El Comerciante de Reinos
En la oscuridad de la noche, cientos de fogatas sembradas hasta donde se perdía la vista resplandecían como un manto de estrellas. A su alrededor, bailaban y cantaban otro ciento de personas. En cualquier lugar que uno se detuviera se podían escuchar al menos tres distintas canciones, las más cercanas ahogando a las más lejanas. Los músicos tocaban vientos y cuerdas, golpeaban percusiones con las manos y hasta con los pies. Bajo los árboles había círculos de juego con fichas y más allá varios niños tejían telares.
Detrás de la gran fiesta estaba la más grande de todas las fogatas: se quemaba el castillo del Anecas, el Tirano, y la gente cantaba jubilosa por su derrota, los cadáveres de su guardia personal apilados junto al edificio ardiente.
Un grupo de niños jugaba a tirarle bolas de pasto a una vieja un poco borracha que hacía su mejor esfuerzo por esquivarlas, entre risas. Justo detrás cuatro niñas competían ante la vista de sus padres a quién podía hacer más volteretas.
–Yo puedo hacer tres –juró una de ellas.
–Ya, pero si se te caen los pies no vale, tienes que pararte en las manos y que no se caigan los pies.
–Pero si yo puedo.
–No, te doblas –se rio la otra, pero su amiga ya estaba intentando hacerlo.
–¡Mira, te muestro, mira! –le dijo, tomó carrera y se lanzó, pero justo cuando ponía las manos sobre el suelo chocó con la pierna de un alto hombre–. ¡Ay! –gritó.
–Disculpa, no te vi –dijo una elegante voz que le ofreció una mano.
–¡Mire por donde camina señ…! –pero se interrumpió. Era él. Se levantó del suelo con su ayuda y vio como todo el mundo le quedaba mirando, los ojos brillantes.
–¿Es él? –preguntó un anciano.
–¡Es él! –confirmó otro, y todos se acercaron a saludarle.
–¡Rápido, es Ferno!
–¡Corre que se va a armar fila!
–¡Señor es un honor conocerlo!
–¡Traigan tragos, traigan tragos!
–¡Don Ferno permítame invitarlo a beber, por favor, coma con nosotros!
Las personas empezaron a abultarse a su alrededor, pero guardaron un respetuoso espacio para dejarlo respirar. Todos lo llamaban y le pedían un saludo y algunos hombres y mujeres llegaban con sus hijos y le pedían que los bendijera. El hombre, alto, vestido con un traje azul de hilo kepefed y detalles dorados bordados a lo ailapofeje, se tomó un momento para saludarlos a cada uno.
–Señor Ferno –le llamó un hombre con una larga capa que lo acompañaba, más alto que él–, no hagamos esperar más a la Arconte.
–Disculpa Lozegast, me distraje –dijo, y luego volteó hacia la multitud–. ¡Buena gente de Jabal-Udolie, voy a dar unas palabras ante el castillo del Anecas! ¡Todos conmigo, tendremos un gran brindis!
La gente lo siguió jubilosa, como habían hecho al campo de batalla, y caminaron con él cantando canciones de campaña, tocando música, derramando trago y comida por el césped.
Al llegar al pie del castillo todos pudieron ver lo que quedó del Anecas. El general colgaba amarrado de un pie a un alto travesaño, con su armadura roja y plateada cubierta de barro, sangre, y la basura y frutas que le habían tirado hace unas horas. Un poco más allá descansaba su cabeza cercenada, la sangre seca sobre el pelo, y los ojos herméticamente cerrados.
Cuando los guardias que vigilaban que nadie se llevara el cadáver vieron llegar a Ferno, lo recibieron con ovaciones. Junto a ellos estaba la Arconte, una mujer muy mayor con rostro apacible y cansado, de barbilla afilada como recuerdo de una fiera juventud. Al ver llegar a Ferno lo saludó como a un hijo, abrazándolo y besando su frente.
