Capítulo 1
El encaje del vestido de novia me pica en el cuello, pero me duele mucho más el estómago por los nervios. Me miro en el espejo de mi habitación, la misma donde crecí, donde pegué recortes de revistas y donde soñé con un futuro que hoy parece un chiste de mal gusto. El vestido es hermoso, blanco marfil, con una tela suave que debería hacerme sentir feliz. En cambio, me siento como si me estuvieran disfrazando para entregarme a alguien.
Mañana, a esta misma hora, ya no seré Valentina Soler; seré la señora Galán. La esposa de un hombre al que solo he visto una vez, de lejos, y que me dio muchísimo miedo con solo mirarlo.
Los comentarios que escucho sobre él no son nada buenos. Dan miedo de verdad.
—Quédate quieta, Valentina. Si sigues suspirando así, voy a terminar picándote con un alfiler —gruñó mi madre, Josefina.
Estaba arrodillada a mis pies, arreglando el dobladillo rápido y sin rodeos. Para ella esto no era un drama, era un negocio. Se estaba asegurando de que todo estuviera perfecto para la entrega. Mi madre siempre ha sido así: una mujer práctica que solo piensa en el dinero y en tener la vida asegurada.
—No entiendo por qué tiene que ser mañana, mamá —dije, y la voz me salió finita por las ganas de llorar—. Ni siquiera he tenido tiempo de asimilarlo. Hace dos días estaba estudiando para mi examen final de la universidad y ahora...
—Ahora estás salvando a tu familia —me interrumpió, levantándose para mirarme fijo a los ojos—. Tu padre se metió en negocios que no debía. Firmó papeles que no entendía. Si no te casas con Julián Galán, pasado mañana vendrá un camión a sacarnos todo de la casa. ¿Eso quieres? ¿Ver a tu hermana Mariana y al pequeño Juan durmiendo en la calle?
Bajé la mirada. Ese era el peso que me habían puesto encima. No era solo una boda; era pagar las deudas de la casa. Mi padre, por querer darnos más de lo que podía, terminó pidiéndole dinero a la gente equivocada. Julián apareció con la solución. Él pagaría las deudas y nos dejaría la propiedad, pero el precio era yo. Necesitaba una esposa que le cuidara al hijo, un niño que se quedó sin madre al nacer.
Juan tenía apenas 8 años y mi hermana Mariana 19. ¿Cómo se suponía que yo, siendo la mayor no hiciera lo imposible por cuidarlos?
—Es viudo, Valentina. Un hombre respetado, con tierras y dinero. No te estamos enviando a sufrir —añadió con una frialdad que me dio escalofríos—. Deberías estar agradecida de que ese hombre, entre tantas mujeres, decidió escogerte a ti.
—Me están mandando con un hombre que ni conozco —susurré, pero ella ya salía de la habitación, ignorándome como siempre hace cuando no quiere discutir.
Me quedé sola frente al espejo y toque la tela del vestido. Mi mente se fue de inmediato a Carlos.
Carlos era todo lo contrario a Julián Galán. Llevábamos tres años juntos. Era el chico que me traía flores cuando me estresaba por los estudios, el que me escuchaba hablar durante horas sobre mis ganas de viajar y conocer otros lugares. Con él todo era sencillo, sin deudas ni compromisos raros. No era millonario como el hombre con el que querían casarme, pero sé muy bien que podía ser feliz a su lado.
¿Cómo iba a decírselo? Esta noche me escaparía para verlo por última vez como una mujer libre. Me dolía el pecho de solo imaginar su cara. Carlos siempre decía que nos iríamos de este pueblo para empezar de cero en la capital. No tiene mucho dinero; trabaja en el taller mecánico de su tío y apenas le alcanza para sus cosas, pero a su lado era donde yo me sentía segura.
Él era mi única esperanza. Lo único que me mantenía tranquila mientras mi madre me probaba el velo era saber que Carlos me amaba. Quizás, si él me pedía que huyéramos, yo me armaría de valor y lo dejaría todo. Quizás él era mi forma de salir de este problema.
Escuché los pasos pesados de mi padre en el pasillo. Se detuvo frente a la puerta abierta, pero no entró. Me miró desde la entrada, cansado y envejecido. Sus manos, duras de trabajar la tierra y cargar sacos, le temblaban un poco.
—Te ves... muy bien, hija —dijo con voz baja.
—¿Pago la deuda con esto, papá? —le pregunté sin mirarlo—. ¿Alcanza para salvar la casa?
Suspiró, un sonido lleno de culpa que me dolió más que cualquier regaño.
—Galán es un hombre serio. Te dará una vida que yo nunca pude darte. No vas a pasar trabajo por dinero ni por comida.
—A mí me importa mi felicidad, papá. ¿Eso no vale nada?
No respondió. Se dio la vuelta y se fue. Mi padre siempre fue de pocas palabras, pero su silencio esta vez me dolió como una traición. Me había criado para estudiar y salir adelante por mi cuenta. Y ahora me usaba para tapar sus errores.
Mariana, mi hermana menor, entró corriendo al cuarto un momento después. Ella es la que siempre le da vida a esta casa, o lo hacía antes de que pasara todo esto. Tiene veinte años y una energía que a mí me encanta.
—Vale, no llores —me dijo, abrazándome por la cintura y pegando la cara al vestido—. Si te vas, esta casa se va a sentir horrible.
—No tengo opción, Mari. Mamá dice que es por el bien de todos.
—Es una injusticia. Le dije a papá que yo podía buscar trabajo, que podíamos vender cosas... pero dice que Julián te eligió a ti. Que te vio en la plaza hace meses y preguntó por ti.
Ese detalle me dio escalofríos. Así que esto no era solo un arreglo de dinero; Julián Galán me tenía en la mira desde antes. Me sentí acorralada. Ese hombre no era solo un viudo serio; era alguien acostumbrado a conseguir lo que quería.
Me quité el vestido despacio, cuidando de no romper nada de la ropa que ahora le pertenecía a Julián. Me puse mi ropa de siempre: unos jeans viejos y una franela sencilla. Me sentí más yo, aunque el espejo me recordaba que mañana mi vida cambiaría por completo.
Miré por la ventana. El sol se estaba ocultando y el cielo se ponía oscuro. Era la hora. Carlos me estaría esperando en el muelle, nuestro lugar de siempre.
Él me va a ayudar, pensé mientras bajaba las escaleras en silencio para que mis padres no me vieran salir. Si todo se está yendo a la mierda, Carlos me va a apoyar. Me dirá que todo va a estar bien y que buscaremos una solución. Tiene que haber una manera. No puedo creer que mi vida ahora sea cuidar al hijo de un desconocido y vivir con un hombre que ni me habla.
Caminé hacia la calle con el corazón a mil por hora. Cada paso me acercaba a la única persona que me quería por quien soy y no por lo que puedo pagar. Carlos me tenía que salvar. Tenía que hacerlo. Porque si él no podía, no me quedaba más opción que irme a esa casa enorme a cumplir un contrato que me arruinaría la vida.








