de papel en la mano, bajó la vista hacia Lizy, que en ese momento le picaba la mejilla al hombre con un dedo, y sintió una lástima tan pura que se le escapó en un susurro.

—Cuando crezcas, no seas como ella.

—Aléjate de él —le gritó Leia a Lizy, sin ninguna calidez en la voz—. No sabes si tiene sus vacunas.

Lizy frunció el ceño, sin apartar el dedo de la mejilla del hombre.

—Está calentito.

Todas se quedaron quietas un segundo, procesando esa frase tan simple y, sin embargo, tan directa. Fue Liby quien finalmente lo dijo en voz alta.

—Deberíamos ver si respira.

Lyra abrió los ojos, luego se puso de pie, con las rodillas todavía marcadas por el asfalto, y caminó hasta el cuerpo.

—Tiene razón.

Se arrodilló frente al hombre, pasó la mano lentamente por encima de su rostro, sin tocarlo, y sintió contra la palma una brisa tibia, breve, apenas perceptible, pero ahí estaba.

—Está vivo.

El grupo entero se quedó paralizado un instante. Y entonces Lyra, sin darle tiempo a nadie para procesarlo, se giró hacia Lacy.

—Levántalo.

Ella no necesitó que se lo repitieran. Se agachó, lo tomó con ambos brazos, y lo levantó del suelo, luego lo mandó volando en un arco perfecto que terminó, con un estruendo, contra la fila de tachos y bolsas de basura al fondo del callejón.

—¡LACY! —el grito hizo eco entre las paredes—. ¡Era levantarlo para ponerlo en la cajuela!

—¡Ahhh! ¿Y yo qué hice?

—¡Lo lanzaste por los aires!

—Pero tú me dijiste que lo levante.

—Okey. Solo... levántalo. Y ponlo dentro de la cajuela. Con cuidado esta vez.

—¿Y para qué hará eso? —preguntó Leia, ya de pie junto al auto con los brazos cruzados.

—Vamos a llevarlo a casa.

Se giró sin decir nada más, sacó el teléfono, y empezó a caminar en dirección contraria al callejón, tecleando algo mientras se alejaba.

—¿A dónde vas?

—Estoy pidiendo un taxi. Llevarse la evidencia de un crimen es lo más estúpido que has hecho en tu vida, y eso que hoy ya hiciste varias cosas estúpidas.

Lupa, recuperando al hombre de entre los tachos junto a Lacy, miró a Lyra.

—Tiene un punto.

—Ustedes dos, al auto. Ya.

—Eh, no. —Leia no se detuvo—. Cae tú si quieres, pero a mí no me arrastras contigo.

—¿Eres consciente de que si te vas sola vas a terminar castigada, sin permiso para salir, y sin salir los sábados no hay clientes para tus galletas?

Leia se detuvo. Se giró, entrecerrando los ojos.

—Mmm. Eres buena en esto. ¿No quieres entrar al negocio?

—Sube al auto, Leia.

La niña resopló, pero caminó de vuelta con la espalda recta y la cabeza en alto, como si la decisión hubiera sido completamente suya desde el principio.

—Tú te lo pierdes.

Se subió al asiento trasero sin decir una palabra más. Lyra caminó hasta la parte de atrás del auto, probó una llave, después otra, maldiciendo el manojo entero que Luna nunca se había molestado en organizar, hasta que, sin encontrar la correcta, se llevó una mano al cabello y sacó un pequeño broche que sostenía su flequillo. Lo introdujo en la ranura de la cerradura y la cajuela se abrió con un clic seco.

—Lacy.

Esta vez, lo depositó con un cuidado. después de haber aprendido la lección por las malas. Subieron todas al auto. Lyra se sentó al volante, respiró hondo y arrancó rumbo a la tienda sin decir absolutamente nada más.

El trayecto duró menos de diez minutos, pero el silencio en el interior del vehículo lo hizo sentir como una eternidad. Pisó el freno frente a la acera de una pequeña tienda de empeños, cuyo viejo letrero parpadeaba a duras penas.

Apagó el motor, sacó las llaves y se giró lentamente hacia los asientos traseros. Su mirada escaneó a cada una. Lupa tenía los pies entre los asientos del conductor y copiloto, Leia se retocaba el brillo labial, Lacy trataba de equilibrar una linterna en su nariz y Loan parecía a punto de desmayarse.

Soltó una exhalación pesada y le extendió las llaves a la castaña de frenillos.

—Liby, quedas a cargo. Que nadie salga. Que nadie hable. Y sobre todo, que nadie abra el baúl.

—¿Disculpa? —saltó Leia, bajando su espejo, claramente ofendida—. ¿Por qué ella? Yo soy mucho mejor como líder.

—Sí, ¿qué te hace pensar que no podemos quedarnos solas? —se quejó Lupa, frunciendo el ceño.

Ella no respondió. Simplemente las miró. Sus párpados cayeron a la mitad y sus labios se apretaron en una línea recta e inexpresiva. Un silencio incómodo llenó el auto mientras esa sola mirada.

Sin agregar nada, abrió la puerta, y salió a la calle. La castaña soltó un suspiro largo y sacó su libreta de espiral del bolsillo de su falda. Miró a Liena, que estaba sentada junto a Lupa, y le extendió la mano.

