Customize readability
Aa

Briggitte

Summary

Solo Lee.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El gimnasio "Olympos Elite", ubicado en una de las zonas más exclusivas de Polanco, no era un lugar para los simples mortales. Era el santuario de celebridades de primera línea, empresarios de alto perfil y atletas de élite. Briggitte Bozzo, tras su arrollador y agotador paso por La Casa de los Famosos México, necesitaba desesperadamente un lugar con esas características. Su agenda estaba a reventar, las marcas se peleaban por ella, los paparazzis la acosaban, pero en medio de todo el torbellino mediático, ella sentía una necesidad visceral de reconectar consigo misma. Quería fortalecerse, no solo para soportar la presión mental, sino físicamente. Estaba harta de los entrenadores de siempre de la Ciudad de México: aquellos "gym bros" que se la pasaban coqueteando con ella, que se dejaban deslumbrar por su fama o que le ponían rutinas mediocres y le perdonaban las series solo para mantenerla contenta y presumir que la entrenaban.

—Te asigne a nuestro mejor instructor VIP —le había asegurado el gerente del gimnasio, caminando con ella por los impolutos pasillos de cristal, acero y luces de neón—. Es nuevo en el país, viene de Europa del Norte. Tiene métodos muy ortodoxos y sumamente estrictos, pero te aseguro que es el único que no te va a tratar como a una estrella de televisión. Es exactamente lo que buscas.

Briggitte, enfundada en un conjunto deportivo rosa pastel de diseñador que abrazaba de forma impecable cada una de sus curvas, asintió distraídamente, bebiendo de su botella de agua. Medía apenas un metro con cincuenta centímetros, una muñequita de proporciones exuberantes, rostro angelical y una melena de rizos cobrizos que la hacían inconfundible.

Dieron la vuelta hacia la zona de pesos libres, un área reservada solo para los levantadores más serios, y entonces, Briggitte se detuvo en seco. El aire pareció abandonar sus pulmones de golpe, dejándola sin aliento.

Frente a ella, organizando unos discos olímpicos de veinticinco kilos como si fueran platos desechables de plástico, había un gigante.

—Briggitte, él es Siegfried Dubhe. Siegfried, ella es Briggitte Bozzo.

El hombre terminó de apilar los discos y se giró lentamente. Briggitte tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás, muy hacia atrás, para lograr encontrar su mirada. Siegfried debía medir al menos un metro con noventa y cinco centímetros, si no es que los rozaba los dos metros con calzado deportivo. Su complexión no era la de un fisicoculturista inflado, sino la de un guerrero espartano o una estatua griega tallada en mármol escandinavo: hombros absurdamente anchos, un pecho expansivo que amenazaba con rasgar las costuras de la camiseta negra de compresión que llevaba puesta, y unos brazos que parecían troncos de acero puro surcados por venas gruesas. Su cabello era de un inusual tono rubio platinado, casi plateado, recogido pulcramente en la nuca.

Pero fueron sus ojos los que la paralizaron: de un azul gélido, profundo e implacable. La escanearon de pies a cabeza en un microsegundo, pero no hubo lascivia. No hubo un ápice de esa adoración tonta y servil a la que ella estaba acostumbrada por parte de los hombres. Hubo cálculo, evaluación y una neutralidad absoluta.

Era un Chad en toda la extensión de la palabra. Un macho alfa cuya sola presencia parecía absorber el oxígeno de la habitación y dictar las reglas del espacio. No se encorvó para saludarla, no le sonrió con esa falsedad complaciente de relaciones públicas. Simplemente asintió con una cortesía tan firme que rayaba en lo intimidante.

—Un placer, señorita Bozzo —dijo Siegfried. Su voz era un barítono profundo, grave y ronco, con un ligerísimo, casi imperceptible, acento nórdico que hizo que a Briggitte se le erizara la piel de la nuca hasta la base de la columna.

