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broken bow ; hyunmin

Summary

Dos ranchos, dos familias enfrentadas, y un arroyo entre ellos. Seungmin y Hyunjin nunca imaginaron que cruzar aquella frontera significaría encontrar algo que ninguno de los dos estaba buscando realmente. -smut. -top!hj. -bttm!sm. -fast burn. © seungminhista

Genre
Romance,Erotica
Author
maby
Status
Complete
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
18+

01

El aire de las seis de la mañana en el valle de Broken Bow no perdonaba a los flojos. Olía a pino seco, a la tierra húmeda que apenas empezaba a descongelarse con los primeros rayos de luz y al aroma metálico, frío y penetrante de las mañanas de primavera. Aún no salía el sol por completo sobre las crestas rocosas que rodeaban la propiedad cuando las chimeneas del Rancho Kim ya soltaban sus primeras columnas de humo blanco hacia el cielo despejado.

En la zona de los corrales principales, el golpe sordo, seco y constante de un martillo de herrador contra la madera dura marcaba el compás de la jornada.

Kim Seungmin estaba agachado junto al poste de soporte del establo interior. Llevaba las mangas de su camisa de lino blanco enrolladas con prolijidad hasta los codos, dejando al descubierto sus antebrazos bronceados por el sol del verano anterior, en los que se marcaban las venas debido al esfuerzo sostenido. Tenía las gafas de armazón fino negro ligeramente descolocadas sobre el puente de la nariz, sujetas apenas por la capa fina de sudor que ya se le juntaba en la frente a pesar del aire helado.

Con un movimiento firme, experimentado y paciente, Seungmin mantenía levantada la pata trasera derecha de un majestuoso caballo castaño de tiro. El animal resopló, agitando la cola de un lado a otro y dando un pequeño brinco con las patas delanteras.

—Tranquilo, Sombra, tranquilo... -Murmuró Seungmin. Su voz era grave, pausada y baja, una melodía tranquila pensada únicamente para apaciguar al animal. —Solo te voy a apretar esto. Si te dejas la herradura suelta, te vas a lastimar el casco en el pastizal bajo y luego papá me va a decir a mí que no cuido a las bestias. Acomódate. Eso es. Muy bien.

Ajustó el agarre de su muslo izquierdo bajo la corva del caballo, usando la mano libre para colocar con precisión milimétrica la tenaza sobre una de las pestañas de hierro dobladas.

—Si sigues hablándole a los animales como si fueran tus alumnos de la escuela dominguera, un día de estos Sombra te va a responder en latín, Seungmin.

Seungmin ni siquiera se molestó en levantar la mirada para saber quién acababa de entrar al establo. Siguió ejerciendo presión sobre la tenaza hasta escuchar el chasquido metálico del clavo encajándose.

—Los animales responden al tono de voz, Wonpil. -Respondió Seungmin con calma, sintiendo cómo el caballo finalmente relajaba la pata sobre su rodilla.

—Si les gritas como lo hace papá cada vez que se le traspapela una factura del correo, los caballos se ponen nerviosos, se espantan y terminan rompiendo los cercados. Cuestión de lógica.

Wonpil, que a sus dieciséis años ya comenzaba a desarrollar la misma espalda ancha y la postura erguida característica de los hombres de la familia Kim, se apoyó contra el marco de la puerta de madera. Llevaba al hombro una bolsa de cuero pesado rellena con clavos de hierro y tenazas de repuesto. Tenía una mueca medio burlona, medio cansada en el rostro.

—Papá no les grita, él sólo impone autoridad. -Corrigió Wonpil, dejando caer la bolsa sobre una banqueta con un estrépito que hizo volver la cabeza al caballo. —Y hablando de papá, me pidió que te diga que antes de que enganches la carreta y te vayas al pueblo a buscar la remesa de harina y los barriles de aceite para la cocina, te des una vuelta por el canal oeste.

La mano de Seungmin se detuvo un segundo justo cuando se disponía a limpiar el barro acumulado en la palma del casco del animal. Sus ojos, ocultos tras el cristal de sus lentes, se entrecerraron ligeramente.

—¿El canal oeste? -Preguntó, volviendo a la carga pero con un matiz mucho más tenso en la voz. —¿Qué pasa con el canal? Revisé el canal anteayer y el caudal venía bien.

—Pues hoy no viene bien. -Dijo Wonpil, perdiendo de golpe la actitud burlona y cruzándose de brazos. —Los peones bajaron a las cinco a revisar los bebederos de la loma baja. Dicen que el nivel cayó casi diez centímetros respecto a la semana pasada. Y no ha dejado de llover en las alturas, así que no es falta de agua.

Seungmin apretó la mandíbula. Soltó con mucho cuidado la pata del caballo, le dio dos palmaditas afectuosas en el lomo y se puso de pie lentamente. Sacó un trapo sucio del bolsillo trasero de sus pantalones de lona gruesa y empezó a limpiarse la grasa y el hollín de las manos, dedo por dedo, con ese cuidado y perfección que desesperaba a cualquiera.

—Eso está dentro de nuestro margen legal. -Declaró Seungmin, ajustándose las gafas con el nudillo del dedo índice limpio. —Esos linderos quedaron marcados cuando el abuelo levantó la primera cerca. La caída de agua nos pertenece en un cuarenta por ciento por derecho de tierras.

