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🌹 DONDE TERMINA EL MIEDO🌹One-shot 🌹

Summary

La ciudad de Veyra. Donde la elegancia oculta secretos, y donde Freen Sarocha lo tiene todo: riqueza, poder, influencia… y un muro impenetrable alrededor de su corazón.

Genre
Romance
Author
Queen
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

I. LA MUJER DETRÁS DEL ESCRITORIO

La primera vez que Becky Armstrong entró en el despacho de Freen Sarocha, comprendió por qué nadie pronunciaba el nombre de aquella mujer sin acompañarlo de cierta dosis de respeto.

El despacho ocupaba una de las esquinas más altas del edificio corporativo. A través de los ventanales se extendía una ciudad de edificios iluminados, avenidas interminables y luces que comenzaban a encenderse bajo el cielo gris de la tarde.

En el interior, todo respondía a un orden impecable.

Las estanterías de madera oscura estaban repletas de libros. Una colección de fotografías arquitectónicas adornaba una de las paredes, y sobre el escritorio de caoba descansaban documentos organizados con una precisión casi obsesiva.

Nada parecía fuera de lugar.

Mucho menos la mujer sentada detrás del escritorio.

Freen vestía una blusa de seda marfil y un pantalón negro de corte elegante. Su cabello castaño oscuro caía en ondas suaves sobre sus hombros, y sus facciones, serenas y definidas, transmitían una seguridad que no necesitaba demostraciones.

Estaba leyendo un informe cuando Becky entró.

—Siéntate, por favor.

Su voz era tranquila.

Becky tomó asiento frente a ella.

Había preparado aquella reunión durante días. Conocía su currículum, dominaba los detalles del proyecto que había presentado y tenía respuestas para casi todas las preguntas que podían formularle.

Sin embargo, mientras observaba a la mujer que tenía delante, descubrió que ninguna preparación podía evitarle los nervios.

Freen terminó de leer el documento y levantó la mirada.

Sus ojos se encontraron.

—He revisado tu propuesta —dijo—. Está bien estructurada, los argumentos son sólidos y has identificado un problema que mi equipo pasó por alto.

Becky sintió que los nervios cedían un poco.

—Gracias.

—No me agradezcas todavía. También he encontrado tres errores.

La sonrisa de Becky desapareció.

Freen arqueó una ceja.

—¿Quieres saber cuáles son?

—Preferiría que no existieran, pero sí.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Freen.

—Bien. Al menos eres sincera.

Durante los siguientes minutos, revisaron las observaciones. Freen fue exigente, pero no injusta. Cada crítica estaba acompañada de una explicación y cada pregunta parecía diseñada para descubrir cómo razonaba Becky, no para hacerla sentir inferior.

Cuando terminaron, Freen cerró la carpeta.

—Tienes algo que valoro mucho en un profesional: sabes defender tus ideas sin convertir una discrepancia en una batalla personal.

—Creo que se puede estar en desacuerdo sin faltarse al respeto.

—Estoy de acuerdo.

Freen hizo una pausa.

—Quiero ofrecerte el puesto.

Becky tardó un instante en reaccionar.

—¿De verdad?

—No suelo convocar entrevistas por diversión.

Becky soltó una risa breve.

—Disculpa. Es que esperaba una segunda ronda.

—La habría habido si no me hubieras convencido hoy.

Freen le tendió la mano.

—Bienvenida al equipo, Becky.

Becky estrechó su mano.

El contacto duró apenas unos segundos.

Lo suficiente para que Freen reparara en la calidez de sus dedos y Becky descubriera que los ojos de aquella mujer eran mucho más expresivos de lo que su expresión profesional permitía imaginar.

Ninguna dijo nada.

No había motivo para hacerlo.

Aquello solo era una entrevista de trabajo.

O eso se dijeron ambas.



II. LAS COSAS QUE NADIE NOTA


Durante las primeras semanas, Becky descubrió que trabajar para Freen Sarocha requería disciplina, paciencia y una capacidad considerable para aceptar que los informes podían regresar con más comentarios de los que tenían líneas.

Freen era meticulosa.

No toleraba la irresponsabilidad, detestaba las promesas incumplidas y esperaba que cada miembro de su equipo asumiera las consecuencias de sus decisiones.

