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El primer árbol que Becky plantó murió tres días después.
El segundo duró una semana.
El tercero sobrevivió exactamente once días antes de que una tormenta lo arrancara de raíz.
Para el cuarto, Becky ya estaba bastante molesta.
-Esto es personal -murmuró, arrodillada frente al pequeño agujero que acababa de cavar.
La tierra húmeda se pegó a sus manos.
Miró el árbol joven que tenía a un lado.
-Tú no te vas a morir.
El viento movió las ramas de los árboles que la rodeaban.
Becky levantó la mirada.
-No estoy hablando contigo.
Silencio.
-Y si estás hablando conmigo...
Volvió a mirar alrededor.
-...sería un poco incómodo.
Algo crujió detrás de ella.
Becky se quedó quieta.
-Muy gracioso.
No recibió respuesta.
Siguió cavando.
Aquel bosque llevaba años abandonado.
Antes había sido una zona protegida por el pueblo, pero con el tiempo las personas habían empezado a cortar árboles para construir casas, vender madera y ampliar caminos.
Ahora quedaban árboles antiguos, raíces enormes y zonas donde la vegetación había desaparecido por completo.
Becky había llegado hacía dos meses para encargarse de un proyecto de recuperación.
Y estaba descubriendo que recuperar un bosque era bastante más complicado que dibujarlo en un plano.
Clavó la pala en el suelo.
-Vamos, pequeñita.
Colocó el árbol en el agujero.
-Tú y yo vamos a demostrarles que esto todavía puede vivir.
-¿Siempre hablas sola?
Becky soltó la pala.
Se giró tan rápido que casi perdió el equilibrio.
Una mujer estaba sentada sobre una de las raíces de un árbol enorme.
Becky la miró.
Cabello oscuro.
Ropa sencilla, de tonos verdes y marrones.
Piel clara.
Una expresión tranquila.
Demasiado tranquila.
-¿De dónde saliste?
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
-Del bosque.
-Eso no responde mi pregunta.
-Sí responde.
Becky frunció el ceño.
-No.
-Sí.
-No.
La mujer la observó unos segundos.
-Eres bastante insistente.
-Y tú bastante rara.
Por primera vez apareció una pequeña sonrisa en los labios de la desconocida.
-Eso dicen.
Becky se levantó.
-¿Vives aquí?
-Sí.
-¿Sola?
-Desde hace mucho tiempo.
Aquello hizo que Becky la mirara con más atención.
-¿Mucho cuánto?
La mujer bajó la mirada hacia las raíces.
-Más de lo que podrías imaginar.
Becky soltó una pequeña risa.
-Eso suena sospechosamente dramático.
-No intentaba ser dramática.
-Pues te salió bastante bien.
La mujer volvió a mirarla.
-¿Qué estás haciendo?
-Plantando.
-Lo veo.
-Entonces no preguntes.
-¿Por qué plantas árboles aquí?
Becky señaló alrededor.
-Porque alguien tiene que hacerlo.
-No eres de aquí.
-No.
-Entonces, ¿por qué te importa?
Becky se quedó callada.
Era una pregunta sencilla.
Pero la forma en que aquella mujer la había hecho no parecía sencilla.
Como si realmente quisiera saberlo.
-Porque me gusta este lugar.
-Está muriendo.
-Precisamente.
La mujer guardó silencio.
Becky volvió a agacharse.
-¿Tienes nombre?
-Freen.
-Yo soy Becky.
-Lo sé.
La pala volvió a detenerse.
Becky levantó lentamente la cabeza.
-¿Cómo sabes mi nombre?
Freen no respondió.
Solo se levantó de la raíz.
-Deberías irte antes de que oscurezca.
-¿Es una amenaza?
-Es un consejo.
-¿Por qué?
-El bosque cambia por la noche.
Becky sonrió.
-¿Y tú?
Freen la miró.
-Yo también.
Después desapareció entre los árboles.
