Chapter 1
Capítulo 1 — El día que Lima dejó de ser Lima
Comas, Lima — 30 de septiembre de 2026
A las 6:17 de la mañana, el ruido de una explosión despertó a Marco, de 37 años.
Se incorporó de golpe sobre el colchón. Durante unos segundos no entendió qué ocurría. Luego escuchó algo peor:
gritos.
Se acercó a la ventana de su casa en Comas y levantó apenas la cortina.
La avenida estaba llena de personas corriendo.
Un automóvil había quedado atravesado en medio de la calle. Más allá, una columna de humo oscuro se elevaba entre las casas.
El teléfono vibró.
SIN SERVICIO.
Intentó llamar a su familia.
Nada.
Entonces comenzaron a escucharse sirenas... y después, disparos.
Marco retrocedió de la ventana.
—¿Qué demonios está pasando?
Un golpe seco sacudió la puerta principal.
¡PUM!
Marco agarró lo primero que encontró: un pesado tubo metálico que tenía guardado junto a unas herramientas.
Otro golpe.
—¡AYUDA! —gritó una voz femenina desde afuera—. ¡Por favor!
Marco dudó.
En una situación normal habría abierto inmediatamente.
Pero aquello ya no parecía una situación normal.
Se acercó lentamente.
—¿Quién eres?
—¡Soy Andrea! ¡Vivo dos casas más abajo! ¡Déjame entrar!
Marco miró por la mirilla.
Era una mujer adulta, aproximadamente de treinta años, cubierta de polvo y con una pequeña herida en la frente. Respiraba agitadamente.
Detrás de ella, al final de la calle, varias personas corrían desesperadas.
Marco abrió.
Andrea entró y él cerró inmediatamente.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—No lo sé... empezó en la madrugada. La gente se volvió loca. Algunos están atacando a otros.
Marco frunció el ceño.
—¿En todo Comas?
Andrea negó con la cabeza.
—No sé. Pero escuché en la radio que también estaba pasando en otros distritos.
Un silencio incómodo llenó la habitación.
Entonces ambos escucharon algo afuera.
Pasos.
Lentos.
Se detuvieron frente a la casa.
Marco levantó el tubo.
Andrea tomó un cuchillo de cocina que encontró sobre la mesa.
Los dos permanecieron inmóviles.
La manija comenzó a moverse.
Clic.
Marco miró a Andrea.
Ella lo miró a él.
Y entonces...
la puerta comenzó a abrirse.
Tu pie se clava contra el suelo y aprovechas tus 80 kilos para empujar la puerta hacia atrás. El pestillo tiembla mientras mantienes toda la presión.
—¿QUIÉN ES? —gritas.
Durante un segundo, silencio.
Después, una voz masculina responde desde el otro lado:
—¡No dispares! ¡Soy vecino! ¡Estoy solo!
Andrea se acerca a ti y susurra:
—No abras todavía...
El hombre vuelve a hablar, esta vez con desesperación:
—¡Por favor! ¡Hay gente persiguiéndome! ¡Me van a matar!
De repente, se escucha un ruido en la calle.
Pasos corriendo.
El hombre del otro lado golpea la puerta.
—¡ABRE, POR FAVOR!
Andrea te mira, esperando tu decisión.
La puerta sigue resistiendo bajo tu peso, pero algo o alguien se acerca rápidamente desde la calle.
—¡Corre! ¡Aquí no hay espacio para otra persona! —gritas sin quitar el pie de la puerta.
El hombre tarda un segundo en responder.
—¡¿Qué?!
Pero tú ya estás mirando por la mirilla.
A través del pequeño círculo de vidrio ves al hombre salir disparado hacia la esquina. Lleva una mochila y cojea ligeramente.
Entonces aparecen tres figuras corriendo detrás de él.
No parecen policías.
Uno lleva un bate. Otro sostiene algo parecido a una barra metálica. El tercero simplemente corre, gritando:
—¡¡AGÁRRENLO!!
El hombre dobla la esquina.
Los tres pasan frente a tu casa sin detenerse.
Esperas unos segundos.
Silencio.
Andrea respira aliviada.
—Creo que se fueron...
Pero cuando vuelves a mirar por la mirilla, notas algo que antes no habías visto.
Hay otra persona escondida detrás de un automóvil estacionado frente a tu casa.
No está persiguiendo al hombre.
Está mirando directamente hacia tu puerta.
Apagas todas las luces.
Esperas unos segundos, vuelves a mirar por la mirilla y haces una última comprobación de la calle.
La persona sigue escondida detrás del automóvil.
Entonces abres la puerta apenas unos centímetros.
Levantas un dedo hasta tus labios y haces una señal clara con la mano:
«Entra. Rápido. Sin hacer ruido.»
La figura entiende.
Sale de detrás del automóvil y corre agachada hacia la entrada.
Tú abres un poco más.
—Ahora.
Entra de golpe.
Cierras y aseguras la puerta inmediatamente.
La habitación queda completamente a oscuras.
El recién llegado respira con dificultad. Es un hombre de unos cuarenta años, con la ropa sucia y una mochila pequeña.
Andrea levanta el cuchillo.
—¿Quién eres?
El hombre levanta lentamente las manos.
—Me llamo Luis... vivo cerca del mercado.
Mira hacia la ventana.
—Gracias por dejarme entrar. Los que están afuera... no son los únicos.
Tú frunces el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Luis baja la voz.
—Esto no está pasando solamente aquí. Y si quieren sobrevivir, tenemos que salir de Comas antes de que sea demasiado tarde.
Luis levanta la mirada.
—Trabajaba en un almacén cerca del mercado. Cuando empezó todo, agarré lo que pude y salí.
Andrea observa las provisiones.
—No alcanza para tres personas durante mucho tiempo.
Luis asiente.
—Por eso tenemos que decidir rápido.
De pronto, desde afuera llega un ruido metálico.
CLANG.
Los tres quedan en silencio.
Luis se acerca lentamente a la ventana.
—Hay alguien revisando las casas...
Marco mira la mochila.
Luego mira a Andrea y a Luis.
Ahora tienen tres personas, comida para unos pocos días y una casa que quizá ya haya sido descubierta.
—Nuestro plan será ir al sur. Guarden todo y ármense con lo que puedan. El viaje será largo y probablemente tendremos que pelear.
Andrea asiente y empieza a preparar la mochila.
—¿Al sur? ¿Hacia Lima Centro?
Luis niega con la cabeza.
—Si las carreteras principales están bloqueadas, tendremos problemas. Tendremos que movernos por calles secundarias.
