Prólogo
Madrid, marzo 2014
«Si el tétanos tuviera una vivienda en propiedad, sería este aseo», pensó Pirata_Versátil92.
Estudiaba con fascinación aburrida los chorretones de origen incierto que decoraban los azulejos de esos aseos en la Facultad de Filología de la Complutense. Eran de un marrón tan prehistórico que probablemente contenían el ADN de algún poeta maldito de la Generación del 27. Elevó la vista hacia la esquina superior. Una araña de patas interminables lo observaba con su racimo de ojos con juicio clínico. El bicho parecía estar esperando a que su cena llegara volando o, al menos, a que él terminara de una vez lo que había venido a hacer en ese retrete y dejara de incordiarla.
Un pinchazo de culpa le recorrió el estómago. Había dejado a Julia y a Cati, su abuela y su tía abuela respectivamente, las dos mujeres más importantes de su vida, solas ante el peligro en la librería. Les había prometido que, a cambio de la tarde libre, él mismo se encargaría de librar una guerra santa contra el polvo en las secciones de Aventuras y Misterio.
Consultó su reloj: las dos y cuarto de la tarde. Tenía margen. Su abuela y Cati eran un mecanismo de relojería suizo; se turnaban para comer sin cerrar jamás Juvenalia. Ese templo del papel que olía a vainilla, infancia y cuentos de hadas.
Un gemido gutural, húmedo y bastante poco literario e infantil le devolvió al presente.
—¡Ah, claro! —se dijo a sí mismo en un pensamiento cargado de parsimonia cómica.
Se le había olvidado por un segundo que tenía la polla completamente dura y alojada hasta el fondo de la garganta de un absoluto desconocido.
Hacía apenas un año que Grindr había aterrizado en su teléfono móvil como una bendición divina. O como una maldición, según el día. Todavía se estaba acostumbrando a lo ridículamente fácil que era pasar de ordenar las novedades de El Barco de Vapor a encontrarse en mitad de una mamada clandestina en menos de tres clics y un intercambio de fotos de torso. La testosterona a los veintidós años recién cumplidos era un motor implacable que no entendía de ubicaciones románticas.
El chico que lo estaba chupando, un rubio con la pinta de haber robado una moto esa misma mañana y unas manos que sabían perfectamente cómo estimular el frenillo, soltó un último espasmo de placer. Su semen y las ganas acumuladas acabaron goteando sobre el suelo del baño, mezclándose con la suciedad milenaria de la universidad pública.
Sin mediar palabra, el macarra se levantó y se subió la bragueta. El “clac” metálico de la cremallera sonó a despedida definitiva. Se dio la vuelta y salió del cubículo. Sin un «gracias», sin un «adiós» y, lo más triste de todo, sin rematar la faena.
Pirata_Versátil92 se quedó ahí, de pie contra el azulejo frío. Enorme, venosa y completamente rígida, su polla brillaba por los restos de saliva ajena. A pesar del estímulo, no había sentido absolutamente nada; ni una pizca de placer, ni el roce de los labios y la lengua que la habían trabajado. El dolor de huevos por haberse quedado a medias empezaba a ser físico. Miró al techo. La araña seguía allí, consagrada como la única testigo de su patética erección.
Y siguió allí, a medio gas, apoyado contra los azulejos. No se había corrido y, para ser honestos, hacía siglos que no experimentaba un orgasmo de esos que te hacen flipar en colores y te dejan viendo galaxias desconocidas. Sí, follaba casi a diario con un catálogo interminable de tíos, pero aquello se había convertido en comer comida rápida: te quita el hambre del momento, pero te deja el cuerpo con una extraña sensación de cartón piedra.
Su objetivo siempre era el mismo: el “Kit del Malo Malote, Puro Machote”: músculos de gimnasio de barrio, tatuajes criminales y una actitud de no haber abierto un libro en su puta vida. Al rubiales de la facultad lo había pescado esa misma mañana por la aplicación, y el muy cabrón se había largado dejándolo a medias, probablemente para correr a un seminario sobre sintaxis.
Jake suspiró, recolocándose el pantalón. Su entrepierna iba por libre; tenía una agenda propia y una necesidad de fiesta que rozaba lo patológico. Hacía unos meses, durante una crisis existencial, llegó a plantearse seriamente si sería adicto al sexo. Para salir de dudas y amortizar el vicio, decidió probar suerte en la industria del cine para adultos.
Fue un desastre de proporciones épicas.
La escena prometía ser un sueño húmedo: dos tíos con unos traseros impresionantes lo esperaban en pompa sobre una cama agitando el culo, tentándolo. Jake entró al set con una erección que podría haber cortado diamantes, una auténtica barra de hierro dispuesta a hacer historia del cine. Pero entonces, el director (un señor calvo con menos glamour que un kebab de madrugada) rugió: «¡Acción!».
Y le entró un ataque de pánico escénico.
Bajo los focos abrasadores y la mirada de tres cámaras sudorosos, su hombría pasó de ser un roble centenario a convertirse en un Blandiblú deprimente. El condón con exceso de lubricante se le resbaló de la picha y cayó al suelo con un “plof” que sonó a pedo triste. El director, al borde de un ictus, señaló la zona catastrófica de Jake con un dedo tembloroso:
—¡Pero qué es esa cosa tan eschuchurría! —le gritó por el megáfono a un centímetro de su cara.
Y hasta aquí, medio sordo de una oreja, llegó su sueño de Pornihollywood.
Jake salió de la facultad directo a las escaleras del metro. Eran pasadas las dos y media; tiempo de sobra para un “segundo round” exprés antes de volver a la librería a colocar y vender cuentos infantiles. Abrió Grindr justo antes de perder la cobertura en el andén. Pasó perfiles de forma mecánica: musculitos, tatuado, musculitos, otro que parecía un armario empotrado... Hasta que el dedo se le congeló en la pantalla.
Aquel torso no era el habitual de su radar. Era un cuerpo fibrado, de una elegancia insultante, con unos abdominales tan jodidamente definidos que podrías haber rallado queso en ellos. Parecía el cuerpo de un modelo de alta costura, nada que ver con los macarras de discoteca que solía coleccionar.
El nombre de usuario: Jipi_Fibrado93.
Veintiún años. Casi su misma edad. Su descripción era un monumento a la eficiencia: «Versátil. Morbo real y desahogo rápido. Cero dramas y cero rodeos. No busco amigos ni quiero que me cuentes tu vida. Si quieres hablar, búscate un psicólogo. Y nada de besos. Si lo que quieres es besar, vete a casa de tu abuela. Recibo o voy.»