Becky permaneció quieta.
-Definitivamente rara.
Miró su pequeño árbol.
-Pero bonita.
Se quedó callada.
-Eso no lo dije.
Los árboles parecieron susurrar.
Becky suspiró.
-Está bien. Lo pensé.
Al día siguiente, Becky volvió.
El árbol que había plantado estaba cubierto de pequeñas flores blancas.
Becky se quedó mirándolo.
-No puede ser.
Lo tocó.
Estaba vivo.
Muy vivo.
Demasiado vivo.
-Ayer no tenía flores.
-Ahora sí.
Becky giró.
Freen estaba detrás de ella.
-¿Lo hiciste tú?
-No.
-¿Entonces?
-El bosque.
-¿El bosque hace eso?
-A veces.
Becky entrecerró los ojos.
-Tú sabes algo.
-Probablemente.
-Freen.
-¿Sí?
-¿Eres una especie de bruja?
-No.
-¿Fantasma?
-Tampoco.
-¿Vampira?
Freen pareció genuinamente confundida.
-¿Por qué una vampira?
-No sé. Eres pálida, apareces de la nada y vives en un bosque.
-Tu lógica es terrible.
-Pero funciona.
Freen soltó una risa baja.
Y Becky se quedó mirándola.
Era la primera vez que la veía reír.
-¿Qué?
-Nada.
-Me estás mirando.
-Sí.
-¿Por qué?
Becky sonrió.
-Porque te ríes bonito.
Freen dejó de sonreír.
-No hagas eso.
-¿Qué?
-Decir cosas así.
-¿Por qué?
-Porque no estoy acostumbrada.
La respuesta hizo que Becky perdiera un poco la sonrisa.
-Entonces alguien debería acostumbrarte.
Freen la observó.
-¿Siempre eres así?
-¿Así cómo?
-Directa.
-Solo cuando me interesa algo.
Silencio.
Freen bajó la mirada hacia el árbol.
-Cuídalo.
-Lo haré.
-Y no vuelvas mañana.
Becky arqueó una ceja.
-¿Eso es una orden?
-Sí.
-Entonces volveré pasado mañana.
Freen suspiró.
-Eres imposible.
-Y tú ya sabes que voy a volver.
-Sí.
-Entonces estamos de acuerdo.
Becky volvió al día siguiente.
Y al siguiente.
Y al siguiente.
Freen dejó de decirle que se marchara.
Primero comenzó a aparecer unos minutos después de que Becky llegara.
Después se quedaba cerca.
Luego empezó a ayudar.
Una mañana Becky estaba intentando mover una piedra enorme.
-No puedes con eso.
-Sí puedo.
-No puedes.
-Freen.
-Becky.
-Déjame intentarlo.
-Llevas diez minutos intentando.
-Estoy calentando.
Freen levantó una mano.
La piedra se movió.
Becky abrió la boca.
-¿Qué...?
Freen la dejó a un lado.
-Así.
-Eso no es normal.
-Nunca dije que fuera normal.
Becky la miró.
-¿Qué eres?
Freen permaneció callada.
Después extendió la mano.
Una pequeña hoja verde apareció en su palma.
-Soy una dríada.
Becky parpadeó.
-¿Una qué?
-Una dríada.
-¿Como los espíritus de los árboles?
-Sí.
-¿De verdad?
-Sí.
Becky se acercó.
-¿Y tienes...?
Freen la miró.
-¿Qué?
-¿Cuernos?
-No.
-¿Alas?
-No.
-¿Cola?
-No.
-Qué decepción.
Freen la miró con incredulidad.
-¿Querías que tuviera cola?
-No sé. Algo más espectacular.
-Puedo hacer crecer un árbol de diez metros en unos segundos.
Becky sonrió.
-Eso sí está bastante bien.
-Gracias.
-De nada.
Becky se sentó sobre una raíz.
-¿Cuántos años tienes?
