Capítulo 1
El verano en que te conocí
Odio los domingos y los odio más cuando es verano. Mientras otros chicos de mi instituto están en la piscina o en la bolera, yo tengo que asistir a las clases dominicales después de la reunión sacramental. Y que no falte el garment aunque estemos a treinta grados. Me muero de calor, hasta me cuesta pensar.
Y hoy, en domingo de grandes éxitos, nos toca aguantar a Ezra. ¿Hay algo que quieras compartir con los oyentes? Pues mire, después de los partidos tengo amigos no-mormones que se juntan para beber cerveza. ¿Debería ir? No deberías ir a un sitio donde haya alcohol, pero mientras no bebas, no estarás cometiendo ningún pecado.
¡Hola! Yo soy Sarah, de Midway. Hola Sarah, ¿qué quieres contarnos hoy? Mi vecina se burla de mí porque no me he besado con ningún chico. Bueno, Sarah, gracias por tu sinceridad. Dile amablemente que es tu compromiso con Dios y que llena tu alma.
Por favooooooor. Matadme de una vez. Sonrío como un autómata.
—Hermano Vance, hoy estás muy callado. ¿Quieres compartir algo con nosotros?
—Pues sí —digo levantando la mano.
Tony me da un golpecito en la puerta y nos miramos de reojo. Niega levemente con la cabeza, pero me pica la lengua.
—¿Por qué nadie me había contado que el profeta Joseph Smith se casó con decenas de mujeres, algunas de ellas menores de edad?
Todos se quedan en silencio, solo se oye a Tony reprimir una risa; tose para disimular. El maestro carraspea. Algunos chicos empiezan a cuchichear y me miran de reojo.
—Bueno, hermano Vance. La poligamía fue una orden divina que no tuvo más remedio que cumplir y…
—¡Ja! —No puedo contenerme.
—¿Te parece algo para tomarse a broma?
Mejor me quedo callado lo que queda de clase o tendré problemas en casa.
Como cada domingo, hemos comido en familia. Han venido mis perfectos cuatro hermanos, solo faltaba Paul porque está haciendo de misionero en España. Isaac se va a Tailandia en otoño. Lo bueno es que han venido mis sobrinos; lo malo es que también mis abuelos.
El abuelo no ha dejado de echarme miradas furiosas y de chascar la lengua. Ha cuchicheado varias veces con papá, frunciendo las cejas. Me imagino que el maestro ha hablado con papá y mamá sobre mi gran intervención.
Después de comer, me siento en el suelo para montar un puzzle con los pequeños.
—Samuel, ¿podemos hablar? —me dice papá, con seriedad.
¡Lo sabía! Levanto la cabeza y pongo mi cara más inocente.
—¿He hecho algo malo, papá?
Me hace un gesto para que salgamos. Entramos en su despacho que huele a libro viejo. Es mi olor favorito del mundo. Con la mano señala la butaca para que me siente. Miro la mesita: una taza, dos tazas, tres tazas. Esto no me gusta. La puerta se abre, la abuela deja la tetera y la caja con los sobres de infusión. Detrás entra el abuelo.
Así debían oler los dinosaurios. Me encojo en la butaca y me subo la camiseta hasta la nariz. Papá sirve el agua.
—¿Lo de siempre, hijo?
Asiento y él abre la bolsita de infusión de frutos rojos.
—Ten la decencia de contestar, Samuel —dice mi abuelo con voz grave—. Tus padres te han educado bien.
Abro la boca y papá me echa una mirada de advertencia. Deja la bolsita y llena la taza con el agua de la tetera. Solo se oye el tic tac del reloj de pie.
—Sí, papá, quiero la infusión. Gracias, muy amable.
Tal y como pensaba, la charla va sobre mi clase dominical. El problema es que ya son varias veces las que muestro dudas sobre nuestra doctrina y el maestro hablará con el obispo. Papá me recuerda que él es quien inicia el proceso de llamamiento para ser misionero.
—Sigue así y no te dejarán ir. Vas a ser la vergüenza de la familia —me recrimina el abuelo con dureza.
Papá lo mira durante un par de segundos.
—Papá, no vuelvas a decirle nada parecido —le advierte.
Se masajea las sienes, con los ojos cerrados y coge mi mano.
—Mira, Samuel… Internet está lleno de gente maliciosa que escribe cosas con la intención de hacernos daño. No dejes que siembren la duda en tu corazón y escucha a Dios.
—Puedo darte nombres de menores que fueron sus esposas. Helen Mar Kimball tenía solo catorce años. ¿Qué dices a eso?