Era perfecto. Jake no sabía si en ese momento quería dar, recibir o hacer el pino puente, pero ese tal Jipi_Fibrado sonaba a la transacción comercial que su libido necesitaba de inmediato. Además, el GPS indicaba que estaba cerca.
Sin pensárselo dos veces, le lanzó el anzuelo con un escueto y directo: «¿Interesado? Pero no tengo sitio».
⬛⬛⬛⬛⬛⬛💛 TAP 🔥⬛⬛⬛⬛⬛⬛
En cuanto puso un pie en su pequeño apartamento de la calle Reina Victoria, estratégicamente situado a tiro de piedra del metro de Guzmán el Bueno, Jipi_Fibrado93 soltó las carpetas y el maletín de su portátil sobre la butaca como si pesaran toneladas. Se desplomó de espaldas en la cama y soltó un profundo suspiro.
Había sido un día de perros. El examen de Finanzas Corporativas y Gestión de Inversiones había sido una auténtica tortura china, pero estaba convencido de que rozaría la matrícula de honor; no por nada se había inmolado a estudiar encerrado toda la semana, olvidando por completo la existencia de la luz del sol.
Volvió a suspirar, esta vez por puro fastidio social. Aquella noche de viernes le esperaba su hermano, el rey indiscutible del protocolo y las relaciones públicas. Jipi_Fibrado93 adoraba a su hermano (era su ancla en el mundo), pero lo que le revolvía las tripas era el “comité de bienvenida” que lo acompañaría: un grupo de amigos de la carrera de su hermano. Eran tipos con una heterosexualidad tan rancia que casi se podía oler; especímenes que acabarían borrachos en algún bar de moda de la zona de Moncloa, rodeados de nenorras intentando desesperadamente llamar su atención entre gritos y copas de garrafón de mala calidad.
Él no estaba para esos trotes.
Tumbado en la cama, notó que el bulto en su pantalón empezaba a reclamar atención inmediata. Sí, definitivamente necesitaba un vaciado de emergencia antes de enfrentarse a esa noche de testosterona básica y cuñadismo de discoteca. Hizo lo de siempre: sacó el smartphone y entró en el menú digital por excelencia: Grindr.
El panorama en el radar de cercanía era el de costumbre: un desfile interminable de pectorales aceitados, bíceps que hacían babear y abdominales de catálogo de suplementos deportivos. «A este del piercing en el pezón me lo merendé ayer», recordó con absoluta desgana.
Había sido un encuentro de seis minutos cronometrados, incluyendo la silenciosa despedida. Se había corrido, se había saciado a medias y lo había escoltado a la puerta de casa casi antes de que el pobre chico se terminara de subir los calcetines. Jipi_Fibrado93 llevaba un año usando la aplicación y, aunque había follado más que un actor de cine para adultos en plena producción, sus orgasmos seguían siendo un “pseeee” constante. Mucha técnica, mucho intercambio de fluidos, pero cero fuegos artificiales.
De pronto, el móvil vibró en su mano. Un tal Pirata_Versátil92 acababa de entrar como un cohete en su radar de proximidad.
Lo consideró durante un segundo exacto. No le vendría mal que alguien se encargara de darle un buen repaso esa tarde; hacía siglos que no se dejaba dar por culo. En el sexo, exactamente igual que en las finanzas, Jipi_Fibrado93 era un hombre de normas estrictas y contratos blindados: nada de besos en la boca, nada de charla de cortesía para romper el hielo y, sobre todo, nada de perder el control. Le gustaba que lo penetraran, sí, pero odiaba con todas sus fuerzas que lo dominaran. Ya había tenido que dejar a más de uno besando el parqué del dormitorio, inmovilizado con una llave limpia bajo su rodilla, por confundir el placer con el exceso de confianza. Él tenía sus límites grabados a fuego en el cerebro y no aceptaba reclamaciones de clientes.
Deslizó el dedo por la pantalla para inspeccionar el catálogo de fotos que Pirata_Versátil92 guardaba en su álbum privado.
«Otro musculitos de gimnasio de barrio de los que desayunan claras de huevo y frustración», pensó con un indiscutible deje de superioridad clasista. Sin embargo, reconoció que el tipo tenía algo. No era solo el volumen hipertrofiado; era una especie de magnetismo rudo y animal. Tenía unos hombros que parecían columnas jónicas y unos antebrazos tan jodidamente marcados y venosos (su fetiche inconfesable) que casi le hicieron soltar un gemido contra la almohada.
En realidad, Jipi_Fibrado93 solía preferir cuerpos más livianos, sin tanta parafernalia; tipos delgados con un aire juvenil y lánguido. Sin embargo, desde aquel traumático incidente con un twink que resultó tener dieciséis años recién cumplidos, pero muy bien distribuidos, había decidido que el aspecto de “niño bueno” era un riesgo que no podía asumir. Mejor un armario empotrado con el DNI en regla y vello en el pecho.
El chat parpadeó con una nueva notificación:
Pirata_Versátil92► ¿Interesado? Pero no tengo sitio.
Jipi_Fibrado93 resopló frente a la pantalla. «Sin sitio». El eterno drama de la juventud española. La crisis inmobiliaria no daba tregua e iba en aumento, y Grindr era el mejor termómetro macroeconómico de la precariedad habitacional de Madrid. Por suerte, él jugaba en la liga del Ibex 35 gracias a la cartera de su padre.
Jipi_Fibrado93 ► Interesado. Y tengo sitio. ¿Operación para ya mismo? Espero que hayas leído mis condiciones.
Pirata_Versátil92► Sí. Liquidamos rápido. Nada de mariconadas. Yo tampoco las quiero. Tengo tiempo máximo hasta las cuatro y media.
Jipi_Fibrado93 arqueó una ceja, gratamente sorprendido. Un semental con agenda, gestión del tiempo y que iba directamente al grano. Eso le gustaba.
Jipi_Fibrado93 ► Calle Reina Victoria, frente al metro de Guzmán el Bueno. Tercer piso, letra D. Dale al telefonillo directamente.
Pirata_Versátil92 ► Estoy ahí en diez minutos. Pon a enfriar el lubricante.
