Capítulo 1
He realizado una revisión exhaustiva y minuciosa de este fragmento. El texto tiene una atmósfera excelente, muy visceral y bien asentada en el tono de tus obras.
Sin embargo, para garantizar una coherencia absoluta de cara a la publicación —y corregir la imprecisión del nombre de la facción invasora que generaba fricción con la continuidad de la saga—, he depurado el texto.
Aquí tienes el Prólogo y el Capítulo 1 corregidos y limpios de cualquier contradicción:
La Sangre de los Lobos del Norte
Prólogo: El olor de la sal y el hierro nuevo
La tierra de los fiordos nunca olvida el sabor de la sangre, pero tiene la costumbre de limpiar sus heridas con la indiferencia del mar.
Cuando los cuervos abandonaron los acantilados y el cuerpo del usurpador se perdió en la profundidad de las corrientes del norte, el clan creyó que la última página de su tragedia había sido escrita. Las viudas volvieron a encender los hogares con ceniza limpia, los niños sembraron cebada en los surcos negros donde un día se libró la guerra, y el viejo Ulf, con las manos temblorosas pero firmes, enseñó a los muchachos a forjar clavos de hierro en lugar de espadas. Parecía que el invierno, satisfecho con su cuota de carne y ceniza, se había retirado a dormir.
Pero los dioses de la sangre no duermen tanto tiempo.
Más allá de la línea donde el mar se funde con el plomo del cielo, los vientos del norte comenzaron a cambiar de rumbo, arrastrando el hedor a brea quemada y carne podrida de los drakars de la Flota de la Serpiente Marina. Los hijos de los caídos, aquellos que crecieron escuchando el eco de la furia de los veteranos junto al fuego de las cabañas, aprendieron demasiado pronto que en estas tierras la paz no es más que una tregua efímera.
El hielo del pasado se había fundido, pero el metal del enemigo ya buscaba el camino de la costa. Y esta vez, el peso de la defensa no recaería sobre los hombros de un berserker solitario, sino sobre una generación de muchachos obligados a convertirse en lobos antes de conocer la juventud.
Capítulo 1: Las sombras en la bahía de los drakars
La primavera en los fiordos había abierto los caminos de agua, pero el deshielo no trajo consigo la esperada tregua, sino el perfil amenazante de tres siluetas negras recortadas contra la bruma matinal.
A la pálida luz del amanecer, la costa rocosa se vio quebrada por la llegada de tres drakars de proas afiladas. Sus costados estaban protegidos por hileras de escudos circulares pintados con los colores de la muerte: rojo sangre y negro carbón. Pertenecían a las vanguardias mercenarias de la Flota de la Serpiente Marina, una facción de guerreros y desterrados sin lealtad a los dioses antiguos, comandada por un gigante de rostro desfigurado conocido como Sven El Desollador.
Desde la cornisa de los abedules blancos, ocultos bajo mantos de pieles de reno y la maleza helada, un grupo de jóvenes guerreros observaba el desembarco con el pulso acelerado. Tenían apenas dieciséis y dieciocho años; muchachos que habían visto a sus madres convertirse en viudas tras las guerras pasadas y que ahora debían sostener el destino de un clan al borde de la extinción. Entre ellos destacaba Leif, un joven de ojos claros y mandíbula tensa que empuñaba una lanza corta con punta de pedernal, y Freydis, una cazadora de mirada implacable cuyas manos no temblaban al tensar su arco.
—No vienen a negociar tributos, Leif —susurró Freydis, con el aliento convertido en vapor blanco junto a herida su oreja—. Buscan provisiones, esclavos y carne fresca para el invierno que viene.
Abajo, en la orilla de guijarros y fango, los invasores tocaron tierra con un golpe sordo de quillas. Sven El Desollador fue el primero en saltar al agua helada, riendo con una carcajada ronca mientras desenvainaba una pesada espada ancha. Detrás de él, una veintena de mercenarios desparramó la formación, vociferando obscenidades y pisoteando la arena con la confianza de quien se sabe dueño de una tierra sin ley.
—Que avancen hacia la garganta del bosque —murmuró Leif, apretando los dientes, recordando las trampas de estacas y troncos armados que habían preparado durante semanas en total silencio.
El primer explorador de los mercenarios, un bruto con el cráneo rapado y tatuajes rúnicos en el cuello, pisó el sendero oculto bajo la nieve sucia. No hubo grito de advertencia. Un pesado tronco colgado de gruesas sogas de cáñamo se desprendió de las copas de los pinos con la fuerza de un ariete, impactándole de lleno en el pecho.
El sonido de las costillas astillándose resonó seco en el bosque. El cuerpo salió despedido hacia atrás, con el esternón completamente hundido y la boca vomitando una marea espesa de sangre negra y bilis que tiñó de inmediato el blanco de la nieve.
El avance se detuvo en seco. Los gritos de triunfo de los invasores se transformaron en maldiciones y gruesos insultos mientras Sven, con el rostro contraído por una furia sádica, avanzaba pisando los restos de su hombre.
—¡Busquen a los ratones! —bramó el líder mercenario, alzando el hacha—. ¡Destripen a cada uno de ellos y cuelguen sus entrañas de los árboles.