Revisas rápidamente la casa.
Encuentras:
Una mochila grande.
Una linterna.
Dos botellas de agua.
Un pequeño botiquín.
Un encendedor.
Un rollo de cinta adhesiva.
Una cuerda.
Algunas herramientas.
Un palo de escoba reforzado, que podría servir para defenderse.
Un cuchillo de cocina.
Andrea se guarda el botiquín y parte del agua.
Luis carga la comida.
—Yo puedo llevar esto —dice—. Pero necesitamos decidir por dónde salir.
Te acercas a la ventana.
La calle parece tranquila otra vez.
Demasiado tranquila.
Entonces escuchas algo que hace que los tres se queden inmóviles:
Un motor se detiene justo frente a la casa.
Después, tres puertas de automóvil se abren.
Luis susurra:
—Creo que ya nos encontraron.
Andrea mira hacia la ventana trasera y luego hacia ti.
—Si salimos ahora, podríamos meternos directamente en una emboscada.
Luis se acerca a la puerta y escucha atentamente.
—Yo esperaría unos segundos. Si realmente vienen por nosotros, pronto lo sabremos.
Tú haces una señal para que ambos se preparen.
—Entonces ustedes pónganse atrás. Yo me quedo aquí.
Andrea niega con la cabeza.
—No pienso dejarte solo.
De pronto, alguien golpea la puerta.
Toc. Toc. Toc.
Los tres quedan completamente quietos.
Una voz masculina habla desde afuera:
—Buenas... ¿hay alguien?
Luis abre los ojos y susurra:
—Esa voz... no es de ninguno de los que estaban persiguiéndome.
Otro golpe.
—Sabemos que hay gente dentro.
—¿Qué buscan?! Digan rápidoque quieren, que no tengo tiempo! —respondes con voz firme, sin abrir.
Silencio.
La persona del otro lado tarda unos segundos en contestar.
—No buscamos problemas. Estamos buscando agua y medicinas. Hay niños en nuestra casa.
Luis te mira y hace un gesto de duda.
Andrea susurra:
—Podrían estar mintiendo.
Entonces escuchas una segunda voz desde afuera:
—¡Jefe, vámonos! ¡No hay tiempo!
El primero responde:
—¡Espera!
Se oyen pasos alejándose unos metros.
Luis se acerca a ti.
—Parece que se van...
Pero entonces escuchas algo diferente.
Un motor arranca.
Andrea mira hacia la ventana trasera.
—Tenemos una oportunidad. Si vamos a salir, tiene que ser ahora.
Luis ya tiene la mochila puesta.
—Por la ventana trasera. Ahora. Aprovechemos que se fueron y que está bajando el sol.
Andrea asiente y guarda el cuchillo. Luis se cuelga la mochila y comprueba que todo esté cerrado.
Abres cuidadosamente la ventana trasera.
El aire de la tarde entra en la casa.
Uno por uno, salen al patio.
Marco primero. Andrea después. Luis último.
El cielo sobre Comas empieza a teñirse de naranja. A lo lejos todavía se escuchan sirenas y algunos gritos, pero la calle trasera está prácticamente vacía.
Luis señala un estrecho pasaje entre dos viviendas.
—Por ahí podemos evitar la avenida.
Andrea mira hacia el cielo.
—En menos de una hora estará oscuro.
Tú ajustas la mochila y miras hacia el sur.
—Entonces tenemos menos de una hora para alejarnos de aquí.
Avanzan en silencio.
Después de unos cincuenta metros, escuchas un ruido detrás de ustedes.
Un portón acaba de abrirse.
Los tres se detienen.
Andrea susurra:
—¿Nos siguieron?
Luis mira hacia atrás.
—No lo sé...
Entonces aparece una silueta en el extremo del pasaje.
No corre.
Simplemente permanece allí, observándolos.
Y lleva algo largo en la mano.
Ignacia llega hasta ustedes jadeando. Aprieta la varilla de acero contra el pecho mientras intenta recuperar el aliento.
—¡Marco! ¡Gracias a Dios! Pensé que eran otros...
Notas que la tensión del grupo disminuye un poco. Aun así, mantienes la atención en el entorno.
—Ignacia, iremos al sur. Tomaremos el callejón de la derecha. ¿Vienes con nosotros o tomarás otro camino?
Ignacia mira hacia el callejón y después hacia la avenida.
—Voy con ustedes. Sola no pienso seguir.
Luis asiente y ajusta su mochila.
—Entonces no perdamos tiempo.
Andrea se coloca detrás de ti.
—¿Vamos?
Ignacia levanta la varilla.
—Mientras pueda caminar, sí.
Los cuatro entran en el callejón.
La oscuridad empieza a cubrir Comas y, por primera vez desde que comenzó todo, Marco ya no está intentando escapar solo: ahora tiene un pequeño grupo que proteger.
A lo lejos se escucha un estruendo.
Después, otro.
Ignacia mira hacia el cielo.
—Eso vino del sur...
Nadie responde.
El grupo continúa avanzando.
La calle está cada vez más oscura. Luis entrecierra los ojos intentando mirar alrededor, pero finalmente niega con la cabeza.
—No se ve una mierda desde aquí.
Ignacia acerca la mirada a la camioneta.
—Entonces no sabemos si alguien estuvo ahí.
Marco observa el vehículo desde la distancia. Las puertas abiertas son evidentes gracias a la poca luz que queda, pero cualquier detalle del suelo es imposible de distinguir.
Andrea susurra:
—No sabemos La calle está cada vez más oscura. Luis entrecierra los ojos intentando mirar alrededor, pero finalmente niega con la cabeza.
—No se ve una mierda desde aquí.
Ignacia acerca la mirada a la camioneta.
—Entonces no sabemos si alguien estuvo ahí.
Marco observa el vehículo desde la distancia. Las puertas abiertas son evidentes gracias a la poca luz que queda, pero cualquier detalle del suelo es imposible de distinguir.
Andrea susurra:
—No sabemos qué pasó aquí. Mejor no nos acerquemos.
—Luis, chicas, es mejor seguir el plan. No hay que distraernos. No quiero recibir ningún golpe por la espalda. Vámonos.
Luis asiente inmediatamente.
—De acuerdo. Mantengamos el paso.
Andrea mira una última vez hacia la camioneta, pero finalmente sigue adelante.
Ignacia se coloca detrás del grupo, sujetando con fuerza su varilla.
—No pienso quedarme atrás.
Los cuatro continúan por la calle, evitando acercarse a la camioneta.
Durante los siguientes minutos nadie habla.
