Chapter 1
—Creo que no hay remedio, tendremos que adentrarnos en el bosque para llegar al pueblo, antes de que anochezca —exhala pesadamente Pablo, caminando con lentitud por el sendero abandonado.
—Te dije tantas veces, que llevaras a revisar esos ruidos que estaba haciendo el coche. ¡Y tú nada! —exclama la esposa, con voz tosca y cansada.
—Mami, este bosque me da miedo. En la escuela dicen que ahí vive un monstruo —empieza a sollozar Gabrielito, apretando fuerte la mano de Julia.
—Tranquilo bebé… Allí no hay nada, solo son cuentos que inventa la gente. Vamos, caminemos junto a papi —dice la madre en tono suave, mirando al niño con una sonrisa pequeña.
Ruidos de esos que no se cobijan en mí… se acercan cada vez más… primero pocos, después más... Apagan el verde y mis hermanos caen.
Mis ramas… mis raíces… están crujiendo por su andar.
Con un movimiento ondulante, agito las copas de mi arboleda, para que mis hojas secas al caer oculten el sendero a su paso. Saco las raíces de mis arbustos de la tierra bajo sus botas; tropiezan al avanzar.
El viento me ayuda. Lo hago pasar zigzagueando a través de mis ramas y troncos secos, con silbidos agudos que los hacen dejar de andar.
Son los que caminan dejando polvo a su paso. El viento me dice que se llaman humanos, pero yo solo veo a mis hermanos perdidos. Quiero que se vayan.
El pequeño humano, con sus ojos desorbitados y esos miembros debiluchos, aprieta con fuerza a la hembra. Ella busca entre mis ramas un poco de luz que les niego, haciendo que mis árboles se curven a su alrededor como manto oscuro.
El varón intenta tranquilizarlos con palabras, que yo distorsiono con el crujido de la madera seca de mis tocones y la maleza en vaivén.
Esos seres huelen al amargo y polvoriento gris. Sus pisadas se acercan a mi brote secreto… mis raíces se levantan.
—Caminen, no se detengan. Tenemos que cruzar este bosque antes que caiga la noche —ordena Pablo, arrancando los arbustos a su paso.
Mis arbustos… mis raíces aplastadas… Les damos cobijo y nos devuelven ruinas. ¡Tantos hermanos que ya no escucho…!
El agua del riachuelo surge con un lodo oscuro y resbaloso, cruzando su sendero, respondiendo mi llamado.
Entrelazo mis ramas más altas para crear sombrías formas a su alrededor. Con el frío del ambiente y el vapor atrapado en mis plantas, cubro el suelo de una espesa niebla, impidiendo su avance.
—Cuidado bebé —murmura Julia, inclinándose para levantar a Gabrielito del barro.
—¡Pablo! Mira cómo está Gabrielito hecho un asco. Regresemos. Parece que este bosque se ha empeñado en no dejarnos cruzar —protesta la esposa, acomodándose un mechón del cabello enredado con las malezas y mirando de reojo las sombras con el ceño fruncido.
—Sigamos mujer… Ya se dará un baño cuando crucemos este maldito bosque —gruñe Pablo con la mandíbula apretada, con pasos pesados sobre los brotes de las plantas, mientras busca en la penumbra el sendero.
Mis brotes pisoteados. Tierras verdes, ahora solo arena y polvo... Bosques… Selvas… Manglares… Mis hermanos caídos…
Dejo caer un viejo árbol seco, ya sin vida, en medio del sendero. El eco que lleva el viento resuena en cada uno de mis troncos.
—¿Qué fue ese ruido?—se sobresalta Julia, tratando de mirar en la penumbra, con el pulso acelerado y tomando con firmeza la mano de su hijo.
—Mami tengo mie…—solloza el niño, abrazando la cintura de su madre.
—No tengas miedo, hijo. Fue solo un árbol seco que tumbó el viento —suelta Pablo con el ceño fruncido, observando alguna forma de rodear el obstáculo.
Hago que todas mis plantas absorban el calor; la humedad enfría su alrededor.
