Capítulo 1
Los consejos que los padres ofrecen a sus hijos son distintos a lo largo de las décadas. Unos pretenden convertirnos en mejores personas; otros tratan de que lleguemos a ese ideal que esperan que alcancemos, algo que casi nunca podemos lograr por más que nos esforcemos.
A mitad de los setenta años, el canon de belleza para los consortes hombres invitaba a que los chicos destacaran por una mediana melena y un cuerpo delgado y atlético, aunque mi madre prefería perseguir las llamadas «medidas perfectas», que habían sido puestas de moda por alguna aclamada estrella de cine, y me exigía que alcanzara ese «sesenta y cinco, sesenta, noventa» que todos los consortes perseguían, algo inalcanzable para mí por más que se empeñara en ello pues no podía tener esa talla de sesenta y cinco al tener un pecho mas grande a pesar de no ser mujer.
Con tan solo diecisiete años, mis pectorales superaron el tamaño requerido gracias al ejercicio que fui obligado a hacer desde pequeño, por lo que mi madre intentó reducir mis atributos con un sujetador para mujer que aplastaba mi cuerpo hasta hacerme casi imposible respirar. Por si fuera poca tortura, mi cintura no era de avispa, y mi trasero un poco respingón, por lo que ambos eran comprimidos con una horrible faja que hacía que caminara tan recto como si yo fuera uno de esos muñecos de plástico que mi madre adoraba coleccionar y que yo detestaba, ya que sus proporciones eran inalcanzables para cualquier hombre consorte normal. Y como no era bastante castigo ir embutido como una longaniza para cumplir los estándares de mi madre, además tenía que sonreír todo el tiempo y simular que era el perfecto niño bueno.
Mientras miraba el gran espejo que tenía frente a mí en el salón en ese instante, subido a un precario taburete, no reconocía mi imagen artificial. Y, a pesar de ello, me resignaba a seguir siendo así, eso era lo que mis padres me habían enseñado desde pequeño, aunque en mi interior albergaba a un niño malo que gritaba por liberarse. Y más aún en días como ése, en los que mi madre, su amiga Haneul y Tzuyu, la modista, que habitualmente nos hacía la ropa, hablaban de mí como si yo no estuviera presente, o peor aún, como si uno fuera de esos muñecos que tanto les gustan, pero algo defectuoso, y que por tanto tienen que arreglar.
—Creo, Yang Mi, que en esta ocasión deberíamos dejar unos cuantos centímetros de anchura en este nuevo traje, ya que, al parecer, Jungkook ha engordado un poco —declaró inocentemente la amable modista, sin saber que con esas solo palabras había logrado aumentar mi tortura.
—No te preocupes, Tzuyu: he visto unas fajas reductoras nuevas en el mercado que comprimirán los centímetros que necesitamos. Por otra parte, unos cuantos días sin cenar no le irán nada mal para recuperar su figura, ¿verdad, Jungkook? —repuso mi madre. Unas palabras que constituían una sutil reprimenda ante la que yo debía dar la debida contestación de niño bueno.
—Sí, mamá —respondí, luciendo una sonrisa, cuando en verdad las estaba maldiciendo a todas por querer convertirme en aquello que nunca llegaría a ser.
—Con este precioso traje seguro que conquistas a Yugyeom cuando os volváis a encontrar. Es un muchacho encantador y con un magnífico futuro. Sería maravilloso que se fijara en ti. ¿Te imaginas convertido en Park Jungkook y viviendo en una idílica casita blanca con tres adorables niños rubios?
Sonreí ante las fantasiosas palabras de mi madre también a pesar de que me estuvieran pinchando en el trasero con unas agujas al intentar comprimirlo, ya que ese chico, el que mis padres habían seleccionado para mí, había sido elegido por mi corazón.
Yugyeom era un hombre maravilloso: de metro ochenta y cinco de estatura, poseía un porte atlético y era excepcional en los estudios, por lo que siempre aparecía en el cuadro de honor. Tenía el cabello rubio y unos penetrantes ojos azules acompañados de un hermoso rostro que hacía suspirar a la mayoría de los chicos. Estaba dotado de los mejores modales y tratados a todos con amabilidad.