—Pruébaselo a los Hwang. -Soltó Wonpil, torciendo la boca con abierta frustración. —Ya sabes lo que repite el viejo Hwang en la barbería cada vez que se toma dos tragos de whisky, "el agua que corre por la tierra alta es de quien pone la cerca primero".

—El viejo Hwang dice lo que le conviene para no admitir que sus tierras son más secas que una suela de bota. -Intervino una tercera voz, mucho más agudo y juvenil, desde la sombra del granero contiguo.

Jeongin, de apenas doce años, venía arrastrando un cubo de madera pesado, lleno hasta el borde con grano y avena. Llevaba un sombrero de ala ancha que evidentemente había sido de Seungmin años atrás y que le quedaba ridículamente grande, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás cada tres pasos para no tropezarse.

—Jeongin, no repitas en el establo lo que escuchas en la mesa del comedor. -Lo reprendió Seungmin, aunque su tono carecía de verdadera dureza. Se acercó al niño y, sin pedir permiso, le quitó el cubo de las manos para llevarlo él mismo sin esfuerzo. —¿Y por qué estás cargando esto tú solo? ¿Dónde están los peones?

—Ayudando a papá en la herrería. -Resopló Jeongin, limpiándose el sudor de la nariz con la manga de su chaqueta desgastada. —Yizhuo me dijo que si no traía la avena para los potrillos antes de las siete, no me iba a dar tarta de manzana al almuerzo.

—Yizhuo tiene razón. Tienes doce años, no eres un adorno del rancho. -Dijo Wonpil desde la puerta, sonriendo de lado. —Y deja de espiar las conversaciones de los mayores.

—¡No estaba espiando! -Protestó Jeongin, cruzándose de brazos indignado. —Estaba ayudando a Minjeong a limpiar las monturas del establo tres. Por cierto, Seungmin, Minjeong dijo que si vas al pueblo le traigas un carrete de hilo azul, del que venden en la tienda de los Miller, no del barato que trae el buhonero.

Seungmin suspiró, dejando el cubo de grano junto a la valla de los potrillos. —Anotado. Hilo azul para Minjeong, harina para la cocina, salitre para la carne y aceite para las lámparas. -Enumera Seungmin, sacando de su chaleco una pequeña libreta de cuero con las esquinas desgastadas y un lápiz de palo corto. —Y sobre el canal oeste, no voy a perder dos horas yendo a discutir con los peones de los Hwang antes de ir al pueblo. Si voy a la loma ahora, terminaré encontrándome con el capataz de ese rancho y no tengo ganas de arruinarme la mañana.

—A veces creo que le tienes miedo a cruzarte con esa gente. -Murmuró Jeongin con la ingenuidad infantil que solía soltar las verdades más incómodas.

Seungmin se congeló por un instante, con el lápiz suspendido sobre el papel. Levantó la cabeza y miró a su hermano menor con una ceja arqueada. —No le tengo miedo a nadie, Jeongin. Se llama prudencia, se llama no buscar pleitos absurdos por piedras movidas de sitio cuando podemos resolverlo de forma legal con el Sheriff.

—El Sheriff no va a mover un dedo por una zanja de agua, Seungmin, tú lo sabes bien. -Aportó Wonpil, dando un paso hacia el interior del establo. —El Sheriff Miller bastante tiene con evitar que los vaqueros de los Hwang destrocen el saloon los sábados por la noche. Si quieres que el agua vuelva a bajar al establo cuatro, vas a tener que ir tú mismo a decirles que quiten las rocas.

—Lo haré esta tarde. -Cortó Seungmin, guardando la libreta y ajustándose el chaleco de cuero oscuro sobre la camisa impecable. —Ahora necesito enganchar el tordillo y salir hacia el pueblo antes de que la tienda general se llene de los granjeros del valle sur.

—¿Quieres que vaya contigo? -Preguntó Wonpil, cruzando la entrada para ponerse a su lado. —Si llevas la carreta solo y te cruzas con alguno de los muchachos de los Hwang en el camino de tierra...

—Sé cuidarme solo, Wonpil. Tengo veinte años, no doce como Jeongin, no necesito que me cuide mi hermano menor. -Respondió Seungmin con una sonrisa serena pero firme, dándole un apretón en el hombro a su hermano para calmarlo. —Además, no voy a pelear con nadie. Solo voy a comprar provisiones, pagar la cuenta del herrero y volver.

—A veces pelear es más rápido que intentar razonar con salvajes, hermano.

—No si quieres que la reputación de esta familia siga intacta. -Replicó Seungmin, dirigiéndose hacia el establo del tordillo. —Vuelve a la herrería y ayuda a papá. Y Jeongin, ve a la cocina y dile a Yizhuo que salgo ya.

El camino de tierra que conectaba el Rancho Kim con el centro urbano de Broken Bow serpenteaba a lo largo de casi cuatro millas entre colinas bajas, matorrales secos y vallados de madera envejecida por el sol.

