El hombre en la silla
El eco resonó entre las cuatro paredes de la habitación. Fue y regresó, manifestando la misma nada. La silla crujió con el accionar de su vertebrada espalda contra el respaldo y el suelo chilló con el arrastre de la vieja madera carcomida por termitas. Pequeños hoyos podían verse, y diminutas grietas podían palparse con el suave roce de un dedo. El barniz ya no hacía brillar la madera, contando ahora solo con un desgastado color rojizo. El hombre sentado en aquella silla podía decir que sentía familiar el peso de lo añejo. El peso de la vejez y el descuidado uso de su existencia, es lo que le parecía propio de sí.
Tenía un nevado en el casi deshabitado bosque de su cabeza que descendía a la selva de su cara. Sus aceitunados ojos yacían sin encanto entre círculos negruzcos hundidos, y entre medio de ello, se interponía un sendero acabado en redondo, con dos pequeñas cuevas a sus lados. Todo ello se encontraba unido a una superficie pálida y con relieves, como grietas de una silla, pero suaves. Como viejo a una silla, pero añorando en un mártir, aunque podría decir que el martirio era mover las extremidades.
Sus huesos producían un crujido casi parecido a ramas dispersas por el suelo, pisadas incesantemente. Si deseaba acomodar las piernas flojas, dormidas, aquel sonido estropeado se hacía audible. Al mover los brazos, entonces también osaba aparecer, o cuando hacía danzar los dedos de los pies en un estado tieso, causa de su nulo movimiento o, de una repetición. Tal vez del descubrimiento de un nada.
Haciendo sonar la boca en chasquidos, bostezó, mirando el reloj de la pared apuntando a aquel que parecía detestar a su vecino, el que debía seguir pero nunca tomaba posesión de las rayas, el que debía apresurarlo y de ahí al que debía desesperarlo hasta el que lo arrullaba. Jamás cambiaba y ya había olvidado la última vez que le interesó el tiempo. Solo recordaba que, en un entonces, marcaba las cuatro y la brisa era tan amiga de la flora escasa de su cabeza, o el cielo de sus ojos, y el sol de su corazón. Que no existían ya.
Sintiendo los bordes rasposos de la silla, se astilló las yemas de los dedos, mirándolos después de cerca, achicando los ojos en un intento de averiguar la madera diminuta e intrusiva en ellos. Era como un pasatiempo; se pinchaba los dedos y luego quería sanarlos. Recordaba aquellos inicios donde rozar la madera le era un acto ameno. Aquellos días cuando era lisa. Cuando era nueva. Jóven.
De entre los blanquecinos arbustos inferiores de su cara, aquellos delimitando su mandíbula, se asomó algo rosado y húmedo saliendo de una cueva agrietada que denotó una concentración irrompible en el anciano. Sus pupilas bailaron con desespero, se agrandaron y se achicaron hasta que se cansaron y viajaron a un camino montañoso vacío. Para cuando miró fijamente, lo que hacía marcar su atención, se escabulló a los adentros de la cueva que se cerró con lentitud y bajó en una curva.
Recordó que, algunos otros tenían aros brillantes rodeando su paisaje montañoso o su campo floreado y uniforme. Había sido afortunado en algún momento, pero cometió el error de no adquirir un material que fuera suave y resistente a la vez. Quizá su error más grande fue mantenerlo. Dejar que permaneciera.
Respiró hondo, aspirando un aroma a madera vieja, humedad y tierra. Entonces, el instante de un viento, suaves cánticos, copas de árbol, calidez y frialdad tomaron posesión de cada rincón de sí mismo. Recordó una llovizna de colores en sus manos montañosas, como los del cielo al amanecer, en el ocaso, los campos de tulipanes y los de girasol, el pastizal, las raíces y los troncos caídos. Una unión pura en expresión, que discierne y libera. Interrumpida por esos demás que aparentan un algo entre su mísera vida, o entre la mala enseñanza, el mal camino y la ignorancia, orillando al que se zambulle en el entendimiento, al precipicio de la decadencia. Estaba decadente.
Llevando sus manos a su cara, la aprisionó, derramando desconsuelo. Había reído con fuerza en esa silla, pero ahora parecía que el encanto se había perdido, o había sido arrebatado.
Cuando se enderezó, observó en silencio el espacio desolado que lo rodeaba y jamás molestaba, aquel que más que vacío, estaba repleto de insignificancia. Se mantuvo quieto, ausente un momento hasta que, anclando sus pies al suelo y sus manos en los brazos de la silla, se impulsó, levantándose tambaleante, caminando después de la misma manera; torpe y poco equilibrado. Giró la cabeza, miró la habitación y encogido, se encaminó lentamente hacia la puerta, la abrió, salió temeroso, con los ojos cerrados y, sintiendo el viento golpear su cara, los abrió, sin sorpresas de por medio. Desesperanzado, no prestó atención cuando, abriéndose a paso calmo por el camino, bullicio lo atacó por doquier y estruendosidad lo hizo apresurar el paso.
No hubo algo que, en toda su asustadiza caminata lo hiciera detener, porque en cambio, lo obligó a correr, a ignorar y extinguir lo último que le daba vividez. No existió nada más que un puente extenso en el que se orilló a mirar el vasto azul moviéndose por debajo. Siendo entonces que, después de un largo tiempo, escuchó la naturaleza hablándole con elocuencia. No solo la fuerte brisa, sino también el tenue sonido del agua.
Gracias por leer.