Capítulo 1
El Almanaque De Sus Vidas Ajenas.
José María Moreno.
© 2025 José María Moreno.
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Este es un trabajo de ficción. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.
“El universo no tiene una única historia. En cambio, tiene todas las historias posibles, cada una con su propia probabilidad.”.
Stephen Hawking.
Primera Parte: Irrupción.
Capítulo 1.
Octubre 3, 2024.
Jueves.
No suelo recordar mis sueños.
Este sí, abro los ojos y permanezco inmóvil, mirando el techo, mientras algo dentro de mí se resiste a aceptar que ya estoy despierto.
Todavía puedo verlo.
No sé dónde estoy. Tampoco reconozco a las personas que aparecen en él. Sin embargo, hay algo que me desconcierta más que los rostros, las calles o aquella casa que nunca he visitado: tengo la certeza de haber estado allí antes.
Me incorporo.
El reloj digital sobre la mesa de noche marca las 7:18.
—Qué sueño tan raro…
Lo digo en voz alta, como si necesitara escuchar una voz que me devuelva al mundo conocido.
Voy al baño, abro la ducha y dejo que el agua caliente me caiga sobre la cabeza. Poco a poco, las imágenes comienzan a desvanecerse. Los rostros pierden nitidez, las calles se mezclan unas con otras. Solo queda una sensación difícil de nombrar.
No es miedo.
Todavía no.
Me visto con una pijama limpia y dejo la usada en el cesto. Al pasar frente al estudio de mi esposa, miro la habitación vacía.
Está visitando a su madre en una ciudad vecina. Le quedan varios días.
Sonrío, la extraño, claro. Pero también disfruto estos pequeños períodos en los que la casa queda en silencio y nadie me pregunta qué voy a hacer con mi tiempo.
Puedo desayunar a cualquier hora.
Leer hasta tarde.
Dormir después del almuerzo.
Escuchar la música que quiera.
Ella y yo sabemos que necesitamos esos espacios de vez en cuando. Los dos tenemos carácter fuerte. Después de tantos años juntos hemos aprendido que algunas distancias cortas ayudan a conservar las largas.
Voy a la cocina.
Enciendo la computadora, la conecto al parlante y abro MediaMonkey.
La voz de Caetano Veloso en Chega de Saudade llena la cocina. Preparo huevos revueltos con verduras y albóndigas. Tuesto dos rebanadas de pan integral, les pongo mantequilla y mermelada de mora y sirvo café.
Desayuno despacio.
Después, Another Day in Paradise, de Phil Collins.
Recojo los platos, los lavo y regreso a la sala.
El sueño ya casi ha desaparecido.
Eso creo.
Por la tarde me quedo dormido.
No recuerdo haberme dormido.
Solo sé que, de pronto, estoy otra vez allí.
La misma calle.
La misma casa.
Las mismas personas.
La misma conversación.
Todo ocurre exactamente como antes.
Cuando despierto, permanezco sentado en la cama.
El corazón me golpea el pecho.
—No.
Miro alrededor.
La habitación está en silencio.
Me paso una mano por la cara.
Ahora sí recuerdo el sueño.
Lo recuerdo completo.
Cada escena.
Cada palabra.
Cada rostro.
Ocurrió otra vez.
Me levanto.
Voy hasta la computadora y la enciendo.
Necesito encontrar una explicación. Cualquier explicación.
Abro Copilot, escribo:
¿Qué son los sueños?
La respuesta aparece casi de inmediato.
Leo que los sueños son historias que construye la mente mientras dormimos; que pueden estar relacionados con la actividad cerebral durante el sueño REM, con nuestras emociones, recuerdos y experiencias.
Sigo leyendo.
También habla de otra posibilidad.
Una posibilidad menos científica.
Puertas, mensajes.
Mundos ocultos.
Me reclino en la silla.
—¿Mundos ocultos?
Vuelvo a mirar la pantalla.
Escribo: en mi sueño me relaciono con personas y estoy en lugares que no conozco. ¿Cómo puede mi cerebro inventar personas que nunca he visto y lugares en los que nunca he estado?
Espero, la respuesta llega.
Leo, no me convence.
Cierro la ventana.
Durante unos segundos observo mi reflejo oscuro en la pantalla apagada.
Una vida paralela.
La idea aparece sin que la invite.
No sé de dónde sale.
Tal vez porque necesito una respuesta que explique lo inexplicable.
Tal vez porque, en el fondo, algo en mí ya sabe que aquello no es un sueño común.
Me levanto.
Apago la computadora.
Esa noche me acuesto más temprano de lo habitual.
Intento no pensar en el asunto.
No lo consigo.
Despierto al día siguiente con la certeza de que algo está mal.
No necesito recordar nada.
Lo sé antes de abrir los ojos.
Me quedo quieto.
Después los abro.
La habitación.
La cama, la luz de la mañana.
Todo parece normal.
Pero el sueño está ahí.
Entero, intacto.
La misma calle.
La misma casa.
Las mismas personas.
La misma conversación.
El mismo gesto.
El mismo final.
Por tercera vez.
Me siento en el borde de la cama.
—Esto no puede estar pasando.
Busco el reloj.
9:33.
Me levanto y camino hasta el baño.
Me siento.
Durante varios minutos permanezco allí sin hacer nada.
Pienso en enfermedades.
En estrés.
En alguna alteración del sueño.
En cualquier cosa que tenga un nombre.
Cualquier cosa que pueda explicarse.
—Me estoy volviendo loco.
Cuando termino, me levanto y me acerco al lavamanos.
Entonces levanto la mirada.
Y me quedo inmóvil.
Hay un hombre frente a mí.
Lo conozco.
Soy yo.
Pero no soy yo.
Lleva una camisa azul celeste, pantalón azul oscuro y una chaqueta negra.
Yo llevo mi pijama.
Él parece más joven.
