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Aster murió en el mundo de Demon Slayer,asesinado por Tanjiro Kamado después de pedirle que acabara con su vida: la sangre de Muzan estaba consumiendo su humanidad y no quería convertirse en un demonio.
Cuando volvió a despertar, estaba en otro mundo: Jujutsu Kaisen.
El calor de la espada de Tanjiro Kamado fue lo último que sintió. No hubo dolor agónico en aquel corte final, solo una extraña y compasiva calidez solar separando su cabeza de su cuerpo. Aster recordó los ojos burdeos del joven cazador, desbordando lágrimas de empatía.
Aster mismo se lo había suplicado; la sangre de Muzan estaba devorando sus entrañas, quemando su humanidad a un ritmo aterrador. Antes de convertirse en un monstruo y lastimar a alguien, prefirió que aquel chico de corazón puro le diera un final piadoso bajo la luz de la luna. Y entonces, la oscuridad lo abrazó. Pero, como siempre, fue un abrazo efímero, un simple parpadeo entre realidades.
Desde que cumplió dieciocho años en su primera vida, aquella diosa egoísta y encaprichada se había negado a dejar que su alma cruzara al verdadero más allá. Ella lo llamaba un "don", el mayor acto de amor divino; para Aster, no era más que una hermosa y agotadora maldición. Morir solo significaba girar la ruleta una vez más. Películas, libros, mangas... todo lo que en su primera vida consumió como simple ficción, resultaban ser universos reales, esperando a que él cayera en ellos.
Un jadeo ahogado rompió el silencio de la noche. Aster abrió los ojos de golpe, llenando sus pulmones con un aire que olía a asfalto mojado y smog. Estaba tirado sobre el frío pavimento de un callejón oscuro.
Lo primero que hizo, por puro instinto forjado a base de morir docenas de veces, fue palparse el rostro y el cuello. No había cicatrices. Su cuerpo estaba intacto, libre de la sed de sangre demoníaca que lo atormentaba minutos antes. Almirar su reflejo en un charco de agua sucia iluminado por las luces de neón, vio la misma imagen de siempre. Su ancla en la locura del multiverso. Sus pupilas negras como el carbón más puro, su inconfundible cabello gris ceniza, y esa piel pálida que lo hacía parecer casi un fantasma. Esta vez, la diosa había ajustado su reloj biológico: se sentía ágil, joven, en un cuerpo de aproximadamente dieciséis o diecisiete años, vestido con un uniforme escolar oscuro que le resultaba vagamente familiar. El zumbido del tráfico a lo lejos le indicó que estaba de vuelta en la época moderna, lejos del Japón de la era Taisho. Sin embargo, algo andaba mal. El aire a su alrededor era pesado, denso, casi asfixiante. No era la presencia de los demonios de la noche, era algo más podrido, más humano. Un sonido húmedo y repulsivo lo hizo alzar la vista hacia la pared de ladrillos del callejón. Una masa amorfa, del tamaño de un perro grande, con múltiples ojos desorganizados y extremidades deformes, se arrastraba por la pared murmurando lamentos incomprensibles sobre el estrés del trabajo. No era un demonio. Era una manifestación física de las emociones negativas humanas.
Aster dejó escapar un suspiro largo y cansado, cerrando sus ojos por un segundo.
Conocía este lugar. Lo había leído mucho tiempo atrás en su vida original, y recordaba perfectamente la energía rancia que ahora podía sentir zumbando en el aire.
Hechiceros, energía maldita, una sociedad oculta y podrida llena de tragedias inevitables. Acababa de despertar en el mundo de Jujutsu Kaisen.
La maldición de cuarto grado se percató de su presencia y se abalanzó sobre él con un chillido agudo. Aster no se inmutó. No tenía su katana nichirinto, y la técnica de respiración ya no le daba los mismos atributos físicos sin la atmósfera de su mundo anterior, pero los ecos de sus vidas pasadas, la experiencia en combate y su propia alma inquebrantable siempre lo acompañaban. Esquivó a la criatura con un movimiento fluido, casi aburrido. Aster se sacudió el polvo del uniforme escolar, mirando hacia la salida del callejón donde las luces de Tokio brillaban con indiferencia.
—Otra vida, otro dolor de cabeza —murmuró para sí mismo, metiendo las manos en los bolsillos mientras se preparaba para sobrevivir al infierno de la hechicería.