Sin embargo, nunca exigía a los demás algo que ella misma no estuviera dispuesta a hacer.

Llegaba temprano, revisaba los proyectos personalmente y defendía a su equipo cuando las exigencias de los clientes superaban los límites razonables.

Becky comenzó a admirarla mucho antes de permitirse reconocer que aquella admiración estaba convirtiéndose en algo más.

Lo descubrió un martes por la mañana.

Había llegado a la oficina con un dolor de cabeza terrible después de pasar buena parte de la noche terminando una presentación.

Intentó disimularlo durante la reunión.

No lo consiguió.

—Becky, ¿puedes repetir la última cifra? —preguntó Freen.

Becky miró la pantalla.

—Por supuesto.

Dio la cifra correcta, pero Freen no volvió inmediatamente a los documentos.

—¿Te encuentras bien?

—Perfectamente.

Freen la observó durante un instante.

—Esa respuesta suele significar que alguien no se encuentra perfectamente.

—Solo tengo un poco de dolor de cabeza.

—¿Has desayunado?

Becky guardó silencio.

—Eso pensaba —murmuró Freen.

La reunión terminó veinte minutos después. Cuando Becky regresó a su escritorio, encontró una botella de agua y un pequeño paquete de galletas junto al teclado.

No había ninguna nota.

Levantó la mirada hacia el despacho de Freen.

La directora estaba hablando por teléfono, concentrada en sus asuntos, como si no tuviera absolutamente nada que ver con aquello.

Becky sonrió.

Aquella mujer podía recordar hasta el último detalle de un contrato, pero parecía incapaz de admitir que también prestaba atención a las personas.

Los días siguientes confirmaron su sospecha.

Freen recordaba cómo tomaba el café.

Sabía cuándo Becky estaba a punto de terminar una presentación porque comenzaba a tamborilear suavemente con los dedos sobre el escritorio.

Había aprendido a reconocer su risa incluso cuando procedía de otra oficina.

Y, en más de una ocasión, Becky descubrió que Freen la observaba cuando creía que nadie estaba mirando.

Aquellas miradas nunca duraban demasiado.

Freen siempre encontraba algo que revisar, una llamada que realizar o un documento que firmar.

Pero Becky comenzaba a sospechar que, por mucho que aquella mujer se empeñara en organizar cada aspecto de su vida, existía una excepción que no figuraba en ninguna de sus agendas.

Ella.

Una tarde, Becky presentó una propuesta para modificar una parte importante del proyecto en el que trabajaban.

Freen escuchó sus argumentos, revisó las cifras y finalmente negó con la cabeza.

—No estoy convencida.

—¿Puedo preguntarte por qué?

—El presupuesto es demasiado ajustado y el margen de error, demasiado alto.

—Si distribuimos los recursos de otra manera, podemos reducir el riesgo.

Becky le mostró los cálculos.

Freen los examinó en silencio.

—La propuesta es interesante —admitió—, pero quiero que revises las previsiones antes de tomar una decisión.

—De acuerdo.

Becky recogió sus documentos.

Cuando llegó a la puerta, Freen la llamó.

—Becky.

Ella se volvió.

—¿Sí?

—No cambies tu opinión solamente porque yo haya cuestionado tu propuesta.

Becky parpadeó.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

Freen recuperó su bolígrafo.

—Necesito personas que me digan cuándo estoy equivocada.

Becky sonrió.

—Entonces tendrás que acostumbrarte a verme bastante.

—Eso podría convertirse en un problema.

—¿Profesional?

Freen levantó la mirada.

Durante un instante, ninguna de las dos se movió.

—Por supuesto —respondió Freen.

Becky salió del despacho sonriendo.

Y Freen permaneció varios segundos mirando la puerta cerrada.

Aquella mujer iba a complicarle la vida.

Lo peor era que, por primera vez, la idea no le desagradaba.

III. LA DISTANCIA ENTRE DOS PERSONAS

La cercanía entre ambas creció sin que ninguna pudiera señalar el momento exacto en que había comenzado a cambiar.

Las conversaciones profesionales se prolongaban unos minutos más.

Los cafés se convertían en pequeñas pausas compartidas.