Mucho más joven.
Me acerco al espejo, él no.
Levanto lentamente la mano izquierda.
Mi reflejo permanece quieto.
Bajo la mano.
Él sigue mirándome.
Siento que se me seca la boca.
—¿Qué…?
No termino la palabra.
Doy un paso atrás, él permanece allí.
Entonces recuerdo una frase que leí ayer.
Puertas a mundos ocultos.
Vuelvo a acercarme.
No debería hacerlo.
Lo sé.
Pero hay algo peor que el miedo: la necesidad de comprobar que no estoy perdiendo la razón.
Extiendo la mano.
Espero encontrar el cristal frío.
Mis dedos lo atraviesan.
Retiro la mano de golpe.
El espejo no se rompe.
La superficie vuelve a quedar lisa.
Trago saliva.
Miro al hombre que está del otro lado.
Vuelvo a levantar la mano.
Él no se mueve.
Doy otro paso.
El corazón me late tan fuerte que apenas escucho mi respiración.
Podría alejarme.
Podría salir del baño.
Podría llamar a mi esposa.
Podría hacer cualquier cosa razonable.
En lugar de eso, apoyo la palma contra el espejo.
No encuentro resistencia.
Empujo, el cristal cede como una membrana tibia.
Cierro los ojos.
Y atravieso.
Cuando vuelvo a abrirlos, reconozco la calle.
La casa, las personas.
El lugar que nunca había visitado.
El lugar que, durante dos noches, creí haber soñado.
Entonces comprendo algo que me hiela la sangre:
No estoy entrando en mi sueño.
Estoy entrando en otra vida.
Capítulo 2.
Octubre 21, 2000.
Sábado.
Lo primero que hago es tocar el espejo.
Está frío, duro, real.
Retiro la mano y la vuelvo a apoyar.
Nada, no hay ninguna superficie que pueda atravesar. Ninguna puerta. Ninguna grieta.
Solo mi rostro.
Mi rostro de siempre.
—¡La puerta ya se cerró!
Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas.
Me miro las manos. Después los brazos. Me toco el pecho, el rostro, el cuello. Necesito comprobar que sigo siendo yo.
Respiro, una vez.
Dos.
Tres.
El aire entra en mis pulmones.
Estoy vivo.
Pero no sé dónde.
Bajo la mirada.
Llevo una camisa azul celeste, pantalón azul oscuro y una chaqueta negra. Meto las manos en los bolsillos del pantalón. Encuentro un pañuelo.
Lo saco, huele a perfume.
Un aroma agradable, desconocido.
Me lo acerco a la nariz y sonrío, casi sin querer.
—Aquí también me gustan los buenos perfumes.
La frase me tranquiliza durante un segundo.
Después recuerdo el espejo.
Y dejo de sonreír.
Busco los bolsillos de la chaqueta. Encuentro una cartera, un pasaporte y un pase de abordar.
El pase está arrugado en una esquina.
Lo aliso con los dedos.
Spirit Airlines.
Fort Lauderdale, Florida — Orlando, Florida.
Octubre 21, 2000.
Miro la fecha otra vez.
Después una tercera.
No cambia.
El vuelo está programado para llegar a las 20:43.
Me quedo mirando el papel.
Abro el pasaporte.
El nombre aparece debajo de la fotografía.
Ricardo Javier Ceballos Montero.
Nacionalidad: colombiana.
Fecha de nacimiento: 3 de octubre de 1954.
Lugar de nacimiento: Montería, Córdoba.
Hago la cuenta.
Cuarenta y seis años.
Levanto la fotografía.
Soy yo.
O, más exactamente, alguien que tiene mi rostro.
Paso las páginas.
Hay sellos, permisos, documentos que no comprendo del todo. Todo parece auténtico.
Abro la cartera.
Encuentro una licencia de conducir de Florida.
Otra identificación.
Mil dólares en efectivo.
Y otra fotografía.
Yo.
Otra vez yo.
Me siento sobre la tapa del inodoro.
Durante un largo rato no hago nada.
No pienso.
No intento entender.
Solo miro los documentos.
Octavio.
Ricardo.
Dos fechas que deberían estar separadas por veinticuatro años y que, sin embargo, ahora parecen pertenecerme al mismo tiempo.
Me cubro la cara con las manos.
—Me llamo Ricardo Javier Ceballos Montero.
Lo repito.
—Nací en Montería, Colombia, el tres de octubre de mil novecientos cincuenta y cuatro.
Otra vez.
—Soy residente legal en Estados Unidos.
Respiro, —Tengo licencia de conducir de Florida.
Lo repito hasta que las palabras dejan de sonar extrañas.
Necesito aprenderlas.
Si voy a salir de este baño, tendré que ser Ricardo.
Abro la puerta.
Un pasillo estrecho.
Filas de asientos.
Personas, maletas.
El ruido de los motores.
Entonces lo entiendo.
Estoy dentro de un avión.
No recuerdo haber subido.
No recuerdo el despegue.
No recuerdo nada después de atravesar el espejo.
Camino lentamente por el pasillo hasta encontrar el asiento 12D.
Me siento.
Abrocho el cinturón.
Miro por la ventanilla.
Las luces de la noche pasan debajo de nosotros.
Estoy en un avión que voló hace veinticuatro años.
Y nadie parece notar que hay algo extraño en mí.
A mi lado, un muchacho me observa.
Me mira unos segundos.
—¿Te encontrás bien?
Tiene acento argentino.
Giro hacia él.
—Sí.
Mi voz suena normal.
—Solo fue un mareo por el despegue. Gracias por preocuparte.
El muchacho sonríe.
—Me llamo Julián. ¿Y vos?
Por un instante estoy a punto de decir mi nombre.
El verdadero.
El que conozco.
El que pertenece a mi vida.
Pero recuerdo el pasaporte.
—Ricardo.
