Chapter 1
En aquel reino existía una regla que todos los niños aprendían antes de saber leer.
Si ves una loba bajo la luna llena, corre.
No intentes acercarte.
No intentes hablarle.
No intentes seguir sus huellas.
Y, sobre todo, jamás mires directamente a los ojos de la Loba Suprema.
Porque la Loba Suprema no era un animal.
Era una criatura capaz de adoptar forma humana, líder de una manada que llevaba siglos viviendo en las montañas.
Los aldeanos la llamaban monstruo.
Los cazadores la llamaban presa.
Y el reino había puesto precio a su cabeza.
Freen llevaba diez años persiguiéndola.
Diez años siguiendo huellas que desaparecían en la nieve.
Diez años encontrando campamentos abandonados.
Diez años escuchando historias sobre una criatura que, según decían, había atacado caravanas, asesinado soldados y destruido aldeas enteras.
Nunca había conseguido verla.
Hasta aquella noche.
La luna llena iluminaba el bosque.
Freen avanzaba entre los árboles con el arco preparado.
Entonces escuchó un gruñido.
Se detuvo.
Otro sonido.
Más cerca.
Freen levantó el arco.
-Sal.
Silencio.
-Sé que estás ahí.
Una voz femenina respondió desde la oscuridad.
-Y yo sé quién eres.
Freen tensó la cuerda.
-Entonces sabes lo que vine a hacer.
Una mujer salió lentamente de entre los árboles.
Cabello oscuro.
Ropa negra.
Los ojos brillaban de una manera que ningún humano podía imitar.
Freen la reconoció inmediatamente.
La Loba Suprema.
Becky.
Pero no parecía un monstruo.
Parecía una mujer.
Una mujer muy hermosa.
Y peligrosamente tranquila.
-Viniste a matarme -dijo Becky.
-Sí.
-¿No quieres preguntarme primero si hice todo lo que dicen?
-No necesito hacerlo.
Becky sonrió.
-Eso es exactamente lo que me dijeron que dirías.
Freen frunció el ceño.
-¿Quién?
-Todos los que te mandaron aquí.
-No sabes nada de mí.
-Sé suficiente.
Becky dio un paso adelante.
Freen apuntó directamente a su pecho.
-No avances.
-¿Estás nerviosa?
-No.
-Mientes.
-No.
Becky sonrió.
-Eso fue convincente.
Freen sostuvo el arco.
-Última advertencia.
-Dispara.
Freen no lo hizo.
Becky inclinó ligeramente la cabeza.
-Eso pensé.
Y entonces desapareció entre los árboles.
Freen bajó el arco lentamente.
Aquella noche no durmió.
Porque había encontrado a la Loba Suprema.
Y no había podido disparar.
La siguiente noche volvió.
Y la siguiente.
Y la siguiente.
No sabía exactamente por qué.
Quizá porque necesitaba entender.
Quizá porque quería demostrar que la primera vez había sido un error.
O quizá porque la mirada de Becky se había quedado demasiado tiempo en su cabeza.
La cuarta noche, Becky apareció sentada sobre una roca.
-Llegas tarde.
Freen la miró.
-No sabía que tenía una cita contigo.
-Yo tampoco.
-Entonces no llegué tarde.
-Para mí sí.
Freen suspiró.
-Eres insoportable.
-Y tú vuelves cada noche.
-Estoy siguiendo una investigación.
-Claro.
-Lo digo en serio.
-También yo.
Freen se sentó a cierta distancia.
-¿Por qué no huyes?
-Porque este es mi territorio.
-Podría matarte.
Becky sonrió.
-No lo harás.
-¿Cómo puedes estar tan segura?
-Porque si hubieras querido hacerlo, ya lo habrías hecho.
Freen guardó silencio.
Becky la observó.
-¿Sabes qué es lo curioso?
-¿Qué?
-Que llevas diez años persiguiéndome y no sabes absolutamente nada sobre mí.
-Sé que tienes una manada.
-Eso no es saber algo de mí.
-Sé que atacaste caravanas.
-No.
Freen frunció el ceño.
-¿No?
-No como te lo contaron.
-Entonces dime qué ocurrió.
Becky la miró durante unos segundos.
-¿Me creerías?
-No lo sé.
-Entonces no tiene sentido.
Freen apoyó los brazos sobre las rodillas.
-Inténtalo.
Becky bajó la mirada.
-Hace seis años, una caravana entró en nuestras tierras.
-¿Y?
-Llevaban jaulas.
Freen permaneció inmóvil.
-¿Jaulas?
-Para cachorros.
Su expresión cambió.
-¿Qué?
-Cazaban lobos jóvenes y los vendían.
Freen apretó la mandíbula.
-Los soldados dijeron que tú atacaste primero.
-Los soldados mintieron.
-¿Y los treinta hombres muertos?
Becky la miró directamente.
-Había seis lobos atrapados.
Silencio.
-Los liberé.
