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✨LA SIRENA Y LA MUJER QUE ESCUCHABA EL MAR✨

Summary

Becky siempre encuentra refugio junto al mar, pero nunca imaginó que algún día el océano le respondería. Allí conoce a Freen, una sirena que ha vivido escondida durante años y que no debería acercarse a los humanos. Entre encuentros secretos, conversaciones bajo la luna y dos mundos que parecen imposibles de unir, ambas descubrirán que algunas personas llegan a nuestra vida como las olas: sin pedir permiso y para quedarse en nuestro corazón.

Genre
Romance
Author
Queen
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

✨🌊 LA SIRENA Y LA MUJER QUE ESCUCHABA EL MAR 🌙✨

Freen Sarocha × Becky Armstrong

Género: Romance, fantasía, drama y romance sobrenatural.

Formato: One-shot.

I. UNA VOZ ENTRE LAS OLAS

La primera vez que Becky escuchó su voz, pensó que era el mar.

No una voz humana.

No exactamente.

Era un sonido suave, casi musical, que parecía surgir de las profundidades del océano y mezclarse con el murmullo de las olas. Una voz que no llegaba a sus oídos, sino que parecía encontrar un camino directo hasta su corazón.

Becky estaba sentada sobre una roca, con los zapatos abandonados a un lado y los pies sumergidos en el agua.

Había llegado hasta allí para escapar.

No sabía exactamente de qué. Quizá de las expectativas de los demás, de las decisiones que no conseguía tomar o de aquella sensación persistente de estar viviendo una vida que no terminaba de pertenecerle.

El pueblo estaba demasiado lleno de gente.

Su teléfono no dejaba de vibrar.

Las conversaciones, las obligaciones y las preguntas comenzaban a resultarle insoportables.

Así que lo había apagado.

Y ahora solo tenía el océano.

Hasta que escuchó:

—No deberías estar aquí.

Becky abrió los ojos.

Miró alrededor.

No había nadie.

—¿Hola?

El viento movió su cabello y una ola golpeó suavemente las rocas.

—¿Hola? —repitió.

La voz regresó.

—Te vas a caer.

Becky miró hacia abajo.

—Estoy sentada.

—La roca está mojada.

—Ya me había dado cuenta.

—Entonces sabes que tengo razón.

Becky sonrió.

—¿Dónde estás?

Silencio.

—No te veo.

—Yo sí te veo.

Becky miró el agua.

—Eso no me ayuda demasiado.

Una pequeña risa llegó desde algún lugar cercano.

—Eres extraña.

—Me lo han dicho.

—¿No tienes miedo?

—¿De qué?

—De estar hablando con alguien que no puedes ver.

Becky se quedó pensativa.

—Un poquito.

—Deberías tener más miedo.

—¿Eres un fantasma?

—No.

—¿Un monstruo?

—Tampoco.

—¿Entonces qué eres?

El silencio se prolongó unos segundos.

Finalmente, la voz respondió:

—Algo que no debería hablar contigo.

Becky observó el horizonte.

No sabía quién era aquella desconocida, pero había algo en su voz que le provocaba una extraña tranquilidad.

Por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de marcharse.

—Pues creo que ya es demasiado tarde —murmuró.

Y el mar volvió a reír.

II. LA MUJER DE LA COLA PLATEADA

Al día siguiente, Becky regresó.

Se dijo que solo quería comprobar si había imaginado aquella conversación.

Se sentó en la misma roca, dejó sus zapatos a un lado y esperó.

Nada.

—¿Hola?

El océano permaneció en silencio.

—Sé que estás aquí.

Ninguna respuesta.

Becky suspiró y se levantó.

—Está bien. Me voy.

—Llegaste tarde.

Becky sonrió inmediatamente.

—¡Sabía que estabas aquí!

Una cabeza apareció lentamente detrás de una roca.

Cabello oscuro, largo y húmedo, que se deslizaba sobre unos hombros delicados. Piel luminosa bajo el sol y unos ojos de una intensidad tan particular que Becky olvidó, durante varios segundos, cómo se suponía que debía reaccionar.

La desconocida la observó con cautela.

—No grites.

—No iba a gritar.