La oscuridad termina de caer sobre Comas.
Entonces Luis levanta una mano.
Alto.
Todos se detienen.
Desde varias calles más adelante llega un sonido tenue:
un motor.
Después otro.
Y otro.
No parecen venir de una sola dirección.
Luis susurra:
—Hay varios vehículos moviéndose por la zona.
Andrea te mira.
—Si seguimos por la calle principal, podríamos encontrarnos con ellos.
Ignacia señala hacia un pequeño parque oscuro a la izquierda.
—Podemos escondernos allí hasta que pasen... o seguir avanzando mientras todavía no nos han visto.
Los tres te miran.
La decisión vuelve a estar en tus manos
Susurras:
—Vamos entonces.
Pero esta vez no das ninguna otra instrucción.
El grupo comienza a moverse y cada uno decide cómo hacerlo.
Luis toma la iniciativa y se adelanta unos metros, buscando una ruta que evite las calles abiertas.
Andrea, más cautelosa, se mantiene cerca de las paredes y observa las ventanas de las casas.
Ignacia decide quedarse en la retaguardia, sujetando la varilla con ambas manos.
—Si alguien viene detrás, lo escucharé —murmura.
Avanzan hacia el sur.
El ruido de los motores aumenta durante unos segundos... y después comienza a alejarse.
Parece que los vehículos han tomado otra calle.
Luis levanta discretamente el pulgar.
Continúan.
Unos quince minutos después llegan a una pequeña zona comercial completamente cerrada. Algunos puestos tienen las persianas bajadas y varias calles están llenas de basura abandonada.
Andrea se detiene frente a una bodega.
—Podríamos buscar agua aquí.
Luis niega.
—O perder tiempo y encontrarnos con alguien.
Ignacia observa las calles.
—Yo seguiría. No me gusta estar tan expuesta.
Los tres tienen opiniones diferentes.
Y esta vez nadie espera automáticamente a que Marco decida por ellos.
Luis empieza a caminar hacia el sur.
Andrea se queda mirando la bodega.
Ignacia sigue unos pasos detrás de Luis.
El grupo comienza a dividirse lentamente.
Andrea se detiene cuando la llamas.
—¿Mis provisiones? —mira su pequeña mochila—. La verdad, casi nada.
Abre el cierre para enseñarte lo que consiguió antes de salir de su casa.
—Antes de venir aquí estaba en el trabajo. Tenía algunas cosas conmigo, pero cuando empezó el caos tuve que salir corriendo.
Dentro lleva:
Una botella de agua de 750 ml, aproximadamente a la mitad.
Un paquete pequeño de galletas, abierto.
Dos barras de cereal.
Un encendedor.
Un celular con poca batería y sin señal.
Un pequeño botiquín personal con gasas, alcohol y analgésicos.
Una linterna pequeña, con las pilas casi agotadas.
Andrea levanta las manos.
—Eso es todo.
Señala entonces hacia la casa que abandonaron.
—Y de ahí prácticamente solo agarré el cuchillo y lo que podía servirme para defenderme. Era la casa de un hombre soltero, así que tampoco había una despensa grande. No había reservas escondidas ni nada parecido.
Luis escucha desde unos metros más adelante.
—Entonces estamos peor de lo que pensaba.
Ignacia interviene:
—No necesariamente. Somos cuatro y tenemos varias mochilas. Si conseguimos agua antes de seguir, podemos avanzar.
Andrea te mira directamente.
—Pero tenemos que decidir pronto. Si seguimos hacia el sur sin reabastecernos, tendremos que racionar desde ahora.
La noche ya cayó completamente.
—De los cuatro, tú e Ignacia son las que menos provisiones tienen. Revisemos esa bodega. Si es fácil entrar, lo hacemos; si nos va a tomar demasiado tiempo, seguimos.
Luis mira la persiana cerrada.
—Estoy de acuerdo. Pero cinco minutos máximo.
Ignacia se acerca con cautela.
—Yo puedo vigilar mientras ustedes revisan.
Andrea se agacha junto a la puerta y examina el cierre.
—No parece estar asegurada con candado... espera.
Tira suavemente.
La persiana se mueve unos centímetros.
—Está levantada apenas. Podría haber una entrada lateral.
Luis señala un pequeño pasaje junto al local.
—Voy a mirar.
Se adelanta unos metros y vuelve enseguida.
—Hay una puerta trasera. Está cerrada, pero no parece bloqueada desde afuera.
Ignacia mira hacia la calle.
—No escucho vehículos.
Andrea te mira.
—Podríamos entrar, buscar agua y comida rápidamente y salir.
Luis agrega:
—O simplemente seguir. La decisión es nuestra, pero cuanto más tiempo pasemos aquí, más posibilidades hay de que alguien nos encuentre.
Los cuatro quedan frente a la bodega.
Nadie tiene la certeza de que esté vacía.
—Andrea, entra rápido. Nosotros sostenemos la reja. Luis, fíjate si alguien se acerca. Ignacia, ayúdame.
Andrea asiente.
—Voy.
Entre tú e Ignacia levantan la reja lo suficiente para que Andrea pueda deslizarse por debajo. Luis se coloca en la esquina, vigilando ambos extremos de la calle.
Andrea desaparece dentro de la bodega.
Pasan unos segundos.
—¡Aquí hay cosas! —susurra desde dentro.
—¿Qué encontraste? —preguntas.
—Agua... algunas conservas... ¡también arroz y fideos!
Ignacia sonríe por primera vez en horas.
—Perfecto.
—¡Pero hay un problema! —responde Andrea.
Luis gira la cabeza.
—¿Qué pasa?
Andrea aparece parcialmente bajo la reja.
—Escuché algo en la parte de atrás.
Todos quedan inmóviles.
Desde el interior de la bodega llega un ruido leve.
Clac...
Como si alguien hubiera movido una caja.
Luis susurra:
—Eso no fui yo.
Ignacia aprieta la varilla.
—¿Hay alguien ahí?
Andrea mira hacia el interior oscuro.
—No lo sé.
La reja sigue levantada y ustedes podrían bajarla inmediatamente y marcharse.
Pero dentro hay provisiones que podrían cambiar completamente la situación del grupo.
—¡Andrea, maldita sea! ¡Saca lo que puedas y vamonos, carajo!
Andrea no necesita que se lo repitas.
—¡Ya voy!
Se mete rápidamente entre los estantes y empieza a llenar su mochila con lo que encuentra más a mano.
—¡Dos botellas de agua! ¡Tres latas! ¡Un paquete de arroz! ¡Galletas!