⬛⬛⬛⬛⬛⬛💛 TAP 🔥⬛⬛⬛⬛⬛⬛
Mientras el ascensor subía con un runrún perezoso, Pirata_Versátil92 ya estaba trazando el plan de ejecución en su cabeza. Sería la coreografía mecánica de siempre: llegar, despojar al desconocido de su ropa con la urgencia de un saqueador de tumbas, una penetración rápida y sin anestesia que le arrancara un gemido de sorpresa, cuatro embestidas bien dadas para vaciar el depósito de la testosterona, y adiós muy buenas.
Cinco minutos de reloj. Diez si el otro se ponía creativo o exigente. No necesitaba más para resetear el sistema.
Al abrir la puerta, Jipi_Fibrado93 se topó con el «Manual del Musculitos de Grindr» hecho carne. Un tipo alto, guapo y a una sola cucharada de proteína de reventar las costuras. Su masculinidad desbordaba sus vestiduras: vaqueros asfixiantes, jersey de cuello vuelto y una chupa de cuero gastado. Entre la melena castaña y la barba larga y hirsuta, solo le faltaba el parche en el ojo para ser un corsario de los Mares del Sur colgado de las jarcias. El nick cobraba todo el sentido del mundo.
«Cuerpo de infarto, cerebro de mosquito», sentenció Jipi_Fibrado93 para sus adentros, parapetado tras su propia mirada analítica. Un casquete rápido, un trámite higiénico y fuera del apartamento; ese era el presupuesto de tiempo que estaba dispuesto a invertir en ese individuo.
Por su parte, Pirata_Versátil92 analizó al dueño del piso y casi suelta una carcajada limpia. El tal Jipi_Fibrado93 parecía tal cual su nick: un hippie ilustrado recién llegado de Ibiza, que se había perdido de camino a un festival de yoga en el Santiago Bernabeu: pantalones afganos de un verde apagado, una camisa de rayas que parecía un arcoíris de madera y alpargatas de esparto. Era notablemente más alto que él, delgado pero con cada músculo esculpido y definido bajo la piel. Llevaba el pelo moreno recogido en un moño desenfadado que le otorgaba un aire bohemio, sofisticado y peligrosamente intelectual, rematando todo ello con una barba larga y puntiaguda.
Se miraron a los ojos. Un escaneo rápido de pupilas. Un asentimiento mutuo, frío, distante y eficiente, como quien firma un contrato digital de términos y condiciones que absolutamente nadie se detiene a leer. No hicieron falta las palabras; el “beneplácito sexual” estaba firmado por ambas partes.
Pirata_Versátil92 entró en el piso con paso firme, haciendo crujir el cuero de su chaqueta. El anfitrión lo guio hasta el dormitorio en un silencio sepulcral, una atmósfera densa que solo se rompió por el siseo áspero de la ropa al caer al suelo. Se desnudaron con la velocidad de quien tiene una cita inapelable con el Destino pero aún no lo sabe, lanzando las prendas en todas direcciones como si fueran obstáculos insoportables entre ellos y ese orgasmo de trámite que ambos esperaban obtener.
Ninguno de los dos sospechaba que en menos de un segundo las reglas del juego de ese dormitorio iban a saltar por los aires en mil pedazos.
Porque entonces, de repente, el aire se volvió extrañamente peligroso. No por un riesgo físico, sino porque algo invisible dentro de ambos hizo un clic ensordecedor, un vuelco violento en el pecho que los dejó por completo fuera de juego.
Pirata_Versátil92 se quedó clavado en el sitio, con los pies hundidos en la alfombra, incapaz de procesar la imagen de Jipi_Fibrado93 desnudo sobre la colcha. Había visto las fotos de la aplicación, sí, pero el directo pertenecía a una galaxia diferente. El cuerpo de aquel desconocido no era simplemente fibrado; era una arquitectura perfecta de piel pálida, sombras elegantes y una tensión nerviosa que resultaba magnética. Al ver cómo el bohemio se tumbaba y se abría de piernas con una mezcla casi imposible de descaro absoluto y vulnerabilidad salvaje, comenzando a masajearse el miembro mientras el líquido preseminal asomaba en la punta como una promesa traslúcida, Pirata_Versátil92 sintió que toda la sangre de su cuerpo huía en estampida de su cerebro para concentrarse en una erección tan brutal y gigantesca que llegó a dolerle en la base. Nunca, en mil polvos rápidos de aplicación, se había sentido así: en mitad de una combustión espontánea que amenazaba con calcinarle los huesos.
Jipi_Fibrado93, por su parte, sentía que el oxígeno de la habitación se espesaba hasta volverse irrespirable. Se mordió el labio inferior con fuerza, clavándose los dientes, incapaz de apartar la vista de la mole de músculos que se erguía al pie de su cama. Había estado con tíos cachas de gimnasio muchas veces, pero este “pirata” de mirada grisácea poseía una electricidad completamente diferente, una gravedad que atraía los cuerpos hacia el desastre. Al ver a Pirata_Versátil92 masturbándose lentamente frente a él, exponiendo una verga gruesa, venosa y hambrienta, con esos ojos oscurecidos por un deseo ciego que parecía querer devorarlo vivo, Jipi_Fibrado93 sintió un escalofrío de terror y placer recorrerle la espina dorsal. Se estaba quedando sin aire. La coraza de control absoluto que había tardado años en construir se estaba agrietando antes de que el primer roce físico tuviera lugar.
Y entonces se rompió una de las reglas.
—Soy Versátil —susurró Pirata_Versátil92. Su voz, normalmente un monumento a la seguridad chulesca, tembló como una cuerda de violonchelo sometida a demasiada tensión. El corazón le golpeaba las costillas con una saña desconocida—. Pero ahora mismo... ahora mismo solo puedo pensar en follarte hasta que se nos olvide cómo coño nos llamamos.
Jipi_Fibrado93 sintió un calambre eléctrico y abrasador en la nuca. Alguien se había saltado la primera cláusula del contrato: el pirata había hablado. Y esa voz profunda, cargada de una posesividad salvaje que no figuraba en la aplicación de ligoteo, le fundió las pocas neuronas que le quedaban operativas. El raciocinio estructurado del economista se fue directo a la basura. No pudo responder con palabras; el deseo era un incendio que solo se apagaba con hechos.
Agarró la almohada con rabia, la encajó bajo sus lumbares con un movimiento experto y se abrió de piernas por completo, ofreciendo su centro a la voracidad de Pirata_Versátil92.
—Entonces fóllame —jadeó Jipi_Fibrado93, clavandole los ojos—. Fóllame hasta que me revientes.
