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Damiána
Mi madre me ha convocado a una reunión de emergencia, sacándome de mis clases de combate cuando apenas llevo cuarenta minutos entrenando. No me ha dado ninguna explicación. Simplemente ha enviado a uno de sus hombres para informarme de que debo presentarme inmediatamente en su despacho.
Y cuando Talia al Ghul dice inmediatamente, significa inmediatamente.
Me quito los guantes de entrenamiento, recojo mi chaqueta y abandono el gimnasio sin molestarme en pasar por las duchas. Todavía tengo el pelo recogido en una coleta alta y una pequeña herida en el labio inferior, cortesía de uno de mis compañeros, que esta mañana ha decidido que sería buena idea golpearme con más fuerza de la necesaria. Le he devuelto el favor.
Subo en el ascensor hasta la última planta del complejo y camino por el pasillo hasta el despacho de mi madre. Dos guardias custodian la entrada. Uno de ellos abre la puerta cuando me acerco.
-Adelante, señorita Al Ghul.
Entro sin responder.
Lo primero que me sorprende es encontrar a mi padre sentado frente al escritorio. Bruce Wayne no suele participar en las reuniones de la organización y mucho menos en aquellas que mi madre considera urgentes. Está vestido con uno de sus habituales trajes oscuros y sostiene una carpeta entre las manos.
Mi abuelo ocupa el sillón junto a la ventana. Ra's al Ghul está tomando té con la tranquilidad de un hombre que no tiene ninguna preocupación en el mundo.
Mi madre, por supuesto, está detrás de su escritorio.
Los tres me miran cuando cierro la puerta.
-¿Qué ocurre?-pregunto.
-Siéntate, Damiana.
Obedezco, aunque no sin antes mirar a mi padre.
-¿Ha muerto alguien?
-Todavía no-responde mi abuelo.
Qué tranquilizador. Mi madre le dedica una mirada de advertencia antes de girar hacia mí.
-Tenemos un problema.
-Eso ya lo he deducido.
-Dami.
-Madre.
Mi padre suspira. Mi abuelo sonríe detrás de su taza. Me acomodo en el sillón y cruzo las piernas, esperando a que alguien tenga la amabilidad de explicarme por qué han interrumpido mi entrenamiento.
Mi madre pulsa un botón y la pantalla situada en la pared se enciende. Aparece la fotografía de un hombre de pelo negro, gafas y una sonrisa que reconozco inmediatamente.
Clark Kent.
-El senador-murmuro.
-Exactamente-confirma mi madre-Clark Joseph Kent. Cuarenta y nueve años. Senador de los Estados Unidos y uno de los principales responsables de la investigación federal contra Lazarus International.
-Nuestra empresa.
-Una de nuestras empresas-me corrige mi abuelo.
Mi madre cambia la imagen. Aparecen varias fotografías de documentos, transferencias bancarias y nombres que no alcanzo a leer desde mi posición.
-Hace tres semanas, Kent consiguió acceder a información que compromete directamente nuestras operaciones. Hasta ahora hemos logrado contener las investigaciones, pero dentro de diez días comparecerá ante una comisión del Senado.
-¿Y qué quieres que haga? ¿Que lo mate?
Mi padre levanta inmediatamente la mirada.
-No.
-Era una pregunta.
-Una pregunta innecesaria-replica.
Lo observo unos segundos. Bruce tiene esa expresión que pone cuando considera que estoy siendo deliberadamente desagradable. Es una expresión que conozco desde pequeña.
-No vamos a asesinar al senador Kent -interviene mi madre-Sería contraproducente. Su muerte provocaría una investigación mucho mayor y no garantizaría la desaparición de los documentos.
-Entonces, ¿qué propones?
Mi madre pulsa nuevamente el mando.
La fotografía cambia.
Ahora aparece un chico.
Pelo negro, ojos azules y una sonrisa enorme. Lleva una sudadera gris con el nombre de una universidad estampado en el pecho y parece estar celebrando algo con varios compañeros.
Frunzo ligeramente el ceño.
-¿Quién es?
-Jonathan Samuel Kent-responde mi madre-Veintiún años. Tercer curso de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte en Georgetown. Jugador del equipo universitario de fútbol americano.
Aparece otra fotografía. Esta vez está sobre un campo de fútbol, vestido con el uniforme de su equipo y sujetando un casco.
-Es el hijo del senador-deduzco.
-Su hijo menor-confirma mi padre.
Miro nuevamente la pantalla.
-¿Y?-Mi madre entrelaza los dedos sobre el escritorio.
-Vas a secuestrarlo.
Durante unos segundos no digo absolutamente nada. Después miro a mi madre, a mi abuelo y finalmente a mi padre.
-¿Perdón?
-Has oído perfectamente.
-Sí, madre. Precisamente por eso te estoy dando la oportunidad de repetirlo.
Mi abuelo deja escapar una pequeña carcajada.
-Adoro a mí nieta.
-Padre, por favor-murmura mi madre.
Bruce se inclina hacia delante.
-Talia, antes de continuar, quiero dejar algo claro. No he aceptado esta reunión para dar mi aprobación.
-Tu postura ha quedado suficientemente clara, querido.
-No lo parece.
Los observo alternativamente.
Ah. Así que ya han discutido sobre esto antes de llamarme.
Maravilloso.