Extendió una mano enorme, espolvoreada con un poco de magnesio, surcada de callosidades ganadas a base de hierro. Briggitte, sintiendo un calor repentino y furioso subir por su cuello hacia sus mejillas, alzó su pequeña mano con las uñas en perfecto estilo acrílico. Cuando los gruesos dedos de Siegfried se cerraron alrededor de los suyos, su mano entera desapareció. El contraste era irreal, cómico casi, si no fuera tan absurdamente excitante para ella. Sintió la fuerza cruda, inmensa y contenida en ese agarre. Él podría romperle los huesos de la mano con un ligero apretón, pero su tacto fue de un control maestro.

—El placer es mío... —murmuró ella, sintiéndose diminuta. Su voz, normalmente aguda y vivaz, sonó un poco más suave y ahogada de lo normal.

—Empezaremos con una evaluación de fuerza base, resistencia cardiovascular y rango de movilidad —dictaminó Siegfried, soltando su mano con prontitud y señalando una zona de colchonetas y pesas rusas, asumiendo el control de inmediato—. Te aclaro mis reglas desde ahora: nada de teléfonos durante la sesión. Ni fotos, ni historias de Instagram, ni mánagers interrumpiendo. Si estás aquí para entrenar, vas a entrenar de verdad. Tu tiempo es tuyo, pero mientras estés en mi hora, haces lo que yo digo.

Cualquier otra persona, especialmente en México, que le hablara con esa severidad a la estrella del momento habría recibido una mirada fulminante de Briggitte, o un despido inmediato. Pero Briggitte solo pudo tragar saliva. Esa autoridad natural, esa confianza inquebrantable que no necesitaba alzar la voz, ni fanfarronear para hacerse obedecer... la volvió loca desde el segundo uno. Era un desafío, y ella amaba los desafíos.Las siguientes cuatro semanas fueron una tortura física brutal y un absoluto tormento hormonal para Briggitte.

Siegfried no era un entrenador convencional; era la disciplina encarnada. Mientras otros hombres en el gimnasio intentaban patéticamente impresionar a Briggitte flexionando sus músculos frente a los espejos cercanos, gruñendo fuerte, o intentaban acercarse para pedirle fotos interrumpiendo sus series, Siegfried los espantaba con una sola mirada de sus ojos de hielo. Caminaba por la sala de pesas con la espalda recta, el pecho proyectado hacia adelante, moviéndose con una gracia silenciosa y felina que contrastaba brutalmente con su masa muscular. Era el macho dominante indiscutible de aquel ecosistema. No necesitaba demostrarlo compitiendo con nadie; simplemente existía, y los demás hombres, instintivamente, le cedían el paso.

Briggitte se descubría a sí misma, demasiadas veces, perdiendo el hilo de sus pensamientos cuando él le demostraba la técnica de un ejercicio. Trataba de mirar al frente, pero sus ojos, traicioneros, se desviaban hacia cómo la tela de su camiseta se estiraba hasta el límite sobre los dorsales masivos, cómo las gruesas venas de sus antebrazos y bíceps palpitaban al levantar mancuernas que harían llorar a cualquier fisicoculturista promedio, manejándolas como si fueran de papel.

—"Dios santo, es inmenso",— pensaba ella mientras hacía sentadillas de sumo, sintiendo la mirada atenta y analítica de él sobre su postura, asegurándose de que sus rodillas no colapsaran hacia adentro.

Su mente, perversa, imaginaba constantemente qué se sentiría estar aplastada, de la mejor y más sucia manera posible, contra ese muro impenetrable de músculos. La diferencia de tamaños entre ellos era tan abismal que, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía como una figura pública que debía ser fuerte para todos; se sentía increíblemente femenina, delicada, minúscula y a la vez, intensamente protegida.

La tensión llegó a su punto de ebullición un jueves por la tarde. Estaban trabajando en peso muerto rumano con barra. Briggitte llevaba sus mallas deportivas más ceñidas, el sudor perlaba su frente y bajaba por su escote. Su respiración era agitada, y sus glúteos e isquiotibiales ardían.

—Estás arqueando la zona lumbar al subir, Briggitte. Te vas a lastimar —la corrigió Siegfried con tono severo.

Dejó su tabla de apuntes a un lado y se acercó por detrás de ella. El calor que irradiaba el enorme cuerpo del nórdico era palpable, como un horno. Briggitte sintió cómo el aroma masculino a colonia amaderada cara, mezclado con el olor a sudor limpio y feromonas, inundaba sus sentidos, mareándola ligeramente.

