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Tentación Oscura

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Summary

UN CALLEJÓN EQUIVOCADO EN CALABRIA FUE SUFICIENTE PARA QUE ADA LARSEN DEJARA DE EXISTIR PARA EL MUNDO. Secuestrada por la 'Ndrangheta y llevada a la villa Venturiello, pronto descubre que hay lugares de los que nadie vuelve siendo la misma persona. Entonces conoce a Lorenzo Venturiello. Frío. Intocable. Peligroso. El hombre al que todos temen decide convertirla en parte de su mundo, arrastrándola a una oscuridad donde el poder, la obsesión y el deseo se confunden demasiado rápido. PORQUE EN CALABRIA, ACERCARSE AL HOMBRE EQUIVOCADO PUEDE COSTARTE MUCHO MAS QUE LA LIBERTAD

Genre
Romance
Author
MFR
Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 01

12 de enero

El sol me pega en la nuca como si alguien hubiera dejado una mano abierta ahí. No molesta. Es cálido, pesado, casi cariñoso. Theo duerme todavía en la habitación del hotel, con la persiana a medio bajar y el ventilador girando perezoso. Ronca suave. Yo no pude dormir más. El mar está demasiado cerca y hace ruido toda la noche, como si respirara contra la orilla.

Salgo descalza al balcón. Abajo, la playa ya tiene cuerpos tempraneros: familias con sombrillas a rayas, niños que corren detrás de olas pequeñas. El agua es de un azul imposible, de esos que en las fotos parecen editados. No lo son. Aquí el mar es así de hermoso.

Decido caminar. No le dejo nota a Theo. Solo me pongo el vestido blanco de algodón que compré en el aeropuerto, las sandalias planas y el sombrero de paja que me hace parecer una turista de catálogo. Quiero perderme un poco. No por rebeldía. Solo porque puedo.

Las calles suben. Empiezan anchas, con terrazas de bares que huelen a café y cornetti recién hechos, y luego se estrechan. Se vuelven callejones de piedra gastada donde apenas pasa una persona. Las casas se pegan unas a otras, balcones con geranios rojos que gotean sobre mi cabeza. De vez en cuando una ventana abierta deja salir música italiana vieja, o el sonido de platos. Alguien fríe algo con mucho aceite. Huele a hogar ajeno.

Me gusta esto. Me gusta que nadie sepa quién soy. Camino sin rumbo fijo, giro a la izquierda cuando quiero, subo escaleras que no llevan a ningún lado importante. Paso por una tiendita donde una señora mayor me mira desde el umbral. No sonríe. Solo observa. Sus ojos son negros y quietos. Le digo buongiorno. Ella asiente una sola vez y sigue mirando.

Sigo. El sol ya quema más. Me quito el sombrero y lo llevo en la mano. El sudor me resbala por la espalda. Encuentro una placita diminuta con una fuente seca y tres mesas de bar vacías. Me siento. Pido un acqua minerale frizzante. El camarero, un chico de unos veinticinco, me trae la botella y un vaso sin hielo. Me mira más tiempo del necesario. No es descaro. Es evaluación. Como si estuviera midiendo algo en mí. Le sonrío por cortesía. Él no devuelve la sonrisa.

Cuando me levanto, ya no estoy sola en la plaza. Hay un hombre apoyado en la pared del fondo. Traje oscuro, pese al calor. Gafas de sol. No se mueve. Solo está ahí. Lo registro, pero no me alarmo. Calabria tiene hombres que miran. Es parte del paisaje.

Sigo caminando. Los callejones se vuelven más oscuros. El sol apenas entra. Las paredes están húmedas aunque no ha llovido. Huele a piedra antigua y a algo metálico que no identifico. Giro a la derecha. Luego a la izquierda. Subo unos escalones. Bajo otros. No me pierdo de verdad. O eso creo.

Entonces lo escucho: pasos. No míos. Detrás. Regulares. No corren. Solo siguen.

Me detengo. Me doy vuelta. Nadie. Solo el callejón vacío y un gato gris que me observa desde un escalón.

Sigo. El corazón late un poco más rápido, pero me digo que es el calor, el subidón de endorfinas de caminar sola en un lugar desconocido. Giro otra esquina.

Y ahí están.

Dos figuras enmascaradas. El primero, un hombre corpulento con guantes de cuero, me embiste con fuerza, estrellándome contra la pared. El impacto me saca el aire de los pulmones; siento el crujido de mis costillas al chocar contra la piedra fría. "¡Qué caraj...!" grito, pero mi voz se ahoga en un gemido cuando el puño del agresor se hunde en mi estómago, doblándome en dos.

