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La primera señal de que algo iba mal fue que el cielo dejó de ser oscuro.
Freen levantó la mirada desde la terraza de piedra de su fortaleza.
Era medianoche.
La cordillera dormía bajo una capa de niebla y las montañas volcánicas respiraban lentamente, dejando escapar columnas de humo rojo entre las grietas.
Aquello era normal.
Lo que no era normal era el resplandor que atravesaba las nubes.
Freen frunció el ceño.
-Eso no es una estrella.
Un segundo después, el cielo explotó.
Una figura envuelta en llamas atravesó las nubes y cayó directamente hacia la montaña.
Freen apenas tuvo tiempo de apartarse.
El impacto sacudió toda la fortaleza.
Piedras.
Humo.
Fuego.
Freen desplegó las alas y descendió rápidamente hacia el cráter que se había formado en el patio exterior.
Cuando llegó, encontró un cuerpo humano tendido entre las rocas.
Una mujer.
Tenía el cabello cubierto de ceniza y la ropa parcialmente quemada.
Pero lo que llamó la atención de Freen fueron las enormes alas de fuego que aparecían detrás de ella.
Un fénix.
Freen se quedó inmóvil.
-No puede ser...
La mujer tosió.
Abrió los ojos.
Y la miró directamente.
-¿Dónde estoy?
Freen dio un paso atrás.
-En territorio de dragones.
La mujer intentó incorporarse.
-Ah.
Volvió a caer.
-Eso explica la mala recepción.
Freen arqueó una ceja.
-¿Acabas de hacer un chiste?
-Estoy herida. Déjame conservar algo de dignidad.
Freen la observó durante unos segundos.
-Eres un fénix.
-Y tú eres muy observadora.
-Los fénix no caen del cielo.
-Yo sí.
-Eso ya lo noté.
Becky hizo una mueca.
-¿Siempre eres así?
-¿Así cómo?
-Encantadora.
Freen cruzó los brazos.
-Estás en mi territorio.
-Y tú estás frente a una criatura que podría incendiar toda esta montaña.
-No podrías.
Becky la miró con incredulidad.
-¿Perdón?
-Estás demasiado débil.
Silencio.
Becky entrecerró los ojos.
-No me caes bien.
-El sentimiento es mutuo.
Becky sonrió débilmente.
-Perfecto.
Y perdió el conocimiento.
Freen suspiró.
-Esto va a ser un problema.
Tres días después, Becky despertó en una habitación desconocida.
Lo primero que sintió fue calor.
Lo segundo, dolor.
Lo tercero, una voz.
-Si vuelves a intentar levantarte, volverás a desmayarte.
Becky abrió los ojos.
Freen estaba sentada junto a la ventana leyendo.
-¿Cuánto tiempo llevo aquí?
-Tres días.
-¿Me salvaste?
-Te encontré.
-Eso no responde la pregunta.
Freen cerró el libro.
-Sí.
Becky la observó.
-¿Por qué?
-Porque estabas muriéndote.
-Eso sigue sin responderla.
Freen guardó silencio.
Becky esperó.
-No tenía otra cosa que hacer.
-Mentira.
Freen levantó la mirada.
-¿Qué?
-Los dragones tienen fama de muchas cosas, pero no de ser caritativos.
-No soy caritativa.
-Entonces...
Becky sonrió.
-¿Por qué me ayudaste?
Freen sostuvo su mirada.
-Porque estabas sola.
La sonrisa de Becky desapareció lentamente.
Aquella respuesta había sido demasiado sincera.
-Tú también estás sola -dijo.
Freen volvió a abrir el libro.
-No estamos hablando de mí.
-Claro que sí.
-No.
-Sí.
-Becky.
-Freen.
Freen suspiró.
-Llevas tres días aquí y ya estás agotando mi paciencia.
-¿Eso significa que estás empezando a conocerme?
-Significa exactamente lo contrario.
Becky sonrió.
-Me alegra.
-¿Por qué?
-Porque si me odias, significa que piensas en mí.
Freen la miró fijamente.
-Eres insoportable.
-Y tú sigues aquí.
Freen no respondió.
Porque, lamentablemente, Becky tenía razón.
Los días se convirtieron en semanas.
Becky recuperó sus fuerzas.
Pero no se marchó.
Freen tampoco la echó.
Aquello se convirtió en una especie de rutina.
Por las mañanas, Becky recorría la fortaleza.