Y las despedidas, antes breves y rutinarias, empezaban a dejar una sensación extraña cuando alguna de las dos se marchaba primero.

Becky llegó a conocer algunas de las preferencias de Freen: la música que escuchaba cuando trabajaba, los libros que releía cuando necesitaba desconectarse y la costumbre de quedarse unos minutos contemplando la ciudad antes de abandonar la oficina.

También descubrió algo que le preocupó.

Freen podía ser cercana y espontánea un día, pero al siguiente parecía levantar una pared entre ellas.

No era grosera.

Nunca la trataba mal.

Simplemente se refugiaba en su papel de directora y limitaba sus conversaciones a lo estrictamente necesario.

Al principio, Becky pensó que estaba interpretando mal sus gestos.

Después empezó a preguntarse si había hecho algo que la incomodara.

Finalmente, decidió dejar de buscar explicaciones en cada silencio.

No podía obligar a Freen a confiar en ella.

Y tampoco quería convertir aquella atracción en una persecución.

Si algo debía suceder entre ellas, tendría que ser porque ambas lo deseaban.

La decisión le devolvió cierta tranquilidad.

Sin embargo, no consiguió que Freen dejara de importarle.

El cambio se hizo evidente durante una reunión especialmente complicada.

Un cliente había rechazado una propuesta que el equipo llevaba semanas desarrollando. La presión aumentó y varios compañeros comenzaron a buscar responsables.

Freen escuchó las explicaciones sin interrumpir.

Cuando terminó la reunión, asumió personalmente la responsabilidad de presentar una alternativa al cliente y reorganizó el trabajo para evitar que su equipo tuviera que quedarse hasta la madrugada.

Becky la encontró sola en el despacho poco después de las ocho.

—¿No vas a marcharte?

—En cuanto termine esto.

Becky miró los documentos extendidos sobre la mesa.

—Eso dijiste hace dos horas.

—Y hace dos horas era cierto.

—Freen.

La directora levantó la mirada.

Becky rara vez utilizaba su nombre con aquel tono.

—No puedes resolver todos los problemas de la empresa tú sola.

—No estoy intentando hacerlo.

—Entonces, ¿por qué sigues aquí cuando ya has delegado el trabajo?

Freen dejó el bolígrafo.

—Porque quiero asegurarme de que todo esté bien.

—¿Y quién se asegura de que tú estés bien?

La pregunta quedó suspendida entre ambas.

Freen apartó la mirada.

—No necesito que nadie se ocupe de mí.

Becky sintió una punzada de tristeza, pero no permitió que se transformara en enfado.

—No he dicho que lo necesites.

Recogió su bolso.

—Solo he preguntado quién lo hace.

Freen no respondió.

Becky caminó hacia la puerta.

—Buenas noches, Freen.

Cuando se quedó sola, Freen descubrió que el despacho parecía más silencioso que antes.

Volvió a mirar los documentos.

Intentó concentrarse.

No pudo.

Porque la pregunta de Becky había encontrado un lugar que llevaba años intentando mantener cerrado.

¿Quién se aseguraba de que ella estuviera bien?

La respuesta era sencilla.

Nadie.

Y lo más doloroso era que, durante mucho tiempo, había considerado aquello una prueba de fortaleza.

IV. UNA CONFESIÓN BAJO LA LLUVIA

La lluvia comenzó poco antes de las ocho de la noche.

Primero fueron unas gotas dispersas contra los ventanales. Después, el cielo se oscureció y el agua cayó con tanta fuerza que las luces de los edificios cercanos parecieron desdibujarse detrás de una cortina de cristal.

La oficina quedó vacía.

Becky terminó su último informe, apagó el ordenador y guardó sus cosas.

Estaba a punto de marcharse cuando recordó que había dejado unos documentos en el despacho de Freen.

Caminó hasta allí.

La puerta estaba entreabierta.

—¿Freen?

La encontró de pie junto a la ventana.

No llevaba la chaqueta. Su cabello descansaba sobre los hombros y sus manos estaban entrelazadas delante de ella.

No parecía estar trabajando.

Parecía estar intentando reunir el valor necesario para enfrentarse a algo que llevaba demasiado tiempo evitando.

—Pensé que te habías marchado —dijo Freen.

