Create New List
Share with your friends
Customize readability

Five Nights at Freddy’s: The Missing Children

Summary

Fanfic de FNAF basado en la teoría: Jeremy y Fritz, los guardias de FNAF 2, son padres de los niños que William Afton asesinó en 1985, padres de dos de esos cinco niños. En 1985, cinco niños desaparecieron dentro de un restaurante familiar. Nunca se encontraron cuerpos. Nunca hubo respuestas. Solo silencio... y un nombre que nadie se atrevía a decir en voz alta. Dos años después, cuando un nuevo local abre sus puertas, dos hombres consiguen trabajo como guardias nocturnos. Jeremy Fitzgerald y Fritz Smith no están ahí por el salario... sino por algo que nunca pudieron enterrar. Ambos perdieron hijos aquella noche: Jeremy y Fritz juniors. Ambos aún escuchan sus voces. Mientras las horas avanzan y los animatrónicos comienzan a moverse de formas que nadie puede explicar, Jeremy y Fritz descubrirán que el lugar no solo guarda secretos... sino recuerdos. Recuerdos que los observan. Que los reconocen. Y que no están dispuestos a dejarlos ir. Porque algunos nombres no desaparecen. Solo cambian de lugar. Y en Freddy's, sus nombres siguen en las listas. Creditos al autor original: Scott cawthon.

Status
19h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Chapter 1

La sala se llenaba de luces cálidas y resonaba la melodía con voces y pasos metálicos.

"Ven a jugar, quédate aquí, en Freddy Fazbear todo es para ti~ Ríe y canta sin parar, que nunca te vas a marchar~

—No quiero sonar como una gallina, pero estas cosas no me gustan para nada; son un poco tétricos.

Jeremy Fitzgerald sostenía su soda sin apartar la mirada de Freddy, Bonnie y Chica.

—¿Quieres que te diga qué no me gusta a mí? —replicó Fritz Smith con un toque irónico—. La pizza. Es increíble que siquiera consideren queso a esta cosa.

Fritz sostenía con desdén una rebanada de pizza.

"Ríe y canta sin parar..."

Freddy se movía de lado a lado, abriendo y cerrando su boca, de la cual emitía una voz metálica pero melódica, sus fuertes pisadas y unos dientes que accidentalmente podrían arrancarle el lóbulo frontal a alguien.

Bonnie giró la cabeza un poco más de lo normal, un movimiento seco que hizo fruncir el ceño a Jeremy.

—Eh... —Jeremy volteó a ver a su amigo.

—Están viejos, seguro algo ya les falla —dijo Fritz despreocupado.

Jeremy no dijo nada, pero no dejó de mirar con cautela. Por un segundo, juraría que algo en ese gran escenario le observaba. Parpadeó; todo volvió a la normalidad.

"Ríe y canta sin parar..."

Veían a sus hijos al frente del escenario, emocionados, bailando al ritmo de la música, con movimientos fluidos no por táctica, sino por pasión.

—¡Me encanta Bonnie! —exclamó Jeremy Junior, de 8 años, sin apartar la vista del conejo y de su guitarra roja.

—Si no fuera por Foxy diría lo mismo —Fritz Junior, de 7 años, empezaba a frenar sus movimientos. Hizo una mueca pensativa—. Ya me estoy aburriendo, ¿por qué no vamos al arcade?

Su ojo se fijó a la derecha; las maquinitas con sus pantallas apagadas brillaban aún con la luz del pasillo.

—¡Muy bien! —exclamó emocionado.

Jeremy se dirigió a Fritz:

—Pero me alegra ver a mi niño divirtiéndose tanto.

Forzó una sonrisa, a lo que su acompañante asintió sin voltear a verlo. Vieron a sus hijos de pronto pararse rectos y caminar hacia ellos.

—Papás, iremos a jugar al arcade —anunciaron al unísono.

Fritz asintió y le entregó unas monedas a su hijo. Duditativo, Jeremy hizo lo mismo con el suyo.

