Create New List
Share with your friends
Customize readability

🦊One-shot✨LA ZORRA DE NUEVE COLAS✨

Summary

En lo profundo de un bosque donde los humanos tienen prohibido entrar, vive Freen, una gumiho que ha pasado siglos aprendiendo a no encariñarse con nadie. Hasta que una noche una humana llamada Becky se pierde entre los árboles y, en lugar de huir de ella, decide volver. Lo que comienza como curiosidad se convierte lentamente en algo que ninguna de las dos estaba preparada para sentir: un amor capaz de desafiar incluso a la eternidad.

Genre
Romance
Author
Queen
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

I. LA MUJER QUE NO TEMÍA A LA LLUVIA

La primera vez que Becky Armstrong vio a la mujer del bosque, estaba lloviendo.

No era una tormenta violenta, de esas que hacían temblar las ventanas y arrancaban las ramas de los árboles. Era una lluvia persistente, silenciosa y fría, que parecía caer desde un cielo incapaz de recordar cómo detenerse.

Becky llevaba veinte minutos perdida.

Lo sabía porque había consultado su teléfono tantas veces que la batería estaba a punto de rendirse antes que ella.

Sin señal.

Sin GPS.

Sin una sola indicación que le permitiera distinguir el camino de regreso.

—Perfecto —murmuró, contemplando los árboles que se alzaban a su alrededor—. Simplemente perfecto.

Había llegado a aquel rincón de la montaña para fotografiar un antiguo santuario. Su amiga le había hablado de él semanas atrás, describiéndolo como un lugar hermoso, abandonado y envuelto en leyendas que los habitantes del pueblo preferían no discutir.

Según una de aquellas historias, en el bosque vivía una criatura con nueve colas blancas.

Una gumiho.

Un espíritu capaz de adoptar la apariencia de una mujer para atraer a los humanos hacia su perdición.

Becky había escuchado la historia con una sonrisa.

Las leyendas le parecían fascinantes, pero nunca había sido una persona dispuesta a confundirlas con la realidad.

Hasta aquella noche.

Había cometido tres errores.

El primero fue desviarse del sendero señalizado.

El segundo, continuar caminando cuando el sol comenzó a desaparecer.

El tercero fue ignorar el último consejo que un anciano le había dado antes de abandonar el pueblo.

Si escuchas una voz llamándote desde el bosque después del anochecer, no respondas.

Becky había pensado que se trataba de una superstición pintoresca.

Ahora, mientras el agua le empapaba el cabello y sus zapatos se hundían en el barro, comenzaba a reconsiderarlo.

Una rama crujió a su espalda.

Becky se volvió inmediatamente.

—¿Hola?

Nadie respondió.

Solo escuchó el murmullo de la lluvia y el susurro de las hojas.

Entonces una voz femenina surgió de entre los árboles.

—No deberías estar aquí.

Becky giró la cabeza.

La mujer se encontraba a pocos metros de distancia, bajo las ramas de un árbol antiguo.

No llevaba paraguas.

Tampoco parecía sentir frío.

Su largo cabello oscuro caía sobre sus hombros, completamente seco a pesar de la lluvia. Vestía un abrigo negro que contrastaba con la palidez de su rostro y unos ojos oscuros, de una intensidad difícil de sostener, parecían observar a Becky como si intentaran reconocer algo que había permanecido oculto durante demasiado tiempo.

Era hermosa.

Pero no de una manera corriente.

Había algo antiguo en ella, una elegancia inquietante que no parecía pertenecer al mundo moderno.

Becky tragó saliva.

—Me he perdido.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque llevas veinte minutos caminando en círculos.

Becky abrió la boca.

Después la cerró.

—Eso es... bastante específico.

—También has tropezado dos veces con la misma raíz.

—La segunda vez fue culpa de la lluvia.

La desconocida arqueó una ceja.

—Por supuesto.

Becky debería haber sentido miedo.

En cambio, aquella respuesta consiguió arrancarle una pequeña sonrisa.

—¿Vives aquí?

—Podría decirse.

—¿Sola?

—Sí.

—¿No te da miedo?

La mujer la observó en silencio.

Entonces sonrió apenas.

—A mí deberían tenerme miedo.

La sonrisa de Becky desapareció durante un instante.

—¿Eso ha sido una amenaza?

—Una advertencia.

—No es precisamente la mejor manera de tranquilizar a una persona perdida.

—No estaba intentando tranquilizarte.

Becky respiró hondo.

Miró a la mujer.

Después al bosque.

Luego volvió a mirarla.

—Bueno, si quisieras hacerme daño, supongo que ya lo habrías hecho.

Algo parecido a la sorpresa cruzó el rostro de la desconocida.

—Eres extraña.

—Me lo dicen mucho.

—Y demasiado confiada.

—También me lo dicen mucho.

La mujer suspiró.

—Ven. Te llevaré hasta el límite del bosque.

Becky dudó.

No conocía a aquella mujer. Ni siquiera sabía si era real o si su imaginación, alimentada por el cansancio, había decidido jugarle una mala pasada.

Sin embargo, algo en aquellos ojos la hizo sentir que, por primera vez en toda la noche, había encontrado el camino correcto.

—¿Puedo saber tu nombre?

La mujer comenzó a caminar.

—Freen.

Becky la siguió, procurando no resbalar.

—Yo soy Becky.

Freen se detuvo.

Por un instante, el bosque entero pareció contener la respiración.

La mujer se volvió lentamente.

—Lo sé.

Becky frunció el ceño.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Freen la contempló con una expresión indescifrable.

