Preso de tus deseos [KOOKMIN]

Summary

Park Jimin fue criado en la más estricta normalidad hasta el día en que cumplió dieciocho años. El hombre al que llamó padre le enseñó cómo hablar, cómo moverse, cómo obedecer las reglas invisibles de la sociedad... pero jamás le enseñó a desconfiar. Bajo una red de mentiras cuidadosamente construidas, Jimin es enviado a una mansión aislada a las afueras de Busan. Un lugar demasiado grande, demasiado silencioso, demasiado elegante para ser un simple hogar temporal. Allí descubre la verdad: su padre lo entregó. Jimin fue ofrecido a cambio de libertad, como una ofrenda sellada por un pacto antiguo. No llegó como invitado. No como heredero. Llegó como aquello que se da para saldar una deuda. La familia que habita la mansión pertenece a la nobleza más antigua. Refinados, hermosos, peligrosamente atentos. Y pronto Jimin comprende algo aún más perturbador: ellos no son humanos. Atrapado entre el miedo, la fascinación y un deseo que no logra comprender, Jimin deberá aprender que algunas jaulas son de oro... y que hay criaturas que no necesitan cadenas para reclamar lo que consideran suyo. 🚫 No adaptaciones. 🍋 Contenido adulto. 🐾 Omegaverse 👶 M-preg Publicado: Diciembre 2023 Editado: Febrero 2026

Status
Complete
Chapters
41
Rating
5.0 2 reviews
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18+

01

Unos pasos apresurados y gritos desgarradores rompían el silencio de la noche. A lo lejos, una mujer corría con un bebé aferrado a su pecho. El terror se reflejaba en su mirada, y las lágrimas que surcaban su rostro eran la prueba irrefutable de su angustia y desesperación. Se detuvo un instante, apenas lo suficiente para recuperar el aliento, meciendo con torpeza a su hijo recién nacido entre sus brazos. El clima gélido no hacía más que empeorar su tormento, clavándose en su piel como un castigo cruel.

Poco después, volvió a ponerse en marcha, ignorando el dolor que desgarraba su cuerpo, un dolor que crecía con cada paso. Por su hijo, debía seguir adelante. Las heridas eran graves y la sangre empapaba su ropa, pero aun así continuó corriendo por los oscuros y estrechos callejones de la ciudad.

Sus pies sangraban al rozar el pavimento helado; correr descalza sobre la nieve era como pisar cuchillas que destrozaban su piel ya maltratada. Finalmente, se detuvo de nuevo, esta vez junto a un basurero, buscando refugio y un poco de fuerza para continuar. Su visión se nublaba por momentos; la pérdida de sangre y el frío estaban venciendo su resistencia. Al bajar la mirada hacia su pequeño, las lágrimas brotaron otra vez, silenciosas y desesperadas.

Pasaron unos minutos antes de que reuniera el valor para salir de su escondite y reanudar la huida por los callejones de Seúl. Antes de hacerlo, se aseguró de que ellos no estuvieran cerca. Si la encontraban, todo estaría perdido.

—Mi hermoso hijo, no llores, por favor… no ahora. Mamá te salvará de ellos —susurró Ji Eun, tiritando, mientras lo arrullaba con manos temblorosas. El bebé comenzaba a sentir los efectos del frío, y su llanto era un recordatorio cruel del tiempo que se les agotaba.

Lee Ji Eun pertenecía a un antiguo linaje real y era la última descendiente directa de uno de los emperadores más poderosos que Corea había conocido. Su familia figuraba entre las más adineradas y respetadas del país y, como dictaba la tradición, desde el mismo momento de su nacimiento su destino quedó sellado: fue comprometida con un noble de sangre igualmente antigua.

Sin embargo, la desgracia cayó temprano sobre su vida. Poco después de su nacimiento, su madre murió en un trágico accidente, dejando a Ji Eun al cuidado exclusivo de su padre, quien delegó su crianza y educación a una distinguida dama de sociedad. Bajo su estricta tutela, Ji Eun fue moldeada desde niña para convertirse en la esposa perfecta: refinada, obediente y virtuosa.

Con el paso de los años, la niña se transformó en una joven de extraordinaria belleza, dotada de gracia natural y talento en las artes. A los dieciocho años, se celebró una fastuosa fiesta para presentarla oficialmente en sociedad y, por fin, permitirle conocer al hombre con el que estaba destinada a casarse. Pero aquella noche, el prometido jamás apareció. Su desaparición fue tan repentina como inexplicable.

El padre de Ji Eun se sintió profundamente humillado. Decidido a no quedar en ridículo ante la alta sociedad, anunció que permitiría a su hija elegir libremente a un noble para casarse y que la boda se haría pública de inmediato. Con ese objetivo, y con la ayuda de la dama que la había educado, comenzaron a desfilar los mejores prospectos.

Fue entonces cuando él apareció.

