Capítulo 1
El llanto de la recién nacida no era un grito de auxilio, sino una vibración aguda que hizo vibrar el cristal de la única ventana entera en el callejón de la Hilandera. En la planta baja, la madera crujió bajo el peso de las botas de Tobias Snape. El olor a cerveza rancia y a hollín precedió al hombre antes de que abriera de golpe la puerta del dormitorio.
—Otra boca. Otro engendro —dijo Tobias, agarrando a Eileen por el hombro desnudo y sacudiéndola con furia—. Escúchame bien, mujer. Ya tengo suficiente con el crío raro de un año que se queda mirando las paredes. No voy a mantener a otra de tus monstruosidades. La sacas de esta casa antes del amanecer o te vas tú con tus dos engendros a pudrirte bajo el puente.
Eileen, con el rostro pálido y los labios secos, apretó a la criatura contra su pecho. En el rincón de la habitación, el pequeño Severus, de apenas doce meses, observaba la escena con ojos oscuros y fijos, abrazando una cobija desgastada sin emitir un solo sonido. Eileen no lloró; la casa de los Snape le había secado las lágrimas hacía tiempo. Con manos temblorosas, envolvió a la niña en una manta raída, caminó en silencio hasta el zócalo de la puerta trasera, bajo la lluvia helada de la madrugada, y dejó el bulto sobre el escalón de piedra antes de cerrar la puerta con un chasquido sordo.
Pero el destino de los Prince no se abandona en el barro.
Desde la penumbra de la callejuela, envuelto en una túnica de lana pesada teñida de un verde tan oscuro que parecía negro, Lord Arcturus Prince observaba. Había seguido el rastro del declive de su hija desde el momento en que huyó. Al ver a Eileen dar la espalda a su propia sangre, el anciano avanzó sin hacer ruido. Se inclinó, levantó a la pequeña y miró su rostro. Los ojos de la bebé, fijos en él, no mostraban el destello infantil común, sino una calma abisal.
—No serás una corderilla sacrificada en el hogar de un muggle, pequeña —murmuró Arcturus. Su voz era como el crujido de hojas secas—. Te llamarás Jade, como tu abuela. Y serás el orgullo que tu madre no supo mantener.
Jade creció en la mansión Prince, un bastión de piedra negra sepultado en las colinas que no figuraba en ningún mapa ni respondía a ningún encantamiento cartográfico común. Mientras en otras casas puras la magia se enseñaba a través de la mediación de una varita de pino o nogal, Lord Prince enseñó a su nieta desde los cuatro años a moldear la energía con las manos desnudas.
—La varita es solo una muleta para las mentes flojas, Jade —le decía el anciano una tarde en la biblioteca, mientras el humo de un caldero de plata ascendía en espirales perfectas—. Los Black presumen de su elegancia, los Malfoy de su oro, y los Nott de su crueldad. Pero nosotros dominamos el núcleo. La magia no se pide; se exige.
—Abuelo —preguntó la niña, observando cómo las cenizas del chimenea flotaban y tomaban la forma de un pájaro bajo la presión de sus pequeños dedos—, si nosotros somos tan poderosos, ¿por qué Severus vive en esa casa fea que me mostraste en el pensadero?
Arcturus suspiró, dejando su tintero de cristal sobre la mesa de caoba. Nunca le había ocultado la existencia de su hermano mayor. Le había mostrado las memorias con precisión quirúrgica, sin odio desmedido, pero con la fría realidad de la aristocracia mágica.
—Tu hermano vive allí porque tu madre eligió la debilidad —respondió el anciano, mirándola con fijación—. Severus lleva nuestra sangre, pero está atrapado en el barro. Algún día lo verás en Hogwarts. Y cuando ese día llegue, debes recordar que tú eres el pilar de esta casa. Él tendrá que decidir si se eleva o si se hunde en la miseria de su padre. Tu deber no es compadecerlo, Jade, sino ser tan fuerte que nadie pueda volver a pisotear a un Prince.
El régimen de educación de Jade no dejaba espacio para la indolencia. Mientras las familias de alta cuna contrataban tutores para enseñar etiqueta y gramática latina, Arcturus trajo a los maestros más herméticos del continente. Madam Vane, una alquimista de Praga con los dedos manchados de plata, le enseñó la preparación de venenos que no dejaban rastro ni en la magia ni en la anatomía. Un antiguo duelista del Imperio Otomano le enseñó a leer las intenciones del oponente a través del ritmo respiratorio antes de que la mano tocara la túnica.
A los siete años, Jade ya dominaba el arte de hervir pociones de nivel E.X.T.A.S.I. y podía encender un fuego fatuo en la palma de su mano sin pronunciar un solo incantatio. Cuando la noticia de la existencia de la legítima heredera Prince comenzó a filtrarse por los pasillos del Ministerio y las salas de estar de la alta sociedad, el pánico y la ambición se desataron a partes iguales. Los Prince no eran simplemente una familia sagrada; eran los poseedores de tomos de magia ancestral y secretos farmacéuticos que las demás casas codiciaban para garantizar su supervivencia.
Las cartas de presentación y los regalos no tardaron en inundar el vestíbulo de la mansión. Lord Abraxas Malfoy envió una tiara de diamantes de las minas goblin envuelta en seda de araña, sugiriendo una futura correspondencia entre la niña y su hijo Lucius. Lord Nott mandó un juego de dagas de plata talladas con runas de protección para su heredero. Incluso la casa Black hizo llegar un camafeo de azabache con la promesa de una alianza inquebrantable.
Una noche, mientras observaban la montaña de obsequios amontonados en la sala de recibimiento, Arcturus tomó un cáliz de vino y miró a su nieta, que examinaba un pesado anillo de zafiro enviado por la familia Avery con evidente desdén.
—Todos ellos quieren tu mano, Jade —dijo el anciano con una sonrisa severa—. Creen que unirse a ti es el peldaño que les falta para gobernar el mundo mágico. Piensan que voy a venderte como hicieron los Rosier o los Black con sus hijas.
Jade dejó caer el anillo sobre la mesa con un chasquido metálico.
—No necesito que nadie me proteja con su apellido, abuelo. Su magia es ruidosa y torpe. Los vi en las audiencias del Ministerio; necesitan gritar para encender una vela.
Arcturus dejó salir una carcajada profunda que hizo eco en las altas bóvedas de la sala.