Siegfried colocó una de sus enormes manos en el vientre plano de ella, los dedos largos extendiéndose por sus abdominales, y la otra mano en la base de su espalda baja, justo encima del nacimiento de sus caderas.

Briggitte soltó un pequeño e involuntario jadeo que no tuvo nada que ver con el esfuerzo físico del levantamiento. Las manos de él eran tan descomunalmente grandes que prácticamente abarcaban toda su pequeña cintura, encerrándola en una jaula de calor y firmeza.

—Contrae el abdomen aquí, empuja mis dedos hacia afuera con tu core —murmuró Siegfried. Debido a la diferencia de altura, él había tenido que inclinarse considerablemente, por lo que su voz ronca vibró justo al lado del lóbulo de la oreja de Briggitte, enviando una descarga eléctrica por su columna—. Bisagra en la cadera. Saca el glúteo. Mantén el cuello neutro. Empuja mis dedos con tu espalda al bajar. Así. Perfecto.

El toque de Siegfried era estrictamente profesional, clínico, enfocado al cien por ciento en la biomecánica del movimiento. Pero para Briggitte, fue gasolina sobre fuego. La solidez impenetrable de él detrás de ella, flanqueándola; la facilidad con la que ella sabía que él podría levantarla en vilo con un solo brazo si quisiera... Sus piernas temblaron, y al terminar la serie, tuvo que dejar caer la barra al suelo con un ruido sordo.

Se quedó de pie, dándole la espalda a él por un segundo, respirando por la boca, tratando de calmar el latido furioso en su entrepierna y su pecho.

—¿Suficiente peso por hoy? —preguntó él, dando un paso atrás para darle espacio.

Briggitte se giró rápidamente. Estaba a escasos centímetros de su pecho. Tuvo que mirar muy hacia arriba. Él tenía una ceja platinada ligeramente alzada, y había un ligerísimo, casi imperceptible deje de diversión oscura en esos ojos gélidos. Se había dado cuenta. Por supuesto que un hombre con esa percepción, que leía los cuerpos para ganarse la vida, se había dado cuenta de su reacción corporal.

Briggitte decidió que ya había tenido suficiente de jugar a la clienta recatada. Se mordió el labio inferior, mirándolo a los ojos fijamente, desafiante, y luego dejando que su vista bajara, sin disimulo alguno, hacia los gruesos pectorales de él que se marcaban bajo la ropa, y volvió a subir.

—Creo que... necesito un buen descanso —murmuró ella, su voz bajando una octava, ronca—. Aunque definitivamente no de ti, Siegfried.

Cualquier otro entrenador se habría puesto nervioso, habría tartamudeado, o habría saltado sobre ella desesperadamente. Siegfried sostuvo su mirada, imperturbable. No se sonrojó, no desvió los ojos. Esa era la actitud de un verdadero alfa; recibía el deseo crudo de una mujer hermosa, famosa y deseada por medio país, sin perder su centro, sin desestabilizarse. Lentamente, una media sonrisa, depredadora y segura, apareció en su rostro, suavizando las duras facciones nórdicas, pero haciéndolo ver aún más peligroso.

—Terminaste tu rutina. Buen trabajo hoy —dijo con una calma pasmosa, recogiendo su tabla—. Ve a las duchas. Cámbiate. Conozco un lugar cerca de aquí donde sirven una proteína excelente. O... —su sonrisa se ensanchó una fracción de milímetro— si prefieres reponer el glucógeno con algo menos aburrido, conozco un restaurante italiano donde el chef no cuenta las calorías de la pasta trufada.

El corazón de Briggitte dio un salto mortal en su pecho.

—Me encanta la comida italiana. Y odio contar calorías los jueves.

—Te espero en el lobby en veinte minutos. No tardes.