-¿Podemos volver a la parte en la que tengo que secuestrar a un universitario?-pregunto-Me interesa especialmente conocer el motivo.
Mi madre vuelve a mirarme.
-Jonathan Kent es la única persona por la que el senador estaría dispuesto a comprometer su carrera. Necesitamos que retire su apoyo a la investigación y entregue los documentos que posee.
-¿Y si no lo hace?
-Lo hará.
-No has respondido a mi pregunta.
El silencio que sigue resulta bastante revelador. Mi padre aprieta la mandíbula.
-El chico no tiene nada que ver con esto.
-Su padre ha decidido declararnos la guerra-responde mi madre.
-Su padre está investigando actividades ilegales, Talia. No confundas ambas cosas.
Mi abuelo deposita la taza sobre el platillo.
-Bruce, si vas a cuestionar cada decisión de esta familia, quizá deberías haberte quedado en Gotham.
-Es mi hija quien va a dirigir esta operación.
-Y precisamente por eso estamos aquí.
Me froto lentamente la sien. No me gusta que hablen de mí como si no estuviera presente.
-Tengo veintidós años. Puedo hablar por mí misma.
Los tres guardan silencio.
Perfecto.
Me levanto y me acerco a la pantalla para examinar las fotografías. Jonathan Kent aparece en una docena de situaciones diferentes: saliendo de la universidad, entrando en una cafetería, conduciendo un coche, caminando con sus amigos y entrenando en un campo de fútbol.
Me detengo en una de las imágenes.
Está riéndose de algo que le dice un chico pelirrojo. Tiene un brazo alrededor de sus hombros y parece completamente ajeno a la cámara que lo fotografía desde cierta distancia.
-¿Cuánto tiempo lleváis vigilándolo?
-Seis semanas-responde mi madre.
Vuelvo la cabeza.
-¿Seis semanas?
-Necesitábamos conocer sus movimientos.
Regreso al sillón y cojo la carpeta que mi padre ha dejado sobre la mesa. La abro. Horarios universitarios, entrenamientos. Direcciones, fotografías, información sobre sus amistades. Incluso hay un apartado dedicado a sus hábitos alimenticios.
Arqueo una ceja.
-¿En serio necesitábamos saber que le gustan las hamburguesas con doble de queso?
-Necesitas conocer a tu objetivo-contesta mi abuelo.
-Mi objetivo es un estudiante universitario, no un jefe de Estado.
-Es el hijo de un senador que dispone de protección federal-me recuerda mi madre-Y su desaparición movilizará a numerosas agencias.
Paso otra página.
Jonathan Kent. Veintiún años. Un metro ochenta y ocho. Ochenta y seis kilos.
Deportista.
Sin formación militar conocida.
Sin antecedentes.
-¿Por qué yo?-pregunto finalmente.
Mi madre me observa con atención.
-Porque estás preparada.
-Tenemos agentes con veinte años de experiencia.
-Y ninguno de ellos será mi sucesor.
Ahí está. La verdadera razón. Cierro la carpeta y la dejo sobre mis piernas.
Mi abuelo sonríe satisfecho, mientras que mi padre parece estar considerando seriamente levantarse y abandonar la habitación.
-Quiero que dirijas la operación-continúa mi madre-Seleccionarás a tu equipo, supervisarás el traslado y serás responsable de mantener al rehén bajo custodia hasta que finalicen las negociaciones.
-¿Vivo?
-Por supuesto.
-¿Ileso?
-En la medida de lo posible.
No me gusta esa respuesta.
-Define «en la medida de lo posible».
Mi madre se reclina en su sillón.
-No quiero lesiones innecesarias, Damián. Jonathan Kent debe estar en condiciones de demostrarle a su padre que sigue vivo. No tenemos ningún interés en dañarlo mientras el senador coopere.
-¿Y si intenta escapar?
-Evitarás que lo consiga.
-¿Y si me ataca?
-Sabes defenderte.
Mi padre interviene antes de que pueda formular otra pregunta.
-Y si Clark se niega, ¿qué ocurrirá con él?
Mi madre guarda silencio.
Mi abuelo, en cambio, responde con absoluta tranquilidad.
-Eso dependerá del senador.
Miro nuevamente la fotografía del chico que permanece proyectada en la pantalla.
Hijo de un político que ha cometido el terrible error de enfrentarse a mi familia.
No sé absolutamente nada de él, aparte de lo que contiene esta carpeta, y dentro de unos días voy a convertirme en la persona responsable de arrebatarle su libertad.
-Quiero acceso completo al expediente -digo finalmente-También quiero elegir personalmente a los agentes que participarán. No aceptaré hombres impuestos por el abuelo ni interferencias durante la operación.
Mi abuelo alza una ceja.
-¿Estás dándome órdenes?
-Estoy estableciendo las condiciones para aceptar una misión que vosotros habéis decidido encomendarme.
Mi madre sonríe ligeramente.
-Concedido.
-Y hay una condición más.
-Te escucho.
Miro directamente a mi madre.
-Mientras Jonathan Kent esté bajo mi custodia, nadie le pondrá una mano encima sin mi autorización.
Bruce vuelve la cabeza hacia mí.
Mi abuelo deja de sonreír.
Mi madre tarda unos segundos en responder.
-Siempre que no comprometas los objetivos de la operación.