—Todavía no. He venido a buscar unos documentos.

—Están sobre el escritorio.

Becky los recogió, pero no se marchó inmediatamente.

—¿Te encuentras bien?

Freen soltó una risa breve.

—¿Por qué todo el mundo parece empeñado en preguntarme eso últimamente?

—Quizá porque no siempre tienes que fingir que la respuesta es sí.

La sonrisa de Freen desapareció.

Durante unos segundos, Becky pensó que había ido demasiado lejos.

—Lo siento —añadió—. No quería incomodarte.

—No me has incomodado.

Freen respiró profundamente.

—Solo que no estoy acostumbrada a que alguien me haga esa pregunta y espere una respuesta sincera.

Becky dejó los documentos sobre una silla.

—No tienes que contestarme si no quieres.

Freen se volvió hacia ella.

—¿Por qué haces eso?

—¿Qué cosa?

—Darme la oportunidad de marcharme de una conversación cuando todo el mundo espera que continúe hablando.

Becky reflexionó un momento.

—Porque no quiero que me cuentes algo solamente para evitar decepcionarme.

La expresión de Freen cambió.

Había pasado años intentando anticiparse a las expectativas de los demás. Aprendió a responder antes de que le preguntaran, a ocultar sus dudas y a mantener una serenidad que muchas veces no sentía.

Con Becky, aquellas estrategias parecían perder su eficacia.

No porque la joven intentara derribar sus defensas.

Sino porque nunca le exigía que las levantara.

—Hay algo que deberías saber de mí —dijo finalmente Freen.

Becky permaneció inmóvil.

—Te escucho.

Freen regresó junto al escritorio.

Apoyó las manos sobre la madera y bajó la mirada.

—Durante mucho tiempo he creído que, si alguien llegaba a conocerme de verdad, terminaría rechazándome.

Becky no dijo nada.

—No hablo de mis errores profesionales ni de mis defectos de carácter. Hablo de algo mucho más personal. Algo relacionado con mi cuerpo, con mi historia y con la forma en que he aprendido a verme a mí misma.

Su voz perdió parte de su firmeza.

—Hay cosas de mí que me han hecho sentir diferente. Durante años pensé que debía compensarlas siendo mejor en todo lo demás. Más inteligente, más disciplinada, más fuerte. Como si pudiera construir una versión de mí misma tan impecable que nadie tuviera motivos para cuestionar mi valor.

Freen tragó saliva.

—Lo absurdo es que sé que mi valor no debería depender de eso. Si alguien me lo contara, probablemente le diría que no tiene nada que demostrar. Pero cuando se trata de mí...

No terminó la frase.

Becky comprendió que no necesitaba hacerlo.

—Es más difícil —dijo suavemente.

Freen asintió.

—Mucho más.

El silencio volvió a instalarse entre ellas.

Freen levantó la mirada.

—Quiero contártelo porque confío en ti. Pero también tengo miedo de lo que pueda ocurrir después.

Sus dedos se tensaron.

—No quiero que sientas lástima por mí. No quiero que cambies la manera en que me tratas por creer que necesitas protegerme. Y tampoco quiero que pienses que tienes que decirme algo bonito para hacerme sentir mejor.

Becky se acercó un paso.

—No voy a prometerte que siempre sabré qué decir.

Freen la miró, sorprendida.

Becky continuó:

—Puede que haya cosas que no comprenda inmediatamente. Puede que necesite hacerte preguntas para entenderte mejor. Pero no voy a decidir quién eres basándome en una parte de tu historia.

Hizo una pausa.

—Y no tienes que contarme nada que todavía no estés preparada para compartir.

Freen cerró los ojos.

Había imaginado aquella conversación de tantas maneras que ya no recordaba cuál de ellas le había causado más miedo.

Nunca había imaginado una respuesta tan sencilla.

No porque resolviera todas sus inseguridades.

Sino porque no convertía su vulnerabilidad en una deuda.

—Hay algo más —susurró Freen.

Becky esperó.

—Me gustas.

Las palabras salieron tan inesperadamente que Freen se quedó inmóvil después de pronunciarlas.

Becky parpadeó.

—¿Qué?

Freen soltó una risa nerviosa.

—No era así como pensaba decirlo.