-Muchos.
-Otra vez esa respuesta.
-Es una buena respuesta.
-No para mí.
Freen la miró durante un largo momento.
-Doscientos ochenta y seis.
Becky dejó escapar un silbido.
-Vaya.
-Sí.
-¿Y nunca te has ido?
-No.
-¿Nunca quisiste conocer el mundo?
Freen negó lentamente.
-Este es mi mundo.
Becky observó los árboles.
-Debe ser solitario.
Freen no respondió.
Becky entendió.
-Lo siento.
-No tienes que hacerlo.
-Sí tengo.
-¿Por qué?
-Porque acabo de decir algo que probablemente te dolió.
Freen la miró.
-No estoy acostumbrada a que alguien se dé cuenta.
Becky sonrió suavemente.
-Pues tendrás que acostumbrarte.
Pasaron los meses.
El bosque comenzó a cambiar.
Los árboles jóvenes crecieron.
Los pájaros regresaron.
El agua volvió a correr por una parte del arroyo.
Y Becky empezó a pasar más tiempo allí.
A veces trabajaba.
A veces simplemente se sentaba.
Freen comenzó a conocer sus costumbres.
Sabía cuándo Becky estaba cansada por la forma en que se dejaba caer sobre una raíz.
Sabía cuándo estaba triste porque hablaba menos.
Sabía cuándo estaba nerviosa porque arrancaba pequeñas hojas del suelo sin darse cuenta.
Y Becky también aprendió a leerla.
Freen hablaba poco.
Pero cuando quería decir algo, lo decía.
Una tarde, Becky llegó con dos cafés.
-Te traje uno.
Freen miró el vaso.
-No puedo beber eso.
-No puedes beber café.
-Soy una dríada.
-¿Y?
-Los árboles no beben café.
-Tú no eres un árbol.
-Técnicamente...
-Freen.
-Está bien.
Becky le entregó el vaso.
Freen lo olió.
-Huele bien.
-¿Ves?
-Eso no significa que vaya a gustarme.
Probó un sorbo.
Su expresión cambió ligeramente.
Becky sonrió.
-¿Y?
-Está bien.
-¿Solo bien?
-Muy bien.
-Eso sonó casi como un cumplido.
-No te acostumbres.
Becky se rio.
-Demasiado tarde.
Se quedaron sentadas juntas.
Sin hablar.
Después de unos minutos, Freen dijo:
-Becky.
-¿Sí?
-¿Por qué sigues viniendo?
Becky dejó el vaso en el suelo.
-Porque me gusta estar aquí.
-Eso no es suficiente.
-¿Para qué?
-Para explicar todo esto.
Becky la miró.
-¿Todo qué?
Freen sostuvo su mirada.
-Que me busques incluso cuando no necesitas nada.
Becky sonrió un poco.
-Quizá sí necesito algo.
-¿Qué?
-A ti.
Freen apartó la mirada.
-No digas eso.
-¿Por qué?
-Porque no sé qué hacer con esas palabras.
Becky se acercó un poco.
-No tienes que hacer nada.
-Eso es fácil decirlo.
-Entonces dime qué sientes.
Freen permaneció en silencio.
El viento movió las hojas sobre sus cabezas.
Finalmente habló.
-Tengo miedo.
Becky no esperaba esa respuesta.
-¿De mí?
-De perderte.
Becky respiró lentamente.
-Freen...
-Tú eres humana.
-Sí.
-Vas a envejecer.
-Sí.
-Vas a cambiar.
-Probablemente.
-Y algún día vas a morir.
Becky bajó la mirada.
-Sí.
-Yo voy a seguir aquí.
La voz de Freen se quebró apenas.
-He visto morir a todos los humanos que alguna vez amé.
Becky se quedó quieta.
-No quiero volver a hacerlo.
-Entonces no me quieras.
Freen la miró.
-Eso sería lo lógico.
Becky negó lentamente.