-¿Y los hombres?
-Intentaron matarnos.
Freen bajó la mirada.
-¿Los mataste?
Becky no respondió inmediatamente.
-Sí.
Freen respiró lentamente.
-Entonces sí eres una asesina.
-Sí.
La respuesta la sorprendió.
Becky no intentó justificarse.
-Pero no soy el monstruo que te enviaron a matar.
Freen la observó.
-¿Cómo sé que no estás mintiendo?
Becky sonrió ligeramente.
-No lo sabes.
-Entonces seguimos igual.
-No.
Becky se levantó.
-Ahora tienes una duda.
Y se marchó.
Freen se quedó mirando el lugar donde había estado.
Por primera vez en diez años, tenía dudas.
Pasaron semanas.
Freen seguía regresando.
Becky empezó a esperarla.
Al principio hablaban sobre la manada.
Después sobre el reino.
Luego sobre cualquier cosa.
Freen descubrió que Becky tenía un sentido del humor irritantemente bueno.
Becky descubrió que Freen fingía ser fría mucho mejor de lo que realmente lo era.
Una noche llovía.
Freen llegó empapada.
Becky la miró desde una cueva.
-¿No tienes un lugar donde dormir?
-Sí.
-¿Y por qué vienes aquí?
-Porque quería hablar contigo.
Becky sonrió.
-Eso sonó peligrosamente parecido a admitir que me extrañabas.
-No exageres.
-¿Me extrañabas?
-No.
-¿Segura?
-Sí.
-Mentirosa.
Freen se sentó.
-No puedo mentir.
Becky se rio.
-Entonces tienes un problema.
-¿Cuál?
-Que te estás encariñando conmigo.
Freen la miró.
-¿Y tú?
Becky dejó de sonreír.
-Yo ya tengo ese problema.
El silencio fue diferente esta vez.
Más pesado.
Más íntimo.
Freen apartó la mirada.
-No deberíamos.
-Probablemente no.
-Soy tu enemiga.
-Ya no estoy tan segura.
-Tu gente me odia.
-La tuya me quiere muerta.
-Eso es un problema.
-Sí.
Becky se acercó.
-Pero no es el único.
Freen la miró.
-¿Cuál es el otro?
-Que cuando te vas, quiero que regreses.
Freen no respondió.
Becky bajó la voz.
-Y eso me preocupa más que los soldados.
Una noche, Freen no apareció.
Ni la siguiente.
Ni la siguiente.
Becky intentó convencerse de que no le importaba.
Al cuarto día, salió a buscarla.
La encontró herida cerca del río.
Tenía una flecha clavada en el costado.
Becky corrió hacia ella.
-Freen.
La cazadora abrió los ojos.
-No deberías estar aquí.
-Tú tampoco.
-Vete.
-No.
-Becky...
-¿Quién te hizo esto?
Freen respiró con dificultad.
-Otros cazadores.
Becky se arrodilló junto a ella.
-¿Cuántos?
-Siete.
-¿Dónde están?
-Muertos.
Becky la miró.
-¿Los mataste?
-Sí.
-Bien.
Freen abrió los ojos.
-¿Bien?
-No me gusta que te hagan daño.
-Podrían haberme matado.
-Lo sé.
-Y si los maté...
-No necesito que me expliques.
Becky arrancó la flecha con cuidado.
Freen apretó los dientes.
-Maldita sea.
-¿Duele?
-No.
-Otra mentira.
Freen soltó una pequeña risa.
-Tú sí que eres insoportable.
-Lo sé.
Becky limpió la herida.
-¿Por qué viniste sola?
-Porque no quería involucrarte.
-¿Y quién te dijo que podías decidir eso?
Freen la miró.
-No quiero que mueras por mi culpa.
Becky dejó de moverse.
-No voy a morir por ti.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque pienso quedarme viva.
Freen sonrió débilmente.
-Eres demasiado confiada.
-Y tú demasiado pesimista.
Becky terminó de vendarla.
Entonces Freen tomó su mano.
-Gracias.
Becky la miró.
-No me des las gracias.
-¿Por qué?
-Porque no quiero que esto parezca una obligación.
Freen frunció el ceño.
-No lo parece.
-Bien.
-¿Entonces qué parece?
Becky la miró durante unos segundos.
-Algo que elegiría hacer otra vez.
Freen apretó ligeramente su mano.
Y ninguna de las dos la soltó.
El beso ocurrió semanas después.
No fue planeado.
No hubo luna especialmente hermosa.
No hubo música.
Solo una discusión.
-No puedes seguir entrando en territorio del reino -dijo Freen.
-¿Y tú puedes seguir entrando en mi bosque?
-No es lo mismo.
-¿Por qué?
-Porque yo sé defenderme.
Becky soltó una carcajada.
-¿Y yo no?
-No dije eso.
-Lo estás pensando.
-Estoy pensando que eres imprudente.
-Y yo estoy pensando que eres controladora.