—¿Habías preparado un discurso?

—Tres.

Becky se rio suavemente.

—Eso explica muchas cosas.

Freen negó con la cabeza, pero no consiguió ocultar su sonrisa.

Después volvió a ponerse seria.

—Me gustas más de lo que esperaba. Y precisamente por eso tengo miedo de que conocerme mejor cambie lo que sientes por mí.

Becky la observó durante unos segundos.

No quería responder por impulso.

No quería convertir aquella confesión en una escena perfecta que ninguna de las dos pudiera sostener cuando llegara la mañana.

Así que eligió la verdad.

—No puedo prometerte que nunca tendremos dificultades —dijo—. No puedo saber cómo nos sentiremos dentro de seis meses ni fingir que una relación siempre es sencilla.

Freen bajó la mirada.

—Lo entiendo.

—Pero sí puedo decirte que lo que siento por ti no depende de que seas perfecta.

Becky se acercó un poco más.

—Me gustas cuando estás segura de ti misma y cuando dudas. Cuando eres exigente y cuando consigues reírte de tus propios errores. Me gusta tu manera de pensar, tu sentido de la responsabilidad y esa costumbre que tienes de cuidar a los demás sin darte cuenta de que también mereces que te cuiden.

Los ojos de Freen comenzaron a humedecerse.

—No tienes que compensar ninguna parte de ti para merecer cariño —continuó Becky—. Y tampoco tienes que contarme toda tu historia esta noche para demostrarme que confías en mí.

Freen respiró temblorosamente.

—¿Y si vuelvo a tener miedo?

—Entonces hablaremos de ello.

—¿Y si no sé cómo hacerlo?

—Aprenderemos.

Becky sonrió con ternura.

—Pero tendrás que poner de tu parte, señora Sarocha. No pienso hacer todo el trabajo emocional por las dos.

Freen soltó una carcajada inesperada.

—Eres terrible.

—Y tú necesitas dormir más.

—Eso no tiene nada que ver con la conversación.

—Tiene que ver con casi todas tus conversaciones.

Freen negó con la cabeza.

Y, por primera vez aquella noche, sonrió sin intentar ocultar que estaba emocionada.

V. EL PRIMER PASO

Becky no intentó abrazarla inmediatamente.

Se quedó frente a ella, permitiéndole decidir qué necesitaba.

Freen observó sus manos, después sus ojos.

—¿Puedo pedirte algo?

—Lo que quieras preguntar.

—¿Puedes abrazarme?

La expresión de Becky se suavizó.

—Claro.

Fue ella quien dio el primer paso, despacio, dejando que Freen pudiera cambiar de opinión en cualquier momento.

Cuando sus brazos la rodearon, Freen permaneció inmóvil durante unos segundos.

Después apoyó las manos sobre su espalda.

Y se acercó.

No hubo una transformación milagrosa.

El miedo seguía allí. Las dudas no habían desaparecido y Freen sabía que todavía tendría que enfrentarse a muchas de ellas.

Pero, por primera vez, no estaba sola en aquel momento.

Apoyó la frente contra el hombro de Becky y cerró los ojos.

—No sé cuándo empecé a pensar que tenía que hacerlo todo bien para que alguien quisiera quedarse —confesó.

Becky acarició suavemente su espalda.

—Quizá llevas demasiado tiempo intentando ser la persona que crees que los demás necesitan.

Freen permaneció en silencio.

—Pero no tienes que resolverlo esta noche —añadió Becky—. Ni mañana. Puedes tomarte tu tiempo.

Freen se apartó lo suficiente para mirarla.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Vas a tener paciencia conmigo?

Becky sonrió, aunque su respuesta fue seria.

—Puedo tener paciencia. Puedo escucharte y acompañarte. Pero también necesito que confíes en mí lo suficiente como para hablar cuando algo te duela. No quiero que te escondas detrás del silencio y esperes que yo adivine lo que ocurre.

Freen asintió lentamente.

—Eso parece justo.

—Lo es.

—Eres bastante exigente para alguien que todavía no es oficialmente mi novia.

Becky abrió los ojos.

—¿Oficialmente?

Freen se quedó inmóvil.

Había hablado sin pensar.

