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Decir que el chico sentado al lado suyo era hermoso, era decir lo poco. Al menos eso era lo que pensaba Mew Suppasit en ése momento, cuando compartía su espacio personal con un hombre absurdamente perfecto, en un vuelo de más de veinte horas con destino al país del amor.
Cabello rubio, ojos claros y brillantes como las estrellas de media noche y una piel tan nívea como el algodón. Esos eran los detalles que Mew había contemplado a primera instancia, pero sabía que había más de esa belleza que no estaba a simple vista, y eso lo inquietaba muchísimo.
Trató de mantenerse sereno en su asiento, ignorando todo a su alrededor para no seguir torturándose con la existencia de su vecino de asiento, pero le resultó bastante difícil, puesto que el joven rubio parecía también estar interesado en él.
Mew lo notó por la manera en que movía su rodilla para rozarla con la suya, y por como le lanzaba miradas llenas de picardía muy de vez en cuando, acompañadas de sonrisas que alcanzaban a dejar ver sus pulcros dientes blancos. Y eso lo estaba volviendo loco. Muy, muy, muy loco. Porque Mew tenía un problema, y era que estaba casado por todas las de la ley y tenía dos preciosos hijos con su esposo. Por eso sentirse tentado por ése hermoso chico lo hacía sentir muy mal.
¿Pero qué podía hacer?
Era consciente de que su esposo era la mejor persona en la faz de la tierra y que engañarlo sería una muy mala idea, pero tenía a pocos centímetros al hombre de sus fantasías más oscuras y su cuerpo había tomado el control sobre él, dejándolo sin poder hacer nada para contenerse ante la situación.
Era eso, o una excusa muy mala que se había inventado justo en ése momento para tener la libertad de hacer lo que quisiera y que la culpa pesara menos en su interior. Y obviamente, sabía que era la segunda, pero aún así decidió obviarlo para no tener que sobre pensar mucho sus acciones o terminaría perdiendo la oportunidad de tener a ese perfecto hombre sobre su.
Y él, definitivamente, quería a ese rubio moviéndose sobre su hombría empalmada.
No tuvo que decir mucho, y cuándo menos lo supo ya se encontraba en el angosto baño del avión, besando apasionadamente al rubio mientras éste acariciaba audazmente su hombría ya despierta y dispuesta.
Su mente era una nebulosa de pensamientos contradictorios. Estaba entre un Si y un No. Entre lo que era correcto y lo que no. Pero una vez más corroboró que el deseo y la pasión eran más fuertes que cualquier remordimiento que le pesara en ése momento.
No había más por decir, solo mucho por hacer.
Siguió besando al apuesto rubio mientras sus grandes manos masculinas vagaban sin rumbo fijo por el cuerpo frágil y dotado del contrario. Su pecho macizo y su abdomen plano fue lo que volvió loco a Mew. Su piel de porcelana era tan deliciosa al tacto que se sintió a correr en cuanto sus romos hicieron contacto directo.
— Délicieuse... — gimió casi inaudible el rubio.
Aquel timbre de voz tan agudo como sensual hicieron que el miembro ya despierto de Mew se agitara con emoción. Casa susurró caló hasta lo más profundo del moreno, haciéndolo sentir incapaz de separarse de ése cuerpo aunque quisiera hacerlo.
Afortunadamente para ambos, Mew no quería separarse nunca.
El Francés, por otro lado, se sentía igual o más afectado por la oleada salvaje de pasión que el mismísimo hombre bajo su cuerpo. Sus piernas temblando por necesidad y su cavidad exigiendo silenciosamente una intromisión pronta. Y ni hablar de su propia virilidad, que quemaba en ardiente deseo por ser tocaba y consentida.
Era tanto el afán de ambos que ni siquiera les importó saber sus nombres o algo más de lo estrictamente necesario. Solo necesitaron saber la disposición del otro para darle rienda suelta a sus más bajos instintos.
