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🐺LA LOBA BAJO LA LUNA🌙-One-shot 🌕

Summary

Cada luna llena, Becky escucha a una criatura aullar en el bosque que rodea su pueblo. Todos le dicen que no se acerque, que las historias sobre la loba son ciertas y que ningún humano que la haya encontrado ha vuelto a ser el mismo. Pero una noche Becky encuentra a Freen herida. Freen es una mujer lobo que ha aprendido a mantenerse lejos de los humanos para protegerlos de sí misma. Sin embargo, Becky no le tiene miedo. Al contrario, vuelve una y otra vez, hasta convertirse en la única persona capaz de acercarse a ella incluso durante las noches de luna llena. Mientras el vínculo entre ambas crece, Becky descubre que la verdadera amenaza no es la loba que vive en el bosque, sino quienes llevan años persiguiéndola. Y Freen tendrá que decidir si continúa huyendo... o si finalmente lucha por la mujer que consiguió convertirse en su hogar

Genre
Romance
Author
Queen
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

🐺🌙 LA LOBA BAJO LA LUNA 🌙🐺

Freen Sarocha × Becky Armstrong

Género: Romance, fantasía, drama y romance sobrenatural.

Formato: One-shot.

I. EL AULLIDO

La primera vez que Becky escuchó el aullido, pensó que era un perro.

La segunda vez, supo que no.

Era demasiado profundo.

Demasiado prolongado.

Y parecía venir de algún lugar muy cercano.

Becky estaba sentada en el porche de su casa, disfrutando de la tranquilidad de la noche, cuando volvió a escucharlo.

Un sonido grave atravesó el bosque y se extendió por el valle.

—Ahí estás otra vez...

El bosque frente a ella permanecía completamente oscuro.

Los habitantes del pueblo aseguraban que nadie debía entrar después del anochecer. Decían que una loba vivía entre aquellos árboles, una criatura enorme que aparecía durante las noches de luna llena.

También contaban que podía transformarse en una mujer.

Algunos aseguraban que había atacado animales.

Otros hablaban de personas que habían desaparecido.

Y los más supersticiosos afirmaban que aquella criatura no era una loba, sino una maldición que había tomado forma.

Becky nunca había creído demasiado en esas historias.

Había crecido escuchando leyendas del pueblo y sabía que la gente tenía una facilidad extraordinaria para convertir cualquier cosa desconocida en una amenaza.

Pero aquella noche escuchó algo diferente.

Después del aullido llegó un gemido.

Humano.

Becky dejó su taza sobre la mesa.

—Eso sí ha sonado como alguien herido.

Se levantó, tomó una linterna y buscó una chaqueta.

No era una decisión especialmente inteligente.

Lo sabía.

Pero tampoco podía quedarse tranquilamente sentada si alguien necesitaba ayuda.

Abrió la pequeña puerta del jardín y se internó entre los árboles.

La lluvia de la tarde había dejado el suelo húmedo y las ramas crujían bajo sus zapatos.

—¿Hola? —llamó.

Ninguna respuesta.

Continuó caminando.

Entonces encontró unas huellas.

No eran humanas.

Eran demasiado grandes.

Becky iluminó el suelo y sintió un escalofrío.

—Por favor, que sea un perro muy grande...

Un nuevo gemido la hizo levantar la cabeza.

Esta vez estaba segura.

Había alguien allí.

Y Becky todavía no sabía que estaba a punto de conocer a la mujer de la que todo el pueblo tenía miedo.

II. LA MUJER DEL ARROYO

La encontró junto a un arroyo.

Una mujer estaba sentada en el suelo, apoyada contra una roca. Tenía una mano sobre el costado y el cabello oscuro caía desordenadamente alrededor de su rostro.

Había sangre.

Becky se acercó lentamente.

—¿Estás herida?

La desconocida levantó la cabeza.

Sus ojos brillaron de una manera extraña bajo la luz de la luna.

No eran completamente humanos.

Tenían un resplandor dorado, intenso y salvaje.

