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La playa fantasma

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tu Romeo tal vez no es tu Romeo, Julieta.

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1
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n/a
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13+

La playa fantasma

El cielo se pintaba a sí mismo de colores divinos. En el sur del mundo un gran espacio se interponía entre la tierra y esas divinidades. Ahí coexistían animales y bestias. La humanidad padecía. El mundo continuaba sordo al sufrimiento de las súplicas que se aferraban a ilusiones, siendo arrebatadas sin piedad por ellos mismos. Aún así, los pájaros ignorantes cantaban y danzaban con la gracia del universo. Aún así, dos amantes se declaraban indefensos hacia el extraño fenómeno del amor. Aún así, ella esperaba que alguien le respondiera. Aún así, el mundo seguía existiendo y debía seguir su curso.

“Todo esto seguirá existiendo y yo me pudriré”, pensó la que sufría mientras veía pasar a una familia con un niño alegre y pequeño. Ella se tapaba la cara llorosa con sus pequeñas manos, sentada dentro de un carro que la apresaba. El pelo negro y largo caía como cascada sobre ellas. Se percató que todavía conservaba manchas de pintura del día anterior, el día donde casi consumió su deseo, y se quebró. Seguía procesando en silencio el arrebato.

¿Por qué me dejó?

Ella estaba ahí para pagar las consecuencias. Era el pánico de tener la certeza que no lo volvería a ver en un largo tiempo o nunca. La culpa era de esa señora, de esos dos hombres, de la mala organización del tiempo, del clima, de la escuela, de Dios, de su padre y su madre. No de ella. Él tuvo que haberse ido por algo.

Ella solo había ido a desayunar.

Él solo se largó en el puto carro.

Dos hombres de edad media y uniformes azules se encontraban fuera del carro hablando por una radio y mirándola con la cara con la que se mira a la gente pendeja. Quería creer que no le importaba. Tal vez si era una pendeja. Había experimentado la misma mirada a través de los ojos de su hermana en otro momento.

’Tal vez si te enfocas más… Pero hay que ser realistas, Sofi.”-

Sofī. Así la llamaba solo ella. Imaginaba a su hermana mayor, Carla, pronunciando cada palabra con su voz calmada, rasposa, y sus ojos en cierta medida ingenuos. Nunca intentó arrebatarse el pelo con un par de tijeras escolares. Nunca tuvo una gota de acné. Tenía el pelo largo y café chocolate, “como el de los perritos tiernos y suaves”, le decía en otro tiempo, cuando era más chica. Carla, a gran diferencia de su hermana, supo quién era desde muy pequeña, su posición en el mundo, y nunca intentó cambiarla a la fuerza. Sofía siempre quiso explotarlo todo. Carla creía que el arte era para superdotados o ricos y Sofía no era ninguna de esas. Más bien la calificaba de poco ambiciosa y vaga. Al fin y al cabo ella estudiaría medicina en una excelente universidad.

Que se jodan todos, pensó. Le habían arrebatado lo que más había deseado desde que era chica en menos de diez minutos. Julián, la libertad, Julián, su arte, Julián, sus sueños. Estalló en un aullido de dolor y llanto y los dos hombres se acercaron no a consolarla, sino a dejar claro el peso de la ley.

-”De verdad que la has cagado.” Le dijo uno de los policías con ojos severos pero una sonrisa satisfactoria. Ese reposaba sus manos en la cintura donde portaba un arma. Se dió cuenta de esto, le dio asco, y no quiso responder. Solo podía pensar en Julián. Podía observar e imaginar a través de la ventana el pequeño hotel donde ayer estaba acurrucada en sus brazos, momentos parecidos a los fuegos artificiales que alumbran el cielo para solo ser disipados por la realidad del aire más tarde.