Le extiendo la mano.
—Mucho gusto, Julián.
Él estrecha mi mano.
—¿De dónde sos?
—Colombiano.
Hago una pausa,
—¿Y tu?
—De San Miguel, en Tucumán.
Asiento, no sé nada de San Miguel.
No sé nada de Julián.
No sé nada de Ricardo.
Pero necesito aprender.
—¿Por qué viajás a Orlando?
El muchacho mira hacia adelante.
—Voy a encontrarme con mi tía Martina. Llegué hace unos meses a la casa de unos amigos en Fort Lauderdale, pero ahí no hay laburo. Mi tía vive en Orlando. Trabaja en el aeropuerto y me dijo que fuera. Parece que están necesitando drivers.
Me mira, —¿Y vos?
La pregunta me toma por sorpresa.
Miro mis manos.
Después la ventanilla.
Tengo que inventar una vida.
Pero quizá no tenga que inventarla.
Quizá esa vida ya exista.
—Vivía en Miami.
La frase sale con facilidad.
—Pero se puso pesado. Aproveché para visitar a mi familia en Colombia y ahora voy a Orlando. Quiero radicarme allí.
Julián asiente.
—Buena idea.
Me mira con curiosidad.
—¿Tenés dónde quedarte?
—Todavía no.
Niego con la cabeza.
—No aquí.
No sé por qué digo eso.
Pero es verdad.
No tengo familia aquí.
Ni amigos.
Ni casa, ni pasado.
Julián sonríe.
—Entonces tenés que conocer a mi tía.
Lo miro, —¿Creés que podría ayudarme?
—Seguro, se encoge de hombros.
—A nadie le viene mal ganar unos dólares extras. Si tiene espacio, capaz te quedás en su casa.
Siento algo parecido al alivio.
—Te lo agradecería.
—No hay problema.
El avión continúa avanzando.
Por primera vez desde que desperté, dejo de buscar una salida.
Empiezo a buscar una forma de quedarme.
Julián.
No sé por qué Ricardo me cae bien.
Quizá porque parece tan perdido como yo.
Cuando llegué a Fort Lauderdale pensé que todo iba a ser fácil. Unos amigos me dijeron que aquí había trabajo, que con ganas uno podía salir adelante. Después pasaron las semanas y descubrí que no era tan sencillo.
Ahora voy hacia Orlando sin saber exactamente qué voy a encontrar.
Y aparece este colombiano.
Está nervioso.
Eso se nota.
Mira todo como si estuviera viendo el país por primera vez, pero no hace preguntas tontas. Más bien parece guardar cada cosa en la cabeza.
Me gusta eso.
Cuando me pregunta por mi tía, entiendo lo que está buscando.
Tal vez podamos ayudarnos.
Lo miro de reojo.
—Che, Ricardo.
—¿Sí?
—Mi tía es buena gente.
Él sonríe.
—Eso espero.
—Te va a ayudar.
No sé por qué estoy tan seguro.
Pero me alegra no llegar solo.
Octavio.
Cuando anuncian la aproximación al aeropuerto, la conversación se apaga.
Las luces de Orlando aparecen debajo de nosotros.
No conozco nada.
Sin embargo, algo dentro de mí comienza a aceptar que voy a tener que aprender.
El avión aterriza.
Julián abre el compartimiento superior y baja su pequeña maleta.
Hay otra junto a ella.
Por un momento la miro.
Después recuerdo que necesito averiguar quién soy.
La tomo también.
Nadie me detiene.
Salimos, en la pasarela, Julián llama a su tía.
—Ya llegamos.
Después cuelga.
—Está adentro.
Caminamos.
Y entonces la veo.
Una mujer de unos cuarenta años espera junto a una columna.
Julián levanta la mano.
—¡Tía Martina!
Ella sonríe y abre los brazos.
Lo abraza.
Yo permanezco a un lado.
No sé qué hacer.
Julián se separa de ella y señala hacia mí.
—Tía, él es Ricardo. Es colombiano. Quiere quedarse en Orlando y no conoce a nadie.
Martina me mira.
—¿Me lo vas a presentar o qué?
Julián ríe.
—Ricardo, mi tía Martina.
Extiendo la mano.
—Mucho gusto.
Ella la estrecha.
—Igualmente.
Su mirada no se aparta de mí.
No es una mirada hostil.
Es una mirada que examina.
Como si quisiera saber qué clase de hombre acaba de aparecer frente a ella.
Martina.
El colombiano está preocupado.
No hace falta preguntarle.
Se le nota en los ojos.
Mira alrededor demasiado.
Las personas.
Las señales.
Las puertas.
Los vehículos.
Todo.
Como si necesitara aprender el lugar de memoria.
Pero viste bien.
Habla correctamente.
No parece un tipo problemático.
Julián confía en él.
Eso pesa.
—¿De qué parte de Colombia sos?
—Montería.
—¿Cerca de Medellín?
Él sonríe.
—No. Más cerca de Cartagena.
Hace una pausa.
—¿Estuviste alguna vez en Colombia?
—No.
—Tengo varios compañeros colombianos en el trabajo.
—¿De dónde?
—Medellín.
Él sonríe un poco más.
—Los paisas están en todos lados.
Me río, tiene razón.
Después le hago las preguntas importantes.
—¿Sos residente?
—Sí.
—¿Tenés licencia de conducir?
—Sí.
—¿Dónde vivías?
—Miami.
—¿Y en qué trabajabas?
—Era stocker en un supermercado latino.
Las respuestas llegan rápidas, pero no demasiado.
Eso me gusta.
No parece estar inventando.
Aunque el lunes voy a comprobarlo.
Mientras caminamos hacia el estacionamiento pienso en lo que podría hacer.
Julián necesita dónde quedarse.
Ricardo también.
Y yo siempre puedo aprovechar unos dólares adicionales.