—Vete.

Becky se detuvo.

—Puedo ayudarte.

—No.

—Estás sangrando.

—Lo sé.

—Entonces déjame ayudarte.

La mujer intentó levantarse, pero sus piernas cedieron.

Becky corrió hacia ella.

—¡Espera!

—No me toques.

—¿Por qué?

La desconocida apretó los dientes.

—Porque no soy lo que crees.

Becky miró alrededor.

—Bueno, tampoco sé exactamente qué creo todavía.

La mujer soltó una pequeña risa.

Era inesperadamente suave.

—Eres extraña.

—Me lo han dicho.

Becky se arrodilló frente a ella y observó la herida.

—Necesitas atención.

—No necesito nada de ti.

—Qué carácter.

—Vete, humana.

Becky levantó la mirada.

—¿Cómo sabes que soy humana?

La desconocida guardó silencio.

Después sus ojos brillaron ligeramente.

—Puedo escucharte el corazón.

Becky parpadeó.

—Eso es un poco inquietante.

—Deberías tenerme miedo.

—Quizá cuando dejes de sangrar.

La mujer la observó durante unos segundos.

—¿Cómo te llamas?

—Becky.

—No te pregunté tu nombre.

—Y yo tampoco te pregunté si querías mi ayuda, pero aquí estamos.

La desconocida cerró los ojos.

—Freen.

Becky sonrió suavemente.

—Mucho gusto, Freen.

La mujer miró hacia el cielo.

La luna estaba casi llena.

Su expresión cambió.

—Deberías irte.

—Primero voy a ayudarte.

—No entiendes lo que está pasando.

—Entonces explícame.

Freen respiró profundamente.

—Esta noche es luna llena.

Becky levantó la vista.

—Sí.

—Y cuando alcance su punto más alto...

Freen cerró los ojos.

—No podré controlar mi transformación.

Becky miró sus ojos dorados.

Después contempló las enormes huellas que había encontrado en el camino.

Y comenzó a comprender.

III. LA LOBA

Becky debería haber tenido miedo.

Quizá cualquier otra persona habría salido corriendo.

Pero se quedó.

Ayudó a Freen a incorporarse y la acompañó hasta una pequeña zona protegida entre las rocas.

La mujer estaba cada vez más inquieta.

Su respiración se volvió irregular.

Sus manos temblaron.

—Freen, ¿qué sucede?

—Aléjate.

—¿Te duele?

—¡Becky, aléjate!

La transformación comenzó.

Becky retrocedió unos pasos, sorprendida, mientras el cuerpo de Freen cambiaba bajo la luz de la luna.

Sus huesos se transformaron.

Su respiración se volvió profunda.

Un pelaje oscuro cubrió su cuerpo y sus extremidades adquirieron la forma de las de un enorme animal.

En cuestión de segundos, frente a Becky apareció una loba.

Era mucho más grande que cualquier lobo que hubiera visto en fotografías.

Su pelaje era negro, con reflejos plateados que brillaban bajo la luz lunar. Sus ojos conservaban aquel tono dorado y, a pesar de su aspecto imponente, había algo profundamente triste en ellos.

Becky permaneció inmóvil.

—Dios mío...

La loba gruñó.

Becky levantó lentamente las manos.

—Está bien. No voy a hacerte daño.

La criatura retrocedió.

—¿Freen?

Otro gruñido.

Becky tragó saliva.

—Soy yo.

La loba la observó.

—No tienes que tenerme miedo.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Entonces Becky dio un pequeño paso.

La loba volvió a gruñir, pero no se acercó.

—¿Recuerdas quién soy?

Los ojos dorados permanecieron fijos en ella.

Becky extendió lentamente una mano.

—Soy Becky.

La loba olfateó el aire.

Después se acercó.

Primero un paso.

Luego otro.

Finalmente, apoyó el hocico contra la palma de Becky.

La joven soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Hola...

Sus dedos acariciaron suavemente el pelaje oscuro.

Era cálido.

