I'm Not Bad Person, Yo Reencarno En Boku No Hero. by Fantrix at Inkitt
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I'M NOT BAD PERSON, Yo reencarno en Boku No Hero.

Summary

Leo, un joven de diecisiete años, no es un criminal ni un monstruo; su único "delito" es el arte urbano. Para él, las paredes grises de la ciudad son un lienzo que necesita color. Pasa las noches esquivando patrullas policiales con una mochila llena de latas de aerosol, deslizándose por los techos para pintar murales abstractos, paisajes oníricos y animales titánicos en los callejones más deprimentes. Durante las tardes, dibuja en libretas gastadas e intercambia bocetos con otros jóvenes que, como él, sueñan con escapar a un lugar donde el cemento no aplaste la creatividad. Una noche fría que olía a tormenta, Leo eligió su objetivo más ambicioso en un callejón trasero. Con el corazón latiendo lleno de adrenalina pura, comenzó a trazar las líneas perfectas de un gigantesco fénix que parecía volar sobre unas tablas rotas. Sin embargo, en medio del proceso, el sonido del aerosol se cortó en seco de manera abrupta. No se trató de un fallo de la lata de pintura. Leo abrió los ojos desmesuradamente al sentir una vibración sorda y un zumbido que entró directo a la base de su cráneo. En ese mismo instante, la realidad a su alrededor comenzó a crujir como un vidrio a punto de estallar, interrumpiendo su arte por completo.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

No soy una mala persona... ¿Verdad?

El pasillo de su casa nunca olía a hogar; olía a discusiones a media voz, a puertas que se estrellaban contra el yeso a las tres de la mañana y a un vacío espeso que se acumulaba en las esquinas.

Leo creció con el pecho apretado. A los doce años le pusieron un nombre a ese motor desbocado que llevaba dentro que no lo dejaba quieto ni un segundo:TDAH. Para los maestros era un problema de conducta; para sus padres, una carga más en medio de un matrimonio que se desmoronaba como papel mojado. Las pastillas que le daban solo lograban apagar el color del mundo, convirtiendo los días en una sucesión de grises aburridos donde su mente se ahogaba en un estanque de frustración. Por eso, cuando la casa finalmente se quedaba en silencio tras otra pelea monumental entre adultos cansados, Leo abría la ventana de su habitación en el segundo piso y se dejaba caer hacia la noche fresca.

Las calles de madrugada pertenecían a los fantasmas como él. Caminaba sin rumbo fijo, con las manos hundidas en los bolsillos de su sudadera oversized, dejando que el ritmo de la ciudad vacía calmara el zumbido constante en su cabeza. Una madrugada, en el callejón trasero de un mercado municipal, los escuchó. Eran tres sombras saltando de un contenedor de basura al techo de un cobertizo con una ligereza felina, riendo con esa complicidad de quienes desafían la gravedad. Se quedó inmovilizado, observándolos. No tardaron en integrarlo; no hacían preguntas incisivas, solo compartían el asfalto. Aquellos chicos vivían en los tejados haciendo parkour, convirtiendo las escaleras de incendios, los muros ciegos y las barandillas oxidadas en una pista de carreras vertical.

Leo encontró en el movimiento la medicina que ninguna receta médica pudo darle. Cada salto medido al milímetro, cada caída amortiguada con la punta de los pies y cada esfuerzo físico extremo obligaban a su cerebro disperso a concentrarse de manera absoluta. En esos segundos de vuelo, el caos mental desaparecía. Y con las manos cansadas de trepar, descubrió otra cosa: llevaba un cuaderno gastado donde los trazos cobraban vida con una facilidad asombrosa. Sus amigos del asfalto llevaban latas de aerosol para marcar su territorio con siluetas rápidas.

No tardó en tomar una lata temblorosa y probar suerte en un muro permitido. Lo que comenzó como un garabato torpe se transformó, pincelada tras pincelada, en un talento visceral. Aprendió a dominar la boquilla del spray, a jugar con las sombras, a pintar rostros colosales y animales mitológicos que parecían respirar sobre el cemento sucio.Los años pasaron corriendo entre medianías y persecuciones. Para Leo, el arte no era un vandalismo destructivo; era la única forma de gritar que existía en un lugar donde nadie lo escuchaba. Pero la ciudad no entendía de matices. Las sirenas de la policía municipal se convirtieron en la banda sonora recurrente de su adolescencia. Aprendió a calcular rutas de escape por tuberías angostas y techos de lámina corrugada.

Hubo noches, sin embargo, en que la suerte le dio la espalda. Más de una vez terminó en la parte trasera de una patrulla, oliendo a desinfectante barato, pasando horas interminables en una celda fría de la comisaría local mientras escuchaba los regaños inútiles de un juez o las llamadas sin responder de una casa que ya no sentía suya. Salía de ahí con una multa acumulada, las manos manchadas de pintura seca y el doble de rebeldía en la sangre, listo para volver a las alturas.

Hasta que llegó esa noche de otoño. El viento cortaba la piel y el cielo amenazaba una tormenta eléctrica que se olía en el ozono del ambiente. Leo llevaba una mochila cargada con latas nuevas y la mente zumbando con una intensidad extraña. Decidió que era momento de dejar su obra maestra definitiva, una pieza que trascendiera los callejones habituales.

