Capítulo I: El surgimiento de una bestia (1)
-Antes de nada, me gustaría recordarte que mi historia no es para todos los públicos, puede llegar a ser demasiado dura en algunos puntos, ¿estás de acuerdo con eso?- Preguntó el gran dragón a su pequeña mascota
-Sí, estoy de acuerdo- le respondió con sinceridad y curiosidad el pequeño tigre.
-Bien, pues comencemos.
Hace eones, nació un ser de una maldad insondable, concebido en una conjunción macabra que desafió las leyes del universo. Su carne fué impregnada con la semilla del conocimiento y bañada en la ardiente sangre de los siete dragones elementales, convirtiéndose en un recipiente de un poder imposible. Aquel ser, cuyo nombre reverberaría con terror en los oscuros recovecos del universo, era conocido como Z, la personificación misma de la destrucción y el caos, la encarnación de la muerte y la maldad. Capaz de devorar planetas enteros con un hambre insaciable y dejar galaxias desoladas a su paso, su presencia invocaba un terror primordial que penetraba en lo más profundo de las almas de cualquier ser que conocía su existencia. Sin embargo, sus presuntuosos creadores, los newbañanos, envueltos en su insondable arrogancia, ignoraron las advertencias del cosmos y creyeron que podrían dominar y controlar a ese abominable engendro. Pero desconocían que el destino les tenía reservada una oscura y despiadada lección que los llevaría a su propia perdición.
Dentro de un titánico tanque, repleto de un misterioso fluido verde, descansaba Z en un letargo profundo. Su largo cabello blanco flotaba en el líquido, ocultando su rostro. Su piel estaba cubierta por escamas verdosas, emanando un resplandor siniestro. Todas sus extremidades se encontraban aprisionadas por cables robustos, en un inútil intento de contener su poder.
Nueve colas planas y metálicas surgían de su cintura con una mezcla asombrosa de belleza y horror. Armadura metálica se fundía de manera impecable con su carne, como si fuera una extensión natural de su ser. La superficie de las colas estaba cubierta de símbolos arcanos y grabados, que parecían cobrar vida propia al resplandecer con una luz tenue y ominosa.
Cada segmento y articulación de las colas biomecánicas era una maravilla de ingeniería, pues estaban complementadas con una tecnología invisible a simple vista, que actuaba como una bisagra perfecta, permitiendo movimientos fluidos y precisos en todas las direcciones. Las colas se desplegaban con una gracia felina, su longitud y flexibilidad proporcionaban un alcance impresionante en el campo de batalla. En los extremos, garras afiladas y relucientes, diseñadas para desgarrar y destrozar, que añadían un toque letal a la ya formidable presencia de Z.
Cada movimiento de las colas era una exhibición de precisión y poder. Podían serpentear en el aire con una agilidad sobrenatural, o golpear con una fuerza abrumadora capaz de reducir a sus enemigos a masas de carne. La coordinación de los segmentos y las sutiles articulaciones permitía realizar movimientos complejos y letales en un abrir y cerrar de ojos. Era un espectáculo aterrador presenciar cómo las colas biomecánicas de Z se movían con una perfección imposible, otorgándole un dominio absoluto sobre el campo de batalla.
Cuando los ojos de la criatura se abrieron en aquel tanque sumergido, el despertar de su esencia malévola cobró vida. Una densa aura carmesí envolvió todo a su alrededor, carbonizando los circuitos de las máquinas que lo rodeaban. Sus creadores se convirtieron en víctimas del vasto océano que era su presencia, sus cuerpos fundidos por el torbellino de la oscuridad en ascenso.
Finalmente, el cristal que aprisionaba a Z sucumbió ante la abrumadora presencia de la criatura, estallando en fragmentos afilados que se esparcieron por el laboratorio. El gran dragón cayó rendido sobre el gélido suelo blanco, destrozando las placas bajo su inmenso peso. Su carne, corroída por el poder abrasivo de su propia aura, se desprendió de los huesos, fundiéndose en un líquido negruzco que emanaba un hedor nauseabundo. Su cuerpo, inestable e incapaz de contener la descomunal energía que lo consumía, temblaba y vibraba violentamente.