Mucho más suave de lo que había imaginado.

La cola de la loba se movió ligeramente.

Becky abrió los ojos.

—¿En serio?

La criatura bajó la cabeza.

Becky soltó una pequeña carcajada.

—Así que la terrible loba del bosque es una consentida.

Freen gruñó suavemente.

—Está bien, está bien. No te ofendas.

La loba se acomodó junto a ella y apoyó la cabeza sobre sus piernas.

Becky miró hacia el cielo.

La luna iluminaba el bosque y el arroyo reflejaba su resplandor plateado.

Aquella noche permaneció junto a Freen hasta que los primeros rayos del amanecer atravesaron los árboles.

Y cuando la transformación terminó, Becky descubrió que la mujer que había conocido seguía allí.

Solo que ahora dormía con la cabeza apoyada sobre su hombro.

IV. TODAS LAS LUNAS

Después de aquella noche, Becky comenzó a visitar el bosque.

Primero una vez.

Luego dos.

Después dejó de contar.

Freen vivía en una pequeña casa de madera escondida entre los árboles. No era exactamente una vivienda convencional, sino un refugio que había construido lejos del pueblo.

Allí tenía todo lo necesario.

Libros.

Ropa.

Una pequeña cocina.

Y una terraza desde la que podía contemplar la luna.

Al principio, Freen se mostró distante.

No confiaba fácilmente en los humanos y tenía demasiadas razones para ello.

Pero Becky era persistente.

Le llevaba comida, conversaba con ella y, en ocasiones, simplemente se sentaba a su lado sin exigir explicaciones.

Poco a poco, Freen comenzó a esperarla.

Una tarde, Becky llegó con una cesta.

—Te traje algo.

Freen levantó la mirada.

—¿Qué es?

—Comida.

—Puedo verlo.

—Entonces no entiendo por qué preguntas.

Freen arqueó una ceja.

Becky sacó un recipiente.

—Preparé pastel.

—¿Pastel?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque me gusta cocinar.

Freen observó el recipiente.

—¿Y si no me gusta?

—Entonces tendrás que fingir que sí.

La mujer soltó una carcajada.

Becky sonrió satisfecha.

Había descubierto que aquella risa era mucho más difícil de conseguir que cualquier otra cosa.

Con el paso de las semanas, Freen comenzó a compartir pequeñas partes de su vida.

Le explicó que los licántropos no eran monstruos ni criaturas malditas.

Eran una antigua especie vinculada a la naturaleza y a los ciclos lunares.

Algunos podían transformarse a voluntad.

Otros dependían de la luna llena.

Y los más antiguos, como Freen, poseían una conexión especialmente intensa con ella.

—¿Y tú puedes transformarte cuando quieras? —preguntó Becky.

—Sí.

—¿Y por qué no lo haces?

—Porque no siempre me apetece.

Becky sonrió.

—¿Entonces puedo verte como loba?

Freen la miró.

—Ya me has visto.

—Quiero decir, cuando tú quieras.

La mujer pareció pensarlo.

—Quizá.

Becky inclinó la cabeza.

—¿Eso significa que sí?

—Significa quizá.

—Eres desesperante.

—Y tú hablas demasiado.

Becky rio.

Freen sonrió.

Y el bosque comenzó a parecer menos solitario.

V. LA MUJER DETRÁS DE LA LOBA

Becky descubrió que Freen tenía muchas más facetas de las que imaginaba.

Era inteligente.

Observadora.

Orgullosa.

Y tenía un sentido del humor bastante particular, aunque le costara admitirlo.

También descubrió que Freen podía reconocer su presencia mucho antes de verla.

—¿Cómo sabes cuándo estoy llegando? —preguntó Becky una tarde.

—Te escucho.

—¿Mis pasos?

—Tu corazón.

Becky frunció el ceño.

—Eso suena un poco inquietante.

Freen sonrió.

—No literalmente. También reconozco tu olor.

—¿Eso significa que huelo mal?

—No.

—Entonces...

