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Ocaso de la Creación

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Summary

SECUELA Y FINAL DE "RAÍCES DE PUTREFACCIÓN" Y "LLAMAS EN EL ABISMO" El fin del mundo ya no es una advertencia; es una promesa. Y la Putrefacción está a punto de cumplirla. Mireille nunca pidió cargar con el peso del universo. Como una simple mortal, su único deseo era proteger a los suyos en la pequeña aldea de Roka. Pero ahora, ligada de forma irrevocable a Aldur, el arrogante y destructivo Dios del Fuego, se encuentra en el centro exacto de una guerra entre creadores que amenaza con consumir absolutamente todo. El equilibrio de las tres magias fundamentales se ha roto. Con el tiempo agotándose y la oscuridad devorando la tierra, Miri y Aldur deberán emprender un último viaje donde la supervivencia exige un precio inimaginable. En medio del caos, él tendrá que aprender a hacer lo que más odia: sentir. Y ella tendrá que enfrentar la prueba más grande de todas: soltar su propia humanidad. En este épico y desgarrador desenlace de la saga, la línea entre la mortalidad y la divinidad nunca había sido tan delgada. ¿Cuánto de sí misma está dispuesta a sacrificar Mireille para salvar a quienes ama? ¿Y qué estará dispuesto a quemar el Dios del Fuego con tal de no perderla a ella?

Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1

La explosión de luz dorada y blanca comenzó a disiparse, dejando a su paso el olor a ozono y a tierra quemada. El silencio en el cráter era absoluto, roto únicamente por el latido titánico que ahora resonaba bajo la piedra.

Y entonces, el fin del mundo se detuvo.

Frente a mí, los colosales párpados se alzaron. Sus inmensos ojos reptilianos, grandes como lagos de oro fundido, se abrieron de par en par, clavando sus pupilas rasgadas directamente en mí.

Retrocedí un par de pasos sobre la inmensidad de su cabeza. Mis botas resbalaron ligeramente sobre sus duras escamas color arena. El aliento se me atoró en la garganta, con el corazón latiéndome tan fuerte que amenazaba con romperme las costillas que apenas se habían curado. Estaba despierto. En serio lo había logrado.

El Dios del Fuego Primigenio me miró fijamente.

«¿Miri?»

Su voz resonó dentro de mi cabeza. Sonaba ronca, profunda y cargada de un desconcierto abrumador, como si acabara de despertar de una pesadilla milenaria.

— Mireille — Lo corregí de inmediato, con la voz temblando, pero afilada como el cristal.

El inmenso dragón guardó silencio. Sus ojos dorados me estudiaron por un segundo infinito antes de cerrarse con una lentitud pesada y agonizante.

«¿Tú me salvaste?», Preguntó, y la vulnerabilidad en su tono telepático me revolvió el estómago.

Apreté los puños a mis costados, sintiendo cómo el frío del abismo volvía a colarse por mis huesos.

— Sí — Respondí, endureciendo el gesto para que no viera las lágrimas que aún me quemaban los ojos. — Muy a mi pesar.

Aldur volvió a abrir los ojos. La inmensidad de su mirada dorada me envolvió y, sin una sola gota de su habitual arrogancia divina, susurró en mi mente:

«Gracias.»

Tragué saliva, apartando la mirada bruscamente. Escuchar la absoluta y pura honestidad en su voz fue como recibir una bofetada. No quería su gratitud. No quería su honestidad ahora. Al saber que seguía vivo, que su corazón volvía a latir bajo mis pies, la adrenalina y el terror de perderlo se esfumaron. En su lugar, el enojo regresó con la fuerza de un huracán, trayendo consigo el veneno asfixiante de la traición. Me había usado. Me había mentido.

— No te lo merecías — Le escupí, mirando hacia las ruinas de piedra negra a lo lejos, incapaz de sostenerle la mirada. — Pero bueno. Ya lo hice.

Un viento cálido barrió el cráter.

«Aún puedo sentirla...», Confesó Aldur. Su voz era un eco sombrío en mi cerebro. «La Putrefacción. Está aquí adentro. Lograste reducirla casi a cero, pero es una sombra viva en mis entrañas. Aprovechará cualquier oportunidad para dominarme por completo.»

Volteé a verlo de reojo, con la mandíbula tensa.

— Entonces depende de ti mantenerla a raya — Le dije, implacable. — Porque ya lo sabemos, Aldur. Tú eres la causa primaria.

El inmenso dragón dejó salir el aire de sus pulmones en un suspiro que se transformó en un vendaval. Su inmensa cabeza, más grande que una montaña, se movió ligeramente, alzándose unos metros del suelo.

Di un grito ahogado, perdiendo el equilibrio. Tuve que hincarme de golpe y sostenerme con todas mis fuerzas de los bordes angulosos de sus escamas para no salir volando hacia el vacío.

«No lo había entendido... hasta ahora», Murmuró en mi cabeza, ignorando mi tropiezo, hundido en su propia epifanía.

Solté una risa corta, áspera y cargada de ironía, mientras me aferraba a su piel áspera.

— ¿Hasta ahora? — Le recriminé. — ¡Vaya momento para que el gran dios tenga una revelación!

«Sí...», Contestó, y su tono estaba tan desprovisto de ego que me desarmó por un segundo. «Tenías razón, Mireille. La Putrefacción debió haber aparecido por mi culpa. Fui el primero en albergar sentimientos negativos. Fui yo quien envidió, quien odió y quien asesinó a sus propios hermanos... Tienes razón. Una enfermedad tan oscura como esta, solo pudo haber nacido y haberse formado a partir de mí.»

Bufé, soltando una risa seca y amarga que se perdió en el viento.

— Vaya — Le dije, cruzándome de brazos. — Solo te tomó un par de milenios darte cuenta de que las acciones tienen consecuencias. Todo un récord para un dios.