-No.
-¿No?
-No sería lo lógico.
-¿Entonces qué sería?
Becky tomó su mano.
Freen se quedó inmóvil.
-Sería vivir.
-¿Y después?
-Después veremos.
-Eso no es una solución.
-No estoy buscando una solución.
Becky entrelazó sus dedos con los de ella.
-Estoy buscando una vida contigo.
Freen cerró los ojos.
Una pequeña flor nació entre las raíces a sus pies.
El primer beso ocurrió semanas después.
No fue perfecto.
Becky chocó ligeramente su nariz con la de Freen.
-Ay.
Freen soltó una risa.
-¿Estás bien?
-Sí.
-Eso fue terrible.
-Gracias.
-No era un cumplido.
-Lo sé.
Becky volvió a acercarse.
-¿Podemos intentarlo otra vez?
Freen sonrió.
-Sí.
Esta vez fue lento.
Suave.
Sin magia.
Sin árboles floreciendo.
Sin nada extraordinario.
Solo dos mujeres besándose bajo la sombra de un árbol antiguo.
Cuando se separaron, Becky apoyó la frente contra la de ella.
-Mucho mejor.
-Sí.
-¿Te gustó?
Freen la miró.
-Mucho.
-Entonces tenemos un problema.
-¿Cuál?
-Ahora voy a querer hacerlo otra vez.
Freen sonrió.
-Ese no me parece un problema.
Pero el bosque no estaba completamente a salvo.
Una mañana llegaron hombres con máquinas.
Querían abrir un camino nuevo.
Becky discutió con ellos.
Freen observaba desde los árboles.
-No pueden hacer esto.
-Tienen permisos -dijo Becky.
-Los permisos no hacen que esté bien.
-Lo sé.
-Entonces detenlos.
Becky la miró.
-No puedo hacerlo sola.
Freen guardó silencio.
-Puedo.
-¿Qué?
-Puedo detenerlos.
-Freen...
-Puedo hacer que el bosque los expulse.
-Y después te perseguirán.
-No me importa.
Becky se acercó.
-A mí sí.
Freen la miró.
-No quiero perder este lugar.
-Y yo no quiero perderte a ti.
La expresión de Freen cambió.
-Becky...
-No voy a permitir que destruyan el bosque. Pero tampoco voy a dejar que tú te sacrifiques por él.
-Soy su guardiana.
-Y yo soy la mujer que te ama.
Freen se quedó completamente quieta.
Becky tragó saliva.
-Lo dije.
-Sí.
-¿Y?
Freen caminó hacia ella.
-Yo también te amo.
Becky sonrió.
-Eso era todo lo que quería escuchar.
Meses después, el proyecto fue aprobado.
El bosque quedó protegido.
Y el pequeño árbol que Becky había plantado el primer día creció hasta convertirse en uno de los más fuertes de aquella zona.
Una tarde, Becky se sentó bajo sus ramas.
Freen llegó y se acomodó a su lado.
-Está grande.
-Lo sé.
-Lo plantaste tú.
-Lo plantamos juntas.
Freen sonrió.
Becky apoyó la cabeza sobre su hombro.
-¿Sabes qué pensé el primer día que te vi?
-Que era rara.
-Eso también.
-¿Qué más?
Becky sonrió.
-Que estabas sola.
Freen bajó la mirada hacia ella.
-¿Y ahora?
Becky levantó la cabeza.
-Ahora ya no.
Freen besó suavemente su frente.
A su alrededor, el bosque respiraba.
Y entre las raíces del árbol que Becky había plantado meses atrás, comenzaron a aparecer pequeñas flores.
No porque una dríada estuviera usando su magia.
Sino porque la primavera había llegado.
Y por primera vez en siglos, Freen no estaba esperando que alguien se marchara.
Estaba esperando el día siguiente.
Porque ahora tenía a alguien con quien vivirlo. 🌳❤️








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