La maldición de cuarto grado saltó hacia él con la boca abierta, babeando una sustancia oscura y pestilente. Aster no entró en pánico. En su vida había esquivado los ataques a la velocidad del sonido de las Lunas Superiores; esta criatura era dolorosamente lenta. Agarró un tubo de metal oxidado que sobresalía de un montón de basura. Aunque ya no poseía la fuerza sobrehumana forjada por la respiración del agua, su alma conservaba una densidad abrumadora, moldeada por el ciclo interminable de muertes y renacimientos. Canalizó esa pura fuerza de voluntad, una energía residual y cruda que la diosa le permitía conservar entre vidas, y golpeó a la criatura con una precisión quirúrgica. El tubo de metal atravesó el núcleo amorfo de la maldición, destrozándola al instante. La bestia se deshizo en cenizas púrpuras antes de tocar el suelo. Aster tiró el tubo, sacudiéndose las manos pálidas.
-Nada mal, aunque tu técnica es un poco... rudimentaria.- La voz juvenil, cargada de arrogancia, resonó desde la entrada del callejón.
Aster giró lentamente su rostro. Allí, bajo la luz parpadeante de una farola, había dos figuras que conocía demasiado bien de sus días de lectura. Uno tenía el cabello blanco como la nieve, desafiando la gravedad, y unas gafas de sol redondas que ocultaban parcialmente sus famosos Seis Ojos. El otro, más alto y de postura serena, llevaba el cabello oscuro recogido y un inconfundible mechon cayendo sobre su rostro. Satoru Gojo y Suguru Geto.
Año 2006.
Aster suspiró internamente. De todos los momentos y lugares de este retorcido universo, la caprichosa diosa lo había lanzado justo en la época dorada, los días de juventud de aquel trágico dúo.
Satoru no perdió un segundo. En un parpadeo, usó su técnica para acortar la distancia, invadiendo por completo el espacio personal de Aster. El chico de cabello blanco se inclinó hacia adelante, bajándose un poco las gafas para clavar su mirada en el rostro del recién llegado. Su mirada era escrutadora, curiosa también.
—Qué tipo tan extraño—murmuró Satoru, observando fascinado el cabello gris ceniza y la piel inusualmente blanca de Aster. —Tus ojos son tan negros. No reflejan la luz. Y esa energía con la que mataste a la maldición... no se siente como energía maldita normal. ¿Quién demonios eres?
Aster mantuvo su expresión inalterable. Había sido asesinado, quemado y ahogado en otros mundos; la proximidad invasiva de un adolescente arrogante, por muy poderoso que fuera, no iba a intimidarlo. Lo miró con una calma absoluta, una indiferencia que pareció desconcertar y a la vez divertir a Gojo.
—Aster— respondió simplemente, sin retroceder ni un milímetro.
Un profundo suspiro de resignación se escuchó a sus espaldas. Suguru caminó hacia ellos y, sin ningún reparo, agarró a Satoru por el cuello del uniforme y tiró de él hacia atrás sin piedad.
—¡Ay, ay, Suguru, me asfixias!— se quejó el hechicero de los Seis Ojos, dejándose arrastrar con un dramatismo exagerado.
—Compórtate, Satoru. No puedes ir invadiendo el espacio personal de la gente solo porque sientes curiosidad— lo regañó Suguru con voz severa, soltándolo para luego dirigirle a Aster una sonrisa amable, aunque con una postura impecable que delataba que estaba listo para pelear si era necesario. —Disculpa a mi maleducado compañero. Soy Suguru Geto, y este idiota es Satoru Gojo. Somos estudiantes de segundo año del Colegio Técnico de Magia del Área Metropolitana de Tokio.
Aster asintió lentamente.
La dinámica entre ellos era exactamente como la recordaba: Geto asumiendo el papel del chico razonable y responsable, mientras Gojo era una fuerza de la naturaleza sin filtro.
—Estábamos patrullando la zona tras rastrear esa maldición— continuó Geto, observando a Aster con un interés analítico que intentaba ocultar bajo sus buenos modales. —Considerando que puedes ver las maldiciones y tienes la fuerza para exorcizarlas a mano limpia, las reglas del mundo de la hechicería dictan que no podemos simplemente dejarte ir. Tendrás que venir con nosotros para hablar con nuestro profesor, Masamichi Yaga.
Aster miró las oscuras calles de Tokio. No tenía yenes, ni identificación, ni un lugar donde dormir en este mundo. Entrar a la escuela de hechicería era meterse directo a la boca del lobo, pero también era la forma más rápida de establecerse. Además, mirando a estos dos... sabiendo el infierno que los separaría en el futuro, tal vez su maldición de reencarnar al fin sirviera para algo útil. Podría usar su experiencia para desviar la tragedia.