Después se acercó lo suficiente para que Becky pudiera distinguir el extraño brillo de sus ojos.

—Todavía no lo sé.

Y continuó caminando.

Becky se quedó inmóvil durante dos segundos.

—¡Espera! ¡Eso no tiene ningún sentido!

—Entonces deja de hacer preguntas.

—¡No puedo! ¡Es una de mis principales características!

Por primera vez en muchos años, Freen tuvo que contener una sonrisa.

Y aquello, aunque Becky todavía no podía saberlo, fue el principio de su desgracia.

Porque Freen Sarocha había cometido un error que llevaba siglos evitando.

Había permitido que una humana despertara su curiosidad.

II. NUEVE COLAS Y UNA MENTIRA

El sendero de regreso resultó más largo de lo que Becky había imaginado.

O quizá simplemente parecía más largo porque Freen caminaba como si conociera cada piedra, cada raíz y cada secreto del bosque.

—¿Llevas mucho tiempo viviendo aquí? —preguntó Becky.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—Mucho.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que vas a recibir.

Becky resopló.

—¿Siempre eres así de misteriosa?

—¿Siempre hablas tanto?

—Solo cuando estoy nerviosa.

Freen la miró de reojo.

—¿Estás nerviosa?

—Estoy perdida en un bosque durante la noche, siguiendo a una mujer que aparece de la nada y que, por alguna razón, no se moja bajo la lluvia. Así que sí, un poquito.

Freen desvió la mirada.

—No tienes por qué preocuparte.

—Eso es exactamente lo que diría alguien de quien debería preocuparme.

—Entonces quizá deberías escucharme menos y caminar más rápido.

Becky soltó una carcajada.

El sonido se extendió entre los árboles.

Freen se detuvo.

Hacía mucho tiempo que no escuchaba una risa semejante.

No porque los humanos hubieran dejado de reír, sino porque ella había dejado de acercarse lo suficiente para escucharlos.

Durante siglos había observado cómo nacían, amaban, envejecían y desaparecían.

Había aprendido a mantenerse apartada.

Era más sencillo contemplar la vida desde la distancia que permitir que alguien se convirtiera en una razón para temerle a la muerte.

Y, sin embargo, aquella desconocida caminaba a su lado hablando de cualquier tontería que se le ocurría.

Era imprudente.

Curiosa.

Demasiado confiada.

Y tenía una risa que comenzaba a resultar peligrosamente agradable.

Cuando finalmente alcanzaron el límite del bosque, Becky distinguió las primeras luces del pueblo.

Se volvió hacia Freen.

—Gracias por ayudarme.

—No vuelvas.

—¿Al bosque?

—Sí.

—¿Por qué?

Freen la miró directamente.

—Porque este lugar no pertenece a los humanos.

Becky intentó disimular su inquietud con una sonrisa.

—Entonces procuraré hacerte caso.

Freen asintió.

Becky dio unos pasos hacia el camino.

Después se detuvo.

—Freen.

—¿Qué?

—¿Volveremos a vernos?

La respuesta debería haber sido sencilla.

No.

Era lo que Freen había dicho a innumerables personas a lo largo de los siglos. Una palabra breve, suficiente para cerrar cualquier posibilidad antes de que pudiera convertirse en algo más.

Sin embargo, cuando miró a Becky, descubrió que aquella palabra se le había quedado atrapada en la garganta.

—No —respondió finalmente.

Becky la observó durante unos segundos.

Después sonrió.

—Está bien. Buenas noches, Freen.

Y se marchó.

Freen permaneció inmóvil hasta que la silueta de la joven desapareció entre las luces del pueblo.

Solo entonces permitió que su verdadera naturaleza emergiera.

Una corriente de energía recorrió su cuerpo. Su cabello se agitó a pesar de que el viento había cesado y, detrás de ella, aparecieron nueve enormes colas blancas, suaves como la nieve y luminosas bajo la lluvia.

La gumiho cerró los ojos.

Había sentido algo extraño cuando Becky pronunció su nombre.

Una vibración en el corazón espiritual que llevaba siglos protegiendo.

Algo que no había sentido desde una noche muy lejana, cuando todavía creía que el amor podía sobrevivir a cualquier cosa.

Freen apretó los dedos alrededor de una pequeña cinta roja que llevaba oculta bajo la ropa.

—No vuelvas —susurró.

Pero no sabía si se lo estaba ordenando a Becky o a sí misma.

III. LA HUMANA QUE REGRESÓ CON CAFÉ

Becky regresó tres días después.

Freen la encontró sentada bajo el mismo árbol donde se habían despedido, con una mochila junto a los pies y un termo entre las manos.

La gumiho apareció frente a ella sin hacer el menor ruido.

—Te dije que no regresaras.

Becky levantó la mirada.

—Buenos días para ti también.

—¿No sabes escuchar?

—Sí. Lo que pasa es que tengo una relación complicada con las órdenes.

—Este no es un lugar seguro.

—La primera vez que vine tampoco lo era. Y, aun así, me ayudaste.

—Eso no significa que vaya a hacerlo siempre.

—Entonces tendré que aprovechar esta oportunidad.

Freen la contempló con incredulidad.

—¿Por qué has vuelto?

La sonrisa de Becky se suavizó.

Abrió su mochila y sacó una pequeña cinta roja.

—Se te cayó aquella noche.

Freen dejó de respirar.

No literalmente, porque su cuerpo ya no necesitaba hacerlo de la misma manera que el de un ser humano, pero la reacción fue tan intensa que Becky notó inmediatamente el cambio en su expresión.

La gumiho extendió la mano.

