LO INTENTE...
9:00 a. m. — Shibuya, Tokio, 2005
__¡Oh, mierda! ¡Voy tarde...!
Bajé corriendo las escaleras de mi casa. Al llegar a la cocina, encontré a Emma y a Manjiro desayunando tranquilamente. A diferencia de mí, ellos no parecían tener ninguna preocupación. Su turno en el colegio comenzaba mucho más tarde.
__¿Otra vez tarde? —preguntó Manjiro con ese tono burlón que tanto lo caracterizaba.
__¡Hermanita, entras a las ocho y ya vas una hora tarde! —Emma no se burló de mí, pero se encargó de recordármelo.
__¡Les dije que me despertaran!
Ni siquiera tuve tiempo de desayunar. Después de correr de un lado a otro intentando arreglarme, finalmente salí de la casa prácticamente corriendo hacia el colegio.
Iba tan apurada que apenas podía pensar.
En el camino me encontré con Draken.
__Buenos días, Mei... —me saludó con ese tono serio que utilizaba con casi todo el mundo... excepto con Emma.
__Hola... —fue todo lo que pude responder.
Mi tono salió más seco de lo que pretendía. No era mi intención ser grosera, pero iba demasiado apurada como para detenerme a hablar.
Draken simplemente continuó su camino hacia nuestra casa para visitar a Mikey y a Emma.
Finalmente llegué al colegio. Entré a mi salón sintiendo las miradas de todos sobre mí.
__Buenos días... profesor.
El profesor levantó la mirada y me observó con evidente desdén.
__Esta es la quinta vez, Mei. Es tu última advertencia. Si vuelves a llegar tarde, tendré que expulsarte.
Solo agaché la cabeza y caminé hasta mi asiento.
Seamos realistas... yo no encajaba en ningún lugar.
Siempre encontraban algún motivo para molestarme. A veces eran cosas mínimas, pero parecían suficientes para convertirlas en un problema.
Desde que Shinichiro falleció, sentía que había tenido que ocupar un lugar que nunca me correspondió.
El de hermana mayor.
Tenía que ser el ejemplo para Manjiro y Emma. Tenía que cuidarlos, mantenerlos alejados de los problemas y asegurarme de que nada malo les ocurriera.
Pero, para ser sincera... no se me daba nada bien.
Manjiro no me escuchaba.
Emma también vivía en su propio mundo.
Y el abuelo... bueno, él estaba demasiado concentrado en su dojo como para darse cuenta de todo lo que ocurría en casa.
Así que, aunque éramos una familia, muchas veces me sentía completamente sola.
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8:00 p. m. — Shibuya, Tokio, 2006
Casa de la familia Sano
__Manjiro... lo siento mucho.
Las lágrimas recorrían mi rostro mientras intentaba hablar con mi hermano menor.
__¡Cállate!
Manjiro también estaba devastado. Pero, sobre todo, estaba lleno de rabia.
__¡Emma está muerta y es tu culpa!
No me acerqué más. Simplemente me quedé frente a él, mirándolo.
__¿Por qué me culpas a mí? —pregunté, conteniendo las lágrimas.— Si fuiste tú quien la sacó de la casa...
Mi tono se volvió más molesto. Aquellas palabras hicieron que Manjiro me mirara fijamente, desconcertado.
__Yo... yo solo la dejé sola un minuto...
Su voz se quebró.
__Tú ni siquiera pudiste ser una hermana mayor como Shinichiro.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
Sin pensarlo, levanté la mano y le di una bofetada.
__¡No me hables así!
Manjiro se quedó en silencio.
__Eres tú quien lleva una vida que no deberías estar llevando. Shinichiro está muerto... ahora Emma también lo está.
Las lágrimas volvieron a llenar mis ojos.
__¿Y todo por qué? Porque nunca me escuchan.
Lo miré directamente.
__Te lo dije una y mil veces, Manjiro. Tu mundo no era un lugar para Emma...
Mi voz terminó quebrándose.
__Yo intenté protegerlos,
Pero ya era demasiado tarde.
Manjiro no volvió a decirme nada.
Y yo tampoco dije una sola palabra más.
Después de aquella discusión pasaron cinco meses.
Cinco meses en los que dejamos de reconocernos.
La casa Sano ya no era la misma.
Ya no había burlas.
Ya no había risas.
Ya no había conversaciones durante el desayuno.
Ni discusiones tontas.
Ni momentos que parecieran insignificantes.
No quedaba nada de aquella familia que alguna vez fuimos.
Solo silencio.
Un silencio que parecía haberse instalado para quedarse.