—Está bien— dijo Aster, acomodando el cuello de su propio uniforme y clavando sus ojos en Geto. —Llévenme a su escuela.
Satoru se frotó el cuello, pero una sonrisa amplia e intrigada se dibujó en su rostro. En un parpadeo, volvió a acortar la distancia, pasando un brazo sobre los hombros de Aster con una confianza absoluta, ignorando olímpicamente el suspiro cansado de su mejor amigo.
—¡Perfecto! Eres un tipo raro, Aster, pero me agradas. Presiento que esto será muy divertido— anunció Satoru, apretándolo un poco más contra su costado. —¡Yo invito los dulces de camino a la escuela!
Aster no se inmutó por el contacto invasivo. Simplemente dejó escapar un suspiro silencioso por sus labios pálidos. Mientras caminaban por las bulliciosas calles de Tokio, con Gojo parloteando sobre crepas y Geto vigilando discretamente cada movimiento del chico del cabello gris ceniza, Aster comprendió que su papel en esta vida acababa de sellarse. No sería un héroe brillante como Tanjiro, ni un monstruo implacable. Sería la anomalía en el sistema de Jujutsu Kaisen. El trayecto hasta las montañas en las afueras de Tokio fue sorprendentemente tranquilo, si uno ignoraba a Satoru masticando ruidosamente los mochis que había comprado y quejándose de que Aster no había querido probar ninguno.
Cuando cruzaron la barrera que ocultaba el Colegio Técnico de Magia, Aster sintió el sutil zumbido de la energía cambiando a su alrededor. Los templos de madera tradicional y los inmensos bosques le trajeron un fugaz recuerdo de la sede de los Cazadores de Demonios, aunque el aire aquí era mucho más melancólico. Suguru los guio por los pasillos de madera hasta detenerse frente a una puerta corrediza.
—Compórtate— le advirtió Geto a Gojo en un susurro.
—Yo siempre me porto bien— respondió Satoru con una sonrisa burlona. Geto suspiró y abrió la puerta.
La habitación estaba poco iluminada y, para cualquier persona normal, la escena habría sido absurda. Esparcidos por todo el suelo tatami había docenas de muñecos de felpa que parecían sacados de una pesadilla infantil. En el centro de la sala, un hombre grande, musculoso, con gafas de sol oscuras y un corte de cabello militar, estaba cosiendo pacíficamente un osito de peluche. Masamichi Yaga, el profesor de segundo año.
—Llegan tarde— gruñó Yaga sin apartar la vista de su aguja.
—Satoru insistió en detenerse a comprar dulces— lo delató Geto de inmediato, con su tono educado de siempre.
—¡Oye, tú también comiste!— reclamó Gojo, ofendido. Yaga detuvo su costura y alzó la vista, ignorando la habitual bickering de sus dos alumnos más problemáticos.
Sus ojos se fijaron directamente en la tercera persona de la sala. Yaga era un hombre perceptivo, y la presencia del chico nuevo lo descolocó por un segundo. Aquel joven de piel pálida y cabello gris ceniza con toques negros no desprendía el miedo, la confusión o la ansiedad típica de alguien que acaba de descubrir el mundo de las maldiciones. De pie, con las manos en los bolsillos, Aster lo miraba con sus ojos negros, reflejando una calma tan profunda que bordeaba en la apatía absoluta. Era la mirada de un anciano veterano de guerra atrapada en el cuerpo de un adolescente.
—Profesor Yaga— intervino Geto, volviendo al profesionalismo. —Lo encontramos en Shinjuku. Exorcizó a una maldición de cuarto grado usando un tubo de metal y sus manos desnudas. Sin embargo, su energía... no parece ser energía maldita convencional.
Yaga dejó el peluche a un lado y se cruzó de brazos, evaluando al chico de pies a cabeza. —¿Nombre?.
—Aster— respondió él, con voz neutra y sin agregar honoríficos.
—Dime, Aster, ¿por qué estás aquí?— La voz de Yaga se volvió profunda y amenazante. —Suguru y Satoru te trajeron, sí. Pero no pareces asustado, ni tienes la intención de huir. Si entras a este mundo, estarás rodeado de sangre, vísceras y arrepentimientos hasta el día en que mueras. La mayoría de los hechiceros mueren llenos de arrepentimiento. ¿Por qué querrías quedarte?