Caminó hacia las afueras, directo a la vía del tren donde las vías férreas se volvían oscuras y solitarias. Frente a él se alzaba su objetivo: la fachada trasera de una vieja mansión abandonada al borde de la vía, un caserón carcomido por el tiempo, con los cristales rotos y envuelto firmemente en leyendas urbanas sobre fantasmas errantes y okupas que nunca se atrevieron a habitarlo del todo.

Trepó por un desagüe carcomido hasta el balcón trasero del segundo nivel. El crujido de la madera podrida bajo sus tenis era el único sonido que competía con el viento. Sacó una lata de rojo carmesí, agitó la esfera de metal en su interior con un repiqueteo seco y se dispuso a trazar las primeras líneas de un gigantesco mural sobre la pared descascarada. El olor a solvente inundó el aire. En ese instante exacto, mientras su mano se alzaba para perfilar el ala de una criatura fantástica, el sonido del aerosol se cortó en su mente. No fue la lata. Fue una vibración sorda, un pulso electromagnético que no golpeó sus oídos, sino la base misma de su cráneo.

Las latas rodaron por el suelo de madera. El aire se volvió denso, irrespirable, y una luz de un tono imposible comenzó a sangrar desde las entrañas de la vieja mansión abandonada. Leo abrió los ojos con terror, intentando exhalar un grito que se ahogó en su garganta, antes de que el espacio colapsara por completo y el chico de los grafitis desapareciera de la faz de la tierra sin dejar rastro alguno.

...

..

.

Leo abrió los ojos lentamente.

Lo primero que sintió fue frío.

No el frío de una noche en la calle, ni el de una celda de comisaría. Era un frío limpio, casi artificial, acompañado por el ligero zumbido de unas máquinas que no podía identificar.

Parpadeó varias veces.

—¿...Dónde estoy?

Intentó incorporarse y terminó sentado sobre una camilla.

Miró a su alrededor.

La habitación parecía sacada de un hospital. Paredes completamente blancas, suelo pulido, varias luces empotradas en el techo y una puerta automática a un costado.

Pero no había médicos.

No había enfermeras.

Ni siquiera había una ventana.

Leo bajó la mirada hacia su ropa.

Seguía vestido como cuando había entrado en aquella mansión abandonada.

Aunque había algo que faltaba.

Su mochila.

—¿Qué...?

Se palpó los bolsillos.

Nada.

Entonces llevó automáticamente la mano hacia su cintura.

Su navaja tampoco estaba.

Leo se quedó quieto durante unos segundos.

—Genial...

Se levantó de la camilla con cautela.

No sentía ningún dolor. De hecho, se encontraba perfectamente.

Demasiado perfectamente.

Avanzó hasta salir de la habitación y encontró un pequeño pasillo. Al fondo había una recepción.

Detrás del escritorio había una persona sentada frente a un computador.

Leo se acercó.

—Disculpa.

La persona continuó mirando la pantalla.

—Oye.

Nada.

Leo frunció el ceño.

—¿Dónde estoy?

Finalmente, aquella persona dejó de escribir.

Levantó lentamente la mirada hacia Leo.

Su expresión era completamente inexpresiva.

Entonces sonrió.

Una sonrisa que parecía haber sido practicada cientos de veces frente a un espejo.

—Bienvenido.

Pausa.

—Has sido seleccionado para participar en un proceso de reencarnación interdimensional.

Otra pausa.

—Felicidades.

La sonrisa desapareció inmediatamente.

—Por favor, pase por la puerta de la derecha y diríjase a la habitación contigua. Allí recibirá las instrucciones correspondientes.

Leo permaneció mirándolo.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿No vas a explicarme nada?

—No.

—¿Ni siquiera decirme dónde estoy?

—No es necesario.

—...

Leo entrecerró los ojos.

—Pareces odiar tu trabajo.

La persona volvió a mirar el computador.

—Siguiente pregunta.

Leo soltó un suspiro.

—Claro...

Se giró y caminó hacia la puerta indicada.

Esta se abrió automáticamente cuando se acercó.

Al otro lado encontró otra habitación.

Esta era mucho más grande.

Había una mesa en el centro y, sentado detrás de ella, había un hombre vestido con una bata blanca.

Tenía la piel morena, llevaba lentes y sostenía una carpeta entre sus manos.

El hombre levantó la mirada.

—Siéntate.

Leo dudó.

—¿Aquí?

—Sí.

Leo tomó asiento.

El hombre dejó la carpeta sobre la mesa.

—Bien. Vamos a hacerlo rápido.

Leo arqueó una ceja.

—¿Otro empleado que odia su trabajo?

—Algo así.

El hombre suspiró.

—Leo, has sido seleccionado para un proceso de reencarnación.

—Eso ya me lo dijeron.

—Perfecto. Entonces nos ahorramos cinco minutos.

El hombre abrió la carpeta.

—Fuiste seleccionado debido a tus circunstancias personales. No tienes vínculos suficientemente fuertes que puedan generar una alteración significativa en tu mundo de origen en caso de desaparecer.

Leo se quedó mirándolo.

—Espera.

El hombre levantó la mirada.

—¿Qué?

—¿Me estás diciendo que me eligieron porque nadie me va a extrañar?