A Pirata_Versátil92 se le salieron los ojos de las órbitas. Poseído por un impulso que no reconoció como propio, agarró los muslos duros y fibrados de su ligue, lo arrastró hasta el borde mismo del colchón con una fuerza brutal y cayó de rodillas en el suelo frente a él.
Y entonces ocurrió lo impensable. Él, que jamás bajaba al barro en los encuentros rápidos, que nunca se entretenía en los preliminares ni perdía el tiempo, hundió el rostro con ansia entre los glúteos de aquel desconocido. Nunca le había comido el culo a nadie en una cita a ciegas. Jamás. Le parecía una intimidad higiénicamente cuestionable. Pero en ese microsegundo, la palabra “control” se convirtió en un concepto vacío. Estaba lamiendo, succionando y saboreando la entrada de Jipi_Fibrado93 como si le fuera la vida en ello, completamente fuera de sí. Y lo más aterrador de todo era que no quería detenerse.
Jipi_Fibrado93 arqueó la espalda, arañando las sábanas mientras un grito mudo se le ahogaba en la garganta. Esa lengua experta e implacable estaba desmantelando su sistema de defensa a golpe de humedad. Sintió una vulnerabilidad tan absoluta que rozaba el pánico, pero sus propios dedos ensancharon aún más su carne, reclamando el impacto.
Pirata_Versátil92 no lo hizo esperar. Se incorporó, agarró su verga y, después de vestirla y cubrirla de lubricante, apuntó al centro del objetivo. Entró de un solo golpe, profundo y sin miramientos.
El mundo se detuvo. Un gemido agudo y desgarrado escapó de los labios de Jipi_Fibrado93, mientras Pirata_Versátil92 soltaba un gruñido animal. El encaje fue tan milimétrico, tan insultantemente perfecto, que ambos se congelaron. No era la fricción habitual de dos cuerpos frotándose; era un cortocircuito biológico.
Pirata_Versátil92 se tumbó sobre su ligue y se apoyó sobre los codos, enmarcando el rostro de Jipi_Fibrado93. Sus respiraciones se mezclaban en un aire caliente que olía a sexo y desconcierto. Empezó a moverse con una lentitud consciente, casi dolorosa, enterrándose hasta la raíz y saliendo despacio. Jipi_Fibrado93 abrió los ojos, asombrado por la magnitud de lo que estaba experimentando. La delicadeza y la brutalidad de los movimientos de Pirata_Versátil92 estaban tocando unas fibras emocionales que nunca nadie, en su año deambulando perdido en Grindr, había alcanzado.
Pirata_Versátil92, por su parte, se sintió ahogarse en la mirada de Jipi_Fibrado93. La necesidad de fundirse con él iba mucho más allá de las ganas de correrse; era una urgencia animal de pertenencia, de posesión y, extrañamente, de cuidado mutuo. Se estaban entregando el alma a través de la piel, devorándose en un polvo que se suponía que debía durar diez minutos de reloj. Por primera vez en la vida de ambos adictos al sexo, la carne se había convertido en un canalizador de algo jodidamente sagrado. Y daba miedo. Mucho miedo.
De pronto, Pirata_Versátil92 frenó en seco. Se quedó allí, empotrado hasta el fondo dentro de Jipi_Fibrado93, sosteniéndose sobre sus brazos tatuados mientras el aire les faltaba a ambos. El pecho de los dos subía y bajaba de forma violenta.
Jipi_Fibrado93 parpadeó, completamente descolocado por la súbita interrupción de aquel ritmo celestial.
—¿Qué... qué ocurre? —susurró Jipi_Fibrado93 con un hilo de voz, buscando sus ojos grisáceos.
—No puedo evitarlo —negó Pirata_Versátil92. Su expresión era de puro terror, la cara exacta de un hombre que ve un abismo negro abrirse bajo sus pies y sabe que se va a tirar voluntariamente de cabeza.
—¿El qué? —preguntó el bohemio, temblando bajo el peso de la mole de músculos que lo poseía.
—¡Esto! —gimió Pirata_Versátil92.
Y, rompiendo otra de las reglas, acortó la distancia y lo besó en la boca con una rabia y una ternura que los sentenció para siempre.
Fue un choque de trenes, no un simple roce. Se besaron con la desesperación salvaje de dos náufragos que acaban de encontrar una balsa en mitad del Atlántico. Jipi_Fibrado93, el tío que tenía por ley que ningún labio masculino profanara los suyos, se lanzó de cabeza en cuanto sintió el calor de esa boca ajena. Sus lenguas no se encontraron de forma educada; se embistieron, se enredaron y se retorcieron en una lucha hambrienta por devorarse el uno al otro, intercambiando saliva con una urgencia que rozaba la asfixia.
No había suficiente aire en todo el cielo de Madrid para saciar los pulmones de esos dos. Entraron en un torbellino ciego de besos sedientos, embestidas frenéticas y jadeos que quemaban la garganta. Se abrazaron con tanta violencia que parecía que intentaran romper sus propias costillas para obligar a sus corazones a latir en el mismo pecho.
Pirata_Versátil92, completamente enajenado y con las neuronas carbonizadas, perdió cualquier atisbo de compás metódico y se entregó a una rítmica brutal, primaria e implacable. El sonido húmedo de su pelvis sudorosa impactando contra las nalgas de Jipi_Fibrado93 retumbaba en las paredes del dormitorio como un tambor de guerra en la media tarde madrileña. Jipi_Fibrado93 gemía enloquecido, con la cabeza clavada hacia atrás en la almohada y las manos aferradas a la espalda del pirata; sentía cómo Pirata_Versátil92 golpeaba su próstata con una precisión quirúrgica, devastadora y casi mística. Una, y otra, y otra vez, obligándolo a ver galaxias enteras detrás de los párpados cerrados.
Hasta que el universo conocido estalló por completo.
Jipi_Fibrado93 ahogó un grito sordo contra la boca de Pirata_Versátil92 mientras su esperma salía disparado a chorros, derramándose en mitad de la batalla entre sus vientres. Su anatomía entera entró en una convulsión violenta, ruda y deliciosa; era el primer orgasmo prostático de toda su vida y la sensación se parecía sospechosamente a que te partieran el alma en dos con un rayo de luz blanca de alto voltaje.
Pirata_Versátil92 observó aquel rostro aristocrático y bohemio, totalmente desarmado y estremecido por las réplicas del placer. En ese preciso instante, el pirata supo con un pánico atroz que quería morir y renacer en esa misma imagen mil veces más. Soltó un rugido animal que le nació desde las entrañas y se corrió como nunca antes en sus veintidós años de existencia, llenando el látex del preservativo hasta los límites físicos de la elasticidad.
