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🪷 LA INMORTAL Y LA MORTAL🌸One-shot✨

Summary

Freen lleva siglos viviendo entre los humanos, viendo cómo las personas nacen, aman y desaparecen mientras ella permanece exactamente igual. Hace mucho tiempo decidió no volver a enamorarse. Hasta que conoce a Becky. Becky no tiene nada de extraordinario. No es una princesa, ni una guerrera, ni una criatura mágica. Es simplemente una mujer que aparece en la vida de Freen con una sonrisa demasiado fácil y demasiadas preguntas. Al principio, Freen intenta mantenerla lejos. Pero Becky no entiende de distancias. Poco a poco, consigue entrar en una vida que Freen había construido cuidadosamente para no necesitar a nadie. Y entonces aparece la pregunta que Freen lleva siglos evitando: ¿Qué haces cuando la persona que amas tiene una vida que para ti solo será un instante? Porque Becky va a envejecer. Freen no. Y amar a una mortal significa aceptar desde el principio que algún día tendrá que despedirse.

Genre
Romance
Author
Queen
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1


I. LA MUJER QUE NUNCA CAMBIABA

Becky Armstrong conoció a Freen Sarocha en una biblioteca.

No fue un encuentro particularmente romántico.

De hecho, lo primero que pensó fue que aquella mujer era bastante antipática.

—Disculpa.

Freen no levantó la mirada.

—¿Sí?

—¿Este libro es tuyo?

La mujer observó el ejemplar que Becky sostenía.

—Sí.

—Lo encontré sobre aquella mesa.

—Lo estaba leyendo.

Becky señaló la portada.

—Entonces deberías haberlo cuidado mejor.

Freen levantó lentamente los ojos.

—¿Perdón?

—Está al revés.

La mujer miró el libro.

Efectivamente, estaba al revés.

Permaneció en silencio durante unos segundos.

Becky sonrió.

—Buen intento.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Becky dejó el libro sobre la mesa.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Ya hiciste una.

—Otra.

—Depende.

Becky señaló un retrato antiguo que colgaba en la pared.

Representaba a una mujer joven, de cabello oscuro y expresión serena, vestida con un elegante vestido de otra época.

—¿Conoces a la mujer de ese cuadro?

Freen siguió la dirección de su mirada.

Por un instante, algo cambió en su expresión.

—Sí.

Becky volvió a observar el retrato.

Después miró a Freen.

—Se parecen.

—No.

—Muchísimo.

—Es una coincidencia.

Becky ladeó la cabeza.

—Tienen los mismos ojos, la misma nariz y prácticamente el mismo rostro.

—Quizá el pintor tenía una preferencia estética.

Becky soltó una pequeña risa.

—Claro.

Freen cerró el libro.

—¿Necesitas algo más?

—Sí. Saber tu nombre.

—Freen.

—Becky.

—Lo sé.

Becky frunció el ceño.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Freen señaló el libro que la joven llevaba contra el pecho.

En la primera página estaba escrito su nombre.

—Ah.

Becky sonrió.

—Por un momento pensé que eras misteriosa.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—No lo soy.

Freen recogió sus pertenencias y se marchó.

Becky la observó desaparecer entre los estantes.

Después volvió a mirar el retrato.

Había algo extraño en aquella mujer.

Algo que no conseguía explicar.

Y, aunque todavía no lo sabía, aquella curiosidad terminaría cambiando su vida.

II. LA MISMA MUJER

Becky volvió a verla una semana después.

Luego otra vez.

Y otra.

Freen siempre ocupaba la misma mesa, cerca de los ventanales, donde la luz de la tarde iluminaba las páginas de sus libros.

Siempre llevaba el cabello oscuro recogido de la misma manera.

Siempre tenía aquella expresión tranquila.

Y siempre parecía tener alrededor de treinta años.

Al principio, Becky pensó que simplemente era una visitante frecuente.

Hasta que comenzó a notar algo.