Yugyeom era…era simplemente maravilloso…
La pega es que yo no lo era, según me habían dicho una y otra vez a lo largo de mi vida, y veía muy difícil que él se fijara en mí pese a que mis familiares insistieran continuamente en arrojarme a sus brazos para conseguirlo.
—¿En verdad cree que el chico de los Park se interesará en… esto? — declaró despectivamente Haneul, la amiga de mi madre, mientras me señalaba con una de sus huesudas manos, sacándome de mi ensoñación.
Como el niño bueno que todos querían que fuera, sonreí estúpidamente mientras fingía no haber oído sus insultantes palabras, cuando realmente lo que más deseaba en ese momento era bajarme de aquel taburete para golpearla con él. Luego me arrancaría la faja y el condenado sujetador y bailaría desnudo alrededor de la casa, mientras comía toneladas de chocolate y escandalizaba a mi madre…
—Jungkook es perfectamente capaz de conquistar a ese chico: sus castaños cabellos rizados, sus bonitos ojos azules y su perfecta piel lo hacen parecer un encantador muñequito. —Tras pronunciar estas palabras, mi madre me sonrió orgullosa, y yo le devolví amablemente la sonrisa, mientras en mi interior esperaba, con un leve sentimiento de decepción, que mi madre se enorgullecía de mí por las razones más inadecuadas.
—¡No digas tonterías, Yang Mi! ¡Este niño rollizo nunca llegará a parecerse a esos lindos muñequitos por más que te empeñes en ello!
«¡Tal vez porque ellos son fabricados a medida y son de plástico, no como yo!» , tuve ganas de gritarle a aquella bruja de Haneul, aunque lo único que hice fue moverme un poco de mi lugar porque se me estaban durmiendo las piernas.
—¡Jungkook! ¡No te muevas! —exclamó mi madre, que, aunque estaba molesta con su amiga, pagaba su mal humor conmigo.
Nuevamente me quedé quieto sobre el taburete, perdiéndome en mis pensamientos mientras intentaba ser como esos muñequitos inmóviles que tanto adoraba mi mamá.
Reflexioné sobre si se daría cuenta alguna vez de que yo tenía un cerebro, de que mis notas eran excelentes y que sobresalía en todas y cada una de las asignaturas que tan difíciles parecían para otros. Pero por lo visto, ella solamente se enorgullecía de las valoraciones que obtenía en esas estúpidas asignaturas del hogar, en las que destacaba como el amo de casa perfecto.
A mi familia nunca se le pasaría por la cabeza que yo deseara ir a la universidad y estudiara literatura, que quisiera ser algo más aparte de un simple hombre casado o un perfecto padre. Yo, para ellos, no tenía voz: sólo era una marioneta al que manejaban a su gusto. Y yo, aunque me daba cuenta de todo, siempre me dejaba manipular con docilidad. Tal vez esto se debería únicamente a que esa parte rebelde mía estaba todavía escondida muy dentro de mí, esperando que alguien me ayudara a hacerla surgir en el momento adecuado.
—Kwan y yo hemos decidido aceptar la invitación de los Park para ir a su casa del lago en ese pueblo perdido, y en esta ocasión, si vemos que las cosas van bien, nos trasladaremos allí. Hay una posible vacante como administrador en una de las fábricas de Busan que Kwan no puede desdeñar. Además, así lo haremos todo más fácil para Jungkook.
—¿Piensas arriesgarlo todo por este niño? ¡Definitivamente, Yang Mi, estás loca!
—No lo arriesgaré todo, Tzuyu. El traslado será temporal. Y ya se sabe que el roce hace el cariño: si Jungkook está cerca de Park Yugyeom, tendrá muchas más posibilidades de conquistarlo que si sólo lo ve en las vacaciones de verano. Estoy totalmente seguro de que están hechos el uno para el otro.
—Si tú lo dices… —declaró irónica Tzuyu.
Las ilusiones de mi madre aparecieron ante mis ojos cuando la modista explicó en voz alta que, definitivamente, habría que dejarle dos centímetros más de anchura a la camisa de arriba junto al corsé que mi mamá se empeñaba en que usará a pesar de que se supone solo eran para mujeres, declarándome de este modo como imperfecto ante las inquisitivas miradas de mi madre y su amiga.