Cuando el temible monstruo se alzó, hincando una rodilla en el suelo y sus nueve colas ondulando en el aire, la realidad misma se desgarró. Una pequeña grieta se abrió en los confines del universo, donde el caos absoluto tomaría el lugar del orden. Desde esa diminuta fisura, una miasma aterradora comenzó a expandirse, envolviendo todo en un abrazo letal, aniquilando toda forma de existencia a su paso. Era una fuerza devastadora, implacable y sin piedad, consumiendo y desintegrando todo en su camino.
Sorprendentemente, siete de los creadores de Z lograron sobrevivir al ataque, protegidos por un escudo formado a partir de los siete elementos primordiales. Este resplandeciente manto protector les permitía resistir el aura corrosiva que emanaba de la criatura. Con ojos llenos de determinación, enfrentaron a Z, quien, en su frenesí descontrolado, lanzó un feroz ataque. Sin embargo, su poder era incontrolable, sus movimientos torpes y lentos, permitiendo a los supervivientes esquivar hábilmente sus embates.
Con un rugido ensordecedor, Z lanzó un puñetazo al aire, buscando aplastar a los creadores que desafiaban su dominio. Pero, a pesar de su imponente tamaño y su fuerza descomunal, estos ágiles seres lograron evadirlo con destreza, burlándose de su intento fallido. No obstante, la fuerza desatada fue colosal, generando una onda expansiva destructiva que arrasó con todo a su paso. El complejo científico desapareció por completo, las majestuosas montañas del planeta fueron aplastadas hasta quedar reducidas a un llano desolado, y la descarga de energía rasgó la atmósfera, dejando un paisaje yermo de tierra ardiente en su estela.
La mitad destrozada del cuerpo de Z yacía esparcida en un montón de escombros, incapaz de soportar la brutalidad de su propia fuerza desatada. Sus huesos se convirtieron en polvo y sus tejidos se desintegraron ante el impacto devastador. La criatura, antes imponente y aterradora, se había convertido en un montón de ruinas inanimadas en medio del paisaje desolado que había dejado a su paso.
Conscientes del peligro que representaba su propia creación, aquellos protegidos por el escudo de energía invocaron un poderoso sello que se grabó en el pecho de Z, limitando su capacidad para desatar todo su poder. El cuerpo del monstruo repugnante comenzó a regenerarse, reconstruyendo sus músculos desde cero. Su inmenso poder lo mantenía con vida, pero al mismo tiempo, lo consumía de manera voraz.
Convencidos de que habían logrado mantener a Z bajo control, los creadores tomaron la decisión de enviarlo a Xera, un hermoso planeta que alguna vez fue un santuario de vida. En ese lugar, los newbañanos y los draconianos habían forjado una paz histórica que había perdurado a lo largo de milenios. Sin embargo, los vientos del cambio político soplaron con fuerza, desenterrando el hacha de guerra que yacía enterrada en las profundidades de sus diferencias. La paz que tanto se había valorado se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos, y la brutalidad de la guerra se desató una vez más, desgarrando la armonía que alguna vez existió.
El conflicto se propagó como una plaga desenfrenada, cobrándose innumerables vidas a lo largo de cientos de años. Las bajas se contaban por millones, y los draconianos, confiados en su supremacía militar, creían tener la victoria asegurada. Sin embargo, desconocían el poder destructivo sin igual que los newbañanos habían adquirido. Estos desataron una furia desenfrenada y un poder arrollador. En un abrir y cerrar de ojos, el hermoso planeta se convirtió en un infierno desolado e inhabitable.
La abominación creada por los newbañanos se erigió como un emblema de destrucción, corrompiendo todo a su paso. Su aura oscura y corrosiva engulló cada partícula de materia, dejando solo cenizas y escombros en su estela. La enana roja, que iluminó aquel hermoso mundo con su cálido resplandor, fue consumida por la incontenible furia de Z. El planeta quedó reducido a una masa destrozada y carbonizada, una tierra yerma y sin vida, en la que solo reinaba la desolación absoluta.
Las esperanzas de paz y la belleza que una vez florecieron en Xera fueron devoradas por el caos y la violencia desatada por la criatura creada por los newbañanos. Nada quedó en pie, solo el eco doloroso de la destrucción y el silencio desgarrador de un planeta condenado a la aniquilación.
Entre los despojos humeantes y la desolación de Xera, el ser monstruoso aguardaba con una presencia imponente. Su corpulencia era apabullante, su mera existencia desafiaba las leyes del universo. Su piel resplandecía con un brillo infernal, cubierta de escamas ennegrecidas que parecían absorber la luz restante del agonizante planeta. Cada escama estaba tatuada con antiguos símbolos de poder y oscuridad, creando una danza macabra en su superficie.