—Así se habla. Escúchame bien, niña. He enviado una carta a cada una de esas casas. Les he dicho que Lord Prince no obliga a su heredera a nada. No habrá contratos matrimoniales firmados en tu cuna. Serás tú quien elija si desea estar con alguien, o si prefieres gobernar sola. Que envíen sus regalos, que gasten su oro y que sospechen de nuestro poder. Cuando entres a Hogwarts, verán lo que significa la verdadera sangre pura.
Jade miró hacia la gran chimenea, donde las llamas verdes ardían sin consumir la madera. Pensó en la foto que su abuelo guardaba en un cajón secreto: un niño flaco, de cabello negro y mirada triste, viviendo en la oscuridad de Callow End. Faltaban pocos años para cruzar sus caminos, y Jade sabía que para entonces, el nombre Prince no evocaría lástima, sino un respeto absoluto que haría temblar a cualquiera que intentara interponerse en su camino.
Los años en la Hilandera no fueron simplemente difíciles para Severus; fueron una lección diaria de supervivencia en un entorno donde el aire mismo olía a miseria, alcohol rancio y metal oxidado. En la pequeña casa de ladrillos gastados, la violencia no siempre venía acompañada de gritos; muchas veces era un silencio denso y amenazante que precedía al golpe de Tobias Snape.
Severus creció contando las grietas del techo para distraerse del hambre. Su madre, Eileen, se había convertido en un espectro consumido por el arrepentimiento, moviéndose por la casa como una sombra que apenas se atrevía a respirar para no encender la furia de su esposo. Para Tobias, cada plato roto, cada factura sin pagar y cada mirada de Severus era una afrenta personal.
—¡Mírame cuando te hablo, sabandija! —gritaba Tobias, sujetando a Severus por el cuello de su desgastada camisa mientras lo empujaba contra la pared del pasillo—. Tienes esa misma mirada extraña que tu madre. No sirves para nada, ni para trabajar en la fábrica ni para ser un hombre de verdad.
Severus, con apenas siete u ocho años, aprendió a morderse el labio hasta sangrar antes que darle a su padre la satisfacción de escucharlo llorar. En las noches más frías, cuando el viento del invierno hacía crujir las ventanas rotas, se acurrucaba en su cama bajo mantas delgadas y pensaba en las pocas historias de magia que Eileen le había susurrado a escondidas. Pero incluso esos susurros venían acompañados de una sombra: la mención lejana de una hermana que él apenas recordaba, una criatura nacida en la misma penumbra pero que, según los murmullos de su madre, había sido reclamada por un destino inalcanzable.
A diferencia de lo que ocurre en otros relatos, la presencia de Lily Evans en el vecindario no fue un refugio para Severus. Lily era la hija de una familia acomodada de la zona más limpia del pueblo. Para ella y sus amigas, el niño flaco de pelo grasiento y ropas demasiado grandes no era más que un objeto de burla o de lástima distante.
En una ocasión, en el parque abandonado cerca del río, Severus había intentado mostrar un destello de la magia que florecía involuntariamente en sus dedos, haciendo que una hoja subiera flotando por el aire. Lily, que pasaba por allí junto a su hermana Petunia, se detuvo a mirarlo.
—¡Miren al raro de los Snape! —exclamó Petunia con desdén—. Está jugando con la basura otra vez.
Lily no lo defendió. Se limitó a mirar la hoja con una mueca de desconfianza y ligera repulsión antes de cruzarse de brazos.
—Eso no es normal, Severus. Eres un chico muy extraño y espeluznante. Deberías dejar de hacer esas cosas y lavarte la cara —dijo Lily con una frialdad infantil que se clavó en el pecho del niño mucho más que los insultos de Petunia.
Severus aprendió a cerrar su mente y su corazón. No buscó la amistad de los Evans ni la de nadie en el mundo muggle. Se volvió reservado, observador y desconfiado, esperando con desesperación el día en que la carta de Hogwarts lo sacara de aquel infierno.
El Gran Comedor de Hogwarts resplandecía bajo miles de velas flotantes la noche del primero de septiembre. Para Severus, el calor de las chimeneas y la abundancia de los platos dorados eran un contraste casi abrumador con la penumbra de la Hilandera. Sin embargo, su aspecto desaliñado —la túnica de segunda mano visiblemente corta y su postura encorvada— no pasó desapercibido para los alumnos que lo rodeaban en la fila de primer año.
Cerca de él, un grupo de muchachos de túnicas impecables ya murmuraba entre risas. Eran James Potter y Sirius Black, escoltados por Peter Pettigrew y Remus Lupin.
—Mira a ese, Sirius —murmuró James en voz baja, ajustándose las gafas con arrogancia mientras señalaba con la barbilla a Severus—. Parece que lo sacaron de un cubo de basura antes de subir al tren.
—Tiene el pelo tan grasiento que podríamos encender una antorcha con él —respondió Sirius con una risa sonora que hizo que varios estudiantes cercanos volvieran la cabeza.
Severus apretó los puños dentro de sus mangas, manteniendo la mirada fija en el frente, aunque la sangre le hervía en las sienes.
—¡Snape, Severus! —llamó la profesora McGonagall con voz firme.
El murmullo en el comedor se apagó ligeramente mientras Severus caminaba hacia el taburete. Se sentó y sintió el peso del viejo Sombrero Seleccionador cayendo sobre su cabeza, cubriéndole parcialmente los ojos.
La voz del sombrero resonó directamente en su mente, seca y penetrante:
—Vaya, vaya... ¿Qué tenemos aquí? Una mente llena de cicatrices, un orgullo lastimado pero sumamente afilado.
—Ponme en Slytherin —pensó Severus con vehemencia, apretando los dientes—. Ponme donde pueda demostrar lo que valgo.
—¿Slytherin, dices? —interrumpió el sombrero en su pensamiento—. Veo ambición, sí, un deseo ardiente de superar la miseria. Pero veo también un resentimiento profundo y un ansia de poder para protegerte del dolor. No hay calidez en ti, muchacho, solo el frío deseo de sobrevivir.
—No necesito calidez —replicó Severus mentalmente con amargura—. La calidez es para los débiles. Póngame en la casa de mi madre.
—La casa de tu madre... y el linaje que no conoces del todo —murmuró el sombrero, haciendo una pausa que pareció durar una eternidad en el silencio del comedor—. Hay una sombra sobre tu destino, Severus Snape. Si te envío a la casa de las serpientes, caminarás por un sendero oscuro y solitario, donde cada paso requerirá astucia y una voluntad de hierro. ¿Estás preparado para el precio que pagará tu alma?