Lucho con ferocidad instintiva, alcanzo a arañar el brazo del hombre, hasta sentir la piel romperse. Sangre caliente corre por mi mano, pero el segundo secuestrador ya esta sobre mi, un tipo delgado y ágil que me sostiene mientras el otro saca algo del bolsillo. No es un arma. Es un paño. Blanco.

Intento soltarme pero es imposible.

—No —digo. Suena ridículo. Pequeño.

"No te resistas, perra", sisea el corpulento, en lo que pone el paño sobre mi boca y nariz. Intento no respirar. No sirve. El aroma químico entra igual. Los pulmones arden. La vista se me nubla.

Lo último que veo es el callejón. La piedra antigua. Un geranio rojo colgando de un balcón. Y luego nada.

Cuando despierto estoy en movimiento. Un vehículo. Oscuro. Sin ventanas. Me duele mucho la cabeza.

No lloro. No grito. Solo pienso: Theo va a despertarse y yo no voy a estar. Va a llamar a la policía. Va a buscarme.

Pero ya es tarde.

Y entonces, en la oscuridad del furgón, alguien habla por primera vez. Voz grave. Calma. Italiana del sur, pero limpia.

—Quiere verlas.

Y entonces lo noto... no soy la única, en la oscuridad de la furgoneta alcanzo a percibirlo.

Nadie responde. Nadie necesita hacerlo.

Solo siento que el vehículo acelera un poco más.

Y entiendo que el descanso terminó.

Que Calabria no era solo sol y mar.

Que era territorio.

Y que yo ya no soy Ada.

Soy un nombre en una lista.

Que alguien decidió quedarse.

Los minutos parecen horas dentro de la maldita furgoneta.

No veo nada.

Ni siquiera mis propias manos.

Mi boca sabe a metal y bilis. Intento tragar, pero la lengua se me pega al paladar. No he bebido nada desde el café.

El interior está a oscuras, sin ventanas, sin aire, sin tiempo. Solo siento el metal frío contra mi espalda, el hedor a sudor rancio y algo metálico, como sangre seca.Acompañado por el movimiento constante del vehículo sobre la carretera. Cada bache me sacude el cuerpo como si quisiera recordarme que esto no es un mal sueño.

Es real.

Intento recordar en qué momento todo se torció. La calle, las luces, los pasos detrás de mí. Una mano. El olor a algo químico. Después, nada.

Trago saliva. La garganta me arde. Los golpes que me dieron duelen.

No estoy sola.

Lo sé por los sonidos.

A mi izquierda alguien respira rápido, entrecortado, como si estuviera a punto de romperse. A la derecha hay un leve sollozo, ahogado, repetido. No veo sus caras, no sé cómo son, pero sé que son mujeres. Lo siento en la forma en que se encogen, en el temblor de sus respiraciones.

—¿Hola? —susurro.

Mi voz suena extraña, pequeña, como si no fuera mía.

Nadie responde al principio. Solo el motor, constante, pesado.

Después, el sollozo se vuelve un poco más fuerte.

—Por favor... —dice una voz temblorosa en algún idioma que no entiendo del todo.

No sé qué decir. No sé qué hacer. Extiendo la mano en la oscuridad hasta que rozo una rodilla. La persona se estremece, pero no se aparta.

—Todo va a estar bien —digo, aunque la frase me suena ridícula incluso a mí misma.

No estoy segura de nada.

El aire dentro de la furgoneta es denso. Intento respirar lento, pero cada bocanada parece quedarse atascada en el pecho. Alguien se ha orinado del miedo y nadie dice nada. El líquido se enfría contra mi muslo, pegajoso.

Theo.

El nombre aparece en mi cabeza como un salvavidas.

Debe estar despertando ahora. Buscándome en la cama. Llamándome. Seguro piensa que salí a caminar. Que me perdí entre las calles. Que en cualquier momento voy a volver al hotel con una sonrisa y una historia.

Cierro los ojos con fuerza.

Ojalá fuera eso.

La furgoneta frena de golpe. Mi cuerpo se inclina hacia adelante y choca con algo duro. Una de las chicas suelta un quejido.

Escucho voces afuera. Hombres. No alcanzo a entender lo que dicen, pero sus tonos son tranquilos, casi aburridos. Como si estuvieran hablando de un paquete, no de personas.