—Cinta.

Ella no dijo una palabra, ni siquiera cambió su expresión amable. Simplemente rebuscó en uno de los profundos bolsillos de su vestido de mezclilla y depositó un rollo de cinta adhesiva sobre su palma. Liby arrancó dos pedazos con los dientes, garabateó rápidamente la figura de un hombre de palitos con una "X" en los ojos, y lo pegó contra el vidrio de la ventana empañada.

—Bien, presten atención —anunció Liby, usando un bolígrafo como puntero—. Esta es la Operación: Infiltrar el Cuerpo Hasta el Ático Sin Que Nos Descubran... y pensar en un nombre más corto.

Lacy levantó la mano desde el fondo

.

—¿Qué tal "Operación: El Señor Tieso"?

—No es momento para lluvia de ideas, Lacy —respondió Liby, frotándose el puente de la nariz—. El plan es simple. Liena, tú te encargas de mi mamá.

La rubia movio la cabeza, pidiendo una explicación con la mirada.

—Porque tú no hablas y eres buena fingiendo escuchar sus chistes. ¿De acuerdo?

Liena asintió lentamente, levantando un pulgar con una sonrisa.

—Perfecto. Ahora, Loan —dijo Liby girabdo hacia la rubia mayor, que ya estaba abrazando sus rodillas—. Tú vas a distraer a Lori.

Loan dejó de respirar. Sus ojos se abrieron tanto que pareció que querían escapar de su cabeza.

—No... no, no, no. Liby, no puedes pedirme eso —tartamudeó, encogiéndose en el asiento—. Si me paro frente a ella... si me mira a los ojos, lo sabrá. Sabrá que sigo siendo una decepción, me preguntará por qué salí de mi cuarto y terminaré confesando.

—Tienes que preguntarle sobre su época en la universidad, eso le da para rato.

—¡Me va a gritar! ¡Siento que ya me está gritando! —sollozó Loan, cubriéndose la cabeza con ambas manos—. Pon a otra. Pon a Leia.

La niña que hasta ese momento había estado ignorándolas para limarse las uñas, levantó la vista con una expresión de puro desprecio.

—Ni de chiste. —La niña de seis años se cruzó de brazos, ofendida—. Primero, si me descubre, me va a usar de perchero. Y segundo: ¿por qué la rarita se salva de hacer algo útil y yo tengo que arriesgar mi impecable rostro? Si quieren les va a costar veinte dólares. Pago por adelantado.

—A diferencia de ti, gremlin comercial, Loan sí tiene instinto de supervivencia —murmuró Lupa—. Aunque su instinto sea hacerse bolita y llorar.

—Tú cállate, fenómeno —respondió—. Al menos yo cobro por mi tiempo. Tú solo existes para arruinar el ambiente

—Basta, las dos —Liby golpeó el bolígrafo contra la libreta. Luego tachó el nombre de Loan y suspiró—. Bien. Cambio de planes. Loan, tú te quedas atrás vigilando a Lizy para que no intente pintar al muerto con los dedos. Leia, tú distraes a Lori, te pagaré con los postres de Lacy de toda la semana

—¡Oye! —se quejó Lacy.

—Es un sacrificio aceptable —sentenció Liby antes de mirar a la albina—. Lupa, tú te encargas de Lucy.

La albina soltó una carcajada seca, carente de cualquier tipo de alegría.

—Claro, Liby. Excelente plan. ¿De verdad crees que yo la voy a distraer? Esa mujer puede comunicarse con tres espíritus del siglo dieciocho antes de notar que estoy en la misma habitación

—¿En español?

—No me presta atención jamás, y lo hará hoy.

Leia rodó los ojos con tanta fuerza que casi se cae de espaldas.

—Y dale con tu desahogo diario —se mofó la pequeña, imitando el tono lúgubre de la albina—. "Ay, nadie me nota, soy tan oscura". Escucha bien, Liby, si la emo gótica deprimente no va a hacer su parte del trabajo, yo tampoco muevo un dedo.

—Per...

—Cancela mi trato.

—¡No puedes cancelar un trato que ya aceptaste, es una violación al tratado! —gritó Liby, perdiendo finalmente la paciencia. Borró todo el esquema con furia, manchando la hoja de tinta—. ¡Nadie colabora! Bien, ¿saben qué? Lyra está afuera. Como ella es la única a la que Lana escucha, ella se encargará de ella. Liena va con mi mamá. Y ustedes tres...

Se detuvo, mirando a Leia, Lupa y a una temblorosa Loan. El auto se sumió en un silencio tenso, interrumpido únicamente por el sonido de Lizy en el fondo, que hacía chocar su dinosaurio contra el respaldo del asiento.

—Roar. El monstruo se come a la señora que grita —murmuró Lizy.

Cerró la libreta. Su plan perfecto se había desmoronado en minutos porque, había olvidado lo más importante: su familia era imposible de organizar.

La puerta del conductor se abrió y Lyra se dejó caer en el asiento, trayendo consigo el aire tenso de la calle.

En sus brazos llevaba un bulto cilíndrico, envuelto con tantas capas de papel periódico y cinta adhesiva que parecía a prueba de explosiones.