Gojo se cruzó de brazos y se apoyó contra el marco de la puerta, bajándose un poco las gafas para observar a Aster con atención. Geto también guardó silencio, esperando. El jóven miró a Yaga. Luego miró a los peluches en el suelo. La advertencia sobre la muerte lo hizo querer reírse. ¿Arrepentimiento al morir?
Había muerto por vejez, por enfermedad, ahogado, asesinado, e incluso recordaba vagamente una vida donde se había caído por unas escaleras de forma patética. La muerte ya no era un gran final trágico para él; era simplemente la sala de espera hacia el siguiente escenario.
—He muerto demasiadas veces como para preocuparme por cómo será la próxima— respondió Aster finalmente, su voz carente de cualquier dramatismo adolescente. Era una declaración de un hecho frío y literal. —No busco ser un héroe, ni busco salvar a todos. Pero ya que estoy aquí, y parece que tengo las herramientas para no ser una carga... prefiero hacer algo útil con el tiempo que me toque en este mundo.
Yaga frunció el ceño.
Para los oídos del profesor, sonaba como la metáfora de un adolescente roto que había pasado por traumas innombrables.
De repente, Yaga infundió energía maldita en uno de los muñecos que tenía a su lado. Un sapo de felpa verde del tamaño de un perro saltó como un resorte disparado directamente hacia el rostro de Aster. Satoru sonrió, anticipando el golpe. Geto tensó los hombros, listo para intervenir si el chico nuevo no reaccionaba. Pero Aster ni siquiera parpadeó. Los demonios se movían más rápido que el ojo humano. El muñeco de Yaga era rápido, pero predecible. En lugar de retroceder, dio un paso diagonal hacia adelante, evadiendo el ataque por milímetros, y en el mismo movimiento fluido, levantó la mano derecha y atrapó al muñeco por el cuello en pleno vuelo. El impacto generó una pequeña onda de aire. La "energía" que rodeó el brazo de Aster no era el flujo oscuro y caótico de la energía maldita, sino una densidad pesada y pura: el peso de un alma que se negaba a extinguirse, pulida por docenas de reencarnaciones. Sostuvo al sapo de felpa que pataleaba en el aire, y luego miró a Yaga con la misma expresión de aburrimiento.
-Lindo peluche -murmuró Aster, dejándolo caer al suelo.
La habitación quedó en silencio por unos segundos. Gojo rompió a reír a carcajadas, aplaudiendo emocionado, mientras Geto soltaba un suspiro de alivio disfrazado de una sonrisa impresionada. Yaga se frotó la barbilla, ocultando su propia sorpresa. El chico no tenía una técnica maldita visible, ni la energía negativa estándar, pero sus reflejos, su instinto de combate y esa extraña presencia eran innegables. Además, esa mirada en sus ojos... no había ni una pizca de mentira en sus palabras.
-Suguru, Satoru -dijo Yaga, suspirando profundamente-. Muestrenle los dormitorios libres. Y consiganle un uniforme de su talla. Aster, estás a prueba. A partir de mañana, serás el cuarto alumno de segundo año.
Aster asintió levemente. Una nueva vida, un nuevo título. Al menos, pensó mientras Gojo lo tomaba del brazo para arrastrarlo hacia los dormitorios, esta vez no tendría que preocuparse por demonios devoradores de hombres... solo por maldiciones nacidas del estrés humano y hechiceros al borde de la locura. Mientras caminaban por los pasillos de madera hacia la zona de los dormitorios, el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de un naranja oxidado que se filtraba por las ventanas corredizas.
Satoru iba al frente, caminando de espaldas con las manos en la nuca para no perder de vista al chico nuevo, mientras Suguru caminaba a su lado, manteniendo una distancia prudente pero atenta.
Aster avanzaba en silencio. Podía notar las miradas periféricas que ambos le lanzaban. Sabía exactamente lo que estaban pensando. Para Yaga, Geto y Gojo, las palabras que había dicho en la oficina sonaban a las de un chico roto. Cuando Aster habló de la muerte con esa tranquilidad pasmosa, con esa voz monótona y carente de miedo, cualquiera que lo escuchara pensaría que era un pesimista extremo. Un adolescente envuelto en un manto de nihilismo o alguien que había presenciado masacres tan horribles que su mente, para protegerse, se había desconectado por completo del valor de la vida. Lo veían como un trágico huérfano del mundo de la hechicería, alguien a quien el trauma le había arrebatado las ganas de vivir.
Pero la realidad era mucho más aburrida y patética.
