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Jimin
Es imposible saber cuándo conocerás a esa persona que pondrá de golpe tu mundo del revés. Sencillamente, sucede. Es un pestañeo. Una burbuja de jabón estallando. Una cerilla prendiendo. A lo largo de nuestra vida nos cruzamos con miles de personas; en el supermercado, en el autobús, en una cafetería o en plena calle. Y quizá esa que está destinada a sacudirte se pare junto a ti delante de un paso de cebra o se lleve la última caja de cereales del estante superior mientras estás haciendo la compra.
Puede que nunca la conozcas ni se dirijan la palabra. O puede que sí. Puede que se miren, que tropiecen, que conecten. Es así de imprevisible; supongo que ahí está la magia. Y, en mi caso, ocurrió una noche gélida de invierno, en París, cuando intentaba comprar un billete de metro.
—¿Por qué no funcionas? —gimoteé delante de la máquina. Apreté el botón con tanta fuerza que me hice daño en el dedo—. ¡Maldito trasto inútil!
—¿Estás intentando asesinar a la máquina?
Me giré al escuchar una voz que hablaba mi idioma. Y entonces lo vi. No sé. No sé qué sentí en ese instante. No lo recuerdo con exactitud, pero sí memoricé tres cosas: que llevaba levantado el cuello de la cazadora, que olía a chicle de menta y que sus ojos eran de un gris azulado parecido al del cielo de Londres en uno de esos amaneceres plomizos, cuando el sol intenta abrirse paso sin éxito. Ya está. Eso fue todo. No me hizo falta nada más para sentir un cosquilleo.
—Ojalá, pero de momento gana ella. No funciona.
—Antes tienes que seleccionar el tipo de billete.
—¿Dónde…, dónde debería elegirlo?
—En la pantalla de inicio. Espera.
Él se movió, situándose a mi lado. Pulsó los botones para regresar al menú principal y luego me miró. Y fue intenso. O eso sentí. Como cuando alguien te produce curiosidad sin que sepas por qué. O cuando te despierta un escalofrío inesperado.
—¿Adónde quieres ir? —preguntó.
—Pues…, bueno, en realidad… —Nervioso, me quite un mechón de cabello que escapaba por mi frente—. ¿Al centro?
—¿No lo tienes claro?
—¡Sí! ¡No! Quiero decir, no tengo alojamiento esta noche y pensaba, ya sabes, aprovechar para conocer un poco la ciudad. ¿Qué zona me recomiendas?
Apoyó un brazo en la máquina y enarcó las cejas. —¿No tienes alojamiento? —se interesó.
—No. He cogido el primer vuelo que salía.
—¿En plan a lo loco?
—Sí, justo así. Eso es.
—Y viajas solo…
—¿Cuál es el problema?
—Ninguno. Yo también lo hago.
—Bien, enhorabuena. En cuanto al billete…
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Jimin. ¿Y tú?
—Jungkook.
Tenía un acento estadounidense marcado. Y era tan alto que hacía que me sintiese diminuto frente a él. Pero tenía «algo». Ese «algo» que a veces no podemos explicar con palabras cuando conocemos a alguien. No era porque fuese guapo o porque me sintiese perdido en aquella ciudad a la que acababa de llegar. Era porque podía leer en él cosas. Todavía no estaba seguro de si esas cosas eran buenas o malas, pero, al mirarlo, la última palabra que me venía a la mente era «vacío», lo que, ironía de la vida, después averiguaría que era una de las cosas a las que Jungkook más temía. Pero en ese momento aún no lo sabía. Entonces seguíamos siendo dos extraños mirándonos a los ojos frente a una máquina de billetes de metro.
—¿Tienes alguna sugerencia? —insistí. Lo vi dudar, pero no apartó la vista.
—Una. Podría enseñarte París.
—Vale, antes de que esto se convierta en una situación incómoda, tengo que confesarte que acabo de terminar con mi novio. Y fue una relación larga, así que no me interesa conocer a nadie ni tampoco tener uno de esos líos de una noche…
Ojalá alguien me hubiese dicho lo idiota que estaba siendo en ese momento.
—Te he propuesto un tour por la ciudad, no por mi cama.
Se cruzó de brazos con una sonrisa burlona. Yo me sonrojé como si tuviese quince años.