—Básicamente.

Silencio.

Leo bajó ligeramente la mirada.

Aquella respuesta había sido mucho más fría de lo que esperaba.

—Vaya...

El hombre continuó hablando como si estuviera explicando un trámite administrativo.

—Serás enviado a otro universo. No podrás regresar a tu mundo original. Tu memoria será conservada y recibirás un nuevo cuerpo adaptado al universo de destino.

Leo levantó la cabeza.

—¿Y qué universo es ese?

—No puedo revelarlo todavía.

—¿Por qué?

—Porque forma parte del proceso.

—¿Y puedo negarme?

El hombre cerró la carpeta.

—No.

Leo parpadeó.

—¿No?

—No.

—¿Entonces me están obligando?

—Sí.

Leo se quedó en silencio durante unos segundos.

Después soltó una pequeña risa incrédula.

—Esto es una locura.

—Probablemente.

—¿Y qué pasa si no quiero ir?

—Vas a ir.

—¿Y si me niego?

—Vas a ir.

—¿Y si intento escapar?

El hombre señaló tranquilamente la puerta.

—Puedes intentarlo.

Leo miró hacia la puerta.

Luego volvió a mirarlo.

—...¿Y qué tan imposible sería?

—Bastante.

—Entiendo.

El hombre volvió a abrir la carpeta.

—Sin embargo, no serás enviado completamente desprotegido.

Leo levantó una ceja.

—¿Qué quieres decir?

—Puedes elegir dos elementos para llevar contigo. Pueden ser poderes, habilidades, objetos o sistemas tecnológicos.

Ahora sí, la expresión de Leo cambió.

—¿Lo que quiera?

—Dentro de ciertos límites.

Leo empezó a pensar.

No tardó demasiado.

Había algo que siempre había querido tener.

Algo que conocía perfectamente.

Algo que, si realmente iba a terminar en otro universo, podía cambiarlo todo.

Una de las pocas cosas que tenía como buenos recuerdos de su infancia.

—Quiero el Ultimatrix recalibrado de Ben 10.000.

El hombre dejó de pasar las páginas.

—¿El de Supremacía Alienígena?

—Sí.

—¿Con acceso a las transformaciones?

—Sí.

Leo sonrió ligeramente.

—Y quiero que tenga almacenado el ADN de todos los alienígenas que conozco.

El hombre lo observó durante unos segundos.

—Eso es bastante específico.

—Lo sé.

—¿Algo más?

Leo pensó durante un instante.

Entonces recordó otra cosa.

—Quiero tener maná.

—¿Maná?

—Como Gwen Tennyson. Quiero tener la capacidad de utilizarlo y saber cómo hacerlo correctamente.

El hombre permaneció callado.

Finalmente, cerró la carpeta.

—Aceptado.

Leo parpadeó.

—¿Así de fácil?

—Sí.

—¿No vas a negociar?

—No.

—¿Ni decirme que estoy pidiendo demasiado?

—No es lo más loco que han pedido.

—¿Y que sería eso?

—Alguien pidió tener el cuerpo y poderes de Goku AF de la saga de cellbuzer

—Vaya...

El hombre tomó un pequeño dispositivo que se encontraba sobre la mesa.

—Entonces queda establecido.

Presionó un botón.

—Recibirás el Ultimatrix recalibrado de Ben 10.000, con el banco genético solicitado, además de la capacidad de manipular maná y los conocimientos necesarios para utilizarlo.

Leo asintió lentamente.

—Bien.

—También recibirás un cuerpo más joven y compatible con el universo al que serás enviado.

Leo frunció el ceño.

—¿Más joven?

—Sí.

—¿Qué edad?

El hombre sonrió ligeramente.

—Lo descubrirás cuando llegues.

—Eso no suena muy tranquilizador.

—No pretendía serlo.

Leo soltó una pequeña risa.

—Definitivamente odio este lugar.

—No eres el primero.

De repente, el suelo bajo los pies de Leo comenzó a iluminarse.

—¿Qué...?

Una luz blanca apareció alrededor de su cuerpo.

Leo se levantó rápidamente.

—¡Espera! ¡Ni siquiera me has dicho a qué universo voy!

El hombre volvió a colocarse los lentes.

—Buena suerte.

—¡¿Eso es todo?!

La luz aumentó.

—¡Oye!

El cuerpo de Leo comenzó a desaparecer dentro del resplandor.

—¡Al menos dime qué demonios me espera!

La habitación quedó completamente cubierta por una intensa luz blanca.

Y entonces...

Desapareció.

Silencio.

El hombre miró el lugar donde Leo había estado sentado.

Después tomó su computador y comenzó a escribir.

—Reencarnación número7.421...

Pausa.

—Destino: universo de héroes.

Hizo clic.

—Estado: completado.

Y volvió a trabajar como si nada hubiera ocurrido.

...

..

.

La sensación de caída fue lo primero que Leo experimentó.

—¡¿QUÉ—?!

¡PLOF!

Leo cayó directamente dentro de un enorme contenedor de basura.

—¡AU!

El impacto hizo que varias bolsas de basura se aplastaran debajo de él mientras un olor bastante desagradable comenzaba a invadirle la nariz.

—...Puaj.