—Los humanos gritan.

—No todos.

—La mayoría.

Becky inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Eres una sirena?

La mujer asintió.

—Sí.

Becky miró el agua y después volvió a mirarla.

—¿Puedo verte completa?

La sirena arqueó una ceja.

—¿Siempre eres así de directa?

—Solo cuando conozco criaturas mitológicas.

La desconocida soltó una risa y desapareció bajo el agua.

—¡Espera!

Unos segundos después emergió más cerca.

Esta vez Becky pudo verla por completo.

Desde la cintura hacia abajo, su cuerpo terminaba en una larga cola cubierta de escamas oscuras y plateadas. Bajo la luz del sol, algunas brillaban como pequeños fragmentos de estrellas.

Becky abrió la boca.

—Guau.

La sirena arqueó una ceja.

—¿Eso es todo?

—Estoy intentando no parecer una idiota.

—No lo estás consiguiendo.

Becky soltó una carcajada.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

La sirena sonrió.

No fue una sonrisa amplia, sino una pequeña curva en sus labios, casi involuntaria. Sin embargo, transformó por completo su expresión.

—Me llamo Freen —dijo.

—Becky.

—Lo sé.

Becky entrecerró los ojos.

—¿Por qué todos los seres mágicos parecen conocer mi nombre antes de que yo se los diga?

Freen inclinó la cabeza.

—Quizá hablas demasiado.

—Eso no tiene sentido.

—No dije que lo tuviera.

Becky volvió a reír.

Y Freen descubrió que le gustaba escucharla.

III. UN SECRETO ENTRE DOS MUNDOS

A partir de entonces comenzaron a verse.

Todos los días.

Becky llegaba por la tarde, cuando el sol empezaba a descender. Freen aparecía entre las rocas o emergía lentamente de las aguas, como si el océano la estuviera devolviendo al mundo.

Al principio hablaban de cosas pequeñas.

Del clima.

De la comida.

De las personas.

Del pueblo.

Freen sentía curiosidad por los objetos humanos, aunque fingía que no. Becky le llevaba pequeños regalos: una concha que había encontrado en la playa, una piedra de colores, una flor silvestre.

Una tarde le mostró una fotografía.

—¿Qué es eso? —preguntó Freen.

—Una fotografía.

—¿Por qué?

—Para conservar un recuerdo.

Freen observó la imagen.

—¿Los humanos necesitan guardar recuerdos para no perderlos?

Becky la miró.

—A veces.

La sirena permaneció pensativa.

—En el océano los recuerdos permanecen en las corrientes.

—Eso suena precioso.

—También es peligroso. El mar recuerda incluso aquello que sus habitantes desean olvidar.

Becky no preguntó más.

Con el paso de los días, sus conversaciones comenzaron a profundizarse.

Freen descubrió que Becky había llegado al pueblo después de abandonar una vida que otros habían diseñado para ella. Había estudiado, trabajado y cumplido con todas las expectativas que habían puesto sobre sus hombros, pero nunca había encontrado algo que la hiciera sentirse verdaderamente libre.

—¿Y qué quieres hacer con tu vida? —preguntó Freen una tarde.

Becky miró el horizonte.

—No lo sé.

—Eso está bien.

—¿No crees que debería tener un plan?

—El océano tampoco sabe dónde terminará cada ola. Y aun así, siempre encuentra una orilla.

Becky sonrió.

—Eres sorprendentemente sabia para alguien que pasa tanto tiempo nadando.

—Y tú eres sorprendentemente insolente para alguien que se sienta sobre una roca mojada.

Ambas rieron.

Después, Freen contempló el mar.

—Antes yo sabía exactamente lo que quería.

—¿Y ahora?

La sirena bajó la mirada.

—Ahora solo quiero que no me olvides.

Becky sintió una punzada extraña en el pecho.

—No voy a olvidarte.

—No puedes prometer eso.

—Sí puedo.

—Los humanos olvidan. Cambian. Se marchan.

Becky se acercó un poco más a la orilla.

—Entonces tendrás que darme una buena razón para quedarme.

Freen la miró.

Y por primera vez no encontró una respuesta.