Sin siquiera saludar, se giró hacia un lado y empujó el paquete directamente contra el pecho de Loan, quien lo atrapó por puro reflejo.

—Sujeta lo y no lo sueltes, no lo destapes y, por lo que más quieras, no respires cerca de él. Costó cada moneda que teníamos.

Loan asintió frenéticamente, abrazando el jarrón envuelto como si de eso dependiera su propia vida. Solo entonces ella se giró de nuevo hacia el frente.

—Lyra —dijo Liby desde atrás—. Tenemos un problema.

—No quiero oírlo —respondió, sin dejar de mirar al frente—. El sujeto está en el baúl. Ya cruzamos la línea. Ahora somos cómplices.

—Ese es el punto. Nadie quiere ser cómplice en la parte de distraer. La operación se cayó.

Giró la cabeza tan rápido que casi se le escucha crujir el cuello.

—¿Qué significa que se cayó? Liby, te dejé a cargo un minuto. ¡Un minuto!

—No es mi culpa que no tengamos el sentido de colaboración —murmuró, señalando al resto con el bolígrafo—. Loan está a punto de hiperventilar, Leia quiere cobrarnos por hablar con Lori, y Lupa se niega a estar en la misma habitación que Lucy.

—No dije eso —interrumpió Lupa desde su asiento—. Dije que a ella le da igual si existo o no.

—¡Es lo mismo! —gritó Liby.

—A ver, un momento —Leia se asomó por el hueco de los asientos delanteros, clavando sus ojos en Lyra—. ¿Quieres que te resuelva el problema con Lori? Cincuenta dólares, en efectivo.

—¡No te voy a dar cincuenta dólares, sanguijuela! —dijo golpeando el volante—. ¡Si nos descubren, nos castigan a todas!

—A mí no me vieron manejar sin licencia. Yo solo soy una pobre e inocente niña de seis años atrapada en el mal actuar de sus primas mayores. Tengo una defensa perfecta.

Apretó los dientes, cerrando los ojos con fuerza. Estaba a un segundo de perder ese aire de adolescente madura y controlada que tanto se esforzaba por mantener.

—¿Saben qué? No me importa —dijo, con la voz tensa—. No hay plan. Llegamos, Liena mete el cuerpo, y el resto se encarga del jarron. Si alguien nos detiene, corremos.

—Eso no es un plan, eso es un suicidio —replicó Liby, abriendo la libreta de nuevo, desesperada por encontrar un orden—. Tiene que haber un pla...

—¡El plan es que no ir a la cárcel! —exclamó Loan, que hasta ese momento había estado respirando dentro de la bolsa de papel—. ¡Mi mamá me va a encerrar en mi cuarto para siempre!

—Loan, ya vives encerrada en tu cuarto.

—Ya se —dijo Lacy— puedo dormirlas y si se despiertan, las vuelvo a noquear.

—¡Nadie va a noquear a nadie! —grito encendiendo el motor —. Vamos de regreso. Dios, perdóname por lo que voy a hacer, pero necesito que este tipo siga desmayado un par de minutos más.

—¿Y si se despierta y grita? —preguntó Lizy desde el fondo, asomando la cabeza—. Kiki dice que los monstruos siempre gritan cuando despiertan.

Ella pisó el acelerador, metiendo el auto en la calle con más brusquedad de la necesaria.

—Si grita, lo callamos con una servilleta.

Liena, se abrochó el cinturón con calma, encendió la radio, y sintonizó una estación de música country a un volumen alto, dándole a Lyra un pulgar arriba.

El viaje de regreso se sintió el doble de largo. El aire acondicionado del auto había terminado de funcionar a mitad del camino, dejando el interior convertido en un horno caliente y sofocante, pero ninguna se atrevió a emitir una queja.

Al llegar a su calle, no disminuyó la velocidad frente a la entrada de su casa; en su lugar, dejó que el vehículo avanzara unos metros más, deteniéndose junto a la acera de la casa del vecino.

Se frotó los ojos con el dorso de la mano y señaló su propia casa a través del parabrisas.

—¿Cuál es el plan? —preguntó.

Liby, que todavía sostenía su libreta manchada de tinta, parpadeó desde el asiento trasero.

—¿Qué plan? La operación se cayó, ¿recuerdas?

Soltó un suspiro, recordando que ella misma había mandado todo al diablo minutos atrás.

—Ah, cierto. Bien, entonces haremos esto. Llevaremos el cuerpo hasta el sótano para esconderlo. Entraremos por la cocina. Cuando Lynn se vaya de la sala, llevamos el jarrón al comedor y subimos al sujeto hasta el ático.

—Espera —interrumpió Leia—. Si vamos a esconderlo, ¿por qué no usamos la puerta de enfrente? Es más rápido.

—Porque estara Lynn —respondió Lyra—. Hoy estara el partido. Si pasamos por el living, nos va a taclear.

—¿Y el garaje? —sugirió Lupa, estirando las piernas sobre el respaldo delantero—. Lana lleva un mes desarmando ese motor. Podríamos pasar cargando un elefante y ni siquiera levantaría la vista.