—Tu perfume es fácil de reconocer.

Becky la miró.

—¿Eso fue un cumplido?

—Quizá.

—Freen.

—¿Qué?

—Estás aprendiendo.

—¿Qué cosa?

—A coquetear.

Freen se quedó completamente seria.

—No estoy coqueteando.

—Claro.

Becky sonrió.

—Lo que tú digas, loba.

Freen negó con la cabeza.

Pero sonreía.

Aquella tarde, mientras caminaban por el sendero, Becky tropezó con una raíz.

Freen la sujetó inmediatamente por la cintura.

Durante un instante quedaron demasiado cerca.

Becky levantó la mirada.

Los ojos dorados de Freen parecían más intensos bajo la luz del atardecer.

—Gracias —murmuró.

—Deberías mirar por dónde caminas.

—Estaba mirando otra cosa.

Freen arqueó una ceja.

—¿Qué cosa?

Becky sonrió.

—A ti.

La mujer soltó lentamente su cintura.

Pero no apartó la mirada.

Y Becky comprendió que quizá no era la única que comenzaba a sentir algo diferente.

VI. EL MIEDO A SER AMADA

Una noche, Becky encontró a Freen sentada en la terraza.

La luna estaba casi llena.

La mujer contemplaba el cielo con una expresión distante.

—¿Puedo sentarme?

Freen asintió.

Becky ocupó el lugar a su lado.

Durante varios minutos no hablaron.

Finalmente, Becky preguntó:

—¿Alguna vez has tenido una pareja?

Freen giró ligeramente el rostro.

—Sí.

Becky sintió una pequeña punzada en el pecho.

—¿Qué pasó?

—Me abandonó.

—¿Por qué?

Freen contempló sus manos.

—Porque tenía miedo de mi naturaleza.

Becky permaneció en silencio.

—Al principio no le molestaba que fuera una licántropa —continuó Freen—. Le parecía fascinante. Pero cuando descubrió lo que significaba realmente compartir mi vida, comenzó a verme de otra manera.

—¿Como un monstruo?

Freen asintió.

—Decía que nunca podría confiar completamente en mí. Que algún día perdería el control y terminaría haciéndole daño.

Becky bajó la mirada.

—Lo siento.

—Fue hace mucho tiempo.

—Eso no significa que no duela.

Freen sonrió débilmente.

—Aprendí a estar sola.

Becky tomó suavemente su mano.

—¿Y eres feliz así?

Freen no respondió.

—No tienes que contestar si no quieres —añadió Becky.

La mujer entrelazó sus dedos.

—A veces sí. Otras veces...

—¿Otras veces?

Freen la miró.

—Otras veces me gustaría tener a alguien con quien compartir las cosas pequeñas.

Becky sintió que el corazón se le aceleraba.

—Como qué?

—Preparar la cena. Discutir por una manta. Despertar y encontrar a alguien a mi lado.

Becky sonrió.

—Eso suena bastante bonito.

—También suena peligroso.

—¿Por qué?

—Porque significa tener algo que perder.

Becky apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Todo lo que vale la pena puede perderse algún día.

Freen la miró.

—No eres muy buena tranquilizando a la gente.

Becky rio suavemente.

—Lo intento.

Freen apoyó la mejilla sobre su cabello.

Y por primera vez en muchos años deseó que aquella noche no terminara.

VII. LA NOCHE DE LA CAZA

El problema llegó durante una noche sin luna.

Becky estaba regresando a casa cuando escuchó varios disparos procedentes del bosque.

Se detuvo.

Otro disparo.

Después un gruñido.

Su corazón se aceleró.

—¡Freen!

Corrió entre los árboles.

Encontró huellas, ramas rotas y pequeñas manchas de sangre sobre el suelo.

Entonces vio a varios hombres avanzando entre los árboles.

Llevaban linternas, rifles y dispositivos de rastreo.

Cazadores.

Becky sintió que el estómago se le encogía.

Recordó las advertencias de Freen.