Sus dedos rozaron los de Becky cuando tomó la cinta.

Era vieja.

Mucho más antigua de lo que su apariencia sugería.

El tejido conservaba una delicada marca bordada en uno de sus extremos: una pequeña flor de ciruelo rodeada por nueve pétalos.

Freen había llevado aquella cinta durante siglos.

Había pertenecido a una mujer a la que amó cuando todavía creía que su corazón podía pertenecer a alguien sin condenarlo a sufrir.

O, al menos, eso era lo que había intentado convencerse de recordar.

—¿De dónde la sacaste? —preguntó con una voz peligrosamente baja.

Becky parpadeó.

—Del sendero. Se te cayó cuando me acompañaste hasta la salida.

—¿La has abierto?

—No. ¿Por qué iba a hacerlo?

Freen cerró los dedos alrededor de la cinta.

—Podrías haberla dejado en el pueblo.

—Podría.

—Entonces, ¿por qué has venido?

Becky sostuvo su mirada.

Esta vez no sonrió para ocultar su nerviosismo.

—Porque quería verte.

El silencio que siguió fue distinto de todos los anteriores.

Freen había esperado muchas cosas de los humanos.

Curiosidad.

Codicia.

Miedo.

Incluso adoración.

Pero la sinceridad sencilla de aquella respuesta la dejó sin palabras.

Becky carraspeó.

—También he traído café.

Freen levantó lentamente la mirada.

—No bebo café.

—Entonces tendrás que aprender.

—No necesito aprender.

—Todos necesitamos aprender algo nuevo.

—¿Siempre tienes que tener la última palabra?

—No siempre.

Becky le tendió el termo.

—Pero hoy me gustaría.

Freen observó el recipiente como si se tratara de un objeto maldito.

Finalmente lo aceptó.

El café estaba tibio.

Demasiado dulce.

Y, según Freen, absolutamente innecesario.

Sin embargo, cuando Becky se sentó a su lado, la gumiho descubrió que no le molestaba tanto como había esperado.

—¿Vas a regresar mañana? —preguntó antes de poder detenerse.

Becky giró la cabeza.

Una sonrisa lenta apareció en su rostro.

—¿Me estás invitando?

—Estoy preguntando.

—Claro.

Freen entrecerró los ojos.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Y aquella vez, cuando Becky se echó a reír, Freen no intentó ocultar su propia sonrisa.

IV. EL CORAZÓN DETRÁS DE LOS COLMILLOS

Las visitas comenzaron a repetirse.

Al principio, Becky acudía una vez por semana.

Después, dos.

Finalmente, dejó de contar los días y empezó a medir el tiempo por las cosas que compartía con Freen.

Un libro terminado.

Una taza de café.

Una discusión absurda sobre si los humanos eran criaturas especialmente torpes o si Becky simplemente constituía una excepción.

Freen descubrió que Becky tenía la costumbre de hablar cuando estaba emocionada, que fruncía la nariz cuando algo le parecía injusto y que siempre llevaba una cámara consigo, incluso cuando juraba que no tenía intención de tomar fotografías.

Becky, por su parte, descubrió que Freen prefería el silencio por las mañanas, que conocía el nombre de plantas que habían desaparecido de las montañas hacía cientos de años y que, a pesar de su expresión severa, tenía un sentido del humor sorprendentemente cruel.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó Becky una tarde.

Freen continuó leyendo.

—Suficientes.

—¿Cien?

—Más.

—¿Doscientos?

—Más.

Becky dejó de sonreír.

—¿Mil?

Freen levantó la mirada.

—No te gusta rendirte, ¿verdad?

—No cuando alguien responde como un acertijo.

—Entonces te resultará difícil conocerme.

Becky guardó silencio.

Después se sentó junto a ella.

—No necesito conocer todos tus secretos hoy.

Freen volvió a mirar el libro.

—¿Y mañana?

—Mañana te traeré café.

—No has respondido a mi pregunta.

—Y tú tampoco a la mía.

Freen soltó un suspiro.

Becky sonrió satisfecha.

Poco a poco, la distancia entre ellas comenzó a desaparecer.

Freen dejó de esperar que Becky se marchara antes del anochecer.

Empezó a preparar un lugar para ella junto al lago.

Aprendió qué clase de dulces le gustaban y descubrió que podía soportar las fotografías siempre que Becky le prometiera no mostrarle todas las que tomaba.

Una tarde, la joven apareció con una manta.

Freen la observó con desconfianza.

—¿Qué es eso?

—Una manta.

—Sé lo que es una manta.

—Entonces vamos por buen camino.

—¿Para qué la has traído?

Becky extendió la tela sobre la hierba.

—Para que no te sientes sobre el suelo húmedo.

—No tengo frío.

—Ya lo sé.

—Tampoco necesito que te preocupes por mí.

Becky levantó la mirada.

—Quizá no. Pero quiero hacerlo.

Aquellas palabras fueron pronunciadas sin dramatismo, sin exigencias y sin esperar nada a cambio.

Precisamente por eso, Freen no supo qué responder.

Durante siglos había recibido ofrendas, súplicas y promesas.

Nadie le había ofrecido una manta simplemente porque quería que estuviera cómoda.

La gumiho se sentó junto a Becky.

—Gracias.

La joven sonrió.

—De nada.

Y por primera vez en mucho tiempo, Freen permitió que alguien cuidara de ella.

V. LA VERDAD BAJO LA LUNA

La revelación ocurrió una tarde de otoño.

Becky se había quedado dormida junto a Freen, con la cabeza apoyada sobre su hombro.

El bosque estaba en silencio.