—No te confíes —dijo Lyra—. Es más atenta de lo que parece. Por algo maneja animales mortales todo el tiempo y todavía no hubo accidentes en esta casa.

—¿Ah, sí? ¿Y la vez que se le escapó la cabra?.

—Cuando se comió las cortinas del baño. No hubo muertos —Lyra agitó una mano, desestimando la queja—. El garaje es un riesgo. Iremos por la cocina.

—¿Pero y si hay alguien? —preguntó Liby, mordiendo la tapa de su bolígrafo.

Miró por el espejo retrovisor hasta encontrar a la rubia de cabello corto, que la observaba con atención.

—Para eso estás tú, Liena. Te tocará entrar primero. Vas sacas unas ollas y finges que estas por cocinar. Todos saben que detestas que esten cuando cocinas. Con eso saldrá huyendo.

La rubia asintió, satisfecha con el papel, y levantó un pulgar. Era una estrategia sólida, la diplomacia nunca fallaba en esa casa, bueno, casi nunca. Aveces

—¿Qué pasará con Lori? —susurró Loan, abrazando el jarrón—. Ella es peligrosa.

—Es Lori —murmuró, quitándose el cinturón de seguridad—. Estará ocupada y llegará tarde, como siempre.

Apagó el motor, se pasó una mano temblorosa por el flequillo y miró por el espejo retrovisor.

—Bien —murmuró, apretando el volante antes de soltarlo—. Recuerden, si nos descubren... la idea fue de Liby.

—¡Oye! —protestó la castaña.

—¿No querías ser responsable? Este es el precio, Liby —dijo Lupa desde el rincón, abriendo la puerta trasera—. Muevan los pies antes de que el cadáver empiece a oler mal.

Lacy fue la primera en saltar hacia afuera. Caminó hacia la parte trasera del vehículo, metió las manos bajo el borde del maletero y, de un solo tirón que amenazó con arrancar la cerradura a la fuerza, abrió la tapa.

—¡Lacy! —gritó Lyra corriendo hacia ella—¡Usa la cerradura! ¡¿Para qué crees que te di el broche?!

—Abre más rápido así —respondió Lacy.

Entre ella y Liena jalaron al sujeto desmayado fuera de la cajuela. Liena, sin decir una sola palabra pero emitiendo un suspiro resignado que le infó los cachetes, agarró al hombre por los brazos y Lacy por los tobillos.

Mientras tanto, en el asiento del copiloto, Loan continuaba hecha una bolita, abrazando el jarrón envuelto en papel y cinta adhesiva contra su pecho.

—Loan... —la llamó Liby, asomándose por la ventanilla—. Hay que bajar.

—No... le me va a ver —susurró Loan, con la cara oculta tras su cabello rubio, y la voz temblándole—. Me va a ver a los ojos. Va a saber que maté a un hombre. Que arruiné mi vida y me va a encerrar para siempre...

—Técnicamente no está muerto —murmuró Liby, acomodándose los frenillos—. Solo está... fuera de servicio. Y nadie va a saber nada si bajas ya. Vamos, eres nuestro soldado más fuerte.

—No soy un soldado... soy una decepción —dijo Loan, hundiéndose en el respaldo.

Liby miró a Lupa, pidiendo ayuda. La albina rodó los ojos con absoluta pereza y fastidio, se acercó a la puerta abierta del auto y metió medio cuerpo.

—Loan. Si no bajas en tres segundos, le dire a Lori que fuiste tú la que le tiro su perfume al señor bigotes.

Ella dejó de respirar. Sus ojos se abrieron desorbitados a través del cabello. En menos de un segundo, se desabrochó el cinturón, agarró el jarrón y salió disparada del vehículo, quedándose tiesa al lado del grupo mientras temblaba de pies a cabeza.

—Bien pensado —le dijo Liby.

—El chantaje es el único lenguaje que entiende esta familia —respondió sin inmutarse.

—¡Oigan! —gritó Leia desde atrás, ajustándose el moño y mirando con asco el suelo—. ¿Y yo por qué tengo que caminar por el barro?

—Cállate y camina, Leia —ordenó Lyra—. Avanzamos por la izquierda. Pegadas a la valla.

Avanzaron en fila india por el costado izquierdo de la casa, arrastrando los pies sobre el césped húmedo del patio para no hacer ruido. Liby y Lupa en la delantera, agachadas, asegurando el camino. Liby escaneaba los arbustos, moviendo la cabeza a ambos lados como si liderara un pelotón.

Detrás de ellas, Liena y Lacy cargaban al sujeto; Liena sudaba frío por el esfuerzo de sostenerlo de los hombros, mientras que Lacy caminaba tan relajada que parecía ir paseando a un perro. Detrás iba Leia, llevando a Lizy de la mano con una mueca de absoluto asco mientras levantaba un pie para revisar la suela de su zapato.

—¿Por qué diablos no vamos por el lado derecho? —preguntó—. El suelo de ese lado es de cemento. Mis zapatos no fueron hechos para una excursión por el pantano.

Liby ni se molestó en girarse, manteniendo la vista clavada en la esquina de la casa.

—La ventana grande del comedor da hacia el lado derecho, genio —le respondió Lupa.