El hombre volteó hacia el público después de saludarla y dio un hermoso discurso que se extendió para darle los honores a todas las familias presentes y enaltecer las decisiones que hicieron las comandantes, las cuales fueron subiendo de a una al podio para ser bendecidas por Ferno y besadas en la frente por la Arconte, quien luego las condecoraba con brazaletes y muñequeras según sus logros. Una a una iban bajando. Cuando todo terminó, la Arconte dio un paso adelante y, con los ojos llenos de lágrimas quiso dar unas palabras. Todos guardaron silencio.
–Tengo una triste noticia que confesarles –comenzó ella–. No quise arruinar la celebración con mis pesares así que lo guardé hasta ahora, que toca hablar de las cosas difíciles –todo el mundo se quedó helado, ni los niños hablaron–. Antes del asalto al castillo del Anecas un asesino se infiltró en mi tienda y envenenó mi medicina. Más tarde fue detenido y ajusticiado, pero me di cuenta muy tarde –la mujer descubrió sus brazos y mostró sus tatuajes de teúrgia. Estos emitían un resplandor azul–. No es propio de una Arconte mostrar debilidad, pero ahora da igual. Creí que podía sanarme, pero todo lo que mi teúrgia ha logrado es aplazar el efecto del veneno –se oía a muchos gemir horrorizados y estupefactos–. El veneno ha alcanzado mi corazón y no me quedan muchas horas de vida. En esta fiesta he hecho la paz con mi destino. Muerto el Anecas y viendo a todas las familias del valle de Jabal-Udolie unidas bajo un único estandarte puedo irme sin remordimientos, pues era un sueño que nunca creí que viviría para ver –levanto la vista, sus ojos calmos como un estanque–. Con la muerte de mi amada Keuda en combate no creí que pudiera aguantar el sufrimiento, pero creo que, si bien nadie podrá reemplazarla en mi corazón, encontré a alguien que se le compara en gracia y sabiduría –dijo volteando hacia Ferno. El hombre la miró sobresaltado. La mujer se quitó la capa que había pasado por las arcontes durante generaciones y se la ofreció–. General Ferno, ¿me harías el honor?
–Dama Nanbet, yo no puedo…
–Al contrario, nadie más puede –insistió.
–Pero mi dama –susurró ahora Ferno–, soy un varón... aún más, soy un forastero. No nací con ustedes.
–Pero diste tu alma por nosotros y eso es suficiente. Este pueblo es tu nueva familia –y también ella susurró–. Por favor Ferno, todas las grandes familias del valle te respetan, si no la aceptas tú, más sangre será derramada, la alianza se romperá.
El hombre respiró hondo, su rostro apesadumbrado. Tras cavilar unos momentos asintió.
–Lo entiendo –le dijo, y extendió las manos. La capa de alta costura estaba fabricada con técnicas anteriores a las de los artesanos ailapofeje, y su belleza sólo era superada por su durabilidad–. Espero estar a la altura de sus expectativas –le dijo.
–Sin duda lo estarás –sonrió ella, y luego volteó nuevamente. Terminó su discurso con un agradecimiento a todos y una historia sobre la fundación de la comunidad del Udolie, sobre el viaje de la etnia Jabal; una despedida de todo lo que amaba y sus deseos para el futuro. Cuando terminó, después de honrar a los muertos en batalla, los invitó a todos a seguirla al cementerio, donde cantaría su última canción, a la tradición pori’gnos, y daría la bienvenida a la muerte.
–Pero antes –por última vez volteó hacia Ferno y le puso la capa sobre los hombros ella misma. El pueblo le aplaudió, la gente lloraba–. Por desgracia no nos puedes acompañar al cementerio, ni tu ni tus amigos. Los extranjeros no bautizados…
–Lo sé, no me lo tiene que explicar Dama Nanbet –sonrió él, con profunda tristeza–. Nunca le faltaría el respeto a su tradición. Sólo me entristece... –caviló –, no poder acompañarla en sus últimos momentos.