Clac...
El ruido vuelve a escucharse desde la parte posterior.
Andrea se queda congelada.
—Hay alguien...
—¡Andrea, sal! —ordena Luis.
Ella agarra una última lata y corre hacia la entrada.
Tú e Ignacia levantan la reja un poco más.
—¡Ahora!
Andrea se desliza por debajo y ustedes bajan la reja inmediatamente.
Luis mira hacia el pasaje.
—¡Muévanse!
Los cuatro se alejan rápidamente de la bodega.
Cuando ya están a una distancia segura, Andrea abre su mochila para comprobar lo conseguido.
Han obtenido:
2 botellas grandes de agua.
3 latas de conservas.
1 paquete de arroz.
1 paquete de galletas.
2 latas de atún.
Algunas barras de cereal.
Ignacia respira aliviada.
—Por lo menos ahora tenemos comida.
Entonces, detrás de ustedes...
¡PUM!
Un golpe fuerte sacude la persiana de la bodega.
Todos se detienen.
Luis mira hacia atrás.
—Definitivamente no estaba vacía.
Andrea aprieta la mochila contra su pecho.
—Sigamos. Ya tenemos lo que necesitábamos.
—A paso ligero. Vamos. No hagan ruido, solo avancemos. Luis, ¿cuánto falta para salir de esta zona?
Luis camina unos metros adelante, orientándose con las calles que conoce.
—Si seguimos hacia el sur y evitamos las avenidas grandes, diría que unos cuarenta minutos para dejar esta zona de Comas. Después tendremos que decidir cómo continuar.
Andrea ajusta la mochila.
—Cuarenta minutos no suena tan mal.
Ignacia resopla.
—Eso si no encontramos otro problema.
Luis levanta una mano.
—Precisamente. Silencio.
Todos se detienen.
A lo lejos se escuchan voces.
No pueden distinguir qué dicen, pero parecen venir de la calle que tienen delante.
Luis señala una alternativa: un pasaje estrecho entre dos filas de casas.
—Podemos rodearlos por ahí.
Ignacia observa el camino.
—¿Y si termina cerrado?
Andrea responde en voz baja:
—Entonces habremos perdido tiempo.
Luis mira a los tres.
—La otra opción es seguir recto y descubrir quién está ahí.
El grupo permanece unos segundos en silencio.
Esta vez nadie espera que tú decidas por todos. Cada uno tendrá que elegir qué camino tomar.
—No podemos evitar todas las confrontaciones por lo que escuchamos. Solo parecen ser dos personas y nosotros somos cuatro. Si no buscamos problemas, creo que podemos seguir.
Luis asiente, aunque mantiene la cautela.
—Tiene sentido. Pero nadie se confía.
Andrea acomoda la mochila.
—Mientras no nos acerquemos a ellos, probablemente ni siquiera sepan que estamos aquí.
Ignacia aprieta la varilla y murmura:
—Y si vienen hacia nosotros, hablamos primero.
Continúan por la calle, manteniendo un paso constante.
Al acercarse a la esquina, finalmente ven a las dos personas.
Son dos hombres jóvenes, sentados junto a una motocicleta apagada. Uno bebe de una botella de agua y el otro revisa una mochila.
Todavía no los han visto.
Luis susurra:
—Podemos pasar de largo.
Andrea observa durante unos segundos.
—No parecen estar buscando pelea.
Ignacia mira hacia la calle que queda detrás de ellos.
—Entonces sigamos. No tenemos por qué convertir cada encuentro en un problema.
Los cuatro continúan caminando.
Uno de los hombres levanta la cabeza.
Sus miradas se cruzan durante apenas un segundo.
El hombre no dice nada.
Tú tampoco.
Sigues caminando.
Después de unos metros, Luis suelta el aire que estaba conteniendo.
—Bien. Una menos.
Pero entonces, detrás de ustedes, escuchan el motor de la motocicleta encenderse.
BRRRM.
Andrea mira de reojo.
—Creo que vienen por la misma calle.
—Apóyense en la vereda. Dejemos que pasen.
Los cuatro se apartan de la calle sin discutir.
Luis se coloca junto a una pared, manteniendo las manos visibles. Andrea e Ignacia hacen lo mismo. Tú permaneces atento, pero sin realizar ningún movimiento que pueda interpretarse como una amenaza.
La motocicleta se acerca lentamente.
BRRRM...
Los dos hombres pasan frente a ustedes.
El conductor disminuye un poco la velocidad y mira al grupo. Su acompañante también observa las mochilas, pero ninguno dice nada.
Finalmente continúan.
El sonido del motor se aleja.
Ignacia espera unos segundos antes de hablar.
—Bien. Eso salió mejor de lo que esperaba.
Luis mira hacia la calle.
—Sigamos. Cuanto antes dejemos esta zona, mejor.
Andrea se acomoda la mochila y empieza a caminar.
Esta vez nadie se detiene.
El grupo continúa hacia el sur, mientras la noche se vuelve cada vez más profunda.
—Lo que me preocupa —dices mientras avanzan— es cómo en menos de tres meses la gente terminó así. Parece Mad Max. Algunos están encerrados en sus casas sin hacer ruido y otros simplemente desaparecieron de Lima.
Luis tarda unos segundos en responder.
—Yo también lo pensé. Pero creo que estamos viendo solo una parte de lo que pasó.
Andrea mira las casas oscuras.
—No necesariamente significa que todos se hayan vuelto violentos. Muchos podrían estar escondidos... esperando que pase.
Ignacia interviene:
—O se fueron cuando todavía podían.
Luis asiente.
—Exacto. Y hay algo que me preocupa más.
—¿Qué? —preguntas.
—Que si realmente hubo tiempo para que tanta gente abandonara Lima, alguien tuvo que saber que esto iba a ocurrir.
Los cuatro siguen caminando.
Nadie responde durante unos segundos.
Entonces Andrea rompe el silencio:
—Pero hay otra posibilidad.
—¿Cuál?
—Que no hayan tenido tres meses para prepararse.
Luis la mira.
—¿Qué quieres decir?
Andrea señala las calles silenciosas.
—Que quizá todo empezó mucho antes de que nosotros nos diéramos cuenta.
A lo lejos aparece una luz.
No es una casa.
Es una pequeña fogata.
Y alrededor de ella se distinguen varias siluetas.
Ignacia aprieta la varilla.
—Parece que no somos los únicos que siguen en movimiento.
La voz provoca que los cuatro se detengan.