No es exactamente la respuesta que quiero, pero conozco a mi madre lo suficiente para saber que no conseguiré mucho más en este momento.
Asiento y recojo la carpeta.
-¿Cuándo empezamos?
-Tienes setenta y dos horas para preparar el operativo.
Me levanto.
-Entonces será mejor que vuelva a entrenar.
Camino hacia la puerta, pero la voz de mi padre me detiene antes de que pueda abrirla.
-Dami.
Me giro.
Bruce está de pie.
-No olvides que ese chico tiene una familia que lo espera.
Lo miro durante unos segundos.
-Lo sé, padre.
Abandono el despacho y cierro la puerta a mi espalda. Mientras camino hacia el ascensor, vuelvo a abrir la carpeta por la primera página.
-Bueno, Kent-murmuro, observando sus ojos azules-Parece que vamos a conocernos.
Cierro la carpeta.
Y espero, por su propio bien, que no sea tan problemático como parece.
Camino por el local con una copa de champán entre los dedos, esquivando a un grupo de universitarios que parecen haber olvidado cómo utilizar las piernas. Uno de ellos tropieza conmigo y está a punto de derramar su bebida sobre mi vestido. Le dedico una mirada que debería bastar para que se disculpe, pero el imbécil simplemente sonríe y continúa su camino.
Dios, odio a los borrachos.
La música retumba en las paredes, las luces cambian de color cada pocos segundos y el olor a alcohol, perfume y sudor empieza a provocarme dolor de cabeza. No comprendo cómo alguien puede considerar divertido pasar una noche encerrado en un lugar como este, rodeado de desconocidos que necesitan beber hasta perder el conocimiento para disfrutar.
Pero no estoy aquí para divertirme.
Estoy aquí por Jonathan Samuel Kent.
Mi objetivo ha decidido salir esta noche con su hermano mayor, Conner Kent, la pareja de este, Timothy Drake, y dos amigos cuyos nombres aparecen en el expediente: Jay y Barbara. Según la información que hemos recopilado, llevan aproximadamente una hora y media en el establecimiento. Jonathan ha consumido dos cervezas y un combinado, una cantidad que, teniendo en cuenta su constitución física, no debería incapacitarlo.
Mejor. Necesito que pueda caminar por su propio pie.
Localizo al grupo en una de las zonas reservadas, cerca de la pista de baile. Conner está sentado en un sofá, con Tim prácticamente pegado a su costado mientras conversan. Barbara sostiene una copa y parece estar explicándole algo a Jay, que se ríe tan fuerte que consigo escucharlo incluso por encima de la música.
Jonathan, en cambio, está de pie.
Lleva unos pantalones negros, zapatillas blancas y una camisa azul oscuro con las mangas remangadas hasta los antebrazos. Tiene el pelo ligeramente despeinado y una sonrisa que parece utilizar con demasiada facilidad.
Es exactamente igual que en las fotografías.
Aunque debo reconocer que las fotografías no le hacen justicia.
Mide casi veinte centímetros más que yo y tiene unos hombros considerablemente anchos. Su entrenamiento deportivo resulta evidente incluso debajo de la camisa. No parece especialmente preocupado por nada mientras se ríe de algo que acaba de decir su hermano.
Qué agradable debe de ser vivir así.
Sin tener que comprobar las salidas de emergencia cada vez que entras en una habitación.
Doy un pequeño sorbo a mi champán y observo el reflejo de mi figura en uno de los espejos decorativos.
Mi vestido rojo es corto, ajustado y tiene la espalda completamente descubierta. El escote deja poco a la imaginación y los tacones negros añaden unos centímetros a mi estatura. Llevo el pelo suelto, cayéndome por la espalda en ondas oscuras, y he elegido un pintalabios del mismo tono que el vestido.
Mi madre ha insistido en que utilice una estrategia discreta.
Supongo que su concepto de discreción y el mío son ligeramente diferentes.
Aunque, teniendo en cuenta que mi objetivo es un universitario de veintiún años, no creo que me cueste demasiado llamar su atención.
-Estoy dentro-murmuro, llevándome la mano al pelo para acomodar el diminuto auricular oculto.
-Te tenemos localizada-responde uno de mis agentes-El vehículo está preparado.
-No intervengáis hasta que os dé la orden.
-Entendido.
Dejo de prestar atención a la comunicación cuando veo que Jonathan se separa del grupo y se dirige hacia la barra.
Perfecto.
Lo sigo a una distancia prudencial, dejando que un par de personas se interpongan entre nosotros. Jonathan se apoya en la barra y levanta dos dedos para llamar la atención del camarero.
Me sitúo a su lado.
-Un vodka con limón-pido.
El camarero asiente y se aleja.
Jonathan gira ligeramente la cabeza.
Nuestros ojos se encuentran.
Azul.
Un azul bastante más intenso del que esperaba.
Su mirada desciende brevemente por mi vestido antes de regresar a mi rostro. No intenta disimular que me ha mirado, aunque tampoco se queda observándome de una manera desagradable.
Simplemente sonríe.
-Bonito vestido.
Arqueo una ceja.
-¿Ese es tu mejor intento?
Su sonrisa se ensancha.
-Depende. ¿Ha funcionado?
-Todavía estoy decidiéndolo.
Se ríe.
Tiene una risa agradable. Grave, espontánea y ligeramente contagiosa.
Qué irritante.