Después de recibir pinchazos durante horas, por fin conseguí que me permitieran bajar de aquel maldito pedestal y, despidiéndome con los impecables modales que me caracterizaban, corrí hacia mi habitación para arrancarme la faja y el puñetero sujetar y vestirme con los ceñidos pantalones que hacían resaltar mi verdadera figura, y con una camiseta holgada que no impuso restricción alguna a mi cuerpo.
Tras asegurarme de que mi madre se marchó de casa con su amiga para ir de compras, seguramente para adquirir esa nueva faja con la que me había amenazado antes, bajé hacia el salón. Una vez allí, encendí la radio para ponerme a bailar esas movidas canciones que ella detestaba y me comí una chocolatina que saqué de mi escondite secreto, mientras no dejaba de mover mi trasero y pensaba sobre cómo sería mi futuro a partir de entonces.
Como el niño bueno que se suponía que era, debía cazar al hombre que adoraba para convertirlo en mi marido, algo que no estaba demasiado mal. Pero ello también implicaba que debía dejar atrás mis sueños de tener una vida diferente a la que había llevado a mi madre: la de una abnegada ama de casa, en este caso abnegado amo de casa.
Según mis padres, yo no tenía que utilizar demasiado mi cabecita, algo que todos creían que seguía al pie de la letra. Pero realmente aún no sabía lo que quería hacer. Tal vez si nada se interponía en los planes de mi madre, ese fabuloso hombre se fijaría en mí y yo acabaría siendo el respetable hombre consorte casado que todos querían que fuera, algo que mi enamorado corazón veía como un sueño maravilloso, pero que en mi intranquila mente no acababa de encajar. Sin duda, yo quería algo más, necesitaba algo más…
pero todavia no sabia que...
—¡Park Jimin! ¡¿Otra vez te has metido en líos?! ¡Ésta es la última vez que saco tu culo del calabozo! Este verano te irás a vivir con tu tío a Busan, luego te inscribiré en el instituto de allí y, cuando acabes tus estudios, volverás a casa para tomar las riendas del negocio familiar. ¿Tienes algo que decir al respecto? —le preguntó Park Chanyeol a su rebelde hijo, mientras éste no le prestó la menor atención y se dedicó a observar con gran interés uno de sus libros.
«Al menos en esta ocasión no se trata de una de esas provocativas revistas» , pensaba Chanyeol, al tiempo que revisaba con gesto reprobador el aspecto de su hijo: unos pantalones vaqueros gastados, una camiseta arrugada y una chaqueta de cuero marrón, todo ello acompañado por un horrendo peinado, con todo el pelo engominado hacia atrás, que le daba la apariencia de un tipo en continua búsqueda de pelea. Y su escandalosa motocicleta, una Triumph Tiger roja, un modelo de fabricación inglesa creado para las carreras en el desierto de California, no contribuyó demasiado a mejorar su apariencia.
Jimin no era de los que les gustara comenzar una trifulca, pero de algún modo siempre se las arreglaba para estar metido en alguna de ellas. Sobre todo, debido a sus atrevidas contestaciones ya su manera de rebelarse contra todo lo que no le parecía bien.
—¿Qué quieres que te diga, papá? Tú ya has planificado mi futuro a la perfección. Ni yo mismo lo habría decidido mejor... —declaró irónicamente Jimin, mientras seguía prestándole suma a aquel libro, tal vez más de la aconsejable.
—Quiero que, por una vez en tu vida, hagas lo que te digo, no que afirmes con la cabeza y luego hagas lo que te dé la gana.
—De acuerdo, papá... —respondió Jimin con desidia, concediéndole a su padre el burlón movimiento afirmativo que éste no quería volver a ver, para, a continuación, seguir contemplando su libro.
Chanyeol, harto de la indiferencia de su hijo, le arrebató el libro que tanto lo distraía, provocando que una de las insultantes revistas que siempre le confiscaba cayera al suelo, mostrándole en qué estaban centrados los pensamientos de Jimin en esa ocasión.