Leo permaneció unos segundos boca arriba, mirando el pequeño pedazo de cielo que podía ver entre los edificios.

—Definitivamente esto no estaba en el contrato.

Se incorporó lentamente y apartó una bolsa que había terminado encima de su cabeza.

—¿En serio? ¿No podían mandarme a un lugar normal?

Miró a su alrededor.

Estaba dentro de un callejón estrecho, rodeado por edificios altos. Había algunas cajas apiladas contra las paredes y varios contenedores de basura.

Leo salió del contenedor con cierta dificultad y aterrizó sobre el suelo.

—Bueno...

Se sacudió la ropa.

—Al menos sigo vivo.

Entonces se detuvo.

Algo no estaba bien.

Leo miró hacia abajo.

Sus piernas parecían... diferentes.

No demasiado.

Pero definitivamente eran más largas.

Levantó ambas manos y comenzó a observarlas.

—Espera.

Se llevó una mano a la cabeza.

—¿Soy más alto?

Se acercó a una pared y utilizó una pequeña ventana como referencia.

—Mmm...

Calculó aproximadamente su nueva altura.

—¿Uno setenta y cinco? ¿Un poco más?

Se quedó pensando.

—Supongo que eso cuenta como cuerpo joven y adaptado.

Entonces sintió algo extraño en su muñeca izquierda.

Un peso.

Un objeto que definitivamente no había estado ahí antes.

Leo levantó el brazo.

Sus ojos se abrieron.

—No puede ser...

Ahí estaba.

ElUltimatrix recalibrado.

Su diseño era exactamente el que había pedido, pero había algo que llamó inmediatamente su atención.

El verde.

Un verde menta intenso recorría diferentes partes del dispositivo, contrastando con las zonas oscuras y metálicas.

Leo sonrió.

—Verde menta...

Pasó los dedos sobre la estructura.

—Mi color favorito.

La sonrisa se hizo más grande.

—Esto sí que fue una buena elección.

Movió ligeramente la muñeca.

El dispositivo reaccionó.

Una pequeña iluminación recorrió su superficie.

Leo tragó saliva.

—Realmente me dieron un Ultimatrix...

Por un momento olvidó completamente dónde estaba.

Después recordó algo.

Su cuerpo.

Si tenía un cuerpo nuevo, necesitaba saber qué aspecto tenía.

—Veamos.

Leo salió un poco más del callejón hasta encontrar un escaparate de vidrio.

Se acercó.

Y se quedó completamente quieto.

—...

El reflejo que tenía delante no parecía suyo.

O, mejor dicho...

Sí era suyo.

Pero era una versión mucho más joven.

Un chico de apariencia adolescente, rostro fino, facciones bastante atractivas y una mirada verde que destacaba inmediatamente.

Pero había una característica imposible de ignorar.

Su cabello.

Erarosado.

No un rosa suave.

Era un rosa intenso y llamativo, ligeramente despeinado, con mechones que caían de forma desordenada sobre su frente.

Leo se tocó el cabello.

El reflejo hizo exactamente lo mismo.

—...¿Pelo rosa?

Se pasó ambas manos por la cabeza.

—¿En serio?

Se miró nuevamente.

—Bueno...

Inclinó un poco la cabeza.

—No voy a mentir.

Sonrió.

—Estoy bastante guapo.

Se quedó observándose unos segundos más.

—Bastante, bastante guapo.

Luego miró su ropa.

Una camiseta roja, una sudadera negra con capucha, pantalones vaqueros oscuros y zapatillas negras y rojas.

—Al menos conservaron mi estilo.

Pero antes de poder seguir examinándose...

¡PUM!

Un dolor repentino atravesó su cabeza.

—¡Ah!

Leo se llevó ambas manos a las sienes.

Cerró los ojos.

Durante unos segundos sintió como si miles de datos estuvieran siendo introducidos directamente en su cerebro.

Fórmulas.

Conceptos.

Sensaciones.

Una energía que podía sentir pero que jamás había utilizado.

—¿Qué demonios...?

El dolor desapareció tan rápido como había aparecido.

Leo respiró profundamente.

—Mana...

Ahora sabía qué era.

Sabía cómo sentirlo.

Cómo acumularlo.

Cómo manipularlo.

Cómo convertirlo en energía.

—Así que esto era el segundo regalo.

Extendió lentamente una mano.

Cerró los ojos.

Respiró.

Intentó recordar las instrucciones que acababan de aparecer en su mente.

No necesitaba decir ningún hechizo.

Solo debía concentrarse.

Sentir la energía.

Extraerla.

Moldearla.

Leo abrió los ojos.

Una pequeña luz verde menta comenzó a aparecer sobre la palma de su mano.

—...

La energía fue creciendo poco a poco hasta convertirse en una pequeña esfera flotante.

Era de un color verde menta brillante.

Leo abrió completamente los ojos.

—Lo hice.

La esfera flotó sobre su palma.

—Realmente lo hice.

Movió los dedos.

La esfera comenzó a girar lentamente.

—Esto es...

Leo sonrió.

—Increíble.

Durante unos segundos simplemente contempló aquella pequeña esfera de energía.

Después cerró la mano.

La esfera desapareció.

—Bien.

Miró nuevamente su muñeca.

—Ultimatrix.