El motor se apaga.

Silencio.

El sonido del portón al abrirse.

Grava crujiendo bajo las ruedas.

La furgoneta avanza unos metros más y se detiene otra vez.

Mi corazón late tan fuerte que siento que me va a romper las costillas.

La puerta trasera se abre de golpe. Una franja de luz entra como un cuchillo, obligándome a entrecerrar los ojos. Todo es demasiado brillante después de tanta oscuridad.

—Fuera —ordena una voz.

No me muevo.

Una mano me agarra del brazo y me obliga a bajar. El suelo es de tierra caliente. El sol me pega directo en la cara. Parpadeo varias veces hasta que el mundo deja de verse borroso.

Es una casa grande, de paredes claras y persianas cerradas. Parece tranquila. Normal. Como si dentro no estuviera pasando nada.

A mi lado bajan las otras dos mujeres.

Una es morena, con los ojos rojos de tanto llorar. La otra es rubia, más baja que yo, y tiene la mirada perdida, como si ya se hubiera rendido.

Ninguna habla.

Nos empujan hacia la entrada.

El interior es frío, silencioso, elegante. El suelo de mármol refleja la luz. Todo está limpio, ordenado. Eso me pone peor. No hay nada improvisado aquí. Todo parece planificado.

Al fondo del pasillo hay una mesa. Detrás de ella, una mujer elegante revisa unos papeles.

Cabello oscuro recogido, vestido negro, postura perfecta. No parece alguien peligroso. Parece alguien que da órdenes en una oficina importante.

Levanta la vista cuando nos acercamos.

Nos observa una por una. Sin emoción.

—Teléfonos —dice.

Uno de los hombres se acerca y deja sobre la mesa tres móviles.

Luego señala mi bolso.

—Documentos —ordénala mujer y el hombre los deja sobre la mesa.

La mujer los abre.

—Ada Larsen —lee con calma—. Veintiún años. Dinamarca.

Cierra el pasaporte y lo deja junto a los otros.

—Tienen una deuda de viaje —dice Bianca mirando los pasaportes—. Treinta mil euros cada una. Trabajarán hasta pagarla. Con intereses.

Siento un vacío en el estómago.

—¿Qué significa eso?

Ella se levanta. Camina hacia nosotras con pasos suaves.

—Significa que ahora pertenecen a la organización.

Las otras chicas comienzan a llorar.

Yo me quedo inmóvil.

—Mi nombre es Bianca Ferraro —dice—. Pero aquí me llaman La Dama. Yo me encargo de prepararlas.

—¿Prepararnos para qué? —pregunta la chica rubia, con la voz rota.

Bianca la mira con una calma que me hiela la sangre.

—Para ser útiles.

El silencio se vuelve pesado.

—Esto es un error —digo—. Mi novio me está buscando.

Bianca sonríe levemente.

—Tal vez. Pero eso ya no cambia nada.

—No pueden hacer esto.

—Ya lo hicimos.

Siento náuseas.

—¿Qué van a hacer con nosotras?

Bianca regresa a la mesa, revisa los papeles y responde como si hablara del clima:

—Algunas serán vendidas. Otras trabajarán en clubes. Otras... dependerá de quién pague por ustedes.

Vendidas.

La palabra se clava en mi cabeza.

Bianca saca una tablet y fotografía nuestras caras, de frente y perfil, como fichas policiales. 'Sonrían', dice sin ironía. Nadie sonríe.

Nos hacen avanzar por el pasillo. Nadie se resiste. Es como si el miedo nos hubiera robado la voluntad.

Mientras camino, lo entiendo.

No es un error.

No es algo temporal.

No es una mala noche.

Nos han convertido en mercancía.

Y no tengo idea de cómo voy a salir de esto.

Al final del pasillo un par de puertas se abren frente a nosotras y nos empujan dentro. La rubia tropieza antes de caer al suelo, la morena toma asiento en la cama y se cubre el rostro antes de comenzar a sollozar. Las puertas detrás de mi se cierran y me muevo a la ventana con cortinas.

La tela de la cortina es gruesa, áspera al tacto. La aparto apenas y lo que encuentro del otro lado me deja el estómago vacío: barrotes de hierro, soldados en la pared exterior como si fueran parte de la construcción. No hay vista, no hay calle, no hay cielo. Solo un patio gris y cemento agrietado.

Respiro hondo y me obligo a girar.