Los hombres no estaban buscando un animal.

Estaban buscando a una licántropa.

—¿Dónde está? —preguntó uno.

Becky salió de entre los árboles.

—¿A quién buscan?

El hombre la observó.

—No es asunto tuyo.

—Entonces no veo por qué debería responderles.

Otro cazador se acercó.

—¿Conoces a una mujer que vive por aquí?

Becky sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—No.

El hombre la estudió.

—Mientes.

Antes de que pudiera responder, una voz surgió detrás de ellos.

—Yo que tú no la amenazaría.

Todos se giraron.

Freen estaba de pie entre los árboles.

Tenía una herida en el brazo y el cabello oscuro pegado al rostro.

Pero no parecía asustada.

Parecía furiosa.

—Freen... —susurró Becky.

La mujer no apartó los ojos de los cazadores.

—Becky, corre.

—No.

—Ahora.

Becky negó con la cabeza.

—No voy a dejarte.

Freen mostró ligeramente los colmillos.

—¡Becky!

La joven dio un paso hacia ella.

—Te tengo miedo a veces.

Freen se quedó inmóvil.

—Pero no de ti —continuó Becky—. Tengo miedo de que vuelvas a creer que estás sola y de que intentes enfrentarte a todos sin dejar que nadie te ayude.

Los cazadores levantaron sus armas.

Freen se colocó inmediatamente delante de Becky.

—Última advertencia —gruñó.

Uno de los hombres disparó.

Freen esquivó el proyectil, pero el sonido provocó que su cuerpo comenzara a transformarse.

La luna apareció entre las nubes.

Sus ojos adquirieron un brillo dorado.

Su cuerpo comenzó a cambiar.

Y frente a los cazadores surgió la enorme loba de pelaje oscuro.

Pero esta vez Becky no retrocedió.

La loba se colocó delante de ella.

Protegiéndola.

VIII. EL PRECIO DE LA LIBERTAD

Los cazadores no habían llegado al bosque por casualidad.

Durante meses habían seguido las huellas de Freen y reunido información sobre su naturaleza.

Uno de ellos, un hombre llamado Adrian, dirigía el grupo.

No buscaba simplemente matar a una criatura.

Quería capturarla.

Creía que la sangre de una licántropa ancestral podía utilizarse para desarrollar tratamientos experimentales y obtener una fuerza que ningún humano debería poseer.

Para él, Freen no era una mujer.

Era un recurso.

—¡No disparen a la cabeza! —ordenó Adrian—. La necesitamos viva.

Becky escuchó aquellas palabras.

Y comprendió que no bastaría con esconderse.

Aquellos hombres regresarían.

La loba gruñó.

Adrian levantó un dispositivo metálico.

Una descarga atravesó el aire.

Freen cayó de lado, soltando un aullido de dolor.

—¡Freen!

Becky corrió hacia ella.

Uno de los cazadores intentó detenerla.

La joven se liberó y tomó una de las linternas que había caído al suelo.

La lanzó contra el dispositivo.

El aparato se rompió con un chasquido.

La descarga cesó.

Freen consiguió incorporarse.

Adrian retrocedió.

—¡Atrápenlas!

Pero el bosque comenzó a responder.

Primero fue un aullido lejano.

Después otro.

Y otro más.

Desde las profundidades surgieron varias figuras.

Lobos.

No eran animales salvajes.

Eran licántropos.

La manada de Freen había estado vigilando el territorio desde que los cazadores comenzaron a acercarse.

Su líder, una loba gris de gran tamaño, se colocó junto a Freen.

Adrian miró alrededor.

Por primera vez, parecía comprender que había cometido un error.

—¡Retirada!

Los cazadores comenzaron a retroceder.

Pero Freen no los persiguió.

No necesitaba hacerlo.

Su manada había llegado.

Becky se arrodilló junto a ella y acarició su cabeza.

—Ya pasó.

La loba respiraba con dificultad.

—Estoy aquí —susurró Becky.

Freen apoyó el hocico contra su pecho.