Tocó ligeramente el dispositivo.

—Mana.

Miró sus manos.

—Y un cuerpo nuevo.

Leo respiró profundamente.

—Definitivamente no estoy en mi mundo.

Entonces escuchó voces.

Personas caminando.

Leo levantó la cabeza.

Salió del callejón.

Y lo que encontró al otro lado hizo que se detuviera.

Una ciudad enorme.

Calles llenas de personas.

Edificios modernos.

Carteles.

Vehículos.

Pantallas.

Todo parecía extrañamente familiar.

Leo observó uno de los carteles.

Los símbolos eran diferentes a los que estaba acostumbrado a ver.

—...

Se acercó.

—Eso parece japonés.

Miró otro.

Luego otro.

—¿Japón?

La idea comenzó a tomar forma en su cabeza.

—No...

Entonces recordó las últimas palabras del hombre de la bata.

“Universo de héroes.”

Leo sintió un escalofrío.

—No puede ser.

Miró nuevamente a las personas.

Y entonces notó algo.

Una mujer caminaba tranquilamente por la acera.

Tenía pequeñas protuberancias similares a cuernos en la cabeza.

Leo parpadeó.

—...

Un hombre pasó junto a ella.

Tenía una piel extrañamente azulada.

Leo giró lentamente la cabeza.

—...

Más adelante vio a alguien con una cola.

Otra persona tenía unas orejas que parecían de animal.

Y alguien más poseía una apariencia completamente distinta a la humana.

Leo se quedó mirando.

—¿Qué...?

Una persona pasó frente a él con una enorme sonrisa mientras llevaba tranquilamente una bolsa de compras.

Leo comenzó a conectar las piezas.

Personas con características animales.

Personas con cuerpos completamente diferentes.

Habilidades aparentemente imposibles.

Japón.

Un universo de héroes.

Y entonces una palabra apareció en su mente.

Quirks.

Leo abrió lentamente los ojos.

—No...

Miró su Ultimatrix.

Después miró la ciudad.

—¿Me mandaron al mundo de...

Una sonrisa comenzó a aparecer en su rostro.

—Boku no Hero Academia?

Leo se quedó completamente quieto.

Luego miró nuevamente a su alrededor.

—¿En serio?

Por primera vez desde que había aparecido en aquel mundo, Leo soltó una carcajada.

—¡JA!

Algunas personas voltearon a verlo.

Leo rápidamente intentó recuperar la compostura.

—Sorry.

Se aclaró la garganta.

—Nada.

Pero por dentro estaba completamente alucinado.

Había terminado en un mundo donde aproximadamente el ochenta por ciento de la población poseía habilidades especiales.

Un mundo donde existían héroes profesionales.

Villanos.

Escuelas para héroes.

Y, si sus recuerdos eran correctos...

Una historia que conocía bastante bien.

Leo bajó la mirada hacia su muñeca.

El Ultimatrix seguía ahí.

—Esto va a ser interesante.

Sonrió.

—Muy interesante.

Sin embargo, después de unos segundos su expresión cambió.

Recordó algo.

Su antigua vida.

Su casa.

Las calles.

Las persecuciones.

Las noches en una celda.

Todo aquello había quedado atrás.

Ya no era el Leo de antes.

Ahora tenía un cuerpo nuevo.

Un Ultimatrix.

Mana.

Y estaba en otro universo.

Leo observó el cielo entre los edificios.

—Supongo que...

Se acomodó la capucha.

—Ahora tengo que descubrir qué hago con mi nueva vida.

Y con aquella idea en mente, Leo comenzó a caminar por las calles de aquel nuevo mundo sin saber que acababa de dar su primer paso hacia una historia que cambiaría por completo el futuro de Japón.

Leo miró el Ultimatrix durante unos segundos.

—Ultimatrix, activa traductor universal. Código diez.

El dispositivo cobró vida con un pequeño pitido.

—Traductor universal activado.

En ese instante, algo cambió.

Las voces que antes sonaban completamente desconocidas comenzaron a adquirir sentido. Leo podía entender perfectamente el japonés, como si toda su vida hubiera hablado aquel idioma.

—Qué conveniente.

Con las manos dentro de los bolsillos de su sudadera, Leo continuó caminando por las calles mientras pensaba en su situación.

—Bien... ahora que lo pienso, estoy en Boku no Hero.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Es bueno.

Pero entonces su expresión se volvió pensativa.

—Aunque ahora que lo sé... ya tengo una meta.

Leo levantó la mirada.

—Robarle el One For All a Deku.

De una manera u otra, lo conseguiría.

No tenía idea de en qué punto de la historia se encontraba, pero eso no importaba demasiado.

—El One For All está desperdiciado en alguien como Deku.

Leo siguió caminando tranquilamente.

—Nunca llegó a sacarle todo su potencial. Y eventualmente terminó perdiéndolo.

Para él, aquello demostraba que alguien como él podría aprovecharlo mucho mejor.

—Aunque algunos podrían decirme: “¿No te parece malvado robarle el sueño a un chico que ha sufrido tanto?”

Leo soltó una pequeña risa.

—No.

Su mirada se endureció.

—Él no sabe lo que es sufrir.

Leo sí.

Había pasado por suficientes cosas como para saberlo.

—Yo sí.