Su nombre era Park Eun Woo.

Era un hombre de belleza inquietante, codiciado por mujeres… y también por hombres. Su mirada se movía con calculada precisión entre los invitados hasta que encontró a su objetivo. Sin dudarlo, invitó a Ji Eun a la pista de baile. Como si una fuerza oscura hubiese intervenido, la música cambió justo en ese instante, dando paso a un vals. Ambos se deslizaron por la pista con una armonía perfecta, capturando la atención de todos los presentes.

En un giro inesperado, Eun Woo la atrajo más hacia su cuerpo. Fue en ese instante cuando Ji Eun cayó presa de su encanto. Él sonrió, victorioso, al sentir cómo su voluntad comenzaba a desmoronarse. Tras investigar minuciosamente a la familia Lee, había puesto en marcha un plan meticuloso para tenerla, pues Ji Eun reunía todo aquello que él deseaba… especialmente su linaje.

Bajo su influencia, Ji Eun lo condujo ante su padre para presentarlo. Estaba enamorada, o al menos eso era lo que Eun Woo había sembrado en su mente. Cautivada por su belleza y su mirada penetrante, no se dio cuenta de que su voluntad había sido doblegada mucho antes de pronunciar su nombre.

El padre de Ji Eun no se opuso a la relación; él también había caído bajo la sutil influencia de Eun Woo. El anuncio del compromiso tomó por sorpresa a todos los invitados, y pronto el salón se llenó de aplausos, sonrisas y felicitaciones dirigidas a la que ya era considerada la pareja ideal. Nadie cuestionó la rapidez del anuncio; en aquella noche, todo parecía encajar con una perfección casi irreal.

Más tarde, se retiraron a los jardines de la mansión, buscando un momento de intimidad lejos del bullicio de la fiesta. Bajo la luz tenue de las farolas, comenzaron a hablar con mayor calma. Se descubrieron compartiendo gustos similares: la misma música, los mismos platillos favoritos, incluso un sentido del humor que parecía complementarse a la perfección. Cada coincidencia los acercaba más, y Ji Eun no pudo evitar pensar que el destino finalmente había sido bondadoso con ella.

Ante los ojos de la sociedad, eran la encarnación de la pareja perfecta.

En las visitas que siguieron a la fiesta, Ji Eun conoció más sobre la vida de Eun Woo. Fue entonces cuando él le habló de su pasado, uno marcado por pérdidas dolorosas. Era viudo. Todas sus esposas anteriores habían muerto al dar a luz. Aquella confesión, hecha con voz grave y mirada sombría, despertó en Ji Eun una profunda compasión. Le dolió imaginarlo solo, rodeado de recuerdos y ausencias, y en su corazón nació un deseo sincero: devolverle la alegría, llenar aquel vacío que decía cargar.

Semanas después, llegó el día en que ambos pronunciaron el acepto frente al juez. Con una felicidad que parecía genuina, unieron sus vidas. Ji Eun se mudó a la mansión de su esposo y, para su sorpresa, la vida de casada resultó ser incluso mejor de lo que había imaginado. Eun Woo era atento, protector y siempre parecía saber exactamente qué decir o hacer.

Pero la calma duró poco.

Un mes después, la desgracia llamó a su puerta. La familia de Ji Eun murió en un extraño accidente que nadie supo explicar del todo. El golpe fue devastador. Ella quedó completamente rota, sumida en un dolor profundo y silencioso. Durante ese tiempo, Eun Woo se comportó como se esperaba de un esposo ejemplar: la consoló, la sostuvo cuando no podía mantenerse en pie y se convirtió en su único apoyo.

Poco a poco, sin darse cuenta, Ji Eun comenzó a depender por completo de él.

Eun Woo pasó a ser su esposo… y su única familia.

Los primeros dos años de matrimonio estuvieron colmados de amor y una felicidad serena, casi doméstica. Eun Woo era atento, cuidadoso, y Ji Eun llegó a creer que, pese a todo lo que había perdido, el destino por fin le concedía algo bueno. Al inicio de su tercer año como esposa, esa dicha se multiplicó al enterarse de que estaba embarazada. La noticia llenó la mansión de una luz nueva, y durante un tiempo, Eun Woo pareció compartir su alegría.

Sonreía más. La observaba en silencio, con una intensidad que Ji Eun confundió con emoción.

Pero todo cambió.

Apenas una semana antes del nacimiento del bebé, la calidez de Eun Woo se desvaneció. El hombre que la había colmado de afecto se volvió distante, frío… cruel. Evitaba mirarla, apenas le dirigía la palabra, y cuando lo hacía, su voz estaba vacía, como si algo dentro de él se hubiese quebrado. Ji Eun no comprendía aquel rechazo repentino. En su desesperación, buscó una explicación que no la destruyera: pensó que Eun Woo tenía miedo. Miedo de perderla, miedo de repetir la tragedia de sus matrimonios anteriores. Se aferró a esa idea para no derrumbarse.