Por las tardes, se sentaba cerca de Freen mientras ella estudiaba mapas, antiguos tratados y documentos sobre los clanes.
Por las noches hablaban.
Mucho.
Demasiado.
Una noche, Becky apareció en la biblioteca con dos copas.
-He encontrado vino.
Freen levantó la mirada.
-¿Dónde?
-En una habitación cerrada.
Freen dejó el libro.
-¿Entraste en una habitación cerrada?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque estaba cerrada.
-Eso no explica nada.
-Me dio curiosidad.
-Algún día esa curiosidad va a matarte.
Becky le entregó una copa.
-Pero hoy no.
Freen aceptó el vino.
-¿Sabes que probablemente sea más viejo que tú?
Becky bebió.
-Eso explica por qué sabe mejor.
Freen soltó una pequeña risa.
Becky se quedó mirándola.
-¿Qué?
-Nada.
-Me estabas mirando.
-Estaba comprobando algo.
-¿Qué?
-Que sabes reír.
Freen arqueó una ceja.
-¿Y?
-Nunca te había escuchado.
-No suelo hacerlo.
-¿Por qué?
Freen miró el vino.
-Porque no suelo encontrar motivos.
Becky dejó su copa sobre la mesa.
-Eso es triste.
-Es la vida.
-No.
Freen la miró.
-¿No?
-No debería ser así.
-Llevo siglos viviendo de esta manera.
-Precisamente.
Becky se inclinó ligeramente hacia ella.
-¿Nunca has querido algo distinto?
Freen tardó en responder.
-Sí.
-¿Qué?
Freen la miró.
Por un instante, pareció que iba a decirlo.
Pero apartó los ojos.
-No importa.
Becky no insistió.
Por primera vez desde que se conocían, entendió que algunas preguntas necesitaban tiempo.
El primer beso ocurrió meses después.
No fue dramático.
No hubo tormentas.
No hubo profecías.
Simplemente estaban sentadas frente al fuego.
Becky hablaba.
Freen la escuchaba.
-...y entonces le dije que si quería mi corona tendría que venir a quitármela él mismo.
Freen sonrió.
-¿Tienes una corona?
-No.
-Entonces mentiste.
-Estaba siendo metafórica.
-Eres terrible.
-Pero te gusto.
Silencio.
Becky dejó de sonreír.
Freen también.
-Eso no ha sonado como una broma -dijo Freen.
-No lo era.
Freen bajó lentamente la copa.
-Becky...
-No tienes que responder.
-Sí tengo.
-No.
-Sí.
-Freen.
-No quiero hacerte daño.
Becky respiró profundamente.
-No puedes decidir eso por mí.
-Soy mucho más vieja que tú.
-Lo sé.
-He vivido guerras.
-Lo sé.
-He visto morir personas que amaba.
-También lo sé.
-Y tú...
Freen se quedó callada.
Becky terminó la frase.
-¿Y yo qué?
-Tú todavía crees que algunas cosas pueden durar.
Becky sonrió suavemente.
-¿Y tú ya no?
Freen la miró.
-No cuando importan.
Becky se acercó.
Muy despacio.
-Entonces quizá alguien tenga que enseñarte otra vez.
Freen no se apartó.
-Becky...
-Dime que me detenga.
Freen la observó.
-No quiero que te detengas.
El beso fue suave.
Casi tímido.
Como si ambas estuvieran aprendiendo algo nuevo.
Cuando se separaron, Becky permaneció cerca.
-Bueno...
Freen respiró.
-¿Bueno qué?
-Creo que ahora tenemos un problema.
-¿Cuál?
Becky sonrió.
-Que me gustó demasiado.
Freen soltó una risa baja.
-A mí también.
Pero la paz no duró.
Una mañana, el cielo se cubrió de sombras.
Cientos de fénix descendieron sobre la cordillera.
Becky salió al balcón.
Su expresión cambió.
-Han venido por mí.
Freen apareció detrás de ella.
-¿Quiénes?
-Mi clan.
-¿Por qué te persiguen?
Becky permaneció en silencio.
-Becky.
-Porque creen que robé algo.
-¿Lo hiciste?
-No.
-Entonces, ¿por qué huyes?
Becky cerró los ojos.
-Porque quieren matarme.
Freen sintió un frío extraño atravesarle el cuerpo.
-¿Por qué?
Becky finalmente se volvió hacia ella.
-Porque soy la heredera del Fénix Celestial.
Freen la miró.
-Nunca me lo dijiste.
-Tenía miedo.