Aquella cena en el restaurante italiano fue la revelación que Briggitte necesitaba. La transición de entrenador y clienta a algo mucho más profundo fue natural y arrolladora. Lejos de las mancuernas y el sudor, Siegfried resultó ser una sorpresa fascinante. Vestido con una camisa negra abotonada que apenas contenía sus hombros, demostró ser un hombre culto, políglota, de pocas pero muy certeras palabras. Era un oyente excepcional. No le importó preguntarle sobre los chismes de La Casa de los Famosos, ni sobre sus seguidores en Instagram; le preguntó sobre sus miedos, sus metas antes de la fama, y cómo manejaba la ansiedad. Era protector, sí, pagó la cuenta sin siquiera permitirle verla, la guio por la cintura al caminar por la calle, poniéndose siempre del lado del tráfico, pero era profundamente respetuoso de su independencia e inteligencia.

Esa misma noche terminaron en el lujoso penthouse de Siegfried. Si la tensión en el gimnasio era alta, en la privacidad de su habitación, la enorme disparidad física se hizo aún más evidente y absolutamente embriagadora.

Cuando él finalmente la tomó en sus brazos para besarla, los pies de Briggitte literalmente dejaron de tocar el suelo de madera. Él la levantó como si no pesara más que una pluma. Sus pequeñas manos, que parecían patitas de gatito sobre la inmensa, dura y cálida espalda de él, trazaban los músculos cincelados de sus hombros y su cuello.

Él la trató con una mezcla intoxicante de pasión devoradora, casi primitiva, y un cuidado inmenso, plenamente consciente de su propia fuerza destructiva. Briggitte nunca se había sentido tan consumida, tan mujer, tan envuelta y segura como bajo la sombra de ese gigante escandinavo que le hizo el amor con la intensidad y el aguante de un dios de la guerra, pero que por la mañana se levantó antes que ella, le preparó un desayuno impecable para sus macros, y la despertó besándole la frente con una ternura que derretía el corazón.

Se volvieron inseparables. A Siegfried no le interesaba la fama, no quería salir en sus TikToks, y solía mirar a los paparazzis con tal desdén glacial que los fotógrafos instintivamente bajaban las cámaras y retrocedían. Su seguridad en sí mismo era monumental; jamás sintió un gramo de celos del mundo del espectáculo en el que ella se movía, ni de los actores o cantantes que le comentaban las fotos. Era su ancla de titanio en un mar de superficialidad.

Tres meses después de iniciar su relación, llegó el evento ineludible: la gran gala de reencuentro de todos los participantes de La Casa de los Famosos México 2. Se celebraba en un exclusivísimo salón de eventos en el sur de la Ciudad de México, con alfombra roja y prensa. Todos estarían ahí: el amado cuarto Mar y el polémico y denostado cuarto Tierra.

Briggitte se preparó meticulosamente durante horas. Llevaba un vestido de gala rojo sangre, peligrosamente ceñido, con una abertura en la pierna derecha que llegaba hasta la cadera, resaltando su figura curvilínea. A su lado, Siegfried vestía un traje a la medida color azul noche. Encontrar un sastre que pudiera acomodar la monstruosa anchura de sus hombros y la caída en "V" extrema hasta su cintura no fue fácil, pero el resultado era espectacular. Llevaba la camisa blanca ligeramente abierta en el cuello, sin corbata, luciendo un reloj suizo de esfera grande y pesada en la muñeca. Parecía el guardaespaldas personal de un jefe de estado, el implacable CEO de una corporación armamentística, o un príncipe nórdico moderno.

Cuando la camioneta negra blindada se detuvo frente a la alfombra roja, Siegfried bajó primero. Los flashes de las cámaras estallaron, pero parecieron rebotar en él. Se giró, ofreciendo su enorme mano para ayudar a Briggitte a bajar.

Cuando la pareja entró al salón principal, el efecto fue sísmico. El bullicio constante, la música y las risas falsas se apagaron por un par de segundos. Las cabezas giraron en sincronía.

Visualmente, eran un espectáculo que desafiaba la lógica. Briggitte, diminuta, radiante, sonriente, con tacones de aguja de quince centímetros que apenas lograban que la coronilla de su cabeza rozara el esternón de Siegfried. Y él, una montaña inamovible de masculinidad y elegancia sobria, caminando con una postura impecable, con una mano protectora, grande y firme, descansando posesivamente en la cintura baja de ella.