El inmenso dragón no me devolvió el sarcasmo. Se quedó inmóvil, aceptando el golpe con una pasividad que me descolocó.

«Entiendo que sigas molesta», Me respondió, y su voz en mi mente era apenas un susurro pesado. «Y, de nuevo, te agradezco que me hayas salvado. Pero ya hiciste suficiente. Puedes irte, Mireille. Puedes buscar a tus padres. Como tú misma dijiste, yo soy la causa de esto, así que solo yo puedo arreglar lo que causé. Debes volver y ponerte a salvo.»

Me quedé congelada, parpadeando un par de veces, incapaz de procesar sus palabras de inmediato.

¿Me estaba echando? ¿Así como así?

Una parte muy estúpida y traicionera en el fondo de mi pecho esperaba que, después de todo lo que habíamos pasado, después de que le entregué mi magia para revivirlo, él me pidiera que me quedara. Que me rogara un poco, maldita sea.

El nudo en mi garganta se transformó rápidamente en rabia pura.

— Me parece perfecto — Escupí, sintiendo cómo la sangre me hervía en las venas. — Quédate solo con tu desastre. ¡Me largo!

Me di la vuelta y, con la agilidad que me daba la furia, bajé de un salto de su inmensa cabeza, resbalando por sus escamas hasta caer a la tierra cenicienta. Caminé a zancadas fuertes hacia donde Elaruun me esperaba. Me monté sobre el lomo del ciervo mágico, tomé un puñado de su pelaje y me dispuse a irme sin mirar atrás.

Pero el sonido de la piedra crujiendo a mis espaldas me detuvo.

Giré la cabeza sobre mi hombro. Aldur estaba intentando ponerse de pie. El colosal dragón color arena, más grande que la cordillera entera, apoyó sus garras delanteras sobre el cráter destrozado e hizo un esfuerzo sobrehumano para levantarse. Los músculos bajo sus escamas se tensaron hasta temblar.

Pero... no pudo.

Sus patas cedieron, y la inmensa bestia se desplomó de nuevo contra la tierra con un estruendo sordo que sacudió el suelo bajo las pezuñas de Elaruun.

Apreté los dientes, odiándome a mí misma con toda el alma por ser demasiado empática. ¿Por qué demonios no podía simplemente irme y dejarlo ahí?

— ¿Qué maldita sea te pasa? — Le pregunté en voz alta, sin bajarme del ciervo.

«Estoy bien», replicó de inmediato en mi mente, con ese tono terco que tanto conocía. «Puedes irte.»

— ¡Se ve que estás perfecto, claro! — Le grité, señalando su cuerpo inerte. — ¡Estás tirado ahí sin poder moverte!

Y era lógico. Por más dios que fuera, había caído cientos de metros en picada desde el cielo, estrellándose contra la tierra firme con la fuerza de un meteorito. No podía salir sin secuelas de un impacto que partió el mundo en dos.

Suspiré, pellizcándome el puente de la nariz.

— Si se te dificulta tanto mover este cuerpo verdadero, siempre puedes volver a tu forma humanoide — Le sugerí, harta de su terquedad. — Debería ser mucho más sencillo de controlar con las heridas que tienes.

Aldur levantó ligeramente su inmenso ojo dorado para mirarme.

«Tienes razón. Como siempre.»

Me quedé callada. Escuchar esas palabras salir de él me tomó tan desprevenida que no supe qué responder. Solo me limité a observarlo, esperando a que la montaña de escamas frente a mí se redujera a la forma del hombre del que me había enamorado.

Vi cómo Aldur cerraba los ojos, concentrándose. La tierra a nuestro alrededor empezó a temblar. El aire se volvió espeso y caliente, y su inmenso cuerpo entero comenzó a vibrar con una energía descomunal que hacía crujir el aire.

Y luego... nada.

La vibración se cortó de tajo. No pasó absolutamente nada.

Aldur dejó caer su cabeza gigante al suelo con pesadez. El impacto levantó una nube de polvo y tierra cenicienta que nos cubrió por un segundo.

— ¿Qué pasa? — Le pregunté, frunciendo el ceño.

El silencio se prolongó. No me respondió, y esa pausa eterna, viniendo de alguien tan impaciente como él, empezó a sembrar una semilla de genuina preocupación en mi pecho.

— Aldur, te pregunté qué pasa — Insistí, elevando la voz.

«No lo entiendo...» Su voz telepática sonó rasposa, cargada de una confusión casi infantil. «No lo entiendo, Mireille, pero... no puedo. No puedo mantener el otro cuerpo.»

— ¿Qué quieres decir con que no puedes? — El pánico empezó a asomar. — ¿Por qué?

Aldur soltó un largo y cansado aliento por la nariz.

«Crear y mantener ese avatar humano nunca fue mi naturaleza», Explicó, y el peso de su revelación hizo que el ambiente se volviera gélido. «Yo soy el Dios del Fuego Primigenio. Soy caos expansivo, energía pura. Mantener un cuerpo con huesos, proporciones perfectas y tamaño humano requiere un control milimétrico sobre la Materia. Era un dominio que le pertenecía a mi hermano... A Kaldurath.»

Abrió su inmenso ojo para mirarme, y vi una sombra de terror cruzando por el iris dorado.

«Durante milenios aprendí a imitar su poder para comprimirme. Pero ahora... después de que la Putrefacción devorara mi núcleo y de que tú me reiniciaras a la fuerza, mi control fino sobre la materia está destrozado, Mireille. Si intento comprimir toda mi energía primigenia en un recipiente humanoide en este momento, no lo resistiría. Mi núcleo estallaría. Estoy atrapado.»

Me quedé ahí, montada sobre Elaruun, genuinamente sorprendida por su revelación.