Pero no quiero dejar a un desconocido entrar en mi casa sin saber quién es.
Aunque hay algo en él...
No sé.
Confío, tal vez porque parece necesitar ayuda más que cualquier otra cosa.
Decido hacerlo.
Por ahora.
—Ricardo —le digo mientras bajamos hacia el estacionamiento—, ¿tenés dónde dormir esta noche?
Él tarda un segundo en responder.
—No.
—Entonces no busques hotel.
Me mira, —¿Cómo?
—Dormís en mi casa.
Julián sonríe desde adelante.
—Te dije.
Ricardo baja la mirada.
—No quiero causar molestias.
—Una noche no causa molestias.
Le doy una palmada en el brazo.
—Después vemos.
Pulso el control remoto.
Mi automóvil parpadea dos veces.
Guardamos las maletas en el baúl.
Julián ocupa el asiento delantero.
Ricardo se sienta atrás.
Yo conduzco.
Al salir del aeropuerto, las carreteras parecen interminables.
Ricardo observa por la ventana.
Lo noto en el espejo retrovisor.
No deja de mirar.
Pasamos debajo de un puente.
Entonces un avión carretea sobre nosotros.
Ricardo se inclina hacia adelante.
—¿Eso fue un avión?
Julián se ríe.
—Sí.
—¡Carajo!
No puedo evitar sonreír.
—Estamos cerca del aeropuerto.
Tomo la 436.
—Semoran Boulevard. Esta carretera atraviesa buena parte de Orlando hasta Apopka.
—¿Ahí vivís? —pregunta Julián.
—Sí.
Ricardo continúa mirando por la ventana.
Calles anchas, señales, autopistas, luces.
Todo pasa frente a él como una película.
—Martina...
—¿Sí?
—¿Hay trabajo en Apopka?
—No demasiado.
Miro el espejo.
—Pero en Caravan siempre necesitan gente.
Ricardo guarda silencio.
—¿Caravan?
—Alquiler de autos.
Julián interviene:
—¿Es donde trabajás?
—Sí.
—¿Y creés que podríamos conseguir algo?
—El lunes los llevo.
Miro nuevamente a Ricardo.
—Si los papeles están en orden, algo conseguiremos.
Él asiente.
—Gracias.
No dice más.
Pero veo cómo sus hombros se relajan.
Cuarenta y cinco minutos después entramos en una urbanización tranquila.
Giro a la derecha.
Avanzo unos metros.
Estaciono frente a una casa.
Apago el motor.
—Llegamos.
Bajamos, Ricardo mira la vivienda.
No parece gran cosa.
Una casa familiar, de esas que podrían aparecer en cualquier película.
Abro la puerta.
—Bienvenidos.
Entramos.
La cocina queda a la derecha.
Al frente están la sala y el comedor.
Un pasillo conduce a las habitaciones.
Antes de que pueda explicar nada, escucho unos pasos rápidos.
—¡Abuela!
Dino, mi nieto de siete años corre hacia mí.
Lo abrazo.
—Hola, Dino.
Detrás aparece Amanda.
Mi hija, tiene veinticinco años y, algunas veces, cuando la miro, todavía puedo ver a la muchacha que fue.
—Amanda, tu primo Julián.
El muchacho se acerca.
—Hola, Se abrazan.
Luego señalo al colombiano.
—Y él es Ricardo. Se va a quedar con nosotros un tiempo.
Amanda lo observa.
Ricardo extiende la mano.
—Mucho gusto.
Ella se la estrecha.
Dino ya está tirando de la mano de Julián.
—Vení. Te voy a mostrar mi cuarto.
Los dos desaparecen por el pasillo.
Amanda me mira.
Le explico a cada uno dónde dormirá.
Julián ocupará la habitación de Dino.
Ricardo dormirá en el sofá cama de la sala.
No es mucho.
Pero es un comienzo.
Mientras acomodan sus cosas, los observo.
Julián parece tranquilo.
Ricardo no.
Se mueve despacio.
Mira las paredes.
Los muebles.
Las fotografías.
Como si intentara encontrar entre ellas algún recuerdo que no posee.
No pregunto, todavía.
Después de cenar conversamos un rato.
Hablamos del trabajo.
De Orlando.
De la vida.
Ricardo participa poco.
Escucha más de lo que habla.
Finalmente nos despedimos.
Cada uno se dirige hacia su espacio.
Apago las luces de la sala.
Octavio.
Me acuesto en el sofá cama.
La casa queda en silencio.
Escucho un automóvil pasar por la calle.
Después otro.
Miro el techo.
Durante unos segundos pienso en mi esposa.
En mi casa.
En la vida que dejé esta mañana.
Pero el pensamiento cambia.
Recuerdo el espejo.
La otra versión de mí.
El pasaporte.
Ricardo.
No sé qué significa nada de esto.
Quizá nunca encuentre una explicación.
Tal vez exista una razón.
Tal vez no.
Lo único que sé es que, por primera vez, el sueño no termina.
Hasta ahora, siempre despierto aquí.
Pero esta vez sigo despierto.
Estoy dentro de él.
Miro hacia la oscuridad.
Y por primera vez dejo de pensar en cómo regresar.
Mañana tendré que descubrir quién es Ricardo Ceballos.
Tendré que aprender sus costumbres.
Su trabajo.
Sus relaciones.
Su pasado.
Tendré que encontrar una manera de vivir una vida que no recuerdo haber vivido.
Cierro los ojos.
Una idea cruza mi mente.
No sé si me tranquiliza o me asusta.
Quizá ambas cosas.
Tal vez Octavio ya no exista aquí.
Abro los ojos.
La habitación permanece en silencio.
Entonces pienso:
Bienvenido a lo desconocido, señor Octavio.
Capítulo 3.
Octubre 22, 2000.
Domingo.
Me despierta el ruido de platos en la cocina.