—Estoy preparado para todo con tal de no volver a ser una víctima —sentenció el niño con una frialdad que sorprendió al propio artefacto mágico.
—Que así sea entonces... —dijo el sombrero en su mente, antes de abrir su grieta y gritar hacia el Gran Comedor con voz atronadora:
—¡SLYTHERIN!
La mesa de la túnica verde y plata aplaudió con moderación. Severus se levantó del taburete y caminó hacia su nueva casa. Al pasar cerca de la fila de los de primer año, sus ojos se cruzaron por un instante con los de Lily Evans, quien acababa de ser seleccionada para Gryffindor momentos antes. Ella lo miró con distanciamiento, casi con desaprobación, antes de darse la vuelta para felicitar a James Potter, quien le sonreía desde la mesa de los leones.
En ese momento, Severus entendió que en Hogwarts no encontraría aliados por compasión. Tendría que construir su propio camino a través del conocimiento, el rigor de la magia oscura y el arte impecable de las pociones, esperando el día en que la casa Prince y el mundo mágico entero tuvieran que reconocer su nombre.
El ambiente en el Gran Comedor de Hogwarts durante los primeros meses del año académico estaba marcado por tensiones invisibles y alianzas implícitas que solo las familias de sangre pura comprendían a la perfección. Entre las mesas, los nombres pesaban tanto como el linaje, y la Casa de Gryffindor no era la excepción a estas dinámicas de poder.
James Potter, único heredero de una de las familias puras más antiguas y adineradas de Gran Bretaña, caminaba por los pasillos con una elegancia innata que rozaba la arrogancia. Aunque la narrativa popular solía asociar a Gryffindor con una apertura hacia todas las procedencias mágicas, los Potter mantenían una postura firme y tradicionalista: la magia era un privilegio de la sangre, y los nacidos de muggles no eran más que advenedizos que intentaban apropiarse de un arte que no les pertenecía. James no sentía simpatía alguna por los muggles ni por quienes provenían de ellos, y su desprecio no era violento ni escandaloso, sino frío, calculado e indiferente.
Por esa razón, la presencia de Lily Evans en Gryffindor le resultaba especialmente molesta. La niña de cabellos cobrizos había llegado al colegio con una actitud que muchos consideraban insoportable. Lejos de mostrar la prudencia de quien entra en un mundo desconocido, Lily se comportaba con un orgullo desmedido, corrigiendo a sus compañeros en clase de Encantamientos, levantando la mano con vehemencia antes de que los profesores terminaran de formular las preguntas y mirando por encima del hombro a quienes no alcanzaban sus calificaciones. Para James, Evans no era más que una muggle engreída que pretendía dar lecciones a magos que llevaban siglos de tradición en sus venas.
—Mira cómo camina —murmuró James una tarde en la Sala Común, observando a Lily mientras ella cruzaba el lugar con la cabeza en alto, tras haber obtenido un sobresaliente en Transformaciones—. Actúa como si el mismísimo Merlín le hubiera concedido el derecho de estar aquí. Es infumable.
A su lado, Sirius Black se reclinó en el sillón de cuero, jugando con una moneda de galeón entre sus dedos. A diferencia del destino que muchos auguraban para él tras ser seleccionado en Gryffindor, la relación de Sirius con sus padres, Orion y Walburga Black, no se había roto. Aunque sus progenitores habían mostrado un descontento inicial por su ubicación en la casa de los leones, Sirius seguía siendo el primogénito y el legítimo heredero de la Nobilísima y Ancestral Casa de los Black. Su rebeldía no consistía en rechazar a su familia, sino en cuestionar sutilmente sus métodos extremos. No creía ciegamente en el fanatismo de la supremacía de la sangre, pero entendía las reglas del juego aristocrático y las jugaba a su favor. Era un heredero audaz, orgulloso y digno de su apellido, incapaz de arrodillarse ante nadie.
—Déjala que se desgañite en clase, James —contestó Sirius con una sonrisa de medio lado—. Al final del día, una caligrafía perfecta en Pergamino no le dará una bóveda en Gringotts ni un asiento en el Wizengamot. Que disfrute sus notas mientras duran.
En el grupo de los cuatro muchachos, la presencia de Peter Pettigrew y Remus Lupin aportaba un equilibrio particular. Aunque ambos eran mestizos, James y Sirius los toleraban e incluso los consideraban sus amigos cercanos. La razón era sencilla: ni Peter ni Remus intentaban aparentar lo que no eran ni se daban aires de grandeza. Peter era un muchacho decidido, sin la timidez torpe de otros niños de su edad, siempre dispuesto a seguir el ritmo del grupo y con una astucia social que le permitía moverse con soltura entre las distintas casas.
Remus, por su parte, era un caso singular en todo Hogwarts. A pesar de su condición de hombre lobo, su secreto no era un misterio rodeado de sombras o temor; la mayor parte del colegio conocía su aflicción desde el primer año, pero nadie lo rechazaba. Remus era extrovertido, carismático y poseía una amabilidad genuina que atraía a estudiantes de todas las casas. Su cuidado extremo durante los ciclos lunares y la supervisión del director Dumbledore garantizaban que nadie corriese peligro jamás. Incluso en la mesa de Slytherin, donde la reserva y el elitismo eran la regla, el joven Lupin era tratado con respeto e inclinaciones de cabeza afectuosas. Alumnos de cursos superiores y compañeras de túnica verde solían buscar la conversación del licántropo, fascinados por su inteligencia serena y su trato caballeroso.
—Remus, las chicas de Ravenclaw te están mirando otra vez —comentó Peter mientras servía tarta de melaza durante la cena—. Si sigues sonriéndoles de esa manera, vas a recibir más cartas en San Valentín que la mitad del equipo de Quidditch.
Remus soltó una pequeña risa, ajustándose la manga de su túnica que cubría una cicatriz ligera en el antebrazo.
—Solo fui amable al prestarles mis apuntes de Historia de la Magia, Peter. Nada más.
—El problema es que tu amabilidad hace quedar mal al resto de nosotros —bromeó Sirius, dándole un golpe afectuoso en el hombro—. Hasta los Slytherin te saludan en los pasillos. El otro día vi a Mulciber ofrecerte paso en las escaleras. Es ridículo.
—Mulciber sabe apreciar a alguien que no le grita cuando intenta estudiar en la biblioteca —respondió Remus con calma—. A diferencia de ciertos sangre pura que conozco que disfrutan haciendo estallar calderos en los pasillos subterráneos.