Las últimas hojas de los árboles descendían lentamente hacia el suelo y el lago reflejaba una luna pálida que comenzaba a elevarse sobre las montañas.

Freen no se movió.

Podía sentir la respiración tranquila de Becky y el calor de su cuerpo a través de la ropa.

Era una sensación sencilla.

Humana.

Y, precisamente por eso, aterradora.

Freen había vivido demasiado tiempo.

Había visto cómo las personas que amaba se convertían en recuerdos. Había enterrado promesas junto a tumbas olvidadas y aprendido que incluso los sentimientos más intensos podían terminar transformándose en dolor.

Por eso había dejado de amar.

No porque su corazón hubiera desaparecido, sino porque había comprendido que la eternidad podía ser una condena cuando se compartía con alguien destinado a morir.

Becky se removió ligeramente mientras dormía.

Su mano buscó instintivamente la de Freen.

La gumiho contempló aquellos dedos entrelazados con los suyos.

Entonces, sin proponérselo, dejó escapar parte de su energía espiritual.

Una cola blanca apareció detrás de ella.

Después otra.

Y otra más.

Las nueve se extendieron alrededor de Becky, formando un refugio suave que la protegía del viento.

Cuando la joven despertó, lo primero que vio fue una enorme cola blanca junto a su rostro.

Parpadeó.

Después levantó la cabeza.

Otra cola se movió detrás de Freen.

Luego una tercera.

Becky se incorporó tan rápidamente que casi tropezó con la manta.

—Freen...

La mujer abrió los ojos.

Durante un instante, ninguna de las dos habló.

Becky miró las nueve colas.

Después miró a Freen.

Luego volvió a mirar las colas.

—Necesito que me expliques algo.

Freen se puso de pie.

Su expresión se había vuelto distante, casi fría.

—Ahora sabes lo que soy.

Becky tragó saliva.

—¿Eres una gumiho?

—Sí.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Y tienes nueve colas?

Freen cerró los ojos.

—Becky...

—Perdona. Estoy intentando procesarlo.

La gumiho esperó.

Había imaginado aquella escena muchas veces.

Gritos.

Lágrimas.

Horror.

Personas huyendo mientras la llamaban monstruo.

Estaba preparada para soportarlo una vez más.

Pero Becky no huyó.

En cambio, dio un pequeño paso hacia ella.

—Son preciosas.

Freen abrió los ojos.

—¿Qué?

—Tus colas. Son preciosas.

—¿No tienes miedo?

Becky observó las nueve colas, todavía incapaz de comprender cómo algo semejante podía existir.

—Sí, un poco.

La sinceridad de la respuesta sorprendió a Freen.

Becky continuó:

—Pero no de ti.

—Deberías tenerlo.

—¿Por qué?

—Porque soy peligrosa.

—Nunca me has hecho daño.

—Podría hacerlo.

—Pero no lo has hecho.

Freen apretó la mandíbula.

—No sabes lo que soy.

Becky sostuvo su mirada.

—Quizá no conozco toda tu historia. Pero conozco a la mujer que me acompañó hasta la salida cuando estaba perdida. A la que finge que no le gusta el café, aunque siempre termina bebiéndolo. A la que recuerda mis historias incluso cuando dice que no me está escuchando.

Dio otro paso.

—Conozco a Freen.

El nombre, pronunciado de aquella manera, atravesó todas las defensas que la gumiho había levantado durante siglos.

No monstruo.

No demonio.

No criatura.

Freen.

Simplemente Freen.

Becky levantó lentamente una mano.

—¿Puedo tocar una?

La gumiho vaciló.

Después asintió.

Los dedos de Becky se hundieron suavemente en el pelaje blanco.

Era cálido, sedoso y sorprendentemente suave.

Freen cerró los ojos.

Hacía siglos que nadie la tocaba sin intentar obtener algo de ella.

Nadie se había acercado sin miedo, codicia o una plegaria escondida detrás de los labios.

Becky no le pidió inmortalidad.

No le pidió poder.

No le pidió que demostrara nada.

Simplemente acarició su cola con una delicadeza que Freen no sabía cómo soportar.

Y, por primera vez en siglos, la gumiho sintió que el mundo dejaba de pesar sobre sus hombros.

Sintió paz.

Pero aquella paz duró poco.

Porque cuando Becky retiró la mano, una luz rojiza apareció durante un instante bajo la piel de su muñeca.

Freen la vio.

Y su rostro perdió todo el color.

La marca tenía la misma forma que la flor bordada en la cinta roja.

La misma forma que había visto por última vez en la mujer que amó hacía siglos.

La misma marca que, según una antigua profecía, jamás debía aparecer en una humana.

Freen retrocedió.

Becky frunció el ceño.

—¿Qué sucede?

La gumiho no respondió.

Porque acababa de comprender que el destino no había llevado a Becky hasta su bosque por casualidad.

Y que, quizá, su historia todavía no había terminado de repetirse.

VI. EL SECRETO DE LA CINTA ROJA

Aquella noche, Becky descubrió que Freen podía permanecer en silencio durante horas cuando algo la preocupaba.

La gumiho se había sentado junto al lago, sosteniendo la cinta roja entre los dedos.

Becky se acercó despacio.

—¿Vas a contarme qué ha pasado?

Freen no levantó la mirada.

—La cinta perteneció a alguien a quien amé.

Becky se sentó a su lado.

—¿Hace mucho tiempo?

—Hace siglos.

La respuesta habría parecido absurda en cualquier otra circunstancia.

Pero Becky acababa de descubrir que su compañera podía desplegar nueve colas blancas detrás de su espalda.