Freen no cambiaba.

Habían pasado varios meses desde su primer encuentro y su apariencia seguía siendo exactamente la misma.

Una tarde, Becky decidió sentarse frente a ella.

—Hola.

Freen levantó la mirada.

—Hola.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Depende de la pregunta.

—¿Cuántos años tienes?

Freen cerró lentamente el libro.

—¿Por qué?

—Curiosidad.

—No es una pregunta especialmente educada.

—Tú tampoco eres especialmente educada.

Freen sonrió.

—Treinta y uno.

Becky la examinó.

—¿Segura?

—Bastante.

—Pareces de treinta.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Becky apoyó los codos sobre la mesa.

—Te he visto aquí durante meses.

—Lo sé.

—Y nunca cambias.

Freen dejó de sonreír.

—¿Qué quieres decir?

—Que siempre tienes el mismo aspecto. El mismo rostro, la misma edad... Incluso tu cabello parece exactamente igual.

—Quizá tengo buenos hábitos de cuidado personal.

Becky soltó una carcajada.

—Eso no explica nada.

Freen suspiró.

—¿Qué quieres saber realmente?

Becky se inclinó hacia delante.

—¿Cuántos años tienes?

La mujer la observó durante unos segundos.

Finalmente respondió:

—Doscientos treinta y siete.

Becky dejó de sonreír.

—¿Qué?

—Doscientos treinta y siete años.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

—¿Estás hablando en serio?

—Nunca he sido especialmente buena fingiendo.

Becky miró el retrato de la pared.

Después volvió a mirarla.

—Espera... ¿La mujer del cuadro?

Freen asintió.

—Soy yo.

Becky sintió un escalofrío.

—Entonces eres...

—Inmortal.

El silencio se extendió entre ambas.

Becky no sabía si debía levantarse, reírse o llamar a alguien.

Finalmente preguntó:

—¿Y por qué me lo cuentas?

Freen bajó la mirada.

—Porque me preguntaste.

Becky soltó una pequeña risa nerviosa.

—Claro.

La observó durante unos segundos más.

—¿Debo llamarte señora?

Freen levantó la mirada inmediatamente.

—No te atrevas.

Becky comenzó a reírse.

Y Freen, a pesar de sí misma, terminó acompañándola.

III. UNA ETERNIDAD DEMASIADO LARGA

Después de aquella conversación, Becky comenzó a hacer preguntas.

Muchas preguntas.

Demasiadas, según Freen.

—¿Has conocido a escritores famosos?

—A algunos.

—¿Has presenciado guerras?

—Más de las que habría querido.

—¿Has viajado por el mundo?

—En varias ocasiones.

—¿Has tenido que aprender todos los idiomas?

—No todos.

—¿Has visto cambiar las ciudades?

Freen miró por la ventana.

—He visto pueblos convertirse en ciudades, edificios desaparecer y calles cambiar de nombre. He visto lugares que amaba dejar de existir.

Becky guardó silencio.

—¿Y no te cansas?

Freen volvió a mirarla.

—¿De qué?

—De vivir tanto.

La mujer tardó en responder.

—La gente suele pensar que la inmortalidad es un regalo. Que no envejecer significa tener todo el tiempo del mundo para hacer lo que quieras.

—¿Y no es así?

Freen negó suavemente.

—El tiempo también puede convertirse en una prisión.

Becky la observó.

—¿Por qué?

—Porque todo lo que amas termina cambiando.

—Pero tú no.

—Exactamente.

Freen cerró el libro.

—He conocido personas maravillosas. He tenido amistades, he amado, he construido hogares. Pero todos ellos han envejecido mientras yo permanecía igual.

—¿Y qué haces cuando mueren?

Freen bajó los ojos.

—Aprendo a recordar.

Becky sintió que aquella respuesta escondía mucho más de lo que decía.

—¿Nunca has querido dejar de ser inmortal?

—Hubo épocas en las que habría dado cualquier cosa por tener una vida normal.