—Si pasamos por ese lado y alguien dentro mira hacia afuera, nos va a ver. Hay que bordear por la sombra de la valla.

—A mí me da igual —murmuró Lupa—. Si nos atrapan, le echo la culpa a Lacy o Liby.

—¡Oye! —dijo sin soltar los tobillos del hombre—. Yo solo sigo órdenes.

Lyra frunció el ceño y con esa mirada, hizo que skguieran avanzando en fila, manteniendo el silencio. Estaban llegando al costado de la pared cuando se escuchó el sonido de la puerta abriéndose. Todas se tensaron. Lyra alzó una mano, deteniendo al grupo justo cuando escucho una voz conocida.

—¿Lyra?

Ella se detuvo y giró el cuerpo hacia la entrada de la casa, con la espalda recta y la mandíbula apretada. Deslizó una mano detrás de su cadera y agitó los dedos con un gesto, "sigan".

Liby, sin perder el tiempo, se llevó una mano a la frente y le dedicó un saludo militar solemne.

—Nunca olvidaremos tu sacrificio.

Las demás continuaron pegadas a la valla, mientras Lyra daba un paso al frente y caminaba por el jardín delantero, directo hacia su madre.

Luna estaba en la puerta principal, con los brazos a cada lado de su cuerpo y una sonrisa que no alcanzaba a disimular la curiosidad en sus ojos.

—Hola. ¿Qué haces afuera? —preguntó, inclinando la cabeza.

—Nada. Estaba por entrar.

—Llegas justo a tiempo. Quiero hablar contigo.

Mientras tanto, el resto del grupo ya había llegado a la puerta de la cocina, en la parte trasera. Liena soltó el cuerpo del hombre, que Lacy atrapó en el aire con un solo brazo, y entró a la cocina. Liby se agachó debajo de la ventana que daba al jardín, con la libreta apretada contra el pecho, esperando la señal.

La rubia avanzó por la cocina, esquivando una pila de ollas y sartenes que alguien había dejado fuera. Se asomó por el marco de la puerta que daba al comedor. En cuanto vio lo que había del otro lado, sus ojos se abrieron de par en par y se giró rápidamente hacia la ventana.

Cruzó los brazos en una equis, negando con la cabeza. "No pasen, abortar misión"

—¿Qué? —susurró, moviendo exageradamente las cejas—. ¿Ya esta la comida? ¿Rompiste algo?

Frunció el ceño, sin entender. Ella seguia desesperada, sñaló hacia el comedor, se tocó la cabeza, hizo un movimiento como si hablara por teléfono, y finalmente sacó de un cajón una gorra de béisbol y un silbato de juguete que encontró por casualidad. Se los puso y empezó a hacer señales en el aire, como un controlador de tráfico aéreo.

Le recordaba a los señores del aeropuerto, se giró para ver qué hacían las demás.

—No entiendo qué está haciendo —murmuró Leia, mirando a Liena—. Parece que le dio un ataque. Yo voy a entrar, mis zapatos se están arruinando en este lodo.

Coloco su mano flotando sobre el picaporte, ya lista para abrir, pero antes de que tocara el metal, Lupa le sujeto la muñeca con una mano, apretando con fuerza.

—Espera la señal —murmuró Lupa.

—Suéltame, fenómeno —respondio Leia entre dientes, intentando zafarse de su agarre.

La albina negó con la cabeza y en ese momento, una voz femenina salió desde la cocina, amortiguada por las paredes.

—¡Hola, Liena! ¿Estás por empezar a cocinar? ¿Quieres que te ayude?

Ella no respondió. Se quedó inmóvil, con el silbato en la boca y la gorra, mirando a su tía con una sonrisa congelada. Luan la observó un instante, pensativa, y luego soltó una risa corta.

—Siempre tan callada. ¡Eso me recuerda a un chiste! ¿Por qué los mudos no discuten? Porque no tienen palabras... y tampoco pierden el tiempo.

Giro el rostro, y miró por la ventana de la cocina. Sus ojos se encontraron con los de Liby, que seguía debajo. La muchacha sonrió, y levantó una ceja mientras dibujaba con los labios una frase que Liby alcanzó a entender.

"Hoy voy a enterrar vivo a alguien."

Un escalofrío le recorrió su espalda. Sin pensarlo, agitó la mano en dirección al grupo: "negativo, no podemos entrar"

—Cambio de plan —susurró, cuando las demás se le acercaron—. Vamos por el otro lado.

—¿Por la derecha?. Dijiste que nos verían.

—Tenemos a una intrusa en la cocina.

—¿Quien? ¿Luan?

—Sí, y está haciendo chistes.

—Estamos jodidas. Liena no resistira mucho.

Se movieron en silencio, bordeando la casa por el lado opuesto. Las ventanas del comedor daban a ese costado, y para cruzar hasta el frente tenían que pasar justo por debajo de ellas.

La mayor pasó primero, agachada, con las rodillas contra el pecho. Luego le hizo una seña a Lacy, que agachó la cabeza y dejó al sujeto en el suelo, ella se estiró, sujetó al hombre por un brazo y lo arrastró por el pasto.

