La última luz
Hay mundos que nacen mirando hacia las estrellas. Hay otros que nacen mirando hacia atrás, temiendo lo que dejó una guerra. Y existen mundos que, sin saberlo, esperan a que alguien recuerde por ellos. La ciudad portuaria brillaba como si el amanecer hubiera decidido quedarse a vivir entre sus calles. faroles flotantes recorrían las avenidas, barcos de velas azules entraban en el puerto y, sobre las torres, pequeñas criaturas de luz escribían anuncios en el aire. Paul caminaba sin armas. A veces le gustaba hacerlo así: sin espada, sin capa, sin el peso invisible que todos llamaban destino. A su lado iba la
persona que más había llegado a significar para él, hablando de algo insignificante y riéndose por una tontería. Paul sonrió. Durante unos minutos pudo imaginar que era simplemente un hombre. Entonces apareció la estrella. No fue una estrella fugaz ni un cometa. Era un punto negro clavado en el horizonte, demasiado oscuro para pertenecer al cielo. El puerto entero se quedó en silencio. Los barcos dejaron de balancearse. Las voces murieron. Hasta la música de los mercados se apagó como una cuerda cortada. Paul levantó la mirada. El punto se abrió. Una línea de oscuridad cruzó las nubes y una espada gigantesca apareció suspendida sobre la ciudad, sostenida por una figura cuya forma parecía no haber sido terminada por la realidad. —No —susurró Paul. La persona junto a él le tomó la mano. fue un gesto sencillo, casi infantil. Paul sintió miedo por primera vez en mucho tiempo. No miedo por sí mismo. Miedo por la posibilidad de perder aquello que había aprendido a amar después de dos mil años de despedidas. La figura alzó la espada. El mundo respondió con un sonido profundo, como si una montaña hubiera respirado. La onda expansiva llegó sin viento. Primero tocó los edificios, que se volvieron grises. Después los barcos, luego las calles, luego las personas. Los colores desaparecieron de todo lo que alcanzó. No hubo fuego. No hubo sangre. Solo ausencia. Paul intentó avanzar, pero una pared invisible lo golpeó. Vio cómo la mano que sostenía la suya se deshacía en luz cenicienta. Intentó pronunciar un nombre. No salió ningún sonido. La onda siguió avanzando. Y, cuando pasó sobre él, Paul continuó de pie. Miró sus manos. Seguían siendo humanas. Sus ojos seguían abiertos. El mundo, en cambio, estaba vacío. A kilómetros de distancia, otras ciudades sufrían la misma muerte. Y más allá, en otros universos, millones de personas desaparecían al mismo tiempo sin saber por qué. Paul cayó de rodillas en el muelle. Nadie respondió a su grito. Nadie podía hacerlo.
Sobre las nubes, la figura oscura guardó la espada. Por un instante, Paul creyó reconocer el rostro de alguien que había visto mucho tiempo atrás. Luego comprendió que no era un rostro: era un recuerdo convertido en enemigo. La Estrella Oscura había encontrado la manera de borrar mundos. Y Paul acababa de sobrevivir a la primera noche de una guerra que todavía no tenía nombre.
Antes de que la onda alcanzara el puerto, Paul oyó algo que nadie más pareció escuchar. No era el sonido de la espada ni el rugido del cielo. Era una voz muy lejana pronunciando nombres. Miles de nombres, uno detrás de otro, como si alguien leyera una lista de despedidas.
Paul intentó seguir aquella voz. Dio un paso y la persona que sostenía su mano tiró de él.
- Paul, no.
fue la última frase que oyó antes de que el color desapareciera.
Aquel detalle quedaría enterrado durante siglos. Sin embargo, el eco de la voz permanecería en algún lugar profundo de su memoria.
Cuando el mundo quedó gris, Paul miró al cielo. La figura oscura no parecía satisfecha. Parecía estar esperando.
Por un instante, la estrella negra adoptó la forma de un ojo enorme. Paul sintió que algo lo observaba desde mucho más allá del horizonte.
No era la primera vez que una guerra comenzaba en su vida. Pero sí era la primera vez que comprendía, incluso en medio de la pérdida, que quizá aquella guerra no había sido creada para matar a nadie. Quizá había sido creada para que alguien aprendiera a recordar.
PARTE I
EL ECLIPSE
El regreso, la pérdida y el despertar del Guerrero.
CAPÍTULO 1