No vieron estrellas de película de Disney; vieron el puto Big Bang expandiéndose a toda velocidad en el centro de sus cráneos.
Devastado y sin una sola caloría de energía en el cuerpo, Pirata_Versátil92 se desplomó con todo su peso sobre el pecho de Jipi_Fibrado93, que seguía temblando bajo él como un flan. Hundió el rostro en el hueco de su cuello, respirando su aroma a piel limpia mezclado con el sudor amargo de la fricción, y comprendió con un pavor silencioso y absoluto que no existía otro lugar en el mapa donde prefiriera estar.
Jipi_Fibrado93, con los músculos entumecidos y el orgullo del revés, solo tuvo fuerzas para subir una mano temblorosa y acariciar la nuca de Pirata_Versátil92, enredando los dedos en su melena castaña. Se quedaron así, medio muertos, gloriosamente destrozados y pegajosos, mientras el tiempo recuperaba su pulso normal.
Finalmente, Pirata_Versátil92 se separó de él con un quejido de puro agotamiento físico. Se deshizo del condón con dedos torpes, le hizo un nudo rápido y lo lanzó a la papelera con un “plop” que selló el final de un encuentro de Grindr que, sin que ninguno quisiera admitirlo, acababa de cambiarles la vida para siempre.
Pirata_Versátil92 se giró de nuevo sobre el colchón para quedar frente a frente con su ligue de Grindr. Los dos estaban envueltos en un silencio espeso que pesaba muchísimo más que cualquier palabra.
Jipi_Fibrado93 lo observaba con las pupilas completamente dilatadas por la adrenalina y el asombro más absoluto grabado en cada rasgo de su rostro.
—¿Qué… qué coño ha pasado aquí? —susurró. Su voz aún mantenía un temblor eléctrico, y sus ojos buscaban en los de Pirata_Versátil92 una explicación macroeconómica o lógica para el cortocircuito biológico que acababan de sufrir.
—No tengo ni la más remota idea —musitó Pirata_Versátil92. Bajó la vista un segundo, abrumado por la intensidad del momento, pero volvió a anclarse en aquellos ojos marrones que, de repente, le parecían el centro exacto del universo—. Escucha, yo jamás me he besado con nadie de esta aplicación. Jamás. Es una de mis reglas de oro para evitar dramas. Pero contigo… joder, no he podido contenerme. Sabía que tú tampoco querías, que tus condiciones contractuales eran claras, pero sentí que si no te besaba me iba a estallar el pecho. Fue como si…
—Como si hubieras encontrado tu hogar —completó Jipi_Fibrado93 en un susurro apenas audible, casi asustado de sus propias palabras.
Pirata_Versátil92 se quedó sin aliento en los pulmones.
—Sí —admitió con una fascinación que le erizó el vello de los brazos—. Exactamente así. Como si después de dar mil tumbos hubiera llegado a mi hogar.
Con una ternura gamberra que ninguno de los dos adictos al sexo sabía que poseía, Pirata_Versátil92 alzó su enorme mano y comenzó a recorrer el contorno del rostro de Jipi_Fibrado93 con los nudillos, rozando su piel pálida con una delicadeza casi sagrada. Jipi_Fibrado93 cerró los ojos, ronroneando y entregándose por completo a la caricia, antes de confesar en voz baja:
—Yo tampoco había sentido nada parecido en la vida. Y tampoco me había besado con un hombre hasta hoy. ¿Follar? Lo he hecho con un catálogo interminable, pero besar… —Abrió los párpados para sostenerle la mirada con fijeza—. Tú has sido el primero, pirata. Y me ha pasado lo mismo: sentí que me moría si no probaba tu boca.
Pirata_Versátil92 sonrió con una mezcla de incredulidad y magnetismo mientras le apartaba del rostro los mechones de pelo moreno que ahora, completamente libres del moño, se desparramaban de forma salvaje sobre la almohada.
—Hoy hemos hecho saltar por los aires todas nuestras malditas reglas de Grindr —dijo Pirata_Versátil92.
—Y no me arrepiento de ni una sola —respondió Jipi_Fibrado93 con una sonrisa tímida y extrañamente cómplice.
Jipi_Fibrado93 bajó la mano lentamente, trazando un camino de fuego desde el mentón de Pirata_Versátil92, descendiendo por la línea de la clavícula y recorriendo el relieve de su pecho musculoso. De pronto, sus dedos se detuvieron sobre un pequeño detalle en la piel, justo encima de los pectorales. Era una pequeña mancha de nacimiento, un lunar de apenas tres centímetros con la forma sutil y perfecta de un corazón, situado justo encima del lugar donde el músculo real de Pirata_Versátil92 latía desbocado.
—¿Y esto qué es? —preguntó Jipi_Fibrado93, delineando el borde de la marca con la yema del dedo, distrayéndose con la textura.
—Una marca de nacimiento —respondió él con sencillez, observando cómo el otro estudiaba su anatomía—. Está ahí desde que nací.
Jipi_Fibrado93 sonrió con una dulzura inesperada que le ablandó la mirada.
—Me encanta. Es un corazón sobre otro corazón —le miró fijamente a los ojos, sellando un pacto silencioso en la intimidad de aquella cama—. Eres mi Hombre Con Dos Corazones.
Entonces, rompiendo cualquier rastro de distancia, Jipi_Fibrado93 se inclinó hacia delante y pasó la punta de la lengua con lentitud sobre aquel lunar, saboreando el latido acelerado de Pirata_Versátil92. Siguió bajando sin prisa, cubriendo su torso esculpido de besos húmedos, caricias hambrientas y pequeños mordiscos que hicieron que Pirata_Versátil92 soltara un gruñido ronco, perdiendo de nuevo el control de la situación.
Jipi_Fibrado93 continuó su descenso implacable, marcando su territorio sobre aquel cuerpo poderoso como si fuera de su propiedad, hasta llegar a una entrepierna que, bajo el hechizo de tanta complicidad y hormonas a tope, ya comenzaba a despertar y a ponerse dura con una urgencia totalmente renovada. El segundo asalto no se estaba haciendo de rogar.