Deseaba escuchar el sonido del aire junto al del mar, solo eso. La respiración de su amante la calmaba. Allá afuera el mundo podría acabar incendiándose y ella moriría feliz. Pasaron la mañana asaltando el antiguo trabajo de Sofía, robando el auto de un tío de Julián, y recorriendo la costa a la velocidad límite permitida. Sentía el sol en el brazo derecho, el que entraba por la ventana. Los dos sonreían. De vez en cuando ella lo miraba por largos ratos. A veces a las vacas que se cruzaban en el camino, a veces al cielo azul, que les abría paso al nuevo mundo. Debajo del asiento delantero había una mochila con fajos de billetes de 20. Unas cinco horas antes, Sofía había entrado con sus viejas llaves al comercial de electrodomésticos donde trabajaba ese verano. Encontró la caja chica, y sumó dos mil trescientos dólares. Eran suficientes hasta llegar donde el primo de Julián, y que éste encontrara trabajo, y que ella pueda enfocarse en vender su arte. Tal vez dentro de un año lograrían ahorrar lo suficiente para cruzar a Colombia. Su destino era una playa con poca población al norte del país. Había diseñado el plan por un mes, desde que ella se había enterado que su madre estaba viva y tenía una familia. La decisión había sido terminante. Odiaba su ciudad, y los pocos amigos que quedaban no eran suficientes para seguir manteniendo la rutina de 16 años. Aquella rutina que la destrozaba por dentro, que la hacía imaginar situaciones extraordinarias, sueños donde sobrevolaba al globo entero. Decidió contactarse con ella gracias al papel que había encontrado debajo de fotos viejas en el vestidor de su padre. Pensó que conversarlo con su hermana era algo que no quería atravesar en ese momento, así que decidió tomar su teléfono y marcar los números correspondientes. 098-141-7322. Al contestar, una voz suave, joven, respondió con un -’Buenas tardes, ¿con quién hablo?’- Sofía, petrificada, sintió al mismo tiempo horror y salvación. El saludo de una madre fantasma que regresaba de la muerte. Esa madre. Escuchó voces de niños en el fondo. -‘Hola. ¿Eres Maria Elena?’- Respondió. Hubo una pausa. Maria Elena no entendía por qué una voz que no conocía pronunciaba su nombre. ‘Si, soy yo.’- replicó la madre. En un lapso de diez segundos pensó en la vida que llevarían esos niños felices. Aguardando el postre de chocolate, aguardando que su madre entre en su habitación y les bese la frente. Aquella imagen tan repetida en la televisión le plasmaba. Fue arrebatada del mayor de los regalos. Tenía que ser agresiva, tenía que hacerle saber quién era y que había procreado una mancha negra imborrable en su corazón que nunca le permitió amar de más. Lo único que pudo pronunciar fue un -’Gracias por abandonarnos y dejarnos pudrirnos, Maria Elena’. Sofía colgó. Su madre intentó llamar de vuelta seis veces, pero decidió no responder. Aquella noche no durmió, y se encerró en el baño que compartía con su hermana. Lloró toda la noche, vomitó, se lastimó. Escribió frenéticamente en un cuaderno del colegio. Se percató del azul oscuro que anunciaba el amanecer. Se sacó los mocos, limpió todo escrupulosamente, y empezó a detallar el gran escape que los llevaría al 26 de septiembre de ese mismo año, dentro de un mes.

Quedaba medio día para llegar. Durante el camino Julián la molestaba haciéndole cosquillas, mientras manejaba. Se prendieron un cigarrillo juntos al mismo tiempo, como símbolo de credo. Para ella eso era amor. Fue él quien la rescató, quien la entendió, quien escuchó su verdad y la invitó. El vacío que había llevado toda la vida desaparecía para convertirse en una gran antorcha de fuego. Sentía que se quemaba de felicidad, de excitación. Es imposible aquí describir con exactitud lo que Sofía estaba sintiendo. Solo el que ha deseado al otro con tal fervor podrá entenderla. En los libros de filosofía o psicología se hubiese encontrado con la desilusión de que Julián no era más que un objeto de deseo donde había depositado toda esperanza de salvación de su propia alma y lo que le fue rechazado. Julián era un eslabón más, por más que tratara de ignorar aquella verdad.