James soltó una carcajada corta, pero su mirada volvió a desviarse hacia el extremo de la mesa de Gryffindor, donde Lily Evans volvía a hablar en voz alta sobre la perfección de su poción en la clase del profesor Slughorn. Severus Snape, sentado en la mesa opuesta bajo los estandartes de Slytherin, mantenía la vista fija en su plato, ignorando los comentarios que resonaban a su alrededor y concentrándose en el silencio que pronto sería interrumpido por la llegada de la verdadera heredera del linaje Prince.
El transcurso del primer año en Hogwarts consolidó las dinámicas que definirían esa era. Para los Merodeadores, la rutina escolar se dividió entre la excelencia académica y la creación de una reputación imponente. James Potter y Sirius Black dominaban los pasillos con una elegancia aristocrática que atraía las miradas de todos, mientras que Remus Lupin se convertía en una de las figuras más populares del colegio. La calidez del licántropo y su impecable trato hacían que incluso en las mazmorras de Slytherin lo saludaran con un respeto casi afectuoso. Peter Pettigrew, por su parte, se movía a la sombra de James y Sirius con una soltura calculadora, asegurándose de estar siempre del lado correcto del poder.
En la mesa de Slytherin, la realidad de Severus Snape cambió radicalmente cuando Lucius Malfoy, un estudiante de quinto año y prefecto de la casa, fijó sus ojos en él. Lucius no buscaba proteger por lástima; buscaba talento utilizable. Durante una tarde en la sala común de las serpientes, mientras la mayoría de los alumnos de primer año luchaban por mantener hirviendo una Pócima para Curar Forúnculos, Severus preparaba con movimientos precisos y silenciosos un elixir de corrección de memoria que no pertenecía al temario hasta quinto curso.
Lucius se acercó despacio, haciendo sonar su bastón de cabeza de serpiente contra las losas de piedra. Observó el vapor plateado que brotaba del caldero de Severus y el trazo perfecto con el que el muchacho cortaba las raíces de asfódelo con el revés del cuchillo.
—Un corte limpio. Evitas que los aceites amargos arruinen el color —dijo Lucius con su voz pausada y arrastrada—. La mayoría de los mestizos y los nacidos de muggles se limitan a seguir el libro como simios instruidos. Tú entiendes la química de la magia, Snape.
Severus alzó los ojos, manteniendo el rostro inexpresivo a pesar de la sorpresa.
—El libro tiene errores de tiempo, Malfoy —respondió el muchacho en voz baja—. Si sigues la receta oficial, la mezcla se corta a los diez minutos.
Lucius sonrió con una frialdad llena de aprobación.
—Exacto. A partir de hoy, estudiarás en la zona reservada de la biblioteca conmigo. No vas a malgastar tu tiempo con los incompetentes de tu curso. Una mente apta para las Artes Oscuras y la alquimia superior no debe rebajarse.
Ese apadrinamiento le otorgó a Severus un escudo invisible dentro de Slytherin. Acompañado por Lucius, aprendió a refinar sus hechizos de ataque sin pronunciar un solo vocablo y a navegar por los textos prohibidos sobre artes tenebrosas a los que pocos tenían acceso.
Esta evolución no pasó desapercibida para Lily Evans. Para la niña de Gryffindor, acostumbrada a recibir los elogios desmedidos de los profesores por su diligencia, ver cómo Severus la superaba en cada materia se convirtió en una espina constante. En la clase de Pociones del profesor Slughorn, la rivalidad alcanzó su punto más alto.
Lily había entregado un caldero con una Poción Encogedora de un verde brillante impecable, esperando la habitual alabanza del profesor. Sin embargo, Slughorn pasó de largo junto a su mesa, casi sin mirarla, para detenerse ante el puesto de Severus.
—¡Por las barbas de Merlín! —exclamó Slughorn, alzando un frasco con el líquido producido por Severus, el cual emitía un matiz azulado perfecto—. ¡Miren esta consistencia! Ni siquiera los estudiantes de E.X.T.A.S.I. consiguen esta pureza en el color. Diez puntos para Slytherin. Snape, muchacho, tienes el talento del mismísimo linaje de los Prince corriendo por tus manos.
Lily apretó las manos debajo de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Observó a Severus, esperando ver una sonrisa de regodeo, pero el chico se limitó a limpiar sus instrumentos sin siquiera mirarla. La indiferencia de Severus le resultaba aún más hiriente que un insulto.
—Solo tuvo suerte —murmuró Lily en voz alta para que la escuchara la mesa de Gryffindor—. Se pasa todo el día encerrado en la biblioteca con esos Slytherin siniestros. Seguro usa trucos que no están permitidos.
James Potter, situado un par de asientos más allá, soltó una risa seca y despectiva al escucharla.
—No te esfuerces, Evans —dijo James con frialdad, sin mirarla directamente mientras ajustaba los puños de su túnica—. Snape sabe de magia porque lleva sangre de magos en las venas, aunque su ropa sea una basura. Tú solo memorizas manuales. Hay cosas que la sangre da y que la memoria no puede comprar.
Lily se puso roja de rabia, mirando a James con indignación antes de darle la espalda, sintiendo la humillación por partida doble. Mientras la primavera llegaba a los terrenos del castillo y el primer año llegaba a su fin, Severus abordó el Expreso de Hogwarts sabiendo que la miseria de la Hilandera duraría poco más: el nombre Prince pronto reclamaría el lugar que le correspondía en el mundo mágico.
Mientas Severus abordaba el vagón del Expreso de Hogwarts para regresar a la penumbra de la Hilandera, ajeno aún al golpe que sacudiría los cimientos de su linaje, en las frías colinas de Yorkshire el destino de la Casa Prince se reescribía con tinta de luto.
A escasos meses de cumplir los once años, Jade Prince enfrentó la prueba más amarga de su joven vida. Lord Arcturus Prince, el hombre que la había rescatado del barro, la columna sobre la cual se erigía toda su existencia, falleció en el silencio de su aposento. No hubo agonía prolongada ni despedidas dramáticas; el viejo Lord simplemente dejó de respirar cuando las velas de la biblioteca se consumían en la madrugada.
Jade no tuvo tiempo para el colapso. Con una madereza forjada bajo el régimen de hierro de su abuelo, la niña tomó sobre sus delgados hombros la organización del funeral. Sin tutores legales que pudieran reclamar regencia sobre una Casa de tan inconmensurable poder, ella misma envió las lechuzas, gestionó las lecturas del testamento con los duendes de Gringotts y supervisó el sellado de la cripta familiar en las catacumbas de la mansión.