La habitación es simple, casi desnuda. Tres camas de una plaza, alineadas contra la pared. Colchones finos, sábanas blancas demasiado limpias para este lugar. Una mesita de metal en el centro, sin cajones. Una lámpara en el techo que emite una luz fría, sin sombra donde esconderse.

No hay cuadros.

No hay espejos.

No hay nada que pueda romperse.

Nada que pueda usarse como arma.

La rubia sigue en el suelo, apoyada sobre las manos, como si todavía no entendiera dónde está. La morena solloza en silencio, encogida sobre la cama, los hombros temblando.

Me aclaro la garganta.

—¿Cómo te llamas? —pregunto con voz baja, acercándome primero a la rubia.

Ella levanta la mirada. Tiene los ojos hinchados y rojos.

—Sofíe —susurra, con un acento italiano.

Asiento y me vuelvo hacia la otra.

—¿Y tú?

La morena tarda en responder. Se limpia las lágrimas con el dorso de la mano.

—Kaima.

—¿De donde vienes?

—Nigeria.

El silencio vuelve a caer sobre la habitación. Espeso. Pegajoso. Como si las paredes escucharan.

—Ada —digo al final, señalándome el pecho—. Me llamo Ada.

No hay sonrisas. Solo asentimientos débiles, como si ese gesto ya nos costara demasiado.

Un golpe seco contra la puerta nos hace dar un salto.

La cerradura gira.

La puerta se abre.

La mujer de antes entra primero, elegante, erguida, con esa sonrisa suave que no alcanza a sus ojos. Detrás de ella vienen dos hombres grandes, vestidos de negro. No dicen nada. Solo ocupan el espacio.

El aire en la habitación cambia. Se vuelve pesado, sofocante.

Bianca me observa directamente a mí, como si las otras dos no existieran.

—Tú —dice, señalándome con un dedo perfectamente manicurado.

Me acerco sin discutir. No quiero que toquen a las otras.

Ella me rodea despacio, evaluándome. Sus ojos recorren mi rostro, mis hombros, mis caderas. Me levanta el mentón con dos dedos, obligándome a sostenerle la mirada.

—Altura adecuada... piel limpia... dientes en buen estado —murmura, casi para sí misma.

Aprieto los puños.

—Ada Larsen —dice mi nombre y asiente, como si confirmara algo en su cabeza. Luego se gira hacia las otras.

—¿Y ustedes?

—Sofíe —responde la rubia, temblando.

—Kaima —susurra la morena.

Bianca sonríe.

—Bienvenidas a su nueva vida, chicas.

Ninguna responde.

Ella hace un gesto con la mano.

—Llévenlas.

Uno de los hombres abre la puerta de nuevo.

—¿A dónde? —pregunta la nigeriana, con voz rota.

Bianca ni siquiera la mira.

—Revisión médica. Ducha. Ropa nueva.

Se detiene un segundo antes de salir.

—Mañana las trasladan.

La palabra queda flotando en el aire.

Trasladan.

No dice a dónde.

No dice para qué.

El pasillo es largo y silencioso. Solo se escucha el eco de nuestros pasos y el roce de las suelas contra el piso pulido. Los hombres no dicen una palabra. Caminan detrás y delante de nosotras, como si fuéramos equipaje frágil... o peligroso.

Nadie intenta hablar.

Giramos por otra esquina y una puerta blanca se abre. El olor a desinfectante golpea la nariz al instante. Frío. Estéril. Impersonal.

—Primero tú —dice uno de los hombres, señalándome.

Entro.

Es una sala médica pequeña. Una camilla de cuero gris, una mesa con instrumentos, un biombo, un lavamanos de acero. Una mujer con uniforme blanco levanta la vista desde una carpeta. No sonríe.

—Quítate la ropa.

La orden cae como una piedra.

Dudo apenas un segundo, pero uno de los hombres sigue en la puerta. Observando. Esperando. Así que me quito las sandalias. Luego el vestido con dedos torpes. Luego la ropa interior.

El aire frío me eriza la piel.

La enfermera anota algo.

—Sube a la camilla.

Lo hago. El cuero está helado.

Ella comienza la revisión sin decir casi nada. Me mide, pesa. Me examina los ojos con una linterna pequeña, me abre la boca, revisa mis dientes. Sus dedos son rápidos, mecánicos. Me toma el pulso, la presión, pasa un estetoscopio frío por mi pecho y mi espalda.

Anota.

Siempre anota.

Luego viene la parte que me hace apretar los dientes. Me pide que me acueste, abre mis rodillas sin delicadeza. El examen es rápido, clínico, pero igual se siente invasivo. Como si estuviera siendo inspeccionada... no atendida.