El podía hablar de la muerte con total ligereza porque, literalmente, no significaba nada. No había poesía en su dolor, ni un oscuro trauma infantil. Morir era como irse a dormir y despertar en otra cama. Era un trámite molesto. Un parpadeo entre universos. Si le cortaban la cabeza, si lo envenenaban, si un lo destrozaba o si simplemente tropezaba y se rompía el cuello... el resultado era el mismo. Despertaría en otro mundo, con un cuerpo sano, y su misma apariencia. Nadie entendía lo que quería decir en realidad. Y a Aster le daba demasiada pereza intentar explicárselo a hechiceros que, de por sí, ya lidiaban con demasiada locura diaria.
-Oye, Aster -rompió el silencio Satoru, deteniéndose de golpe e inclinándose hacia él con una sonrisa curiosa-. Lo que le dijiste al viejo Yaga fue súper intenso. "He muerto demasiadas veces", pfft. Suenas como un viejo de ochenta años atrapado en el cuerpo de alguien de nuestra edad. ¿De dónde sacas esa actitud tan sombría?
-Satoru, no seas insensible -lo reprendió Suguru de inmediato, frunciendo el ceño-. Si Aster ha pasado por situaciones difíciles antes de llegar aquí, no es algo de lo que debas burlarte.
Geto miró a Aster con esa compasión genuina que lo caracterizaba en aquellos años. Una compasión que, en el futuro, terminaría por pudrirle el alma.
-No tienes que hablar de tu pasado si no quieres -le aseguró Geto con voz suave-. En este colegio, todos hemos visto cosas que la gente normal no podría soportar. Pero ahora estás con nosotros. Eres un hechicero, y no tienes que enfrentar la nada solo.
Aster se detuvo y los miró a los dos. Gojo, esperando una historia trágica y emocionante; Geto, ofreciendo un hombro comprensivo para un trauma que no existía. Por un segundo, Aster consideró decirles la verdad: "La semana pasada un chico con una cicatriz en la frente me decapitó con una espada llameante porque la sangre del rey de los demonios me estaba mutando, y antes de eso morí de fiebre en la Edad Media, y antes de eso me atropelló un carruaje".
En su lugar, soltó un suspiro lento y cerró sus ojos oscuros.
-No es un trauma, Suguru-respondió Aster, usando el nombre de pila de Geto con una naturalidad que hizo parpadear al aludido-. Es solo cansancio. La muerte es ruidosa, desordenada y, sobre todo, una enorme pérdida de tiempo. Solo prefiero no darle más importancia de la que tiene.
Gojo soltó una carcajada limpia, echando la cabeza hacia atrás.
-¡Me encanta! -exclamó el chico de cabello blanco, dándole una palmada en la espalda a Aster que habría derribado a una persona normal, pero que el absorbió sin moverse un centímetro-. Eres un bicho raro, grisáceo. La mayoría de los de primer año tiemblan y lloran cuando ven su primera maldición de grado dos, y tú andas por ahí hablando como un filósofo deprimido al que no le importa si el mundo explota. ¡Vas a encajar perfecto con nosotros!
Suguru suspiró, rindiéndose ante la actitud de su amigo, pero esbozó una pequeña sonrisa. Abrió la puerta corrediza de una de las habitaciones vacías al final del pasillo.
-Esta será tu habitación, Aster. Las clases empiezan temprano. Satoru y yo estamos en las puertas de al lado. Si necesitas algo... bueno, preferiblemente tócame a mí. Si despiertas a Satoru, probablemente te lance un ataque por reflejo.
Aster asintió y entró en la habitación. Era sencilla: un futón, un pequeño escritorio y una ventana que daba al bosque. Era infinitamente mejor que el callejón donde había despertado hace unas horas.
-Descansa, "filósofo deprimido" -se despidió Satoru, haciendo un gesto militar burlón desde el pasillo-. Mañana veremos de qué eres capaz realmente.
Cuando la puerta se cerró, Aster se dejó caer de espaldas sobre el futón sin molestarse en quitarse los zapatos. Miró el techo de madera, sintiendo el peso de su propia existencia acumulada. Ellos pensaban que era un pesimista. No sabían que, paradójicamente, era el ser más atado a la vida de todo el universo, maldecido por una diosa a no encontrar nunca el descanso final.
-Jujutsu Kaisen, eh... -murmuró al aire vacío de la habitación, frotándose los ojos-. Solo espero no morir de forma demasiado dolorosa esta vez.
(Apariencia de Aster)