¿O sea que el gran Dios del Fuego, el ser que creía tener el control absoluto de todo, estaba atrapado en su propio cuerpo gigantesco y colosal? Vaya. Una parte oscura y resentida dentro de mí no pudo evitar encontrarle una retorcida justicia poética. Era irónico. Estaba enjaulado y “castigado” a permanecer en su forma verdadera, incapaz de esconderse detrás de ese rostro hermoso que había usado para engañarme.

— ¿Y qué vas a hacer ahora? — Le pregunté, con un tono mucho más frío del que pretendía.

«Me quedaré aquí», Respondió, sin apartar sus inmensos ojos de mí. «Esperaré a que este cuerpo termine de curarse, y luego avanzaré.»

— ¿Avanzarás a dónde?

«Tengo una idea de cómo arreglar todo esto, pero no te voy a involucrar. Solo... debes ponerte a salvo. Lejos de mí.»

Apreté las riendas de Elaruun con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. La poca paciencia que me quedaba se evaporó en un instante.

— Entonces eso es todo, ¿no? — Le solté, sintiendo cómo la ira volvía a quemarme la garganta. — Vuelves a cerrarte. Vuelves a ser el mártir y el maldito “héroe” solitario, ¿verdad?

Aldur me miró con sus gigantescos ojos dorados, inescrutables, y se quedó en un silencio sepulcral que solo logró enfurecerme más.

— Hace unos minutos llorabas y me pedías disculpas de forma frenética después de casi matarme, atrapándome y apretándome hasta romperme los huesos — Le escupí, señalándolo con un dedo tembloroso. — Y ahora... ahora ni siquiera te preocupa saber si estoy bien, si puedo respirar o si me duele algo. Nada. Sigues siendo exactamente el mismo, ¿no? El mismo ser egoísta e idiota de siempre.

El dragón cerró los ojos por un segundo, y su voz telepática sonó tensa.

«No es eso, Mireille, solo...»

— ¡Me duele! — Lo interrumpí a gritos, bajándome de Elaruun de un solo salto para dar un paso amenazador hacia su colosal cabeza, sin importarme lo minúscula que era frente a él. — ¡Me duele muchísimo! Y sí, soy una completa idiota por seguir aquí, pero tú me destruiste como nadie en este maldito universo podría haberlo hecho. ¡Me vaciaste! ¿Y ahora simplemente me vas a dejar ir como si nada? Vaya.

Negué con la cabeza, riendo con una amargura que me raspó la garganta, sintiendo las lágrimas de frustración agolpándose en mis ojos.

— Cada vez logras decepcionarme más, ¿eh?

Las inmensas pupilas negras de Aldur se contrajeron de golpe, reduciéndose hasta formar una fina y afilada línea vertical en el centro de sus lagos dorados.

«No...», Retumbó su voz en mi cabeza, más grave y áspera que antes. «No es lo que yo quiero.»

— ¡No importa lo que tú quieras! — Le grité, dando un pisotón contra la tierra, con el pecho subiendo y bajando erráticamente. — ¡Porque todo en este maldito mundo siempre fue y se hizo por lo que tú querías!

Me abracé a mí misma, sintiendo que me desmoronaba por dentro mientras lo miraba a su gigantesco rostro.

— No puedo creer que seas el mismo... — Mi voz se quebró, pero me obligué a seguir, escupiendo cada palabra con dolor. — No puedo creer que seas el mismo que me decía que me amaba. El que me besaba y me juraba que yo era su razón de todo.

«¡Te amo!»

Su grito mental fue tan fuerte que me hizo retroceder un paso, vibrando en mi cráneo con la fuerza de un terremoto.

«¡Jamás mentí en eso, Mireille! ¡Jamás pude ni podré mentir en el amor que siento por ti! Tú... tú me enseñaste lo que era el maldito amor.»

— ¡Claro que no! — Le grité de vuelta, sintiendo la primera lágrima caliente resbalar por mi mejilla, quemándome la piel. — ¡Tú no sabes amar! ¡Lo único que sabes hacer es odiar y lastimar a todos a tu alrededor!

Aldur no se defendió. Cerró lentamente sus grandes ojos dorados, como si mis palabras hubieran sido espadas físicas clavándosele en el pecho.

«Entiendo que te lastimé», Me dijo, con una resignación sepulcral y vacía. «Y precisamente por eso quiero dejarte ir.»

El coraje me cegó. Las lágrimas que amenazaban con salir finalmente se desbordaron, cayendo gruesas por mi rostro, mezclándose con el polvo y la ceniza.

— ¡Ni siquiera luchas por mí! — Le reclamé a gritos, con la voz completamente desgarrada, sintiendo que el corazón se me partía en mil pedazos. — ¡No peleas por lo que supuestamente teníamos! ¡Solo te rindes! ¡Eres un maldito mentiroso!

«Ya no me queda ninguna mentira», Susurró en mi mente, con una quietud aterradora.

— ¡No te creo! — Sollocé, apretando los puños hasta encajarme las uñas en las palmas. — ¡Jamás te volveré a creer!

«Lo entiendo. Y por eso no puedo obligarte a que te quedes a mi lado.»

— ¡No te creo nada, Aldur! — Volví a gritarle, señalándolo con rabia, rehusándome a aceptar su estúpido martirio. — ¡No lo haces por mí! ¡Solo quieres alejarme porque no soportas aceptar que yo ya te veo como lo que eres en realidad! ¡No soportas mi mirada!

El inmenso dragón dejó escapar un bufido pesado. Un chorro de aire denso y caliente salió de sus fosas nasales, barriendo el polvo alrededor de mis botas. Volvió a abrir los ojos, mirándome con una mezcla de cansancio infinito y una tristeza inabarcable.

«Solo quiero que estés a salvo, Mireille», Sentenció, cortando la discusión de tajo. «Eso es todo.»