Tras recogerla del suelo, Chanyeol le dirigió a su hijo una de sus más severas miradas, mientras le confiscaba la revista y le preguntaba: —¿Qué tienes que decir respecto a esto, Jimin?
—Que en las páginas centrales hay un desplegable de un rubio impresionante, papá.
—¿Es ésta la forma en la que piensas en tu futuro? —lo reprendió Chanyeol, agitando la revista violentamente delante de sus narices.
—Bueno, me gustaría pensar que uno de estos rubios estará ligada a mi futuro de alguna manera.
—Estos hombres y mujeres indecentes no son lo mejor para tu vida, Jimin! ¡Debes encontrar un chico o chica dulce, amable y cariñoso, que esté dedicado a su hogar y que sea un obediente amo u ama de casa! ¡Las curvas y las posturas obscenas déjalas para…!
—¿Para los amantes tal vez? —lo interrumpió impertinentemente Jimin, conocedor de muchos aspectos de la vida privada de su padre que su rebelde forma de ser no aprobaba—. Perdona papá, pero prefiero no hacer llorar a ninguna mujer u hombre y tenerlo todo en uno. Yo no quiero casarme con alguien que solamente sea un bello adorno para mi casa: quiero casarme con un hombre que acelere mi corazón.
—¡Tu vida debe ser respetable, y has de casarte con el hombre adecuado!
—Perdona otra vez, papá… Por un momento llegué a creer que estábamos hablando de mi futuro, pero en realidad lo que estamos haciendo es repasando tu vida, ¿verdad? —declaró insultantemente Jimin, ignorando a su padre mientras sacaba un cigarrillo y lo encendía despreocupado delante de él.
—¡Qué voy a hacer contigo! —exclamó Chanyeol, molesto, mientras le arrancaba de la boca el cigarrillo a su desobediente hijo y lo arrojaba al suelo para apagarlo con brusquedad con la suela de su zapato—. En serio: ¿Qué voy a hacer contigo? —repitió, sin hallar una solución a la rebeldía de su hijo.
—¿No es obvio, papá? Continúa planificando mi vida… —replicó Jimin antes de encerrarse en su habitación para poner la música que tanto molestaba a sus padres. Ya que sus palabras no les llegaron, por lo menos que lo hicieron su descontento.
Escuchar en mi cuarto la música que me gustó un poco más alta de lo normal era una buena manera de fastidiar a mi padre. Esas estridentes melodías a las que me había aficionado, en las que los jóvenes rockeros gritaban sus protestas sin tapujo alguno, o las desaliñadas ropas que últimamente vestía, copiando a alguno de los amigos que había hecho en un barrio obrero de Daegu, me servía para aumentar más el enfado de mi progenitor, ya que, una vez más, uno de sus imaginativos castigos no le había servido de nada para enderezarme.
En esta ocasión, cuando me expulsaron del instituto a mitad de curso, a mi padre no se le ocurrió otra cosa más que la brillante idea de enviarme muy lejos de casa. Exactamente a unas nueve horas y medio de vuelo en avión: a la ciudad de Daegu. Allí fue adonde mi querido padre había decidido desterrarme durante un tiempo para hacerme trabajar en una de las viejas fábricas de un conocido suyo.
No tardé demasiado en hacerme amigo de muchos de los hijos de los trabajadores y en copiar sus vestimentas: sus vistosas camisetas, adornadas con rebeldes mensajes, sus raídos pantalones vaqueros y sus chaquetas de cuero. Aunque no me atreví a imitar sus atrevidos peinados, caracterizados por unas crestas de vivos colores: eran demasiado para mí, por lo que preferí simplemente peinarme hacia atrás usando generosas cantidades de gomina.
Cuando volví a casa, decidí seguir luciendo mi aspecto rebelde, entre otras cosas porque yo no servía para vestir como un buen chico, con pantalones de pinza y ñoños jerséis. Y nunca, pero nunca jamás, llevaría uno de esos pantalones de campana o esas horrendas camisas de flores. Prefería la moda de Daegu, pero para mi desgracia, mi apariencia parecía hacer pensar a muchos que yo buscaba algún tipo de pelea, y mi irónico sentido del humor cuando me azuzaban no hacía mucho por suavizar esa percepción, la verdad.