La primera en romper el silencio y reaccionar fue, por supuesto, Karime Pindter.

—¡No mames, Briggitte! —gritó Karime, corriendo hacia ellos con una copa de champaña en la mano, dejando atrás a sus acompañantes. Se frenó en seco, casi derramando su bebida, al tener que levantar la vista abruptamente hacia el rostro de Siegfried—. ¡A la puta madre! ¿De qué Olimpo bajaste a este dios vikingo, perra? ¡Está inmenso, te va a romper en dos!

Briggitte soltó una carcajada cristalina, sus mejillas enrojecidas, y abrazó a su amiga.

—Karime, cálmate. Te presento a mi novio, Siegfried. Mi amor, ella es Karime, de quien tanto te he hablado.

Siegfried le ofreció una sonrisa educada, tolerante, y una leve inclinación de cabeza.

—He escuchado muchas de tus historias de supervivencia en esa casa. Es un placer conocerte.

—El placer es todo mío, guapísimo —Karime le guiñó un ojo con descaro, y luego se inclinó hacia Briggitte para susurrarle, aunque su voz etílica resonó claramente—. Güey, mis respetos. Con este hombre sí que estás segura. Parece que desayuna pesas olímpicas y patea osos grizzly por diversión. ¡Te sacaste la puta lotería del colágeno internacional!

Gala Montes y Arath de la Torre, que venían caminando desde la zona VIP, no tardaron en acercarse. Gala miró a Siegfried de arriba a abajo, escaneándolo con su clásica actitud desafiante, buscando algún defecto, pero incluso ella, siempre dura, pareció ligeramente impresionada por la postura relajada pero dominante del gigante, que no se amedrentó en lo más mínimo ante el escrutinio de la actriz.

—Así que tú eres el culpable de que mi niñita ande sonriendo como boba en redes sociales y se escape de las fiestas temprano —dijo Gala, cruzándose de brazos, tratando de mantener su pose de hermana mayor protectora—. Más te vale cuidarla muy bien, grandulón. Porque aunque estés muy grande y des miedo, somos muchas, y si le haces algo, te la vas a ver conmigo.

Siegfried soltó una risa grave, resonante y genuina que hizo vibrar su amplio pecho bajo el traje. Su grueso brazo se cerró un poco más alrededor de la cintura de Briggitte, atrayéndola hacia él.

—No tienes de qué preocuparte, Gala. La protegería de cualquier cosa, incluso con mi vida, si fuera necesario. No vine a su vida a lastimarla.

Las palabras fueron dichas con un tono tan calmado, tan bajo, desprovisto de cualquier alarde machista, y tan lleno de una verdad rotunda, que Gala suavizó su expresión inmediatamente, bajando los brazos y asintiendo con genuino respeto.

Arath, asumiendo su rol de figura paterna del cuarto Mar, sonrió complacido y le dio una palmada amistosa en la espalda a Siegfried... o al menos lo intentó, porque su mano rebotó contra lo que parecía ser una pared de granito puro cubierta por lana italiana.

—¡Ay, cabrón! —bromeó Arath, sobándose la mano y riendo—. Bienvenido a la familia, Siegfried. Se ve a kilómetros que eres un hombre de verdad, un caballero de los que ya no hay. Se nota cómo cuidas a nuestra Briggitte, la miras distinto.

—Es mi prioridad, señor de la Torre. Es un honor.

Mario Bezares (Mayito) llegó abriéndose paso haciendo sus clásicos bailes, pero al ver la imponente figura de Siegfried frente a frente, detuvo su coreografía a medias, acomodándose el saco con falsa dignidad.

—¡Qué bárbaro! ¡Qué portento de hombre! Mi querida Briggitte, vienes pero si muy, muy bien acompañada. Oye, muchacho, con ese tamaño, ¿no quieres cargarme a mí también de caballito al salir de aquí? —bromeó Mayito, sacándole una carcajada a todos, incluido a Siegfried, quien para sorpresa de Mar, resultó ser mucho más afable, carismático y educado de lo que su intimidante y gélido aspecto sugería.