De la oscuridad aparecen dos personas: un hombre y una mujer adultos. Se mantienen a cierta distancia de ustedes. No parecen querer acercarse más.
El hombre señala la fogata.
—Si buscan refugio, el fuego alcanza para dos más —dice con voz áspera—. Pero si buscan respuestas, llegaron un par de noches tarde.
Luis mira a la pareja y después al fuego.
—¿Respuestas sobre qué?
La mujer observa las mochilas del grupo.
—Sobre lo que está pasando.
Ignacia aprieta ligeramente la varilla.
—Eso no responde nada.
La mujer sonríe débilmente.
—Porque todavía no sé si podemos confiar en ustedes.
Andrea interviene:
—Nosotros tampoco sabemos si podemos confiar en ustedes.
El hombre suelta una pequeña carcajada.
—Entonces estamos empatados.
Durante unos segundos nadie se mueve.
Finalmente, señala la fogata.
—Pueden acercarse. Pero dejen las armas a la vista y no registren nuestras cosas. Aquí nadie busca pelea.
Luis te mira.
—Podría ser nuestra primera oportunidad de descansar de verdad.
Ignacia, en cambio, observa las sombras alrededor del campamento.
—O podría ser una trampa.
La pareja permanece junto al fuego, esperando la respuesta.
El hombre y la mujer intercambian una mirada cuando terminas de hablar.
Luis e Ignacia se colocan discretamente a ambos lados del grupo, atentos pero sin levantar sus armas.
—Disculpen —dices—, pero ¿qué saben de lo que está ocurriendo? Hace unos días dejó de haber electricidad. Desde hace meses no sabemos nada del Gobierno Nacional. Pero esto fue demasiado rápido. ¿Por qué todo escaló tan rápido?
El hombre permanece callado unos segundos.
Finalmente responde:
—Porque no empezó cuando ustedes creen.
La mujer se sienta junto al fuego.
—La electricidad fue lo último. Antes desaparecieron las comunicaciones. Después empezaron los problemas con el transporte, los bancos, los mercados...
—¿Y el Gobierno? —pregunta Luis.
El hombre niega lentamente.
—Hubo comunicados durante las primeras semanas. Después dejaron de llegar. Primero dijeron que era temporal. Luego hablaron de una emergencia nacional. Después... silencio.
Andrea frunce el ceño.
—Eso no explica que la gente se haya vuelto violenta.
—No —responde la mujer—. Pero explica una parte.
Mira hacia la oscuridad.
—Cuando la gente dejó de poder sacar dinero, comprar combustible o conseguir alimentos regularmente, comenzaron las colas. Cuando las tiendas se quedaron vacías, comenzaron los saqueos. Y cuando la gente dejó de creer que alguien iba a venir a ayudarlos...
El hombre termina la frase:
—Dejaron de esperar.
Una ráfaga de viento mueve las llamas.
—Pero hay algo que todavía no entiendo —dices—. Todo ocurrió demasiado rápido.
La mujer te mira directamente.
—Eso es lo que todos nos preguntamos.
Hace una pausa.
—Y hay rumores.
Luis pregunta:
—¿Qué rumores?
El hombre mira hacia la carretera antes de responder.
—Que lo ocurrido en Lima no fue un accidente.
Nadie habla.
Entonces, desde algún punto lejano de la ciudad, se escucha una explosión.
BOOM.
Las llamas de la fogata tiemblan.
La mujer baja la voz.
—Y si quieren respuestas de verdad... deberían llegar al sur.
—¿Por qué?
Ella señala hacia la oscuridad.
—Porque algunas personas que vienen de allá dicen que todavía existe alguien transmitiendo por radio.
—Vámonos. La paciencia humana y el desespero son pólvora. Alguien comenzó, una sola persona provocó un disturbio y todos terminaron haciendo lo mismo por miedo o egoísmo. Vámonos antes de que empeoren las cosas y, en lugar de buscar suministros, empiecen a buscar algo más.
Luis asiente inmediatamente.
—Estoy de acuerdo. No sabemos quién controla esa zona cuando cae completamente la noche.
Andrea se incorpora y ajusta su mochila.
—Entonces seguimos hacia el sur.
Ignacia apaga cuidadosamente la pequeña lámpara que llevaba y mira hacia la pareja.
—Gracias por la información.
El hombre del campamento responde:
—Si realmente buscan esa transmisión, sigan hacia el sur. Pero tengan cuidado con las carreteras principales.
La mujer añade:
—Y si encuentran un lugar donde todavía haya gente organizada... no anuncien todo lo que llevan.
Luis mira a los demás.
—Vamos.
El grupo abandona la fogata y vuelve a internarse en las calles oscuras.
Después de unos minutos, Comas queda cada vez más atrás.
La caminata continúa en silencio.
Hasta que Andrea se detiene.
—Esperen.
Todos miran hacia adelante.
A unos cien metros, una tenue luz parpadea entre los edificios.
Una señal luminosa.
Tres destellos.
Pausa.
Tres destellos.
Pausa.
Y nuevamente tres.
Luis frunce el ceño.
—Eso no parece una casa.
Ignacia observa la señal.
—¿Será alguien pidiendo ayuda?
La señal vuelve a repetirse.
Tres destellos.
Esta vez, desde algún lugar cercano, responde otra luz.
Dos destellos.
Luis murmura:
—Eso parece una señal entre personas...
Y de repente todos entienden lo mismo:
Alguien está coordinando algo en la oscuridad.
—Esa tranquilidad para organizarse... o son neutrales o quieren problemas. Pero si tienen suficiente coordinación para hacer señales en la oscuridad, pueden ser peligrosos. Mejor movámonos rápido.
Luis asiente.
—Sin acercarnos. Si están organizados, no sabemos cuántos son.
Andrea mira una última vez hacia las luces.
—Y tampoco sabemos qué están protegiendo.
Ignacia ya está avanzando.
—Entonces dejemos de darles una razón para fijarse en nosotros.
Los cuatro aceleran el paso, pero sin llegar a correr. Evitan las calles iluminadas y mantienen las mochilas bien sujetas.
Durante varios minutos, nadie habla.
Finalmente, las luces quedan atrás.
Luis consulta su teléfono, aunque la pantalla apenas sirve para orientarse.
—Creo que ya estamos acercándonos al límite de esta zona. Si seguimos así, en unos veinte minutos podríamos encontrar una vía más amplia hacia el sur.
Andrea responde:
—¿Y después?
Luis guarda el teléfono.
—Después tendremos que descubrir si esa transmisión de radio es real.
Ignacia mira hacia el cielo oscuro.