Durante unos segundos permanezco acostado, mirando el techo.
No sé dónde estoy.
Después recuerdo.
El sofá, la casa de Martina.
Ricardo.
El espejo.
Me incorporo.
La realidad vuelve de golpe.
Doblo el sofá cama y miro la maleta que recogí en el avión.
La observo como si pudiera responderme una pregunta.
—¿Qué hay dentro de ti?
La abro, ropa, camisas.
Pantalones.
Ropa interior.
Un par de zapatos.
Artículos personales.
Todo de hombre.
Saco una camisa y me la pongo sobre el cuerpo.
Me queda bien.
Demasiado bien.
Por un instante siento algo parecido a alivio.
Al menos alguien preparó esta vida para mí.
Tomo los artículos de aseo y camino hacia el baño.
Amanda está en la cocina.
Prepara el desayuno.
La miro, ella levanta los ojos.
—¿Puedo usar el baño?
Asiente, nada más.
Entro, cierro la puerta.
Me miro en el espejo.
Esta vez el reflejo es el mío.
Ricardo.
O yo.
Ya no sé cuál de los dos nombres debería utilizar cuando estoy solo.
Cuando salgo, Martina está desayunando.
—Buenos días, Martina.
—¡Buen día, Ricardo! Vení, sentate. Hay café recién hecho y unas medialunas buenísimas.
—Gracias.
Guardo mis cosas en la maleta y regreso a la mesa.
Amanda coloca una taza frente a mí.
Después deja dos medialunas en un plato y un pequeño recipiente con mermelada de fresa.
—Gracias, Amanda.
Ella no responde.
Solo vuelve a la cocina.
La observo durante un instante.
Su silencio no parece casual.
Pero tampoco sé qué significa.
No insisto.
Tomo el café.
El primer sorbo me recuerda que las mañanas pueden parecer normales incluso cuando la vida ha dejado de serlo.
—Martina...
—¿Sí?
—Quería agradecerte por lo de anoche.
—No tenés que agradecerme.
—En realidad sí. Pero no quiero abusar de tu hospitalidad. Mi idea es alquilar una habitación apenas consiga trabajo. ¿Conoces a alguien que pueda ayudarme?
Martina deja la taza sobre la mesa.
—Mirá, mañana vamos con Julián a Caravan. Aplican ustedes dos y después vemos lo de la habitación.
—¿Creés que habrá trabajo?
—Siempre necesitan gente.
Asiento, por primera vez desde que atravesé aquel espejo siento que tengo algo parecido a un plan.
Una habitación.
Un celular.
Una cuenta bancaria.
Una vida.
Aunque todavía no sea la mía.
Martina continúa:
—Amanda, Dino y yo vamos a ir a misa más tarde. ¿Querés venir?
Miro hacia la ventana.
—Gracias, pero prefiero aprovechar el domingo para conocer un poco los alrededores.
—No hay problema.
Sonríe, —Pero no te vayas a perder.
—Trataré.
—En serio, Ricardo. Esto no es como en Colombia. Acá una calle te lleva a otra y después a otra y, cuando querés volver, no sabés ni dónde estás.
Sonrio agradecido. —Entonces tendré cuidado.
Salgo poco después.
La mañana es tranquila.
Camino sin rumbo fijo.
Necesito ver dónde estoy.
Necesito que este lugar deje de parecer un escenario construido alrededor de mí.
La urbanización es silenciosa.
Cada casa tiene un espacio amplio al frente, jardines cuidados y pequeños setos que separan una propiedad de otra.
Pienso en Barranquilla.
En las terrazas abiertas.
En el ruido.
En los vendedores.
En los buses que pasan demasiado cerca.
En las conversaciones que atraviesan las ventanas.
Aquí, en cambio, cada casa parece guardar su propio silencio.
Camino unos diez minutos hasta llegar a la 436.
El tráfico es constante.
No hay mucha gente caminando.
Cruzo hacia una estación de servicio.
El letrero dice 7-Eleven.
Me detengo.
Observo cómo los conductores se acercan a las bombas, bajan de sus vehículos y comienzan a llenar los tanques.
Nadie parece esperar que alguien lo haga por ellos.
Sonrío, en Barranquilla, mientras cruzo una calle, probablemente tendría que esquivar un automóvil detenido sobre la cebra.
Y siempre aparecería alguno de esos conductores que, viendo que estoy atravesando, avanzaría lentamente para asustarme.
Me lo imagino.
Incluso escucho la risa.
Sacudo la cabeza.
—Barranquilla...
La palabra me produce una punzada de nostalgia.
Entro en la tienda.
Hay de todo.
Periódicos.
Productos de uso diario.
Como una tienda de barrio, pero organizada de otra manera.
Tomo una botella de agua.
Al pagar, el hombre detrás del mostrador me habla con un marcado acento extranjero.
Le entrego el dinero.
Me devuelve el cambio.
Salgo, es una compra insignificante.
Pero camino unos metros con la botella en la mano y me descubro sonriendo.
Es mi primera compra en Estados Unidos como Ricardo.
Quizá sea una tontería.
Pero necesito pequeñas victorias.
Sigo caminando.
Encuentro una parada de autobús.
Un logotipo rosado dice LYNX.
Tomo uno de los folletos.
Lo guardo.
Después continúo.
Las calles.
Los comercios.
Los lugares donde podría trabajar.
Los sitios donde podría comprar comida.
Dónde tomar un autobús.
Cómo volver a casa.
No sé cuánto tiempo camino.
Cuando el hambre comienza a aparecer, regreso hacia el Winn-Dixie que había visto desde la estación de servicio.
Entro, el aire acondicionado me golpea el rostro.
Recorro los pasillos sin comprar nada y termino en la cafetería.
Una mujer me atiende.
Tiene acento puertorriqueño.
—¿Qué te sirvo?
Miro el menú.
No quiero complicarme.