-Soy Jon-se presenta, ofreciéndome una mano.
Miro su mano antes de estrechársela.
-Dami.
-¿Dami?
-¿Algún problema?
-Ninguno. Me gusta.
Retiro la mano.
-Qué alivio. Estaba esperando tu aprobación.
Vuelve a reírse.
¿Se ríe de todo?
El camarero regresa con mi bebida y la deja frente a mí. Antes de que pueda sacar dinero, Jonathan señala mi copa.
-Invito yo.
-Puedo pagarme una copa.
-No he dicho que no puedas.
Lo observo durante un instante.
-¿Siempre eres tan insistente?
-Solo cuando intento caerle bien a una chica guapa.
Dios mío.
Mi objetivo es un cliché con piernas. Sin embargo, sonrío ligeramente y acepto la invitación.
-Entonces tendrás que esforzarte un poco más, Jon.
-¿Eso significa que tengo alguna posibilidad?
-Significa que todavía no me he marchado.
Jonathan se lleva una mano al pecho.
-Eso es prácticamente una declaración de amor.
Tengo que contener una carcajada. No porque sea especialmente gracioso. Sino porque jamás había conocido a alguien que pareciera disfrutar tanto haciendo el ridículo.
-¿Has venido sola?-pregunta.
-¿Por qué? ¿Vas a ofrecerte como un caballero?
-Estaba pensando en preguntarte si quieres bailar.
Miro hacia la pista.
Un hombre acaba de derramar media copa sobre el pelo de una mujer que, comprensiblemente, parece estar a punto de asesinarlo.
-Prefiero conservar mis zapatos.
Jon sigue la dirección de mi mirada y hace una mueca.
-Vale, argumento bastante sólido.
Bebe un sorbo de su copa.
-¿Y qué te apetece hacer?
Lo miro por encima del borde de mi vaso.
Esta es la parte sencilla.
Conseguir que confíe en mí lo suficiente para separarse de sus amigos. Llevarlo hasta el punto acordado y permitir que mis hombres se encarguen del traslado.
Setenta y dos horas de preparación para esto.
-Podríamos ir a un sitio donde pueda escucharte sin quedarme sorda-sugiero.
Jonathan parece considerar la propuesta.
Después mira hacia la zona reservada.
-Tengo que avisar a mi hermano.
Por supuesto.
Conner Kent.
El principal inconveniente de esta noche.
-¿Necesitas pedirle permiso?-pregunto con una sonrisa burlona.
Jon vuelve a mirarme.
-No, pero si desaparezco sin decir nada, me llamará unas cincuenta veces.
-Qué considerado.
-Es un pesado.
-Entonces ve a avisarlo.
No pienso presionarlo demasiado. Si sospecha que tengo prisa por sacarlo del local, podría arruinar toda la operación.
Jonathan sonríe.
-¿Me esperas aquí?
-Depende de cuánto tardes.
-Dos minutos.
-Tienes uno.
Se ríe mientras se aleja.
Lo observo regresar con su grupo y me llevo discretamente una mano al auricular.
-El objetivo está estableciendo contacto con su hermano. Preparad la segunda fase.
-Recibido. ¿Alguna complicación?
-Ninguna.
Pero entonces veo que Conner deja de sonreír. Jonathan le dice algo y señala en mi dirección.
Su hermano me observa.
No es una mirada casual.
Me examina de arriba abajo, frunce ligeramente el ceño y se inclina hacia Tim para decirle algo al oído.
Tim también gira la cabeza.
Magnífico.
Ahora tengo a dos personas mirándome como si estuvieran considerando realizarme una entrevista de trabajo.
Jonathan parece discutir brevemente con su hermano. Después levanta las manos en un gesto de rendición, saca el teléfono del bolsillo y hace algo con él.
Probablemente compartir su ubicación.
Inteligente.
Un poco tarde para eso, pero inteligente.
Finalmente regresa hacia mí.
-Bueno-dice, guardándose el móvil-Mi hermano quiere saber si eres una asesina en serie.
-¿Y qué le has dicho?.
-Que todavía no te conozco lo suficiente para descartarlo.
Y, por primera vez desde que he entrado en este maldito local, me río de verdad.
-Eres idiota, Kent.
Su sonrisa desaparece apenas un segundo.
-Espera.
Mierda.
-¿Cómo sabes mi apellido?
Lo observo sin alterar mi expresión.Un error. Un estúpido error que no debería haber cometido.
Mi madre me arrancaría la cabeza si estuviera aquí. Pero sonrío, inclino ligeramente la cabeza y señalo con la mirada hacia su hermano.
-Jonathan Kent. Hijo del senador Clark Kent. ¿De verdad crees que nadie te reconoce?
Parece relajarse.
-Ah. Sí. Claro-Se frota la nuca, ligeramente avergonzado-A veces se me olvida.
Qué curioso.
Yo llevo seis semanas estudiando cada detalle de su vida y él ni siquiera recuerda que su cara aparece regularmente en los periódicos.
-¿Nos vamos?-pregunto.
Jonathan me ofrece el brazo con una exagerada reverencia.
-Después de usted, señorita.
Miro su brazo. Después su cara.
Y finalmente acepto.
-Qué caballero.
-Mi madre me ha educado bien.
No respondo.