—Y encontrar un sitio donde podamos dormir antes de que amanezca.
Marco observa a sus compañeros.
Han pasado horas desde que todo comenzó, y ahora tienen comida, agua, cuatro personas y un rumbo.
Pero todavía no saben qué encontrarán cuando abandonen Comas.
Llegan finalmente al límite de Comas. La calle está casi completamente vacía.
Miras hacia el sur y recuerdas algo.
—Conozco esta zona. Si bajamos unos cincuenta metros por esa calle, hay un concesionario de autos.
Sonríes.
Luis te observa y, gracias a la luz de la luna, alcanza a distinguir tu expresión.
—Ya sé qué estás pensando...
—¿Ah, sí?
—Sí. Y, sinceramente, el sur es un camino largo y hacerlo a pie me está matando. —se ríe entre dientes—. Así que... está bien.
Andrea suelta una pequeña risa.
—Por primera vez estoy de acuerdo con Luis.
Ignacia levanta la varilla.
—Mientras encontremos un vehículo que funcione, no me quejo.
Los cuatro avanzan hacia el concesionario.
A medida que se acercan, distinguen el enorme letrero sobre el edificio.
El lugar está completamente oscuro.
Hay varios vehículos estacionados detrás de una reja.
Luis se detiene.
—La pregunta es cómo entramos.
Andrea observa el perímetro.
—La puerta principal tiene una reja alta.
Ignacia señala hacia un costado.
—Pero hay una entrada para vehículos. Parece que el portón no está completamente cerrado.
Te acercas unos pasos y miras con atención.
Entre los vehículos distingues una camioneta grande, dos sedanes y una furgoneta.
Luis sonríe.
—Si conseguimos esa camioneta, podemos llevar agua y comida sin tener que cargar todo.
Andrea responde:
—Primero averigüemos si queda combustible.
Ignacia mira alrededor.
—Y hagámoslo rápido. No sabemos cuánto tiempo tendremos antes de que alguien más descubra este lugar.
El concesionario permanece completamente silencioso.
Por ahora.
La varilla de Ignacia termina siendo útil para levantar lo suficiente una parte de la reja, y Andrea, por su tamaño, consigue pasar primero.
Unos minutos después, vuelve con una sonrisa y un pequeño manojo de llaves.
—Encontré las llaves de repuesto en la oficina.
Luis las recibe.
—Perfecto. Ahora toca averiguar cuál nos sirve.
Entran los cuatro al área de exhibición y revisan los vehículos uno por uno. No buscan llevarse el más bonito, sino el que tenga suficiente combustible y pueda transportar a todos y sus provisiones.
Luis abre el depósito de una camioneta.
—Casi vacío.
Prueba con otro vehículo.
—Este tampoco.
Andrea revisa los papeles y las llaves que encontró.
—Hay una furgoneta que podría servirnos.
Ignacia señala otra camioneta.
—Esa parece más grande.
Luis mira el tablero y comprueba el indicador de combustible.
—Esta tiene bastante más. Además, podemos meter las mochilas atrás.
Te acercas y revisas el interior.
La camioneta está polvorienta, pero parece intacta.
Luis levanta las llaves.
—Si arranca, tenemos transporte.
Andrea mira hacia las ventanas oscuras del concesionario.
—¿Y si hacemos demasiado ruido?
Ignacia responde:
—Entonces más vale que salgamos rápido.
Luis introduce la llave.
Clic.
Todos contienen la respiración.
Gira el contacto.
BRR... BRR...
El motor intenta arrancar.
Una vez.
Dos.
Y finalmente...
¡BRUUUM!
El motor despierta.
Los cuatro se miran.
Por primera vez desde que comenzó todo, tienen una ventaja importante:
movilidad.
Pero el ruido acaba de escucharse en varias calles alrededor.
Las dos mujeres se bajan rápidamente.
—¡Vamos! —dice Andrea.
Ignacia y Andrea trabajan juntas con los candados de la reja mientras Luis se coloca detrás del volante.
Tú ocupas el asiento del copiloto.
CLAC.
El último candado cede.
—¡Está abierta! —grita Ignacia.
Luis acelera.
La camioneta atraviesa el área de exhibición y el ruido del cristal roto retumba por toda la calle.
¡CRAAASH!
—¡Agárrense! —grita Luis.
La camioneta sale del concesionario y entra en la avenida.
Andrea e Ignacia corren detrás.
—¡ABRAN! —grita Andrea.
Luis reduce la velocidad apenas lo suficiente para que ambas puedan subir.
¡PUM! ¡PUM!
Las puertas se cierran.
—¡YA! —gritas.
Luis pisa el acelerador.
La camioneta sale disparada hacia el sur.
Durante unos segundos nadie habla.
Solo se escucha el motor y la respiración agitada de los cuatro.
Andrea mira por la ventana trasera.
—Creo que nos vieron.
Ignacia se gira.
—¿Quiénes?
Andrea señala las luces que aparecen muy atrás.
—No sé... pero hay dos vehículos siguiéndonos.
Luis mantiene la vista en la carretera.
—Entonces abróchense. Tenemos que decidir si seguimos por la avenida o buscamos una ruta secundaria.
La camioneta continúa devorando la distancia mientras Lima queda atrás.
El protagonista mantiene la camioneta por la carretera casi vacía. En lugar de acelerar, baja un poco la velocidad, lo suficiente para que los dos vehículos de atrás sigan acercándose, pero sin darles espacio para ponerse a la par.
Luis mira por el espejo lateral.
—Ahí están… siguen detrás.
Andrea se gira para observar por la luneta trasera.
—El primero está intentando acercarse más. No parece que quieran adelantarnos todavía.
Ignacia, agarrada al respaldo, mira hacia atrás y luego hacia adelante.
—Si quieren pasarnos, nos van a encerrar entre los dos.
El protagonista mantiene la camioneta centrada en el carril, dejando claro que no piensa permitir que ninguno lo rebase. La carretera está prácticamente vacía y la distancia entre los vehículos disminuye lentamente.
Entonces, el vehículo delantero de los perseguidores enciende las luces altas.
Una vez.
Dos veces.
Luis frunce el ceño.
—Eso no parece una amenaza… parece una señal.
El segundo vehículo, unos metros detrás, hace lo mismo.
Andrea se queda mirando.
—¿Y si están intentando decirnos algo?
Ignacia aprieta con fuerza la barra metálica.
—O están intentando que bajemos la guardia.
Los dos vehículos continúan detrás, ahora manteniendo una distancia constante. Nadie dispara ni toca la bocina.
