Capítulo 1
Victoria Belmonte
Desperté con un cuerpo enredado al mío. No sabía quién era y tampoco me interesaba; solo recordaba haber bailado con ella en el club. Era rubia y hermosa, como tantas otras a las que amaba por una sola noche antes de alejarme. No me interesaba una relación estable; iba de cuerpo en cuerpo intentando olvidar los compromisos de la compañía.
Mi padre, Alberto Belmonte, siempre me preparó para dirigir la empresa de equipo médico. Teníamos socios alemanes e irlandeses, y nada me agradaba más que viajar, conocer gente nueva y, obviamente, mujeres de todo el mundo. No me importaba el color ni la estatura.
Apenas me levanté, me di una ducha, me vestí y salí hacia la empresa, no sin antes dejar pagada la cuenta del hotel y un desayuno afrodisíaco directo a la habitación.
Cuando llegué a la compañía, mi secretario y amigo, “Yoyo”, ya me tenía listo un traje de repuesto. Conocía de sobra mis gustos: si llegaba con la misma ropa del día anterior, sabía perfectamente que no venía de mi casa.
—Amiga, apúrate, que la reunión no será aquí —me soltó Yoyo en cuanto me vio—. Tu papa ordenó que fueran a la bahía del Marqués.
—No puede ser, Yoyo. Me hubieras llamado.
—¡Ah, claro! Ahora resulta que yo soy el culpable de que apagues el celular cuando estás acompañada.
—Pues obvio, imagínate estar viendo las estrellas y que interrumpas.
—¡Ay, no, qué asco, no sigas! —exclamó haciendo una mueca—. Ya me lo imaginé y me dieron náuseas. No hay nada como un hombre de espaldas anchas y vigoroso...
—Ya, Yoyo, que ahora la que se lo está imaginando soy yo. Bueno, ya vete, te veo más tarde.
Llegué al recinto de la recepción y, como siempre, llamé la atención de varios de los presentes sin proponérmelo. De pronto, mire a Romina Johnson, una morena muy guapa con la que me había divertido en varias ocasiones. Estaba junto a su padre y al mío. Me sonrió en cuanto me vio, y ese gesto no me gustó; no quería que se involucrara demasiado en mi vida.
La recepción transcurrió sin contratiempos. Estaba a punto de retirarme cuando mi padre me abordó. Me pidió que lo esperara, pues quería hablar conmigo en casa. Me extrañó el tono, aunque supuse que se trataría de simples negocios.
Al llegar a la residencia de mis padres, el ambiente estaba desierto; mi madre había fallecido en un accidente ,cuando viajaba por la Riviera Maya, así que estábamos solos.
—Dime, padre, ¿de qué se trata? —le pregunté con fingida tranquilidad.
—Supongo que viste a la señorita Romina —respondió mirándome con severidad—. Se quejó de ti con su padre. Sabes bien que Carl Johnson es uno de los mayores socios de Enterprise Belmonte. Habló conmigo y me pidió que no juegues con su hija, que ella te ama.
—¿Qué dices, padre? Ella y yo somos adultas. Nunca tuvimos nada serio.
—Pues yo no quiero más problemas con los socios. Eres una Belmonte y es hora de que te comportes como tal. Si dices que eres adulta, demuéstralo. Además, quiero nietos; me voy a morir sin conocerlos.
Salí de la casa furiosa. ¿Cómo se atrevía Romina a meter a mi padre en esto? Que ni pensara que la volvería a ver.
Cuando recuperé el sentido del tiempo, me di cuenta de que había caminado muchísimo. Estaba frente a un pequeño café que parecía a punto de cerrar. Me detuve ahí, esperando calmarme un poco para no ir a buscar a Romina a esa hora y decirle cuatro verdades.
A través del cristal, vi a una chica sentada. Tenía un vientre abultado muy evidente; le faltaba poco para que ese bebé viera la luz. Al notar mi presencia, se acercó a la puerta.
—¿Desea un café? —preguntó amablemente—. Estamos a punto de cerrar.
—Sí, por favor. Y si tienes algún pastelillo, sería estupendo.
Ella entró a servir el pedido y yo me quedé admirando el lugar: era pequeño, pero sumamente acogedor. De pronto, regresó con la taza, me miró fijamente y sonrió.
—Has cambiado mucho, casi no te reconozco.
—¿Cómo? —respondí, desconcertada.
—Sí... en la universidad.