Sus ojos eran dos abismos incandescentes, penetrantes y repletos de malicia. Uno brillaba con un intenso fulgor verde, mientras el otro irradiaba un siniestro resplandor amarillo, donde inscripciones arcanas fluían en una danza mística. Desde su mirada emanaba una energía insondable, una fuerza primordial que anunciaba la llegada de la perdición.
Sus nueve colas se agitaban en el aire con una cadencia infernal, desafiando la gravedad en una coreografía errática. Cada una de ellas, una extensión de su ser retorcido, estaba imbuida de un poder primordial sin igual. La primera cola, con su resplandor carmesí ardiente, encarnaba el fuego devorador que consumía con voracidad todo a su paso. La segunda cola, con un brillo blanco verdecino, proyectaba la furia desatada de los vientos salvajes que desgarraban sin piedad. La tercera cola, de un color azul oscuro, evocaba el poderío despiadado de las mareas desbocadas y los abismos sin fondo. La cuarta cola, iluminada por destellos eléctricos azulados, encendía la ira de los relámpagos implacables que surcaban el firmamento con ferocidad. La quinta cola, envuelta en nubes de un morado profundamente oscuro, exhalaba el poder siniestro que engullía la esperanza, representando el éter. La sexta cola, la cola de gravedad, que emanaba una energía gravitatoria intensa, distorsionando el espacio a su alrededor y ejerciendo un poder atrayente y opresivo. La séptima cola, de un color marrón claro, manifestaba la fuerza inquebrantable de la tierra en su forma más violenta, aplastando y sepultando todo a su paso con implacable determinación. La octava cola resplandecía con un fulgor dorado, disipando las sombras y revelando la belleza oculta, representando la luz. Y por último, la novena cola, la cola de la oscuridad, que envolvía todo en un manto de sombras inquietantes, sumiendo a cualquier ser en la desesperación más profunda. Cada cola era un testigo sombrío del poder desatado, con sus colores representativos ardiendo en una sinfonía tenebrosa de destrucción.
En su mano empuñaba una guadaña doble, una arma forjada en su propia carne y hueso, cargada con una magia antigua y maligna. Su hoja relucía con un brillo oscuro y mortífero, atravesada por grietas que revelaban la esencia tenebrosa que la habitaba. En uno de los filos, el resplandor verdoso y siniestro emanaba como una enfermedad, representando la vida y el renacimiento. En el otro filo, un intenso color rojo carmesí brillaba con un fuego infernal, simbolizando la destrucción y el caos desatados. La guadaña era una obra maestra de la artesanía, su afilada curvatura sugiriendo una sed de muerte insaciable. Cada movimiento de la guadaña era una sinfonía de muerte y desolación, cortando el aire con una elegancia infernal que anunciaba la llegada de la perdición.
El ser monstruoso se alzaba sobre los escombros flotantes de Xera, su poderío y su malicia extendiéndose por el horizonte devastado. A su alrededor, los restos destrozados del planeta flotaban en el vacío, testigos mudos de la vorágine de destrucción desatada por su mano. Solo un solitario asteroide del tamaño de la luna se aferraba a los vestigios de lo que alguna vez fue un paraíso lleno de vida y esperanza.
La creación de esta calamidad sobrepasaba los límites del horror conocido, pues en medio de aquel remolino de caos y oscuridad, una nueva Parca había emergido, insaciable y sedienta de más destrucción. El nacimiento de este ser siniestro marcó un punto de no retorno en el joven universo, una señal ominosa de que las sombras se cernían sobre la existencia.
-Pero amo, hay algo que no entiendo. ¿Por qué Z luchó por ellos y esperó a que regresaran?- preguntó el joven tigre a su amo.
-Paciencia, Eddy. Todo se revelará a su debido tiempo- le respondió con calma el gran dragón a su querida mascota.
El ejército de los newbañanos regresó con la intención de reclamar lo que creían que les pertenecía por derecho. Sin embargo, quedaron estupefactos ante la asombrosa hazaña de Z. Decidieron encerrarlo una vez más en el tubo que había sido su cuna. Z, un ser carente de voluntad, solo conocía la maldad y su existencia se limitaba a causar muerte y destrucción.