Jipi_Fibrado93 rodeó la virilidad de Pirata_Versátil92 con una mano, apoyando la mejilla sobre la firmeza de sus muslos. Sus ojos, cargados de una lujuria densa, no se apartaron de él mientras la masajeaba con una delicadeza reverencial, sintiendo bajo su palma cómo la sangre latía con fuerza y se endurecía salvajemente, reclamando su espacio.
Se incorporó despacio sobre las rodillas, estudiándola antes de envolverla por completo con su boca. Saboreó cada centímetro de esa piel caliente, subiendo y bajando en un ritmo hipnótico, rítmico y succionador sin romper en ningún momento el contacto visual con Pirata_Versátil92. Las pupilas del pirata se habían dilatado tanto que sus ojos grisáceos parecían ahora dos pozos oscuros, sin fondo y completamente devorados por el placer.
—Para... por favor, para —suplicó Pirata_Versátil92, arqueando la pelvis hacia arriba en un espasmo. El cerebro se le estaba licuando bajo el cráneo y un ardor sofocante le recorría la espina dorsal—. No quiero correrme en tu boca. No quiero correrme todavía. Necesito... joder, necesito que seas tú quien me folle a mí.
Jipi_Fibrado93 no respondió con palabras; el contrato verbal ya no era necesario. Sin dejar de mirarlo, deslizó la lengua en una última caricia húmeda desde el glande hasta la raíz, perdiéndose un instante en el roce de sus testículos antes de incorporarse. Abrió el cajón de la mesita de noche de un tirón y extrajo dos nuevos sobres con un gesto cargado de anticipación.
—¿Cómo quieres hacerlo? —preguntó, con la respiración entrecortada por una excitación que ya no podía disimular.
Pirata_Versátil92 lo miró con unos ojos que suplicaban algo muchísimo más profundo que el simple placer físico de un viernes por la tarde. Estaba desquiciado, desarmado por unas emociones salvajes que no sabía ni cómo nombrar.
—Quiero sentirte todo dentro —gimió, agarrando las sábanas con fuerza—. Quiero que me beses hasta que me duela la boca. Quiero abrazarte tan fuerte que no sepa dónde empiezo yo y dónde terminas tú. Quiero que me llenes por completo.
Jipi_Fibrado93 sujetó las piernas firmes de Pirata_Versátil92 y las acomodó sobre sus propios hombros, abriéndolo de par en par sin contemplaciones. Tras preparar el camino con los dedos impregnados en lubricante y con la misma ternura con la que él mismo había sido penetrado minutos antes, se colocó en posición. Se miraron en mitad de un silencio que de repente se volvió sagrado, antes de unir sus labios en un beso que empezó como una pregunta suave y terminó siendo una exigencia feroz. Sus lenguas lucharon por la posesión total de sus bocas mientras Jipi_Fibrado93 entraba en él, centímetro a centímetro, abriéndose paso en su carne hasta que sus pelvis chocaron con un golpe seco y la unión fue milimétrica.
Y, entonces, el universo conocido volvió a desplazarse de su eje.
No fue solo una sensación; fue como si la gravedad hubiera dejado de existir en el tercer piso de la calle Reina Victoria. El mundo exterior se desvaneció y los dos adictos al sexo exprés se descubrieron envueltos en un refugio inexpugnable. La llave en su cerradura, la clavija en el enchufe; metáforas totalmente pobres para la absoluta perfección de aquel encaje anatómico.
Sus corazones, aunque desbocados a doscientas pulsaciones por minuto, empezaron a latir en una sincronía aterradora. Jipi_Fibrado93 comenzó a embestir con saña y ritmo, incapaz de despegar sus labios de los de Pirata_Versátil92. Este se estremecía bajo su peso, clavando las uñas en la espalda del bohemio y dejándose arrastrar por oleadas de un placer tan inmenso, denso y profundo que rozaba el dolor físico, aferrándose a él con la fuerza del que teme despertar de un sueño maldito.
Tener a Jipi_Fibrado93 dentro de sí era como acoger un tornado. Pirata_Versátil92 sentía cómo sus entrañas se agitaban con cada golpe, cómo el corazón de aquel hombre golpeaba contra el suyo a través del pecho. Esa sensación de amparo, de estar bajo la seguridad y protección de sus brazos y acogerlo en su centro más íntimo, fue lo que lo empujó hacia el orgasmo más largo, devastador y transformador de toda su vida, viniéndose abajo en una descarga de fluido que manchó sus propios abdómenes.
Jipi_Fibrado93 lo siguió apenas un segundo después, soltando un grito convulso, agudo y ronco que quedó ahogado contra el cuello de Pirata_Versátil92 mientras su propio éxtasis lo arrasaba como una ola gigante. Se desplomó con todo su peso sobre él, física y emocionalmente destrozado, con las piernas aún temblando. Permanecieron así, fundidos por el sudor, jadeantes y abrazados, esperando a que el mundo, si es que aún existía fuera de esa cama, decidiera volver a su sitio.
Un buen rato después, cuando el nivel de oxígeno volvió a ser suficiente para que ambos volvieran a sentirse algo parecido a seres humanos, Jipi_Fibrado93 se separó con un quejido que era mitad placer y mitad agotamiento muscular. Se incorporó para cumplir con el ritual higiénico de la aplicación: se quitó el preservativo, un auténtico trofeo de guerra lleno hasta los topes, le hizo el nudo de rigor con dedos torpes y lo lanzó a la papelera con una puntería envidiable.
Volvió a dejarse caer de lado en la cama, girándose hacia Pirata_Versátil92, que no le quitaba los ojos de encima, como si estuviera intentando memorizar cada poro de su piel por si todo resultaba ser una alucinación provocada por la falta de glucosa o el exceso de hormonas.
—¿En qué piensas, pirata? —preguntó Jipi_Fibrado93, con una media sonrisa que aún conservaba el rastro del éxtasis flotando en las pupilas.
—En que estoy muerto de miedo —confesó Pirata_Versátil92 con una sinceridad descarnada que le dolió hasta a él mismo—. Y en que, por primera vez en mi puta vida, estoy deseando que el tiempo dé la vuelta para poder repetir esto ahora mismo.
Jipi_Fibrado93 alargó la mano despacio y, con una suavidad que desarmaba a cualquiera, acarició el pecho de Pirata_Versátil92, justo donde la mancha de nacimiento rompía la uniformidad de la piel. Su dedo índice trazó con extrema lentitud el contorno sutil de aquel pequeño mapa con forma de corazón.
—Yo también tengo miedo, mi Hombre Con Dos Corazones —susurró Jipi_Fibrado93, bautizando de nuevo el secreto entre las sábanas revueltas.