—¿Y ahora?

Freen la miró.

—Ahora solamente intento no pensar demasiado en el futuro.

Becky sonrió.

—Entonces tendrás que aprender a vivir el presente.

—Hablas como si fuera sencillo.

—No dije que lo fuera.

Becky tomó uno de los libros de la mesa.

—Pero podemos intentarlo.

Freen arqueó una ceja.

—¿Podemos?

—Claro.

—Tú eres mortal.

—Lo sé.

—No sabes cuánto tiempo tienes.

Becky sonrió.

—Tampoco tú sabes qué ocurrirá mañana.

Freen la observó.

—Yo sí sé que seguiré aquí.

Becky dejó de sonreír.

Por primera vez comprendió que la eternidad de Freen no era una promesa de felicidad.

Era una certeza de despedidas.

IV. APRENDER A QUEDARSE

El amor no llegó de golpe.

No hubo una declaración repentina ni un beso bajo la lluvia.

Llegó lentamente.

En los desayunos que comenzaron a compartir.

En los mensajes que Becky enviaba durante el día.

En las tardes caminando sin rumbo por la ciudad.

En las discusiones absurdas sobre películas y libros.

En la costumbre de Freen de esperar a Becky afuera de su trabajo.

Y en la manera en que Becky siempre llevaba dos cafés, aunque sabía que Freen apenas necesitaba beberlos.

Una tarde, Becky llegó a la biblioteca y encontró a Freen junto a la ventana.

—Llegas tarde.

—Tengo trabajo.

—Eso no es una excusa.

—¿Qué eres, mi jefa?

—Podría serlo.

Becky dejó dos cafés sobre la mesa.

—Entonces tendrías que pagarme mejor.

Freen sonrió.

—¿Cómo estuvo tu día?

—Largo.

—¿Difícil?

—Un poco.

Freen apartó su libro.

—Cuéntame.

Becky comenzó a hablar.

De su trabajo, de una compañera insoportable, de un problema que había tenido por la mañana y de todas las pequeñas cosas que la habían molestado.

Freen la escuchó sin interrumpirla.

Cuando terminó, Becky suspiró.

—Lo siento. Hablo demasiado.

—No tienes que disculparte.

—¿No te aburro?

—No.

Becky sonrió.

—¿Nunca?

Freen la miró.

—Me gusta escucharte.

Becky bajó la mirada.

Y, sin saber muy bien cuándo había ocurrido, comenzó a sentir que aquella mujer de más de dos siglos se estaba convirtiendo en su lugar favorito.

Una noche, mientras caminaban por un parque, Becky tomó la mano de Freen.

La inmortal se quedó quieta.

—¿Qué ocurre? —preguntó Becky.

—Nada.

—Te has detenido.

Freen miró sus manos entrelazadas.

—No estoy acostumbrada a esto.

—¿A caminar de la mano?

—A querer que alguien no se marche.

Becky apretó suavemente sus dedos.

—Entonces no tienes que soltarme.

Freen la miró.

Y comprendió que estaba enamorándose.

V. EL MIEDO DE LA INMORTAL

Una noche estaban sentadas en un banco, bajo las luces de la ciudad.

Becky había apoyado la cabeza sobre el hombro de Freen.

—¿En qué piensas?

—En ti.

Becky sonrió.

—Eso suena peligroso.

—Lo es.

—¿Por qué?

Freen acarició sus dedos.

—Porque cada día me importas más.

Becky levantó la mirada.

—¿Y eso te asusta?

—Muchísimo.

—¿Por qué?

Freen contempló las luces a lo lejos.

—Porque ya sé cómo termina.

Becky frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Yo sigo aquí.

Hizo una pausa.

—Y tú no.

Becky sintió un nudo en la garganta.

—Freen...

—No quiero perderte.

—Todavía no me has perdido.

—Pero algún día.

Becky se incorporó y quedó frente a ella.

—¿Eso es lo único que puedes pensar cuando estamos juntas?