Llegaron a un hotel de tres estrellas donde pagaron en efectivo una habitación de cama doble, con paredes viejas de color verde río. Contaba con un espejo en la mitad, una televisión con canales libres colgando de uno de los costados del techo, y una ventana que daba a la parte trasera del establecimiento donde no había más que pasto y tierra. Pasaron la noche entera abrazados y tirados en una cama con olor a humedad, que desaparecía por la gracia divina de la pasión e idealización. Se empezaron a contar su vida de nuevo. Ya lo habían hecho antes, pero cada cierto tiempo, y especialmente en ese tiempo, el pasado se empezaba a resignificar para convertirse en la fuerza primordial que los haría sobrellevar las consecuencias de sus actos. Julián hablaba de su padre con remordimiento. Lo quería. En el fondo le producía tristeza dejarlo, pero tenía claro que no llegaría a ningún lado vendiendo pan en el negocio familiar. Su ambición sobrepasaba la de sus antepasados. Sofía alardeaba de la traición materna. De su padre que se dedicaba largas horas a ver televisión. De su hermana, que a pesar de sentir amor hacia ella, nunca fue capaz de comprender. Y capaz esa fue su ventaja. Ser ignorante al infierno paralelo que existe. Sofía hacía cientas de expresiones por minuto al contar cada detalle de su vida.

- “Es que todo el sistema está podrido. Algún día les daré una explicación a mi padre y hermana. Qué se yo. A parte el colegio es una mierda.”- Lo decía girando los ojos, con una sonrisa insensible, con ciertos rastros de lágrimas aquí y acá. Le temblaban las piernas, él podía sentirla. Julián escuchaba atento, mirándola directamente a los ojos, pero poco a poco empezó a dar cuenta de quién tenía por delante. Sus músculos se entumecían, empezó a alejar sus manos de las de Sofía despacio, sin que ella se percatara. Dentro de su cabeza, se empezó a preguntar cómo había sido tan idiota. No la dejaba de mirar, pero ya no la escuchaba. Él acababa de cumplir 18. Más allá de la pasión punzante que sentía hacia la cara, el cuerpo, las historias e ideas de Sofía, no podía evitar pensar que frente a él se encontraba una niña. Lastimosamente, en ese mismo momento, Sofía soñaba con tardes bajo el sol, en el mar, con Julián agarrados por todas partes en un atardecer interminable. Julián salió de la habitación para fumar y Sofía quiso quedarse dentro.

En el teléfono roto de Julián marcaban las dos de la madrugada. Estaba oscuro. Se sentó en el pavimento y prendió un cigarrillo. La luna resplandecía con pocos días de llegar a estar completa. Reflexionó sobre su relación con Sofia. Se habían conocido hace un año, pero empezaron a salir hace 8 meses. Al principio no la tomaba en serio. Era pequeña e ingenua, a veces tonta. Pero en los últimos meses había crecido un cariño y deseo que no había sentido por otra chica de su edad. Quiso estar solo con ella. Para él, eso era una decisión personal, para ella, una declaración de amor. El cigarrillo empezó a sentirse asqueroso y lo tiró. En aquella irrupción de pensamiento, le llegó una especie de epifanía que lo atravesó. Ella debía continuar con su familia porque nunca podría hacerse cargo. Esa era la realidad de la situación y punto. Era ignorante a cosas que para él le eran palpantes. Realidades que iría descubriendo, pero no con él. No tenía que ser él. Aún así la quería, y la quiso. Nunca pudo estar seguro de si la amó o no.

A las cinco de la madrugada, Julián tomó las llaves del carro. Sofía permanecía soñando con playas artificiales tan profundamente que nunca sintió, ni recordará, el triste y último beso en la frente que Julián le dio antes de irse, antes de abandonarla.

-“Tu padre está esperando en la policía del pueblo. Lo que hiciste tú y tu amigo es grave. Todavía no lo encontramos pero te aseguro que irá a la cárcel.”-

Aquella afirmación le revolvió el estómago e hizo señales de que iba a vomitar. Sofía expulsó el líquido verdoso. Observó el sándwich que había preparado Julian el día anterior y volvió a romperse.

“Cuidado con la alfombra”- le dijo el otro calvo, con un tono indiferente y sin mirarla. Sofía no tenía idea que atesoraría aquella mañana lila por mucho tiempo después.

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