—No se alejen mucho —dijo más por reflejo que por preocupación.

—Entendemos —replicaron girándose.

Fritz apenas se volteó hacia ellos; Jeremy mantuvo la mirada por unos segundos más, viéndolos alejarse. Sus figuras se perdieron entre las luces y otros niños. Sintió una pulsada en su ser, pero la música seguía.

"...que nunca te vas a marchar~"

Parpadeó. La cabellera amarillenta de su hijo y la rojiza de su amigo se alejaban.

Las luces en el arcade parpadeaban en patrones irregulares, tiñendo el alrededor de colores vivos, con pitidos sonoros, explosiones digitales y melodías chocando entre sí entre murmullos y risas de otros chicos. Los Juniors corrían y veían sin decidirse rápido qué juego ocupar.

—Pac-Man —señaló el mayor.

Se desplazaron a la máquina. Su amigo se aventuró antes a insertar la moneda. La pantalla cobró vida. Puntos, fantasmas, movimientos constantes...

—¡Cuidado, Smith, te van a atrapar! —alertó sin perder de vista cómo los fantasmas iban rodeándolo.

—Los tengo controlados...

Y perdió.

—¡No puede ser! —exclamó incrédulo.

—Sí puede ser —sacó su moneda con una sonrisa.

Duró la mitad del tiempo que el anterior.

—Cambio —anunció Fritz Jr. moviéndose, a lo que su compañero le siguió.

Se desplazaron a una máquina más grande, más ruidosa. Fortuitamente, una niña acababa de terminar de usarla y les hizo señas.

Galaga.

—Aquí sí te ganaré, colega —sentenció.

Disparos, luces, naves encendiéndose en impecables patrones.

—¡Ahí está, dispárale!

—¡Ya lo había visto!

Y ¡boom! Ambos rieron.


—Vamos, una más y luego vemos si entre hoy y los otros días ya tenemos suficientes tickets para algo bonito.

—¿Qué te comprarás, Jeremy? ¿Un peluche de Bonnie?

—Sí.

—Yo quiero un Garfield de Foxy.

Contemplaron Donkey Kong.

—¡El perdedor le debe una ficha y un ticket al ganador!

—¡Hecho, Fritz! —exclamó con ferocidad.

Y el personaje saltaba y saltaba, evadiendo la danza y los ataques del mono mientras apretaba los botones.

Su estancia en los juegos ya se había demorado una hora entera, con las luces sin dejar de parpadear y el pitido de las máquinas sin callar; no se dieron cuenta en qué momento pasaron a ser los únicos niños en el arcade. Se dirigían, tras haberlo prolongado amenamente, a la estantería para conseguir los peluches, pero no había nadie atendiendo.

—¿Hola? —soltaron al unísono.

Silencio.

Por un segundo, se miraron el uno al otro, parpadeando. Jeremy siguió recorriendo con la mirada los premios. En una estantería, uno al lado del otro, se hallaban: Freddy, Chica, Foxy... y uno más, apartado del resto.

Un conejo... pero no morado. Dorado.

Frunció el ceño.

—Colega, no seas tan exigente, es lo que buscabas pero en dorado... De hecho, creo que es mejor así; sabes que yo tengo la versión dorada de Freddy.

—El dorado es mi color menos favorito —replicó sin apartar la mirada del peluche, apretando un ticket suelto que traía en su mano; los demás los tenía en sus bolsillos.

—Muchachos.

La voz sonó detrás de ellos, tan metálica como suave.

Los niños palidecieron. Se giraron lentamente y ahí estaba: un conejo alto, amarillo, inmóvil, posando sus ojos blanquecinos y centellantes en ellos. El traje se veía deteriorado, con costuras visibles, y su sonrisa era demasiado tensa y fija.

Jeremy sintió una gota de sudor surcando su frente.

—P-perdón, señor conejo, quise decir que el dorado es mi segundo favorito, solo después del morado.