—No.

—Entonces mírame.

Freen obedeció.

—Estoy aquí —dijo Becky—. Ahora mismo. Contigo. No quiero que conviertas todos nuestros días en una despedida que todavía no ha ocurrido.

Freen bajó la mirada.

—He cometido ese error antes.

—¿Qué error?

—Amar a alguien sabiendo que iba a perderlo.

Becky acarició su rostro.

—No puedes protegerte de todas las despedidas dejando de amar.

Freen cerró los ojos.

—Lo sé.

—Entonces no me apartes.

La inmortal la miró.

—Te quiero, Becky.

La joven sonrió.

—Yo también te quiero.

Freen se inclinó y la besó.

Fue un beso lento, lleno de ternura y de un miedo que ninguna de las dos podía ignorar.

Y por primera vez en siglos, la inmortal deseó que el tiempo pasara más despacio.

VI. LA MUJER DEL RETRATO

Con el paso de los meses, Becky comenzó a conocer partes de Freen que no aparecían en sus historias.

Descubrió que le gustaba la música antigua.

Que podía pasar horas leyendo.

Que detestaba los lugares demasiado ruidosos.

Y que conservaba objetos de personas que habían formado parte de su vida.

Una tarde, mientras buscaba un libro en el estudio de Freen, encontró una caja de madera.

Dentro había fotografías, cartas y pequeños recuerdos.

En una de las fotografías aparecía Freen junto a otra mujer.

La imagen era antigua.

La mujer tenía el cabello claro y una sonrisa delicada.

Becky se quedó observándola.

—¿Quién es ella?

Freen, que acababa de entrar, se detuvo.

Miró la fotografía.

Su expresión cambió.

—Se llamaba Eleanor.

—¿La conociste hace mucho?

—Hace setenta años.

Becky volvió a mirar la imagen.

—¿La amaste?

Freen tardó unos segundos en responder.

—Sí.

Becky dejó la fotografía sobre la mesa.

—¿Qué ocurrió?

Freen se sentó frente a ella.

—Nos conocimos cuando ella tenía veintiséis años. Estuvimos juntas durante mucho tiempo. Construimos una vida, compartimos una casa y planeamos un futuro.

—¿Y después?

—Envejeció.

Becky guardó silencio.

—La acompañé durante su enfermedad. Estuve con ella hasta el final.

Freen acarició el borde de la fotografía.

—Me pidió que no la olvidara.

—¿Y lo hiciste?

Freen levantó la mirada.

—Nunca.

Becky sintió una punzada de tristeza.

—¿Todavía la amas?

La inmortal pensó cuidadosamente su respuesta.

—La amé profundamente. Una parte de mi historia siempre estará unida a ella.

Becky asintió.

No sintió celos.

Sintió tristeza por la mujer que había amado a Freen y había tenido que despedirse de ella.

—¿Y algún día me recordarás así?

Freen se levantó y se acercó.

—Becky...

—No te estoy reclamando nada. Solo quiero saber si algún día seré otra fotografía dentro de una caja.

Freen tomó sus manos.

—No eres una sustituta de nadie. No llegaste a ocupar el lugar de una persona que perdí.

Acarició sus dedos.

—Te amo por quien eres. Por las cosas que compartimos y por todo lo que todavía nos queda por vivir.

Becky sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—¿Y me recordarás?

Freen apoyó su frente contra la suya.

—Mientras conserve mis recuerdos, llevaré contigo una parte de mi vida. Y aunque algún día el mundo cambie hasta volverse irreconocible, lo que hemos vivido no dejará de haber ocurrido.

Becky cerró los ojos.

—Eso es suficiente.

Freen la abrazó.

Y aquella tarde Becky comprendió que amar a una inmortal también significaba aprender a convivir con los recuerdos que habían existido antes de ella.

VII. LOS AÑOS QUE NOS PERTENECEN

Los años comenzaron a pasar.