—¡Pablo, volvamos a la carretera! Ya está oscuro, no vemos nada y hace mucho frío —solicita la esposa, inclinándose para acurrucarse con Gabrielito.
—Sí, mujer… Déjame encontrar el camino de vuelta —replica Pablo, buscando con la mirada el sendero para regresar a la carretera.
Abro mis copas y deslizo las ramas; los últimos rayos del sol, con sus destellos, aclaran el sendero. El viento me entiende; se filtra entre el follaje de mis árboles y despeja el camino de regreso.
Voy extendiendo mi follaje a sus costados con una espesa y oscura pared verde que se va cerrando a sus espaldas, dejando libre solo el espacio por donde tienen que avanzar.
Los ruidos de esos que no se cobijan en mí… se apagan… los pasos se alejan… Mi secreto sigue vivo.
La claridad de la luna atraviesa mis copas. La oscuridad vuelve a ocupar su espacio. Mis raíces vuelven a la tierra, mis hojas ahora reposan y los que vuelan aguardan en sus sitios en mis ramas…
Pasan soles y lunas… Claridad y oscuridad… Una, otra… y otra… Solo escucho el viento atravesando suavemente mis árboles. Los que andan sobre la tierra, siguen cobijándose y alimentándose de mí…
Siento un temblor extraño en mis raíces, la tierra se vuelve espesa. Los que vuelan se han ido, los que andan sobre la tierra también. El viento me trae ruidos huecos, no siento vida, solo un olor amargo…
Esos que andan… otra vez se acercan… Ese zumbido sordo que vibra en la corteza de mis árboles, mis arbustos sienten un aire caliente a su alrededor…
Esos que andan sin vida, vuelven para dejar solo arena y polvo tras de sí. Se llevaron el verde de mis hermanos… uno tras otro a su paso.
El agua del riachuelo escucha mi llamado, la tierra se vuelve fango a mi alrededor. Mis flores desprenden su polvo y el viento me ayuda otra vez, con ráfagas fuertes, lleva ese polvo a los que andan.
—Aceleren, ese fango no nos va a detener. Tenemos que acabar con este bosque hoy mismo, porque mañana llegan las aplanadoras y tiene que estar todo limpio —ordena a los operadores, un hombre con voz ronca y ceño fruncido.
—Quiten a esos chicos del medio, con esas pancartas. No nos vamos a detener por ellos —grita desde su lugar, apretando la mandíbula y empuñando las manos.
—No nos moveremos. No pueden seguir destruyendo los bosques. No se dan cuenta que están acabando con la tierra —replica un chico del grupo, tomado de la mano con sus compañeros, como un escudo frente al bosque.
Unos se interponen entre los que andan sin vida y yo… y otros me cortan, me aplastan…
Agito mis ramas y las copas de mis árboles, que desprenden mis hojas y el viento pasa a través de mi follaje, levantándolas junto a mis hojas secas. Las arremolina a mi alrededor, con un rugido sibilante.
Extendiendo mis ramas y mis arbustos, entrelazándolas con las enredaderas espinosas, como un muro verdoso entre ellos y yo.
—Usen las motosierras, vayan despejando el camino para que las excavadoras puedan tirar esos árboles —ordena otra vez el hombre de voz ronca.
—No, no pueden hacer eso. Este bosque es milenario —grita un joven con anteojos, adentrándose en el bosque, dentro del caos.
Mis árboles caen… Mis retoños pisoteados, mis raíces aplastadas… Empujo los árboles secos en su camino, que caen con un ruido que retumba en todo mi ser.
Un humano ha llegado a mi tesoro, mis plantas floreciendo… Esas que ya solo existen en mí… Tantas lunas.. Tantos soles…
Mis flores arrancadas…
—¡Deténganse! Este bosque tiene especies de plantas en vías de extinción. Está protegido por el tratado de la ONU, como patrimonio del mundo —grita el joven con anteojos, mostrando una flor de una belleza exótica.
Los ruidos se apagan. El temblor de la tierra va desapareciendo. El aire a mi alrededor vuelve a oler a mis flores. Los que vuelan regresan a su sitio. Los que andan sobre la tierra vuelven por el cobijo…


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