IV. LA HERIDA QUE ESCONDÍA EL OCÉANO

Una tarde, Becky llegó a la playa y encontró el agua teñida de rojo.

Su sonrisa desapareció.

—¿Freen?

No recibió respuesta.

Dejó sus cosas sobre la arena y corrió hacia las rocas.

—¡Freen!

La encontró parcialmente oculta entre dos grandes formaciones rocosas. Su cabello oscuro flotaba alrededor de su rostro y una de sus manos presionaba una herida en el costado.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Estás sangrando.

—Ya me había dado cuenta.

—No es momento para tus bromas.

Freen intentó incorporarse, pero una mueca de dolor la delató.

Becky se arrodilló junto al agua.

—Déjame ayudarte.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no deberías tocarme.

—¿Te duele?

—No.

Becky la miró fijamente.

—Estás mintiendo.

Freen apartó los ojos.

—Sí.

Becky se quitó los zapatos y entró lentamente en el agua.

Freen retrocedió.

—Becky, no.

—Solo quiero ayudarte.

—No entiendes.

—Entonces explícame.

Freen respiró con dificultad.

—Hay criaturas en el océano que no toleran nuestra cercanía con los humanos. Algunos creen que nuestra existencia debe permanecer oculta. Otros consideran que cualquier contacto con tu especie es una traición.

—¿Te hicieron esto por verme?

Freen no respondió.

Y aquella ausencia de palabras fue suficiente.

Becky se acercó un poco más.

—Freen...

—Si te acercas demasiado, podría querer que te quedaras.

Becky se quedó inmóvil.

El mar golpeó suavemente las rocas.

—¿Y eso sería malo?

Freen cerró los ojos.

—Para mí sí.

—¿Por qué?

—Porque tú tienes una vida. Puedes caminar por la tierra, conocer otros lugares, enamorarte de alguien que pueda acompañarte bajo el sol sin tener que esconderse del mundo.

Becky la observó con tristeza.

—¿Y tú crees que por tener piernas alguien puede acompañarme de verdad?

Freen abrió los ojos.

—No quiero que sufras por mí.

—No puedes decidir qué cosas merecen mi sufrimiento.

Becky extendió la mano.

Esta vez Freen no retrocedió.

Sus dedos se encontraron bajo el agua.

—Déjame decidir si quiero quedarme —susurró Becky.

Freen contempló sus manos unidas.

Y, aunque sabía que aquello podía cambiarlo todo, no soltó la suya.

V. EL JARDÍN DE LAS COSAS IMPOSIBLES

Pasaron varias semanas.

La herida de Freen sanó y, poco a poco, la sirena comenzó a confiar en Becky de una manera que nunca había permitido.

Una noche la invitó a conocer un lugar secreto.

—No puedes entrar al océano sin ayuda —le advirtió.

—¿Y cómo piensas ayudarme?

Freen sonrió.

—Confía en mí.

La condujo hasta una pequeña cueva oculta entre los acantilados. En su interior había una piscina natural conectada con las profundidades.

Freen tomó una pequeña piedra azulada de entre las rocas.

—Es una perla de aliento. Mientras la sostengas, podrás respirar bajo el agua durante un tiempo.

Becky la observó fascinada.

—¿Y si no funciona?

—Entonces tendré que sacarte de allí.

—Qué tranquilizador.

—No te preocupes. No pienso dejar que te ahogues.

Becky sonrió.

Freen le ofreció la mano.

Juntas descendieron.

El mundo cambió.

Bajo la superficie, las aguas brillaban con tonos azules y violetas. Pequeños peces luminosos se movían entre las formaciones de coral y las plantas marinas se balanceaban con las corrientes.

Becky abrió los ojos con asombro.

Era hermoso.

Más hermoso de lo que cualquier fotografía podría mostrar.

Freen la condujo hasta un jardín submarino donde crecían flores transparentes que emitían una luz tenue.

—Las llamamos flores de memoria —explicó—. Solo aparecen en lugares donde alguien ha amado profundamente.

Becky rozó una de ellas con la punta de los dedos.

—¿Y por qué me traes aquí?

Freen la miró.

—Porque quería compartir contigo el lugar más hermoso que conozco.