Se encogió de hombros.

—Además... ¿qué es lo peor que podría pasar?

No parecía demasiado preocupado por las consecuencias.

—No creo que afecte tanto a este mundo.

Continuó caminando.

—Además, con mis poderes actuales podría convertirme fácilmente en uno de los mejores héroes del mundo.

Una sonrisa confiada apareció en su rostro.

—Probablemente el número uno.

Luego recordó su segunda habilidad.

—Y todavía tengo el maná.

Leo levantó una mano y movió ligeramente los dedos.

—Puedo utilizar magia.

Todavía era un principiante, pero eso no significaba que fuera a permanecer así.

—Si entreno, mis habilidades van a mejorar.

Bajó la mano.

—Mucho.

Unas calles más adelante, Leo se detuvo de golpe.

—¿Hm?

Una escena había llamado su atención.

Un grupo de personas se encontraba reunido en una calle.

Varias chicas estaban siendo intimidadas por un hombre enorme, cuya apariencia dejaba bastante claro que poseía un Don de tipo mutante. Su cuerpo era gigantesco y tenía un aspecto rocoso, mientras que una enorme gabardina cubría buena parte de su figura.

Las chicas parecían asustadas.

Leo observó la escena.

Nadie intervenía.

La mayoría de las personas simplemente continuaba caminando, fingiendo no haber visto nada.

A su lado, un chico de cabello oscuro también se había detenido.

—Oh, no...

Leo lo miró brevemente.

El chico parecía tener aproximadamente su misma edad.

Pero Leo volvió a concentrarse en el problema.

—Parece que es tiempo de ser héroe.

El chico pelinegro lo miró confundido.

—¿Eh?

Leo ni siquiera respondió.

Activó el Ultimatrix.

El selector apareció frente a él.

Una silueta apareció finalmente.

Un holograma verde menta reveló aCuatro Brazos.

Leo sonrió.

—Perfecto.

Presionó el núcleo.

Un destello verde recorrió su cuerpo.

Cuando la luz desapareció, Leo ya no estaba allí.

En su lugar se encontraba un enorme Tetramand de piel azul, cuatro brazos musculosos, cuatro ojos y el símbolo del Ultimatrix brillando en el centro de su pecho, sujeto por los cuatro arneses.

El gigante giró la cabeza.

—¡OYE, IDIOTA!

La voz de Cuatro Brazos hizo que toda la calle se quedara en silencio.

El hombre rocoso lo miró.

Cuatro Brazos señaló hacia él.

—¿Por qué no te metes con alguien de tu tamaño y dejas tranquilas a las chicas?

El gigante apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Cuatro Brazos se lanzó hacia él y conectó un poderoso golpe que lo hizo perder el equilibrio y caer al suelo.

Antes de que pudiera levantarse, Cuatro Brazos saltó.

—¡Toma esto!

Descendió con fuerza, obligándolo a quedarse completamente inmóvil.

El enorme Tetramand aterrizó frente a él y cerró uno de sus cuatro puños.

—Pendejo no duro nada.

El gigante intentó incorporarse.

Cuatro Brazos le dio un último golpe contundente que lo dejó inconsciente.

—Ni siquiera me duraste un segundo...

Cuatro Brazos bajó lentamente sus brazos.

Después llevó una de sus manos hasta el símbolo del Ultimatrix situado en su pecho.

Un destello verde volvió a cubrirlo.

Cuando desapareció, Leo estaba nuevamente frente a las chicas y al muchacho de cabello oscuro.

Había sido él quien las había salvado.

Y todos acababan de verlo.

Se bajo de un salto al suelo para luego mirar a las chicas y sonreír de manera engreida.

—¿Estan bien?—Preguntando a lo cual una de las chicas asintió.

Mientras que una de ellas de piel rosada y ojos amarillos con unos pequeños cuernos que sobresalían de su cabeza además de tener el cabello rosado como su piel.

—¡Eso fue genial!

Dijo mientras se acercaba a Leo.

—¿Me llamo Mina Ashido, ¿Cual es tu nombre?, ¿Cual es tu quirk? ¿Es de mutación? ¿Vas a ir a la U.A?

Leo puso sus manos en los hombros de la chica.

—Wow, wow, wow. Una pregunta a la vez rosadita. ¿Me llamo?.

Hizo una pausa para pensar unos segundos.

—Sora, mi nombre es Sora Tennyson.

—No pareces ser de acá. ¿Eres extranjero?

—De hecho si lo soy, vine para estudiar en la U.A

—Wow, eres el primer latino que conozco.

—Escucha rosidita me gustaría seguir conversando pero tengo que irme, antes de que lleguen los héroes y me pongan una multa.

—Ah... si entiendo.

Leo se despidió de las chicas y comenzó a caminar tranquilamente por la calle.

Había dado apenas unos pasos cuando escuchó una voz detrás de él.

—¡Espera!

Leo se detuvo y giró la cabeza.

Mina se había acercado rápidamente.

—¡Toma!

Le extendió una pequeña hoja arrancada de un cuaderno. Sobre ella había un número de teléfono escrito a mano.

—Es mi número. ¡Llámame cuando sepas lo de la U.A.!

Leo tomó el papel y lo guardó en uno de los bolsillos de su sudadera.