Pirata_Versátil92 se mordió el labio inferior, estremecido por la caricia. El mote le calaba muchísimo más hondo que cualquier embestida física de las que había recibido o dado en su vida. Miró a Jipi_Fibrado93 con un temor casi infantil, ese miedo reverencial que aparece de golpe cuando te das cuenta de que acabas de entregarle las llaves de tu ciudad más secreta a un invasor absoluto.
—Escucha... yo nunca repito con nadie de la aplicación. Jamás. Mi política es estrictamente de usar y tirar para no complicarme la existencia ni dar explicaciones —susurró Pirata_Versátil92, con la voz volviendo a rasparle la garganta—. Y esto que me pasa contigo me aterroriza, porque mandaría todos mis sagrados principios al carajo ahora mismo con tal de no moverme de aquí.
—Y yo —musitó Jipi_Fibrado93, aunque su mirada se volvió de repente un poco más esquiva, buscando refugio en la colcha—. Mira, no quiero que te ofendas ni que pienses que soy un capullo integral, pero... no estoy listo para darte mi número de teléfono. Todavía soy un esclavo de mis propios muros. Podemos volver a buscarnos por el radar de Grindr cuando quieras. Espero que... joder, espero que lo entiendas. Quiero seguir siendo para ti Jipi_Fibrado93, y que tú seas para mi, mi Pirata_Versátil92.
Pirata_Versátil92 asintió despacio. La sombra de una tristeza limpia le cruzó el rostro, pero la aceptó con la dignidad de quien sabe perfectamente en qué terreno de juego se ha metido voluntariamente.
—Lo entiendo a la perfección —dijo, mirándolo con una ternura que encajaba de forma ridícula en una habitación compartida por dos desconocidos—. Al fin y al cabo, solo soy un perfil cuadradito más en la pantalla de tu móvil. Apenas hace media hora que nos hemos quitado la ropa, y las reglas del mercado son las reglas. Pero te juro que, aunque sea a través de una aplicación de mierda, voy a volver a encontrarte.
—Te encontraré yo a ti —sentenció Jipi_Fibrado93, fijando sus ojos marrones en él con una promesa inquebrantable—. Cuenta con ello, pirata.
Se quedaron anclados en la mirada del otro un segundo entero más de lo que dictaba cualquier protocolo de Grindr. Rompiendo las distancias por última vez, Pirata_Versátil92 se inclinó y le robó un beso rápido, hambriento, casi un espasmo de pura necesidad; sabía con certeza que si se permitía saborear los labios de Jipi_Fibrado93 un solo instante más, tendrían que sacarlo de aquella cama con grúa.
—Y como soy un usuario de Grindr con pedigrí —soltó con un suspiro dramático y exagerado mientras estiraba el brazo para pescar sus calzoncillos del suelo—, ha llegado el momento oficial de la huida. ¿No es ese nuestro sagrado mandamiento digital? Follar como animales, no despedirse y largarse antes de que el anfitrión empiece a mirar el reloj con cara de «¿a qué esperas para largarte?». O te eche a patadas directamente; lo que ocurra primero. Y si te he visto, no me acuerdo, y aquí paz y después gloria.
Jipi_Fibrado93 soltó una carcajada limpia, una risa que le iluminó los rasgos juveniles.
—Cierto. Pero, por una vez en mi vida, me habría encantado que rompieras la tradición y te quedaras conmigo. Te juro que no te habría echado a patadas de mi casa. A ti, jamás.
Pirata_Versátil92 se detuvo en seco, de pie junto a la cama, con la chupa de cuero negro a medio poner sobre sus hombros musculosos. Se mordió el labio con una intensidad que casi rozaba el dolor físico. Por dentro, una voz salvaje le gritaba que mandara el trabajo, la librería y el universo a la mierda con tal de meterse otra vez bajo las sábanas y quedarse allí el resto del día. Y el día siguiente. Y, probablemente, el resto de su maldita existencia. Definitivamente, el nivel de endorfinas y la testosterona le habían frito los plomos de la cabeza: se había vuelto loco de remate por un desconocido.
—Me quedaría a vivir en este colchón tuyo, pero tengo que trabajar —dijo, haciendo un esfuerzo titánico por recuperar su máscara habitual de tipo duro de barrio—. Habrá otra ocasión, ¿verdad? —soltó de pronto, incapaz de camuflar la nota afilada de ansiedad que se le coló en la voz—. Porque necesito que la haya. Necesito seguir conociéndote.
—Cuenta con ello —asintió Jipi_Fibrado93, observándolo desde la cama con una fascinación tan profunda que lo hacía sentirse completamente de cristal, desnudo y expuesto.
Pirata_Versátil92 le dedicó una última mirada, una de esas sonrisas canallas que tienen el poder de derretir glaciares enteros, se dio la vuelta y salió de la habitación. Jipi_Fibrado93 escuchó el eco amortiguado de sus pasos por el pasillo y el “clic” definitivo de la puerta principal cerrándose.
La casa se quedó sumida en un silencio que, de repente, le pareció ensordecedor y terriblemente frío.
Solo en la inmensidad de la cama, Jipi_Fibrado93 se quedó mirando el techo blanco como si fuera a encontrar allí, grabadas en el yeso, las respuestas a la física cuántica o a su propia cordura. Jamás, ni en sus delirios más optimistas o cargados de sustancias, habría esperado encontrar a alguien como Pirata_Versátil92 en una aplicación destinada al consumo rápido y al descarte inmediato.
Acababa de perder la cabeza por su Hombre Con Dos Corazones.
No entendía qué ley fundamental del universo se había doblado esa tarde, pero aquel pirata de gimnasio le había trabajado el cuerpo y el alma con una maestría verdaderamente aterradora. Cuando estuvieron fundidos en el segundo asalto, la sensación de pertenencia e identidad había sido tan física y real como el sudor amargo que aún se le estaba secando en el pecho. Era magia negra, o algo muchísimo más peligroso que la magia: amor a primera mamada.
Con el pulso todavía en modo maratón y los pulmones exigiendo un oxígeno que no terminaba de saciarlo, manoteó el teléfono de la mesita de noche y abrió Grindr con dedos torpes. Allí seguía el perfil: la foto recortada del torso de infarto de Pirata_Versátil92. Pero ahora, Jipi_Fibrado93 sabía perfectamente que detrás de ese muro de músculos hipertrofiados había un maldito océano entero esperando para él.