Lacy se lanzó al suelo y rodó como un tronco hasta el otro lado, entre el polvo y las hojas secas. Aterrizó de espaldas, sonriente, con las manos en el estómago.

—¡Miren, soy un tronco de la jungla! —susurró Lizy, imitándola, y se dejó caer al suelo, rodando con las piernas encogidas y el cabello lleno de hojas.

—Ni loca me voy a tirar al suelo —dijo Leia, cruzándose de brazos, mirando la tierra húmeda—. Estos zapatos son nuevos y mi vestido no es para arrastrarme.

La albina puso los ojos en blanco. Se acercó por detrás, le puso el pie en la parte delantera de la rodilla y le metio una traba. Cayó al suelo con un grito, y antes de que pudiera levantarse, Lupa la sujetó por el tobillo y la arrastró por el suelo hasta el otro lado.

Se levantó furiosa, con la falda manchada y el cabello revuelto, lista para matarla, pero una voces las interrumpió. Se asomaron apoyadas en la pared desde el borde de la casa y vieron a Lyra hablando con Luna. La rubia les dio una mirada de pánico, con los ojos tan abiertos que parecían estar a punto de salirse.

Las muchachas se escondieron de inmediato.

—Bien —dijo Liby, tomando aire, se plantó frente a Lacy, sujetándola por los hombros—. Nuestra única oportunidad es entrar por esa puerta. Debes ir primero y distraer a tu mamá.

Lacy enderezó la espalda y se llevó la mano a la frente, en un saludo militar.

—Crecen tan rápido —murmuró Liby, con una sonrisa nostálgica.

Luego se giró a las demás, y se percató de algo, entrecerró los ojos y empezó a señalar a cada una, contando en voz baja.

—Mmm, recuento de cabezas. Uno, dos... somos seis con el cadáver. Esperen... ¿y Loan?

Todas volvieron a asomarse por el borde de la casa, esta vez mirando hacia el auto. Ahí, con la cara en la ventanilla y los puños cerrados sobre el regazo, estaba Loan, pálida como un papel.

Las vio y les hizo una seña con las manos, pidiendo disculpas. Liby giró el rostro y notó algo peor: estaban junto al garaje que estaba abierto, y dentro, inclinada sobre una caja de herramientas, estaba Lana.

Se escondieron otra vez.

—Mierda.

—¿Qué hacemos?.

Liby miró a Lizy, que jugaba con su dinosaurio en el suelo.

—Lizy, te toca.

La niña levantó la vista, con una sonrisa.

—¿Qué tengo que hacer?

—Ser tú.

—Okey.

Entró al garaje sin dudar, se acercó a su madre y la saludó con la mano. Luego, sin más, se subió a una mesa llena de herramientas, agarró una llave inglesa con ambas manos y empezó a saltar sobre la mesa.

—¡Mira, mamá! ¡Soy un monstruo gigante y voy a aplastar la ciudad!

—¡Lizy, no toques eso! —gritó, corriendo hacia ella.

—¡Roar! ¡Voy a comerme el auto!

—¡Baja de ahí!

—¡Roar!

—¡Lizy Loud, si rompes una de de herramientas te juro que...!

La niña soltó una risa escandalosa y saltó de la mesa, corriendo por todo el garaje, con Lana persiguiéndola.

—Esa es la señal —dijo Liby.

Caminaron agachadas hasta los arbustos junto a la puerta de adelante y se detuvieron. Lyra, desde el jardín, las observaba, preguntándose qué diablos había pasado. Liby, usando sus grandes habilidades de comunicación no verbal, le hizo una serie de gestos que pretendían explicar: "Mi mamá en la cocina, Lana distraída, vamos a entrar por esta puerta"

Lupa hizo una seña de abrir la puerta con la manija, luego señaló sus propios oídos y después a Luna. "El ruido de la puerta"

Lyra asintió, aún con la mandíbula tensa. La castaña ya había empezado a contar en silencio, tres, dos, uno... ya.

En el instante en que abrió la puerta, el clic de la cerradura quedó opacado por un grito.

—¡¿Y TÚ QUÉ SABES DE LO QUE YO QUIERO?!

La voz de Lyra retumbo en el porche, afilada como un cuchillo. Luna dio un paso atrás, con los ojos muy abiertos.

—Lyra, yo solo... —intentó decir, con la voz temblorosa.

—No. No me importa. ¿Sabes por qué? Porque a ti tampoco te importa. Nunca te importó. Para ti soy un accidente.

El corazón de Luna pareció romperse en dos.

—Eso no es verdad —susurró.

—Claro que lo es. Siempre lo fue. No tienes que fingir que te intereso.

Adentro, la puerta principal se cerró detrás de ellas, y el living quedó envuelto por el ruido del televisor. Lynn Jr. ocupaba el sillón entero, con los pies descalzos sobre la mesa del centro y una lata de refresco apoyada en el estómago.

Lacy no esperó a que las notará. Cruzó la habitación en tres pasos silenciosos, se dejó caer sobre su madre y le tapó los ojos con ambas manos.

—¡Lacy! ¡Quítate! ¡No veo nada! —protestó, tratando de apartarla.

La pequeña atleta soltó una sonrisa brillante, pero mantuvo sus manos firmes sobre los ojos de su madre, tapando su vista. Luego giró apenas la cabeza y asintió en dirección a las demás.