Mientras el cuarto Mar celebraba a la pareja y se tomaban fotos (donde Siegfried tenía que agacharse considerablemente para caber en el encuadre), las reacciones desde el otro lado del salón, donde estaban congregados los exhabitantes del cuarto Tierra, eran un poema trágico-cómico muy distinto.

Estaban agrupados cerca de la barra principal, observando la escena con expresiones que iban desde la incomodidad hasta la envidia pura.

Agustín Fernández, quien durante todo el reality se había jactado hasta el cansancio de ser el galán de galanes, el musculoso, el "bombón" inalcanzable, observaba a Siegfried con una mezcla de incredulidad y obvia, dolorosa intimidación. Al ver entrar a Siegfried, Agustín, por instinto, trató de inflar el pecho, enderezar la postura y posar apoyado en la barra intentando verse imponente. Pero al ver a Siegfried quitarse el saco debido al calor del lugar, revelando la descomunal "V" perfecta de su espalda, la estrecha cintura y el volumen absurdo de sus bíceps y tríceps tensando la camisa a medida, Agustín se desinfló sutilmente, encogiendo los hombros. El argentino, que normalmente se veía grande, al lado del nórdico parecía un adolescente a medio desarrollar. Era la cruel realidad de un "gym bro" estético puesto frente a frente con un guerrero alfa real que entrenaba para la fuerza bruta.

—Che, ¿de dónde carajos sacó a ese tanque de guerra? —murmuró Agustín, tomando un sorbo largo de su trago, tragando grueso y tratando de no sonar afectado, aunque su ego estaba en el suelo.

Adrián Marcelo, a su lado, soltó una risa irónica y nasal, pero sus ojos, que normalmente escaneaban debilidades, delataban una clara sensación de amenaza primitiva. Como todo manipulador, odiaba estar en presencia de alguien a quien sabía que no podía doblegar ni física ni mentalmente.

—Fascinante fenómeno sociológico, psicológico y antropológico —comenzó a divagar Adrián, usando su insufrible tono pseudo-analítico de podcast para enmascarar su incomodidad—. La clásica compensación evolutiva. Ella, pequeña, vulnerable, con daddy issues mediáticos, busca la figura máxima de hipermasculinidad y protección patriarcal. Es casi un arquetipo de manual... aunque, si te soy sincero, Agustín, mejor no digamos mucho en voz alta ni hagamos chistes esta noche. Me da la ligerísima impresión de que ese sujeto podría agarrarme de los tobillos y usarme para trapear el salón de eventos sin sudar una gota. Míralo. Ni siquiera nos voltea a ver. Ni una mirada de reojo. Esa es la verdadera y más pura arrogancia del poder absoluto.

—No es arrogancia, pendejo, es que literalmente no existimos para él en su cadena alimenticia —susurró Gomita, que estaba recargada en la barra, incapaz de apartar los ojos de la figura de Siegfried, mordiéndose la uña—. O sea, güey, velo. Es hermoso. Es un dios de Marvel de la vida real. Briggitte ganó, definitivamente se pasó el juego y ganó la vida. Yo quiero que un hombre así me agarre y me cargue contra la pared.

Mariana Echeverría intentó poner mala cara, cruzándose de brazos, pero la envidia era corrosiva y evidente en su tono de voz.

—Ay, por favor. Pues seguro es puro músculo inflado y nada de cerebro. Típico. Además, se ven rarísimos, súper desproporcionados juntos, parecen el llavero y la puerta. No combinan para nada.

—Ay, cállate, Mariana, no seas la típica envidiosa ardida de siempre —intervino Ricardo Peralta (Torpecillo), abanicándose teatralmente con la mano mientras miraba a Siegfried con los ojos muy abiertos, ignorando a su amiga—. ¡Se ven divinos, perrísima! Es el tropo perfecto de wattpad hecho realidad, el gigante asesino y el hada del bosque. Estoy obsesionado. Sian, cierra la boca que se te cae la baba, descarado.

Sian Chiong, que efectivamente estaba mirando fijamente a Siegfried, parpadeó rápido, salió de su trance y se acomodó el cuello de la camisa con nerviosismo.

—No, no, ¿qué dices? Solo estaba viendo el corte de su traje. Muy elegante la sastrería europea... —mintió, claramente abrumado y empequeñecido por la aplastante presencia del rubio.