Porque mientras caminamos hacia la salida, con su brazo cálido bajo mi mano y su sonrisa despreocupada dirigida hacia mí, no puedo evitar pensar en la conversación que he mantenido con mi padre antes de salir del complejo.
«No olvides que ese chico tiene una familia que lo espera».
Aprieto ligeramente los dedos alrededor del brazo de Jonathan.
Él baja la mirada hacia mí.
-¿Todo bien?
Sonrío.
-Perfectamente.
Y continúo caminando hacia la salida.
Porque, dentro de unos minutos, Jonathan Kent va a descubrir que su hermano tenía motivos para desconfiar de mí.
Jon
-Bien-dice ella, deteniéndose frente a la puerta-Es tu momento de demostrar que no eres idiota.
Me llevo una mano al pecho, fingiendo estar profundamente ofendido.
-¿Me estás diciendo que todavía no te he impresionado?
-Me has invitado a una copa y has utilizado una frase para ligar que probablemente aprendiste en una película de los noventa. Digamos que tienes margen de mejora.
Suelto una carcajada mientras me adelanto para abrirle la puerta del local. Dami me observa un segundo, arquea una ceja y finalmente sale al exterior.
-Vaya, un caballero.
-Mi madre estaría orgullosa.
-No estoy tan segura.
-Qué poca fe tienes en mí, Dami.
La sigo hasta la acera y agradezco inmediatamente el aire fresco. Dentro hace un calor insoportable y llevo prácticamente toda la noche gritando para poder mantener una conversación. Fuera, en cambio, la temperatura es bastante agradable. Hay algunos grupos de personas fumando cerca de la entrada, varios taxis detenidos junto a la acera y un par de universitarios discutiendo sobre quién ha perdido las llaves del coche.
Dami se aparta ligeramente del gentío y se acomoda un mechón de pelo negro detrás de la oreja. El vestido rojo le queda de una manera que debería ser ilegal, aunque lo que más me llama la atención cuando vuelve a mirarme son sus ojos.
Vale, Jon. Concéntrate
.
Necesito un tema de conversación. Algo interesante. Algo que no consista en preguntarle qué estudia, a qué se dedica o si viene mucho por aquí. Tampoco quiero parecer uno de esos tíos que convierten una conversación de cinco minutos en una entrevista de trabajo.
Podría preguntarle por su música favorita.
No. Demasiado típico.
¿Su película favorita?
Peor.
¿Si cree que los dinosaurios tenían plumas?
Joder, Jon.
-¿Siempre te quedas tan callado cuando sales con una chica?-pregunta, cruzándose de brazos.
-Estoy pensando.
-Eso explica el esfuerzo que parece estar costándote.
-Eres bastante cruel, ¿lo sabías?
-Me lo han dicho alguna vez.
Sonríe ligeramente y empieza a caminar. La sigo, metiéndome las manos en los bolsillos.
Y entonces se me ocurre.
-Vale, tengo una pregunta.
-Qué miedo.
-¿Crees en el destino?
Dami gira la cabeza hacia mí. Por primera vez desde que la he conocido, parece genuinamente sorprendida.
-¿Perdona?
-En el destino. Ya sabes, que las cosas ocurren porque tienen que ocurrir, que hay personas destinadas a conocerse y toda esa mierda.
-¿Esa es tu técnica para ligar?
-No. Mi técnica para ligar era decirte que tenías un vestido bonito. Como ha fracasado estrepitosamente, estoy improvisando.
Suelta una pequeña risa por la nariz.
Victoria.
-No creo en el destino -responde finalmente.
-¿Nada de nada?
-No.
-¿Por qué?
Dami me mira como si acabara de hacerle la pregunta más absurda del mundo.
-Porque las cosas no ocurren por arte de magia, Jon. Ocurren porque alguien toma decisiones. Cada acción tiene consecuencias y cada decisión conduce a otra. Si quieres conseguir algo, tienes que trabajar para lograrlo.
Asiento lentamente.
-Entonces crees que construimos nuestro propio camino.
-Exactamente.
-¿Y las casualidades?
-Existen.
-¡Ajá!
-¿Ajá, qué?
-Acabas de admitir que existen las casualidades.
-No he dicho que no existan. He dicho que no creo que haya una fuerza invisible organizando nuestras vidas.
Me río mientras caminamos junto a los escaparates de varios establecimientos cerrados. Dami lleva los brazos cruzados, aunque parece bastante cómoda caminando con esos tacones. Yo me habría roto los dos tobillos antes de llegar a la esquina.
-Vale, entonces imagina esto-propongo-Tú decides salir esta noche. Yo también. De todos los locales que hay en Washington, terminamos en el mismo. De todas las personas que había dentro, acabamos uno al lado del otro en la barra. ¿No te parece una casualidad bastante grande?
Dami me observa de reojo.
-No especialmente.
-¿Cómo que no?
-Hay cientos de personas que salen cada noche. Algunas coinciden. No es un acontecimiento extraordinario.
-Joder, qué romántica eres.
-¿Esperabas que te dijera que el universo nos ha unido?
-Habría sido bonito.
-Habría sido preocupante.
-Entonces, según tú, conocernos ha sido consecuencia de nuestras decisiones.
-Sí.
-Tú has decidido acercarte a la barra.
-Correcto.
-Yo he decidido invitarte a una copa.
-Una decisión económicamente cuestionable.
-Han sido doce dólares.