Los siglos ya no parecían una exageración tan difícil de aceptar.

—¿Qué le ocurrió? —preguntó suavemente.

Freen cerró los dedos alrededor de la cinta.

—Murió.

No añadió nada más.

No porque no tuviera una historia que contar, sino porque había pasado tanto tiempo intentando sobrevivir a aquel recuerdo que pronunciarlo en voz alta le parecía una forma de traición.

Becky no insistió.

Esperó.

Finalmente, Freen habló.

—Cuando era joven, creía que podía vivir entre los humanos sin consecuencias. Pensaba que, si amaba a alguien lo suficiente, podría protegerlo de todo.

Una sonrisa amarga apareció en sus labios.

—Estaba equivocada.

La gumiho explicó que, muchos siglos atrás, había conocido a una mujer llamada Seol. Había sido la primera humana que se acercó a ella sin miedo y la primera persona por la que Freen estuvo dispuesta a renunciar a su soledad.

Seol conocía su naturaleza.

Conocía sus nueve colas.

Conocía la oscuridad que podía esconderse detrás de su belleza.

Y, aun así, la había amado.

Pero un cazador de espíritus descubrió su relación.

Convencido de que la gumiho podía ser utilizada para obtener la vida eterna, comenzó a perseguirlas. Cuando Freen intentó proteger a Seol, llegó demasiado tarde.

La mujer murió antes del amanecer.

Y Freen pasó los siglos siguientes convencida de que amar a una humana era condenarla a una tragedia.

—¿Por eso vives sola? —preguntó Becky.

—Sí.

—¿Porque tienes miedo de volver a perder a alguien?

Freen la miró.

—Porque sé lo que ocurre cuando olvido que soy diferente.

Becky bajó la mirada hacia la cinta roja.

—¿Crees que soy ella?

La pregunta quedó suspendida entre ambas.

Freen tardó demasiado en responder.

—No lo sé.

Era la verdad.

La marca de la muñeca de Becky, su presencia en el bosque y la manera en que su energía espiritual parecía responder a la de Freen no podían ser simples coincidencias.

Pero tampoco significaban que Becky fuera Seol.

—A veces —confesó Freen—, cuando te miro, recuerdo cosas que creía haber olvidado.

Becky sintió una punzada en el pecho.

—¿Y eso te asusta?

—Más de lo que imaginas.

La joven guardó silencio durante unos segundos.

Después tomó suavemente la mano de Freen.

—No soy la mujer que perdiste.

Freen bajó la mirada hacia sus manos unidas.

—Lo sé.

—No puedo prometerte que nunca voy a hacerte daño. Tampoco puedo prometerte que viviré para siempre.

La gumiho apretó los labios.

—No deberías decir esas cosas.

—¿Por qué? ¿Porque son verdad?

Freen no respondió.

Becky acarició sus nudillos con el pulgar.

—No quiero que me quieras porque te recuerdo a alguien. Quiero que me conozcas por quien soy. Con mis defectos, mis preguntas y mi pésimo sentido de la orientación.

A Freen se le escapó una pequeña risa.

Becky sonrió.

—Eso. Me gusta cuando te ríes.

—Eres insoportable.

—Y tú estás evitando responderme.

La sonrisa de Freen desapareció lentamente.

Miró a Becky.

Por primera vez, comprendió que la joven no estaba intentando reemplazar un recuerdo.

Le estaba ofreciendo la posibilidad de construir uno nuevo.

Y eso era mucho más aterrador que cualquier fantasma del pasado.

VII. EL CAZADOR DE LAS SOMBRAS

El peligro llegó tres noches después.

Freen lo sintió antes de verlo.

El bosque cambió.

Los insectos dejaron de cantar, el viento se detuvo y una energía extraña comenzó a extenderse entre los árboles.

La gumiho se puso de pie.

—Becky, ven aquí.

La joven, que estaba recogiendo sus cosas, levantó la mirada.

—¿Qué ocurre?

—Ahora.

Había algo en la voz de Freen que no admitía preguntas.

Becky se acercó.

Entre los árboles apareció un hombre vestido de negro. Llevaba un bastón de madera oscura y un collar formado por pequeñas cuentas talladas con símbolos antiguos.

Sus ojos se posaron inmediatamente sobre Freen.

Después descendieron hasta Becky.

Y una sonrisa desagradable curvó sus labios.

—Así que los rumores eran ciertos.

Freen se colocó delante de Becky.

—Abandona mi bosque.

El hombre soltó una carcajada.

—¿Tu bosque? Sigues creyendo que puedes reclamar como tuyo todo aquello que deseas proteger.

La expresión de Freen se endureció.

—No volveré a advertírtelo.

—No he venido por ti.

El hombre señaló a Becky.

—He venido por ella.

Becky sintió que el estómago se le encogía.

—¿Quién es ese?

—Alguien que debió morir hace mucho tiempo —respondió Freen.

El desconocido sonrió.

—Qué manera tan cruel de hablar de un viejo conocido.

Freen reconoció entonces el símbolo grabado en el bastón.

El mismo símbolo que había visto la noche en que Seol murió.

El cazador que había perseguido a su antiguo amor estaba allí.

Y, aunque su rostro había cambiado con los siglos, su energía seguía siendo la misma.

Una oscuridad que no pertenecía a ningún ser vivo.

—Creía que estabas muerto —dijo Freen.

—Y yo creía que habías aprendido la lección.

El cazador inclinó la cabeza.

—Pero aquí estás otra vez. Protegiendo a una humana. Permitiendo que tu corazón vuelva a convertirse en una debilidad.