Aterrado por la urgencia que le quemaba las yemas de los dedos, y con el miedo cerval de que el hechizo se rompiera si no actuaba antes de que el pirata se subiera al vagón del metro, empezó a teclear un mensaje con las manos temblando sobre el cristal iluminado.
Jipi_Fibrado93 ► Te lo juro por lo que más quiero en este mundo: ha sido el mejor sexo que he tenido en mi puta vida. Y necesitaba decírtelo ya, mi Hombre Con Dos Corazones.
La respuesta no se hizo esperar ni tres segundos de reloj. La pantalla del smartphone iluminó su rostro ansioso casi al instante, rompiendo el silencio del piso.
Pirata_Versátil92 ► No me atreví a decírtelo a la cara por puro terror a parecer un colgado, pero para mí no solo ha sido lo mejor de mi vida; es que no creo que sea capaz de volver a sentir lo que he sentido hoy contigo en esa cama. Jamás. Con nadie más.
Jipi_Fibrado93 ► Yo tampoco. Por eso quiero repetir. Contigo. Solo contigo. Olvídate de los demás perfiles.
Pirata_Versátil92 ► Cuando quieras, donde quieras y como quieras.
A Jipi_Fibrado93 le castañeaban los dientes de forma literal. La adrenalina, la hormona a tope y el sentimiento desbocado lo estaban desbordando por los cuatro costados. Sus dedos, húmedos por el sudor de la batalla, golpearon el cristal del móvil con una urgencia suicida, mandando el orgullo aristocrático a la basura.
Jipi_Fibrado93 ► Joder, estoy temblando en mitad del colchón, el corazón me va a mil por hora. ¿Qué coño me has hecho? Por favor, ven mañana. No puedo esperar una semana entera. Sé que sueno patético, que te darán ganas de vomitar por lo intenso que soy, pero te necesito aquí. Estaré encerrado estudiando. Ven a cualquier hora. ¿Vendrás? Por favor, dime que sí.
Jipi_Fibrado93 se quedó petrificado en mitad del colchón, con la respiración contenida y la mirada fija en los tres puntos suspensivos que bailaban con parsimonia en la pantalla del móvil. Pirata_Versátil92 estaba escribiendo. Su futuro entero estaba naciendo y dándole forma dentro de ese globito de texto verde con los tres puntitos... hasta que, de golpe, todo se esfumó.
El indicador desapareció. El perfil de Pirata_Versátil92 parpadeó y se desconectó de la red.
El silencio que inundó el dormitorio de la calle Reina Victoria se volvió denso, plomizo, cargado de una sospecha invisible que empezó a oprimirle el pecho como una losa de hormigón. Jipi_Fibrado93 esperó. Minutos agónicos que se estiraban en el reloj como si fueran horas de oficina. La pantalla del smartphone se apagaba por inactividad y él la encendía una y otra vez con el pulgar tembloroso, suplicando un pitido, una vibración, una mísera señal de vida digital. Pero la respuesta nunca llegó.
Porque algo ocurrió al margen de la voluntad del Destino, ese arquitecto sádico y cruel que había decidido cruzar las vidas de esos dos hombres y marcarlas para siempre.
Jipi_Fibrado93 jamás volvió a recibir un solo bit de información de Pirata_Versátil92.
Mientras Jipi_Fibrado93 se hundía en la confusión y la humillación entre sus sábanas revueltas, a solo dos calles de allí, Pirata_Versátil92 yacía tendido sobre el asfalto frío de la calle como un muñeco de trapo roto. Su sangre, roja, espesa y cargada de la testosterona de la juventud, comenzaba a dibujar un mapa de pura tragedia sobre el pavimento gris. A su lado, el teléfono móvil no era más que un amasijo crujiente de cristales astillados, carcasas reventadas y vísceras electrónicas humeantes.
A su alrededor, el caos de Madrid se desató en un segundo: gritos de peatones horrorizados, chirridos de ruedas frenando en seco, sirenas lejanas de ambulancias abriéndose paso y pies que esquivaban su cuerpo inerte. Pirata_Versátil92 había cruzado la calzada con una sonrisa absolutamente idiota en la cara, completamente absorto en el brillo de la pantalla táctil, tecleando el mensaje que debía salvarlo y contestar al hombre que le había devuelto la fe en el universo. No vio el monstruo de metal que se le echaba encima a setenta kilómetros por hora.
Semanas después, el desengaño y el orgullo herido terminaron de devorar vivo a Jipi_Fibrado93. Sin explicaciones de ningún tipo, con el chat congelado en su última e intensa súplica, solo pudo llegar a una conclusión desgarradora para su ego: lo había asustado. Había sido demasiado intenso, demasiado “mucho” para un polvo de viernes, y el pirata de gimnasio había huido despavorido de él, bloqueando su perfil o borrando su rastro de la aplicación para siempre. Se sintió humillado, amargado y profundamente solo en el mundo.
En un arranque de puro odio hacia su propia vulnerabilidad, borró Grindr del teléfono y juró por su honor no volver a asomarse jamás a ese escaparate de carne barata. Pero su apartamento de estudiante se convirtió en un mausoleo insoportable. Cada maldito rincón olía a él, a esa mezcla imposible de sudor, canela y vainilla que se le había quedado pegada a fuego en el colchón y en el alma. Desesperado por escapar de un fantasma que no lo dejaba dormir, empaquetó sus cosas y se mudó. Cambió de barrio, de número de teléfono, de vida y de piel.
Trató por todos los medios de enterrar aquella tarde de marzo en el rincón más oscuro de su memoria. Intentó convencerse a sí mismo de que solo había sido un casquete increíble con un desconocido con buen cuerpo. Pero pasaron los meses, y luego volaron los años, y el recuerdo del Hombre Con Dos Corazones seguía allí incrustado, latiendo en mitad de su pecho como el dolor punzante de una extremidad fantasma que te han amputado. Se martirizó durante una década entera imaginando qué habría pasado si no hubiera enviado aquel jodido último mensaje, preguntándose quién demonios era aquel pirata que le cambió el universo en dos asaltos y por qué le había abandonado como a un perro en la cuneta.
Vivió con esa herida abierta y sangrando en secreto, preguntándose cada noche de su vida por lo que pudo ser y no fue.
Hasta el día de hoy, diez años después.








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me encanta como todo lo que escribes 🥰 deseando leer más
la que has liado pollito!! ya estoy esperando la actualización!! Te confirmo que estoy enganchado!!!