El día de la sepultura, la aristocracia mágica acudió en masa. Los Malfoy, los Nott, los Avery y los Black se presentaron luciendo mantos de luto impecables, pero con miradas felinas que escudriñaban cada movimiento de la nueva Lady Prince. Observaron con atención a la niña de diez años que permanecía erguida junto al sepulcro de piedra negra, vistiendo una túnica sobria de seda oscura, sin un solo pliegue fuera de lugar.
Jade no derramó una sola lágrima. Su rostro, pálido y esculpido como el mármol, no mostró la menor señal de flaqueza mientras la losa de granito sellaba el descanso de Arcturus. Para los puristas presentes, aquella entereza resultaba casi aterradora.
—Mírala —murmuró Lord Avery en voz baja a su acompañante mientras abandonaban el cementerio familiar—. Ni un sollozo, ni una mirada de auxilio. Esa niña no tiene corazón. Es una estatua de hielo.
—O una criatura peligrosa —respondió Lucius Malfoy con frialdad, observándola desde la distancia—. Una niña a la que se le entrega el dominio absoluto de la magia ancestral Prince sin un tutor que la contenga es algo que este mundo no ha visto en siglos.
Muchos de los pésames que llegaron por lechuza durante las semanas siguientes venían cargados de intenciones ocultas: ofertas de tutela, solicitudes de alianzas matrimoniales prematuras y "consejos" de familias que buscaban administrar la fortuna de la menor. Jade quemó cada una de esas cartas en el fuego de la recepción.
Sin embargo, entre la marea de ambición, hubo una excepción sincera. Lord Fleamont Potter y su esposa Euphemia se presentaron personalmente en la mansión. Los Potter, aunque defensores de la pureza de la sangre y de las tradiciones, poseían un sentido de la caballería y el honor que los distanciaba de la buitrearía de otras familias. Al enterarse de que la niña estaba completamente sola en la vasta propiedad, permanecieron a su lado durante varios días. Euphemia le preparaba té y supervisaba que comiera, mientras Fleamont revisaba que los encantamientos de protección del terreno no decayeran.
—No tienes que cargar con el peso del mundo hoy, pequeña Jade —le dijo Euphemia una tarde, acariciándole el cabello con ternura maternal mientras la niña revisaba un pergamino de propiedades—. Llorar a quienes amamos no nos hace débiles.
—Mi abuelo me enseñó que el dolor se transforma en disciplina, Lady Potter —respondió Jade con una serenidad pausada—. Llorar no le devolverá la vida, pero mantener la Casa Prince impecable honrará su nombre.
Cuando la fecha del regreso de los estudiantes de Hogwarts se aproximó, los Potter tuvieron que despedirse para recibir a su hijo James. Antes de marchar, Fleamont tomó las manos de la pequeña con gesto firme y cálido.
—Nos vamos porque James llega mañana en el tren, Jade, pero no estás sola. Cuando llegue tu carta de aceptación de Hogwarts, dinos la fecha. Nos encantaría acompañarte al Callejón Diagon a comprar tus útiles. No dejaremos que vayas sola.
—Les agradezco de corazón su compañía y su tiempo, Lord y Lady Potter —dijo Jade, inclinando la cabeza con una elegancia impecable—. Hicieron esto sin esperar nada a cambio, y la Casa Prince no olvida a sus verdaderos amigos.
Semanas después de la partida de los Potter, llegó a la mansión el encargo más esperado: el retrato mágico de Lord Arcturus Prince, encargado antes de su muerte. Los sirvientes lo desembalaron con cuidado. El cuadro mostraba al anciano sentado en su sillón de orejas, con la mirada severa pero profunda que Jade tanto conocía.
Jade tomó el lienzo con sus propias manos y lo llevó hasta el laboratorio subterráneo, el lugar donde su abuelo le había enseñado los secretos de las pociones más oscuras y complejas. Lo colgó con precisión sobre la pared principal, justo encima del caldero de plata central.
—Aquí estarás cerca cuando vuelva a preparar pociones, abuelo —murmuró frente a la pintura, cuya figura en la canva inclinó la cabeza en un gesto de silencioso orgullo.
Sin embargo, la ausencia dolía más de lo que su orgullo permitía admitir. Desde el día en que instaló el retrato, Jade no volvió a poner un pie en el laboratorio. El olor a azufre, asfódelo y madera seca le traía un eco demasiado vivo de la presencia de Arcturus. En su lugar, cerró las puertas con llave y dedicó los meses siguientes exclusivamente a la gestión de los negocios de la familia: la supervisión de los contratos de suministro farmacéutico con el Ministerio, el control de las bóvedas de Gringotts y la correspondencia comercial con el extranjero. A los diez años, gobernaba el imperio Prince como un diplomático experimentado.
En pleno verano, la lechuza oficial de Hogwarts finalmente atravesó las ventanas de la mansión, dejando caer sobre la mesa el sobre de pergamino pesado con el sello de cera roja.
Jade abrió la carta, leyó la lista de materiales con una mirada rápida e inmediatamente tomó una pluma de fénix y un pliego de pergamino de alta calidad. Escribió una nota sobria y cuidadosa dirigida a la residencia de los Potter:
Estimados Lord y Lady Potter:
Espero que este mensaje los encuentre con bien. La carta de aceptación de Hogwarts ha llegado a mis manos esta mañana.
Recuerdo con gratitud su generosa oferta de acompañarme a realizar las compras. Escribo para consultar qué día tienen planeado llevar a su hijo James a adquirir sus materiales para el nuevo curso. De este modo, si les parece conveniente, coordinaré mi visita para la misma fecha y evitaré que tengan que realizar dos viajes al Callejón Diagon.
Quedo a la espera de su respuesta.
Atentamente,Lady Jade Prince
Sello el mensaje con el escudo de armas de la serpiente y el lirio de plata, entregándoselo a su lechuza más rápida. Con la carta en camino, la nueva heredera de los Prince se preparó para dar el paso que la llevaría a cruzar su camino no solo con los orgullosos sangre pura de Gryffindor, sino con aquel hermano que sobrevivía en las sombras de la Hilandera.
El mensaje enviado por Jade no recibió una respuesta escrita por lechuza. En lugar de un tintero y un pergamino, Lord Fleamont y Lady Euphemia Potter decidieron actuar con la calidez que los caracterizaba. Sabían perfectamente que, detrás de la compostura impecable, las túnicas de seda oscura y la firma elegante de Lady Jade Prince, residía una niña que no había tenido un solo día de tregua desde la muerte de su abuelo. Euphemia guardó la carta en el bolsillo de su bata y miró a su esposo con una determinación firme.