-Precisamente.
La miro, indignado.
-¿Sabes qué? Retiro la invitación. Dame mis doce dólares.
-Continúa con tu teoría.
Sonrío.
-Lo que intento decir es que, aunque hayamos tomado nuestras propias decisiones, también han tenido que coincidir un montón de circunstancias que no controlamos. Podría haberme quedado en casa. Mi hermano podría haber elegido otro local. Tú podrías haber llegado diez minutos más tarde.
-Y entonces no nos habríamos conocido.
-Exacto.
-Eso no demuestra que exista el destino.
-No, pero tampoco demuestra que no exista.
Dami guarda silencio durante unos segundos.
Me mira con una expresión que no consigo descifrar. Parece estar estudiándome, como si estuviera intentando averiguar algo que no tiene demasiado que ver con nuestra conversación.
-¿Y tú qué crees? -pregunta.
Me encojo de hombros.
-No lo sé.
-Una respuesta muy elaborada.
-Oye, me has pedido mi opinión, no una tesis doctoral.
-Estoy esperando.
Me paso una mano por el pelo y miro hacia la calle.
-Creo que hay cosas que nos pasan por casualidad, pero que lo importante es lo que hacemos después. No puedes controlar a quién conoces, dónde naces o qué oportunidades aparecen delante de ti. Pero sí puedes decidir qué hacer con ellas.
Dami no responde inmediatamente.
-Por ejemplo -continúo-, imagina que conoces a alguien por pura casualidad y resulta que esa persona acaba siendo importantísima en tu vida. ¿Ha sido el destino quien os ha unido o habéis sido vosotros quienes habéis decidido quedaros?
-Vosotros -responde sin vacilar.
-¿Tan segura estás?
-Sí.
-¿Y si esa persona hubiera aparecido en tu vida por algún motivo concreto?
Su expresión cambia ligeramente.
Es apenas un segundo, pero lo noto.
-Entonces dependería de cuál fuera ese motivo.
-¿Y si no lo supieras?
Dami aparta la mirada hacia la carretera.
-Siempre hay un motivo.
Me quedo observándola.
No lo dice como alguien que está participando en una conversación filosófica con un desconocido al que acaba de conocer en una discoteca. Lo dice con una seguridad extraña, casi como si estuviera hablando de algo personal.
-Eres de las que necesitan tenerlo todo controlado, ¿verdad?
-Me gusta saber lo que hago.
-Eso no es lo mismo.
-Para mí sí.
Sonrío ligeramente.
-Pues yo creo que a veces las mejores cosas ocurren cuando no tienes ni puta idea de lo que estás haciendo.
Dami vuelve a mirarme.
-Eso explicaría bastantes cosas sobre ti.
-¡Eh!
Se ríe.
Y esta vez no es esa sonrisa pequeña y contenida que me ha dedicado durante toda la noche. Es una risa auténtica que le cambia completamente la expresión.
Joder.
Es guapísima.
-Vale -digo, señalándola-. Ahora voy a demostrarte mi teoría.
-Adelante.
-Yo no tenía pensado conocer a nadie esta noche. Mi hermano prácticamente me ha arrastrado hasta aquí porque dice que llevo demasiado tiempo entre clases y entrenamientos. Pensaba tomarme un par de cervezas, bailar un rato y volver a casa.
-Una noche apasionante.
-Muchísimo. Pero entonces has aparecido tú.
Dami arquea una ceja.
-¿Y?
-Y ahora estoy paseando por Washington con una chica preciosa que parece disfrutar insultándome.
-No te insulto.
-Me has llamado idiota tres veces.
-Dos.
-¡Las estás contando!
Sonríe con descaro.
-Continúa.
Me acerco un poco más mientras seguimos caminando.
-Mi punto es que no tenía planeado nada de esto. Y, sin embargo, me alegro de que haya ocurrido.
Durante un instante, Dami deja de sonreír.
Sus ojos verdes se clavan en los míos y tengo la extraña sensación de haber dicho algo que no esperaba escuchar.
-No me conoces-responde.
-Por eso estoy intentando conocerte.
-Podría ser una persona horrible.
-Podrías.
-Podría mentirte.
-También.
-Podría estar aprovechándome de ti.
Me detengo y la miro con una sonrisa.
-¿Por los doce dólares?
Dami cierra los ojos un segundo.
-Eres desesperante.
-Me lo dicen mucho.
Vuelve a caminar y me apresuro a alcanzarla.
-Además, no creo que seas una persona horrible-añado.
-¿Y eso cómo lo sabes?
-No lo sé. Es una impresión.
-Las impresiones pueden ser equivocadas.
-Claro. Por eso quiero conocerte antes de decidir si eres una psicópata.
Dami suelta una carcajada.
-Tu hermano tenía razón. No deberías confiar tanto en desconocidos.
-¿Y tú? ¿Confías en mí?
Su respuesta llega inmediatamente.
-No.
Me llevo una mano al pecho.
-Me estás rompiendo el corazón.
-Sobrevivirás.
-Eso espero.
Llegamos a una esquina y nos detenemos junto a un paso de peatones. Dami mira brevemente hacia el otro lado de la calle antes de sacar su teléfono. Consulta algo en la pantalla y vuelve a guardárselo.
-Conozco un sitio tranquilo a un par de calles-comenta-Podemos seguir hablando allí.