–Es mejor así, no querría que me vieras dejar este mundo. Mejor que me recuerdes como estoy, cuando aún no sucumbo al dolor –sonrió radiante. Ferno estuvo de acuerdo.
–No se preocupe por él –dijo entonces Lozegast, el hombre de la capa que acompañaba a Ferno a todos lados, poniendo una mano sobre su hombro–, sus amigos lo acompañaremos, no se sentirá solo.
–Siempre fuiste un rayo de sol, Lozegast. Te extrañaré a ti también.
Y con eso, llegó la hora de la última de todas las despedidas.
Como un hermoso festival de color, las Altas Tacmis, los sacerdotes, los Testigos y las Doncellas organizaron en poco tiempo un desfile de fieles, que se llevó la fiesta consigo hasta el cementerio en el Templo de la Venerable Corriente, ahí donde ningún forastero tenía permitido entrar.
En las faldas del monte Koirdaroh, junto a un palacio en llamas y cientos de carpas y mesas y fogatas de pronto desiertas, Ferno veía la procesión alejarse, y se quedaba con los pocos que habían llegado desde tan lejos a salvar esa tierra asolada por el terror.
–Cuando dama Nanbet deje de forzar su mente y sus tatuajes se apaguen, su vida también se apagará –señaló el héroe, portando el peso de una capa centenaria que nunca creyó que le tocaría soportar.
–No te sigas lamentando Ferno –le dijo Lozegast–, vamos a la carpa, compartamos un buen trago, celebremos esta victoria. No todos los días te nombran Arconte del Udolie.
–Muchas gracias Loz –respondió Ferno con una sonrisa extraña–, pero necesito unos minutos. ¿Me puedes dejar a solas?
Su compañero de armas lo miró confundido, pero se lo concedió. Junto con sus demás amigos extranjeros entraron a una gran carpa y organizaron un juego de fichas, entre gritos y risas.
Ferno se quedó solo frente al castillo, al que casi no le quedaban llamas. La noche acababa y a lo lejos se podía ver el alba tiñendo de blanco el cielo. El hombre caminó hacia el cuerpo de su enemigo.
El Anecas, que alguna vez fue un símbolo de poder y terror, colgaba deshonrado desde su pie, cubierto de sangre y mugre de origen diverso. Ferno desenfundó una daga de su vaina, descolgó con amabilidad el cadáver decapitado, lo cargó unos pasos y lo posó contra un poste, escondido de la vista de la carpa. Luego caminó hacia la cabeza cercenada y la sostuvo entre sus manos. La examinó por un rato. Estaba tiesa y la sangre que la cubría se había secado. Se acercó un poco a ella.
–Ya no hay nadie –le dijo.
Y la cabeza del Anecas abrió los ojos.
Rápidamente su piel recuperó el color y sus músculos se destrabaron. Desde sus muchas heridas, que ahora sangraban, parecía emanar un sutil humo azulino que ascendía hasta desaparecer.
Los ojos del tirano parecía que miraban alrededor para corroborar si todo había terminado.
Sin pulmones con los que emitir palabra, sólo siguiendo su mirada pudo Ferno comprender lo que quería la cabeza que sostenía entre sus manos. El joven se despabiló y la posó sobre el cuerpo decapitado, al que se acopló lentamente, uniendo tejido con tejido.
Cuando estuvo en una pieza, el Anecas habló.
–Cumplí mi parte del trato –fue lo que dijo–, espero que tu hayas hecho lo mismo.
Ferno hizo lo posible por esconder el horror que sentía al verlo resucitado. Por mucho tiempo creyó que nada de esto era real, incluso encontró consuelo en la idea de que, quizás, de verdad lo había matado la noche anterior.
–Sube por la colina y encontrarás un carromato, ahí está todo lo confiscado del castillo y lo que quedaba de los fondos militares. –le respondió al fin, aceptando la escalofriante realidad.