—¡Chico! —la voz del abuelo suena como el relámpago antes del trueno—. El profeta cumplió con la orden de Dios. No fue por placer. Dios nos pone a prueba de muchas maneras: le pidió a Abraham que sacrificara a su hijo. ¿Te atreves a dudar de su voluntad?
—¡Qué casualidad! —Junto las manos a la altura de mi boca—. Dios, por favor, quiero sacrificarme. Deja que me case con muchas chicas. Cargaré con ese destino.
—¡Samuel! —me llama la atención papá.
—¡Pero qué desfachatez! Hablarle así a nuestro Padre Celestial y burlarte así de lo que te dicen tus mayores.
—Muy avergonzado me hallo, abuelo —le sonrío.
—Lo que tienes que hacer es arrodíllarte ante Dios y escuchar su palabra. Niño engreído. El diablo nos pone muchas trampas, empiezo a pensar que tú eres una de ellas.
—¡Basta ya! —Papá golpea la mesa—. Samuel, pide perdón a tu abuelo.
—¿Que yo qué? —lo miro perplejo y me levanto—. No pienso pedirle perdón. Y me llamo Tanner, ¡no quiero llamarme como él! —digo señalando al abuelo.
Antes de que me paren, salgo de casa, me monto en la bicicleta y me alejo a toda prisa.
Cuando llego a Heber City, dejo la bicicleta apoyada en el banco de un parque y me siento en él. Me cubro la cara con ambas manos y ahogo un grito. Ojalá no tuviera que volver a casa nunca más. La regañina que me va a caer va a ser monumental.
Me seco las lágrimas y miro la hora. No quiero decirle nada a Tony; es el primer lugar al que irán. Sus padres le obligarán a decir dónde estoy. Encadeno la bici y deambulo por las calles. Pateo un par de piedras y ando cabizbajo con las manos en los bolsillos.
Hago rodar las monedas entre los dedos. Las saco y las cuento rápidamente. Puedo comprarme una cerveza. Si sigo sumando cosas a la lista de lo que he hecho mal hoy, mi oración parecerá la lista de la compra del mal.
—A la mierda —murmuro entrando en una de las tiendas.
Ah, nuestro lugar de confianza. Gracias, Spencer, por vendernos cerveza a cambio de un billete de más. Por los altavoces suena Bad Medicine de Bon Jovi.
Oh, oh, oh, your love is like bad medicine
Es un cambio agradable; si vuelvo a escuchar Hollaback Girl me tiro por el barranco. Parece que le paguen para que la ponga. Canturreo mientras cuento las monedas de nuevo. Me sobra para un Kinder Bueno. Me acerco a la caja y oigo a Spencer trastear en el almacén.
—No es que sea fan de Bon Jovi —digo dejando la cerveza y el dulce en el mostrador—, pero vas mejorando. Aunque me parece un poco cursi.
Quien sale a atenderme no es Spencer. Es una pelirroja de cabello largo ondulado, que tiene pinta de echarte polvos pica pica en los calzoncillos si la miras mal. Arquea una ceja.
—¿Perdona? ¿Bon Jovi es cursi? Qué vas a saber tú, niñato descerebrado.
—Eh… Tú no eres Spencer.
Me mira de arriba a abajo.
—¿Tienes veintiún años? —pregunta al ver la cerveza.
—No, pero… —dejo el dólar para que lo coja.
Tira de mi camiseta y deja caer el billete dentro.
—¿Crees que me vendo por un dólar? —me pregunta casi pegando su cara a la mía.
—Quiero la cerveza.
—Vuelve cuando tengas veintiuno —dice, soltándome.
—Eres una…
—Venga, dilo. —Coge el dinero del Kinder Bueno y lo guarda en la caja—-. Atrévete.
—¿Crees que me das miedo? Eres una niñata.
Levanta el dedo del medio y coge la barrita.
—Gracias por el regalo, muy amable de tu parte.
—¡Ey!
Abre el paquete y con toda la desfachatez le da un mordisco; me guiña el ojo antes de dar otro. ¿Me vas a venir con esas? Cojo un par de barritas de Mars, unos ositos de gominola y, por supuesto, la cerveza.
—¡Eh, ladrón!
Levanto ambas manos con el dedo del medio levantado mientras le doy la espalda de camino a la salida. Una pelota de tenis me roza la cabeza mientras salgo de la tienda.
—¡Estúpido! No vuelvas por aquí.
—¡No pensaba hacerlo! —exclamo antes de cerrar la puerta.


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