—No vamos a mandarle un papel helado, Fleamont —sentenció Euphemia mientras servía el desayuno—. Esa pequeña se pasa los días firmando tratados, auditando bóvedas en Gringotts y cargando con el peso de una de las casas más antiguas de Gran Bretaña. Tiene casi once años, pero no ha jugado una sola tarde. Vamos a buscarla, y vamos a llevar a James. Necesita ver a otros niños, necesita aire fresco y necesita recordar que el mundo no se acaba si no revisa un balance de cuentas antes del mediodía.
James, que estaba sentado a la mesa untando mermelada en una tostada mientras repasaba con orgullo su primera escoba de entrenamiento, alzó la cabeza con curiosidad. Había oído hablar de la legendaria heredera de los Prince durante todo su primer año en Hogwarts. En la mesa de Gryffindor, los murmullos sobre el fallecimiento de Lord Arcturus y la pequeña que gobernaba la mansión en soledad eran tema frecuente. Para James, la idea de una niña que administraba fortunas y trataba con el Wizengamot sonaba casi aburrida, distante y excesivamente formal.
—¿Tengo que ir obligatoriamente, mamá? —protestó James con una mueca ligera, ajustándose las gafas—. Sirius y yo habíamos quedado en vernos por la tarde para ensayar unos pases de Quidditch.
—Vas a venir, James Potter —respondió su madre con tono cariñoso pero irrevocable—. Y vas a comportarte como el caballero que tu padre y yo educamos. Jade ha pasado por una pérdida terrible y está completamente sola. Un poco de compañía de tu edad le hará bien.
Días atrás, anticipando la visita, Jade había conectado personalmente la red flu de la Mansión Prince con la de la residencia Potter. Fue una medida práctica, pero también un gesto de vulnerabilidad inédito en la historia de su familia: los Prince jamás abrían sus chimeneas a nadie. Sin embargo, Jade les había otorgado ese acceso para que pudieran acudir cuando lo desearan, o para tener un refugio al que escapar cuando el silencio de las vastas salas de piedra volviera a hacerse insoportable.
Cuando la chimenea del gran salón de los Prince crepitó con un destello de llamas verdes, la familia Potter emergió en el majestuoso vestíbulo. Lo primero que los recibió no fue la rigidez de los sirvientes ni la voz pausada de la joven Lady, sino un silencio sereno y el aire fresco que entraba por las altas puertas de cristal abiertas de par en par hacia los jardines traseros.
El salón principal, habitualmente impecable, presentaba una escena insólita. Sobre la alfombra persa de tonos esmeralda y oro, a un lado de una mesa de centro de caoba, yacían esparcidos decenas de pergaminos pesados. Había sellos de cera roja del Wizengamot, informes de suministro farmacéutico, contratos de propiedades en Londres y actas de la Confederación Internacional de Magos. Jade ni siquiera se había molestado en recogerlos o guardarlos en los archivos. Los había dejado caer allí mismo, cansada, rindiéndose por un momento al agotamiento mental.
Euphemia se detuvo al ver el desorden, y una sonrisa compasiva se dibujó en sus labios. Al acercarse, observó que sobre la pila de documentos reposaba un tintero volcado pero protegido por un hechizo de contención, y a un lado, un par de zapatos de vestir de piel negra abandonados apresuradamente.
—Mira esto, Fleamont —murmuró Euphemia en voz baja, tocando el hombro de su esposo con ternura—. Ha vuelto de las reuniones de los viejos del Wizengamot y se ha quitado las túnicas pesadas. Por fin está actuando como una niña.
—Es un alivio ver que no ha convertido toda su vida en un archivo de piedra —asintió Fleamont, contemplando los papeles dispersos con empatía—. Ese lugar sofoca a cualquiera de nosotros; no me quiero imaginar lo que le hace a una pequeña de diez años.
Escucharon el galope suave de un caballo en el exterior y el sonido del viento agitando las copas de los robles seculares. Curioso, James se adelantó a sus padres y caminó hacia los ventanales que daban a los prados privados de la propiedad.
A unos cien metros, bajo el sol suave de la tarde, una escena inesperada congeló los pasos del muchacho de Gryffindor.
Jade Prince no llevaba la túnica aristocrática ni el peinado elaborado con el que la alta sociedad la imaginaba. Vestía una blusa sencilla de lino blanco y una falda oscura holgada. Iba completamente descalza. Sus pies desnudos tocaban con libertad los estribos mientras montaba a pelo sobre un majestuoso semental azabache, un ejemplar de pura sangre que avanzaba al trote por la hierba verde. El cabello negro de la niña, suelto y ondeando salvajemente con la brisa, brillaba como el ala de un cuervo bajo la luz solar.
No había frialdad en su rostro en ese instante. Tenía los ojos cerrados, la piel pálida acariciada por el viento y una expresión de paz absoluta, liberada por unos minutos de la carga de su apellido, de la sombra de su abuelo y de la responsabilidad que amenazaba con aplastarla. Era una imagen de belleza pura, salvaje y profundamente serena.
James Potter se quedó inmóvil junto al marco de la puerta de cristal. Él, que solía mirar a las niñas de su edad con indiferencia o con el desdén que le provocaba la arrogancia de personajes como Lily Evans, sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. El bullicio de su mente, las bromas preparadas para Sirius, la altivez de su linaje y la fijación por destacar en Gryffindor se disiparon en un segundo.
La vio reír ligeramente mientras el caballo aumentaba el ritmo, una risa baja y genuina que resonó en el prado. En ese preciso instante, el corazón del joven Potter dio un vuelco irreversible. No fue un capricho infantil ni la fascinación superficial que a menudo sentía por las escobas o los objetos mágicos; fue un flechazo absoluto, profundo e instantáneo que se le clavó en el pecho con la fuerza de un encantamiento invocado sin varita.
—Por las barbas de Merlín... —susurró James para sí mismo, sin poder apartar los ojos de la figura de Jade.
Euphemia y Fleamont se acercaron lentamente a la puerta, observando la escena con enorme satisfacción. Ver a la pequeña Lady disfrutar de la brisa, despejando la mente tras haber enfrentado la sofocante burocracia de los magos mayores, les devolvió la tranquilidad.
—Esto es exactamente lo que necesitaba —dijo Euphemia, acariciándole la espalda a James sin darse cuenta de la parálisis emocional en la que se encontraba su hijo—. Mira cómo se le ha devuelto el color a las mejillas.