-¿Tiene comida?
Me mira.
-¿Perdona?
-Comida. Ya sabes, esa cosa maravillosa que evita que los seres humanos muramos de hambre.
-¿Siempre tienes hambre?
-Juego al fútbol americano. Mi cuerpo es básicamente un agujero negro-Niega con la cabeza, divertida.
-Creo que hay una cafetería cerca.
-Perfecto. Entonces te invito a algo.
-Ya me has invitado a una copa.
-Y tú me has insultado tres veces. Estamos empatados.
-Dos, Jonathan.
-¡Otra vez!
El semáforo cambia a verde y empezamos a cruzar.
Me fijo en que Dami vuelve a mirar su teléfono. Parece ligeramente distraída, aunque cuando le pregunto si ocurre algo, me asegura que no.
Supongo que tendrá sus propios asuntos.
Yo también debería comprobar el mío.
Lo saco del bolsillo y encuentro cuatro mensajes de Conner.
Conner 🦍
Mensajes · 00:47
¿Dónde coño vais?
Jon, no hagas el gilipollas.
Tim dice que le suena su cara.
Contesta al puto móvil.
Resoplo.
Mi hermano es un exagerado.
Le escribo rápidamente mientras caminamos.
Estoy bien, pesado. Vamos a tomar algo. Luego te llamo.
Y dile a Tim que deje de investigar a mis ligues 😂
Guardo el teléfono y vuelvo a prestar atención a Dami.
-Perdona. Mi hermano.
-¿Todo bien?
-Sí. Cree que vas a vender mis órganos en el mercado negro.
Ella se queda mirándome.
Un segundo.
Dos.
Después se ríe.
-Qué imaginación tiene.
-Ya ves. Aunque, por si acaso, te aviso de que necesito los riñones. Les tengo cariño.
-Lo tendré en cuenta.
Sonrío y le ofrezco el brazo otra vez. Dami lo observa, parece pensárselo y finalmente lo acepta.
Seguimos caminando mientras le pregunto qué opina sobre las segundas oportunidades, porque se me acaba de ocurrir que también podría ser un tema interesante.
Y mientras ella empieza a explicarme que no todo el mundo merece una segunda oportunidad, pienso que mi teoría sobre el destino quizá no sea tan absurda.
Al fin y al cabo, hace una hora ni siquiera sabía que esta chica existía.
Ahora quiero saberlo todo de ella.
La cafetería está «a un par de calles».
O eso ha dicho Dami.
Empiezo a sospechar que su concepto de un par es bastante flexible cuando dejamos atrás la avenida principal y llevamos ya unos diez minutos caminando. La música de los locales queda cada vez más lejos, sustituida por el ruido ocasional de algún coche y nuestros pasos sobre la acera.
No debería importarme. De hecho, sigo bastante entretenido con nuestra conversación. Dami tiene esa forma de hablar como si cada opinión que sale de su boca hubiera pasado previamente por un comité de expertos y hubiese sido aprobada por unanimidad. No duda. No titubea. No utiliza «quizá» prácticamente nunca.
Yo, por supuesto, estoy descubriendo que me encanta llevarle la contraria.
-Entonces, según tú, ¿una persona puede controlar completamente hacia dónde va su vida?
-No he dicho completamente.
-Has dicho que el destino es una excusa que utiliza la gente para sentirse mejor con las decisiones que toma.
-Porque lo es.
-Eso ha sonado bastante traumático.
Dami gira la cabeza.
-Eso ha sonado bastante idiota.
-Cuatro.
-¿Qué?
-Cuatro veces que me llamas idiota esta noche.
-Creía que habíamos acordado dos.
-Has reincidido.
Una sonrisa pequeña aparece en sus labios. Seguimos caminando. Es cuando dobla por una calle mucho más estrecha cuando finalmente frunzo el ceño.
-¿Dónde está exactamente esa cafetería?
-Cerca.
-Eso dijiste hace diez minutos.
-¿Estás cansado, jugador de fútbol?
La miro, ofendido.
-Podría cargarte al hombro y correr cinco kilómetros.
-Qué impresionante.
-No ha sonado como si estuvieras impresionada.
-Porque no lo estoy.
-Voy a conseguir impresionarte antes de que termine la noche.
Algo cambia en su expresión.
Es mínimo.
Tan rápido que probablemente debería pensar que me lo he imaginado.
-No creo que tengas tanto tiempo -murmura.
-¿Qué?
-Nada.
Continúa andando y yo la sigo.
La calle desemboca en un callejón.
Ahí sí me detengo.
Hay edificios a ambos lados, contenedores junto a una pared y una única farola iluminando parte del camino. No es precisamente el escenario que uno imagina cuando una chica guapísima le promete una cafetería.
-Oye...
Ella continúa unos pasos antes de detenerse.
-¿Sí?
-A riesgo de darle la razón a mi hermano… esto empieza a parecer bastante el lugar donde alguien vendería mis órganos.
Se gira hacia mí y sonríe.
No es la misma sonrisa de antes.
-Te dije que confiar demasiado en desconocidos era peligroso.
Me río, aunque algo dentro de mí empieza a ponerse alerta.
¡Corre!
-Vale. Muy graciosa. ¿Dónde está la cafetería?
Dami no responde.
Miro detrás de mí.
Después hacia ella.