Becky sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Por qué?

Freen bajó los ojos.

—Porque eres importante para mí.

Becky se acercó.

—Tú también lo eres para mí.

Durante un instante permanecieron frente a frente, suspendidas en el agua.

Freen levantó una mano y apartó un mechón del rostro de Becky.

El gesto fue tan delicado que Becky olvidó respirar, incluso con la perla mágica protegiéndola.

—Tu corazón late muy rápido —murmuró Freen.

—Quizá sea por estar bajo el agua.

—Tu corazón latía así antes de entrar.

Becky sonrió.

—Entonces quizá seas tú.

Freen no respondió.

Pero tampoco apartó la mano.

VI. EL AMOR QUE HABÍA QUEDADO ATRÁS

Una noche, mientras descansaban en la entrada de la cueva, Becky hizo una pregunta que llevaba tiempo guardándose.

—¿Alguna vez has amado a alguien?

Freen tardó en responder.

—Sí.

—¿Qué pasó?

La sirena contempló el océano.

—Se llamaba Nara. Era una sirena de las corrientes orientales. Tenía una risa parecida a la tuya.

Becky sintió una pequeña punzada de celos, pero no dijo nada.

—Nos conocíamos desde pequeñas —continuó Freen—. Crecimos juntas. Durante mucho tiempo creí que pasaríamos toda nuestra existencia una al lado de la otra.

—¿Y no fue así?

Freen negó.

—Un grupo de cazadores encontró nuestro refugio. Nara intentó proteger a los demás y nunca regresó.

Becky apretó suavemente su mano.

—Lo siento mucho.

—Fue hace mucho tiempo.

—Eso no significa que deje de doler.

Freen la miró.

—El océano se llevó muchas cosas de mí. Después de Nara, decidí que nunca volvería a permitir que alguien se acercara tanto.

—Hasta que aparecí yo.

—Hasta que apareciste tú.

Becky bajó la mirada.

—¿Todavía la extrañas?

—A veces. Pero extrañar a alguien no significa que el corazón no pueda volver a amar.

Becky levantó los ojos.

—¿Y si algún día yo también me voy?

Freen le acarició los dedos.

—Te extrañaría.

—¿Mucho?

—Demasiado.

Becky sonrió con tristeza.

—Creo que ya es demasiado tarde para que me extrañes.

Freen frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Becky se acercó.

—Que ya no quiero imaginar mi vida sin ti.

La sirena la observó durante un largo instante.

Y comprendió que el miedo que había sentido durante tantos años estaba regresando.

Pero esta vez no era miedo a perder a alguien.

Era miedo a tener algo que perder.

VII. LOS HOMBRES QUE BUSCABAN EL MAR

La tranquilidad de ambas comenzó a romperse cuando llegaron tres embarcaciones al pueblo.

Eran hombres que se presentaban como investigadores marinos. Decían estar estudiando la fauna de la región, pero Becky comenzó a notar comportamientos extraños.

Pasaban horas observando los acantilados.

Instalaban cámaras cerca de las cuevas.

Y una tarde encontró una pequeña jaula metálica abandonada entre las rocas.

Dentro había escamas plateadas.

Becky sintió que la sangre se le helaba.

Corrió hasta la playa.

—¡Freen!

La sirena apareció poco después.

—¿Qué ocurre?

Becky le mostró las escamas.

El rostro de Freen cambió.

—¿Dónde encontraste eso?

—Cerca de la cueva.

Freen tomó el pequeño fragmento con manos temblorosas.

—Han regresado.

—¿Quiénes?

—Los cazadores.

Becky recordó la historia de Nara.

—¿Son los mismos que...?

Freen asintió.

—Durante años han buscado criaturas como nosotros. Quieren nuestras escamas, nuestras perlas y nuestra sangre. Creen que pueden convertir la magia del océano en algo que les pertenezca.

—No van a encontrarte.

Freen la miró.

—No sabes de lo que son capaces.

—Entonces averiguaremos cómo detenerlos.

—Becky, debes marcharte del pueblo.

—No.

—No es una petición.

—Y no eres mi dueña.

Freen guardó silencio.

Becky se acercó y tomó sus manos.