-¿De mí?
-De que cuando lo supieras dejaras de verme como Becky.
Freen dio un paso hacia ella.
-Mírame.
Becky levantó los ojos.
-Te estoy mirando.
-Eres Becky.
-Freen...
-No me importa qué título tengas.
Freen tomó suavemente su rostro entre las manos.
-No me importa qué sangre corra por tus venas.
Becky respiró temblorosamente.
-Entonces, ¿qué te importa?
Freen apoyó la frente contra la suya.
-Que sigas viva.
Los ojos de Becky se llenaron de lágrimas.
-Te quiero.
Freen cerró los ojos.
-Lo sé.
Becky se apartó ligeramente.
-¿Eso es todo?
Freen sonrió.
-No.
La besó.
-Yo también te quiero.
La guerra comenzó al amanecer.
Dragones contra fénix.
Fuego contra fuego.
Montañas enteras temblaron.
Becky salió al cielo con sus alas completamente desplegadas.
Freen adoptó su verdadera forma.
Una enorme dragona negra con escamas oscuras y ojos dorados.
Cuando Becky la vio volar a su lado, sonrió.
-¿Sabes?
La voz de Freen resonó en su mente.
-¿Qué?
-Siempre había querido montar un dragón.
-No.
-¿No?
-No vas a montarme.
Becky soltó una carcajada.
-¡Era una broma!
-Conozco tus bromas.
-Entonces sabes que lo digo en serio.
-Becky.
-Freen.
-No.
-Eres muy aburrida.
-Y aun así me amas.
Becky sonrió.
-Demasiado.
Entonces ambas descendieron.
No para destruir.
Sino para detener la guerra.
Becky aterrizó frente a los líderes de su clan.
Freen permaneció detrás de ella.
-Esta guerra termina hoy -dijo Becky.
Uno de los ancianos levantó la voz.
-¡Traicionaste a tu propia sangre!
Becky miró hacia Freen.
Luego volvió a enfrentarlos.
-No.
Su voz fue firme.
-Por primera vez estoy eligiendo por mí misma.
El anciano señaló a Freen.
-¡Esa criatura te ha hechizado!
Becky sonrió.
-No.
Tomó la mano de Freen.
-Me enseñó a decidir.
Freen entrelazó sus dedos con los de ella.
Y, por primera vez en siglos, dragones y fénix vieron algo que sus historias jamás habían contemplado.
No una enemiga.
No una amenaza.
Sino dos mujeres que habían decidido quedarse juntas.
Muchos años después, la fortaleza cambió.
Ya no era exclusivamente de dragones.
Ni exclusivamente de fénix.
Era hogar.
Becky estaba sentada en la terraza leyendo cuando Freen apareció detrás de ella.
-Estás ocupando mi silla.
-Nuestra silla.
-La compré yo.
-Entonces es nuestra.
Freen negó con la cabeza.
-Eres imposible.
Becky cerró el libro.
-Ven.
Freen se sentó a su lado.
Becky apoyó la cabeza sobre su hombro.
-¿Te arrepientes?
-¿De qué?
-De haberme encontrado aquella noche.
Freen guardó silencio unos segundos.
Después besó suavemente su cabello.
-Nunca.
Becky sonrió.
-¿Ni siquiera cuando hablaba demasiado?
-Especialmente entonces.
-Qué romántica.
-Estoy haciendo un esfuerzo.
Becky levantó la cabeza.
-¿Sabes qué creo?
-No.
-Que tú eras la que necesitaba que alguien cayera del cielo.
Freen sonrió.
-Puede ser.
-Y yo creo que tú necesitabas que alguien te enseñara que la eternidad no sirve de nada si la pasas sola.
Freen la miró.
-Puede ser.
Becky acarició su mejilla.
-Entonces supongo que nos encontramos en el momento correcto.
Freen tomó su mano y besó sus dedos.
-No.
Becky frunció el ceño.
-¿No?
-Nos encontramos en el único momento en que ambas estábamos preparadas para quedarnos.
Becky sonrió.
-Eso me gusta más.
Freen acercó sus labios a los de ella.
-A mí también.
Y bajo un cielo teñido de rojo y oro, el dragón y el fénix permanecieron juntas.
No porque sus naturalezas fueran iguales.
Sino porque, después de toda una eternidad aprendiendo a sobrevivir solas, finalmente habían encontrado algo mucho más difícil que la inmortalidad:
alguien con quien compartirla.