Y el Francés no lo iba a negar. Desde el momento en que sus ojos vieron por primera vez al moreno, supo que había sido amor a primera vista.
Se había enamorado tan loca y perdidamente de él en cuestión de segundos, por muy difícil que fuera de asimilar. Y aunque luchó contra sus propios instintos, no había sido lo suficientemente capaz de mantenerse al margen de él, y ahora se encontraba allí. Siendo acariciado, besado y adorado, por unas manos, boca y cuerpo que no volvería a ver nunca en su vida.
Era tan jodidamente excitante y si lo pensaba más a fondo también era muy triste.
Besar unos labios que no volvería a probar nunca más en su vida era una auténtica basura. Pero mientras pudiera disfrutarlos lo haría sin ningún apuro.
Ambos cerraron los ojos y se dejaron llevar al cielo mismo. Porque para Mew ese rubio era un pedacito de cielo en la tierra, y para el Francés, Mew era el cielo por la inmensidad de sentimientos que provocaba en él.
Tan iguales y tan diferentes a su vez...
Sus cuerpos se unieron al fin en un hilo de besos y caricias que parecían que jamás tendrían fin. El Tailandés, de cuerpo moreno y grande, sometía deliberadamente al tierno Francés de cabello rubio. Usaba su mano diestra para masturbar su hombría, mientras que la suya propia se hundía profundamente en él.
La cavidad rosada y palpitante del rubio recibía gustosa al miembro viril que se empujaba delicadamente contra si. Las bocas sin filtro dejaban escapar maldiciones de vez en cuando y luego volvían a unirse como si sus vidas dependieran de ello.
Una sensación tan deliciosamente incorrecta...
Su faena era como ninguna. Ambos cuerpos pegados y necesitados se dejaban llevar por el flujo de la morbosidad hasta acabar en lo que era un pozo sin fin de sensaciones y sentimientos.
Se sentían tan íntimos. Tan adeptos el uno al otro. Sus cuerpos se entregaban como quien se conoce. Como la costumbre de dos almas que se reencuentran después de mucho tiempo. Bronceado natural y mágico. Tan simple y eventual... Era como la costumbre de entregarse al amor, porque no había diferencia entre lo que hacían a lo que sentían.
Y con esos pensamientos abarcando la situación de ambos, sincronizados por el golpe de lujuria, ambos estaban a punto de conseguir el tan esperado orgasmo.
Y el Francés...
El Francés se sintió enamorado...
— Je t'aime — susurró, mientras montaba con gran astucia el miembro erecto del desconocido.
Lo amaba...
Realmente lo hacía, aún sabiendo que después de ése día no lo volvería a ver nunca más en su vida.
— Tu francés me vuelve loco — contestó con simpleza el moreno bajo su cuerpo, empujándose deliberadamente contra la cavidad rosada y apretada.
Eso desilusión un poco al hermoso Francés, pero no dijo nada.
¡No había nada por decir!
Sólo eran dos completos desconocidos en un vuelo directo a Paris, Francia. No había nada que los uniera y tampoco antecedentes entre ellos para llegar al "enamoramiento".
Pero entonces el Tailandés cortó el flujo de sus pensamientos con un ardiente beso y un delicado — Je t'aime aussi, Mon ciel.
Y eso fue más que suficiente para el Francés para ser jodidamente feliz.
Ambos se corrieron al unísono, entregándose en cuerpo y alma al tan aclamado acontecimiento, siendo consientes de que lo que acababa de pasar entre ellos había sido mágico y especial.
Pero no había más que decir u agregar, y después de tan hallazgo, ambos regresaron a sus asientos y conversaron amenamente lo que les restó de vuelo.
Se despidieron en el aeropuerto con un beso en la mejilla y un "Hasta que la vida nos vuelva a encontrar" Tomando cada quién el camino que debían tomar.