Seungmin conducía la carreta pequeña de dos ruedas con una postura impecable. Sentado sobre el pescante de madera, sujetaba las riendas del tordillo con la firmeza justa. Ni demasiado tensas para no cansar al animal, ni demasiado sueltas para perder el control en los baches del terreno. Llevaba el sombrero perfectamente colocado sobre la cabeza, protegiéndose los ojos del sol que comenzaba a elevarse a su izquierda.

A medida que la carretera descendía hacia el valle, el pueblo de Broken Bow se abría ante él como un cuadro en movimiento.

No era una gran ciudad, no, era un típico asentamiento del oeste levantado a toda prisa durante la fiebre del pastoreo y la madera. Una calle principal única, ancha, cubierta de un polvo rojo y denso que se pegaba a las botas y al dobladillo de los pantalones, atravesaba el pueblo de cabo a raya. A ambos lados se alineaban las fachadas de pino y roble, la pequeña oficina de correos, la barbería con su poste pintado de blanco y rojo, la botica, la carpintería, la gran tienda general de departamentos de los Miller, la herrería del pueblo con su chimenea escupiendo humo constante, y al fondo, justo donde la calle empezaba a inclinarse hacia la estación del ferrocarril de mercancías, el saloon principal, cuya puerta vaivén ya permanecía entreabierta a pesar de la hora temprana.

Seungmin detuvo la carreta justo frente a la tienda general de los Miller, en un espacio de la acera de madera donde la sombra de la fachada aún protegía del calor naciente.

Descendió del asiento de la carreta con un salto limpio y ágil. Rodeó al tordillo, acariciándole el hocico con suavidad mientras amarraba las riendas al poste de madera de la acera utilizando un nudo marinero doble, perfecto y simétrico. Se sacudió el polvo del camino dándose ligeras palmaditas en los muslos de lona y ajustó el cuello de su camisa.

Todo en Seungmin transmitía un orden casi escrupuloso, el pelo bien peinado hacia un lado, las gafas limpias, las botas lustradas esa misma mañana. Era la viva imagen de la educación, la responsabilidad y el decoro que la familia Kim se esforzaba por proyectar en cada rincón del condado.

Antes de entrar por las provisiones, notó que una de las correas de la canillera de su caballo se había aflojado. Con su acostumbrada metódica obsesión por el orden, Seungmin se colocó al costado del animal y se agachó. Apoyó las palmas de las manos y las rodillas en el suelo de madera de la acera, prácticamente poniéndose a cuatro patas, para poder revisar por debajo de la barriga del caballo el enganche del cinturón y poder ajustar la correa de cuero.

El sonido de unos cascos metálicos resonando contra las piedras del suelo interrumpió su calma. No era el trote apresurado de una carreta de trabajo, ni el paso pesado de un caballo de tiro. Era un trote lento, chulesco, pausado, el caminar de un animal alto que avanzaba sin ninguna prisa por la mitad de la calle principal, levantando pequeñas nubes de polvo rojo a su paso.

Seungmin no levantó la cabeza de inmediato. Estaba acostumbrado al tráfico constante del pueblo. Sin embargo, el caballo se detuvo justo a su lado. Tan cerca que la sombra del animal y de su jinete cubrió por completo la carreta y el caballo de Seungmin. Un vaho cálido y el olor característico de un caballo fuerte que había sido cabalgado a gran velocidad recientemente invadieron el aire.

Seungmin suspiró en silencio, ajustándose las gafas sin levantar aún la vista.

Continuó forcejeando con la hebilla de hierro, con la espalda curvada y la postura expuesta, concentrado en su tarea. Sin embargo, pasaron cinco, diez, quince segundos y la persona montada a su lado no se movía ni avanzaba. Seungmin sentía una mirada clavada en él con una intensidad física tan evidente que se le erizaron los vellos de la nuca.

Resoplando de cansancio, Seungmin levantó la cabeza desde su posición agachada, acomodándose las gafas con el dorso de la mano.

Desde arriba, apoyado holgazanamente sobre el respaldo de su silla de montar, Hwang Hyunjin lo observaba. Unos ojos oscuros que no estaban mirando el arnés, ni el cinturón, ni las herraduras, la mirada de Hyunjin estaba descaradamente fija en la firme curvatura de las caderas y el trasero de Seungmin, remarcados por la lona ajustada de sus pantalones mientras estaba inclinado.

Hyunjin no vestía como ninguno de los vaqueros jóvenes del valle, y ciertamente no vestía como nadie que pretendiera dar una imagen de respetabilidad. Iba montado sobre un imponente semental negro de pelaje lustroso pero manchado de barro seco en las patas. Hyunjin llevaba el sombrero de ala ancha echado tan hacia atrás sobre la nuca que dejaba al descubierto su cabello oscuro, algo largo, despeinado por el viento y cayéndole en mechones desordenados sobre la frente y las sienes.

Llevaba un abrigo largo de cuero oscuro, algo roto en los puños y abierto de par en par a pesar del frío, revelando debajo una camisa de lino crudo que llevaba desabotonada hasta la mitad del pecho. El escote pronunciado dejaba al descubierto no solo la piel bronceada y la clavícula marcada, sino también el trazo oscuro y sinuoso de un tatuaje de tinta negra que subía por su cuello hacia la mandíbula. En la ceja izquierda, un pequeño aro de plata brillaba con el sol cada vez que movía la cabeza. Y justo en el centro de su labio inferior, otro aro metálico se presionaba suavemente contra su piel mientras sostenía entre los dientes un cigarrillo encendido a medio consumir.