Por primera vez, parece que no están intentando atacarlos inmediatamente.
Pero tampoco se van.
Luis asiente y reduce la velocidad con cuidado. La camioneta se desplaza hacia un costado, permitiendo que el vehículo que venía atrás se coloque a su altura, sin quedar atrapados entre los dos.
—Así estamos bien —dice Luis, sujetando firmemente el volante.
El vehículo se acerca. Es una camioneta vieja con tres personas visibles: un hombre conduciendo, una mujer en el asiento del copiloto y otro hombre atrás.
El protagonista baja parcialmente la ventana, sin sacar ninguna parte del cuerpo.
El conductor de la otra camioneta también baja la suya.
—¡Tranquilos! —grita—. ¡No queremos problemas!
Andrea observa rápidamente a los ocupantes.
Ignacia mantiene la barra metálica sobre sus piernas.
—¿Quiénes son? —pregunta Luis.
El hombre responde:
—Somos gente que salió de Independencia. Llevamos dos días buscando un lugar seguro. Los vimos salir de la concesionaria y pensamos que tenían información.
La mujer del copiloto interviene:
—¿Van hacia el sur? Nosotros también.
El segundo vehículo permanece unos metros detrás, manteniendo distancia.
Andrea mira hacia él.
—¿Y los del otro auto?
El conductor responde:
—Son familiares nuestros. Cuatro personas más.
Luis mira al protagonista de reojo.
—Entonces son siete en total… y ahora saben que tenemos vehículo.
—Manejaremos hasta donde se pueda —dice el protagonista, sin apartar la vista de la carretera—. No tenemos información importante. Solo sabemos que hacia el sur todavía podría haber zonas con gente y algo de organización. Si quieren, pueden seguirnos.
El conductor asiente lentamente.
—Nos sirve. Seguiremos detrás.
El protagonista mira el segundo vehículo.
Luis entrecierra los ojos para mirar por el espejo.
—Sí… ahora que lo dices, parecen bastante jóvenes. Hay al menos dos chicos atrás.
Andrea observa al primer vehículo.
—Entonces son una familia… eso explica por qué van juntos.
Ignacia, sin bajar la guardia, responde:
—O puede ser exactamente la historia que quieren que creamos.
El conductor escucha y levanta una mano desde su ventana, como aceptando la desconfianza.
—No les pedimos que confíen en nosotros. Solo déjennos seguirlos.
Los dos vehículos vuelven a colocarse detrás de la camioneta del grupo.
La carretera continúa prácticamente vacía.
Por unos minutos nadie habla.
Hasta que uno de los jóvenes del segundo vehículo saca medio cuerpo por la ventana y hace señas desesperadas hacia adelante.
Andrea se incorpora.
—¡¿Qué está señalando?!
Luis mira al frente.
A unos cientos de metros, en medio de la carretera, hay varios vehículos atravesados bloqueando parcialmente el paso.
Y esta vez no parecen abandonados.
🚙 Grupo principal
Marco, 37 años: 1,65 m, 80 kg, complexión media, cabello oscuro.
Luis, 40 años: 1,75 m, robusto, barba corta, cabello oscuro.
Andrea, 30 años: 1,58 m, delgada, cabello oscuro.
Ignacia, 45 años: 1,65 m, complexión gruesa/curvilínea, cabello oscuro.
🚗 Familia del primer vehículo
Jorge, 42 años: alto, delgado, barba de varios días.
Elena, 39 años: estatura media, complexión media, cabello oscuro.
Diego, 19 años: alto, delgado, cabello corto.
Sofía, 17 años: estatura media, delgada, cabello largo.
🚐 Ocupantes del segundo vehículo
Raúl, 35 años: robusto, cabello corto.
Camila, 22 años: delgada, cabello corto.
Nico, 14 años: delgado, bajo, cabello oscuro.
Marco baja la mirada un instante hacia el bloqueo y luego habla con voz normal, algo cansada:
—Bueno… ¿qué hacemos? ¿Los embestimos o buscamos una ruta alterna que tal vez nos vaya peor?
Luis, todavía sentado al volante, niega con la cabeza.
—Embestirlos sería lo último que haría. No sabemos qué hay detrás de esos vehículos.
Jorge mira el bloqueo desde fuera de su camioneta.
—Estoy de acuerdo. Si hay gente escondida, nos metemos directamente en una trampa.
Raúl señala hacia una calle lateral.
—Podemos desviarnos por ahí. Pero tampoco sabemos qué encontraremos.
Andrea observa la carretera y después los vehículos atravesados.
—Entonces primero averigüemos si realmente están abandonados. No tenemos que elegir a ciegas.
Ignacia aprieta la barra de acero y mira alrededor.
—Y rápido. No me gusta estar aquí parados.
Sofía permanece junto a Elena, mientras Diego observa hacia el frente.
Por unos segundos, todos quedan en silencio.
Tres vehículos, dos posibles rutas y un bloqueo que nadie sabe quién colocó.
Marco habla con calma, aunque el cansancio se nota en su voz:
—Un auto avanzará hasta la barricada y negociará la vía libre. No tenemos que llegar a violentarnos. Espero que todo salga bien, ¿de acuerdo?
Luis asiente desde el asiento del conductor.
—Me parece mejor que lanzarnos contra ellos.
Jorge mira a Marco y luego a la barricada.
—Voy yo. Mi familia se queda atrás. Si quieren hablar, hablaremos.
Raúl no parece del todo convencido.
—Nosotros nos quedamos cubriendo desde aquí.
Ignacia levanta ligeramente la barra.
—Y si algo sale mal, nos vamos. No nos quedamos atrapados.
Jorge sube a su camioneta y avanza lentamente hacia la barricada.
Los otros dos vehículos permanecen atrás, con los motores encendidos.
A medida que Jorge se acerca, tres figuras aparecen detrás de los vehículos atravesados.
Una de ellas levanta las manos.
—¡Deténgase! ¡No queremos problemas!
Jorge frena.
—¡Solo buscamos pasar! ¡Vamos hacia el sur y no queremos enfrentamientos!
La figura se acerca unos pasos, manteniendo las manos visibles.
—Entonces podemos hablar. Pero apaguen los motores primero.
Jorge avanza solo hacia la barricada.
Detrás, los otros dos vehículos esperan con los motores encendidos. Elena va con Luis, mientras Diego y Sofía están con Marco, en el otro vehículo.
Jorge baja la ventanilla.
—Solo queremos pasar. Somos familias. No buscamos problemas.
Los hombres de la barricada se acercan.
Al principio parecen dispuestos a negociar.