—Claro, rosadita.

Mina sonrió ampliamente.

—¡Nos vemos, Sora!

—Nos vemos, Mina.

Leo levantó una mano a modo de despedida y continuó caminando.

Mientras se alejaba, Mina se quedó observándolo durante unos segundos.

—Definitivamente quiero verlo en la U.A.

Por otro lado, el chico de cabello oscuro seguía parado en el mismo lugar.

Miró sus propias manos.

Las cerró lentamente en puños.

—Qué poder...

Recordó cómo aquel chico había aparecido de la nada para enfrentarse al delincuente mientras todos los demás simplemente habían continuado caminando.

—Y qué varonil...

Bajó la mirada.

Una sensación de frustración comenzó a crecer dentro de él.

—Yo también pude haber ayudado.

Apretó los dientes.

—Pero no hice nada.

Aquello le dolía más que cualquier otra cosa.

Mientras tanto, Leo ya había doblado la esquina.

Caminaba tranquilamente con las manos en los bolsillos.

Sacó durante un instante la pequeña hoja que Mina le había dado y la observó.

—Mina Ashido...

Sonrió.

—Así que también va a la U.A.

Guardó nuevamente el papel.

—Supongo que ya tengo mi primera futura compañera.

Leo continuó caminando por las calles de Japón, completamente ajeno a que aquel encuentro aparentemente casual acabaría siendo mucho más importante de lo que imaginaba.

Y, por ahora, simplemente siguió avanzando.

Sora caminaba tranquilamente por las calles, con las manos dentro de los bolsillos de su sudadera mientras observaba todo a su alrededor.

Había demasiadas cosas que todavía necesitaba descubrir sobre aquel mundo.

Pero una idea ocupaba su mente por encima de todas las demás.

Así que estoy antes de que la historia original empiece.

Sora sonrió ligeramente.

Lo que significa que todavía estoy a tiempo.

Sus pensamientos comenzaron a organizarse.

Solo tengo que estar atento a la ciudad. Si todo ocurre como recuerdo, eventualmente tendré la oportunidad de conseguir el One For All.

Para Sora, aquel era el objetivo principal.

El quirk más poderoso de todos.

Aunque había algo que tendría que solucionar primero.

Una vez que consiga el One For All, voy a tener que hacer que mi cuerpo lo asimile lo antes posible.

Miró de reojo su Ultimatrix.

Puedo utilizar uno de mis aliens con habilidades relacionadas con el tiempo para acelerar el proceso. Si consigo que mi cuerpo se adapte rápidamente al poder, no tendré que desperdiciar meses aprendiendo a utilizarlo.

Sonrió.

Después simplemente entrenaré el One For All a mi manera.

Sora no estaba demasiado preocupado por su condición física.

Desde que había llegado a aquel mundo había podido comprobar que su nuevo cuerpo era bastante atlético.

Incluso parecía estar en mejor condición que su antiguo cuerpo.

Además, todavía tengo tiempo.

Calculó mentalmente.

Como mínimo unos dos meses. Tal vez un poco más.

Eso era suficiente para prepararse.

Mientras caminaba, también pensó en otra cosa.

Necesito aprender lo básico de esta ciudad.

Idioma.

Moneda.

Transporte.

Direcciones.

Información general.

Todo aquello sería necesario si quería vivir allí sin levantar sospechas.

Pero entonces recordó algo.

Aunque...

Sora sonrió.

Para eso puedo usar a Materia Gris.

Con las capacidades intelectuales de aquel Galvan, aprender toda esa información sería cuestión de tiempo.

Así que no hay de qué preocuparse.

Continuó caminando.

Sin embargo, había otra cosa que ya había decidido.

Su antiguo nombre no tendría demasiado sentido en aquel mundo.

Si iba a empezar una nueva vida, necesitaba una nueva identidad.

—Desde ahora...

Sora levantó ligeramente la mirada.

—Sora Tennyson.

Ese sería su nombre.

Y así se identificaría ante los demás.

Sora continuó caminando durante varios minutos.

Hasta que algo llamó su atención.

Al fondo de la calle ocurrió algo completamente inesperado.

Una mujer rubia comenzó a aumentar de tamaño frente a una multitud.

—¿Eh?

Sora se detuvo.

Un instante después...

¡BOOM!

Una explosión resonó por toda la calle.

Los civiles comenzaron a apartarse mientras algunos héroes llegaban rápidamente al lugar.

Sora abrió los ojos.

—¿Esa era Mt. Lady...?

No necesitó pensarlo demasiado.

Aquella escena le resultaba demasiado familiar.

—No puede ser...

Sora comenzó a correr.

Se acercó rápidamente hasta llegar a la multitud.

—¡Permiso!

Se abrió paso entre varias personas hasta conseguir ver lo que estaba ocurriendo.

Y entonces la reconoció.

Una criatura de baba verdosa mantenía atrapado a un chico rubio.

El joven se agitaba desesperadamente mientras pequeñas explosiones salían de sus manos.

—¡SUÉLTAME!

Sora se quedó mirando la escena.

—Oh...

Sus ojos recorrieron rápidamente la multitud.

Entonces sí ocurrió.

Buscó inmediatamente a una persona.

Un chico de cabello verde.

Lo encontró.