Un hilo fino y denso de humo azulado subía entre los dos, llevando consigo el aroma dulzón del tabaco de hebra, el cuero viejo y algo inquietantemente fresco, como jabón de lavanda salvaje.

Hyunjin no dijo nada inmediatamente. Sostenía las riendas del semental con una sola mano enfundada en un guante de cuero sin dedos, mientras con la otra sujetaba el cigarrillo entre los dedos índice y el corazón. Tenía los ojos oscuros, rasgados, brillándole con un deleite puramente provocador mientras observaba la figura expuesta de Seungmin.

Seungmin se puso de pie de golpe, con el rostro encendido de molestia. —¿Qué miras? -Espetó, limpiándose las manos con brusquedad en los muslos.

—Nada. -Respondió Hyunjin sin pestañear, soltando una hebra fina de humo por el labio atravesado por el aro de plata.

—Llevas demasiado rato mirando para que sea nada, Hwang.

Hyunjin formó una sonrisa lenta, provocadora y cargada de intenciones que no ocultó en lo absoluto.

—Estaba pensando que los Kim tienen muy buenos caballos. -Dijo Hyunjin, dejando que su mirada bajara por el cuerpo del contrario de nuevo durante una fracción de segundo antes de volver a chocar con los ojos de Seungmin.

Seungmin apretó la mandíbula hasta que le dolió. Sabía perfectamente que no estaba mirando al caballo. —Si terminaste de hacer el ridículo en medio de la calle, apártate. -Dijo Seungmin, tratando de recuperar su compostura fría y comenzando a caminar. —Tengo compras que hacer.

—Pero si apenas estoy apreciando el ganado del vecino. -Canturreó Hyunjin sin moverse un solo milímetro de su posición sobre el caballo. —¿Qué pasa, campeón? ¿Te cayó pesada la leche del desayuno o es que te molesta que la gente te mire cuando llegas al pueblo?

Seungmin se detuvo en seco. Se giró sobre sus talones, encarando directamente a Hyunjin. —No me llames así.

—¿Cómo? ¿Campeón? -Hyunjin arqueó la ceja del piercing, con la sonrisa volviéndose aún más amplia y provocador. —Pero si te queda perfecto. Mírate, siempre tan estirado, siempre intentando ganar el premio al ciudadano del mes en Broken Bow. A mí me parece un apodo muy tierno.

—No es tierno, es ridículo. Y no soy tu amigo para que me pongas apodos. -Exclamó Seungmin, dando un paso hacia el borde de la acera de madera, quedando apenas a un metro de la pata del caballo de Hyunjin.

—Si estás aquí para hacer tus compras, entra a la tienda. Si no, quita a tu caballo del medio. Estás tapando el paso para los demás carros.

Hyunjin no pareció inmutarse por el tono severo de Seungmin. Al contrario, la forma en que los ojos del chico Kim echaban chispas detrás de los cristales de sus lentes parecía alimentar directamente su diversión.

Sin prisa alguna, Hyunjin pasó la pierna derecha por encima de la silla de montar y se descolgó del caballo con una fluidez felina, aterrizando sobre la acera de madera con un golpe seco de sus botas altas.

Al estar de pie en el mismo plano, la diferencia de postura se hizo evidente de inmediato. Hyunjin era ligeramente más alto, pero era su actitud despreocupada, de hombros relajados y peso apoyado en una sola cadera, lo que llenaba el espacio con una presencia abrumadora, casi invasiva.

Dio un paso hacia adelante. Seungmin, por puro orgullo y negándose rotundamente a mostrar debilidad, no dio ni un solo paso hacia atrás.

El espacio entre los dos se redujo a poco más de dos palmos. El olor a tabaco y la calidez física que emanaba de Hyunjin cayeron como una manta pesada sobre Seungmin, haciéndole tensar cada músculo de las piernas.

—Te ves muy lindo cuando te pones mandón, ¿sabías? -Murmuró Hyunjin, bajando la voz solo lo suficiente para que los dos o tres campesinos que pasaban caminando por la acera no pudieran escucharlo.

—Lástima que todo esa autoridad se te desmorone en cuanto alguien no te pide permiso para respirar a tu lado.

Seungmin sintió un golpe repentino de aire caliente subiéndole desde el cuello hasta las orejas. No era timidez, era una mezcla rabiosa de indignación, impotencia y la humillante conciencia de que el pulso se le había acelerado tres marchas por pura reacción física a la cercanía de aquel sujeto.

Ajustó el puente de las gafas con la yema del dedo medio, manteniendo la barbilla alzada con una rigidez casi militar. —No me pongo mandón. Exijo el respeto básico que cualquier persona con un mínimo de educación muestra en un lugar público. -Respondió Seungmin. Su voz era grave, modulada con una lentitud calculada para sonar imperturbable, aunque el pecho se le levantaba a un ritmo demasiado rápido.

—Cosa que entiendo que en el Rancho Hwang no forma parte del plan de enseñanza.