Cuando termina, se quita los guantes.

—Apta —dice, sin emoción, mientras escribe algo más.

Apta.

Como si fuera un objeto.

—Ducha —ordena uno de los hombres.

Me bajo de la camilla y recojo mi ropa, pero él niega con la cabeza.

—Eso no.

No discuto. Camino desnuda por el pasillo corto hasta otra habitación. Es un baño grande, con azulejos blancos y una sola ducha en el centro. Sin cortinas.

El agua cae fría al principio, haciéndome jadear. Luego se entibia. Me quedo quieta bajo el chorro, dejando que el agua corra por mi cara, por mi cuello, por mis hombros.

Intento no pensar.

Intento no llorar.

Pero igual lo hago.

Las lágrimas se mezclan con el agua y desaparecen antes de que puedan existir de verdad.

No sé cuánto tiempo pasa antes de que alguien golpee la puerta.

—Sal.

Cierro el grifo. El frío del aire me hace temblar. Hay una toalla doblada sobre una silla metálica. Me seco rápido.

Sobre la misma silla hay ropa.

Ropa nueva.

Un vestido sencillo, color crema, de tela suave. Ropa interior blanca. Un par de sandalias planas.

Nada tiene etiqueta.

Nada tiene personalidad.

Me visto en silencio. La tela es cómoda, demasiado cómoda para este lugar. Como si quisieran que olvidara dónde estoy.

Cuando salgo, el hombre me observa de arriba abajo y asiente.

—Sígueme.

Regresamos al pasillo. El eco vuelve. La sensación de jaula también.

Mientras camino, no puedo dejar de pensar en las palabras que dijo Bianca.

Mañana.

Mañana nos trasladan.

La cena había sido en silencio.

Un plato de pasta tibia, pan duro y agua. Nadie habló mientras comíamos. Ni los hombres que dejaron la bandeja, ni nosotras. Solo el roce metálico de los cubiertos contra los platos y el zumbido constante de la lámpara.

Ahora la luz principal está apagada. Solo queda la lámpara amarillenta sobre la mesita del centro. Proyecta sombras largas y torcidas en las paredes. Las rejas de la ventana dibujan líneas negras sobre el piso, como barrotes de otra jaula dentro de esta.

Cada una está en su cama.

Sofíe, la rubia, está acurrucada de lado. Tiene la cara medio hundida en la almohada. Sus hombros ya no tiemblan, pero su respiración es irregular, como si hubiera estado llorando hasta quedarse sin fuerzas.

Kaima, la morena, está sentada con la espalda contra la pared. Las rodillas recogidas contra el pecho. Mira el suelo, inmóvil, como si pensara que si no se mueve, nada malo puede alcanzarla.

Yo estoy boca arriba, mirando el techo blanco.

Es liso. Perfecto. Sin grietas. Sin manchas. Sin nada en qué fijar la vista.

Un techo limpio en un lugar sucio.

El silencio pesa.

—¿Creen que... de verdad nos van a vender? —pregunta Sofíe con un hilo de voz.

Nadie responde de inmediato.

Kaima se muerde el labio.

—No lo sé —dice—. Pero nada de esto es normal.

Cierro los ojos un segundo. Recuerdo las manos de la doctora, frías, calculadoras, recorriéndome como si fuera un objeto.

No. Nada de esto es normal.

—Lo es para ellos —murmuro.

Kaima traga saliva.

—Tengo un hermano pequeño... —dice —. Le prometí que le llevaría un regalo del viaje.

La frase se rompe a la mitad.

Sofíe baja la mirada.

—Mi mamá cree que estoy trabajando de niñera en otra ciudad.

Silencio otra vez.

Historias simples. Vidas normales. Todas aquí, en la misma habitación, con vestidos idénticos y puertas cerradas.

—Mañana nos trasladan —digo.

Las dos me miran, aunque ya lo saben.

—¿A dónde? —pregunta Sofíe.

No respondo.

La lámpara zumba. Afuera, en algún lugar lejano, pasa un auto. El sonido se pierde rápido, como si el mundo siguiera sin nosotras.

Kaima se acuesta por fin, de espaldas a la habitación.

Sofíe se cubre hasta la barbilla.

Yo sigo mirando el techo.

Tres camas.

Tres chicas.

Una puerta cerrada con llave.

Y la sensación de que, cuando amanezca, todo va a empeorar.

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