—¡No eres capaz! — Le grité, negando con la cabeza frenéticamente. — ¡No eres capaz de seguir a mi lado ni siquiera sabiendo que yo tengo la magia que a ti te falta! ¡Tú mismo lo dijiste hace tiempo! ¡Me dijiste que me necesitabas a mí y a mi magia!

Lancé mis brazos al aire, señalando la inmensidad inabarcable de su cuerpo recostado en el cráter.

— Además, ¿cómo demonios piensas moverte midiendo más que una maldita montaña, eh? — Le escupí, histérica. — ¡El simple hecho de alzar el vuelo destruyó casi un bosque completo! Eres un peligro andante. ¡Pero claro, prefieres huir porque solo eres un cobarde!

El silencio se hizo pesado por una fracción de segundo antes de que su voz resonara en mi cráneo, cargada de una genuina confusión.

«¿Por qué ahora insistes en venir conmigo?»

La pregunta me rompió. La poca cordura que me quedaba se esfumó.

— ¡Porque ni yo misma lo sé, ¿sí?! — Le grité, con la garganta en carne viva, mientras las lágrimas me empañaban la vista por completo. — ¡Porque soy la persona más idiota de este mundo! ¡Porque amo al maldito monstruo y destructor del mundo, porque sí!

Aldur se quedó completamente quieto. Sus gigantescos ojos dorados se clavaron en mí, fijos y abrumados por mi confesión a gritos.

«Si...» Su voz mental titubeó, perdiendo toda su deidad. «Si quieres seguir conmigo, Mireille... no te detendré.»

— No somos pareja — Lo corté de inmediato, mi voz volviéndose tan fría que hasta a mí me asustó. — No somos ni siquiera amigos, Aldur. Jamás podría estar contigo de nuevo.

El enorme dragón parpadeó, y sentí su dolor en mi mente como si fuera un eco lejano.

«Pero... creí... tú dijiste...»

— Amarte no significa que olvide lo que hiciste — Sentencié, limpiándome las lágrimas de las mejillas con un manotazo brusco. — No significa que olvide que me mentiste en absolutamente todo. Y amarte...

Tragué saliva, buscando el veneno más letal que pude encontrar en mi propia alma, y se lo arrojé directo a la cara.

— Sé que solo será por un momento. Sé perfectamente que podré dejar de amarte.

Fue inmediato. Las pupilas negras de sus ojos reptilianos se contrajeron violentamente ante el golpe. Lo vi encogerse imperceptiblemente, como si mis palabras le hubieran arrancado una escama directo del pecho.

Le había dolido.

Y estaba bien. Estaba perfectamente bien. Eso era exactamente lo que yo quería. Quería lastimarlo, quería hacerlo sangrar por dentro, aunque fuera un mínimo de lo que él me había lastimado y me seguía lastimando a mí.

Aldur tragó aire, y su voz sonó derrotada en mi cabeza.

«¿Entonces por qué quieres acompañarme?»

Lo miré con un desprecio helado, levantando la barbilla.

— Porque no confío en ti para arreglar todo esto — Le dije, afilando cada sílaba. — Eres perfectamente capaz de volver a ocultarte en algún agujero e ignorar por completo todo el daño que causaste. Y no voy a permitir que el mundo se siga pudriendo solo porque tú decidiste huir de nuevo.

El inmenso dragón se quedó en un silencio sepulcral. Vi cómo su colosal garganta se movía al tragar pesadamente.

«Lo entiendo», Murmuró en mi cabeza. Su voz ya no tenía ni un rastro de divinidad; sonaba rota, absolutamente resignada. «Y... si puedo estar a tu lado, aunque sea un poco más... si puedo tenerte cerca, incluso con tu odio... es suficiente para mí, Mireille. Es mucho más de lo que merezco.»

Me crucé de brazos, apretando los labios, y no dije absolutamente nada. No iba a darle el consuelo de una respuesta. No le iba a dar tregua.

«También tienes razón en lo de mi tamaño», Admitió después de unos segundos, bajando un poco la mirada hacia el cráter destrozado en el que seguía postrado. «No puedo avanzar de esta forma.»

— ¿Y qué harás al respecto? — Le exigí, levantando una ceja.

Aldur volvió a quedarse en silencio. Podía ver cómo sus pupilas rasgadas se dilataban ligeramente, calculando, pensando en algo. Pasaron los segundos y, al ver que no respondía, solté un suspiro largo y cargado de desesperación, rodando los ojos al cielo.

«Tengo una idea», Dijo por fin, con un tono tenso y cauteloso. «Pero no sé si me salga.»

— Inténtalo — Le solté con frialdad. — Ya quedó bastante claro que no puedes arruinar las cosas más... O bueno, tal vez sí. Eres capaz de todo, al parecer.

Aldur me miró fijamente. No hubo reclamo en su mirada, solo una profunda y dolorosa aceptación de mi veneno. No dijo nada más.

Apretó la mandíbula y se concentró. Cerró los ojos con tanta fuerza que las escamas a su alrededor se arrugaron. Con un esfuerzo titánico que hizo crujir la piedra bajo él, levantó una de sus alas gigantescas. La inmensa membrana color arena, tan grande que tapó por completo el cielo sobre nosotros, se alzó en el aire y cayó sobre sí mismo, cubriendo su cuerpo colosal por completo como si fuera una carpa infinita.

Retrocedí un par de pasos por instinto, con el ceño fruncido y sin comprender. Mi primer pensamiento, asqueroso y fugaz, fue que se estaba ocultando. Que se estaba escondiendo bajo su propia ala para no verme, para no darme la cara, huyendo como el maldito cobarde mentiroso que era.

Pero me equivoqué.

De repente, el aire a mi alrededor se volvió insoportablemente denso y caliente. Su cuerpo, oculto bajo la inmensidad de esa membrana, empezó a vibrar. No era un temblor provocado por el miedo o la debilidad; era una vibración frenética, antinatural, que hizo que las piedras bajo mis botas comenzaran a saltar y a chocar entre sí.