Jade, sintiendo la presencia de los recién llegados, redujo el trote del semental y lo guio suavemente hacia la terraza. Desmontó con una agilidad natural y fluida, apoyando los pies descalzos sobre la hierba húmeda. Al erguirse, se echó el cabello hacia atrás y fijó sus ojos en la familia Potter. Sus pupilas, de un verde tan profundo y oscuro que evocaba las piedras preciosas que le daban nombre, se posaron directamente en James.
El muchacho sintió que las mejillas le ardían. Se ajustó las gafas con una mano temblorosa, intentando desesperadamente recuperar la compostura arrogante que solía lucir en los pasillos de Hogwarts, pero las palabras se le atragantaron en la garganta.
—Lord Fleamont, Lady Euphemia —saludó Jade, avanzando hacia ellos con una inclinación de cabeza respetuosa, completame ajena al hecho de que iba descalza y con los papeles de la familia tirados en el suelo detrás de ella—. No esperaba que vinieran en persona. Lamento el estado del salón... la sesión en el Wizengamot sobre las leyes de boticarios se extendió más de lo debido y necesitaba salir al aire libre.
—No hay nada que lamentar, mi querida niña —respondió Euphemia con una sonrisa cálida, dando un paso adelante para darle un abrazo suave que Jade, tras una breve pausa de sorpresa, aceptó agradecida—. Nos alegra infinitamente verte así. Estás en tu casa, y si quieres dejar los documentos en el suelo o andar descalza, estás en todo tu derecho.
Fleamont sonrió con benevolencia y luego empujó sutilmente a su hijo hacia adelante.
—Jade, te presentamos a nuestro hijo, James. Él está por comenzar su segundo año en Hogwarts.
Jade volvió su mirada hacia el muchacho. Lo observó con la perspicacia clínica que su abuelo le había cultivado: notó la postura de sangre pura, la túnica de excelente corte, pero también la mirada desorbitada y el sonrojo evidente que pintaba las mejillas del Gryffindor.
—Es un placer conocerte, James —dijo Jade con una voz pausada, elegante y suave, extendiendo su mano hacia él.
James miró la mano pequeña de la heredera Prince. Por un segundo, temió que le temblaran los dedos. Tomó su mano con una delicadeza casi sagrada y rozó sus nudillos con un beso formal, tal como le habían enseñado en las clases de etiqueta aristocrática, pero sin despegar los ojos de los de ella.
—El... el placer es completamente mío, Lady Jade —logró articular James, con la voz un poco más aguda de lo normal, haciendo que sus padres intercambiaran una mirada cómplice y divertida a sus espaldas.
—Puedes llamarme Jade —corrigió la niña con una leve curvatura en los labios que hizo que a James le diera un vuelco el estómago—. Los títulos resultan agotadores cuando no hay ministros delante.
—Jade —repitió él, saboreando el nombre como si fuera un hechizo poderoso—. Te ves... quiero decir, el caballo es muy impresionante. Es un pura sangre de las reservas de Gales, ¿verdad?
La pequeña sonrió con mayor franqueza, sorprendida de que el chico hubiera identificado la raza del animal con un solo vistazo.
—Así es. Mi abuelo lo trajo de Cardiff cuando yo tenía siete años. Es el único que no me pide que firme un pergamino antes de salir a dar un paseo.
James soltó una carcajada genuina, sintiendo que la tensión comenzaba a disiparse, aunque la fascinación que sentía por ella no hacía más que aumentar con cada segundo. Miró hacia el salón, donde los documentos del Wizengamot seguían esparcidos, y luego volvió a mirarla a ella, tan libre, tan poderosa y tan extrañamente terrenal en ese momento.
—Nosotros vinimos para llevarte al Callejón Diagon —dijo James con repentino entusiasmo, dando un paso más cerca de ella—. Mamá dijo que tenías que comprar tus materiales de primer año. Yo puedo enseñarte dónde están las mejores tiendas, las que no vienen en las guías oficiales. Conozco los mejores sitios para conseguir plumas de fénix y los frascos de cristal de la mejor calidad.
Jade lo miró durante un breve instante, evaluando el entusiasmo transparente del muchacho. A diferencia de los herederos de los Nott o los Avery, que siempre se acercaban a ella con discursos calculados y sonrisas ensayadas para ganarse el favor de la Casa Prince, en James Potter vio una honestidad desarmante y un orgullo brillante que no intentaba ocultar nada.
—Me parecería excelente, James —respondió ella, inclinando ligeramente la cabeza—. Dejaré que me guíes. Solo dame unos minutos para ponerme el calzado y guardar esos pergaminos.
—¡Yo te ayudo a recogerlos! —se ofreció James de inmediato, adelantándose hacia el salón antes de que sus padres pudieran decir algo, ansioso por serle útil en lo que fuera.
Mientras el heredero de los Potter se inclinaba para juntar los pergaminos con un cuidado insólito en él, Fleamont se acercó a su esposa y le murmuró al oído con una sonrisa divertida:
—Parece que nuestro hijo ha encontrado a alguien que le importa más que su escoba de Quidditch, Euphemia.
—Y ha elegido a la muchacha más extraordinaria de Gran Bretaña —respondió Lady Potter en un susurro, contemplando a Jade, quien caminaba descalza hacia las escaleras con una elegancia innata que ni la pérdida ni el luto habían podido arrebatarle.
Al cabo de unos minutos, los pasos ligeros de la heredera resonaron en la gran escalera de mármol de la mansión. Cuando Jade apareció en el descansillo superior, la atmósfera del salón pareció transformarse por completo. Tras dejar atrás la blusa sencilla de lino y la libertad del prado, la niña había vuelto a revestirse con la majestad de su linaje, pero esta vez con una delicadeza que cortaba la respiración.
Llevaba un vestido de terciopelo blanco impoluto, con un corte sobrio pero de una elegancia indiscutible, cuyos bordados de hilo de plata en los puños y el cuello dibujaban sutiles runas de protección ancestral. Sobre su cabello negro, pulcramente peinado en ondas suaves que caían sobre sus hombros, reposaba una tiara sencilla de platino engastada con un pequeño jade tallado en forma de lágrima en el centro. La joya no era ostentosa, pero denotaba un poder y una distinción que eclipsaban cualquier accesorio de la alta sociedad.