Becky miró a Freen.

La gumiho no apartó los ojos del hombre.

—No te acerques a ella.

—¿O qué? ¿Volverás a destruir todo lo que amas?

El aire vibró.

Las nueve colas de Freen aparecieron detrás de ella.

Esta vez no eran un refugio ni una manifestación involuntaria de sus emociones.

Eran una advertencia.

El cazador retrocedió un paso, aunque no perdió la sonrisa.

—Ahí está. La verdadera bestia.

Freen levantó una mano.

Una ráfaga de energía blanca recorrió el bosque y obligó al hombre a cubrirse el rostro.

Pero él había preparado aquella visita.

Las cuentas de su collar comenzaron a brillar y una serie de símbolos rojizos apareció alrededor de los árboles.

Freen sintió que algo invisible se cerraba sobre su cuerpo.

Un sello espiritual.

El mismo que el cazador había utilizado siglos atrás para debilitarla.

—¡Freen! —gritó Becky.

La gumiho cayó de rodillas.

El cazador aprovechó la oportunidad para avanzar hacia la joven.

—Ven conmigo, muchacha. Hay cosas sobre ti que ni siquiera esa criatura comprende.

Becky retrocedió.

—No voy a ninguna parte contigo.

—Tu sangre guarda un poder que podría cambiar el mundo.

El hombre extendió una mano.

—Y yo pienso obtenerlo.

Freen intentó levantarse.

El sello la obligó a caer nuevamente.

Becky miró a la mujer que había aprendido a amar.

Vio el dolor en su rostro.

Vio las colas temblando bajo el peso de la magia.

Y comprendió que, por primera vez desde que había entrado en aquel bosque, no podía limitarse a confiar en que Freen encontraría una manera de salvarla.

Tenía que hacer algo por ella.

VIII. UN AMOR QUE NO SE ARRODILLA

—¡Becky, corre! —gritó Freen.

La joven no se movió.

El cazador la miró con impaciencia.

—No seas estúpida. No puedes hacer nada contra mí.

Becky tragó saliva.

Tenía miedo.

Un miedo verdadero, frío y profundo.

Pero cuando miró a Freen, recordó todas las veces que aquella mujer había permanecido a su lado sin pedir nada a cambio.

Recordó el café.

Las conversaciones junto al lago.

La manta extendida sobre la hierba.

La primera vez que Freen se había reído.

Y recordó algo más.

La cinta roja.

La pequeña flor bordada.

La marca que había aparecido en su muñeca.

Becky miró su mano.

La luz rojiza había regresado.

El cazador también la vio.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Qué has hecho?

Becky no lo sabía.

Pero la marca comenzó a brillar con mayor intensidad cuando se acercó a Freen.

El sello espiritual se estremeció.

La gumiho levantó la cabeza.

—Becky, no...

La joven se arrodilló a su lado y tomó su mano.

—No voy a dejarte sola.

—No entiendes lo que está ocurriendo.

—Entonces explícamelo después.

Becky apretó sus dedos.

—Ahora mismo, solo necesito que confíes en mí.

Algo se quebró dentro de Freen.

No era el sello.

Era el miedo.

El miedo que había gobernado cada una de sus decisiones durante siglos.

El miedo a amar.

El miedo a perder.

El miedo a descubrir que, por mucho poder que poseyera, jamás podría controlar el destino de otra persona.

Y, por primera vez, decidió no permitir que aquel miedo eligiera por ella.

—Te amo —susurró.

Becky abrió los ojos.

Freen la miró con una sinceridad que jamás había mostrado a nadie.

—No sé qué significa para nosotras. No sé cuánto tiempo podremos permanecer juntas. Pero sé que te amo. Y no quiero volver a fingir que puedo vivir sin ti.

La luz de la muñeca de Becky se extendió hasta sus dedos.

El sello espiritual comenzó a resquebrajarse.

El cazador retrocedió.

—¡No! ¡Eso es imposible!

Freen sintió cómo su energía regresaba a ella.

Pero no procedía únicamente de su propio poder.

La marca de Becky estaba respondiendo al vínculo que ambas habían construido.

No era el regreso de un amor antiguo.

Era algo nuevo.

Algo que no podía explicarse mediante profecías ni controlarse con magia.

La elección de dos personas que, a pesar del miedo, habían decidido permanecer juntas.

Freen se levantó.

Sus nueve colas se desplegaron en toda su magnificencia, iluminando el bosque con una luz blanca y plateada.

El cazador levantó su bastón.

—¡No permitiré que destruyas lo que me pertenece!

Freen lo miró con desprecio.

—Ella no te pertenece.

La energía de ambas mujeres se unió.

El sello estalló en una lluvia de partículas luminosas.

El cazador intentó lanzar otro hechizo, pero las raíces de los árboles emergieron del suelo y atraparon sus piernas.

El bosque entero parecía haberse despertado.

Freen extendió una mano.

Una onda de luz blanca recorrió el claro y destruyó el bastón del hombre.

Los símbolos de su collar se apagaron uno tras otro.

El cazador cayó de rodillas.

Por primera vez, el miedo apareció en su rostro.

—No puedes matarme —murmuró.

Freen se acercó.

—No necesito hacerlo.

La gumiho levantó la mano y un círculo de luz rodeó al hombre.

—Has dedicado tu existencia a perseguir aquello que no puedes comprender. Ahora pasarás el resto de tu vida lejos de este bosque, sin poder volver a acercarte a quienes intentas destruir.

El círculo se cerró.