—Pollo frito, Ensalada de papa y café.
Pago con un billete de veinte.
Tomo la bandeja.
La mujer señala hacia un lado.
—El azúcar y los revolvedores están allá.
—Gracias.
Los busco.
Regreso a la mesa.
Me siento.
Miro alrededor.
Personas comiendo.
Familias.
Trabajadores.
Una pareja hablando.
Nada extraordinario.
Y, sin embargo, para mí todo lo es.
Es mi primera comida en público en esta ciudad.
Tomo un poco de café.
Miro mis manos.
Octavio.
Eso me sorprende.
Entonces, mientras como, vuelvo a pensar en Ricardo.
Hasta ahora he vivido de improvisaciones.
Pero no puedo continuar así.
Si voy a permanecer aquí, necesito una historia.
Un pasado.
Algo que explique de dónde vengo, qué hago, por qué estoy en Orlando.
No puedo responder siempre con evasivas.
Empiezo a construirlo.
Ricardo nació en Montería.
Trabajó en Colombia como gerente de una tienda de comercio minorista.
Conoció en Panamá a una puertorriqueña.
Se casaron en Colombia.
Ella regresó a Nueva York.
Hizo los trámites.
Él esperó.
Después llegó la residencia.
Entró por Miami hacía algo más de un año.
Trabajó como stocker en un supermercado latino.
Regresó a Colombia de vacaciones.
Ahora vuelve para establecerse en Orlando.
Repaso la historia.
Una vez, dos, tres.
No está mal.
Tiene huecos.
Pero la vida de cualquier desconocido también los tiene.
Bebo café.
Hay algo extraño en todo esto.
Estoy inventando una vida que, de algún modo, ya existió.
Saco del bolsillo el folleto de LYNX.
Lo extiendo sobre la mesa.
Empiezo a pensar en lo que necesito.
Trabajo, vivienda.
Transporte.
Un teléfono.
Una cuenta bancaria.
Quizá algún tipo de ayuda para inmigrantes.
Poco a poco la lista crece.
Me detengo.
Hasta ayer pensaba en cómo regresar.
Ahora estoy haciendo planes para quedarme.
La constatación me sorprende.
No siento miedo.
O, por lo menos, no el mismo miedo de ayer.
Tal vez mi mente está haciendo lo único que puede hacer para protegerme: Aceptar.
No sé cuánto tiempo permaneceré aquí.
No sé si volveré a mi vida.
Ni siquiera sé si existe una forma de volver.
Pero mientras encuentre una respuesta, tengo que vivir.
Y para vivir necesito aprender a ser Ricardo.
Termino el café.
Doblo el folleto.
Me levanto.
El regreso a casa me parece más corto.
Ya reconozco algunos lugares.
Una esquina.
Una estación de servicio.
El supermercado.
La parada de autobús.
Es poco, pero cada punto conocido reduce un poco la sensación de estar perdido.
Cuando llego, Martina ya está en casa.
Julián también.
Dino corre por la sala.
Amanda está allí.
Como siempre, callada.
La tarde transcurre sin acontecimientos importantes.
Y eso, precisamente, me tranquiliza.
Hablamos.
Julián cuenta algunas cosas de su viaje.
Martina habla de su trabajo.
Dino hace preguntas que nadie responde del todo.
Yo escucho.
A veces participo.
A veces olvido que estoy interpretando un papel.
La televisión permanece encendida.
La casa adquiere un ritmo cotidiano.
Por momentos puedo fingir que siempre he estado aquí.
Ese pensamiento debería asustarme.
Pero no lo hace.
Por la noche regreso al sofá cama.
Dejo la ropa sobre una silla.
Coloco los documentos de Ricardo dentro de la cartera.
Mañana los necesitaré.
Me acuesto.
Pienso en Barranquilla.
En mi casa.
En mi esposa.
En la música que dejé sonando antes de dormir.
Me pregunto qué estará haciendo ella.
Si habrá mirado el reloj.
Si habrá pensado en mí.
Si, en este mismo momento, alguien habrá abierto los ojos en mi cama.
Cierro los ojos.
La pregunta aparece antes de que pueda evitarla:
¿Y si mañana despierto aquí otra vez?
No encuentro respuesta.
Pero tampoco siento la urgencia de encontrarla.
Mañana tengo que ir a Caravan.
Tengo que buscar trabajo.
Tengo que conseguir una habitación.
Tengo que aprender a moverme por Orlando.
Tengo que recordar que, por ahora, me llamo Ricardo.
El sueño llega despacio.
Y esta vez no lo recibo con miedo.
Lo recibo con una extraña sensación de espera.
Como si, en algún lugar, otra puerta estuviera a punto de abrirse.
Capítulo 4.
Octubre 23, 2000.
Lunes.
Despierto, durante unos segundos no sé dónde estoy.
Después llega el recuerdo.
Ricardo.
Orlando.
La casa de Martina.
Abro los ojos.
El techo blanco de la sala está ahí.
La respiración se me acelera.
Anoche soñé otra vez.
Pero esta vez fue diferente.
No fue la calle.
No fue la casa.
No fueron aquellas personas que todavía no comprendo.
Fue algo que creía olvidado.
Algo que durante años había conseguido mantener encerrado en el lugar más oscuro de mi memoria.
Y volvió.
Con la misma claridad con que regresan las cosas que nunca terminamos de enterrar.
Me incorporo.
Tengo la camisa pegada al cuerpo por el sudor.
Miro hacia la sala.
Todo está en silencio.
Pienso en regresar.
Por primera vez desde que crucé el espejo deseo con todas mis fuerzas despertar en mi propia cama.
Quiero mi casa.
Mi esposa.
Mi música.
Mi vida, quiero que esto termine.
Pero no termina.
Cuando vuelvo a mirarme las manos, siguen siendo las manos de Ricardo.