James, que terminaba de apilar el último pergamino sobre la mesa de caoba, se levantó de golpe. Al erguirse y fijar la mirada en ella, sintió que el mundo entero se detenía. Si antes la había encontrado fascinante en su faceta salvaje y descalza sobre el caballo, ahora la visión de Jade como la verdadera Lady Prince lo dejó absolutamente mudo. Se le ajustaron las gafas sobre la nariz, dio un paso en falso y tuvo que sostenerse levemente del borde de la mesa para no perder el equilibrio.
Las mejillas del muchacho se tiñeron de un rojo intenso. Para James, que creía haber visto las vestimentas más lujosas en las reuniones de sangre pura a las que asistían sus padres, Jade no parecía simplemente una niña vestida para salir; parecía una reina de los cuentos antiguos, una figura casi divina bajada de una pintura legendaria. Quedó aún más enamorado, atrapado por completo en esa mezcla de inocencia, elegancia y serenidad abisal que emanaba de la pequeña.
—¿Sigue estando bien el aspecto, James? —preguntó Jade con una voz serena mientras terminaba de abrocharse unos guantes cortos de seda blanca—. No quisiera que Lord y Lady Potter esperen más de la cuenta.
—Estás... estás increíble, Jade. De verdad —susurró James, recuperando el aire a duras penas mientras se pasaba una mano por el cabello despeinado en un gesto nervioso, intentando desesperadamente parecer el joven maduro de segundo año que aspiraba a ser.
Euphemia y Fleamont compartieron una mirada cargada de ternura. Lady Potter se acercó a Jade, arreglando con delicadeza un pliegue invisible de la manga de terciopelo.
—Te ves absolutamente preciosa, mi vida —dijo Euphemia con calidez—. Ahora, vámonos. El Callejón Diagon nos espera, pero hoy no habrá prisa ni reuniones oficiales. Hoy es un día para ti.
Utilizando la red flu de la mansión, el grupo se trasladó en un estallido de llamas verdes hasta el pasaje privado del Caldero Chorreante, saliendo al empedrado concurrido del Callejón Diagon. El lugar estaba abarrotado de familias mágicas realizando las compras de inicio de curso, pero la presencia de la familia Potter junto a la heredera Prince no pasó desapercibida. Los murmullos de los transeúntes y las inclinaciones de cabeza respetuosas se sucedían a cada paso, reconociendo el blasón de las dos grandes casas.
Sin embargo, antes de dirigirse a la papelería de Flourish y Blotts o a la tienda de túnicas de Madam Malkin, Fleamont guio al grupo hacia una desviación poco frecuentada al final de una de las avenidas laterales del mercado. Allí, instalado por la festividad de verano del colegio, se desplegaba un pequeño parque de atracciones mágico al aire libre.
Había carruseles esculpidos en madera encantada cuyas criaturas volaban en círculos bajos, puestos de dulces mágicos que emitían chispas de colores, juegos de puntería con hechizos ligeros y pequeños carruajes flotantes que recorrían circuitos elevados entre las copas de los árboles mágicos. Era un espacio diseñado exclusivamente para la risa, el asombro y la ligereza infantil.
Jade se detuvo al borde del recinto. Sus ojos oscuros, habituados a la penumbra de las bibliotecas, las sesiones del Wizengamot y los calderos de pociones peligrosas, contemplaron el lugar con una extrañeza casi infantil. Jamás en sus once años de vida su abuelo la había llevado a un sitio semejante; para Arcturus Prince, los parques y los juegos eran pérdidas de tiempo que distraían a la mente del verdadero dominio de la magia.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Jade en un susurro, observando cómo un puesto de helados flotantes lanzaba pequeñas estrellas comestibles al aire.
—Es un parque de atracciones, Jade —respondió James, colocándose inmediatamente a su lado, asumiendo su rol de protector con una devoción absoluta—. Y hoy vamos a subir a todo lo que hay aquí.
A partir de ese momento, James se convirtió en la sombra atenta de la niña. Cuidaba de ella hasta por la mínima cosa: si al caminar entre la multitud de magos alguien parecía acercarse demasiado a la túnica de terciopelo de Jade, James se interponía con sutileza, abriendo paso con un hombro firme y una postura digna de su linaje; si la brisa del atardecer soplaba con un poco de fuerza, el muchacho se aseguraba de que la capa ligera de la niña estuviera bien ajustada; y cuando se acercaban a los adoquines irregulares del parque, le ofrecía su brazo con una caballerosidad impecable para evitar que diera un tropezón con sus zapatitos de vestir.
—Ten cuidado con este escalón, Jade —le decía James con voz atenta, extendiéndole la mano con firmeza mientras subían a una plataforma flotante—. La madera tiene un encantamiento de levitación y puede moverse un poco al pisar.
Jade miraba la mano de James y luego el rostro del muchacho, donde la altivez habitual de un Potter se transformaba en una dulzura transparente. Aceptaba su ayuda con una sonrisa pequeña pero genuina, sintiendo una calidez extraña y reconfortante en el pecho.
Subieron a las carretas voladoras que giraban suavemente sobre el cielo del callejón, contemplando los tejados de Londres desde las alturas. James no dejaba de señalarle los edificios, contándole historias exageradas y divertidas sobre sus travesuras en Hogwarts con Sirius Black, logrando que la seria Lady Prince soltara pequeñas risas que sonaban como campanillas de cristal.
Posteriormente, James la llevó a un puesto de dulces mágicos. Sin dudarlo un segundo, sacó un puñado de galones de plata de su túnica y le compró una manzana acaramelada que cambiaba de sabor según el estado de ánimo de quien la probaba, además de una caja de hilados de azúcar que flotaban en el aire antes de derretirse en la boca.
—Prueba esto —dijo James, ofreciéndole un pedazo de hilado rosa con entusiasmo—. Te apuesto a que no sabe a nada de lo que hayas preparado en un caldero.
Jade tomó el dulce con la punta de los dedos enguantados y se lo llevó a los labios. El sabor dulce, helado y con chispas de vainilla se desplegó en su paladar. Por primera vez en once años, la rigidez del protocolo Prince, el peso de los tratados firmados en soledad y la sombra amarga de la muerte de su abuelo se disiparon por completo. No había expectativas que cumplir, no había enemigos que esquivar ni una herencia que defender con sangre y fuego.
En ese pequeño parque de atracciones, rodeada por el bullicio de los niños, cuidada hasta el más mínimo detalle por un muchacho de Gryffindor que la miraba como si fuera el tesoro más valioso del mundo mágico, y bajo la mirada protectora de Lord y Lady Potter, Jade Prince se permitió, por primera vez en su existencia, simplemente ser una niña.

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