Becky intentó contener una sonrisa.

—¿Estás intentando pedirme que sea tu novia?

—Estoy intentando no arruinar una conversación importante.

—Pues vas regular.

Freen soltó una risa nerviosa y se llevó una mano a la frente.

—Dios mío.

Becky rio con ella.

Después, cuando la risa se apagó, se acercó un poco más.

—Freen.

—¿Sí?

—No tienes que hacerlo todo perfectamente.

Freen la miró.

—Lo sé.

—¿De verdad?

—Estoy empezando a saberlo.

Becky sonrió.

Y aquella respuesta, mucho más honesta que cualquier promesa grandiosa, fue suficiente.

Freen tomó su mano.

—Me gustaría intentarlo contigo —dijo—. No quiero que nuestra relación se convierta en otra obligación ni que sientas que debes cuidarme constantemente. Quiero conocerte fuera de esta oficina. Quiero aprender a compartir mi vida contigo y descubrir si podemos construir algo que nos haga bien a las dos.

Becky entrelazó sus dedos con los de ella.

—Eso sí parece una invitación romántica.

—Es una invitación bastante seria.

—Entonces mi respuesta también lo será.

Becky dio un paso hacia ella.

—Sí, Freen. Quiero intentarlo contigo.

La sonrisa que apareció en el rostro de Freen fue tan genuina que Becky sintió un pequeño vuelco en el pecho.

Durante unos segundos, se limitaron a mirarse.

Después, Freen bajó la mirada hacia sus labios y volvió a levantarla, buscando una confirmación que no necesitaba exigir.

—¿Puedo besarte?

Becky sonrió.

—Sí.

El beso fue suave.

No tuvo nada de espectacular ni necesitó convertirse en una escena perfecta. Fue un primer beso real: un poco tímido, cargado de nervios y acompañado de la sensación de estar descubriendo algo que ambas habían deseado durante semanas.

Cuando se separaron, Becky mantuvo una mano sobre la mejilla de Freen.

—¿Estás bien?

Freen soltó una pequeña risa.

—Creo que sí.

—¿Crees?

—Estoy intentando acostumbrarme a la idea de que acabas de besarme.

Becky sonrió.

—Podemos repetirlo hasta que estés segura.

—Tu generosidad me conmueve.

—Lo sé.

Freen volvió a besarla.

Esta vez, ambas se permitieron disfrutar del momento sin buscar palabras para describirlo.

Cuando finalmente se separaron, Freen apoyó su frente contra la de Becky.

—No sabía que podía sentirme así.

Becky le acarició la mejilla.

—¿Así cómo?

Freen reflexionó durante un instante.

—Tranquila.

Y Becky comprendió que aquella palabra significaba mucho más que felicidad.

Significaba que Freen no sentía la necesidad de demostrar nada en aquel momento.

No tenía que impresionar a nadie.

No tenía que ocultar sus dudas.

No tenía que convertirse en una mujer diferente para merecer aquel beso.

Podía ser ella misma.

Y eso era suficiente para empezar.


VI. DONDE TERMINA EL MIEDO

Cuando abandonaron el despacho, la lluvia había comenzado a disminuir.

La ciudad brillaba bajo el agua y el tráfico avanzaba lentamente por las avenidas.

Becky se colocó el bolso sobre el hombro mientras Freen recogía su chaqueta.

—¿Quieres que te acompañe a casa? —preguntó Freen.

Becky la miró con una sonrisa traviesa.

—¿Como directora preocupada por la seguridad de una empleada o como novia potencialmente interesada en prolongar nuestra primera cita?

Freen cerró los ojos un instante.

—¿Siempre tienes que hacer eso?

—¿Qué cosa?

—Convertir una pregunta sencilla en una situación imposible.

—Es uno de mis talentos.

Freen rio.

—Como alguien que todavía no tiene claro cómo funcionan las citas modernas, agradecería que me dieras instrucciones.

Becky fingió reflexionar.

—Podríamos empezar por cenar juntas.

—Eso parece razonable.

—Después podríamos hablar de películas, libros y todas las cosas que todavía no sé de ti.

Freen la miró con ternura.

—¿Y si hay cosas que todavía no sé cómo contarte?

—Entonces esperaremos hasta que estés preparada.