—Escúchame. No voy a arriesgarte por orgullo, pero tampoco voy a abandonarte sin luchar. Podemos buscar una solución juntas.

Freen bajó la mirada.

—Tengo miedo.

Era la primera vez que lo decía.

Becky acarició su mejilla.

—Yo también.

Y permanecieron abrazadas mientras, a lo lejos, las embarcaciones se acercaban a la costa.

VIII. UNA DESPEDIDA QUE NADIE ELIGIÓ

Al día siguiente, Becky encontró una nota bajo la puerta de su pequeña habitación alquilada.

No tenía firma.

Solo unas palabras:

«Aléjate de la criatura del océano. La próxima vez no habrá advertencias».

Becky sintió un escalofrío.

Corrió hacia el acantilado, pero Freen no apareció.

Esperó durante horas.

Cuando finalmente cayó la noche, una silueta emergió del agua.

—Tenemos que dejar de vernos —dijo Freen.

Becky sintió que algo se rompía dentro de ella.

—No.

—Han descubierto nuestra conexión.

—Podemos escondernos.

—No es suficiente.

—Entonces buscaremos otro lugar.

Freen negó.

—Los humanos comenzaron a encontrar nuestro refugio. Si descubren que existimos, vendrán por todos.

Becky se acercó a la orilla.

—Entonces vámonos juntas.

—No puedes vivir bajo el agua.

—Puedo aprender.

—No puedes respirar allí para siempre.

—Encontraremos una manera.

Freen cerró los ojos.

—Becky...

—No me pidas que renuncie a ti.

La sirena la miró con una tristeza profunda.

—No quiero condenarte a una vida que no elegiste.

Becky se acercó hasta que el agua rozó sus rodillas.

—¿Y quién te dijo que no la estoy eligiendo?

Freen no respondió.

—No quiero que decidas por mí porque tienes miedo —continuó Becky—. No quiero que me protejas convirtiéndote en otra persona que decide cómo debo vivir.

Los ojos de Freen se llenaron de lágrimas.

—Te amo.

Becky se quedó inmóvil.

Freen pareció sorprendida de haber pronunciado aquellas palabras.

—Te amo —repitió—. Y precisamente por eso no puedo pedirte que abandones tu mundo por mí.

Becky le sostuvo el rostro entre las manos.

—Entonces no me pidas que abandone mi mundo. Déjame encontrar uno donde podamos estar juntas.

Freen cerró los ojos.

Y la besó.

Fue un beso suave, tembloroso, cargado de todas las palabras que ninguna de las dos había conseguido decir.

Cuando se separaron, Becky apoyó la frente contra la suya.

—¿Eso significa que encontraste una opción?

Freen dejó escapar una pequeña risa entre lágrimas.

—Quizá.

IX. LA ÚLTIMA NOCHE DEL OCÉANO

La amenaza llegó antes de lo esperado.

Aquella noche, los cazadores encontraron la entrada de la cueva.

Becky estaba allí con Freen cuando escucharon los motores de las embarcaciones y los gritos de los hombres.

—¡Tienen que salir! —exclamó Freen.

Becky tomó su mano.

—No voy a dejarte.

—Becky, escucha...

Un estruendo interrumpió sus palabras.

Una red metálica cayó sobre la entrada de la cueva.

Freen intentó apartarla, pero una descarga de energía recorrió su cuerpo y la hizo caer al agua.

—¡Freen!

Becky corrió hacia ella.

Dos hombres aparecieron en la entrada.

—¡Ahí está!

Uno de ellos levantó un dispositivo eléctrico.

Becky se interpuso.

—¡No la toquen!

—Apártate, muchacha.

—¡He dicho que no la toquen!

El hombre la empujó y Becky cayó contra una de las rocas.

Freen, debilitada, intentó levantarse.

—¡Becky, sal de aquí!

Pero Becky se incorporó.

Tenía miedo.

Muchísimo.

Sin embargo, no iba a permitir que aquellos hombres se llevaran a la mujer que amaba.

Recordó la perla de aliento que Freen le había entregado y la apretó entre sus dedos.

Una luz azulada comenzó a extenderse por la cueva.