El calor en el cráter se disparó. Un resplandor hirviente, denso como magma puro, empezó a filtrarse por los bordes de su ala, iluminando la ceniza.

Y entonces, lo vi.

Algo estaba cambiando en él. La enorme silueta montañosa que proyectaba la tela de sus alas comenzó a retorcerse. Un gruñido sordo, gutural y cargado de un dolor agonizante escapó de debajo de sus escamas. Un sonido desgarrador, como el de mil huesos gigantescos siendo triturados y fundidos al mismo tiempo, inundó el aire. La montaña que era su cuerpo estaba empezando a colapsar sobre sí misma, encogiéndose violentamente.

El sonido que siguió fue algo que se quedaría grabado en mis pesadillas para siempre.

No fue el rugido de una bestia, sino un alarido gutural, ahogado e inmensamente humano, atrapado dentro de la garganta de un monstruo. Bajo la inmensa carpa de su propia ala, la silueta de Aldur comenzó a convulsionar de forma antinatural.

El calor se volvió asfixiante, pesado, como si el aire mismo se hubiera convertido en plomo derretido. La montaña de escamas empezó a encogerse a un ritmo brutal.

¡CRAC!

Un estallido ensordecedor resonó por todo el cráter. Sonó exactamente como el tronco de un árbol milenario partiéndose en dos, pero multiplicado por mil. Era el sonido de sus inmensos huesos astillándose y colapsando bajo una presión térmica incalculable.

Di un paso atrás, cubriéndome el rostro con un brazo para protegerme de la ráfaga de aire caliente y ceniza que su agonía expulsaba.

¡CRAC! ¡CRAAACK!

El ruido de la materia rompiéndose se volvió continuo, nauseabundo. Sin el dominio de su hermano sobre la Materia física, Aldur estaba usando su Fuego Primigenio de la manera más barbárica posible: no estaba moldeando su cuerpo, lo estaba incinerando y comprimiendo a la fuerza desde adentro. Estaba aplastando su propia masa a base de puro y doloroso fuego.

La silueta de la montaña se desplomó drásticamente. De medir cientos de metros, bajó a la mitad en cuestión de segundos, luego a una cuarta parte. Pero el costo era atroz.

Líneas de luz hirviente, como magma puro, comenzaron a rasgar la membrana de su ala, que también se estaba achicando. Aldur dejó escapar otro quejido, un sonido tan desgarrador y agónico que el estómago se me revolvió.

Instintivamente, di un paso hacia adelante. Mi corazón traicionero dio un vuelco. «Se va a matar», pensé, con el pánico subiéndome por la garganta. Quería gritarle que parara. Quería decirle que no valía la pena, que encontráramos otra maldita forma. El impulso de correr hacia él y usar mi magia para aliviar su dolor fue tan fuerte que mis manos temblaron.

Pero me obligué a clavar las botas en la tierra.

Me mordí el interior de la mejilla hasta saborear mi propia sangre. No. Él había decidido esto. Él había causado todo esto. Que sufriera. Que sintiera en carne propia una fracción de cómo me había destrozado por dentro. Me obligué a mantener los ojos abiertos, siendo testigo de su tortura autoinfligida.

La vibración alcanzó su punto crítico. La silueta bajo el ala ya no era más grande que una casa, y seguía comprimiéndose. El fuego se volvió tan brillante que tuve que entrecerrar los ojos, cegada por el resplandor de la pura energía apretándose contra las leyes de la física.

Y entonces, con un último y agónico crujido que sonó a piedra triturada, la luz estalló y se apagó de golpe.

El ala se derrumbó sobre la tierra, levantando una nube de polvo gris que nos envolvió por completo. El silencio volvió a reinar en el cráter, roto únicamente por el sonido de una respiración agitada, ronca y húmeda.

Esperé, con el corazón latiéndome en los oídos, hasta que la brisa barrió el polvo.

Ahí estaba.

Ya no era una montaña inabarcable que eclipsaba el cielo. Frente a mí, echado sobre el vientre en medio de la tierra calcinada, había un dragón. Medía unos cinco o seis metros de largo, el tamaño de uno de los árboles más grandes de los bosques de Valdoria. Seguía siendo imponente, letal, con esas escamas angulosas color arena y garras capaces de partirme en dos con un solo movimiento, pero la diferencia era abismal.

Su cuerpo subía y bajaba con una rapidez enfermiza, tratando de meter aire a sus nuevos pulmones compactados. Un humo fino, como vapor hirviente, salía de las comisuras de su hocico cerrado. Estaba temblando incontrolablemente.

Lentamente, como si cada músculo de su cuerpo pesara una tonelada de plomo, Aldur levantó la cabeza y me miró.

Sus ojos dorados, ahora mucho más cercanos a mi altura, estaban opacos, inyectados en sangre y cargados de un agotamiento tan extremo que parecía a punto de desmayarse ahí mismo. No dijo nada en mi mente. No le quedaban fuerzas ni siquiera para hablar.

El inmenso cuerpo de dragón de Aldur cedió por completo, cayendo de bruces contra la tierra con un golpe sordo. Su pecho subía y bajaba erráticamente, levantando pequeñas nubes de ceniza con cada respiración rota. Estaba exhausto.

Mi cuerpo entero se tensó hacia adelante. Un paso. Di un estúpido e instintivo paso en su dirección con las manos ligeramente alzadas, sintiendo el impulso irracional de correr hacia él para aliviarle el dolor.

Pero me detuve en seco.

No.

Apreté las manos en puños y las pegué a mis costados. No. No éramos nada. No éramos equipo, no éramos amigos, y definitivamente ya no éramos los amantes que se habían jurado el mundo entero. No podía permitirme preocuparme por él de esta manera. Me obligué a quedarme quieta, fría y distante, observando cómo luchaba contra su propio cuerpo.