Hyunjin no parpadeó. Sostuvo el cigarrillo entre el labio inferior, justo al lado del aro de plata que brillaba con el sol de la mañana, y soltó una hebra fina de humo hacia arriba, entrecerrando los ojos oscuros para estudiar la reacción de Seungmin. —Ah, la educación de los Kim. -Canturreó Hyunjin, dando medio paso más hacia adelante. El borde rasgado de su abrigo de cuero llegó a rozar la tela limpia del chaleco de Seungmin.

—Esa famosa educación que consiste en sonreírle al pastor los domingos y mandar a los peones a quitar las rocas del lindo norte los lunes de madrugada.

Seungmin no retrocedió. Sus botas permanecieron clavadas contra las maderas crujientes de la acera.

—Las rocas del lindo norte están exactamente donde el plano original del ayuntamiento las sitúa. -Exclamó  Seungmin, bajando la voz pero clavándole una mirada cargada de veneno. —Si tu padre no sabe leer un mapa de linderos, puedo pedirle al topógrafo que se lo lea en voz alta con saquitos de arena para que lo entienda.

Hyunjin dejó escapar una risotada rasposa, profunda, que le vibró en la garganta. Se sacó el cigarrillo de la boca con dos dedos, inclinando la cabeza a un lado con una fascinación maliciosa. —Mírate, campeón. Tan correcto, tan lleno de libros y mapas... y te pones a temblar solo porque me acerco a pedirte que me prestes el lápiz.

—No estoy temblando. -Mintió Seungmin al instante, apretando las manos en puños ocultos en los bolsillos de sus pantalones.

—Tus nudillos dicen otra cosa. -Observó Hyunjin con tono burlón, bajando la vista un segundo hacia las manos de Seungmin antes de volver a clavar sus ojos oscuros en los suyos. Y la vena que te sale aquí... -Hyunjin alzó la mano libre, la que no tenía el cigarrillo, y rozó el aire a medio pulgada del cuello de Seungmin, justo donde la yugular le latía con demasiada fuerza.

—Tampoco parece muy convencida.

Seungmin se echó ligeramente hacia atrás, no por miedo, sino porque el calor que se desprendía de los dedos de Hyunjin, se sentía como una quemadura en la piel desnuda sobre el cuello abotonado de su camisa.

—No me toques, Hwang.

—Ni siquiera te rozé, niño bueno. Sensible que salió el muchacho. -Sonrió Hyunjin, apoyando el peso de su cuerpo contra el poste de madera donde el tordillo de Seungmin descansaba la cabeza. El movimiento hizo que la correa de su hombro se deslizara, dejando al descubierto un pedazo más grande de la tinta oscura que le recorría la clavícula.

Seungmin hizo un esfuerzo consciente por mantener los ojos clavados en el puente de la nariz de Hyunjin y no bajar la mirada hacia la camisa entreabierta. Era una batalla perdida contra su propio cerebro. La imagen de Hyunjin, desordenado, sucio de camino, oliendo a tabaco y a lavanda, con la piel bronceada expuesta sin vergüenza alguna, era una provocación andante que dinamitaba cada uno de los principios de sobriedad que a Seungmin le habían enseñado desde la cuna.

—Voy a entrar a la tienda. -Anunció Seungmin, dando un paso lateral para rodearlo. —Si para cuando salga tu caballo sigue tapando el acceso a mi carreta, le voy a pedir al ayudante del Sheriff que lo mueva al corral público.

—Prueba a mover a Fantasma Negra y verás cómo te deja la bota estampada en el pecho. -Dijo Hyunjin sin perder la sonrisa, dando una última calada al cigarrillo antes de tirar la colilla al suelo de tierra y aplastarla con el tacón de su bota de montar. —Aunque igual te gustaría. Así tendrías una excusa para desabotonarte esa camisa tan apretada.

Seungmin no le hizo el honor de responder. Agarró la manija de latón de la puerta de la tienda general de los Miller, la empujó con más fuerza de la necesaria y se metió al interior, haciendo sonar la campanilla de bronce sobre la entrada con un repique frenético.

El interior de la Tienda General Miller olía a sacos de yute, granos de café tostado, cuero curtido y manteca de cerdo. Era un espacio amplio, abarrotado de estanterías altas que llegaban casi hasta el techo de vigas al descubierto.

Detrás del mostrador de roble oscuro, la señora Miller, una mujer madura de rostro afable y moño canoso impecable, levantó la vista de su libro de contabilidad al escuchar el portazo. —Vaya, Seungmin. Si sigues cerrando la puerta con tanto ímpetu vas a terminar desencajando el marco. -Saludó la mujer con una sonrisa amable, quitándose las gafas de lectura que le colgaban de una cadena de plata. —Buenos días, hijo. ¿Cómo están tu madre y los chicos?

Seungmin respiró hondo, dejando que el olor familiar a especias y madera seca le asentara el pulso. Se arregló el chaleco con ambas manos, alisando las arrugas imaginarias de la tela, y ofreció una inclinación de cabeza perfecta, cortés y mesurada.

—Buenos días, Sra. Miller. Disculpe la prisa, la brisa de la calle empujó la puerta. -Explicó con una voz tan suave y compuesta que nadie habría adivinado que diez segundos atrás estaba a punto de estrangular a un vaquero del Rancho Hwang en la acera. —Todos en casa están bien, gracias. Mi madre le manda saludos y dice que la tarta de la semana pasada estuvo excelente.