El agua se agitó.

Las flores de memoria brillaron con una intensidad inesperada.

Freen levantó la cabeza.

—Becky...

La perla había reaccionado a la magia de la sirena.

Una corriente poderosa recorrió la cueva y empujó a los hombres hacia la entrada. La red metálica se desprendió de las rocas y cayó al agua.

Pero la luz no duró demasiado.

Freen estaba agotada.

Becky corrió hacia ella y la sostuvo entre sus brazos.

—Tenemos que salir.

—No puedo...

—Sí puedes. Estoy aquí.

Freen intentó sonreír.

—Siempre dices eso.

—Porque siempre será verdad.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, Freen llamó a las corrientes profundas.

El océano respondió.

Una ola enorme golpeó la entrada de la cueva y arrastró las embarcaciones contra las rocas, obligando a los cazadores a retirarse.

Cuando el agua volvió a tranquilizarse, solo quedaron el sonido de la lluvia y la respiración agitada de ambas.

Becky acarició el rostro de Freen.

—¿Estás bien?

—No.

—Por lo menos esta vez dices la verdad.

Freen soltó una risa débil.

Becky la abrazó con cuidado.

—No vuelvas a asustarme así.

—Lo intentaré.

—No. Prométemelo.

Freen apoyó la frente contra su hombro.

—No puedo prometerte que nunca volveré a tener miedo.

Becky le besó el cabello.

—Entonces prométeme que no volverás a enfrentarlo sola.

Freen levantó los ojos.

—Te lo prometo.

X. ENTRE LA TIERRA Y EL MAR

Después de aquella noche, los cazadores desaparecieron del pueblo.

Las autoridades recibieron pruebas de sus actividades ilegales y las embarcaciones fueron investigadas. Sin embargo, nadie encontró una explicación para la extraña tormenta que había destruido sus equipos.

Becky sabía que el peligro no había desaparecido por completo.

Freen también lo sabía.

Por eso decidieron buscar una solución que no obligara a ninguna de las dos a renunciar a su naturaleza.

Durante semanas, Freen consultó a las ancianas de su comunidad.

Finalmente descubrió una antigua leyenda.

Se decía que, en una época olvidada, algunas sirenas habían recibido la bendición de la Luna. Aquellas criaturas podían caminar sobre la tierra durante determinadas horas, aunque necesitaban regresar al océano para conservar su fuerza.

No era una transformación permanente.

Tampoco una condena.

Era un puente.

Pero la magia tenía un precio: la sirena debía compartir voluntariamente una parte de su esencia con alguien de la superficie, y ambas debían aceptar que sus vidas quedarían unidas por un vínculo que no podía imponerse ni romperse sin consecuencias.

Freen explicó todo a Becky.

—No quiero que lo hagas por mí —dijo la sirena.

Becky la observó.

—¿Y si lo hago porque quiero?

—No es una decisión pequeña.

—Lo sé.

—Podrías perder algunas cosas de tu vida humana.

—¿Y tú?

Freen bajó la mirada.

—Yo tendría que aprender a vivir con una parte de mi corazón fuera del océano.

Becky sonrió.

—Creo que llevas semanas haciéndolo.

Freen soltó una risa.

—Eres imposible.

—Y tú estás enamorada de mí.

La sirena se acercó.

—Completamente.

Becky tomó su rostro entre las manos.

—Entonces hagámoslo juntas.

No hubo promesas de eternidad.

No hubo juramentos pronunciados por obligación.

Solo dos mujeres que se miraban a los ojos y elegían, libremente, compartir el futuro.

XI. EL REGALO DE LA LUNA

La ceremonia tuvo lugar una noche de luna llena.

Becky llegó a la cueva llevando un pequeño vestido blanco. Freen la esperaba dentro del agua, con el cabello oscuro extendido sobre los hombros y su cola plateada brillando bajo la luz lunar.

A su alrededor flotaban pequeñas criaturas luminosas.

Las ancianas sirenas formaban un círculo en las profundidades.

Freen extendió la mano.

—¿Estás segura?

Becky sonrió.

—Nunca he estado más segura de algo.

La sirena tomó su mano.