Pasaron varios minutos agónicos. Lentamente, con un esfuerzo que hizo que sus músculos temblaran bajo las escamas, Aldur logró apoyar sus garras delanteras y alzarse. Se notaba a leguas que le dolía cada maldito centímetro de su nueva anatomía. Aún así, levantó su cabeza angulosa, clavó sus ojos reptilianos en mí y dio un paso lento en mi dirección.

El instinto de supervivencia me golpeó de lleno.

Aunque ahora era minúsculo comparado con la montaña que había sido hace unos minutos, medir cinco o seis metros de largo y tener el ancho de un roble milenario no lo hacía menos aterrador. Seguía siendo un depredador colosal. Al verlo avanzar hacia mí, la inmensidad de sus garras y el brillo letal en sus ojos me hicieron retroceder un paso, el corazón latiéndome desbocado en la garganta.

Aldur se detuvo de inmediato al notar mi miedo. Bajó la cabeza, casi rozando el suelo, y abrió sus fauces.

— No te haré daño.

Me quedé helada. No resonó en mi mente. La voz salió directamente de su garganta. Era profunda, ronca, con un matiz gutural que hizo vibrar el aire a nuestro alrededor, como el sonido de dos rocas pesadas rozándose en el fondo de una caverna, pero era innegablemente su voz.

Tragué saliva, incapaz de apartar la vista de sus dientes afilados.

— ¿Por qué... por qué ahora hablas bien? — Pregunté, con la voz temblando ligeramente, odiándome por dejar que viera mi nerviosismo.

Aldur dejó escapar un suspiro de aire caliente que me revolvió el cabello.

— Mi voz en mi tamaño original... es demasiada energía vibrando al mismo tiempo — Explicó, despacio, cada palabra sonando pesada. — Si algún humano la escuchara directamente de mis fauces, la onda expansiva le reventaría los tímpanos. Quedarían sordos al instante. Por eso me comunicaba contigo a través de tu mente.

Asentí lentamente, sorprendida por el dato. Era un maldito recordatorio de que, sin importar cuánto se redujera, seguía siendo un arma de destrucción masiva.

Guardé silencio por un momento, estudiando las líneas de luz hirviente que aún parpadeaban débilmente entre algunas de sus escamas, cicatrizando a la fuerza tras el encogimiento.

— ¿Cómo supiste que podías hacer esto? — Le pregunté, cruzándome de brazos en un intento inútil por fingir seguridad. — ¿Hacerte pequeño? Hace un rato me dijiste que estabas atrapado.

Aldur me miró con esos lagos dorados, ahora opacos por el dolor.

— No lo sabía con certeza — Admitió en voz alta, y el sonido vibró en mi pecho. — Pero soy el Dios del Fuego Primigenio, Mireille. No tengo el control de mi hermano sobre la Materia; no puedo moldear la carne y el hueso con la elegancia con la que él lo hacía. Pero sé cómo consumir. Sé cómo quemar.

Apoyó un poco más su peso sobre sus patas traseras, aguantando un quejido.

— Sabía que si elevaba la temperatura de mi propio núcleo al límite absoluto, podía derretir mis huesos desde adentro y forzarlos a comprimirse bajo la presión del calor. Como un herrero golpeando hierro al rojo vivo hasta aplastarlo a martillazos. Es rudo, primitivo y me destrozó por dentro... pero funcionó. Pude comprimir la materia lo suficiente para moverme.

Me quedé sin palabras. Se había incinerado a sí mismo, soportando una agonía indescriptible, solo para poder caminar sin destruir el continente entero.

El cráter seguía envuelto en un calor sofocante, pero el silencio entre los dos era aún más pesado. Lo observé por un momento, asimilando su nueva forma, antes de hacer la siguiente pregunta que me rondaba la cabeza.

— ¿Podrás volver a tu tamaño normal?

— Sí — Respondió Aldur, con un tono ronco y seco. — Podré revertir esto una vez que la Putrefacción sea erradicada por completo de mi sistema.

Asentí despacio, procesando la información.

— ¿Puedes volar?

El dragón dejó escapar un bufido sordo, una mezcla de diversión amarga y cansancio. Con un movimiento lento que hizo crujir sus articulaciones, desplegó sus alas. Incluso en este tamaño reducido, las membranas color arena eran majestuosas, proyectando una sombra enorme sobre la tierra quemada.

— Sí, siguen siendo completamente funcionales — Dijo, ladeando ligeramente su cabeza angulosa para mirarme con ese iris dorado. — ¿Por qué? ¿Quieres volar encima de mí?

La imagen cruzó por mi mente y me revolvió el estómago. Aparté la mirada de golpe, cruzándome de brazos con fuerza para evitar que viera mis manos temblar.

— No quiero nada de ti — Le solté, afilando cada sílaba como si fuera hielo.

Aldur cerró los ojos y dejó caer sus alas a los costados, levantando una nube de polvo gris con el impacto.

— Lo entiendo — Suspiró, y su voz profunda vibró contra el suelo. — De todos modos, aunque quisiera, no me siento lo suficientemente fuerte para volar por el momento.

Me obligué a mirarlo de reojo, y entonces lo noté. Sus cuatro patas, apoyadas firmemente contra la piedra, estaban temblando. No era un ligero temblor de frío; vibraban de forma violenta, espasmódica. Sus músculos, tensos bajo las escamas, estaban al borde del colapso, luchando a cada segundo para mantener esa forma triturada y comprimida.

Tuve que apartar la vista. Sentí una punzada aguda justo en el centro del pecho, un eco doloroso de mi estúpida empatía. Me dolía verlo sufrir de esa manera. Me dolía siquiera imaginar la agonía que acababa de infligirse a sí mismo, derritiendo sus propios huesos y calcinando su carne solo para hacerse más pequeño, solo para que yo no le tuviera miedo.