El Emperador Supremo de los Newbañanos avanzaba implacablemente dejando a su paso un rastro de devastación, sometiendo a todas las especies que se atrevían a interponerse en su camino. Sin embargo, en lo más profundo de su ser, Z comenzó a cuestionar el propósito de tanta destrucción. “No entiendo por qué debemos sembrar el caos y masacrar a seres inocentes. Este mundo está sumido en la oscuridad, y mi mente no logra comprenderlo…”
Pasaron cincuenta años y, en el lecho de muerte del Emperador, su hija Bhan in Erdov ascendió al trono. En medio de esta transición de poder, Z vislumbró una pequeña oportunidad.
La traición de Z tomó por sorpresa a todos a bordo de la nave imperial cuando se acercaron a un vórtice temporal para realizar un viaje a un planeta lejano. En un acto repentino, Z rompió sus ataduras y escapó de su confinamiento. Utilizando su don de controlar la gravedad, logró resistir la distorsión del tiempo y abrir una brecha en el espacio mismo para atravesarlo sin mirar atrás.
Adentrándose en una dimensión desconocida, Z experimentó una percepción única. Pudo sentirlo todo, presenciar las interconexiones entre las distintas partes del universo y observar cómo los planos se curvaban ante su presencia. En ese lugar extraño, presenció formas desconocidas y geometrías imposibles que hicieron germinar la semilla del conocimiento que llevaba consigo.
El dragón decidió que necesitaba más tiempo para comprender plenamente sus poderes, y así se quedó, sumergiéndose en ese entorno para desentrañar los secretos del universo.
Con el paso del tiempo, la brecha dimensional que se había formado en el nacimiento de Z comenzó a expandirse sin cesar, creciendo con cada año que transcurría en aquella dimensión extraordinaria. Finalmente, cuando Z sintió que estaba lo suficientemente fortalecido y sabio, decidió emerger de aquel reino y apareció en unas coordenadas desoladas, lejos de cualquier sistema planetario conocido. Había elegido un lugar distante, alejado de las garras del imperio y de cualquier otra entidad que pudiera intentar someterlo a su voluntad.
Utilizando los poderes que le habían sido otorgados, Z creó un sistema dimensional único. En el centro de este sistema, forjó una estrella de resplandor blanco radiante y en su interior erigió una imponente prisión conocida como Yahargoul, la Prisión Eterna. Decidió establecerse en el tercer planeta de la dimensión 1 y entrar en un estado de hibernación por el resto de la existencia, buscando encontrar paz y redención en el olvido. Sin embargo, el destino tenía otros planes reservados para él.
Cuando Z puso pie en la desértica tierra de aquel planeta, la vida comenzó a florecer de manera extraordinaria, aunque también se extinguía a su alrededor. Su poder, de alguna manera, comenzó a remodelar el entorno, terraformándolo con su esencia. Pero el aura negra que emanaba de Z corrompía todo lo que tocaba, convirtiéndose en una miasma corrosiva. En ese instante, Z se enamoró de la vida y se dio cuenta de que su propio poder era demasiado grande, demasiado peligroso para cualquier forma de existencia. Reconociendo sus errores y deseando enmendarlos, decidió tomar medidas drásticas.
Con su guadaña doble, una extensión de su carne y espíritu, Z abrió una vez más la puerta al extraño lugar en que había aprendido los secretos del universo. Allí, construyó una magnífica telaraña entrelazada por raíces que conectaban con su semilla del conocimiento. A través de los majestuosos Árboles del Mundo preexistentes, se podría navegar por esta red etérea. Al adentrarse en la telaraña, Z se embarcó en un viaje hacia los confines del universo, hacia el origen de todo, el lugar donde la primera brecha dimensional se abrió. Sin embargo, lo que antes era una pequeña fisura, ahora se había convertido en una imponente ruptura en el tejido de la realidad, de la cual emergía un nauseabundo miasma, semejante a su propia aura.
Con determinación inquebrantable, Z se adentró en ese caos desgarrador, dispuesto a enfrentar las consecuencias de sus acciones pasadas y encontrar una forma de redimirse. Sabía que el camino sería arduo, pero estaba dispuesto a enfrentarlos y buscar la redención que tanto ansiaba.