Una luz azul surgió de sus palmas y comenzó a rodearlas.

Freen pronunció unas palabras en la antigua lengua del océano.

Becky no comprendió cada sonido, pero sí sintió su significado.

Era una promesa.

No de posesión.

No de obediencia.

Una promesa de compañía.

La luz se extendió sobre el agua y alcanzó la superficie.

Durante unos segundos, la luna pareció reflejarse en dos lugares al mismo tiempo.

Cuando el resplandor desapareció, Freen salió lentamente del agua.

Su cola se transformó en dos piernas.

La sirena cayó de rodillas sobre la arena, sorprendida por la nueva sensación.

Becky corrió hacia ella.

—¡Freen!

La sostuvo antes de que pudiera caer.

Freen miró sus piernas, después sus manos y finalmente a Becky.

—Puedo caminar.

Becky sonrió entre lágrimas.

—Sí.

Freen dio un paso inseguro.

Luego otro.

Y terminó abrazándola.

—El suelo es extraño.

Becky soltó una carcajada.

—Te acostumbrarás.

—¿Y si me caigo?

—Te atraparé.

Freen levantó el rostro.

—¿Siempre?

Becky le acarició la mejilla.

—Siempre que me dejes.

Freen la besó bajo la luz de la luna.

Y por primera vez pudo sentir la arena bajo sus pies mientras abrazaba a la mujer que había aprendido a escuchar su voz.

XII. UN HOGAR CON DOS HORIZONTES

Meses después, Becky se mudó a una pequeña casa frente al mar.

Tenía ventanas grandes, una terraza de madera y un sendero que conducía directamente hasta la playa.

Freen pasaba parte del día junto a ella, aprendiendo las pequeñas costumbres de la superficie.

Descubrió que caminar era más complicado de lo que parecía.

Que el café humano era demasiado amargo.

Que las mantas podían ser maravillosas durante las noches frías.

Y que Becky tenía la costumbre de hablar mientras dormía.

—¿Siempre haces eso? —preguntó Freen una mañana.

Becky abrió un ojo.

—¿Qué cosa?

—Hablar dormida.

—No.

—Anoche discutiste con una almohada.

Becky se cubrió el rostro.

—No quiero hablar de eso.

Freen se rio.

Aquella risa se había convertido en uno de los sonidos favoritos de Becky.

Sin embargo, la sirena nunca abandonó completamente el océano.

Cada día regresaba al agua para recuperar su energía y visitar a los suyos.

Al principio, algunas sirenas desconfiaron de su decisión. Otras no comprendieron cómo podía compartir su vida con una humana.

Pero Freen ya no necesitaba esconderse.

Había encontrado una forma de pertenecer a ambos mundos.

Y Becky había aprendido que amar a alguien no significaba pedirle que dejara de ser quien era.

Una noche, mientras contemplaban la luna desde la terraza, Freen apoyó la cabeza sobre el hombro de Becky.

—¿Eres feliz? —preguntó.

Becky le besó la frente.

—Mucho.

—¿No extrañas la vida que tenías antes?

—A veces extraño algunas cosas. Pero no extraño sentir que estaba viviendo una vida que no era mía.

Freen sonrió.

—¿Y ahora?

Becky entrelazó sus dedos.

—Ahora tengo una vida que elegí.

Freen la miró con ternura.

—¿Y qué lugar ocupo yo en ella?

Becky fingió pensarlo.

—Eres la mujer que me distrae cuando intento leer, la que se roba mis mantas y la que todavía no entiende por qué los humanos necesitamos dormir tanto.

—Qué descripción tan romántica.

Becky rio.

—También eres la mujer que amo.

Freen dejó de sonreír por un instante.

Después se inclinó y la besó.

—Yo también te amo, mi humana.

Becky apoyó la frente contra la suya.

—Y yo a ti, mi sirena.

XIII. LA LEYENDA DE LAS DOS VOCES

Desde entonces, los pescadores del pueblo comenzaron a contar una historia.

Decían que, cuando la luna estaba llena, podían escucharse dos voces junto al acantilado.

Una pertenecía al mar.

La otra pertenecía a la tierra.