No debes preocuparte, Me repetí a mí misma, apretando la mandíbula hasta que me dolieron los dientes. No puedes. No después de lo que hizo.

Tomé una bocanada de aire caliente y me obligué a mantener mi máscara de indiferencia.

— ¿Cuál es tu plan, entonces? — Le pregunté, clavando la vista en las montañas a lo lejos.

Aldur tardó un segundo en contestar, recuperando el aliento.

— No es algo seguro, pero... creo que debemos ir al lugar donde caí.

Fruncí el ceño, volteando a verlo con una clara expresión de confusión.

— ¿A dónde caíste? ¿A qué te refieres?

Sus ojos dorados se oscurecieron ligeramente, perdiéndose en un recuerdo milenario que yo no podía alcanzar.

— Cuando asesiné a mis hermanos... — Comenzó, y cada palabra parecía costarle un esfuerzo monumental. — Cuando decidí descender a este mundo, no lo hice caminando. Caí. Atravesé el firmamento y me estrellé contra la tierra como un meteorito ardiente.

Hizo una pausa, tomando aire.

— Eso fue hace siglos y siglos atrás. Nunca he vuelto a pisar ese lugar.

— ¿Y por qué tendríamos que ir ahí precisamente ahora? — Le cuestioné, sin entender qué tenía que ver ese cráter antiguo con la enfermedad que devoraba el mundo hoy.

— No tengo una respuesta exacta para darte, Mireille — Admitió, mirándome fijamente. — Pero la Putrefacción está ligada a mí. A mis acciones. A ese primer pecado. Siento que ese lugar... es por donde debo empezar.

Lo evalué en silencio, buscando alguna mentira en su postura, pero solo vi el agotamiento de un dios caído tratando de arreglar su desastre. Solté un suspiro largo y cansado, dejándome caer un poco los hombros.

— Como sea — Le dije, dándome la vuelta hacia donde pastaba Elaruun. — Por lo menos tienes un plan.

Me monté ágilmente sobre el lomo de Elaruun, aferrándome al pelaje de su cuello.

— Te sigo — Le indiqué, tensando la mandíbula y mirándolo desde la altura de mi montura.

Aldur cerró sus inmensos ojos dorados, sumergiéndose en un pasado que yo jamás podría comprender. El viento barrió la ceniza a nuestro alrededor mientras él hurgaba en recuerdos de hace milenios, cuando el mundo apenas estaba siendo moldeado.

— Queda bastante lejos — Dijo por fin, con la voz ronca vibrando contra las piedras. — No recuerdo mucho de la geografía de aquel entonces... solo que caí en una isla.

Elaruun dio un paso inquieto bajo mi peso.

— ¡¿Una isla?! — Pregunté, sorprendida, casi ahogándome con la palabra. — Aldur, estamos en medio de las tierras continentales. ¿Cómo demonios planeas que crucemos el mar en tu estado?

El dragón abrió los ojos, clavando su mirada opaca en el horizonte grisáceo, muy lejos de donde yo estaba.

— Espero que para entonces ya pueda volar — Respondió, en un tono bajo y carente de toda esperanza.

Y sin decir una sola palabra más, el Dios del Fuego Primigenio comenzó a caminar.

Fue una marcha agónica de presenciar. Su cuerpo, forzado a existir en un tamaño que desafiaba su propia naturaleza destructiva, protestaba con cada movimiento. A pesar del estruendo del viento en el cráter, yo podía escuchar el crujido ahogado y espantoso de sus huesos calcinados cada vez que una de sus pesadas garras tocaba la tierra. Un estremecimiento violento recorría sus escamas color arena desde la base del cuello hasta la punta de la cola, delatando el tormento abrasador que le causaba dar un simple paso.

Avanzaba a un ritmo dolorosamente lento, arrastrando un peso invisible que lo obligaba a mantener la cabeza gacha.

Pero a pesar del sufrimiento evidente, a pesar de que cada avance parecía rasgarle los músculos desde adentro y arrancarle la vida a pedazos... nunca se quejó. No soltó un solo gruñido de dolor, ni un suspiro de rendición pidiendo un descanso. Se tragó su propia agonía en un silencio absoluto, castigándose a sí mismo a cada paso.

Y lo que más me revolvió el pecho, lo que hizo que me tragara el nudo en la garganta mientras cabalgaba unos metros detrás de él, fue que durante todo ese trayecto... nunca volteó a mirarme.

Avanzamos en un silencio sepulcral. El único sonido en todo el páramo muerto era el crujir de la tierra quemada bajo las pesadas garras de Aldur y el suave trote de las pezuñas de Elaruun. Pero dentro de mi cabeza, el ruido era ensordecedor.

Con cada paso que dábamos, el enojo se enraizaba más y más profundo en mi pecho, mutando en un ácido que me quemaba la sangre. Mi mente, traicionera, empezó a reproducir cada maldito recuerdo. Recordaba cada palabra. Cada suspiro, cada mirada intensa y cada promesa vacía que me hizo cuando creí que éramos invencibles.

«Jamás le mentiría a la persona que amo.»

Solté una risa seca, tan amarga que me raspó la garganta. Vaya chiste. Todo era falso. Todo eran mentiras y más mentiras apiladas una sobre otra, y eso... eso era un dolor físico, una presión constante que no me dejaba respirar.

Habían pasado meses. Casi un año a su lado. Casi un año entero desde que le di la espalda a mi vida, desde que abandoné a mi familia y mi hogar por seguirlo a él a una muerte casi segura.

Clavé la mirada en su inmensa espalda cubierta de escamas. Recordaba perfectamente cómo era él al inicio de nuestro viaje: frío, inalcanzable, soberbio. Infinitamente arrogante, cruel y grosero. Un dios insufrible que me miraba por encima del hombro. Pero también recordaba cómo había cambiado. Cómo se había ido desarmando poco a poco frente a mí, cómo evolucionó y mejoró, mostrándome un lado vulnerable, cálido y protector que creí, como una estúpida, que solo me pertenecía a mí.

