Chapter 1.Gabriel
El aeropuerto de Ibiza siempre me había parecido una especie de pecera gigante: demasiada luz, demasiado cristal, demasiada gente con prisas por irse a cualquier otra parte.
Eran casi las nueve de la mañana. Llevaba la chaqueta colgada del antebrazo, la camisa negra remangada. Me senté en una de las sillas azules frente a la puerta de embarque a Málaga, crucé la pierna, apoyé la espalda y desbloqueé el móvil. Abrí Instagram por puro automatismo. Historias, publicaciones, ruido. Hasta que un reel saltó solo en la pantalla y el apellido me taladró el cerebro. Macarena Belmonte, con el pelo recogido y la mirada desencajada, le hablaba al móvil como si el mundo se fuera a acabar. El rótulo arriba ponía: “Villa Luna: la Marbella de los vampiros”. Subí el volumen. La escuché decir, con la voz autómata, pero segura:
Macarena: “Conozco a Víctor De La Cruz. Y sé que es un vampiro.”
El aeropuerto desapareció. El murmullo de la gente se convirtió en un zumbido lejano. Se me secó la boca. Víctor de la Cruz. Vampiro. En boca de la nueva inspectora. Como si fuera lo más normal del mundo.
Sentí el latido retumbarme en las sienes, lento al principio, luego cada vez más rápido. Ese nombre era un eco que llevaba veinte años resonando en mi cabeza. Y de pronto, alguien, que conocía, lo estaba pronunciando en público, con todas las letras, sin miedo. Bajé un poco el móvil, cerré los ojos un segundo y todo lo demás volvió a mí.
Cuando tenía veinticinco años, me nombraron inspector en Villa Luna. El más joven del cuerpo. El niño prodigio, decían. El orgullo de la costa. Lo tenía todo: reflejos, estadísticas, casos resueltos, titulares bonitos en prensa. Una puta estrella.
Hasta que empezaron a desaparecer hombres y mujeres. Primero fue un chico de veintidós años, luego una mujer recién divorciada, luego una turista alemana… hombres y mujeres sin conexión aparente. Nada de peleas previas, nada de deudas, nada de matrimonios violentos. Nada. Ni cuerpos. Ni sangre. Ni una mísera prueba que explicara por qué se habían esfumado.
Hasta aquella noche. Salía de una discoteca del centro, todavía con el ruido de la música pegado al cuerpo. Eran casi las cuatro de la mañana. Caminé hacia mi coche por una calle lateral, medio a oscuras. Y entonces lo vi. Un hombre rubio, traje impecable, acorralando a una chica contra la pared. Al principio pensé en una pareja cualquiera, borracha, liándose en un callejón. Pero había algo raro en la postura, en la rigidez del cuerpo de ella. Me acerqué un paso. Otro. Otro. Y lo vi. La cabeza de él inclinada, la boca pegada a su cuello. Los hombros del tipo tensos, el brazo de ella colgando, la mano abierta, inerte. No era un beso. La estaba sujetando. La estaba… mordiendo. Me salió la voz sola.
GABRIEL: ¡Eh!
El rubio levantó la cabeza. Un segundo. Solo uno. Suficiente para que nuestros ojos se cruzaran. Los suyos azules, parecían como si la noche entera se hubiera metido ahí dentro. Tenía la boca manchada de rojo. La chica emitió un gemido ahogado. Corrí hacia ellos. Pero él la cargó como si pesara menos que un saco de patatas y salió disparado calle abajo a una velocidad que ningún humano normal podía alcanzar. Giró la esquina y desapareció.
Llegué hasta la pared, jadeando, con el corazón golpeándome el pecho. No podía ser. Le estaba chupando la sangre. Vampiro. Eso no existe. Eso es de películas. Me lo repetí varias veces. No sirvió de nada.
Al cabo de tres días, unos excursionistas encontraron un cuerpo en mitad del campo, entre los pinos que llevan al acantilado norte. Una chica joven. La misma melena, la misma chaqueta, la misma cara que había visto aquella noche. Dos heridas limpias en el cuello. No era un corte de cuchillo, ni un desgarro animal. Dos perforaciones profundas. Colmillos. Lo supe en el acto. Esa noche, el hombre rubio la había matado. Como un vampiro. Por muy surrealista que sonara.