Al principio, Becky apenas notaba los cambios.

Después llegaron las pequeñas señales.

Una línea junto a sus ojos cuando sonreía.

Algunas canas que aparecían entre su cabello.

El cansancio después de jornadas demasiado largas.

Freen seguía teniendo el mismo rostro.

La misma piel.

La misma apariencia de treinta y un años.

Una mañana, Becky encontró una fotografía de ambas tomada durante sus primeros meses juntas.

La observó durante un largo rato.

—Mira esto.

Freen se acercó.

—¿Qué ocurre?

—Éramos unas niñas.

La inmortal sonrió.

—Tú eras muy joven.

—¿Y tú?

—Yo era muy joven también.

Becky levantó una ceja.

—Tenías más de doscientos años.

—Detalles.

Ambas se rieron.

Pero cuando Becky volvió a mirar la fotografía, algo cambió en su expresión.

—¿Te molesta?

Freen la observó.

—¿Qué cosa?

—Que esté envejeciendo.

La inmortal tomó su rostro entre las manos.

—No.

—¿Segura?

—Me duele saber que el tiempo es limitado. Pero nunca me ha molestado verte cambiar.

Becky bajó la mirada.

—A veces siento que me estoy quedando atrás.

—No estás quedándote atrás.

—Tú sigues igual.

Freen acarició su cabello.

—Y tú sigues siendo la mujer de la que me enamoré.

Becky sonrió.

—Aunque tenga canas.

—Aunque tengas canas.

—Aunque me salgan arrugas.

—También.

—Aunque algún día necesite gafas para leer.

Freen rio.

—Especialmente entonces.

Becky le dio un pequeño golpe en el brazo.

—¡Qué cruel!

Freen la abrazó.

—No necesito que tengas siempre el mismo rostro para reconocerte.

Becky apoyó la cabeza en su pecho.

Y comprendió que, aunque sus cuerpos siguieran caminos diferentes, el amor que compartían no necesitaba permanecer inmóvil para ser verdadero.

VIII. EL ÚLTIMO VERANO

Muchos años después, Becky caminaba más despacio.

Sus manos eran más frágiles.

Su cabello había perdido gran parte de su color.

Y su rostro llevaba las marcas de una vida que había sido vivida intensamente.

Freen seguía exactamente igual.

La misma mujer que había conocido en aquella biblioteca.

La misma mirada.

La misma voz.

La misma sonrisa.

Una tarde de verano, ambas estaban sentadas en el jardín de la casa que compartían.

El sol comenzaba a descender y el aire olía a flores.

Becky tenía una manta sobre las piernas.

Freen sostenía su mano.

—Tengo miedo —confesó Becky.

La inmortal bajó la mirada.

—Yo también.

Becky sonrió débilmente.

—Tú nunca dices eso.

—Porque durante mucho tiempo pensé que no tenía derecho a sentir miedo.

—¿Y ahora?

Freen besó su mano.

—Ahora sé que amar a alguien significa tener algo que perder.

Becky contempló el jardín.

—No quiero que estés sola.

Freen sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Yo tampoco quiero estar sin ti.

—Entonces prométeme algo.

—Lo que quieras.

Becky apretó suavemente su mano.

—Cuando me vaya, vive.

Freen negó inmediatamente.

—No.

—Escúchame.

—No quiero hablar de esto.

—Lo sé, amor.

Becky acarició sus dedos.

—Pero necesito que me escuches.

Freen respiró temblorosamente.

—No sé cómo vivir sin ti.

—Sí sabes.

—No quiero hacerlo.

—Lo sé.

Becky sonrió con ternura.

—Pero no quiero que conviertas mi muerte en una prisión para ti.

Freen dejó escapar una lágrima.

—He pasado siglos perdiendo personas. Pensé que, después de tanto tiempo, sería más fácil.

—¿Y lo es?

—No. Nunca lo es.

Becky levantó una mano y limpió una lágrima de su rostro.

—Mírame.