Una corriente de energía lo envolvió y lo arrastró hacia las profundidades de la montaña, donde los antiguos sellos espirituales lo mantendrían prisionero.

El silencio regresó.

Las raíces se hundieron en la tierra.

Las hojas volvieron a moverse.

Y Freen, agotada, se volvió hacia Becky.

—¿Estás herida?

Becky negó con la cabeza.

—Creo que no.

Freen le sostuvo el rostro entre las manos, examinándola con desesperación.

—¿Estás segura?

—Sí.

La gumiho cerró los ojos y apoyó la frente contra la suya.

—No vuelvas a hacer algo así.

Becky soltó una risa nerviosa.

—¿Salvarte?

—Asustarme de esa manera.

La sonrisa de Becky se suavizó.

—No puedo prometerte que nunca volveré a tener miedo.

—No te estoy pidiendo eso.

—Entonces, ¿qué me estás pidiendo?

Freen la miró.

—Que no desaparezcas sin darme la oportunidad de encontrarte.

Becky sintió que el corazón se le encogía.

—No pienso desaparecer, Freen.

La gumiho la abrazó.

Y aquella vez no intentó ocultar cuánto la necesitaba.

IX. QUÉDATE

La noche del enfrentamiento dejó al bosque sumido en una calma extraña.

Becky permaneció junto a Freen hasta que la energía de la gumiho se estabilizó.

Cuando finalmente se sentaron junto al lago, la luna estaba en lo más alto del cielo.

Durante un rato, ninguna habló.

Becky tenía demasiadas preguntas.

Freen tenía demasiadas respuestas que todavía no sabía cómo pronunciar.

Finalmente, la joven rompió el silencio.

—¿Lo que ha ocurrido tiene algo que ver con Seol?

Freen miró la cinta roja que descansaba sobre sus rodillas.

—Sí. El cazador llevaba siglos buscando la energía espiritual que quedó ligada a aquella cinta. Cuando la recuperaste, la marca respondió a tu presencia.

—¿Y eso significa que soy la reencarnación de Seol?

Freen guardó silencio.

—No lo sé —admitió finalmente—. La marca puede conservar recuerdos, pero no demuestra que dos almas sean la misma.

Becky asintió lentamente.

—Entonces no tienes que decidir quién soy basándote en algo que ocurrió hace siglos.

Freen levantó la mirada.

—No quiero hacerlo.

—Bien. Porque soy bastante más interesante de lo que parece.

La gumiho arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Por supuesto. Sé preparar café, tengo una colección de fotografías maravillosas y puedo perderme en un sendero recto.

Freen soltó una carcajada.

Una risa auténtica, libre de la tristeza que durante siglos había mantenido encerrada en su pecho.

Becky sonrió al escucharla.

—Esa es mi parte favorita de ti.

Freen la observó.

—¿Cuál?

—La que se ríe.

La expresión de la gumiho se volvió más suave.

—Hay muchas cosas que todavía no sabes de mí.

—Lo sé.

—He cometido errores terribles.

—Todos los hemos cometido.

—He vivido tanto tiempo que, a veces, ya no sé cómo pertenecer al mundo.

Becky le tomó la mano.

—Entonces no tienes que pertenecer a todo el mundo. Puedes empezar por pertenecer a algún lugar.

Freen bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados.

—¿Y dónde sería eso?

Becky sonrió.

—Donde estés tú. Si me dejas quedarme.

La gumiho sintió que aquellas palabras alcanzaban un lugar que creía perdido para siempre.

Durante siglos había pensado que el amor era una promesa de sufrimiento.

Que cada persona que se acercara a ella terminaría convertida en un recuerdo.

Pero Becky no le estaba pidiendo que olvidara el pasado.

Le estaba ofreciendo un futuro.

Un futuro incierto.

Un futuro que no podía controlar.

Y, por primera vez, Freen comprendió que quizá eso era precisamente lo que lo hacía valioso.

Se volvió hacia Becky.

—Quédate.

La joven sonrió.

—¿Eso es una invitación?

—Es una petición.

—¿Y si quiero que me la pidas como corresponde?

Freen entrecerró los ojos.

—Eres insoportable.

—Lo sé.

La gumiho se acercó lentamente.

Sus frentes se rozaron.

—Quédate conmigo, Becky.

La joven dejó de sonreír por un instante.

—Me quedo.

Freen la besó.

Fue un beso suave, lleno de todo lo que ambas habían tardado demasiado tiempo en comprender.

Becky apoyó una mano en su mejilla.

Freen la rodeó con los brazos.

Y, bajo la luna, las nueve colas blancas se abrieron detrás de ellas como un abanico de nieve iluminado por las estrellas.

No hubo truenos.

No hubo profecías.

No hubo dioses descendiendo del cielo para bendecirlas.

Solo dos mujeres que habían encontrado la manera de elegirse.

Una que había vivido demasiado tiempo huyendo de la pérdida.

Y otra que había llegado al bosque buscando una salida.

Ninguna sabía cuánto duraría aquel amor.

Pero, por primera vez, Freen dejó de considerar aquella incertidumbre una razón para renunciar a él.

X. EL BOSQUE QUE DEJÓ DE ESTAR SOLO

Los habitantes del pueblo continuaron contando historias sobre la mujer que vivía en el bosque.

Decían que era una criatura peligrosa.

Que tenía nueve colas.

Que podía adoptar la apariencia de una hermosa mujer para engañar a los viajeros.

Que nadie debía seguir una voz desconocida después del anochecer.

Algunas personas aseguraban haber visto luces blancas entre los árboles.

Otras juraban que, en determinadas noches, el lago reflejaba dos siluetas bajo la luna.