—Es una sorpresa, mami.

—¡¿Qué sorpresa?! ¡Estoy viendo el partido!

—Aún no hay ningún gol.

—¡¿Y cómo voy a estar segura, si no me dejas ver?!

—Yo sí puedo.

—¡Lacy!

En ese instante Liby le entregó el jarron a Leia y señalo al comedor, la rubia hizo un chasquido con la lengua y se giró. Luego empujo a Lupa hacia la escalera. Ambas cargaban al hombre: Liby lo sujetaba por los brazos, y Lupa por las piernas. El cuerpo colgaba en el aire, con la cabeza sacudiendose al ritmo de los pasos.

—Vamos —murmuró.

—No me des ordenes —respondió Lupa.

Los primeros escalones fueron los peores. Pesaba más de lo que aparentaba, y cada movimiento producía un roce contra la alfombra gastada. Llegaron al último tramo. Y se detuvieron.

En el pasillo del segundo piso, frente a una de las puertas, estaba Lori, con el teléfono en la mano y la mirada fija en la pantalla.

La mayor soltó al hombre. El cuerpo cayó sobre el escalón causando un temblor en las escaleras, Lupa apenas alcanzó a sujetar las piernas antes de que rodara escaleras abajo.

—¡¿Qué haces?!.

—Lori.

—¿Dónde?

—Arriba. En el pasillo.

Ambas se pegaron a la pared, ocultándose en el hueco de la escalera. El aire les faltaba. El corazón de Liby golpeaba tan fuerte que temía que Lori lo escuchara.

—¿Estamos jodidas? —murmuró Lupa.

—Sí.

—Mierda.

En ese instante, la puerta de abajo se abrió. Un cabello rubio despeinado asomó por el borde del marco. Loan entró con los hombros encogidos, abrazándose a sí misma.

Vio a sus doa primas escondidas en la escalera, con el cuerpo a sus pies, y se detuvo. La castaña le dio un mensaje con su rostro. "Te necesitamos"

Loan negó con la cabeza, pero ella insistió, moviendo los labios "por favor". Cerró los ojos, libero el aire y respiró hondo. Pasó junto a ellas, con los puños apretados, y llegó al pasillo justo cuando Lori levantaba la vista del teléfono.

—¿Loan? —preguntó —. ¿Dónde estabas?

—En... en el... ¡Abajo!. Con las chicas.

—¿Qué chicas?

—...

Lori la observó un instante, como si intentara leerle la mente.

—¿Por qué estás tan pálida?

—No estoy pálida.

—Sí lo estás.

Lori entrecerró los ojos, pero no insistió, con ella ya era algo inútil. Dio un paso hacia adelante.

—Ma... Necesito hablar contigo.

—¿Ahora?

—Sí. Sobre lo de esta mañana.

Loan tragó saliva y, por puro instinto de supervivencia, empezó a hablar. De lo primero que se le ocurrió.

—¿Tú... tú alguna vez sentiste que no eras lo que esperaban de ti?

—¿Qué?

—En la universidad. Antes de tenerme. ¿Sentías que... que todo lo que hacías no alcanzaba?

La pregunta la atravesó como si fuera una simple hoja de pael. Parpadeó, sorprendida, y en un segundo su máscara de madre controladora se resquebrajó.

—Todos sentimos eso, Loan.

—Pero tú... tú siempre fuiste perfecta.

—No. Yo solo fingía mejor que los demás.

Con esas palabras aprovecharon el momento para retroceder con cuidado, y arrastrando al hombre bajaron las escaleras.

Llegaron al living y se detuvieron a recuperar el aliento. Lacy seguía en el sillón, con las manos aún sobre los ojos de Lynn Jr., que ya ni siquiera forcejeaba. Se había rendido, con la cabeza apoyada en el respaldo y los brazos colgando a los costados.

—¿Y el partido? —preguntó Lacy, sin soltarla.

—Ya me lo perdí. Gracias a ti.

—No hubieron goles.

—Termino en penales...

—Ah.

Se encogió de hombros y apretó más las manos. Lynn soltó un suspiro largo y resignado.

—Hija, ¿por qué eres así?

—Porque te quiero.

—Eso no responde mi pregunta.

En la entrada del comedor, Leia apareció con el jarrón envuelto en brazos. El papel de periódico crujía entre sus dedos.

—Mi mamá está en el comedor. Esta hablando con alguien por teléfono.

—Tienes que distraerla.

—No pienso hacer eso

—Bien, te lo anoto en la libreta. Esta vez no vas a cobrar.

La niña de coletas la fulmino con la mirada, su expresión fue clara "tu ganas", luego Liby se giró hacia Lupa.

—Tú colocas el jarrón. Leia distrae a Lola. Yo llevare el cuerpo la habitación de los abuelos.

—¿Y Loan? —preguntó Lupa.

—Después. Primero escondemos al hombre.

—¿Y si Lola nos ve?

—No nos verá. Leia se encargará.

—¿Y si no?

—Mmm... ¿Lyra te enseño a rezar?.