Me quedé en blanco, tratando de escarbar en mi memoria. Ella notó mi cara de confusión y soltó una risita suave mientras se tocaba la panza:
—Claro, supongo que estando embarazada cambie bastante. ¿Cómo te vas a acordar de mí?
De pronto, como un flechazo, la recordé. Era aquella niña rubia de ojos verdes y un hoyuelo precioso que siempre me coqueteaba. En ese entonces, yo cursaba el último semestre de Contaduría y ella apenas iba en el primero —ni siquiera recordaba de qué carrera—, pero siempre me pareció muy linda.
Mi mente viajó directo a una fiesta que organizó una compañera. Había invitados de varios semestres y ahí estaba ella, viéndose hermosa, aunque demasiado pequeña para mi gusto. En esa época, yo tenía una relación con Claudia De la Rosa, una mujer un año mayor que yo de la cual aprendí muchas cosas; la principal de ellas, a no confiar ni enamorarme de nadie.
Esa misma noche de la fiesta, descubrí a Claudia coqueteando descaradamente con el hijo de un banquero. Cuando le reclamé, se limitó a encogerse de hombros con frialdad:
—Tranquila, lo nuestro es solo diversión de un rato. No te lo tomes tan en serio.
Sentí cómo el corazón se me rompía en mil pedazos. Yo la quería de verdad; tanto, que al terminar la universidad planeaba proponerle matrimonio. Sabía que me faltaba experiencia en la vida, pero la empresa de mi padre, aunque todavía pequeña, ya era sólida y cada vez más cotizada.
Para ahogar el dolor, me alcoholicé hasta perder la cuenta. Lo siguiente que recordaba era a la chica rubia de los ojos verdes acercándose a mí para preguntarme si estaba bien. Yo, arrastrando las palabras, me reí y le dije que nadie me quería. Ella, con una ternura que me desarmó, me contestó que eso no era verdad, que ella sí me quería y que le gustaba muchísimo. Me quedé contemplando sus labios pequeños, tiernos y suaves, que se acercaban a mí y los probé. Después de ese beso, todo se fue a negro; desperté al día siguiente en mi cama.
Durante años me pregunté si aquello había sido real o solo un sueño borroso. Al terminar ese semestre, me mudé para hacer una maestría en Gerencia y, a mi regreso, me incorporé de lleno a Enterprise Belmonte.
Ahora, teniéndola frente a mí, por fin podría preguntárselo.
—Por supuesto que me acuerdo —le dije, regalándole una sonrisa—. Eras tan pequeña... Ha pasado mucho tiempo desde la fiesta de Sergio Camarena. Y mírate ahora, estás a punto de ser madre.
Al escucharme, sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso. Bajó la mirada hacia su vientre y suspiró con suavidad.
—No hay mucho que decir sobre eso —respondió con una mezcla de melancolía y timidez—. Han pasado muchas cosas en mi vida que prefiero no recordar, y creo que ya no son horas para andar contando historias tristes.
Hizo una breve pausa, mirándome directamente a los ojos. Había algo de nerviosismo en su postura.
—Me dio mucho gusto volver a verte, Victoria. De hecho... ahora que te tengo enfrente, quiero pedirte una disculpa por el beso que te di en esa fiesta. Estabas muy tomada, no tenías la lucidez necesaria para rechazarme como ya lo habías hecho tantas otras veces.
No supe por qué, pero sentí cómo el corazón se me agrietaba ante su confesión. Aunque en aquella noche yo no había tenido la intención de besarla, las cosas simplemente se habían dado. Y ahora lo entendía: ese recuerdo siempre había estado presente en mi mente porque había sido el único beso real, puro y sincero que había experimentado en toda mi vida.
—Me dio gusto verte, Cristina —le dije, intentando disimular el vuelco que había dado mi corazón—. Te dejo para que descanses. ¿Vives aquí cerca o viene tu pareja por ti? ¿Quieres que te acompañe mientras cierras, o a tu casa?
Cristina soltó una risita ante mi ráfaga de preguntas.
—No a todo.
—¿Cómo dices?
—Sí, mira —explicó con tranquilidad—. Hay un empleado que se encarga de cerrar, yo vivo en la parte de arriba del café... y no viene mi pareja porque no tengo. Así que ve tranquila. De verdad me dio mucho gusto volver a verte. Ahora ve a descansar, te ves terrible, incluso más que yo, y eso ya es decir mucho.
—Jajaja, tienes razón —admití, tocándome el rostro.
Nos despedimos y salí del café. Mientras caminaba hacia mi departamento, la revelación de que estaba soltera no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.