—Esa Yerin siempre tan amable. -Suspiró la mujer, rodeando el mostrador con un plumero en la mano.

—A ver, dime qué necesitas hoy. Wonpil me dijo ayer que vendrías por la harina gruesa.

—Sí, por favor. Necesito dos sacos de harina de fuerza, tres libras de salitre para la conservación de la carne, dos barriles pequeños de aceite para lámpara... -Seungmin sacó su inseparable libreta de cuero y comenzó a repasar la lista con dedo metódico. —Y un carrete de hilo de algodón de color azul, del bueno. Es para Minjeong.

—El hilo azul de algodón de mercería... claro que sí, acaba de llegar en la remesa del ferrocarril del martes. -Dijo la Sra. Miller, dirigiéndose hacia los cajones de mercería del fondo. —Mientras te preparo lo del hilo, dile al joven Thomas en la trastienda que te vaya cargando los sacos pesados en la plataforma lateral.

—Yo mismo los cargo, Sra. Miller, no hace falta molestar a Thomas. -Se ofreció Seungmin de inmediato, guardando el lápiz.

—Siempre tan atento, Seungmin. Ojalá la mitad de los muchachos de este pueblo tuvieran la mitad de tu compostura. -Comentó la mujer desde el fondo de la tienda, revisando los cajones rotulados. —Hay algunos que entran aquí como si fueran los dueños de la comarca, dejando huellas de barro y hablando con un lenguaje que da vergüenza ajena.

Seungmin apretó los labios para no hacer ningún comentario explícito, aunque la imagen de Hyunjin apoyado en la barandilla exterior le vino a la cabeza de inmediato. —Cada quien demuestra la crianza que recibió en su casa, Sra. Miller. -Respondió Seungmin con serenidad neutra.

Se dirigió hacia la puerta trasera que daba al almacén de sacos de grano. La trastienda era fresca, penumbrosa y olía intensamente a polvo de trigo.

Seungmin cargó el primer saco de harina de cincuenta libras sobre el hombro derecho con la destreza de quien realiza ese trabajo tres veces por semana. La lona del saco estaba limpia, pero soltaba un polvillo blanco muy fino que se le pegó al chaleco de cuero oscurecido.

Al salir por la puerta lateral para llevar el saco hacia la carreta estacionada en la acera, Seungmin se detuvo en seco.

Hyunjin seguía allí.

No se había ido a la cantina, ni a la herrería, ni a atender los supuestos negocios de su padre. Estaba sentado en el borde de la acera de madera, con las piernas largas extendidas hacia la calle de tierra, cruzadas a la altura de los tobillos. Llevaba una pajita entre los labios y se entretenía haciendo girar un lazo de cuero corto entre los dedos largos y ágiles de su mano derecha.

Al escuchar los pasos pesados de Seungmin cargando el saco de harina, Hyunjin giró lentamente la cabeza.

Su mirada recorrió a Seungmin de abajo arriba. Se detuvo en los músculos tensionados de los muslos de Seungmin, subió por la curvatura de su espalda esforzándose por mantener el peso equilibrado, y finalmente se fijó en la mancha de harina blanca que le cubría el hombro y parte del cuello de la camisa.

Hyunjin dejó escapara un silbido bajo, limpio y descarado. —Vaya, vaya... el chico perfecto se nos manchó de blanco. -Dijo Hyunjin, bajando la pajita de la boca con una sonrisa. —Te sienta bien el estilo de trabajador de molino, campeón. Te quita esa cara de no haber roto un plato en tu vida.

Seungmin caminó con paso firme hasta el costado de su carreta y depositó el saco de harina en el suelo de madera con un golpe sordo pero controlado. Se limpió el hombro con la mano, haciendo volar una nubecilla de polvo blanco entre los dos.

—¿No tienes un rancho que administrar, Hwang?

-Preguntó Seungmin, respirando con un ritmo un poco más acelerado debido al peso depositado. —O es que tu trabajo consiste únicamente en ser el adorno más inútil de la acera principal.

Hyunjin se levantó de la acera con una soltura envidiable, sin usar las manos para apoyarse. Limpió la parte trasera de sus pantalones con un par de palmadas despreocupadas y dio dos pasos hacia la carreta.

—Mi trabajo hoy era entregarle unas cartas al agente de la estación de tren. -Explicó Hyunjin, inclinándose sobre el borde de la carreta, muy cerca de donde Seungmin estaba ordenando la posición del saco.

—Pero las cartas ya las entregué hace veinte minutos. Y como el pueblo está muy tranquilo hoy, pensé que sería una lástima no ayudarte a cargar tus sacos.

—No necesito tu ayuda.

—No dije que la necesitaras. Dije que me apetecía ofrecértela. -Corrigió Hyunjin, estirando el brazo derecho para sujetar la correa de cuero que sujetaba la estructura trasera de la carreta.

El movimiento hizo que el brazo de Hyunjin quedara a menos de tres pulgadas del costado de Seungmin. Seungmin pudo sentir claramente la calidez emanando del cuerpo del otro, el olor a tabaco y la forma en que los bíceps de Hyunjin se marcaban bajo la tela fina de su camisa desabotonada.