Lupa resopló, pero no discutió. Le arrebató el paquete a Leia y entró al comedor con la espalda pegada a la pared, mientras Leia caminaba hacia la mesa con la barbilla en alto. Ella estaba sentada, con el teléfono en una mano y una revista en la otra. La pequeña se sentó del otro lado y esperó, pero ella no la noto, seguía hablando por teléfono.

—Puaj. Otra vez ese maldito perro —dijo, en voz alta.

Pero la reacción de su madre fue la misma.

—¡Mamá! ¡Dije que otra vez me ensució ese maldito perro!

Lola levantó un dedo, pidiéndole un momento.

—Sí, claro, te dije que el vestido era de diseñador... No, no importa, ya compré otro...

Leia puso los ojos en blanco y miró hacia el aparador, donde Lupa ya estaba colocando el jarrón.

—Muévete.

—Cállate. —respondió Lupa.

—Te va a ver.

—No me va a ver si tú haces tu trabajo.

—¿Cuál trabajo? No me escucha... ¡Mamá! —gritó— ¡El perro del vecino me mordio el vestido!

Lola finalmente colgó y la miró.

—Ay, Leia, ¿qué te pasó?

—Lo que te dije. Fue ese maldito perro.

—¿Otra vez?.

—Sí, y voy a matarlo. Mi venganza será gloriosa.

Lola sonrió, y se inclinó para quitarle una hoja seca del cabello.

—Me encanta cuando hablas así. Me recuerdas a cuando yo tenia tu edad.

—Lo sé. Por eso me quieres.

—Claro que te quiero.

Mientras tanto, del otro lado, Lupa terminó de acomodar el jarrón y se deslizó hacia la salida, agachada. Ya en la puerta entre el living y el comedor y se topó de frente con Lori, que entraba. Detrás de ella, Loan asomaba desde el pasillo, mirando al suelo, temblando.

Miró a Lupa un instante, con esos ojos que parecían leer le la mente, y luego siguió de largo hasta la mesa, donde se sentó sin decir ni una sola palabra.

Lupa soltó el aire y siguió hasta el living. Ahí estaba Lacy, sentada junto a su madre, con la cabeza apoyada en su hombro. Lynn Jr. ya no se quejaba; tenía los ojos pegados a la pantalla, resignada.

Liby salió de la habitación de los abuelos, cerrando la puerta.

—El sujeto está escondido —susurró—. Ahora hay que subirlo al ático.

Ambas agarraron al hombre y empezaron a subir las escaleras por segunda vez. El cuerpo pesaba más que antes, o quizá era el miedo.

En el pasillo del segundo piso, el suelo crujió bajo sus pies. Un chirrido agudo, como de madera vieja, resonó en el silencio. Se escucharon pasos dentro de una de las habitaciones. Solo podía ser una sola persona.

—Estamos muertas —murmuró Liby.

La puerta se entreabrió unos centímetros.

—Soy yo —dijo Lupa, sin alterarse.

Hubo una pausa. Luego, la puerta se cerró y los pasos se alejaron hacia el interior del cuarto. Liby la miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué? —dijo la albina—. Te dije que a ella le da igual.

Se quedó viéndola un instante, procesando, y luego siguieron avanzando hasta el final del pasillo. Allí, colgando del techo, estaba la esfera para abrir el ático. Liby alzó la mano, pero sus dedos apenas rozaron la superficie.

—Rayos.

Estaba alejando la mano cuando un par de dedos aparecieron desde atrás, se estiraron y sujetaron la esfera. La escalera descendió frente a ellas. Dio un paso atrás y se giró.

—¿El jarrón? —preguntó Lyra, con una mano en la cadera.

—Ya está en el comedor.

Asintió y subió las escaleras. Luego extendió la mano hacia Liby, quien subió hasta la mitad. Lupa les alcanzó al sujeto, y entre Liby y Lyra lo subieron hasta que pudo entrar por la escotilla.

Ya arriba, se sacudió las manos y miró al grupo.

—Ahora debemos actuar normal. Después de cenar le traerán comida. Y lo más importante, nadie debe saber de esto.

—Entendido.

Lupa la ignoró y bajó las escaleras sin decir nada. Horas después, en la inmensa oscuridad del ático, un par de ojos se abrieron. Eran los ojos del sujeto, rodeados por el polvo y las sombras.

—¿Dónde estoy?

Fin.

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1. Capítulo 1:
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Compelling Plot

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Strong Dialog

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Me da mucha pena Lyra. Va a sufrir un infarto por el estrés.

9 days
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Okay. Lincoln se alistó en el ejército para mantener a tus hijas, pero desapareció en combate y, de alguna manera, regresó como ciudadano estadounidense, aunque perdió la memoria en el proceso. Las hermanas no han vuelto a saber de él desde entonces, y por eso Lori sigue bebiendo, pensando que lo mataron o lo hicieron prisionero en algún lugar de Afganistán.

9 days
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A partir de este momento, es predecible lo que sucederá. Las chicas terminarán de preparar a Lincoln. Luego, Leni o Lola lo encontrarán. Desesperada, quien lo encuentre se abalanzará sobre él, llorará desconsoladamente y, sin darle apenas oportunidad, tendrá el sexo de su vida, pues el deseo y el amor deben desbordarse.

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