Harto de las críticas de mi padre y de las protestas de mi madre, subí el volumen de la radio y saqué de debajo de mi colchón otra de esas revistas que mi padre no dudaría en requisar, seguramente para su disfrute personal. En sus páginas se mostraron a chicos y chicas de verdad, nada de plástico o silicona, ni esas posturitas de perfectos amos de casa con los que mi madre estaría tan de acuerdo. Todo en esas imágenes era sensualidad y curvas, excesivas curvas en opinión de algunas, pero que a mí, decididamente, me encantaban.
Lo que más me gustó de esas fotos a color, entre las que los desplegables eran toda una delicia, era que en ellas se mostraba la verdad al desnudo de una mujer o un hombre. Tal vez demasiado al desnudo, por lo que parecía pensar la hipócrita de mi padre, quien no se molestaba en ocultar demasiado a su joven amante, pero para el que una simple revista era algo escandaloso.
Mi padre pensaba que yo era un camorrista que se dedicaba a buscar pelea con todo aquel que se cruzara en mi camino, pero no podía estar más equivocado: nunca buscaba disputas con otras personas, sino que más bien parecían encontrarme siempre a mí.
Por ejemplo, con mis profesores del instituto. Éstos no soportaban saber menos que yo, y el hecho de que no tuvieran nada que enseñarme dejaba en mal lugar su capacidad para el puesto que ocupaban, por lo que, en vez de señalar su incompetencia, me dedicaba a dormir en clase ya sacar la máxima calificación en cada examen que me ponían por delante, entregándolos con una irónica sonrisa que solían molestarles. El resultado siempre era el mismo: para tomarse su revancha, solían inventarse algún que otro injusto castigo para mí por cualquier excusa que se les ocurriera.
Como consecuencia de todo ello las clases me aburrían cada vez más y, dado que esperaba que asistiría a ellas era una pérdida de tiempo molesta, decidí comenzar a saltarmelas para ir a ciertos lugares donde podía conseguir el dinero que mi padre me escatimaba, unos lugares nada apropiado para un chico de buena familia, pero totalmente adecuado para un chico como yo, al que no le importaba sacar a pasear al diablillo que llevaba dentro a cada momento: bares clandestinos en donde me dedicaba a apostar en el juego.
Todos decían que tenían mucha suerte, porque ganaba con frecuencia, pero en realidad, en la mayoría de ocasiones, era cuestión de cálculo e inteligencia: en el billar estudiaba los ángulos, la inclinación de las mesas y el desgaste de los tacos para mi beneficio ; en los juegos de cartas, las contaba y esperaba mi oportunidad para hacer mi apuesta; en las máquinas tragaperras, aprendí a desentrañar los patrones de sus premios... pero siempre procuraba no abusar, era lo más sensato en esos lugares.
Allí mismo tuve mis primeros contactos serios con el sexo masculino. A mis dieciocho años, muchos chicos se acercaban a mí y yo no podía rechazar sus invitaciones abiertas, pero todos ellos eran hombres que sabían cómo era el juego del amor, en el que yo nunca permitía que ninguno de ellos se acercara demasiado a mi corazón. Los pocos niños bien que había conocido solían lograr que yo saliera corriendo rápidamente en dirección contraria, y los que insistían en acercarse a mí acababan espantándose rápidamente ante mi endiablado comportamiento.
Mientras reflexionaba sobre mi vida y representaba mi papel de chico malo a la perfección, dejando preocupado a mi padre con el origen del dinero que usaba para comprarme esas revistas, cuando él siempre me reducía la diseñada, saqué el paquete de cigarrillos de mi escondite y pensé en fumarme uno, pero preferí guardarlos para deleitarme con su amargo sabor cuando pudiera molestar a alguien con ello. Lo que no pude evitar fue beberme a escondidas una de esas cervezas a las que me habia aficionado durante mis aventuras, al tiempo que pensaba sobre mi nuevo castigo: el viaje a Busan.