Los demás licántropos permanecieron alrededor de ambas, formando un círculo protector.

Cuando finalmente amaneció, Freen recuperó su forma humana.

Estaba agotada.

Becky la sostuvo antes de que cayera.

—¿Estás bien?

Freen intentó sonreír.

—He tenido noches mejores.

Becky soltó una risa nerviosa.

—No vuelvas a asustarme así.

—Lo intentaré.

—No. Hablo en serio.

Freen acarició su mejilla.

—Lo sé.

Becky apoyó la frente contra la suya.

—No tienes que protegerme de todo.

Freen cerró los ojos.

—Es lo que siempre he hecho.

—Entonces tendrás que aprender algo nuevo.

—¿Qué cosa?

—Dejar que también te protejan.

IX. LA VERDAD DE LA LUNA

Después de aquella noche, Freen llevó a Becky hasta el territorio de su manada.

Era un lugar oculto entre las montañas, protegido por antiguos árboles y una barrera mágica que impedía que los humanos encontraran el camino.

Allí Becky conoció a otros licántropos.

Algunos eran reservados.

Otros mostraban una curiosidad evidente por la humana que había conseguido acercarse tanto a su líder.

Freen no era una loba cualquiera.

Era una descendiente de la primera línea ancestral, una de las pocas licántropas capaces de escuchar la voz de la luna y comprender sus ciclos.

Por eso los cazadores la buscaban.

Y por eso su propia manada había permanecido escondida durante tantos años.

Una anciana llamada Maelis se acercó a Becky.

—Así que tú eres la humana.

Becky sonrió con educación.

—Eso parece.

Maelis la observó detenidamente.

—Freen habla mucho de ti.

Becky abrió los ojos.

—¿De verdad?

La anciana sonrió.

—Más de lo que ella cree.

Freen, que había escuchado la conversación, frunció el ceño.

—Maelis.

—¿Qué?

—No empieces.

La anciana soltó una carcajada.

Becky miró a Freen con una sonrisa traviesa.

—¿Hablas mucho de mí?

—No.

—¿Segura?

—Completamente.

Maelis volvió a reír.

Aquella tarde, cuando quedaron solas, Becky le preguntó:

—¿Por qué nunca me dijiste que eras la líder de tu manada?

Freen se sentó a su lado.

—Porque no quería que me vieras como alguien diferente.

—¿Y qué querías que viera?

—A mí.

Becky tomó su mano.

—Eso es exactamente lo que veo.

Freen la miró.

—No sabes lo que significa estar con una licántropa ancestral.

—Entonces enséñame.

—Nuestra vida es diferente. Vivimos más tiempo que los humanos. Tenemos instintos que no siempre comprendemos. Y la luna influye en nuestra naturaleza.

—¿Eso significa que no podríamos estar juntas?

Freen negó.

—No. Significa que tendríamos que aprender a compartir nuestras diferencias.

Becky sonrió.

—Eso suena bastante parecido a cualquier relación.

Freen soltó una pequeña risa.

—Eres imposible.

—Y tú estás enamorada de mí.

La sonrisa de Freen desapareció lentamente.

—Sí.

Becky dejó de bromear.

—¿Sí?

Freen la miró directamente a los ojos.

—Estoy enamorada de ti, Becky.

La joven sintió que el mundo se detenía.

—Yo también te amo.

Freen levantó una mano y acarició su mejilla.

—No quiero que me ames por sentir lástima de mí.

—No lo hago.

—Ni porque creas que necesitas salvarme.

—Tampoco.

Becky se acercó.

—Te amo porque eres tú. Porque eres inteligente, orgullosa, divertida cuando quieres y desesperante casi siempre.

Freen arqueó una ceja.

—Qué declaración tan romántica.

Becky rio.

—Todavía no he terminado.

Le sostuvo el rostro entre las manos.

—Te amo cuando eres humana y cuando eres loba. Cuando sonríes y cuando te enfadas. Cuando tienes miedo y cuando eres valiente. No necesito que cambies nada para poder quererte.