Seungmin se quedó rígido en su sitio, sosteniendo el borde de la madera con los nudillos blancos.

—Apártate, Hyunjin. Voy por el segundo saco.

—Voy contigo. -Dijo Hyunjin, sin pedir permiso y siguiéndolo a medio paso de distancia hacia la puerta trasera del almacén.

—Te dije que no...

—Y yo te dije que me apetece. -Interrumpió Hyunjin con esa voz suave, rasposa y juguetona que hacía que a Seungmin se le erizaran los vellos de la nuca. —A menos que tengas miedo de que la Señora Miller me vea entrar contigo y piense que los Kim y los Hwang estamos haciendo las paces.

Seungmin se giró sobre sus talones justo en el umbral de la puerta del almacén, quedando frente a frente con Hyunjin. La distancia era tan corta que las puntas de sus botas casi se tocaban. —Las paces no se hacen cargando sacos de harina, Hwang. Las paces se hacen devolviendo el agua que le pertenece a mi familia y dejando de mandar peones a sabotear las zanjas.

Hyunjin bajó la cabeza un par de centímetros, mirando a Seungmin a través de las micas de sus gafas. Su expresión perdió por una fracción de segundo la burla habitual, volviéndose extrañamente densa, atenta, escudriñadora.

—Esa agua no es de tu familia, Seungmin. -Dijo Hyunjin, usando por primera vez su nombre de pila en lugar de sus apodos mordaces. La palabra sonó grave, firme, rasposa en el aire cerrado del umbral. —Esa agua viene de las colinas altas. Y si tu padre cree que puede reclamar la propiedad exclusiva de un manantial solo porque llegó diez años antes a este valle, está muy equivocado.

Seungmin sostuvo la mirada sin pestañear, aunque el uso de su nombre real por parte de Hyunjin le provocó un vuelco extraño e imprevisto en el estómago.

—El documento de concesión del territorio de 1845 dice...

—Me importan muy poco los papeles viejos que tu padre guarda en un cajón con llave. -Lo cortó Hyunjin con suavidad, volviendo a esbozar esa sonrisa inclinada que a Seungmin le resultaba tan exasperante como fascinante. —Lo único que me importa ahora mismo es que tienes una mancha de harina justo aquí.

Antes de que Seungmin pudiera reaccionar o dar un paso atrás, Hyunjin alzó la mano derecha, y con una lentitud deliberada, casi perezosa, los dedos largos de Hyunjin rozaron el cuello de la camisa de Seungmin, justo debajo de la oreja izquierda. El contacto del pulgar de Hyunjin, cálido, ligeramente áspero por el trabajo con las cuerdas, contra la piel sensible del cuello de Seungmin duró apenas dos segundos, pero fue suficiente para que a Seungmin se le cortara el aire en los pulmones.

Hyunjin frotó la yema de su pulgar con ligereza para quitarle el polvo blanco, sin apartar los ojos de los labios de Seungmin, que se habían entreabierto por la sorpresa.

—Listo. -Murmuró Hyunjin, bajando la mano muy despacio, dejando que sus nudillos rozaran el chaleco de cuero de Seungmin al descender. —Limpiecito otra vez, campeón.

Seungmin se quedó inmóvil, con el corazón batiéndole contra las costillas a un ritmo frenético. Sentía la zona del cuello donde los dedos de Hyunjin habían tocado como si estuviera ardiendo en brasas.

—Eres... eres un descarado. -Logró decir Seungmin, aunque la voz le salió un punto más baja y menos firme de lo que habría deseado.

—Puede ser. -Admitió Hyunjin sin una pizca de vergüenza, dando un paso atrás con la gracia relajada de un felino. —Ahora ve por tu segundo saco antes de que se te haga tarde para volver a tu rancho perfecto. Voy a estar aquí afuera asegurándome de que nadie te robe el hilo azul de Minjeong.

Seungmin permaneció rígido en la trastienda durante unos segundos largos, apoyando las palmas de las manos sobre el borde de un estante de madera para estabilizar la respiración. El punto exacto de su cuello donde el pulgar de Hyunjin se había apoyado continuaba latiendo con un calor persistente.

Apretó la mandíbula con rabia contenida, furioso consigo mismo por haber permitido que una provocación tan absurda quebrantara su dominio propio. Con movimientos deliberadamente bruscos, agarró el segundo saco de harina, se lo cargó al hombro y cruzó el almacén con la vista al frente.

Al salir nuevamente a la acera, se preparó mentalmente para soportar otro comentario mordaz. Sin embargo, Hyunjin no dijo una sola palabra.

Estaba apoyado de espaldas contra la valla de madera, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en la calle principal. Aunque mantenía su postura despreocupada, la tensión en sus hombros delataba que ya no estaba prestando atención a la tienda.

Seungmin acomodó el saco en la plataforma de la carreta y, al girarse, notó la razón del cambio de ambiente. Desde el extremo norte de la calle, dos jinetes avanzaban al paso.

Eran peones del Rancho Kim, reconocibles por las pañoletas rojas atadas al cuello y los sombreros de copa baja. Al fondo, cerca de la barbería, dos hombres del Rancho Hwang también observaban la escena con las manos apoyadas con indolencia sobre las fundas de sus revólveres.