Irme a pasar el verano con mi siempre correcto y formal primo Yugyeom no me molestaba demasiado, ya que hacía algunos años que no lo veía. Echaba de menos a mi tío Siwon, que con sus rubios cabellos y sus ojos azules era aparentemente muy parecido a mi padre, pero totalmente opuesto en cuanto a temperamento, ya que con él se podía hablar. Mi tía Haeri, por su parte, siempre había sido la que ponía paz en las reuniones de los Park, y su bonita sonrisa y sus rizos castaños, acompañados de sus bondadosos ojos color caramelo, la convertían en una mujer entrañable, que además era un poco más permisiva que mi madre.
Tal vez ya fuera de hora de que conociera la casa del lago de ese pequeño pueblo donde vivían, ya que los encuentros con mis familiares siempre habían consistido en unas breves visitas de una semana de duración como máxima, que tenían lugar en mi estricto hogar, donde todo estaba prohibido.
De lo único que tenga que preocuparme ese verano sería de la legión de mosquitos muertos que perseguían persistentemente al dechado de virtudes que era mi primo para intentar captar su atención. Unos chicos que nos aburrían tanto a Yugyeom como a mí, aunque él sabía disimularlo mucho mejor que yo y tenía mucha más paciencia para tratar con esos niños mimados que iban a la caza de un marido. Yo, en cuanto vi una, simplemente me escapó lo más lejos posible de sus garras.
Mientras me preguntaba cómo serían los chicos de ese pueblo, que seguro que se mostrarían como unos perfectos y educados consortes ante mis tíos y se dedicarían a exponer todas sus cualidades mientras se vendían descaradamente en el mercado del matrimonio, me juré no caer nunca en la horrible trampa de esos niños aburridos y mantenerme lo mas lejos posible de ellos. Por lo menos durante lo que durará mi estancia en ese apartado lugar.
Busan era un pueblo tranquilo, en el que no me importaría vivir durante un tiempo hasta que mi padre pensara que ya había aprendido mi supuestamente merecida lección y me trajera de vuelta.
En realidad, mi padre quería desaparecer de mí porque ya no sabía qué hacer conmigo. Él no entendió por qué motivo, pese a ser extremadamente inteligente, me negó ir a clase y terminar el instituto. Yo sabía que, una vez finalizase mis estudios, tenía mi futuro estrictamente planificado por él, un futuro que me negaba rotundamente a aceptar, sin que mi padre fuera capaz de entenderlo: pudrirme en un aburrido puesto administrativo en la oficina de una vieja fábrica que se caía a pedazos no entraba en mis planes.
Yo prefería tener mi propio negocio y demostrarles a todos lo que era capaz. Pero como todo adolescente, me sentí perdido en la vida y no sabía cuál sería ese fabuloso negocio en el que podría triunfar ni cómo podría ser el espléndido futuro que me esperaba. Sólo tenía clara una cosa: que el camino a seguir que me había marcado mi padre no era el que yo quería, y estaba más que decidido a tomar mis propias decisiones, ya que se trató de mi vida. No me importaba en absoluto escandalizar a nadie con mi comportamiento ni equivocarme con mis elecciones, ya que las habría tomado yo.
Tal vez ese año de exilio que mi padre me había preparado lejos de su influencia durante pudiese encontrar lo que me faltaba para equilibrar mi vida, para dar ese paso decisivo hacia lo que quería hacer. Tal vez esas vacaciones en la casa del lago de mis familiares fueron lo que necesitaba para que todo cambiara de una vez por todas y para que mi vida fuera exactamente como yo quisiera y no como otros habían proyectado, por más buenas intenciones que pudieran tener.
Y con esto damos comienzo a la historia de apuesta por mi. He de decir que está es un poco más largo que la otra adaptación por lo que si no os gusta pueden retirarse.
Lamento cualquier error ortográfico que pueda ver y al terminar la adaptación corregiré todo.
Hombre consorte*: es aquel que en una relación, hombre con hombre, recibe, es el pasivo.









Y yo buscando lo de hombre consorte en Internet creyendo que tenia que ver con la monarquía y todo eso JAJAJAJJAJA
yo me quedo 🤗🤗
WAOOO😍BRAVOOOOOOOOOOO lo ame me encanta en definitiva atrapa TODA mi atención 🤩🥰👌😍