Freen se quedó callada.
-¿Qué?
-Nada.
-No. Dilo.
-No quiero.
-Freen.
-No me gusta tener miedo por ti.
Becky se quedó quieta.
-¿Qué?
Freen respiró profundamente.
-Eso es lo que intento decirte.
Becky se acercó.
-Entonces dilo bien.
Freen la miró.
-Tengo miedo de perderte.
La expresión de Becky cambió.
-Freen...
-Y no sé qué hacer con eso.
Becky levantó una mano y tocó su rostro.
-Puedes dejar de luchar contra ello.
-No es tan sencillo.
-Nunca dije que lo fuera.
Se miraron.
Becky fue la primera en acercarse.
El beso fue lento.
Cauteloso.
Como si ambas supieran que después de aquello ya no podrían fingir.
Cuando se separaron, Freen apoyó la frente contra la suya.
-Esto es una mala idea.
Becky sonrió.
-Probablemente.
-Nos pueden matar.
-Sí.
-Tu manada podría odiarme.
-La mitad ya te odia.
-Eso no ayuda.
Becky rio.
-La otra mitad tiene curiosidad.
-Eso tampoco ayuda.
-Entonces estamos igual.
Freen cerró los ojos.
-No quiero que esto termine.
Becky acarició su mejilla.
-Entonces no lo terminemos.
Pero el reino descubrió la verdad.
Y la guerra comenzó.
Los cazadores llegaron a las montañas.
La manada se preparó para defenderse.
Freen quedó atrapada entre ambos lados.
Los humanos querían matar a Becky.
Los lobos desconfiaban de Freen.
Una noche, Becky la encontró sola.
-Tienes que irte.
Freen la miró.
-No.
-Freen.
-No voy a abandonarte.
-No te estoy pidiendo que me abandones.
-Entonces ¿qué?
Becky respiró profundamente.
-Te estoy pidiendo que vivas.
Freen negó con la cabeza.
-No quiero una vida donde tenga que perderte.
-Y yo no quiero una vida donde tengas que morir conmigo.
-Entonces encontramos otra opción.
-¿Cuál?
Freen tomó su mano.
-Que vivamos las dos.
Becky sonrió tristemente.
-Siempre haces que parezca fácil.
-No lo es.
-Entonces ¿por qué sonríes?
Freen la miró.
-Porque estás aquí.
Becky apoyó la frente sobre su hombro.
-Te odio.
-Lo sé.
-Te quiero.
Freen cerró los ojos.
-Lo sé.
-No me gusta que siempre tengas razón.
-A mí sí.
Becky soltó una risa.
Y en medio de una guerra, se abrazaron.
No porque no tuvieran miedo.
Sino porque tenían algo por lo que valía la pena enfrentarlo.
La guerra terminó cuando los cazadores descubrieron la verdad sobre las jaulas.
El reino ya no pudo justificar la cacería.
La manada abandonó las montañas durante un tiempo.
Los humanos dejaron de entrar en sus territorios.
Y Freen dejó de ser cazadora.
No porque hubiera dejado de ser quien era.
Sino porque había aprendido a mirar antes de disparar.
Años después, Freen y Becky vivían en una pequeña casa junto al bosque.
Becky seguía siendo la Loba Suprema.
Freen seguía llevando un arco.
Solo que ahora lo usaba para cazar comida.
Una noche, Becky apareció detrás de ella.
-¿Sabes?
-¿Qué?
-La primera vez que te vi pensé que eras insoportable.
Freen sonrió.
-La primera vez que te vi pensé que eras peligrosa.
-Lo soy.
-Lo sé.
Becky la abrazó por detrás.
-¿Te arrepientes?
Freen giró ligeramente la cabeza.
-¿De qué?
-De no haber disparado aquella primera noche.
Freen se volvió.
La miró directamente.
-Nunca.
Becky sonrió.
-Buena respuesta.
-¿Era una pregunta con trampa?
-Tal vez.
Freen la acercó por la cintura.
-Entonces te habría respondido lo mismo.
-¿Qué?
-Que volvería a elegirte.
Becky la besó.
Afuera, la luna iluminaba el bosque.
Y entre los árboles ya no había cazadores buscando monstruos.
Solo una manada corriendo libre.
Y dos mujeres que habían comenzado como enemigas y habían terminado descubriendo algo mucho más difícil que matar:
aprender a confiar.
Porque algunas historias de amor comienzan con un encuentro.
La de ellas había comenzado con un arco apuntando al corazón.
Y terminó con ese mismo corazón siendo elegido.
Una y otra vez.
Becky pertenece al mundo de las criaturas perseguidas.
Y enamorarse significa convertirse en enemigas de todos los demás.
Pero quizá el verdadero problema nunca fue que fueran de mundos diferentes.
Quizá fue que ambas habían aprendido a obedecer historias escritas por otros.
Hasta que se conocieron.
Y decidieron escribir la suya.








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