—Ya, claro, pero, por si acaso…
—Qué previsor.
—Lo soy. Intento serlo. En realidad, ¿sabes?, en este momento soy una mierda de previsor, pero estoy haciendo un esfuerzo por ordenar…, ordenar mi vida, todo.
Jungkook no pareció asustarse ante la locura de aquel momento. Aquella debería haber sido la primera señal. Tendría que haberme dado cuenta al instante de que él sería diferente. Ahí tenía el momento clave mientras le hablaba sin parar, que era algo que solía hacer en cuanto me ponía nervioso, y él tan solo se limitaba a escuchar, sonreír y asentir.
—… Ahora es todo un poco caótico, ¿entiendes? Esta situación. Mi vida. Puede que estar aquí, en medio de una ciudad desconocida, sea casi simbólico respecto a cómo me siento en realidad. Sinceramente, no sé por qué no te has largado ya.
—Me gustan las personas que hablan mucho.
—¿Para suplir tu mutismo?
—Supongo. No lo había pensado.
Era mentira. Más tarde descubriría que Jungkook era un buen conversador, de esos que siempre hacían preguntas que el resto ni se planteaba, de los que podían pasarse noches en vela dándole vueltas a cualquier tontería sin llegar a aburrirse en ningún momento.
—La cuestión es que mi vuelo de vuelta sale por la mañana.
Él me miró con interés unos segundos, algo tenso.
—¿Quieres esa visita o no, Jimin?
Recuerdo que en ese momento solo pude pensar: «¿Por qué dice mi nombre así?, ¿por qué lo pronuncia como si ya lo hubiese hecho antes otras muchas veces?». Me asustó y me gustó a partes iguales. Miento. Ganaba lo segundo en la balanza. Porque lo vocalizó casi con delicadeza y a mí nunca me había gustado mi nombre, porque llamarse «Jimin » no es que sea algo muy místico o romántico, pero dicho por Jungkook sonó distinto. Mejor.
—Eres un desconocido —puntualicé.
—Todos somos desconocidos hasta que nos conocemos.
—Ya, pero… —Me lamí los labios, nervioso.
—Esta bien, como quieras. —Se encogió de hombros. Luego me deseó un buen viaje casi hablando contra el cuello de su chaqueta, se dio media vuelta y se dirigió hacia el túnel del metro que conducía a la salida.
Sopesé mi situación. Estaba perdido en París porque acababa de terminar con mi novio y me había parecido un acto muy rebelde y alocado comprar los primeros billetes que encontré, aunque fuese para un viaje de ida y vuelta en apenas unas horas, sin alojamiento y con solo una mochila a mi espalda con unos bóxers, unos calcetines de recambio y galletitas saladas (en serio). Pero lo cierto era que no sabía adónde ir. Y que no podía ignorar el leve cosquilleo que había sentido al escuchar su voz por primera vez. Y no sé. Fue un impulso. Un tirón fuerte.
—¡Espera! —Él se paró—. ¿Adónde vamos?
—¿Vamos? —Volvió a girarse hacia mí.
—Ya sé que hace un minuto he dicho que no te conozco, pero creo que si te marchas ahora mismo…, te perseguiré. — Jungkook alzó una ceja mirándome alucinado—. Es decir, sí, eso. Porque no sé dónde estoy y no me quedan datos en el móvil por culpa de esa tarifa horrible con la que me robó la teleoperadora, y… tengo la sensación de que si me quedo solo terminaré comido por un oso o lo que sea que ocurre en las ciudades en lugar de en el bosque cuando uno se pierde. Ya sabes a qué me refiero.
—No sé a qué te refieres. —Sonrió.
—Bueno, tú solo… no me abandones.
—Vale. Y tú solo… déjate llevar.
Asentí decidido mientras él se echaba a reír. Y lo seguí. Lo seguí sin pararme a pensar en nada más tras comprar un par de billetes, mientras nos adentrábamos entre la gente para conseguir subirnos a un vagón del primer metro que pasó. Entonces aún no sabía que mi vida iba a cambiar. Que Jungkook se convertiría en un antes y un después. Que nuestros caminos se unirían para siempre.









QUE LINDAAA POR DIOS
me enamore por completo oh por Dios este primer encuentro vale oro y no se porque siento que me pegaré una lloradita por ahí hahah amo
hola