De vuelta en el centro de la pista, la música comenzó a sonar más fuerte. Briggitte, sintiéndose invencible, miró hacia arriba, encontrando los ojos de hielo que la derretían siempre, sin importar cuánta gente los rodeara.

—¿Te estás aburriendo, amor? —le preguntó ella, deslizando una mano por el pecho de él, sintiendo el calor y la dureza de sus pectorales a través de la fina tela de la camisa.

—Para nada. Me gusta mucho verte feliz con las personas que te apoyaron —respondió él, inclinándose dócilmente para que ella no tuviera que gritar sobre la música de reggaetón. Era tierno ver cómo un hombre tan masivo se doblegaba solo para escucharla.

—Los de allá enfrente en la barra no dejan de mirarnos. Son los de Tierra, los que te conté que me hicieron la vida imposible.

Siegfried dejó de sonreír. Lentamente, giró su cabeza platinada. Su mirada de águila barrió la barra, deteniéndose en Adrián Marcelo, Agustín y el resto. No hizo ninguna mueca de asco, ni de enojo. Fue una mirada plácida, aburrida, pero cargada con el peso gravitacional de una avalancha a punto de caer. Hizo contacto visual directo con Adrián y Agustín por un segundo que pareció eterno.

El efecto fue inmediato. Agustín desvió la vista inmediatamente hacia sus zapatos; Adrián Marcelo carraspeó, sudó frío y fingió extremo interés en la pantalla de su celular, dándoles la espalda.

Habiendo establecido su dominio sin decir una sola palabra, Siegfried volvió su atención a su mujer, ignorándolos por completo el resto de la noche. Como bien decían: un león jamás se preocupa por las opiniones o las miradas de las ovejas.

—No me interesan ellos. Son polvo. Solo me importas tú —murmuró él, bajando la cabeza aún más para rozar sus labios contra los de ella.

Briggitte se puso de puntillas, aferrándose a las anchas solapas de su camisa para no perder el equilibrio, y lo besó apasionadamente. Sentir la fuerza titánica de él, estar rodeada de toda esa gente, de la prensa y las cámaras, pero sabiendo que toda la atención, devoción y fiereza de ese gigante indomable estaba dedicada única y exclusivamente a ella... era el mayor afrodisíaco del universo.

Siegfried rodeó su pequeña cintura con un brazo, levantándola un par de centímetros del suelo sin esfuerzo para acercarla más, pegándola a su cuerpo duro como la piedra, protegiéndola del mundo entero y de paso, reclamándola ante la mirada de todos. Briggitte suspiró feliz contra sus labios. Definitivamente, había encontrado a su vikingo, y por nada del mundo planeaba dejarlo ir jamás.

Let Elbuscado1 know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Fated to My Ex- Best Friend [Moving to Galatea]

Kelley: Love the story line! Ryder needs to getvhiavhead out of his ass tho!

Read Now
Crowned in Blood: Fated to the enemy

Happiness Aghogho: I love this.... so thrilling. Looking forward to the end

Read Now
Going For The Goalie

fathiahmosebolatan: Nothing is wrong with

Read Now
Between the Whistle and the Quiet (Book #1 in The Reapers & Roses Series)

IsadoraTorrez: I enjoy this genre so it caught my eye while searching for books to read. The characters are portrayed so well,with real emotions and problems. I love that the little boy brought Madi and Luca together and in spite of the traumatic event that happened to Madi, this book is a feel-good book filled wi...

Read Now
Alpha’s Claim

Read4Free16: Devotion, strength and trust all in creating a wonderful read

Read Now
Broken Halos MC

Lisa: I love the slow burn and how engaging the characters are. The story building is great. No spelling or grammatical errors so far! Can’t wait to read more.

Read Now
How To Kidnap A Mafia Boss

jayneeta2088: It was the perfect book to revive my passion for reading

Read Now
SECRET BILLIONAIRE

Sarah: Hello! I really enjoyed reading your story. It made me curious—after finishing this one, did it give you ideas for completely new projects, or do you usually like to take a break before starting another story?

Read Now