Freen obedeció.

—Te elegí sabiendo que esto iba a pasar.

—Yo debería haberte protegido.

—No necesitaba que me protegieras del tiempo.

Becky sonrió.

—Necesitaba que me amaras mientras lo teníamos.

Freen cerró los ojos.

—Te amo.

—Lo sé.

—Te amaré durante otros doscientos años.

Becky soltó una pequeña risa.

—Eso parece demasiado.

—Entonces trescientos.

—Freen...

—Quinientos.

—Estás negociando.

—Estoy intentando ganar tiempo.

Becky sonrió entre lágrimas.

—Siempre fuiste una tramposa.

Freen apoyó la frente contra la suya.

—No estoy preparada para despedirme.

—Yo tampoco.

Permanecieron abrazadas mientras el sol desaparecía lentamente.

No intentaron detener el tiempo.

No buscaron una cura.

No pidieron un milagro.

Simplemente se amaron.

Como habían hecho desde el principio.

IX. LA ÚLTIMA PROMESA

Los últimos días de Becky fueron tranquilos.

Freen permaneció a su lado.

Le leía sus libros favoritos, le preparaba té y le contaba historias de todos los lugares que habían visitado juntas.

Algunas veces Becky se quedaba dormida antes de que terminara.

Otras, la interrumpía para corregir algún detalle.

—Eso no ocurrió así.

Freen sonreía.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—Tienes razón.

Becky cerraba los ojos.

—Siempre tengo razón.

—Por supuesto.

Una tarde, mientras la luz entraba suavemente por la ventana, Becky despertó y encontró a Freen sentada junto a ella.

—Amor.

Freen tomó su mano.

—Estoy aquí.

—¿Sigues siendo tan hermosa como cuando te conocí?

La inmortal soltó una pequeña risa entre lágrimas.

—Mucho más.

—Qué presumida.

—Aprendí de ti.

Becky sonrió.

Después guardó silencio durante unos segundos.

—¿Recuerdas nuestra primera conversación?

Freen asintió.

—Me preguntaste por el libro.

—Estaba al revés.

—Lo sé.

—Y tú eras bastante antipática.

—Tú eras bastante entrometida.

Becky rio débilmente.

—Me alegra haberme acercado a ti.

Freen llevó su mano hasta sus labios.

—A mí también.

—Si pudiera volver a elegir...

Su voz se volvió más tenue.

—Volvería a sentarme en aquella mesa.

Freen sintió que el corazón se le rompía.

—Y yo volvería a dejar el libro al revés.

Becky sonrió.

—Te amo, Freen.

La inmortal besó su frente.

—Te amo, Becky.

—No tengas miedo.

Freen apretó su mano.

—No puedo evitarlo.

—Entonces quédate conmigo un poquito más.

—Todo el tiempo que quieras.

Becky cerró los ojos.

Y, mientras Freen sostenía su mano, su respiración se fue haciendo cada vez más tranquila.

Hasta que finalmente se detuvo.

Becky se marchó en paz.

Y Freen permaneció junto a ella durante mucho tiempo, sin soltar su mano.

La mujer que había vivido más de dos siglos descubrió que ninguna cantidad de años podía prepararla para aquel instante.

La eternidad no la había protegido del dolor.

Solo le había permitido amar durante más tiempo.

X. DESPUÉS DE BECKY

Durante los primeros meses, Freen no supo qué hacer con el silencio.

La casa parecía demasiado grande.

La mesa tenía una silla vacía.

Había una taza que ya nadie utilizaba.

Los libros de Becky seguían en los mismos estantes.

Y su perfume permanecía en algunas prendas que Freen no tuvo valor para guardar.

Dejó de visitar la biblioteca.

Dejó de caminar por el parque.

Durante mucho tiempo evitó pasar frente a la cafetería donde habían compartido su primera cita.

Pero recordó su promesa.

Vive.

Así que, poco a poco, comenzó a hacerlo.