Cuando llegó el momento del parto, las cosas se complicaron.

El dolor fue insoportable. Ji Eun gritó, suplicó, se aferró a las sábanas mientras la vida parecía escapársele con cada contracción. Aun así, sobrevivió. Contra todo pronóstico, su hijo también. Exhausta, temblorosa y bañada en sudor y sangre, apenas pudo mantenerse consciente cuando la partera tomó al bebé para limpiarlo y envolverlo con cuidado. Todo había sido más difícil de lo necesario: Eun Woo se había negado rotundamente a llevarla a un hospital. Insistió en que el parto debía realizarse en casa, como en los viejos tiempos, como dictaban las antiguas costumbres.

Cuando por fin colocaron al bebé entre sus brazos para alimentarlo, Ji Eun lloró de alivio. Era real. Estaban vivos.

Entonces, Eun Woo entró en la habitación.

Tomó al bebé con delicadeza, y por un instante, la escena fue casi hermosa. Pero Ji Eun no vio el estremecimiento que recorrió el cuerpo de su esposo cuando el aroma de la sangre aún fresca llegó a sus sentidos. Eun Woo tuvo que contenerse con una fuerza sobrehumana para no perder el control. Meció al niño con rigidez, los músculos tensos, los ojos oscuros. Luego, con un cuidado inquietante, lo dejó en la cuna.

Ji Eun sonrió, embelesada… hasta que lo vio.

Eun Woo tomó un cuchillo.

El brillo del metal fue lo último que su mente alcanzó a procesar antes de que el dolor la atravesara. La primera puñalada la dejó en shock. La segunda le robó el aire. La tercera encendió algo primitivo dentro de ella. Un instinto feroz, desesperado, imposible de silenciar.

Sobrevive.

Sin saber cómo, Ji Eun se levantó, ignorando el dolor que desgarraba su cuerpo. Tomó a su hijo y corrió. La sangre empapaba su ropa mientras huía por los pasillos de la mansión, dejando atrás gritos, órdenes y el eco de pasos persiguiéndola.

Los guardaespaldas salieron tras ella.

En las calles de Seúl, Ji Eun dejó de ser una mujer noble. Se convirtió en presa. Corría descalza, herida, con su bebé aferrado al pecho, mientras las luces de la ciudad pasaban como sombras borrosas. Detrás de ella, los hombres de Eun Woo la cazaban sin piedad.

Porque esa noche, Ji Eun había descubierto la verdad.

Y si la alcanzaban… ninguno de los dos sobreviviría.

Actualidad...

—¡No se llevarán a mi hijo! —gritó Ji Eun, con la voz rota, cuando se vio acorralada contra el muro helado del callejón.

La nieve caía con más fuerza, cubriendo el suelo manchado de sangre.

Eun Woo se detuvo frente a ella, su expresión ya no tenía rastro alguno de humanidad.

—Mi hijo está destinado a la familia Jeon. —dijo con frialdad. — Y tú… ya no me sirves.

Antes de que Ji Eun pudiera reaccionar, Eun Woo le arrancó al bebé de los brazos. El llanto del pequeño se perdió en el viento, y aquel sonido fue el golpe final que quebró algo dentro de ella. Intentó alcanzarlo, dio un paso desesperado… pero no llegó lejos.

Los guardaespaldas se abalanzaron sobre ella.

Ji Eun gritó. Un grito desgarrador, animal, que se perdió en la noche. La sujetaron sin piedad, rasgando su ropa, inmovilizándola contra el suelo helado. Sus fuerzas no bastaban. Nunca bastaron. Uno se hundió en su cuello; otros la sujetaron de los brazos y las piernas. El dolor fue inmediato, insoportable, como si su vida estuviera siendo arrancada a pedazos.

Eran bestias.

Se alimentaron de ella sin remordimiento, como carroñeros, destrozando aquel cuerpo frágil que solo había querido proteger a su hijo. Ji Eun dejó de gritar cuando la voz ya no le respondió. El frío, la sangre, el terror… todo se mezcló hasta volverse indistinguible.

Cuando no quedó nada más que tomar, cuando su cuerpo ya no ofrecía resistencia, uno de ellos la cargó para desaparecerla, borrar cualquier rastro de su existencia. Los demás siguieron a Eun Woo en silencio, atraídos por el aroma irresistible de la sangre del bebé que aún palpitaba con vida entre sus brazos.

Eun Woo avanzó sin mirar atrás.

—Tú, mi pequeño… serás mi tributo para mi señor. —murmuró, cubriéndolo con su gabardina mientras la tormenta de nieve se intensificaba. — Y a cambio, él me concederá la libertad que tanto ansío.

El llanto del niño fue lo único que quedó resonando en la noche.

Y con él… la última huella de Lee Ji Eun.