cap 1
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El cielo gritaba. La tierra se partía y de sus grietas emergía un líquido blanquecino, viscoso y putrefacto. Entre las montañas, un cúmulo de carne humana reclamaba su nuevo reinado.
Este espectáculo era visto por los humanos, frágiles bestias que, ante el inminente peligro de seres de poder absoluto conocidos vulgarmente como «anomalías», vivían sus vidas ocultos y temerosos, con la miseria acechando cada rincón.
Mientras tanto, los pensamientos de un pequeño eran ignorados por el resto.
Llevaba un polo blanco, descosido y sucio, y unos pantalones negros y arrugados. Su ojo derecho estaba ciego, pero su brillo esmeralda prevalecía. Observaba con pánico el exterior, mientras un cabello marrón oscuro le cubría el cuello y parte de los ojos. Sus puños cicatrizados se apretaban fuertemente. Su estatura era aproximadamente de 104 cm y, junto a sus prendas, daba una imagen muy penosa para un infante de siete años.
«Tengo que encontrarla», pensó el niño para sus adentros. «Tengo que esforzarme más».
Las calles estaban agrietadas por el tiempo; los faroles, desgastados y oscurecidos, alumbraban la tenue neblina del lugar. Las casas se limitaban a tres colores: negro, plomo y marrón (este último para los privilegiados con puerta de madera). Las cortinas evitaban cualquier intento de ver el interior a través de las ventanas, y las rejas protegían a estas mismas del vandalismo.
El pequeño corrió desesperadamente hasta cruzar hacia un callejón.
—Maldita loca —azotando la puerta, un hombre de mediana edad miró al niño por unos breves segundos.
El pequeño, con miedo, se alejó unos metros para darle paso al mayor. Al terminar, miró con curiosidad hacia el fondo.
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