–¿Contaste los lingotes? ¿Los pesaste?
–Es todo el oro que quedaba, hice lo que pude. También hay un cambio de ropa.
–Ojalá me hayas dejado algunos pastelitos del festín también, que olían riquísimos. –Sugirió el Anecas con rostro inmutable. Ferno lo miró confundido
–Eh… –.Intentó buscar la respuesta correcta –No, no se me ocurrió.
–Estoy bromeando. ¿En las últimas dos décadas se extinguieron los chistes? Mis guardias nunca me seguían los chistes –dijo el Anecas, volviendo todos sus huesos rotos y heridas a su lugar correspondiente. Un denso humo nacía aún de las uniones que recuperaban su forma, y se elevaba hasta desaparecer.
El hombre se levantó del suelo, completamente recompuesto como si nada le hubiera pasado. Parecía listo para juntar sus cosas y partir, pero se quedó viendo a Ferno con su rostro contrariado.
–No me digas que te arrepientes, a esta altura es un poco tarde para sentir remordimiento ¿no?
–Lo sé. Esto es lo que quería, es lo que siempre se me prometió –dijo el joven –, pero…
–Ya, ahora que los conoces te pesa la culpa ¿no? No eres el primero –señaló levantando un bolso, que sacó de debajo de una tabla–. Son buena gente, tú lo sabes, yo lo sé. Ahora no tiene sentido pensar en el daño que les hiciste. Aunque confesaras todo no te creerían.
Ferno lo escuchó introspectivo. Pensaba en Dama Nanbet cantando en el cementerio, en sus amigos jugando en la carpa, en el pueblo entero del que ahora era responsable; todos ellos ignorantes del acuerdo que se había hecho hace tantos años que casi parecía un espejismo en su memoria.
Desde que empezó a cumplir con el plan que le habían dejado sospechaba que podía acabar así, pero de todas formas dolía que había seguido todas las instrucciones sin pensar en las consecuencias.
Además aún le quedaban demasiadas dudas.
–¿No soy el primero? –preguntó, haciendo lo posible por detener al hombre que se retiraba–, ¿Cuántas veces has hecho esto?
–Honestamente no lo sé –dijo el inmortal–, no lo recuerdo. Las cosas desaparecen, pero es lo que hay. Eso es todo, compañero de negocios, disfruta tu nuevo reino. Si en los próximos ochenta o cien años sabes de alguien más que quiera un reino, recomiéndame. –sonrió, el gesto completamente artificial–. Siempre estoy abierto a nuevos acuerdos
El joven de azul y dorado quiso seguir preguntando, intentó comprender a la criatura frente a él, ese monstruo en piel de humano; pero se le vinieron a la mente unas palabras de su madre: “Hay secretos que es mejor ignorar”.
–Adiós Anecas –le dijo, listo para dejarlo partir, pero le picaba una última pregunta –... Aunque Anecas es un título, el que se le daba a los Generales en el extinto imperio Samhur. Lo he estudiado. Es imposible que te llames así. ¿Quién eres, en verdad?
El ser esbozó una sonrisa melancólica. Se quedó pensando, los rayos del nuevo sol sobre su piel enfermiza, y finalmente volteó.
–Veámoslo así –le dijo, ocultando su rostro bajo el yelmo de su armadura–, si me acordara de quien era en el pasado, tampoco te lo diría.
Y con eso se marchó.
Ferno se quedó ahí un rato, viendo como el ser de pesadilla se alejaba colina arriba para desaparecer de la historia, como había hecho quizás cuantas veces. Esperaba nunca más tener que verlo.
Mientras se dirigía de vuelta hacia la carpa, con una bola de rabia creciendo en el estómago, el nuevo Arconte se apareció ante sus compañeros de armas, que lo encontraron irreconocible.
Y todo en lo que pudo pensar fue en beber alcohol hasta olvidar que el mundo existía.