Estaba cerca de la multitud, temblando ligeramente, como si estuviera muerto de frío.

Sora miró nuevamente alrededor.

No encontró a la otra persona.

Así que está aquí.

Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.

Deku.

Aquella era su oportunidad.

Sora no hizo nada todavía.

Simplemente esperó.

Necesitaba el momento adecuado.

Y entonces ocurrió.

El chico de cabello verde comenzó a correr.

Directamente hacia el villano.

Sora abrió los ojos.

Ahora.

El joven salió disparado hacia el rubio explosivo.

—¡Kacchan!

Sora extendió una mano.

Una energía verde menta apareció alrededor de sus dedos.

—Lo siento, Deku.

De su mano surgió un látigo de maná.

La energía se extendió rápidamente y se enrolló alrededor del torso del peliverde.

—¿Qué...?

Sora tiró.

¡FWOOSH!

El chico fue arrancado de su trayectoria y regresó hacia la multitud, cayendo sobre el suelo y rodando un par de metros.

Sora inmediatamente deshizo el látigo.

—Uno menos.

El villano giró hacia él.

Sora levantó ambas manos.

Una esfera de maná verde menta apareció entre sus palmas.

—Ahora tú.

Lanzó la esfera.

La energía golpeó directamente el rostro del villano.

—¡AAAGH!

La criatura retrocedió, perdiendo momentáneamente la concentración.

Sora aprovechó la oportunidad.

Otra cuerda de maná apareció en su mano.

Esta vez se lanzó directamente hacia el chico rubio.

—¡Te tengo!

El látigo se enrolló alrededor de su torso.

Sora clavó los pies en el suelo y tiró con todas sus fuerzas.

—¡Vamos!

La energía se retrajo violentamente.

El chico rubio salió disparado del cuerpo del villano y fue arrastrado hacia la multitud.

Sora no perdió tiempo.

Extendió ambas manos.

—Ahora quédate quieto.

Una estructura de maná apareció alrededor del villano.

Primero una pared.

Luego otra.

Después el techo.

En cuestión de segundos, un cubo de energía verde menta había encerrado completamente al villano.

—Listo.

Sora cerró lentamente ambas manos.

El cubo comenzó a reducirse.

La estructura comprimió su tamaño hasta convertirse en un pequeño cubo que Sora pudo sostener con ambas manos.

El villano quedó atrapado dentro.

Sora lo levantó.

—Mucho mejor.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia los héroes.

Entre ellos había uno particularmente llamativo, con unas manos enormes.

Sora se acercó y le lanzó el cubo.

—Ahí tienes tu regalito~

El héroe atrapó el cubo por reflejo.

Sora simplemente se dio la vuelta.

—Nos vemos.

Comenzó a alejarse.

Pero apenas había avanzado unos pasos cuando una voz molesta lo detuvo.

—¡Oye, muchacho!

Sora se detuvo.

Giró lentamente la cabeza.

Uno de los héroes se acercó con expresión seria.

—Vas a recibir una sanción por utilizar tu particularidad en público sin autorización.

Sora lo observó durante unos segundos.

Luego miró alrededor.

Había varios héroes presentes.

—¿Una sanción?

—Sí. Has utilizado tu Don sin autorización y has intervenido en una operación de héroes.

Sora soltó una pequeña risa.

—¿En serio?

El héroe frunció el ceño.

—¿Qué tiene de gracioso?

Sora señaló alrededor.

—Son siete héroes.

El héroe guardó silencio.

—Siete.

Sora continuó.

—Y una de ustedes estaba literalmente mostrando el trasero frente a todas las cámaras mientras el villano tenía atrapado a ese chico.

Algunos de los héroes se quedaron incómodos.

Sora señaló hacia la multitud.

—Todos ustedes pudieron hacer algo.

Después señaló al villano.

—Pero decidieron esperar.

El héroe intentó responder.

—Estábamos esperando una oportunidad adecuada para utilizar nuestros Dones sin poner en peligro a los civiles.

—Exactamente.

Sora sonrió con ironía.

—Estaban esperando a que apareciera alguien con un Don que beneficiara la situación.

El héroe permaneció callado.

—Mientras tanto, ese rubio no tenía tiempo.

Sora señaló al joven que acababa de rescatar.

—Así que no me venga a sacar en cara que utilicé mi Don cuando ustedes tuvieron la oportunidad de intervenir y decidieron esperar.

El héroe apretó los dientes.

—Eso no te da derecho a—

—Ya terminé.

Sora levantó una mano.

—Que tengan buen día.

Y simplemente comenzó a caminar.

Los héroes permanecieron en silencio.

La multitud también.

Mientras Sora se alejaba, nadie parecía saber muy bien qué acababa de ocurrir.

Pero desde una distancia prudente, un hombre alto de cabello rubio observaba la escena.

Su apariencia era extremadamente delgada, casi esquelética.

Sus ojos seguían fijamente a Sora.

Había escuchado cada palabra.

Había visto cada movimiento.

Y, sobre todo...

Había visto el poder de aquel extraño muchacho.

El hombre entrecerró los ojos.

—Interesante...

Sora continuó alejándose sin saber que acababa de llamar la atención de una de las personas más importantes de aquel mundo.

Final del capítulo.

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Preguntas:

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