La figura no respondió de inmediato; solo observó detenidamente. Finalmente asintió con la cabeza, lenta y meticulosamente. Levantó la mano, señalando al fondo, donde las luces se iban oscureciendo, con la promesa de hallar por ahí los ansiados objetos: el Garfield y el peluche del Bonnie morado original.

A ya varios pasos de distancia, los pitidos del arcade finalmente parecían cesar, resultando anacrónicos. Por un segundo, Jeremy giró la cabeza hacia atrás.

—Fritz, no creo que... —murmuró.

—Yo quiero mi Garfield —interrumpió con el mismo bajo volumen de voz—. ¿Acaso no quieres tú a Bonnie? No seas nenaza.

Le dio un pequeño zape.

Jeremy no se dio cuenta de que había dejado caer su ticket; le temblaba la mano.

El pasillo se fue estrechando, todo se volvía oscuro al irse acercando a la puerta entreabierta. Los pasos parecían una eternidad. Finalmente, el conejo se detuvo frente a ella, inmóvil, esperando. Fritz dio un pequeño paso más. El conejo llevó su mano a la manecilla, haciéndola girar.

Jeremy permaneció inmóvil un par de segundos más de lo necesario, viendo a Fritz desaparecer en el umbral de la puerta junto a la figura amarilla. Escuchó a su amigo por última vez:

—Será rápido.

Dudó un segundo más.

Y entró; y los siguió, siguió al conejo amarillo.

La puerta se cerró.

El canto no paraba, la fiesta no paraba ni se callaba.

"Ríe y canta sin parar..."

Fitzgerald parpadeó dos veces.

—¿No crees que ya se demoraron demasiado?

—Vamos, no digas eso, se están divirtiendo.

—Seh... —repitió, pero no convencido.

Se volteó. Ya hacía rato que había visto a muchos niños volviendo a las mesas, con sus sonrisas de oreja a oreja, premios en mano y una gran y entrañable alegría propia de la infancia. Cabellos castaños y oscuros; ninguno tenía su bien heredada cabellera dorada, ni la rojiza y enredada que caracterizaba al hijo de su amigo.

Más minutos pasaron... más minutos... y más...

Se levantó y miró la hora en su reloj.

—Creo que ya es hora de retirarnos —sentenció.

—Está bien —accedió Fritz somnoliento—. Mi esposa se enojará si seguimos aquí por más tiempo.

—Iré yo por ellos.

Caminaba un poco más rápido de lo usual por la zona.

—¡Hijo!

Revisaba máquina por máquina en intervalos de gritos comedidos.

—¡Niños! —llamó más fuerte que antes esta vez.

Posó la mirada en un empleado al que veía barrer.

—Disculpe, señor, ¿ha visto a dos niños? Uno rubio de ojos azules y uno pelirrojo de ojos verdes.

El empleado apenas lo volteó a ver.

—Lo siento, pero no.


Se dirigió a otro lado. En eso se le vino a la mente algo clave: los baños, seguro estaban ahí. Por un segundo se alivió, pero pasaron los minutos y nadie salió.

Empujó la puerta, tocó.

—¿Hijo?

Nada.

Y más tiempo y... nada. El alivio se deshizo.

No se dio cuenta de en qué momento su amigo estuvo detrás de él.

—¿Y bien? ¿Dónde están? —cuestionó impaciente.

—Yo... no lo sé... —Fitzgerald tragó saliva.


Juntos recorrieron más la zona.

—Junior, no me provoques, ¿en dónde coño te has escondido? —gruñó Smith. No era la primera vez que su hijo le jugaba una mala pasada.

A diferencia de antes, y a diferencia de su amigo ahora, cada paso que daba Jeremy era más comedido, más lento y calculated, mirando a cada rincón. En eso sintió algo bajo su zapato. Se detuvo, bajó la mirada y levantó el pie: un ticket, uno solo apartado de cualquier otro; ahora maltratado y aplastado.