Freen cerró los ojos.

Y la besó.

Esta vez no hubo dudas.

Solo dos mujeres que finalmente se permitían reconocer lo que sentían.

X. BAJO LA LUNA

El conflicto con los cazadores no terminó aquella noche.

Adrian había escapado y todavía conservaba información sobre el territorio de la manada.

Freen sabía que regresaría.

Pero esta vez no pensaba enfrentarse sola a la amenaza.

Convocó a los miembros de su manada y organizó la protección del bosque. Becky, por su parte, reunió las pruebas que había conseguido sobre las actividades ilegales de los cazadores y se puso en contacto con las autoridades.

No podía luchar como una licántropa.

Pero podía utilizar aquello que sí tenía.

Su inteligencia.

Su voz.

Y su capacidad para no rendirse.

Cuando Adrian regresó, encontró el territorio protegido y a las autoridades esperándolo.

Sus operaciones quedaron expuestas.

Los equipos fueron confiscados y los responsables detenidos.

La manada dejó de ser una presa fácil.

Por primera vez en muchos años, Freen pudo caminar por el bosque sin sentir que alguien la perseguía.

Una noche, durante la siguiente luna llena, Becky estaba sentada sobre la hierba.

Freen apareció detrás de ella.

—¿Qué haces?

—Esperarte.

La mujer sonrió.

—Podrías haber entrado en la casa.

—Podría.

—Entonces, ¿por qué no lo hiciste?

Becky se encogió de hombros.

—Me gusta verte llegar.

Freen se sentó a su lado.

La luna iluminaba su rostro y sus ojos dorados brillaban con suavidad.

—Esta noche quiero mostrarte algo.

Becky inclinó la cabeza.

—¿Qué cosa?

Freen extendió una mano.

—Confía en mí.

La joven la tomó.

Freen cerró los ojos.

Una luz plateada recorrió su cuerpo.

Su transformación comenzó lentamente, sin dolor ni resistencia.

En pocos segundos, la enorme loba de pelaje oscuro estaba frente a Becky.

Pero esta vez no había peligro.

No había miedo.

Solo confianza.

La loba se acercó y apoyó el hocico contra su pecho.

Becky acarició su cabeza.

—Hola, mi loba.

Freen movió la cola.

Becky soltó una risita.

—¿Sabes qué pensé la primera vez que escuché tu aullido?

La loba levantó las orejas.

—Que sonabas triste.

Freen bajó ligeramente la cabeza.

Becky continuó acariciándola.

—Ahora sé que no estabas llamando a la luna.

La loba la miró.

—Estabas buscando a alguien.

Freen apoyó la cabeza sobre su regazo.

Becky sonrió.

—Y me encontraste.

XI. LA MUJER QUE ELIGIÓ QUEDARSE

Con el paso del tiempo, Freen dejó de esconderse.

No completamente.

Seguía prefiriendo el bosque.

Seguía disfrutando de las noches tranquilas.

Y seguía transformándose durante las lunas llenas.

Pero ahora Becky estaba allí.

La relación entre ambas no era perfecta.

A veces discutían.

Freen tenía la costumbre de preocuparse demasiado y Becky no soportaba que intentara decidir por ella.

En ocasiones, la naturaleza protectora de la loba chocaba con la independencia de la humana.

Pero aprendieron a hablar.

A escucharse.

A entender que amar no significaba vigilar, controlar o sacrificarlo todo.

Una tarde, Becky estaba preparando la cena cuando Freen apareció en la cocina.

—¿Qué haces?

—Cocinando.

—Eso ya lo veo.

—Entonces no preguntes.

Freen sonrió.

Se acercó por detrás y rodeó suavemente la cintura de Becky con los brazos.

—Hueles bien.

Becky levantó una ceja.

—¿La comida o yo?

—Ambas.

—Buena respuesta.

Freen besó su mejilla.

—¿Estás feliz?

Becky dejó lo que estaba haciendo y se giró para mirarla.