La presencia de ambos bandos en el mismo tramo de la calle había cambiado instantáneamente el aire del pueblo. Los vecinos que caminaban por las aceras apresuraron el paso, la señora Miller atisbaba discretamente tras el visillo de la ventana de su tienda.

Seungmin ajustó las cuerdas que sujetaban la carga de su carreta con rapidez metódica. No quería dar pie a que un altercado absurdo en medio del pueblo desencadenara un enfrentamiento armado.

—Tus hombres te están buscando, Hwang. -Dijo Seungmin en voz baja, ajustando el último nudo sin mirarlo directamente.

—Saben perfectamente dónde estoy. -Respondió Hyunjin, cuya voz había perdido el tono burlón y recuperado una gravedad seca. —Y los tuyos parecen muy interesados en contar cuántos sacos llevas.

Seungmin terminó de asegurar la lona, tomó las riendas de su tordillo y subió de un salto ágil al asiento de la carreta. Desde su posición elevada, miró hacia abajo. Hyunjin se había quitado la pajita de la boca y lo observaba con la cabeza ligeramente inclinada, con esa sombra de intensidad inescrutable rondándole la mirada.

—Dile a tu padre que el deslinde del terreno se revisará en la junta del ayuntamiento el próximo mes. -Declaró Seungmin con frialdad formal, asentándose en el asiento de cuero. —Y que si vuelve a cortar el paso del arroyo antes de esa fecha, presentaré la denuncia formal ante el juez de circuito.

Hyunjin dejó escapar un resoplido corto, casi imperceptible, y dio un paso atrás para dejarle espacio a la carreta. —Le daré tu mensaje, campeón. -Dijo Hyunjin, tocándose el ala del sombrero con dos dedos en un saludo cargado de ironía. —Intenta no mancharte el chaleco de camino a casa.

Seungmin no respondió. Chasqueó la lengua, sacudió suavemente las riendas y el caballo tordillo inició la marcha. La carreta avanzó levantando una fina polvareda que se extendió por la calle principal de Broken Bow.

A través del pequeño espejo retrovisor del asiento, Seungmin vio cómo Hyunjin permanecía de pie en la acera, viéndolo alejarse hasta que la distancia y el polvo terminaron por desdibujar su silueta.

El viaje de regreso al Rancho Kim duró poco más de una hora. A medida que Seungmin dejaba atrás el núcleo urbano y se adentraba en el camino de tierra flanqueado por cercas de alambre de espino y pastizales secos, la temperatura comenzó a subir.

El paisaje del valle era severo pero imponente, hectáreas de tierra dorada salpicadas por robles solitarios y, al fondo, la silueta azulada de las colinas desde donde bajaba el agua en disputa. A la izquierda del camino se extendían los terrenos de la familia Kim, impecablemente cercados y mantenidos, a la derecha, cruzando el lecho seco de un arroyo estacional, comenzaban las tierras vastas e indómitas del Rancho Hwang.

Cuando la carreta cruzó el arco de madera con el hierro grabado de la "K", el perro pastor de la propiedad salió a recibirlo ladrando con entusiasmo.

Seungmin dirigió el vehículo hacia el granero principal, donde su hermano menor, Wonpil, ya estaba desempaquetando algunas herramientas junto a dos peones.

—Llegas justo a tiempo —saludó Wonpil, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo mientras se acercaba a la carreta. —El padre quiere revisar los recibos de la harina antes del almuerzo. ¿Hubo algún problema en el pueblo?

Seungmin desmontó de la carreta y comenzó a desatar las cuerdas de la carga. —Ninguno. La tienda de los Miller tenía todo lo de la lista. -Respondió Seungmin con voz neutra, evitando deliberadamente mencionar el encuentro en la acera.

Wonpil lo observó un segundo con atención, notando la mancha blanca en su hombro. —Te manchaste bastante. ¿Tuviste que cargar los sacos tú solo?

—Thomas estaba ocupado en la trastienda. -Mintió Seungmin con naturalidad, agarrando el primer saco para llevarlo al depósito del granero. —Ya sabes cómo se pone la tienda a media mañana.

Mientras caminaba hacia el interior del granero a la sombra fresca de las maderas oscuras, Seungmin metió la mano libre en el bolsillo interior de su chaleco. Sus dedos rozaron la pequeña libreta de cuero y el carrete de hilo azul para Minjeong.

Se detuvo un instante en la penumbra del granero. Llevó la mano derecha hacia su propio cuello, rozando exactamente la piel donde horas antes el pulgar de Hyunjin había quitado el polvo de harina. La sensación del contacto parecía reacia a desaparecer.

Sabía que la disputa por las tierras y el agua no haría más que escalar en las próximas semanas. Sabía que su padre esperaba de él rigor, firmeza y una lealtad absoluta al apellido Kim. Y, sin embargo, la memoria física de la cercanía de Hwang Hyunjin, su olor a tabaco, su voz rasposa y la audacia descarada de sus ojos, se había instalado en su mente como una amenaza latente que no iba a ser fácil de erradicar.

Seungmin soltó el saco de harina sobre la tarima de madera, respiró profundo y se limpió el cuello con la manga de la camisa antes de salir nuevamente a la luz del sol.

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