-¿Recuerdas nuestra conversación sobre el destino?
-Sí.
-Tú dijiste que algunas cosas ocurren por casualidad.
-Sí…
-Y que después nosotros decidimos qué hacemos con ellas.
Mi cuerpo lo entiende antes que mi cabeza. Quizá sea la manera en que está colocada, quizá que ya no parece una chica que acaba de conocerme en un bar. Sus hombros están rectos. Sus brazos relajados. Sus ojos recorren el callejón con una tranquilidad que no encaja con el lugar.
Doy un paso atrás.
-¿qué coño pasa?-Ella suspira.
-Hay algo que debería aclararte, Jon.
-¿Qué?
-Que nuestro encuentro no ha sido casualidad.
Se me encoge el estómago.
-¿Qué significa eso?
-Significa que yo no he elegido ese local porque me apeteciera salir esta noche. Otro paso atrás. Mi mano va automáticamente hacia el bolsillo donde tengo el teléfono.
-No lo hagas.
Me detengo.
-¿Cómo?
-Sacar el móvil.
Ahora su voz tampoco suena igual. No hay bromas. No hay coqueteo. Solo una calma que, de repente, me da muchísimo peor rollo que si hubiese empezado a gritar.
-¿Quién coño eres?
-Mi nombre sí es Dami.
-No te he preguntado cómo te llamas.
Sus ojos verdes permanecen clavados en los míos.
-Sé quién eres, Jonathan Kent. Sé quién es tu padre. Sé quién es tu madre. Sé quién es tu hermano. Sé dónde estudias y sé que esta noche ibas a salir con Conner, Tim, Jay y Barbara-Siento un escalofrío recorrerme la espalda.
-¿Qué?
Mi mano vuelve hacia el teléfono.
Esta vez lo saco.
No llego a desbloquearlo.
Dami se mueve.
Ni siquiera entiendo exactamente qué hace. Un segundo está a varios pasos de mí y al siguiente me arranca el teléfono de la mano con una facilidad que me deja completamente descolocado.
-¡Eh!
Intento recuperarlo.
Error.
Me atrapa la muñeca, gira sobre sí misma y, antes de que consiga reaccionar, tengo el brazo inmovilizado.
-¡Joder!
-No te resistas.
-¡Suéltame!
Tiro hacia atrás y consigo liberarme aprovechando la diferencia de tamaño. Retrocedo inmediatamente.
Ella ni siquiera parece alterada.
Yo sí.
Muchísimo.
-¿Qué quieres?
-A ti.
-¿Qué?
-No de la manera que estás pensando.
-¡No estoy pensando una mierda! ¡Acabas de intentar partirme el brazo!
-Si hubiese querido hacerlo, estaría roto.
-Eso no tranquiliza absolutamente nada.
Miro hacia la entrada del callejón.
Tengo que volver a la avenida.
Conner.
Necesito llegar hasta Conner.
-Jon.
-Que te jodan.
Echo a correr. Consigo avanzar unos metros antes de escuchar sus tacones detrás de mí.
¿Cómo coño corre así con esos zapatos?
No llego a descubrirlo.
Algo me golpea por detrás y pierdo el equilibrio. Consigo girarme antes de caer y la agarro por el brazo. Los dos chocamos contra la pared. Dami suelta una maldición y durante un instante creo que puedo apartarla.
Soy más grande.
Bastante más grande.
Pero ella sabe exactamente lo que está haciendo.
Yo no.
-¡Sueltame!
-Deja de resistirte.
-¡Me estás secuestrando!
-Sí.
Me quedo mirándola un segundo.
-¿¡Y LO DICES ASÍ!?
-Preferiría que cooperaras.
-¡Pues yo preferiría una puta cafetería!
Por alguna razón, parece que está a punto de reírse.
-Lo siento.
-¿Por mentirme sobre la cafetería o por secuestrarme?
-Por lo que viene ahora.
Eso sí que no me gusta.
-¿Qué viene aho...?
Veo el movimiento.
Intento apartarme.
Demasiado tarde.
Siento un golpe seco y preciso.
El mundo se inclina.
Por un instante sigo de pie, aunque no sé muy bien cómo. Mis piernas dejan de responderme y apoyo una mano contra la pared intentando mantenerme erguido.
-¿Qué…coño…?
Ella aparece delante de mí.
La imagen se duplica.
Después se triplica.
-Tranquilo.
-No me…digas…tranquilo…
Intento empujarla, pero mi brazo apenas responde. Ella me sujeta antes de que caiga de cara contra el suelo.
-Conner…
Es lo único que consigo pensar.
Mi hermano sabe que estoy con ella.
Mi ubicación.
El móvil.
Tiene que encontrarme.
-Mi hermano va a…
-Lo sé.
Su voz parece llegar desde muy lejos.
-Va a encontrarte.
Dami me sostiene mientras las rodillas terminan por cederme.
-Eso también lo sé.
Intento enfocar sus ojos.
Verdes.
Joder.
Conner tenía razón.
Voy a tener que aguantar esa mierda durante el resto de mi vida.
Si es que hay un resto de mi vida.
-Eres…una…
Creo que Dami suspira.
-Cinco.
No entiendo de qué habla.
Después recuerdo nuestra estúpida cuenta de insultos y casi quiero reírme.
No puedo.
Todo se vuelve negro.