Jeremy se inclinó, recogiéndolo. Lo sostuvo con cuidado, como si fuera especial.

La música finalmente culminó.

"Ha sido una delicia... gracias por venir. Vuelve pronto. Freddy siempre recuerda a sus amigos."

—¡No pudieron haberse ido! Hace una hora estaban con nosotros... Por favor, búsquenlos... —Jeremy temblaba en cuerpo y voz.

Fritz solo apretaba los dientes y los puños, impotente, inmóvil.

—Haré lo que se pueda, señor —juró el oficial del local.

Jeremy bajó la cabeza; sintió sus ojos vidriosos.

—Hace una hora —repitió en un tenue susurro.

Cinco Niños Desaparecidos en Local Infantil

Freddy's Fazbear Pizza, 26 junio 1985

Las autoridades investigan una serie de desapariciones de menores vinculadas al establecimiento Freddy's Fazbear Pizza, acontecidas durante el mes de junio.

El primer incidente se vio reportado la noche del viernes 31 de mayo, cuando dos niños desaparecieron simultáneamente en el local. En un inicio se consideró que habrían abandonado el lugar por su cuenta o que se habrían extraviado.

Desde entonces se han registrado nuevos casos: más menores desapareciendo en circunstancias similares, esta vez de forma aislada.

Los nombres de los niños identificados son los siguientes: Fritz, Jeremy, Gabriel, Susy y Cassidy.

De momento no se ha hallado ninguna pista significativa de sus respectivos paraderos.

Algunos testigos han mencionado la posible presencia de un individuo disfrazado del personaje identificado como Springbonnie, también conocido como Bonnie Dorado. Dicha información no ha sido confirmada por las autoridades.

Las investigaciones continúan.

El papel temblaba en las manos de Jeremy. No bajaba del tercer párrafo, no podía. Su mirada era precavida, como leyendo algo peligroso. Sus ojos bajaron, lenta y cautelosamente.

"Jeremy".

Ese nombre, maldito y bendito a la vez, no desaparecía, no se borraba ni cambiaba. Hasta que sus propias lágrimas cayeron, haciéndolo perder legibilidad. Sus dedos cerraron el periódico, arrugándolo.

—Hijo...

Jeremy no soportó más y estalló en llanto, un mar de lágrimas que inundaron el vestíbulo, cortándole la vitalidad.

Un piso abajo, su esposa se refugiaba en la cama, cubriéndose con una cobija y abrazando una gran almohada desconsoladamente.

Fritz no veía a su esposa, no la veía a los ojos; apretaba sus dientes y sus puños.

—¡Eres un maldito idiota, tonto descuidado! —la señora Smith gritaba a todo pulmón, con más fuerza que sus lágrimas—. ¡Te encargué a mi hijo solo una noche! ¡Una!... ¡Una noche y...!

La voz de su mujer se quebró antes de continuar.

Él no estaba prestando atención a los gritos de su pareja. Ella tenía razón. No necesitaba escuchar, sabía que era su culpa; nunca debió dejarlo jugar solo en el arcade...

—También era mi hijo —masculló apenas.

El silencio de su esposa fue peor que los gritos.

Entonces reparó en algo clave que había ignorado ingenuamente. Hace un par de años, no en ese mismo local pero sí en una locación hermana (Fredbear's Family Diner, creía que así se llamaba), un niño fue mordido por Fredbear, al que ahora todos preferían llamar Freddy Dorado; y semanas atrás... fue hallado el cuerpo de una niña en un callejón del mismo establecimiento.

Siempre hubo algo mal ahí. Y aun así... lo llevó, llevó a su hijo a las garras de sea lo que haya sido eso...

Cerró los ojos con todas sus fuerzas, aun con las lágrimas emergiendo.

Sin duda, era el hombre más idiota del mundo.