Durante días, semanas, no pude quitarme esa escena de la cabeza. Podría haber enterrado el caso. Decir que era un psicópata más. Un loco. Un sádico. Pero no pude. Me obsesioné.
Revisé las cámaras de seguridad de aquella zona durante días. Noches enteras clavado frente a un monitor, persiguiendo sombras pixeladas por toda Villa Luna. Hasta que di con un Rolls Royce negro, matrícula reluciente, saliendo de la calle lateral pocos minutos después de que yo viera al rubio huir con la chica. Pedí a tráfico el titular del vehículo. El nombre llegó en un papel blanco, simple, casi ridículo para el peso que iba a tener en mi vida: Víctor de la Cruz. Empresario. Propietario de varios negocios. Todo limpio. Demasiado limpio.
Busqué en todos los archivos, todos los informes, todas las noticias locales y autonómicas. Nada. Ni una multa de aparcamiento. Pero yo había visto su cara. Y que podía cargar un cuerpo sin esfuerzo y correr a una velocidad antinatural. Era un vampiro. Y nadie quería escucharlo.
Mientras yo enterraba mis noches en esa obsesión, Villa Luna tuvo su primer asesino en serie “oficial”. Mismo modus operandi: mujeres casadas, de buena posición, que desaparecían después de una noche “de chicas”. Las drogaba. Las montaba en su coche. Las violaba mientras ellas no eran conscientes. Y cuando despertaban, les contaba lo que había hecho con ellas y las obligaba a llamar a sus maridos para pedir rescate. Ellos pagaban. Una vez tenía el dinero, las mataba y dejaba los cuerpos lejos de la costa, donde la prensa pudiera encontrar titulares suculentos. Cuatro víctimas. Cuatro familias destrozadas. La presión mediática fue brutal. Nos costó semanas hilarlo todo. Encontramos un cabello en la cuarta víctima, lo mandamos a analizar, salió una coincidencia con un chico joven que había pasado por un internado psiquiátrico y por terapia de control de impulsos. El perfil cuadraba. La prensa quería un monstruo. El alcalde quería un culpable. Todos me miraban a mí. Lo interrogamos. Confesó. Demasiado fácil, ahora lo sé. Pero entonces yo estaba cansado, presionado, cegado por otra caza. Lo metimos en prisión. Hubo ruedas de prensa, fotos, felicidades. El “niño prodigio” volvía a salvar la ciudad.
Una semana después, otra mujer apareció muerta. Mismo patrón. Mismo mensaje. Mismo infierno. Me temblaron las manos sobre el informe. O tenía un cómplice… o teníamos un imitador que había aprendido el guion de memoria viendo la televisión. Las dos opciones eran una mierda. Las dos apuntaban a lo mismo: había fallado.
Prensa. Alcalde. Comisario. Todos me cayeron encima como buitres. Me pusieron de patitas en la calle. Al cabo de unas semanas, con otra víctima más, el nuevo inspector que trajeron de fuera descubrió lo que yo debería haber visto: el chico al que habíamos encerrado no era el asesino. Era su amigo. Un antiguo compañero del internado psiquiátrico, fascinado por él, dispuesto a confesar lo que no había hecho con tal de tener su cuota de atención. El verdadero asesino dejó otros tres cuerpos antes de ser detenido. Ocho en total.
Mi carrera como inspector se acabó a los veintisiete. Me comí la culpa, la vergüenza y el odio a mí mismo. Sabía que, en parte, todo había sido por mi fijación con Víctor. Estaba tan empeñado en demostrar que era un vampiro que dejé de ver lo importante. Lo que tenía delante. Hui. De Villa Luna, de los titulares, de los padres de las víctimas, de mi propia cara en el espejo.
Mallorca primero: unidades de apoyo, grupos de estupefacientes, crimen organizado, trabajos limpios pero sin galones. Después Ibiza: policía secreta, operaciones encubiertas, muchos trapos sucios, ningún reconocimiento público. Me venía bien. Los fantasmas trabajan mejor en la sombra. Pero por mucho que cambiara de isla… el nombre seguía ahí.
Siempre. Víctor de la Cruz.