—Mucho.

—¿No extrañas tu antigua vida?

Becky pensó durante unos segundos.

—A veces extraño algunas cosas. Pero no extraño sentir que estaba viviendo sin saber qué quería realmente.

Freen acarició su rostro.

—¿Y ahora?

Becky sonrió.

—Ahora sé que quiero despertar contigo, discutir por las mantas y escuchar tus quejas cuando prepare algo demasiado picante.

Freen soltó una carcajada.

—No me quejo.

—La última vez bebiste tres vasos de agua.

—Estaba comprobando si el agua de tu casa era buena.

Becky rio y la besó.

Freen respondió con ternura.

Y, por primera vez, la idea de un futuro dejó de parecerle algo que debía temer.

XII. LA LOBA Y SU HOGAR

Una noche, ambas estaban sentadas sobre la hierba.

La luna llena iluminaba el bosque y el viento movía suavemente las hojas de los árboles.

Freen tenía la cabeza apoyada en el regazo de Becky.

La joven acariciaba lentamente su cabello.

—¿Sabes qué pensé la primera vez que escuché tu aullido? —preguntó Becky.

Freen levantó la mirada.

—Ya me lo has dicho.

—Quiero volver a decírtelo.

—Te escucho.

—Pensé que sonabas triste.

Freen sonrió ligeramente.

—¿Y ahora?

Becky acarició su mejilla.

—Ahora sé que no estabas llamando a la luna.

Freen tomó su mano y besó sus dedos.

—¿Entonces?

Becky se inclinó para besarla.

—Estabas buscando a alguien que no tuviera miedo de encontrarte.

Freen la miró durante unos segundos.

—Y la encontré.

Becky apoyó la frente contra la suya.

—Sí.

Freen se transformó lentamente.

Su pelaje oscuro brilló bajo la luz plateada y sus ojos dorados conservaron toda la ternura que Becky había aprendido a reconocer.

La enorme loba se acomodó junto a ella.

Becky apoyó la cabeza contra su pelaje y cerró los ojos.

El bosque estaba tranquilo.

La noche era hermosa.

Y, por primera vez, Freen no sentía la necesidad de vigilar cada sombra.

Tenía una manada.

Tenía un hogar.

Y tenía a la mujer que había visto más allá de sus colmillos, de sus garras y de todas las historias que otros habían inventado sobre ella.

Becky levantó la mirada hacia la luna.

Después acarició suavemente la cabeza de Freen.

—Te amo, mi loba.

La criatura cerró los ojos y soltó un pequeño sonido de satisfacción.

Becky sonrió.

Porque algunas historias hablan de monstruos que viven en los bosques.

De criaturas que acechan bajo la luna.

De bestias que deben ser temidas.

Pero casi nadie cuenta la historia de la mujer que se escondía entre los árboles porque el mundo nunca había querido comprenderla.

La historia de una loba que no necesitaba ser domesticada.

Que no necesitaba renunciar a sus colmillos, a sus garras ni a su naturaleza para merecer amor.

Solo necesitaba que alguien la mirara a los ojos y reconociera a la mujer que existía detrás de aquella criatura.

Y Becky lo había hecho.

Porque amar a Freen nunca significó pedirle que dejara de ser loba.

Significó elegirla completa.

Con su fuerza.

Con sus cicatrices.

Con su instinto salvaje.

Y con aquel corazón que, a pesar de todo, todavía sabía amar.

Bajo la luz de la luna, la loba cerró los ojos.

Y Becky permaneció a su lado.

Porque algunas criaturas no necesitan que alguien las salve.

Solo necesitan encontrar a alguien con quien no tengan que esconderse.

Y Freen, después de tantos años huyendo del mundo, finalmente había encontrado su hogar.

No en el bosque.

No bajo la luna.

Sino junto a la mujer que había aprendido a escuchar su aullido.

Y que nunca le pediría que dejara de hacerlo.

FIN. 🐺🌙🤍

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Strong Dialog

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