Jeremy Fitzgerald recorría los pasillos del nuevo local. Era aún más grande, más pulcro y más espacioso que el viejo, cerrado en ese mismo 1985, meses después de haber perdido a su niño. Sus pasos cesaron cuando se halló frente al escenario. Su linterna apuntó hacia los personajes: Freddy, Bonnie, Chica.

Pero no eran como antes; eran nuevos diseños. "Toys", la nueva gama de animatrónicos: caras más suaves, sonrisas más amplias y ojos... demasiado atentos. Y con escáner facial para identificar criminales.

Bajó un poco la linterna. Soltó una risa seca; como si antes no hubiera sido necesario. Y aun así, quizá no hubiera bastado.

Reparó en Bonnie, Toy Bonnie. El conejo ya no era morado (ni amarillo): era azul, delgado y con pestañas increíblemente expresivas, más pulido, con un diseño más estilizado y las mejillas pintadas de rojo imitando un sonrojo, haciéndole dudar del hipotético género del personaje. No sabía si ahora era más amigable o más incómodo. Jeremy no mantuvo mucho tiempo la mirada en los nuevos animatrónicos.

Caminó un poco más hasta encontrarse con una puerta. Sacó la llave de su bolsillo y giró la manecilla; el clic sonó demasiado fuerte para su gusto. Se encontró con su oficina de guardia nocturno. Dudó un segundo, cerró la puerta y tomó asiento. La mesa estaba ocupada con varios papeles, un ventilador activo para refrescar el ambiente y un teléfono.

El silencio no se prolongó demasiado. Escuchó el teléfono sonar y la mesa temblar. No se movió de inmediato. Sonó una vez más. Suspiró, alargó el brazo y contestó.

—¿Hola?

Tras un pequeño momento de silencio, se distinguió una voz. Sintió gotas de sudor recorrerle la frente, disipándose por el aire del ventilador. La voz era artificiosamente tranquila, ensayada. Jeremy escuchaba atentamente.

Fritz Smith estaba dando vueltas por su habitación. El reloj marcaba las 00:00. Su amigo ya debía estar en ese maldito establecimiento. Fritz, ansioso, no podía dormir y se imaginaba que era él quien estaba ahí, no Jeremy. Se frustró un poco por no haber sido el elegido, pero Jeremy le había ganado.

—Más vale que esto sirva de algo... —susurró a una fotografía familiar.

Sin duda, el triángulo era la figura perfecta: un hombre (él), un niño y una mujer; tres sonrisas perfectas.

Dirigió su mirada a la cama, que ahora le parecía demasiado grande. Su lado estaba intacto; el de ella, vacío desde hacía tiempo. Le dijo que no podía volver a mirarlo a la cara; no dejaba de buscar en él al único culpable. Apretó su taza. Los había perdido a los dos en un solo suceso.

Cerró los ojos, pero no iba a dormir; no podía. Y en algún lugar... una voz seguía sonando.

Miró una vez más la foto: tres sonrisas antes, ahora ninguna.

Let Kevin Canon know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Reaper's Rose

Quenda: Overall a good story. Looks like it is in need of a good proof reader as it contradicts itself at times...but overall a good story.

Read Now
The Easter Bunny

Mia: Really nice story

Read Now
We Only Fake It on the Weekends

Ashley Pierce: Loved this story!! Awesome work!!

Read Now
THE WOMAN HE BOUGHT

Jkind12: Great story but I didn’t like the gap of 4 years in the end! It’s like the writer quit.!

Read Now
Broken Halos MC

Ashley Pierce: Touching story and great plot

Read Now
Bear Shifter Secrets

Felicia: This is the 2nd book im reading of this writer. And I enjoyed it just as much as the first, Marked while we slept. Worth the read. Very good writer

Read Now
Bound to the Bear

Marie: Omg such a sweet story .. couldn't stop reading such a heart felt journey ♥️

Read Now
My Blacksmith Savior

Matilde: I am really liking the book so far, well written and very wholesome

Read Now