21.52 horas del lunes 24 de enero de 1860
21.52 horas del lunes 24 de enero de 1860
El liberal José María Díaz Ordaz, como los tantísimos seres y cosas míticas que adornan la historia de Oaxaca, es todavía un misterio. Se le recuerda como férreo guerrillero, estricto bachiller, sagaz negociador (sobre todo en el terreno político) e implacable pero sutil mujeriego. En pleno siglo XXI, en las intrincadas calles de Ixtlán, aún se sigue hablando de su valiente defensa en contra del conservador José María Cobos, calificado por el entonces presidente y dictador en ciernes, Benito Juárez, como execrable asesino. La cabeza de Cobos tuvo precio al mismo nivel que las cabezas de los conservadores Félix Zuloaga, Leonardo Márquez, Tomás Mejía, Juan Vicario, Lindoro Cagiga y Manuel Lozada.
José María Díaz Ordaz pasó de ser un disciplinado y laureado soldado a flamante gobernador de Oaxaca, sucediendo por un año en el cargo ni más ni menos que a Benito Juárez, quien tuvo a bien recomendarlo ante la legislatura estatal. Político sagaz, se le recuerda con gratitud por haberse sumado al llamado constitucionalista de Anastasio Parrodi, gobernador de Jalisco, quien salió a la defensa de Juárez junto con otros seis gobernadores mediante la coalición para la defensa legítima de la Constitución de 1857.
La defensa contra Cobos fue diseñada con una precisión nunca antes vista en la historia armamenticia del sureste mexicano. José María Díaz Ordaz no había escatimado en recursos para literalmente aplastar a José María Cobos. Pero haber llegado a dicha defensa no había sido sencillo. Bajo el pretexto de que Díaz Ordaz había desguarnecido Teotitlán del Camino, puerta de entrada para la toma de Oaxaca, fue depuesto de su cargo a pesar de que había sido recomendado por Juárez y, posteriormente, ratificado constitucionalmente ante la legislatura, la misma que ahora lo desconocía. Este hecho abonó a la victoria conservadora el 30 de octubre de 1859 y sentenció la pérdida de la capital oaxaqueña por parte del ejército liberal. José María Díaz Ordaz salió intempestivamente en la búsqueda de su benefactor y padrino político. Cuando Juárez hubo intervenido para que José María Díaz Ordaz fuera restituido en su cargo como gobernador, las fuerzas conservadoras ni siquiera alcanzaron a advertir su destino. Aquel 24 de enero de 1860, en la épica pero poco documentada Batalla de Santo Domingo del Valle, José María Díaz Ordaz habría de dar la batalla de su vida, derrotando con saña y determinación a los obstinados conservadores que aún ocupaban la capital. Pocas veces se recuerda a una ciudad de Oaxaca colmada de gritos y flores, de sonrisas y cantos de esperanza. Después de una prolongada celebración donde abundaron las mujeres, la comida y el mezcal, José María Díaz Ordaz llegó a su estancia, una pequeña pero lujosa residencia asentada en Ixtlán. En la historia oficial se afirma lacónicamente que José María Díaz Ordaz recibió un balazo en la celebración del triunfo. Algunos otros señalan que fue durante el combate, pero que el caudillo hizo hasta lo imposible para mantenerse en pie, impertérrito. Algunos más avezados no cejan en porfiar que el balazo lo había recibido desde mucho antes, y que en la batalla de Santo Domingo del Valle el que luchó contra los conservadores fue el espectro de José María Díaz Ordaz.
A pesar de los rumores oficiales y clandestinos la verdad se ha mantenido pulcra y viva, a resguardo de las gentes de Ixtlán. José María Díaz Ordaz encontró a un extraño visitante al interior de su morada. Sin ningún aspaviento, exento del más leve altercado, el cuerpo del Licenciado Coronel Gobernador y Jefe de las Fuerzas Armadas de Oaxaca fue desmembrado con delicada frialdad. El tronco yacía en posición decúbito lateral izquierdo. Brazos y piernas habían sido colocados casi con misericordia en la misma posición que anteriormente habían ocupado en el cuerpo del coronel, de tal manera que el desmembramiento fue advertido hasta que el cuerpo fue movido de su posición original. Ni angustia por la fatal sorpresa, ni compunción por el desmembramiento, ni tampoco resistencia por la fuerza de la pelea (en caso de que hubiese sido posible pelear), el rostro de José María Díaz Ordaz era un escandaloso anacronismo de sí mismo: su rictus denotaba una agónica tristeza y provocaba en los testigos un rango mayor de dicho sentimiento; el entrecejo dócilmente hilvanado hacia arriba se descaraba en un signo fétido de arrepentimiento; su boca hundida y sus fosas nasales secas daban la noción de un hombre exacerbadamente cansado. Pero lo más apabullante y quizás lo que acentuaba con suma gravidez aquella profunda tristeza fueron sus ojos o, mejor dicho, la ausencia de éstos. Las fosas orbitarias estaban en perfecto estado de disecación, como si se tratasen de dos pequeños lagos defenestrados por la más brutal de las sequías que el hombre jamás haya conocido. Alrededor del cuerpo no existía ni el más insignificante rastro de sangre. Después de tres días ininterrumpidos de inspección, ni los oficiales del Ministerio de Sanidad ni los servicios forenses encontraron los ojos de José María Díaz Ordaz por ninguno de los rincones de la morada.
Más por morbo que por rigor metodológico, elementos del personal de servicios forenses visitaron a brujas y hechiceros de Oaxaca, Guerrero, Chiapas (que en esos días se debatía entre el repudio federalista y la salvaje guerra de castas), Veracruz, Morelos y hasta la misma huasteca potosina, con la finalidad de arrojar luz sobre el método utilizado para asesinar al Licenciado Coronel. Todo fue en vano. Ninguno de los testimonios fue determinante para encontrar información que por lo menos aportara un indicio acerca del móvil del asesinato y desmembramiento (no necesariamente en ese orden) de José María Díaz Ordaz.