Y aun con todo ese supuesto amor... nunca me dijo la verdad.

Tuvo casi un año entero para hacerlo. Tuvo cientos de noches frente a la fogata, cientos de momentos vulnerables donde lo miré a los ojos rogándole que me dejara entrar, insistiendo e implorando por la verdad de su pasado. Pero no. Él prefirió mirarme a la cara, acariciarme la mejilla y aferrarse a esa gran y trágica mentira: «La Putrefacción mató a mis hermanos. Es mi culpa, Mireille, todo es mi culpa, nunca pude salvarlos.»

Apreté las riendas de Elaruun hasta que los nudillos se me pusieron blancos y las uñas se me encajaron en las palmas.

Había tejido e hilado esa historia a la perfección. La diseñó con un nivel de detalle, de culpa fingida y de dolor tan impecable que yo jamás, ni por un maldito segundo, llegué a dudar de él. Lloré con él. Lo abracé y lo consolé por crímenes de los que él mismo era el verdadero verdugo.

Que hubiera pensado en una mentira tan perfecta, tan estructurada, lo volvía todo mil veces peor. Muchísimo peor. Porque eso no era un error por pánico; eso requería frialdad. Requería un cálculo despiadado.

Si pudo sostener esa farsa mirándome a los ojos mientras me juraba amor eterno... ¿en qué más me había mentido? La duda se clavó en mi mente como una estaca de hielo, infectando cada buen recuerdo que tenía de nosotros. Literalmente toda nuestra relación se basaba en esa red de mentiras. No había un solo cimiento real. Nada de lo que vivimos fue verdad, porque el hombre del que me había enamorado no existía.

Él no era un salvador trágico. Era una mentira andante.

No supe cuánto tiempo llevamos caminando. Las horas se fundieron en un bucle interminable de tierra quemada y ceniza gris. El cielo sobre nosotros oscureció hasta convertirse en un manto negro y denso, y luego volvió a clarear lentamente en un amanecer ceniciento, pero nuestra marcha no se detuvo en ningún momento.

De pronto, la enorme mole color arena frente a mí se detuvo en seco.

Me tensé al instante. Apreté las riendas de Elaruun y llevé una mano a mi costado, escaneando el horizonte grisáceo con el corazón acelerado, esperando ver alguna criatura corrupta o algún rastro de la Putrefacción acechándonos en la neblina.

Pero no había nada.

Aldur simplemente bajó su enorme y angulosa cabeza hasta que su hocico casi rozó el suelo, y dejó salir un suspiro largo y tembloroso que levantó una nube de polvo. Lo noté de inmediato. Las escamas de sus patas traseras vibraban violentamente. Estaba exhausto. Llevábamos horas y horas caminando sin parar, y el esfuerzo de mantener ese cuerpo comprimido, sumado a las heridas que aún albergaba, lo estaba destrozando.

Sin embargo, antes de que pudiera decir nada, el inmenso dragón se sacudió entero desde el cuello hasta la cola, obligando a sus músculos a tensarse de nuevo. Enderezó la postura y volvió a caminar. No volteó a mirarme. No me pidió un solo segundo de tregua.

Apreté los dientes, odiándolo y odiándome a mí misma al mismo tiempo.

— Podemos descansar — Le solté, muy a mi pesar, rompiendo el silencio sepulcral que nos envolvía.

Aldur ni siquiera disminuyó el ritmo. Su voz áspera y profunda vibró en el aire frío de la mañana.

— Estoy bien.

El orgullo en su respuesta me hirvió la sangre.

— ¡No me estoy preocupando por ti! — Le grité, usando el tono más duro y cortante que pude encontrar en mi garganta, envolviendo mi estúpida empatía en una mentira. — ¡Me preocupo por mí! ¡Yo soy la que quiere descansar!

El engaño supo a ceniza en mi boca. La verdad era que sí me preocupaba por él. Me aterraba ver cómo sus patas amenazaban con ceder a cada paso, pero prefería cortarme la lengua antes de admitir que su sufrimiento me importaba.

Aldur se detuvo. Giró su gran cabeza lentamente y clavó sus ojos dorados en mí. Me escudriñó en silencio por unos segundos, como si intentara leer la verdad detrás de mi enojo.

— Tienes razón — Murmuró finalmente, y su voz sonó cargada de una culpa asfixiante. — Debes estar muy cansada. Sobre todo después de...

Se cortó de tajo. No fue capaz de terminar la frase. Después de darme tu magia. Después de salvarme la vida. Después de que casi te parto a la mitad.

Apartó la cabeza bruscamente y, sin caminar un solo metro más, se acomodó justo ahí, en medio de la nada. Sus patas cedieron y se dejó caer al suelo con pesadez. Se enroscó sobre sí mismo, encogiendo su cuerpo todo lo que pudo, y levantó una de sus alas gigantescas para cubrirse, ocultando su rostro por completo bajo la gruesa membrana color arena, como si fuera un animal herido escondiéndose del mundo. Escondiéndose de mí.

Tomé una bocanada de aire frío y la solté despacio, obligándome a tener paciencia y a no dejar que las lágrimas de frustración se me escaparan.

Me bajé de Elaruun en silencio. Junté un par de palos secos y algunos restos de madera carbonizada que encontré cerca, y encendí una pequeña fogata para ahuyentar el frío del páramo.

Me senté en el suelo, me abracé las rodillas y me recosté contra el cálido lomo de mi ciervo. Clavé la mirada en las llamas, pero mis ojos no tardaron en desviarse.

No importaba cuánto me esforzara por ignorarlo, no podía apartar la vista de ese colosal dragón enroscado a unos metros de mí. No podía dejar de mirar a Aldur.

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Good Writing

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Compelling Plot

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