Una humana.

Y una mujer rodeada de nueve colas.

Nadie sabía con certeza qué ocurría en las profundidades del bosque.

Pero quienes se atrevían a caminar por los senderos durante el día descubrían algo curioso.

Las flores crecían con una vitalidad extraordinaria.

Los animales habían dejado de huir de los visitantes.

Y, en el lugar donde antes se percibía una energía fría y solitaria, ahora parecía existir una calidez imposible de explicar.

Becky continuó visitando el bosque.

Algunas mañanas llevaba café.

Otras veces, libros, comida o una cámara con la que intentaba convencer a Freen de que posar para una fotografía no constituía una humillación.

Freen continuó fingiendo que aquellas visitas le resultaban una molestia.

Y Becky continuó fingiendo que le creía.

A veces discutían.

A veces se quedaban en silencio.

A veces Freen extendía sus nueve colas alrededor de Becky mientras contemplaban las estrellas, y la joven terminaba quedándose dormida entre ellas.

Entonces la gumiho acariciaba su cabello y pensaba en lo extraño que resultaba descubrir, después de tantos siglos, que la eternidad podía sentirse menos pesada cuando alguien compartía contigo una pequeña parte de ella.

El tiempo siguió avanzando.

El bosque cambió con las estaciones.

Y Freen aprendió que amar a una humana no significaba repetir la tragedia de su pasado.

Significaba aceptar que el amor nunca había sido una garantía contra el dolor.

Era una elección.

Una elección que debía hacerse incluso cuando el futuro permanecía oculto.

Una noche, mientras ambas descansaban junto al lago, Becky levantó la cabeza del hombro de Freen.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Ya lo estás haciendo.

Becky le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Estoy hablando en serio.

Freen sonrió.

—Adelante.

—¿Alguna vez te arrepientes de haberme encontrado?

La gumiho volvió el rostro hacia ella.

Durante un instante, recordó la lluvia.

El sendero equivocado.

La joven empapada que hablaba demasiado y que, contra toda lógica, no había salido corriendo al descubrir sus nueve colas.

Después contempló a Becky.

La mujer que había conseguido devolverle la risa.

La que le había enseñado que la ternura podía ser más poderosa que cualquier hechizo.

La que había convertido un bosque solitario en un hogar.

Freen le apartó un mechón de cabello del rostro.

—Me arrepiento de muchas cosas que hice antes de conocerte.

Becky la miró con atención.

—¿Y de conocerme?

Freen sonrió.

—De eso jamás.

La joven se inclinó para besarla.

Y las nueve colas se extendieron alrededor de ambas mientras la luna iluminaba el lago.

Quizá el tiempo terminaría llevándose muchas cosas.

Quizá el mundo cambiaría hasta volverse irreconocible.

Quizá algún día tendrían que enfrentarse a despedidas que ninguna de las dos deseaba imaginar.

Pero aquella noche no pertenecía al pasado ni al futuro.

Pertenecía a ellas.

Y, por primera vez en siglos, Freen Sarocha dejó de contar los años que le quedaban por vivir.

Comenzó a contar los momentos que todavía podía compartir con Becky.

Porque había descubierto algo que ningún hechizo, ninguna profecía y ninguna criatura inmortal podía enseñar.

El amor no consistía en encontrar a alguien que pudiera vivir para siempre.

Consistía en encontrar a alguien por quien valiera la pena vivir cada día.

Y, mientras las dos permanecieran juntas, el bosque nunca volvería a sentirse solo.

FIN. 🦊🌙❤️

Let Queen know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

PARIS IN THE DARK

Hester: Very good, was short too the point , not lingering on the abuse, pity you didn’t let him step in earlier knowing the abuse was happening, but this is almost real for some women who have gone through it, just wish they could all have a princess at te end of thete tunnel

Read Now
Married by Fate

Bargara4670: This is a real feel-good love story. I enjoyed it very much. I'll certainly read more by this author.

Read Now
The Full Moon Breeding Club

Gallandro7: I originally added this because it looked interesting and I was curious how the mate process would go. I almost removed it due to several other books ahead of it, but I took an afternoon and read the entire thing in one go.I was pleasantly surprised at how well the book was crafted and that the mate...

Read Now
THE WOMAN HE BOUGHT

jonahlee: at first i though it was a historical romance but realized it was a modern novel.I loved it ,great storyline

Read Now
The Easter Bunny

Susan: Nice short story. I liked it

Read Now
Going For The Goalie

Willow: I loved this book so much and hope you write a series about it

Read Now
The Argent Wolf (Moving to Galatea Nov 16!)

Caspoggio: I really enjoyed this story. Fantasy is my favorite genre and this contained all the elements to create a riveting tale of adventure and romance. I was happy to read that there will be more to come. Aurora and Kieran definitely have more story to tell. Looking forward to seeing how their partnership...

Read Now
Bloodlines

Ingibabes511: Thank you for an amazing feast of wordsmithing excellence. Every tick box was covered somewhere within the story. Loved the characters that appeared in the story and how it played out was beautifully crafted. The nuances and descriptions making this a lovely story to read.💜🥰💜

Read Now
The Mate he couldn't have

𝑨𝒍𝒆𝒙𝒂𝒏𝒅𝒓𝒂 𝑫𝒓𝒆𝒆𝒓: What caught my attention about The Mate He Couldn’t Have was its interesting premise and the dynamic between Amara and Riven. I particularly enjoyed Amara’s character. She’s intelligent, independent, and has ambitions beyond finding her destined mate, which makes her a refreshing female protagonist....

Read Now