En la cocina encuentro a Martina y a Julián.
—¿Dormiste bien? —pregunta Martina.
—Sí.
La mentira sale demasiado rápido.
Julián me mira.
—Tenés cara de no haber dormido nada.
Sonrío, —Todavía no me acostumbro al sofá.
Martina se ríe.
—Hoy vas a dormir mejor. Vas a estar cansado.
Tiene razón.
Hoy empieza mi vida como Ricardo.
O, al menos, una parte de ella.
Subimos al automóvil.
Durante el trayecto hacia el aeropuerto casi no hablo.
La ciudad pasa detrás del vidrio.
Esta vez la miro de otra manera.
Ayer caminaba por ella intentando descubrir dónde estaba.
Hoy empiezo a preguntarme dónde encajo.
Las avenidas ya no parecen tan extrañas.
Reconozco algunos lugares.
La 436.
Las entradas.
Los edificios.
Las señales.
Es curioso.
Hace apenas unos días yo estaba en Barranquilla.
Ahora avanzo por Orlando en un automóvil que no recuerdo conocer,para solicitar un trabajo que no recuerdo necesitar.
Y, sin embargo, comienzo a sentir que sé hacia dónde voy.
Tal vez así empieza una vida.
Primero uno aprende el camino.
Después aprende a recorrerlo.
Una señal nos desvía hacia una vía secundaria.
Caravan Service Parking.
Martina pasa su identificación por un lector.
La barrera se levanta.
Entramos.
Estaciona.
—Bueno, muchachos. Llegamos.
Caminamos hacia el edificio de oficinas.
En recepción, Martina conversa con la empleada en inglés.
La mujer le entrega dos formularios y dos lapiceros.
Martina nos los pasa.
—Están en español. Los llenan y se los entregan a ella.
Mira el reloj.
—Yo tengo que arrancar a laburar.
Después nos señala con el dedo.
—¡Mucha suerte!
—Gracias —respondo.
Ella se aleja.
Julián y yo nos sentamos frente a los formularios.
Tomo el mío.
Hay preguntas sencillas.
Nombre, dirección.
Teléfono.
Experiencia.
Número del Social.
Cada respuesta me obliga a recordar que, desde este momento, Ricardo Ceballos tiene que existir también en el papel.
Es extraño.
Hasta ayer necesitaba convencerme de que soy Ricardo.
Ahora necesito convencer a los demás.
Termino, Julián termina poco después.
Entregamos los documentos.
—Please, wait.
La recepcionista desaparece por un pasillo.
Nos miramos.
—¿Qué pensás? —pregunta Julián.
—Que ya no hay vuelta atrás.
Él sonríe.
—¿Y eso es bueno o malo?
Miro la puerta por donde desapareció la mujer.
—Todavía no lo sé.
Cinco minutos después llaman a Julián.
Se levanta.
Antes de entrar a la oficina me mira.
—Deseame suerte.
—La tendrás.
Desaparece.
Yo permanezco sentado.
El tiempo parece más largo de lo que realmente es.
Entonces escucho:
—Ricardo.
Me levanto.
Una mujer me espera en la puerta.
—¡Buen día! Soy Amalia, pasa.
Entro, me indica una silla.
Revisa mi solicitud.
Hace algunas preguntas, respondo.
Por momentos temo que encuentre alguna contradicción.
Pero no encuentra nada.
O no parece encontrarlo.
Finalmente levanta la mirada.
—Tenemos una posición disponible como Car Service Attendant.
Me explica el horario.
Miércoles a domingo.
Turno nocturno.
Siete dólares con veinticinco centavos la hora.
Entrenamiento durante la primera semana.
—¿Qué tendría que hacer?
—Recibir los vehículos devueltos, revisarlos y prepararlos para el próximo cliente.
Asiento, no parece complicado, acepto.
Amalia sonríe.
—Necesito su licencia.
Se la entrego.
La copia.
Después me toma una fotografía.
Mientras espero, pienso en algo que jamás imaginé que sentiría.
Estoy nervioso por conseguir un empleo.
Como cualquier hombre que necesita trabajar.
Como cualquier inmigrante que intenta comenzar de nuevo.
Como Ricardo.
Amalia regresa con una tarjeta.
—Bienvenido a Caravan Car Rental.
La tomo, —Muchas gracias.
Salgo, camino unos pasos.
Me detengo.
Miro la tarjeta.
RICARDO CEBALLOS.
La aprieto entre los dedos.
Tengo trabajo.
Y, por primera vez, esa noticia no me parece parte de una pesadilla.
Me parece una oportunidad.
Julián sale de su oficina casi al mismo tiempo.
—¿Cómo te fue?
—Me contrataron.
—¡A mí también!
Nos damos la mano.
—¿Qué puesto?
—Driver.
—A mí me dieron Car Service Attendant.
—A mí me tomó Adecco Staffing.
—A mí Caravan.
Nos miramos.
Julián sonríe.
—Listo, Ricardo.
—¿Listo qué?
—Ya tenemos trabajo.
Sonrío, —Supongo que sí.
Por un instante siento una felicidad inesperada.
Es pequeña.
Casi absurda.
Pero es real.
Tengo trabajo.
Tengo dónde dormir.
Tengo dinero en el bolsillo.
Tengo un compañero.
Y, por ahora, tengo un lugar en este mundo.
Julián mira el reloj.
—La tía viene a buscarnos a las cinco.
—Yo tengo inducción hasta las tres.
—Yo también.
—Entonces tenemos tiempo.
Julián sonríe.
—Vamos a conocer nuestro nuevo reino.
A las diez y treinta nos conducen a una sala de reuniones.
El hombre que nos recibe se presenta como Emiliano Camarena, analista de Recursos Humanos.
Nos explica las reglas.
El servicio.
La empresa.
El trato con los clientes.
Después proyectan un video.
Observo las imágenes.