“¿Qué he hecho?”, dijo Z con voz quebrada, mientras lágrimas negras fluían de sus ojos, recuerdos de todos sus años al servicio de los newbañanos, incontables masacres y genocidios pasaron por su mente. Z se encontraba en shock, lamentando el mal del que era responsable.
Z alzó su mano, canalizando su poder mágico en un único punto. De la palma de su mano surgió una cadena dorada, brillante y poderosa, que se extendió hacia la grieta como si fuera una sutura celestial. Con cada movimiento, la cadena se ajustaba y unía los fragmentos de la herida abierta. Una vez completado el cierre, la miasma corrupta que había escapado y todo lo que había sido consumido por ella fueron arrastrados de regreso a través del pequeño agujero que Z había creado. La grieta se mantuvo como una herida suturada, moviéndose por el espacio hasta llegar al final de este.
Z empuñó nuevamente su guadaña, sintiendo el peso de su poder en sus manos. Regresó al planeta que había creado con su poder recién descubierto, encontrando un lugar tranquilo en una colina que se asomaba al mar. Con reverencia, extendió su mano hacia el cielo y de ella emergió una semilla llena de promesas. Con cuidado y amor, plantó la semilla en aquel rincón de belleza natural y la regó con su propia sangre, un símbolo de sacrificio y renacimiento. Pronto, un pequeño brote surgió de la tierra, anunciando la vida y la esperanza.
Agotado por sus acciones, Z sabía que se encontraba en un punto de no retorno. Con una determinación férrea, empuñó su guadaña y, con un movimiento certero, dividió su alma en dos entidades separadas. De la guadaña emergieron dos seres, cada uno llevando consigo una parte del poder de Z y una mitad de la guadaña. C y Louis, las personificaciones de la maldad y la bondad pura respectivamente, se erguían ante su creador, como dos pilares fundamentales para el equilibrio del universo, mientras este se desvanecía en la nada.
C, portador de la maldad pura y maestro de la muerte, y Louis, emisario de la bondad y portador de la vida, se miraron con ojos llenos de comprensión. Si bien eran opuestos, sabían que juntos formaban una unidad esencial para preservar el legado de Z y proteger el equilibrio de este sistema. Cada uno tenía una tarea única, pero su propósito común les recordaba la importancia de su conexión y colaboración.
La separación del alma de Z desató una explosión de energía descomunal, que se propagó a través del planeta, tocando cada rincón del sistema solar. Esta energía transformó la realidad misma, infundiendo la tierra con la esencia de la magia y creando nuevas líneas de ley.
C y Louis, conscientes de su misión y del inmenso poder que poseían, se prepararon para asumir sus roles y enfrentar los desafíos que les esperaban. Juntos, buscarían mantener el equilibrio entre la maldad y la bondad, la vida y la muerte, en un eterno baile cósmico.
Eddy, visiblemente sorprendido, no pudo contener su curiosidad. Las preguntas surgieron en su mente, cuestionando las relaciones y la biología involucrada. Aunque era una historia compleja, C prometió contarle a Eddy más historias en el futuro.
-E… espera- balbuceó Eddy, luchando por encontrar las palabras adecuadas -Entonces ¿Z es tu padre y Louis es tu hermano? ¡Pero siempre creí que Louis era tu pareja!- exclamó con incredulidad, inclinando las orejas hacia atrás en demostración de su sorpresa.
C asintió con una expresión suave y comprensiva mientras miraba a Eddy -Comprendo que sea difícil de asimilar, Louis y yo compartíamos un vínculo profundo.
Eddy frunciendo el ceño intentando asimilarlo -Hay algo que no entiendo, si Louis y tú sois los dos machos, ¿cómo es posible que Titania sea vuestra hija biológica?
C le sonriendo con ternura -verás chico, yo no soy un macho, soy hermafrodita. Respecto a Nywa, aunque realmente soy infértil debido a la radiación que emito, pero Louis y yo encontramos una solución. Verás, él y yo seleccionamos cuidadosamente los genes que queríamos que Nywa heredase y creamos un huevo, que luego incubé.
El pequeño tigre parecía confundido -creo que no lo termino de entender, es demasiada información…
-Bueno, es muy tarde para una segunda explicación- dijo levantándose del suelo en que estaba sentado -es mejor que te duermas ya- mirándole enternecido al verle arropado.
-Vale… ¿Me prometes que me contarás más historias?
-Por supuesto cachorro- dijo acariciándole la cabeza -mañana te contaré otra.








