Capítulo 1: Prueba
Elián despertó en una selva oscura, apenas iluminada por una tenue luz. Instintivamente revisó su cuerpo: no tenía heridas, su piel estaba intacta. Llevó una mano a la boca, comprobando con alivio que su lengua seguía allí. Luego miró su pecho, palpándolo. Su abdomen ya no estaba destruido, solo quedaban cicatrices antiguas.
A lo lejos, Zorrolobo también despertó. Ya no tenía el abdomen arrancado. Al ver a su dueño, corrió hacia él con todas sus fuerzas. Elián lo abrazó con fuerza.
—Pensé que estabas muerto —dijo con total honestidad.
Sin embargo, la calma se rompió de pronto. Un silbido agudo cortó el aire, acompañado por el tintinear de unas cadenas... y un aroma fuerte a rosas.
La Muerte y un gran lobo aparecieron entre las sombras. Su sola presencia puso en alerta al muchacho y a la criatura.
—Tranquilos, no he venido a pelear —dijo la Muerte con voz serena.
—¿Dónde estoy? —preguntó Elián, manteniendo la guardia en alto.
—¿No lo sabes? —respondió la Muerte con ironía—. Estás en el Purgatorio.
—¿El Purgatorio...? —repitió Elián.
—Tu muerte fue injusta. Dios lo vio. Por eso te ha concedido una prueba —continuó la Muerte—. Deberás enfrentarte a tus pecados si deseas el perdón. Pero escucha bien: si mueres aquí, afrontarás tu sentencia. Tus poderes estarán limitados, así que úsalos con sabiduría… o morirás de verdad.
Tras decir esto, la Muerte se desvaneció con el viento.
El lobo que la acompañaba se acercó a Zorrolobo y le entregó un pequeño frasco de betún y maquillaje blanco.
—Vas a necesitarlo —dijo con voz profunda.
Luego silbó por última vez… y desapareció.
Elián y Zorrolobo avanzaban por la selva oscura. A lo lejos divisaron una montaña, pero su camino fue interrumpido por dos fieras que emergieron entre los árboles. Zorrolobo se colocó frente a Elián, listo para protegerlo.
—Zorrolobo, tranquilo… Son hermanos animales. No queremos pelear —dijo Elián al identificar a una loba y un lobo.
Ambos animales, tras mirarlos fijamente, se retiraron. Elián y Zorrolobo decidieron cambiar de rumbo, cuando vieron una sombra en la distancia.
—¿Quién anda ahí? —preguntó Elián.
Se acercaron con cautela. La figura era la de un hombre viejo y demacrado.
—Señor, una pregunta —dijo Elián con respeto.
El anciano lo miró con ojos hundidos.
—Hace muchos años que nadie me hablaba. He vagado por esta tierra maldita viendo cómo toda cosecha se marchita… por matar a mi hermano y desobedecer a mi Padre.
—¿Caín…? ¿Eres tú? ¿El que mató a su hermano por envidia? —preguntó Elián.
—¿Me conoces? ¿Y qué hace un alma como la tuya en estas tierras? —replicó Caín, intrigado.
—R… reto… o algo así —respondió Elián, tartamudeando—. No es exactamente un reto, más bien… una guía.
—No sabes en qué consiste —dijo Caín con una sonrisa torcida—. ¿Quieres que te ayude?
—Sí. ¿Cómo es el reto que debo cumplir? ¿Debo enfrentar mis pecados? —preguntó Elián con curiosidad.
—Tendrás que atravesar los nueve círculos del infierno, y en cada uno verás los errores que cometiste en vida.
—¿Nos podrías guiar, por favor? —pidió Elián.
—Los voy a ayudar —aceptó Caín—. Chico, creo que esto es tuyo.
Caín le entregó una camisa, un casco, un medallón y una cruz.
—Gracias… —murmuró Elián.
—¿Cómo se llama tu mascota?
—Zorrolobo —respondió Elián.
—Tu mascota estará en peligro. El infierno no es lugar para un nombre tan inocente. Debe tener otro.
—¿Cómo lo cambio? —preguntó Elián.
Caín sacó un pedazo de papel viejo de entre sus ropas y se lo dio. En él estaba escrito un nombre: “Dante”.
—Zorrolobo… toma. Te llamarás Dante —dijo Elián, colocándole un collar de pinchos con el nombre grabado.
—¿Sabes por qué te guío? —añadió Caín—. Fue el arcángel Miguel quien me dio la orden de ayudarte en esta travesía. Y creo que esto también es tuyo —dijo, entregándole a Elián una gorra negra de policía.
—Esto no es mío… —murmuró Elián, sorprendido.
—Quédatela. Y dile a Dante que se prepare. Nos estamos acercando.
Dante, obedeciendo, se aplicó el betún y maquillaje blanco por todo el pelaje, ocultando su identidad pasada.
A lo lejos, vieron una puerta colosal. Al acercarse, Elián leyó unas palabras talladas en un tono oscuro, que parecían arder en silencio:
Por mí se va hacia la ciudad doliente.Por mí se va al eterno sufrimiento. Por mí se va a la gente condenada. La justicia movió a mi alto arquitecto. Hízome la divina potestad, el saber supremo y el amor primigenio. Antes de mí no hubo cosa creada, sino lo eterno… y yo eterno duro. ¡Dejad, los que aquí entráis, toda esperanza!
Llegaron a un río oscuro y espeso como la brea. A medida que se acercaban, los gritos y el llanto se intensificaban. Miles de almas, cubiertas de sangre y gusanos, lloraban con desesperación. Moscones y avispas las picaban sin tregua, obligándolas a revolcarse en su propia miseria.
—Llegamos a la ribera de Caronte —dijo Caín con voz grave.
Un viejo barquero emergió de entre la niebla: tenía los ojos caídos, el cabello largo, sucio y amargo como el agua del río. Al verlos, gritó con furia:
—¡Ay de vosotras, almas pravas! ¡No esperéis nunca contemplar el cielo! Vengo a llevaros hasta la otra orilla… a la tiniebla eterna, al hielo… al fuego. Y vosotros dos, que estáis vivos… ¡apartáos de estos otros difuntos!
Pero al notar que ni Elián ni Caín retrocedían, frunció el ceño y añadió con desprecio:
—Por otro puerto, por otro camino habréis de cruzar. No por aquí. Un leño más leve habrá de llevaros...
Caín dio un paso al frente, firme, con los ojos encendidos por la experiencia del pecado:
—Caronte, no te irrites. Esta alma ha recibido un desafío. Así sé que, donde se puede lo que se quiere, se hace lo que debe… y más no me preguntes.