Automóviles.
Clientes.
Aeropuertos.
Empleados.
Personas entrando y saliendo.
Pienso que quizá una vida no necesita ser extraordinaria para ser nueva.
Tal vez basta con que uno despierte en ella sin saber cómo llegó.
Al mediodía nos llevan a almorzar.
Hamburguesa.
Papas y bebida.
Pastel de manzana.
Comemos juntos.
Después regresamos a la sala.
Emiliano explica que el pago será semanal.
Cheque o depósito.
El primero, necesariamente por cheque.
Nos entrega varios formularios, los observo.
Todo tiene una lógica.
Todo parece normal.
Eso es lo más extraño.
Nadie sabe que para mí no hay nada normal.
Cuando termina la inducción, Julián me espera.
—¿Vamos, Ricardo?
—¿Adónde?
—A conocer dónde vamos a trabajar.
Lo sigo, atravesamos un pasillo.
Una puerta.
Y aparece ante nosotros el espacio de servicio.
Automóviles, filas, señales.
Personal moviéndose de un lado a otro.
Julián señala.
—Acá nos presentamos.
Después indica otra dirección.
—Si seguimos por ahí salimos al Parqueadero Norte.
Caminamos.
Subimos al segundo piso.
Veo un letrero.
Bank of America.
Lo señalo.
—Ese es el banco.
Julián asiente.
—La tía dijo que te ayudaba a abrir una cuenta.
Miro nuevamente el letrero.
Una cosa más que resolver.
Banco, celular, transporte.
Poco a poco mi nueva vida comienza a adquirir forma.
Regresamos a recepción.
Nos sentamos.
Esperamos.
Y hablamos.
De trabajo.
De dinero.
De nuestras expectativas.
De lo que haremos cuando cobremos el primer sueldo.
Julián parece ilusionado.
Yo también.
Y eso me desconcierta.
Martina llega a las cinco.
—¿Cómo les fue?
—Bien —responde Julián—. Los dos conseguimos trabajo.
Sonríe satisfecha.
Durante el camino de regreso le preguntamos por qué nos contrataron empresas diferentes.
—Por las posiciones —explica—. Driver es temporal. Ahora necesitan muchos por Thanksgiving y Christmas. En cambio, Ricardo entró directamente con Caravan.
Escucho en silencio.
Trabajo temporal para Julián.
Trabajo fijo para mí.
Otra pequeña pieza que encaja.
Al llegar a casa, espero a que Julián se retire con Dino.
Luego hablo con Martina.
—Quería preguntarte algo.
—Decime, Ricardo.
—Lo de la habitación.
Ella me mira.
—Podés quedarte hasta diciembre.
—¿En serio?
—Sí. En enero quiero hacer unos arreglos en la casa. Después necesitás buscar otro lugar.
Asiento, —¿Cuánto te debo?
—Quinientos dólares por los dos meses.
La cifra me parece razonable.
—¿Cómo te pago?
—Doscientos cincuenta en noviembre y el resto en diciembre.
—Aceptado.
Martina sonríe.
—¿Algo más?
—Sí.
Me siento.
—Necesito un banco y un teléfono.
Ella piensa un instante.
—Para el banco, Washington Mutual. Yo tengo cuenta allí. Hay una oficina en Apopka.
Tomo nota mentalmente.
—¿Y celular?
—T-Mobile. Buen servicio y planes baratos.
—¿Podemos hacerlo mañana?
—Claro, hace una pausa.
—Pero van a necesitar el auto.
La miro, —¿Cómo hacemos?
—Mañana me llevan al trabajo.
Llama a a Julián cuando aparece por la puerta.
—Después se quedan con el automóvil. Hacen sus diligencias y me recogen a las cinco.
—Perfecto.
—Eso si, levanta un dedo.
—Le ponen gasolina.
Julián se ríe.
—Trato hecho.
Martina desaparece un momento y regresa con un juego de llaves.
—Otra cosa.
Me entrega una.
—Esta es para la entrada, hagan dos copias. Una para cada uno.
La miro, una llave.
Algo tan pequeño.
Pero siento que pesa más que el pasaporte.
—Gracias, Martina.
Ella me observa.
—No tenés que agradecerme tanto.
—Sí tengo.
Guardo la llave.
—Conocerte ha sido una ayuda enorme.
Martina sonríe.
—Todos necesitamos una mano amiga.
Sus palabras se quedan conmigo.
Esa noche vuelvo a acostarme en el sofá.
Pero algo ha cambiado.
Ya no pienso solamente en cómo regresar.
Pienso en mañana.
En el banco.
En el celular.
En el trabajo.
En la gasolina.
En la copia de la llave.
En los quinientos dólares que tendré que pagar.
Mi cabeza empieza a organizar la vida de Ricardo como si llevara años haciéndolo.
Y entonces recuerdo el sueño.
La habitación queda a oscuras.
Cierro los ojos.
No quiero dormir.
Sé que tengo que hacerlo.
Pero tengo miedo.
Miedo de volver allí.
Miedo de encontrar nuevamente aquello que creía olvidado.
Miedo de descubrir por qué está conmigo.
Durante años pensé que aquel episodio había quedado atrás.
Lo había guardado.
Había aprendido a vivir sin mirarlo.
Pero anoche regresó, y si vuelve esta noche...
Abro los ojos.
La oscuridad parece más profunda.
Me incorporo un poco.
Escucho la respiración de la casa.
Martina.
Amanda.
Dino.
Julián.
Todos duermen.
Yo permanezco despierto.
Por primera vez desde que llegué a esta vida comprendo que el verdadero peligro quizá no esté afuera.
Quizá esté dentro de mí.
Me acuesto nuevamente.
No sé cuánto tiempo pasa.
Finalmente cierro los ojos.
Y espero.
No al sueño.
A lo que el sueño pueda traerme.