Pero Jorge escucha algo que cambia completamente su expresión.
—Cuando pasen los dos vehículos, los rodeamos —dice uno.
—¿Y la familia?
—Les quitamos todo. Después nos encargamos de ellos.
Jorge mira discretamente hacia atrás.
Ve a Elena observándolo desde el vehículo de Luis.
Ve a Sofía mirando por la ventana.
Y comprende que si regresa, los bandidos irán directamente por todos.
Uno de los hombres se acerca.
—Baja de la camioneta.
Jorge cierra la puerta.
—No.
El hombre levanta el arma.
Jorge pisa el acelerador.
¡CRAAASH!
La camioneta golpea la barricada y desplaza uno de los vehículos, dejando un espacio estrecho.
—¡AHORA! —grita Jorge.
Luis entiende inmediatamente.
—¡VAMOS!
Los dos vehículos arrancan.
Elena comienza a llorar al comprender lo que Jorge está haciendo.
—¡JORGE!
Él mira hacia atrás.
—¡NO SE DETENGAN!
Los bandidos corren hacia los vehículos que escapan.
Jorge vuelve a colocarse delante de ellos, obligándolos a retroceder.
Elena golpea desesperadamente la ventanilla.
—¡JORGE, VENTE CON NOSOTROS!
Pero Luis pisa el acelerador.
—¡No podemos detenernos!
—¡JORGE!
En el otro vehículo, Sofía rompe a llorar.
—¡Papá! ¡PAPÁ!
Diego intenta mantenerla abrazada mientras también mira hacia atrás, completamente desesperado.
—¡Papá, vámonos! ¡Por favor!
Marco aprieta el volante.
—¡No puedo parar!
Los dos vehículos atraviesan el hueco.
Detrás queda Jorge.
Uno de los atacantes se acerca a él.
Jorge intenta mantenerlos alejados, pero finalmente cae.
Elena grita desde el vehículo mientras la distancia aumenta.
—¡¡JORGE!!
Sofía llora desconsoladamente.
—¡NO LO DEJEN! ¡TENEMOS QUE VOLVER!
Diego la abraza con fuerza.
—¡Sofía, no podemos!
—¡ES MI PAPÁ!
Marco mira por el espejo.
Jorge todavía se distingue a lo lejos.
Entonces otro vehículo pasa entre ellos y la barricada, ocultándolo por un instante.
Cuando vuelve a quedar visible...
Jorge ya no se mueve.
Luis mantiene el acelerador abajo.
Ninguno de los adultos dice una palabra.
Solo se escuchan los sollozos de Elena y los hijos de Jorge mientras los dos vehículos se alejan por la carretera.
Y detrás de ellos queda la barricada.
Y un hombre que decidió quedarse solo para que los demás pudieran continuar.
Casi a media tarde, después de varios kilómetros, Luis finalmente reduce la velocidad.
—Tenemos que parar un momento.
Los dos vehículos se detienen en un tramo despejado de la carretera.
Apenas se detienen, Sofía abre la puerta y corre hacia Elena.
—¡Mamá!
Elena baja rápidamente y la abraza. Sofía se aferra a ella, llorando desconsoladamente. Diego también baja y se acerca a su madre. Los tres terminan abrazados junto a la carretera.
Durante unos segundos nadie habla.
Luis permanece junto al vehículo, serio. Es el primero en obligarse a pensar con la cabeza fría.
—Elena… tenemos que explicarte algo.
Ella levanta la mirada, todavía llorando.
Luis habla despacio.
—Jorge sabía lo que estaba pasando antes que nosotros. Escuchó que esos hombres querían matarnos después de quitarnos todo.
Elena aprieta a sus hijos.
—Entonces debimos volver por él…
—No —responde Luis—. No podíamos.
Señala hacia la carretera por donde vinieron.
—Jorge creó el único hueco que teníamos. Si frenábamos, los otros hombres nos alcanzaban. Y si todos regresábamos, su sacrificio no habría servido para nada.
Diego baja la cabeza.
—Pero era nuestro papá…
Luis se queda unos segundos en silencio.
—Lo sé.
Mira a los tres.
—Y precisamente por eso hizo lo que hizo. No intentó salvarse primero. Intentó conseguirnos una oportunidad para escapar.
Sofía vuelve a llorar y abraza con más fuerza a Elena.
Luis continúa, con su tono frío y práctico:
—Si hubiéramos frenado, habrían tenido dos opciones: volver a bloquearnos o rodearnos. Éramos demasiados para correr y demasiado lentos para enfrentarlos. Jorge sabía eso.
Marco permanece cerca de su vehículo, en silencio.
Ignacia observa la carretera.
Andrea se acerca lentamente a la familia, pero no interrumpe.
Luis finalmente baja la mirada.
—No lo dejamos atrás porque no nos importara. Seguimos porque él nos pidió que lo hiciéramos.
Elena cierra los ojos y abraza a sus hijos.
Por primera vez desde que comenzó el viaje, nadie habla de dónde irán después.
Solo permanecen allí, juntos, llorando por alguien que ya no puede continuar con ellos.
Marco mira a todos y habla con cansancio, pero sin imponer la decisión:
—Ustedes eligen. ¿Seguimos juntos o cada quien toma su camino? En unas dos horas, si la carretera sigue libre, llegaremos a las haciendas de Cañete.
Durante unos segundos nadie responde.
Elena mira a sus hijos. Diego tiene los ojos rojos; Sofía todavía está abrazada a ella.
—Yo no quiero separarme —dice Elena finalmente—. Después de lo que pasó con Jorge… no quiero que mis hijos vuelvan a quedarse solos.
Diego asiente.
—Nos quedamos juntos.
Sofía simplemente aprieta la mano de su madre.
Raúl mira a Camila y luego a Nico.
—Nosotros también seguimos. Separarnos ahora sería absurdo.
Camila asiente.
—Mientras podamos avanzar juntos, mejor.
Luis observa la carretera.
—Entonces seguimos. Pero con una condición: nadie supone que porque somos más estamos seguros. Hacemos turnos, vigilamos el camino y paramos antes de que anochezca.
Ignacia cruza los brazos.
—Y si encontramos otro grupo, primero hablamos desde los vehículos. Nada de acercarnos confiados.
Andrea mira a los demás y asiente.
—De acuerdo.
Los motores vuelven a encenderse.
Esta vez los tres vehículos forman una pequeña caravana.
Destino: las haciendas de Cañete.
Si la carretera continúa libre, todavía les quedan aproximadamente dos horas de camino.