Algunos aseguraban haber visto una mujer de cabello oscuro caminando por la orilla antes de desaparecer entre las olas.

Otros afirmaban que una joven de ojos cálidos solía esperarla cada tarde sobre una roca.

Nadie sabía exactamente quiénes eran.

Tampoco se atrevían a preguntar.

Pero los más ancianos decían que, mucho antes de que existieran los pueblos y los barcos, el océano había hecho una promesa a la Luna.

Que algún día, una criatura del mar encontraría a alguien capaz de escucharla sin miedo.

Y que, cuando eso ocurriera, dos mundos aprenderían que el amor no siempre necesita fronteras.

Una noche, Becky y Freen estaban sentadas sobre la misma roca donde todo había comenzado.

Los pies de Becky descansaban en el agua y la mano de Freen estaba entrelazada con la suya.

—¿Recuerdas la primera vez que hablamos? —preguntó Becky.

—Me dijiste que no eras un fantasma.

—Y tú me dijiste que debería tener más miedo.

Freen sonrió.

—Debiste hacerme caso.

—¿Por qué?

La sirena se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—Porque terminé enamorándome de ti.

Becky soltó una carcajada.

—Eso no parece algo terrible.

Freen contempló el horizonte.

—No lo es.

Después volvió a mirarla.

—Pero nunca imaginé que alguien de la tierra pudiera convertirse en mi hogar.

Becky apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Y yo nunca imaginé que el mar pudiera hablarme.

—¿Te arrepientes?

Becky negó.

—Ni por un segundo.

Freen la besó suavemente.

Y mientras la luna iluminaba las aguas, ambas permanecieron abrazadas entre la tierra y el océano.

Porque Becky finalmente había comprendido algo:

No necesitaba vivir bajo el agua para pertenecer al mar.

Y Freen tampoco necesitaba abandonar el océano para amar a una humana.

No tenían que convertirse en la misma criatura.

No tenían que renunciar a sus mundos.

Solo necesitaban encontrar un lugar donde ambos pudieran encontrarse.

Un lugar donde una mujer pudiera respirar bajo el agua y otra pudiera aprender a escucharla.

Un lugar donde el amor no fuera una frontera, sino un puente.

Y desde aquella noche, cuando la marea subía y la luna se reflejaba sobre las olas, el océano devolvía una melodía que parecía una risa.

La risa de una sirena.

Y la de la mujer que había aprendido a escucharla.

Porque algunas historias de amor no necesitan pertenecer al mismo mundo.

Solo necesitan que dos corazones tengan el valor de encontrarse.

Y, sobre todo, el valor de elegirse.

🌊🌙❤️ FIN.

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Gallandro7: I originally added this because it looked interesting and I was curious how the mate process would go. I almost removed it due to several other books ahead of it, but I took an afternoon and read the entire thing in one go.I was pleasantly surprised at how well the book was crafted and that the mate...

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THE WOMAN HE BOUGHT

jonahlee: at first i though it was a historical romance but realized it was a modern novel.I loved it ,great storyline

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The Easter Bunny

Susan: Nice short story. I liked it

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Going For The Goalie

Willow: I loved this book so much and hope you write a series about it

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The Argent Wolf (Moving to Galatea Nov 16!)

Caspoggio: I really enjoyed this story. Fantasy is my favorite genre and this contained all the elements to create a riveting tale of adventure and romance. I was happy to read that there will be more to come. Aurora and Kieran definitely have more story to tell. Looking forward to seeing how their partnership...

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Bloodlines

Ingibabes511: Thank you for an amazing feast of wordsmithing excellence. Every tick box was covered somewhere within the story. Loved the characters that appeared in the story and how it played out was beautifully crafted. The nuances and descriptions making this a lovely story to read.💜🥰💜

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The Mate he couldn't have

𝑨𝒍𝒆𝒙𝒂𝒏𝒅𝒓𝒂 𝑫𝒓𝒆𝒆𝒓: What caught my attention about The Mate He Couldn’t Have was its interesting premise and the dynamic between Amara and Riven. I particularly enjoyed Amara’s character. She’s intelligent, independent, and has ambitions beyond finding her destined mate, which makes her a refreshing female protagonist....

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