Volvió a leer.

Viajó a lugares que nunca había conocido.

Aprendió a disfrutar de pequeñas cosas que antes le parecían insignificantes.

No porque hubiera dejado de extrañar a Becky.

Sino porque comprendió que seguir viviendo no significaba traicionarla.

Pasaron diez años.

Después veinte.

Luego cincuenta.

La ciudad cambió.

Algunos edificios desaparecieron y otros ocuparon su lugar.

La biblioteca fue renovada, aunque conservó sus grandes ventanales y parte de sus antiguos estantes.

Freen regresó una tarde.

Se sentó junto a la misma ventana donde había conocido a Becky.

Llevaba un libro entre las manos.

Lo abrió.

Y sonrió al recordar aquella primera conversación.

—Está al revés —murmuró para sí misma.

Por un instante, pudo escuchar la risa de Becky.

Cerró los ojos.

—Todavía te extraño, amor.

Y no sintió vergüenza por decirlo.

Porque el amor no desaparecía por el simple hecho de que una persona dejara de estar presente.

XI. UNA VIDA, UNA ETERNIDAD

Muchos años después, una joven entró en la biblioteca.

Caminó entre los estantes hasta encontrar un libro que parecía haber sido colocado recientemente sobre una mesa.

Lo tomó y se acercó a la mujer sentada junto a la ventana.

—Disculpa.

Freen levantó la mirada.

—¿Sí?

—¿Este libro es tuyo?

La inmortal observó el ejemplar.

Después miró a la joven.

Tenía una sonrisa cálida y una expresión que le resultó extrañamente familiar.

Pero no era Becky.

No podía serlo.

La joven señaló la mesa.

—Lo encontré allí.

Freen sonrió suavemente.

—Sí, es mío. Gracias.

La muchacha permaneció unos segundos frente a ella.

—¿Te conozco?

Freen sintió una punzada en el pecho.

—No lo creo.

—Qué extraño.

—¿Por qué?

—Tu rostro me resulta familiar.

Freen bajó la mirada hacia el libro.

—Quizá algunas personas dejan recuerdos que duran más que una vida.

La joven sonrió.

—Me gusta eso.

Dejó el libro sobre la mesa.

—Que tengas una buena tarde.

—Tú también.

La muchacha se marchó.

Freen permaneció observándola hasta que desapareció entre los estantes.

No intentó seguirla.

No buscó respuestas.

No quiso convertir aquel parecido en una promesa de que Becky regresaría.

Porque sabía que aquella joven era otra persona.

Con su propia vida, sus propios sueños y un futuro que todavía estaba por escribirse.

Y eso también era hermoso.

Freen volvió a abrir el libro.

Por la ventana entraba la luz de la tarde.

La misma luz que había iluminado su primer encuentro con Becky.

Entonces comprendió que había cumplido su promesa.

Había seguido viviendo.

Había vuelto a sonreír.

Había aprendido a caminar con el recuerdo de quien amó sin permitir que el dolor le robara el resto de su existencia.

Pero jamás había dejado de amar.

Porque Becky había tenido una vida.

Freen había recibido una eternidad.

Y, durante un pequeño instante de esa eternidad, ambas habían conseguido compartir el mismo tiempo.

No habían vencido a la muerte.

No habían detenido los años.

No habían conseguido que sus destinos fueran iguales.

Pero habían tenido algo que ni siquiera la inmortalidad podía garantizar:

Una vida compartida.

Un amor elegido.

Y recuerdos que ninguna despedida podía convertir en inexistentes.

Freen acarició suavemente la cubierta del libro.

Después miró hacia la ventana y sonrió.

—Gracias por enseñarme a vivir, Becky.

Y siguió leyendo.

Porque la inmortal todavía tenía una eternidad por delante.

Pero una parte de ella siempre pertenecería a aquella mujer mortal que, durante tantos años, consiguió hacer que el tiempo pareciera suficiente.

FIN. 🪷🤍

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