Pero Mew había decidido desviarse un poco de su trayecto para comprarle flores a su esposo de regreso a casa. Eligió las girasoles, porque eran las favoritas de su amado, y con una sonrisa en el rostro corrió a reunirse con él.
(...)
Mew llegó a casa y vió que todo estaba en silencio absoluto, lo que bien podría significar que los niños aún no habían llegado o estaban con la madre de su esposo. Así que se quitó el saco y los zapatos y los dejó a un lado de la puerta y corrió directamente a la habitación, dónde sabía que estaría su amado esperándolo.
Subió las escaleras intercalándolas una de por medio, mientras sostenía fuertemente el ramo de girasoles con su diestra. Abrió la puerta lentamente y allí estaba...
Allí estaba el hombre de su vida, esperándolo como siempre lo hacía. Y luciendo tan hermoso como solo él mismo podía serlo. Y en cuando ese par de ojos centelleantes se encontraron con los suyos, Mew sonrió eternamente enamorado.
Lo amaba.
Jodidamente lo amaba.
— Tu es arrivé — dijo, mientras corría a los brazos de Mew para fundirse en un abrazo necesitado.
Mew volvió a sonreír al escucharlo, pues amaba genuinamente su acento francés y su voz aguda.
— Me desvíe un poco para ir a comprar tus flores favoritas — explayó, separándose un poco para entregarle el hermoso ramo con las flores amarillas.
La felicidad en el rostro de su esposo era incomparable. Sus ojitos llorosos denotaban emoción por el regalo, por muy simple que éste fuera. Entonces en ése momento Mew supo que había hecho la elección correcta al haberlo elegido siempre a él por encima de todas las cosas.
Él, Gulf Kanawutfie, era el amor de su vida. Su compañero de hogar. Su cómplice de travesuras. El padre de sus hijos y su más grande tesoro. Y no importaba cuantos años pasaran, él siempre pensaría que su esposo era el Francés más hermoso sobre la tierra.
— Merci mon amour — agradeció.
Mew negó con una sonrisa.
— Soy yo el que tiene que agradecerte por todo — aseguró —. En especial por hoy... Porque hacer el amor contigo en el avión fue el mejor regalo de cumpleaños de todos.
Ambos rieron después de aquello y pasaron la noche recordando lo genial y excitante que había sido fingir que no se conocían y hacer el amor en ése lugar con el riesgo de ser descubiertos.
Mew le halagó por su excelente actuación y por lo sensual que se portó cuando coqueteó con él. Gulf, por otro lado, le confesó que se había metido tanto a su papel que en más de una ocasión de verdad creyó que no lo volvería a ver nunca porque eran solo unos desconocidos, y eso le destrozó el corazón. Y aunque fue muy gracioso al principio ver en Gulf la tristeza por lo que experimentó, Mew terminó prometiéndole que nunca más harían algo como eso. Después de todo, él también llegó a sentir que estaba engañándolo, porque la sola idea de serle infiel le carcomía la conciencia.
Él no podía, ni quería, amar a nadie más que no fuera su precioso Francés.
Después de casi llegar a la mañana, Mew se acostó y abrazó a su esposo por la espalda, sintiendo que ese era su lugar favorito y también el más seguro, y sonrió porque había encontrado el equilibrio perfecto en su vida gracias a él.
Entonces Gulf se giró y su rostro quedo frente al de Mew. Depósitos un casto beso en sus labios y cerró los ojos para quedarse dormido.
— Je t'aime — dijo, mientras Morfeo lo arrullaba.
— Je t'aime aussi, Mon ciel — escuchó decir a su esposo y luego de eso terminó por perderse en el mundo de los sueños.
FIN ✈️❤️ .









yo pensando que si engaño a Gulf pero después lo pensé mejor y si atiné en que era el 😍🤭❤️
que linda tu historia💓, ouuuu traviesos 😍🤗.
hermosa historia pero me asusté al principio pensando que Gulf solo fue una aventura de un día 😍😍😍😍❤️❤️