Becky le tomó la mano.

—No quiero conocer solamente las partes de ti que te resultan fáciles de compartir, Freen. Pero tampoco necesito que me las entregues todas de golpe.

Freen entrelazó sus dedos con los de ella.

—Gracias.

—No me agradezcas todavía. Si escoges una película de tres horas y media, voy a quejarme.

—Tendré que reconsiderar nuestra relación.

—Hazlo después de la cena. Tengo hambre.

Freen rio mientras caminaban hacia el ascensor.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió que tuviera que apresurarse para regresar a casa, revisar documentos o encontrar una tarea que la mantuviera ocupada.

Tenía algo que esperaba con ilusión.

Una cena.

Una conversación.

Una mujer que le gustaba.

Un comienzo.

Nada de aquello garantizaba que su historia fuera a ser perfecta. Habría días difíciles, malentendidos y momentos en los que sus viejos temores regresarían.

Pero también habría oportunidades para aprender a escucharse, para establecer límites y para descubrir que amar a alguien no significaba convertirse en responsable de todas sus heridas.

Significaba elegir compartir el camino.

Y Freen quería intentarlo.

Antes de abandonar el edificio, se detuvieron bajo el pequeño techo de la entrada.

La lluvia había dejado un aroma fresco sobre la ciudad.

Becky estaba buscando las llaves de su bolso cuando Freen le rozó suavemente los dedos.

Ella levantó la mirada.

—¿Qué ocurre?

Freen sonrió.

—Nada. Solo quería comprobar algo.

—¿El qué?

—Que esto está sucediendo de verdad.

Becky soltó una risa cariñosa.

—Está sucediendo de verdad.

—Bien.

Freen se inclinó y la besó una vez más.

Cuando se separaron, Becky le acarició la mejilla.

—Hasta mañana, Freen.

—Hasta mañana.

Becky comenzó a alejarse, pero se volvió después de dar unos pasos.

—Y, por cierto...

Freen arqueó una ceja.

—¿Sí?

—Me gustas muchísimo.

Freen sonrió con una expresión que Becky nunca había visto antes.

—Tú también me gustas muchísimo.

—Solo quería asegurarme.

—¿No confías en mí?

—Estoy empezando a hacerlo.

Freen rio.

Becky se marchó finalmente, y Freen permaneció unos segundos contemplando las luces de la calle.

Después entró en su automóvil.

Durante el trayecto, pensó en la conversación que habían compartido, en las palabras que había pronunciado y en el miedo que había sentido antes de hacerlo.

Nada había desaparecido por arte de magia.

Seguía siendo la misma mujer, con la misma historia y las mismas inseguridades.

Pero ya no sentía la necesidad de esconder cada parte de sí misma para ser digna de amor.

Quizá todavía tendría días en los que dudaría de su valor.

Quizá volvería a sentirse vulnerable cuando alguien se acercara demasiado.

Y quizá necesitaría tiempo para aprender a confiar sin anticipar el rechazo.

Pero ahora sabía algo que antes solo podía comprender de manera racional.

No necesitaba ser perfecta para ser amada.

Necesitaba permitirse ser conocida.

Y también aprender a quererse sin depender de la mirada de otra persona.

Becky no había llegado para rescatarla de sí misma.

Había llegado para conocerla, respetarla y caminar a su lado, siempre que ambas siguieran eligiendo hacerlo.

Freen encendió el motor.

Por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de planificar cada detalle del día siguiente.

Le bastaba con saber que volvería a verla.

Que desayunarían juntas.

Que quizá discutirían por una película o por algún informe.

Que podrían besarse, reírse y descubrir, poco a poco, qué significaba construir una relación.

Y que, cuando volviera a tener miedo, no tendría que fingir que no le ocurría nada.

Podría hablar.

Podría escuchar.

Podría aprender.

Porque el amor no siempre comienza cuando desaparecen las inseguridades.

A veces comienza cuando dejamos de permitir que ellas decidan por nosotros.

Y aquella noche, bajo una lluvia que finalmente se apagaba, Freen Sarocha comprendió que el verdadero valor no consistía en no tener miedo.

Consistía en atreverse a vivir incluso cuando el miedo seguía allí.

FIN.

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